un ahorro de lujo en la UPR
Conceptualmente, tiene sentido implementar medidas de austeridad en la Universidad de Puerto Rico. Después de todo, el país está en una crisis económica, y los destinos del país y de su universidad están atados en la más íntima de las relaciones: Sobreviven, triunfan o se hunden al unísono.
Pero en la práctica la cosa cambia un poco. Porque no todas las medidas son iguales, o afectan a todo el mundo por igual. Y hay algunas medidas para lidiar con la crisis que atentan contra la identidad misma de la Universidad. Que la distancian del país.
Tomemos por ejemplo aquellas que tienen que ver con el número de estudiantes que la universidad planifica atender. No se habla, oficialmente, mucho de ello: Pero hay señales, y no son buenas. La Junta de Síndicos ha dicho en repetidas ocasiones que espera recaudar 40 millones del alza en la matrícula que llaman “cuota especial”. A 800 pesos por cabeza, ese estimado asume 50,000 estudiantes matriculados en el sistema.
Solamente 50,000. La última vez que la UPR tuvo esa cantidad de estudiantes fue en la década de los setenta. Ahora atiende alrededor de 65,000: uno de cada tres estudiantes universitarios de la isla.
La distancia que la nueva política de ocupación generaría entre la institución y el país se agrava cuando consideramos el perfil de esos quince mil estudiantes actuales y potenciales que se quedarían sin atender. Los índices de admisión (IGS) que constituyen el criterio único de admisión a la mayoría de nuestros programas, aumentan, en promedio, según aumenta el ingreso familiar de los estudiantes. Esto quiere decir que aunque hay estudiantes con todo tipo de IGS en todos nuestros sectores sociales, hay una tendencia a que el IGS (y por lo tanto la probabilidad de ser admitido) aumente según aumenta el estatus socioeconómico. Dicho sesgo no es un reflejo del potencial académico sino de desventajas sistemáticas que afectan más a unos sectores que otros a través del tiempo.
El IGS, por su parte, es en gran medida una función del cupo en determinado programa. Mientras más popular es un programa de bachillerato, y más gente solicita admisión a él, más alto se vuelve el IGS. ¿Cuáles son los programas más populares del sistema? Por mencionar algunos: Todas las ingenierías; Biología y Pre-médica; Contabilidad.
Súmele, al bajo estimado de ocupación, las prácticas implementadas en el presente proceso de matrícula, y el cuadro empeora. Las medidas implementadas en distintos recintos, implican una menor oferta de clases disponibles para matricular. Para un estudiante que depende de la beca Pell para estudiar, no poder matricular su requisito mínimo de doce créditos constituye más que una barrera: Puede ser el fin de sus estudios en la UPR.
Algunos hablan de una Universidad “más pequeña y ágil”. Yo creo que parte de la “agilidad” de la universidad pública debe estribar precisamente en su capacidad para atender sectores y geografías diversos. El problema fiscal en la Universidad no debe, no puede, tratarse como una hoja de cálculo gigante. La eficiencia no puede darse en un vacío moral. Las decisiones que tomamos para cortar gastos pueden solucionar un problema matemático de presupuesto-pero agravar los problemas socioeconómicos del país.
Cerrar cupos y secciones para “ahorrar” gastos implica así cerrar oportunidades para muchos futuros ingenieros, médicos y contables en la universidad del país, y sentar las condiciones para un estudiantado menos diverso, más homogéneo socioeconómicamente.
¿Pueden el país, y su Universidad, darse ese lujo?
Entradas relacionadas:
ibarra, el sol, y nuestra sombra

foto:http://pr.indymedia.org
La saga de Villas del Sol continúa. Ahora que (por fin!) la burocracia boricua se apresta para permitir el empapelado paso de los permisos de rigor, y así mudar a los vecinos del Villas del Sol a su nuevo espacio, le han asestado un nuevo golpe al Dr. Ibarra, prohibiéndole estar presente en la ceremonia.
¿Cómo así?
Los residentes de Villas del Sol representaban un problema para el gobierno, que a todas luces se disponía a sacarlos de allí. De hecho en varias ocasiones les quitaron la luz y el agua. Ibarra donó unos terrenos. El gobierno puso trabas. Ibarra insistió, y sectores del país le hicieron eco. El gobierno alegó que no se podía porque los terrenos había que conservarlos. Ibarra riposta que se pueden permutar y así, voilá, el gobierno logra matar (¿dar vida?) dos pájaros de un tiro: conserva terrenos para el país y le da un hogar a un grupo de necesitados.
No debería ser tan difícil. Pero lo fue. Lo es, según relatan otros que han optado por dedicarle tiempo al cada vez más exótico asunto de ayudar a otros. [Pulse aquí para ver testimonios de Matria, Iniciativa Comunitaria y otros.]
Y digo exótico porque es complicado, y sus complicaciones, más que prácticas, son de carácter ideológico. Alguna de esas trabas ideológicas son particulares al gobierno de turno – otras, tristemente, parecerían ser más masivas. Al gobierno de turno (y a pesar de sus referencias ocasionales el “tercer sector”) le molesta eso de la filantropía, especialmente si la misma es no-religiosa, independiente, apela a vocablos peligrosos como “justicia”, y resuelve cuestiones que le deberían tocar al estado, desnudándolo como ineficaz. O peor aún, derrumbando el discurso fatulo del “compassionate conservatism” que de compasivo no tiene nada y que los de acá han heredado de los de allá, usándolo de distracción para hacer poco o nada contra las necesidades reales del pobre y el marginado.
Pero eso más o menos lo sabíamos, y lo esperábamos. La tendencia a mirar al pobre con pena pero sin intención alguna de ayudar, la convicción gubernamental de que el pobre (y su familia) se merece su estado actual, la lógica ilógica de rescatar corporaciones grandes pero no gente pequeña, todo eso era evidente. Pero a mí, lo que me ha estado angustiando últimamente son las expresiones colectivas de fobia al “otro”, enfocadas con especial ira en los pobres – y los extranjeros.
De hecho, y gracias a google, me he enterado hoy de que la fobia al pobre tiene nombre: aporofobia. En nuestro país, como he pensado en voz alta en este espacio, la fobia al pobre parece guardar una fuerte relación con la generación de una identidad colectiva, una “clase media” de leyenda, que el pobre, y sus espacios marcados como “de pobre”, amenazan.
En el caso de Villas del Sol, se añade un tercer elemento, una segunda forma de “otredad”, y el sentimiento que ella genera: la xenofobia. Los comentarios de una parte del público, la prensa,y funcionarios gubernamentales giraban en torno a la “dominicanidad” de los vecinos de Villas del Sol, y la “mexicanidad” de Ibarra.
Por ejemplo, leamos la respuesta de un lector de la noticia de primera hora de hoy, que de hecho representa una especie de xenofobia “simpática” en el sentido de que alega sentir “pena” por Ibarra:
“Dr. Ibarra siento mucha pena por lo que le pasa, pero antes de hacer esa donacion debio, de haber pensado a quien le estaba donando ese terreno, la mayor parte de esa gente son dominicanos sin papeles en P.R. usted creo un monstruo si queria hacer algo bueno por la patria que lo acogio, debio haber viso quienes eran los residentes, esa gente asi son buscones, por que nadie con tres dedos de frente invade un terreno que no le pertenece. La proxima vez pienselo mejor o vallase a Mexico hacer la obra de caridad.”
Ahí está. El problema, para este ciudadano o ciudadana, estriba en que 1)los pobres de Villas del Sol no son puertorriqueños e Ibarra tampoco, 2)la supuesta “dominicanidad” de los vecinos los hace ser unos “buscones”, 3)Ibarra debería hacer cosas por los puertorriqueños, que lo han acogido (y eso, que las campañas de turismo aluden constantemente a nuestra hospitalidad) y que si no cae en tiempo “ideológico” con el resto del país debe 4) irse.
El pobre y el extranjero, si se mantienen invisibles, no generan tanta fobia. Es cuando les da por querer hacer cosas que “no les tocan” que generan la manifestación colectiva de la fobia. Cuando a la abuelita del caserío le da por tener antena de satélite, por ejemplo. Eso nos mata. Gesticulamos, chillamos, armamos lío. O cuando al médico extranjero le da por llegar, ver el tranque entre los vecinos de Villas del Sol y el estado, y decir “que tal….que tal si en lugar de sacarlos a patadas y abandonarlos a su suerte les damos un terreno? yo tengo un terreno, yo tengo suficiente para vivir más que bien, me parece justo compartir…..”
Uf. Un individuo que osa decirle al estado, con sus acciones, que no está haciendo su trabajo. Que más aún, parecería insinuar que las nociones de justicia con las cuales el estado opera (nociones como, por ejemplo, de que no era “justo” dejarles el agua conectada, aún en plena epidemia de influenza, porque no la pagaban, y eso lo dijo el gobe con su boca de comer) no son las adecuadas. Que para colmo, se toma el asunto en sus manos, lidera con el ejemplo, y todo esto….¿de un extranjero? Mucho tardó, el castigo a Ibarra.
La xenofobia y la aporofobia parecerían ser parte de nuestra sombra, como diría el colega Mario Núñez siguiendo a Carlos Jung. Es decir, parte del conjunto de características que son contrarias a la imagen propia, que percibimos como negativas, pero que igual nos definen y generan acciones. Queremos pensarnos generosos, justos, hospitalarios. Puerto Rico lo hace mejor. Pero nuestras fobias nos revelan una historia más compleja.
Bueno, suelto el teclado. Pero no sin antes, desde aquí, y por lo que valga, aplaudir de metafórico pie, sacándome el metafórico sombrero, las acciones de Ibarra y las de todos aquellos y aquellas que día tras día laboran el ingrato ejercicio de hacer lo correcto, no por caridad sino porque es lo justo, lo que hay que hacer.
Algunas entradas relacionadas:
picada de ojos: dos países bajo el sol
casi ganadores
Esta historia no es mía, pero pudiera serlo. Es una de esas historias que se narran mejor en primera persona. También es una de esas historias que podrían marcar la vida de cualquiera que como yo, y como su verdadero protagonista, haya crecido (“coming of age”, le llaman en el difícil) en el Puerto Rico de los setenta y de los ochenta, de los Kakukómicos, de Cuca Gómez, de Iris Chacón y Juno Faría, de Juanma y Wiwi, de Lucecita, Chucho, Lissette, Pacheco, las Cabbage Patch, Llena tu Cabeza de Rock, el umbral de MTV, Maravilla, Romero y el qué derrota, Cuchín y la vampirita, Michael Jackson, Prince, los aretes emplumados…
Perdón. Creo que me adelanté un poco y me metí de lleno en los ochenta y en la adolescencia de…llamémosle Junior. Junito. Y démosle hacia atrás. Hacia La Pandilla. El Show del Mediodía. Cepillín. Pacheco.
Y el Tío Nobel. El verdadero inventor de los aeróbicos, sólo que él los llamaba ejercicios musicales y los hacía con chaqueta y sombrero de marino. El capitán de un barco imaginario, el custodio, casi siempre, de los mejores muñequitos. El amigo de los niños.
¿O tal vez no? Un chisme triste recorría mi escuela elemental. Decía que en verdad, en verdad, Tío Nobel odiaba a los niños. Que en las pausas del programa le gritaba, o peor aún, que ignoraba a su infantil audiencia. Que Pacheco y Sandra tenían peores muñequitos pero que eran mucho más simpáticos, incluso cariñosos. Al show de Sandra sí fui en una ocasión, y en efecto, era una señora muy encantadora.
Pero me he distraído de nuevo. Regreso a la historia que podría ser la mía. Comencemos por el medio, por el punto culminante, que encuentra a Junior (¿Junito?), a mediados de los setenta, a sus cinco años, flaquito, tímido, alerta, metido en un largo tubo, esperando. Afuera, la infantil audiencia grita, las cámaras graban, tío Nobel se impacienta. Porque Junior espera, y espera porque está ganando la carrera, pero en realidad quiere perder. Bueno, no perder, porque en El Show del tío Nobel nadie pierde. No. Junior quiere ser un CASI-GANADOR.
¿Por qué? El premio para el ganador es una pista de hot wheels (o una muñeca, si la ganadora resulta ser nena), un hombre nuclear oversized (o una barbie), o algo por el estilo. Muy atractivo, claro está. Para el casi-ganador, por otra parte, hay…Una lata de Quick. Rico, espeso, chocolosal. Galletas. Cereales varios. Juguetitos de plástico – no grandes ni caros, como los destinados al ganador, pero sí muchos. Una lonchera. Lápices. Una taquilla de niño para un circo próximo. En fin. La mesa del casi ganador es todo lo que Junior, a sus cinco años, a sus cuarenta libras, quisiera que fuesen su vida, su cena cotidiana, su alacena, su nevera, su casa. Los premios del casi-ganador eran un poco la metáfora o versión infantil y setentosa de la promesa, clase-mediera, manos- a- la- obr(era), del upward mobility y el american dream-versión criolla. Los adultos creían en la refinería, en la urbanización, en el colegio privado pagado a costa de muchas privaciones: los niños creíamos en el Tío Nobel y en el casi-ganador.
Así que Junior cuenta los segundos, sopesa la intensidad del griterío, y logra su objetivo. Calcula el tiempo justo para salir después de su sorprendido contrincante pero antes de la pausa comercial. Se convierte en el casi-ganador y por ende en el dueño de los objetos (¡tantos!) deseados. Sus compañeritos lo reciben con algarabía. La directora del Colegio, generalmente irritada con Junior por la deuda crónica de sus padres con la escuela, casi sonreía, con su enorme boca pintada, su enorme pelo setentosamente inflado, sus manos con largas uñas naranja.
Junior, en el quinto cielo de la abundancia que viene, calculaba la optimización de su felicidad, dividiéndola en dosis:Hoy, las galletas de queso. Con Quick. Si hay leche. Mañana, el panky. Con Quick. Si hay leche. Hasta que las garras color naranja comenzaron, suavemente, a repartir los panky en la guagua. Los lápices. El cereal. Los juguetitos. Hay que compartir, hay que ser justos, decía la boca roja. Lo peor fue el Quick, rico, espeso, chocolosal, tan cerca y tan lejos de su experiencia cotidiana como el anuncio donde el conejo inevitablemente se entristece, porque se acaba.
Le dejaron la taquilla para el circo, un primer contacto con ese extraño “compartir” y esa “justicia” para las cuales el ganador tenía inmunidad diplomática (en virtud de la integridad anatómica del hombre nuclear), y la chispa de una duda en ciernes, tímida, setentosa, casi-ganadora y tristona. La taquilla se rompió por el camino, pero ya no importaba. Los cupones vendrían, y-tal vez- habría leche.
Entradas relacionadas:
Vivian

foto de primerahora.com
En uno de esos maravillosos libritos de la serie ciento en boca, de ediciones huracán, Fernando Picó nos cuenta cómo se multaba diferencialmente a distintos sectores sociales en el Utuado del siglo diecinueve:
Un reglamento proveía para que los jornaleros pagaran un día de prisión por cada cuatro reales de multa…en el caso de los artesanos, un día equivalía a doce reales, y en el de los propietarios, seis pesos…
En el siglo diecinueve, el tiempo del artesano valía más que el del jornalero, y el del propietario, a su vez, mucho más aún.
Y ahora, también. El periódico Primera Hora reseñó el sábado la muerte de Vivian Rivera, una joven de 23 años, presa en una cárcel de Vega Alta y víctima de una golpiza por parte de otra confinada. Estuvo en la enfermería de la prisión, agonizando, tres días. Cuando llegó al Centro Médico “era demasiado tarde”, dice el parte de prensa. Una condición congénita había complicado y amplificado el efecto de los golpes, y la muchacha no despertó.
Si hubo maltrato o negligencia por parte de la cárcel, no lo sé. Probablemente es prudente esperar por la autopsia antes de emitir una opinión al respecto. Lo que sí podemos decir es que el panorama no es, en sus efectos, muy diferente del que describe Picó en la cita, arriba. A esa chica se la llevaron presa, por un año, por posesión de una bolsita de marihuana. El juez dictó sentencia de “un año de cárcel o mil dólares de multa”, y el tiempo de Vivian valía tan poco como el del jornalero de Utuado. Una vez en prisión, en una ocasión, la “mangaron” fumando marihuana de nuevo y le añadieron ocho meses adicionales a la ya desproporcionada pena.
Una bolsita = mil pesos = un año. ¿No hay algún mecanismo que proteja al pobre de esa álgebra maligna? Ochenta pesos al mes. El dictamen del juez le adjudica un valor de once centavos, a cada hora (encerrada) de Vivian. Su tiempo vale menos que el del jornalero de Picó.
Compare ese año y ocho meses con el caso reciente de los tres estudiantes que tenían, no una bolsita de marihuana, sino un huerto completo en Condado. Hidropónico, nada menos. Les ocuparon, dice la prensa, “112 plantas de marihuana, 16 envases con picadura, 15 bolsas medianas con la droga lista para vender y cuatro envases con cocaína”.
No es que yo piense que los tres agricultores aficionados de Condado deben ir presos – ese no es el punto. Lo que me parece interesante es que aunque las reglas oficiales sean distintas, el TIEMPO del pobre siga valiendo menos. Para los estudiantes de medicina, 112 plantas y quince bolsas no alcanzan para justificar un día de prisión. Para Vivian, una bolsita se paga con un año, y un cigarrillo a medias, con ocho meses.
O con la vida.
Entradas relacionadas:
picada de ojos: “desarrollo económico” para Puerto Rico
Me dice el Nuevo Día que “el secretario del Departamento del Trabajo, Miguel Romero, anunció hoy la creación de 1,040 empleos, mediante un contrato con Walmart.”
Aparentemente se supone que se trate de una buena noticia. Que me alegre. Porque resulta que, según me indica el titular, esto implica un “anuncio” de “puestos de trabajo para cesanteados.”
Primera Hora me confirma que en efecto, la intención va por ahí, y cita a Romero:
Tal vez en efecto sea buena la noticia. Después de todo, los únicos empleos anunciados después de la botada masiva de empleados gubernamentales en Puerto Rico eran en la industria de la construcción, haciendo que muchos se preguntaran cómo exactamente absorbería esa industria al personal cesanteado de tipo gerencial, secretarial y burocrático.
¡Walmart al rescate! Ahora los cesanteados podrán trabajar cobrando nada menos que hasta diez o quince centavos por encima del salario mínimo por hora en las tiendas Sam’s, Walmart, y Amigo, que continúan, indica la noticia, “creciendo”, y que por lo tanto absorberán a 1,040 desempleados, 60% de ellos a tiempo completo, el resto a tiempo parcial. Todo eso por la bagatela de tres millones de pesos de “subsidio” de WIA.
Tres millones de subsidio..añádale el subsidio menos visible, o mencionado, del seguro médico y otros beneficios que el estado tendrá que seguir pagando, por lo menos para el 40% que se queda part-time…Buen negocio, éste. No para el empleado, que de seguro trabajará mucho, cobrará poco, tendrá pocos o ningún beneficio y no podrá unionarse nunca, (cortesía del exitoso “modelo Walmart”) sino para la corporación, que de alguna manera ha logrado que le subsidiasen empleos que evidentemente tenía intención de crear al invertir en la construcción de las nuevas tiendas.
Puerto Rico, el paraíso: Donde la gente compra mucho y compra en Walmart porque es barato y los chavos están escasos, donde hay mucho desempleado dispuesto a trabajar treinta horas semanales en horarios impredecibles y sin beneficios y aceptar que eso se defina como un “part-time”, donde se pagan pocos impuestos y se repatrian muchas ganancias, y donde para completar, te subsidian los salarios, ya bajos de por sí.
Walmart, la compañía: La del ingreso bruto que supera al de algunos países; la que enfrenta uno de los mayores pleitos de clase en Estados Unidos, por discriminación salarial; la que se ha hecho famosa por despedir empleados de manera preventiva, para evitar uniones; la que si fuese un país, sería el número siete en relaciones comerciales con China, de donde obtiene muchos de los productos que vende; la que ha generado resistencia y, más tarde, resentimiento, por sacar pequeños negocios (sí, esos que al final del día empujan más la economía local, pagan impuestos y reinvierten en el país) que no pudieron competir con los bajos precios que los bajos salarios, tanto en la tienda como en las fábricas de donde obtienen sus productos, permiten ofrecer. Walmart, nuestro socio, nuestro “partner” para el desarrollo económico.Cuatro de los diez estadounidenses más ricos son de la familia Walton, la familia que todavía es dueña de 40% de las acciones de la compañía.
Hace algún tiempo comentaristas auto-identificados como “de clase media” tronaban en facebook y subtitulaban la prensa en línea contra las “guimas” y “los manteníos” “de caserío” porque recibirían una tarifa fija de luz.
¿Y contra las corporaciones mantenías, quién truena?
Haití: La caridad y la otredad
Tal vez por aquello de ser antropóloga, o tal vez por preguntona, lo primero que sentí no fue la indignación, sino la pregunta: ¿Por qué? ¿En qué estaban pensando los médicos que sonrientes, nos miran desde las fotos, cerveza o negra pierna de paciente en mano? ¿Qué motiva la sonrisa? Y más extraño todavía, ¿qué motiva la foto?
Posiblemente sean hasta buenas personas, estos médicos que salen en las fotos. Después de todo, fueron allá a ayudar. Pero las fotos revelan algo turbio. O lo confirman, porque suele haber turbidez en todo lo que tenga que ver con la forma en que el mundo trata a Haití. Aún en medio del ejercicio de la caridad.
Busqué en la prensa y en facebook, donde empezó el escándalo. Pero no encontré muchas respuestas. Encontré sólo indignación. Probablemente justificada, dicho sea de paso. Una mujer semi-desnuda a quien le suman, encima del vejamen de la semi-desnudez y de la tragedia de la amputación inminente, la humillación de la fotografía. Tal vez no la ha visto, tal vez no sabe que la han fotografiado, pienso, para consolarme un poco. Pero entonces es peor, me riposto. Si ni siquiera sabe, si no tuvieron la decencia de pedirle permiso, de avisarle, entonces es peor…
Veo otra foto, ésta de un niño, o niña. Un cuerpito amputado. Me pican los ojos, se me anudan el alma y la garganta, me siento culpable..no sé exactamente de qué, pero de algo. Cierro los ojos, aprieto next.
La foto que le sigue no contiene ningún haitiano. Sólo el médico boricua, armado con un rifle y una sonrisa. Y sigo sin entender por qué (¿por qué tiene un rifle? ¿por qué sonríe?), pero empiezan a tener algo de familiar. No tanto las fotos como las sonrisas. ¿Donde he visto sonrisas como esas antes?

Varias respuestas vienen a mi mente. 1. En el escándalo de Abu Ghraib, las sonrisas de los soldados que martirizaban a sus víctimas iraquíes y que posaban junto a ellos en situaciones que dejaban clara la diferencia de poder entre prisionero y soldado. 2. En las fotos que los que visitan zoológicos suelen tomarse al lado de las jaulas, especialmente aquellas cuyos huéspedes son pensados como particularmente peligrosos (tigres, leones, culebras) o, tal vez con mayor frecuencia, particularmente graciosos (delfines, chimpancés, avestruces.) 3. Los turistas colorados que se toman una foto cerca del “nativo” del lugar que visitan.

Todas esas situaciones tienen en común una combinación particular de dos seres: Uno, dueño de la cámara o amigo/cónyuge/colega del que la porta, que sonríe para la audiencia que de seguro verá la foto y que él/ella conoce, porque será él/ella el que la enseñe; Otro, tal vez invitado, tal vez no, por el primero, tal vez sonriente, tal vez no, tal vez consciente de ser fotografiado, tal vez no, un ser asumido como un “otro”, como “diferente” de alguna forma fundamental, intrínseca, un “otro” que no le mostrará la foto a nadie porque no es dueño de la cámara, ni de la situación.
Claro que las tres situaciones que resumí arriba son, moralmente, distintas. La sonrisa del soldado en Abu Ghraib que encadena al prisionero como un perro, o que lo obliga a posar, desnudo y en abierta violación a lo que su religión (la de la víctima), su ideología (la de la víctima) , le indican como correcto, es moralmente mucho más grave que el visitante que se toma una foto al lado del delfín o del chimpancé del Zoo, o que la del turista que se toma una foto al lado de un nativo que al final del día, quizás hasta esté de acuerdo.
Pero las tres ejemplifican una sonrisa que sugiere la satisfacción, el regodeo, de un ser relativamente acomodado, móvil, viajero, visitante, guerrero, que posa, feliz, junto a alguien a quien considera no solamente distinto, sino de alguna manera inferior. Porque si pensáramos a ese “otro” como un igual, le pediríamos permiso, le ofreceríamos una copia de la foto, tendríamos un cuidado, un respeto, que ninguno de los ejemplos indica.
(Una excepción aparente: Las fotos que se toma la gente con los artistas, o las figuras políticas. Ahí suele también haber sonrisa, pero no la sonrisa que genera la situación que aquí estoy describiendo. El artista o figura pública no es menos poderoso que el dueño de la cámara, es dueño de la situación, y es equivalente a un monumento, una maravilla. Típicamente es objeto de la admiración del que toma la foto. Es percibido como un “otro”, pero superior, no inferior. Y la sonrisa resultante es distinta, aniñada, agradecida.)
El escándalo de los médicos enviados por el Senado a Haití se parece, más que a ningúna otra foto, en el contenido, en las sonrisas, al de Abu Ghraib. Distinto, sí, en que después de todo no estaban torturando sino curando, aliviando, al “otro”, pero parecido en la sensación que la fotografía produce en el que la mira. Hay alguien sufriendo y hay alguien feliz en la misma foto. Y el que está contento domina la cámara y la situación. La diferencia racial le añade otra capa de desazón al asunto – el feliz tiene la piel más clara que el sufriente. Y no sabemos si el sufriente sabe de la foto, o si le importa. De hecho del sufriente no sabemos nada, es un prop, un signo, un espectáculo, dentro de una escena donde el protagonista, el que tiene nombre y profesión, es el doctor. Del sufriente sabemos sólo que sufre. Se le ha negado su historia, su humanidad, su protagonismo. Podría ser cualquiera de los tantos amputados, víctimas del terremoto, de la esclavitud, de los bancos internacionales, de la globalización, de los tiranos locales y mundiales, de la indiferencia, del racismo, del desinterés. El primer país del mundo en abolir la esclavitud, castigado y maldecido para siempre por tener el descaro de tomar esa abolición en sus manos, en lugar de esperar por la generosidad y la diplomacia blancas.
La caridad es mejor que la indiferencia. Pero aún en medio de la caridad afloran, como un burbujeante precipitado químico, inesperado pero inevitable, las ideologías que rigen nuestra actitud (y la del mundo) para con Haití.
Posdata: Me quedé pensando en este post mientras hacía otras cosas y entré de nuevo para aclarar algo que me parece importante: Esta entrada examina otro ángulo – la idea de que el tipo de foto mostrada (especialmente las que contienen pacientes) son sugestivas de esa perpetua otredad, de ese racismo, de ese desprecio, que el mundo ha mostrado por el pueblo haitiano por tanto tiempo, y que muestra aún mientras lo ayuda. Que el paciente haitiano no merece la misma privacidad, o seriedad, que el paciente común y corriente. Que sentimos simpatía pero nos quedamos cortos en empatía.
No creo que estos médicos merezcan un castigo que anule sus carreras o afecte radicalmente sus vidas. No los acuso por beber cerveza (yo probablemente me hubiera bebido varias, después de un día trabajando en una tragedia como esa) o por lo que algunos en internet están llamando, con desprecio, “fiestar” en plena tragedia. De hecho me parece que con todas sus faltas, el médico que opta por irse a Haití a ayudar de gratis es digno de admiración-después de todo, la mayoría de nuestros médicos se quedaron acá, algunos haciendo muchos chavos. Quizás, si hubieran sido parte de un contingente más experimentado, como el de Vargas Vidot, esto no hubiera pasado. Ojalá que los que salen en las fotos sigan cultivando la generosidad que mostraron al tomar la decisión de ir a ayudar, y que a la vez opten por examinar sus prejuicios -ellos, y nosotros. Ese, y no el castigo, sería el mejor resultado de todo este episodio.
tarifas, vagos, indignaciones, y otras vergüenzas de la cotidianeidad
Hace rato que tenía que haber escrito sobre este asunto de las tarifas fijas para los residenciales, o más bien (porque esto otro es lo que verdaderamente me llama la atención y me interesa) sobre la reacción que dicha política ha desatado. Esa protesta colectiva, a viva voz, una ola de quejas que nunca he visto elevarse, al menos no con esa velocidad, para defender ninguna otra causa. Ningún político pillo, o vago, o mantenido, ha desatado jamás semejante ira. Los que por poco nos queman el país con el desastre de CAPECO nunca fueron blanco de una indignación así. El bono a los desarrolladores para que pudieran seguir construyendo (y vendiendo) en un país con sobre veinte mil viviendas vacías nunca fue discutido como “robo” o “parasiteo”.
Cuando decidí que finalmente escribiría sobre este asunto, tampoco escribí. No escribí porque quería producir un texto impresionante, conmovedor, o por lo menos ingenioso. Tal vez sonoro, con esa sonoridad que con frecuencia exhiben tipazos y tipazas como Pérez Reverte, o Ana Lydia Vega, o Mayra Montero -esa sonoridad que emite el argumento en el volumen preciso, y en la frecuencia exacta, para que éste resuene en las neuronas y el corazón ajenos. De modo que volví a no escribir.
Finalmente, supongo que hoy, decidí que igual tenía que hacerlo. Primero, porque me dí cuenta de que no lograría la resonancia esperada (puede leer sobre “resonancia”, ese tan poético fenómeno de la física, aquí), justamente porque esa es la cualidad principal, y más repugnante, de esa indignación colectiva que hoy vengo a criticar. Me resigno entonces a escribir cualquier cosa: un cruce entre desahogo y memo corporativo, un telegrama febril, una rabieta antipática pero inteligible, un carraspeo lanzado torpemente al mundo de la cibernia. Que salga cualquier cosa, pensé, pienso; entramos luego y escribimos algo de seguimiento, más bonito, más sosegado, más intelectual.
Así que escribo. Primero, para describir la cosa que enfrento aquí. No se trata de la decisión de la tarifa fija – ni siquiera sé si esa decisión,la de otorgarle una tarifa fija de agua y luz a los que viven en residenciales públicos, es buena, mala o irrelevante. Probablemente, para ser honestos, en términos estrictamente económicos, es irrelevante. No lo sé. Francamente, ni viene al caso. Lo que me trae hoy a la ventanilla de editar una entrada en mi blog es la reacción popular a esa decisión. Y ésta, señores, ha sido de miedo. Los comentarios en los periódicos en línea chillan (sí, chillan, en chillonas mayúsculas) cosas acerca de esa “gentusa” (palabra que por cierto, muchos escribieron con ’s’), que “vive del cuento”, y que “no trabajan para vivir del gobierno y de los que pagamos contribuciones.” Hablan de irse a vivir en un caserío como si de hecho quisieran hacerlo. Hablan de un futuro donde el gobierno les dará internet gratuito también. Hablan de plasmas, antenas y piscinas en todos esos hogares que, si una no hubiera visto de cerca, tendría que imaginar como fabulosos palacios de cuento, con fuentes cristalinas y luces de discoteca.
Pero la peor parte no fueron los periódicos, no. Allí de todos modos siempre hay cuatro locos chillones comentando las noticias groseramente, de hecho esta vez han estado quizás hasta más educados que de costumbre. No, la peor parte fue facebook, espacio en donde me comunico con lectores de esta cosa, con amigos, con familiares, con antiguos compañeros. Allí, me cuenta un lector, José G. (que por cierto ha escrito algo muy bueno sobre este asunto y espero que lo publique en algún lado, pronto), y acabo de verificar con mis ojitos, hay un grupo con casi cuatro mil miembros que se llama “estoy harto de mantener los vagos en PR con mis contribuciones” y que se describe a sí mismo de la siguiente forma:
“Este site es para establecer un final proximo a todos los vagos en Puerto Rico que no trabajan y se la pasan esperando la GUIRA del “MANTENGO” gubernamental, sea cupunes, ayudas, etc, etc, etc. Son todos aquellos que se la pasan perdiendo el tiempo en la casa, jugando juegos electrinicos y esperando el cheque del gobierno con una barriga que parecen nenes de World-Vision. Los magnificos parasitos que nos tienen a Puerto Rico en la bancarrota por estar manteniendolos como peces de agua dulce en estanque.”
¿”Establecer un final próximo”? ¿Qué es eso y cómo proponen lograrlo? ¿Genocidio? No, quisiera pensar que lo que en realidad desean es que todos tengan empleos. Los comentarios que leí hoy (hay páginas y páginas de ellos) dicen cosas como (esto es sin censura, lo copio tal cual, aunque me mate la “z” de “abuzo”)… “sin palabra, indignacion total….. Quien piensa en mi, en la clase media. no lo puedo creer. QUE ABUZO. por Dios agamos algo que yo me apunto, esto no puede seguir, ya no mas.”, y se ensañan con especial furor con las “guimas mantenías” que según ellos se dedican a parir y parir con toda la mala intención de continuar “parasiteando”. Dice uno” “En especial a las Guimas cuponeras de caserio, no saben mas que paril hijos y no trabajan esperando los cupones, jajajaj…” Hasta la foto revela odio – una mujer sobrepeso, de espaldas, con algo pegado de la bata en el área del trasero.
Yo pago contribuciones, muchas, fiel, legal y consistentemente. Y mucha luz, y mucha agua. Pero con toda franqueza, no creo que el furor que este grupo de facebook tan orgullosamente, y con tanta resonancia, exhibe, se trate de eso exactamente, no. Como pagadora de contribuciones, a mí me indignan el estado de las carreteras, el deterioro del sistema público de educación, la ausencia de transportación colectiva, la ineficacia del sistema de salud, la escasez de parques y áreas verdes, en fin, me indigna que mis contribuciones no se traduzcan en una estructura de cosas que podemos llamar el bien común y que se refiere a las cosas que nos benefician a todos: urbes limpias, menos autos, más salud, mejor calidad de vida.
Pero no, no hay un grupo de facebook que inste a Fortuño a garantizarnos ninguna de esas cosas. Lo que vociferan las voces indignadas es que los pobres tienen la culpa, que nos engañan, que nos explotan. Y yo quisiera aclarar un par de cosas:
- Los pobres no nos explotan. Lo que el estado invierte en mantener a sus ciudadanos más vulnerables es una chavería en comparación con los subsidios que reciben otras entidades, corporaciones, casi todas, que pagan muy pocas contribuciones, generan muchas ganancias, y definitivamente no viven en un apartamento diminuto con ventanas miami y ruido de tiros en la noche, como viven muchos en nuestros caseríos.
- La imagen del residente de caserío que ríe sonoras y siniestras carcajadas y se frota las manos porque nosotros, los contribuyentes, le pagamos un estilo de vida que incluye piscina, cable, antena, internet, losa italiana, o lo que sea, es una fantasía, o en el peor de los casos, una excepción. La mayor parte de los residentes del caserío preferirían vivir en otra parte. Otros quieren vivir ahí, esa es su comunidad, y trabajan duro, con pocos recursos, para mantener sus apartamentos lindos, ordenados, y para bregar con el discrimen cotidiano que su geografía les acarrea. Muchos de ellos trabajan, muchos otros desean desesperadamente trabajar y no encuentran empleo.
- Ese punto es crucial: En Puerto Rico, la tasa oficial de desempleo ronda el 15%, la extraoficial el 19%, y esto es sin contar el sub-empleo, el empleo a salario mínimo que no da para vivir, y otros desastres de nuestro panorama laboral. Gritarle, indignado, al residente de caserío que “se vaya a trabajar” es, en este escenario económico, un absurdo, porque sabemos que no hay trabajo suficiente para todos los puertorriqueños, vivan donde vivan, y porque en el residencial hay mucha gente que sí trabaja – porque en este país, señores, se puede trabajar mucho, duro y bien, y seguir siendo pobre. De hecho los caseríos, como los arrabales, favelas, y otros espacios, son una de las formas físicas que adquiere el fenómeno moderno (o post-moderno?) del exceso de mano de obra potencial en una economía que “prospera” aumentando ganancias para los accionistas pero que no la prosperidad para la gente. Los pobres NO tienen al país en bancarrota, como dice el grupo de facebook, es al revés: Los pobres son la evidencia de la bancarrota del país.
Podría seguir. Parte de mí querría seguir. Pero me dice mi pantalla que voy por las mil trescientas palabras y prometí crear un blog, no un culebrón ni un tratado. Me gustaría hablar de las nociones ideológicas malsanas que se ocultan detrás de toda esta “indignación” contra el residente de caserío. Me gustaría hablar de cómo el “odio” contra el “mantenido” pobre tal vez nos distrae del timo del mantenido rico (puede ver algo sobre eso en este post). Me gustaría hablar de algunas de las personas que conozco, que son de caserío y/o viven en uno, y que no son ni vagos, ni mantenidos, ni parásitos, sino gente buena y trabajadora. Me gustaría explicar que a veces, el internet y la antena son la manera más eficaz de mantener a los nenes lejos del punto (puede leer algo sobre eso aquí) y que algunos padres y madres optan por tener esas cosas, con mucho sacrificio, porque no pueden sencillamente mandar a los nenes a correr bicicleta por ahí. Me gustaría describir el tiempo que pasé viviendo en un caserío del área metro cuando niña, y decirles a todos esos y esas que en chillonas mayúsculas hoy declaran que se mudarían a un caserío para que “los mantengan” que yo lo dudo mucho, que no les creo, que ellos y ellas no quieren vivir allí ná. Ni con tarifa fija, ni sin ella. Sólo quieren descargar su indignación, porque saben que algo anda mal, y el pobre y el dependiente siempre han sido un blanco fácil.
Foto tomada de endi.com, sección dominical del La Revista de hoy.
Entradas relacionadas en parpadeando:
¿el único empleo?
Éste era ayer el único “display” visible conteniendo oportunidades de empleo en la (abarrotadísima) oficina de desempleo en Mayagüez, Puerto Rico. “U.S. ARMY”, decía. “FULL TIME AND PART TIME JOBS.”
La fila de desempleados era larga.
¿Cuán “voluntario” es un ejército que necesita de escasez de oportunidades de otro tipo para poder reclutar soldados?
Entradas relacionadas: río revuelto; caños y cañones, 2
el diluvio que llegó
No sé en los pueblos de ustedes, pero acá en Mayagüez no ha parado de llover. Todos los días, a eso de las tres de la tarde. Y no es una lluvia de esas, normalitas, tipo sandwich, que empiezan y terminan con llovizna y dejan lo mejor para el medio, no: más bien, estamos hablando de un torrente que te cae encima sin avisar, a mitad de camino, y que te deja en shock, sin saber qué proteger: los libros, la cartera, el bulto, el pelo…no hay sombrilla que nos salve. El viento que acompaña el asunto se asegura de que el agüita llegue de diferentes direcciones y en abundancia. Y encima (o más bien, abajo) están los charcos (o más bien, pantanos) que, con alguna ayuda de conductores, pies y ciclistas histéricos, completan el trabajo de la lluvia. Acaba uno como un pollito, indefenso, espelusao, preocupado por el estado de la propiedad portátil, un poco estupefacto, y con unas leves e incomprensibles ganas de tomar chocolate caliente allí mismo, en la acera, bajo el agua, y con sorbeto.
No es por abusar de la metáfora, pero qué más da, para eso son las metáforas: Ese monsoon se me antoja parecido a este extraño día a día nuestro. De arriba y sin llovizna que avise te caen los despidos masivos y el desbarajuste de instituciones que alguna pátina de civilización nos daban (cosas como el Colegio de Abogados, el Instituto de Cultura, el Consejo de Educación Superior, el Noticiero del 6, la Universidad…).
De frente, en medio del pecho, los muertos en masacres grandes y pequeñas, 714 muertos durante ataques que llevan del narcotráfico el sello y que no pueden sino hacernos preguntar si haremos bien en celebrar la captura de los grandes narcos , o si esa captura tiene unas consecuencias que habría que calcular, y prevenir, antes de meternos a machos, o a monos, o a machos monos, y considerar, al menos por un momento, bajo la lluvia, si tal vez, tal vez, tal vez, tendría sentido legalizar la maldita porquería de una vez y trabajar el asunto como el problema médico que es…Y hablando de esas cosas, cuidado con protestar muy duro, abra la boca para emitir un insulto soez, como hizo el Residente, y aunque usted sea un regetonero y se gane la vida encadenando y rimando palabras soeces lo llamarán tecato, le amargarán la vida y le cancelarán conciertos. No, si esta lluvia no perdona a nadie. Y al Residente lo han tratado casi bien-al último que le dijo algo a Santini lo amenazaron con una “gasnatá”…
Y hablando de gasnatás, ahora tendremos unos cuantos policías ocupados protegiendo de gasnatás propias y ajenas a los ilustres ex gobernadores, a un comedido Pedro que solamente la necesita cuando venga de visita, a un risueño Cuchín que con su boca de comer y sonreír alega que se “hizo justicia”, y a un airado Romero, más indignado y gritón que nunca, que le reclama al pueblo de Puerto Rico que cumpla con su “compromiso…porque los compromisos no se cuestionan…la gente ahora no puede estar cuestionando el compromiso que hizo conmigo…”. Esta es la lluvia fría que ataca por la espalda mientras uno, bípedo iluso carga bultos, trata de taparse con una sombrillita y sólo logra sacarle el ojo al bípedo de al lado.
Los charcos pantanosos en la abusada metáfora climatólogica (y déjeme abusar tranquila de la metáfora, que si el gobernador puede yo también, caramba) son…el engaño, el cinismo y el desdén. El portal del trabajo. Las apepés. La promesa de hombre. Todas ellas desdeñan la tragedia y el derrumbe. Tranquilamente, aumentan la ya peligrosísima distancia entre el que tiene mucho y el que tiene poco, entre las opciones de la mayoría y las de la élite, y le añaden a la ya existente afrenta de la desigualdad el desagradable insulto del…insulto. Porque muévase un poco, incómodo, e inmediatamente lo llaman crápula, garrapatita, tecato o terrorista, le dicen que se quede quieto, que such is life, y que lo peor ya ha pasado.
Que lo peor ya ha pasado.
Acaba uno como un pollito, indefenso, espelusao, preocupado por el estado de la propiedad portátil, un poco estupefacto, y con unas leves e incomprensibles ganas de tomar chocolate caliente allí mismo, en la acera, bajo el agua, y con sorbeto.
Edito para añadir entradas relacionadas a esa otra metáfora lamentable y relacionada: EL FUEGO Y EL HUMO, en la blogosfera del patio:
más que una catarsis
El viernes pasado asistí al Foro para los Desplazados en la Escuela de Derecho Hostos de Mayagüez, el tercero de una serie de eventos en la isla, iniciados por Carlos Alá Santiago y el Colegio de Abogados y diseñados para escuchar el testimonio de empleados cesanteados como parte del programa de despidos asociado a la implantación de la Ley 7. Como los dos anteriores, celebrados en San Juan y en Ponce, la mayor parte del tiempo en el foro se le dedicó a las narrativas que los despedidos elaboraban frente a un panel de “testigos del pueblo”, del cual formé parte. Los “testigos” planteábamos alguna que otra pregunta, y cerca del final articulábamos una breve reacción.
Pero el centro y objetivo era la historia. Y digo “la”, en singular, porque los contornos generales de la tragedia de cada una de las personas que allí con tanta entereza se expresaron eran muy parecidos. Todos ellos describieron los rumores iniciales en torno al contenido de unas “listas” en donde aparecían los nombres de aquellos que serían cesanteados. Todos describieron semanas de terrible incertidumbre, y hacían referencia a un 25 de septiembre donde daban las cuatro y media pero nadie se iba, o donde todo el mundo estaba “inquieto, desorientado, triste”. En la mayoría de los casos, la cruel expectativa fue atendida no por los superiores sino por los representantes de uniones obreras que obtuvieron la información de las listas. Las cartas de despido que (eventualmente) recibían los conminaban a visitar oficinas para obtener orientación, a llevar, buscar, traer (más) papeles, a visitar portales de navegación compleja y utilidad dudosa.
Dos de los despedidos (llamémoslos Juan y María) ni siquiera recibieron cartas, propiamente. A Juan le informaron, de una oficina central, que su nombre estaba en la lista. Unos días mas tarde, que había sido un error. Un par de días después, que no había tal error y que sí estaba en las listas. Juan espera la carta que le aclare si está o no está despedido, y mientras tanto teme que al llegar la carta, ésta tenga la fecha de septiembre y su plazo de apelación, de treinta días, esté corriendo desde entonces. María no recibió la carta original: Una fotocopia, “ con la línea de fax todavía marcada” es el documento “oficial” que anuncia su despido y que pone fin al voluminoso expediente, lleno de los logros obtenidos a lo largo de los trece años, once meses y un día que pasó en su empleo.
Casi todos se sentaban a la mesa de los cesanteados acompañados de alguien: un hijo pequeño, una hija adolescente, un esposo, una esposa…Nos miraban a los ojos y nos hacían preguntas difíciles pero terriblemente apropiadas: “¿Y a mí cómo me evaluaron?” “¿Por qué no chequearon los expedientes?” ¿Qué pasará con los servicios?” A escasos días de la decisión del Tribunal Supremo que según Hernández Colón hizo “justicia”, devolviéndole el “derecho adquirido” de las escoltas a los ex-gobernadores, estos padres y madres de familia preguntaban también: “¿Y mis derechos adquiridos?”
El tipo de empleo que realizaban los cesanteados pone en duda la supuesta “ceguera” de un proceso que el gobierno alega realizó con criterios estrictamente de antiguedad. Los testimonios provenían de personas cuyos trabajos representan prioridades excluidas en la agenda de gobierno: servicios a la comunidad, educación y cultura. El proceso desmanteló sus planes de vida pero también la vida y gestión de sus oficinas, y el tipo de servicio que ellas representan.
Antes de ir al foro, alguien me había descrito el asunto como, “más que nada, una catarsis”. Pero ponerle caras, expedientes, biografías, coraje, orgullo y llanto al número mágico de cesanteados calculado por el gobierno y las compañías contratadas para ello, es mucho más que una catarsis. Es un saber mejor y más completo, y una razón para que nos unamos, sin excusas, al reclamo colectivo de un pueblo que sabe que todo esto tiene poco de justo, y mucho de cruel.
garrapatitas y garrapatas
Los ceibeños están asentados en un canto de terreno deseable, y eso parece impacientar a algunos personajes que están locos por meterle mano a ese paisaje, por construirle encima, decorarlo, y maquillarlo para el deleite de los (turistas) bendecidos. Primero les dijeron a los de Ceiba que “así es la vida”, en referencia al contraste entre la fealdad y la realidad de la pobreza local, y la belleza y fantasía de la riqueza visitante. Ahora han tildado al liderato comunitario, percibido evidentemente como parejero, de “crápulas”, “garrapatitas” y “vividores”.
Mucha gente se ha ofendido, y con mucha razón. Hasta el presidente de la junta de directores del dichoso proyecto ha dicho que las expresiones de Madera fueron “desafortunadas” y “contrarias a la política pública del gobierno de Fortuño”, aunque más abajo explica que lo son porque “aunque pueda haber diferencia de opiniones en sectores de nuestra sociedad, no se debe recurrir a adjetivos peyorativos”. En otras palabras, el problema no es tanto de política pública como de relaciones públicas. Madera y González fallaron, según esta lectura, por ser bocones sin tacto, no por lo que piensan sobre el desarrollo de Ceiba, sobre el proyecto, o sobre la resistencia de los residentes.
Es en ese sentido que a mí me resultan útiles, incluso refrescantes, las cosas que dijeron ambos bocones. Por lo impulsivas, por lo cándidas, y porque los portavoces del gobierno de turno las rechazan por razones de “estilos” pero no las desmienten en su contenido. Las expresiones que usaron primero González y luego Madera para articular la manera en que aprehenden el significado de la resistencia de la comunidad de Ceiba nos dicen así mucho no solamente sobre lo que piensan González y Madera, sino sobre lo que piensa un sector importante (en poder, no en tamaño) del país. Lo que piensan (su ideología) justifica, explica y apoya lo que hacen (sus acciones, sus prácticas.)
Y, ¿qué es lo que piensan? Podemos dedicarle a esto varias entradas de blog, pero adelantemos que sus palabras delatan una visión particular sobre el desarrollo, y sobre la pobreza, que es compartida con el gobierno de turno y que de hecho, en sus contornos principales, es compartida por muchos grupos dominantes a través del mundo y hasta por muchos ciudadanos comunes y corrientes, sin darnos cuenta. Se trata de una forma de entender la pobreza que la plantea 1) como inevitable y natural, 2) como reflejo de alguna falta, de alguna carencia de mérito, inteligencia, carácter o alguna otra cualidad y 3) como un estado en donde la única forma de dignidad accesible consiste en aceptar, con resignación y hasta alborozo, la condición propia y admirar la del más afortunado “otro” que nos visita.
Es en ese contexto que se genera la ristra de insultos de Madera. Los líderes de Ceiba son, en su libro, “garrapatitas” porque en lugar de agradecer la llegada de la salvación en forma de desarrollo turístico, la cuestionan. Lo interesante del insulto elegido es que parecería tener mucho de proyección: El arácnido chupa-sangre es una metáfora para el comportamiento parasítico. Madera, un señor que genera ingresos a través de contratos con el gobierno y que costeamos al final del día los pobres pendangos que seguimos pagando impuestos, este señor que iba a generar 130K así, por el ladito, fácil, con la mano izquierda, “asesorando” para facilitar una “transición” de junta, ese señor le está diciendo “vividores” a los líderes ceibeños.
Bien dicen que siempre habla el que menos puede. Me pregunto si usó el diminutivo porque está consciente de la existencia de garrapatas gordas, grandes y poderosas que están más que listas para parasitear en Ceiba, de la misma forma en que parasitean al país en tantos otros ámbitos.
picada de ojos:dos países bajo el sol
Los rescates de tierra (donde un grupo de personas, típicamente familias, sin hogar propio o desplazadas, ocupa algún terreno baldío y levanta sus casitas en él) han sido parte de nuestro paisaje por mucho tiempo y de hecho constituyen una suerte de tradición – muchas comunidades que el público percibe como legítimas hoy son de hecho el resultado directo de acciones como ésta.
[Dos libros muy buenos para estudiar el tema de los rescates más a fondo: Liliana Cotto, Desalambrar, y Llanes-Santos, Desafiando el poder.]
Ando de prisa, pero me gustaría hacer hincapié sobre sólo dos de los muchos elementos importantes del asunto de Villas del Sol aquí: Lo que nos dice acerca de espacio, clase social y vivienda en Puerto Rico, y lo que nos subraya acerca de la desconexión, la enajenación ideológica, de la administración actual y sus funcionarios.
Que en Puerto Rico las personas invadan, colectiva e ilegalmente, un “espacio” y lo conviertan en un “lugar”, en una comunidad con identidad propia, no es nada nuevo. Joyuda en Cabo Rojo y La Parguera en Lajas son casos pintorescos y conocidos por muchos puertorriqueños. Lo curioso, y esto se ha dicho en algunos medios, es el trato diferencial que los invasores reciben. Por un lado, tenemos “invasores de lujo” en La Parguera que poseen (y venden, y compran, y alquilan) viviendas (llamadas casetas) en la bellísima costa del Caribe, que reciben (y pagan por) electricidad y agua, que poseen lo que un periodista llamó una vez “legalidad de facto”, y a quienes casi nunca (y digo casi porque el DRN alguna vez, un tanto tímidamente, intentó llevar el asunto a las cortes) el gobierno trató de sacar. De hecho, y tras recibir un tour del área de un casetero, el ex gobernador Pedro Roselló indicó en los noventa que las casetas estaban ahí para quedarse.
Fast forward al 2009. Los habitantes de Villas del Sol están amenazados en las cortes y asediados por la policía. Su servicio de agua y luz ha sido interrumpido en medio de una pandemia de gripe contra la cual, reconocen todos los expertos y las mismas agencias gubernamentales, la mejor arma es la higiene personal. Y nuestro gobernador y sus portavoces dicen, públicamente, cosas como que “no se puede pretender que esas personas reciban agua y luz pagados por otros”, o que “se le han presentado sus alternativas como plan 8 y residenciales”, o que “están ahí de forma ilegal, y tienen que salirse”, o mi favorita: “ese es un lugar peligroso y tienen que salirse, por su seguridad y la de los rescatistas que tendrían que sacarlos en caso de inundación”.
El caso con esos comentarios es que suenan tan…ingenuos, que sorprenden. ¿Por qué? Porque 1) los residentes han ofrecido y solicitado que se les permita pagar por los servicios de agua y luz, 2) la mayor parte del país sabe que la oferta de plan 8 se ha reducido y que las listas de espera para apartamentos en residenciales públicos son larguísimas, 3) en lugares como La Parguera hay viviendas ilegales y nadie saca a sus dueños y 4) la peligrosidad del “área inundable” se le aplica solamente a los pobres – imagino que ese valle en Toa Baja no puede ser más peligroso que el margen mismo del mar que ocupan las pintorescas casetas parguereñas.
El peor comentario del gobernador ha sido tal vez aquel en donde indica, en respuesta al asunto de la dificultad de lavarse las manos regularmente sin servicio de agua, que los niños deben lavarse en las escuelas. De un plumazo demuestra su total desconexión no con una sino con tres realidades urgentes en el país, tres de esas cosas cruciales que deberían ser no sólo del conocimiento de un gobernante sino parte de su agenda consciente todo el tiempo: la salud (en medio de una epidemia), la educación (en medio de una epidemia y una crisis agencial) y las profundas divisiones de clase en Puerto Rico.
Porque sí. En este rectángulo insular nuestro, famoso por su pequeñez, tenemos dos países. En uno, llevamos en auto a los nenes a la escuela privada que escogimos con cuidado, les sacamos cuentas de banco para que aprendan a ahorrar, vivimos en urbanizaciones con acceso controlado, unas más caras que otras, unas con piscina y otras no, unas con servicio doméstico y otras no, pero todas ellas vendidas como “seguras” y con “buenos vecinos”, cambiamos de automóvil de vez en cuando por aquello de que no nos deje a pie, nos preocupamos por el futuro, por la universidad, y nos indignamos cuando escuchamos que algún colectivo de vagos nos roba el agua y la luz que pagamos con el sudor de nuestra frente. En el otro país, no hay seguridad de vivienda porque hay fila para plan 8, los caseríos están llenos, tenemos que pasar frente al punto camino a la escuela para llevar a los nenes, tenemos que vender chocolates o botellas de agua en la luz para comprar uniformes, no tenemos empleo en parte porque no estudiamos mucho pero en gran medida porque NO HAY empleo suficiente, no tenemos verdaderamente selección de escuela así que si la escuela del barrio está en problemas ni modo, comemos la comida más barata que es también la peor, y estamos (sorpresa!) más a la merced de males sociales, educativos, y de salud que otros sectores sociales.
La revelación de la existencia de ese segundo país es la que me acecha tras las fotos de Villas del Sol, fotos que recuerdan algunas favelas brasileras. La realidad de que hay un montón de gente que no tiene casa ni acceso a una vivienda digna. Aquí. En este país.

Si la mejor respuesta práctica que puede generar el gobierno de turno es cortar agua y luz, si lo mejor que puede hacer y articular es la mano dura, otra vez, tenemos problemas serios. Porque la pobreza en Puerto Rico, con sus tasas de desempleo que llegan, aún en los estimados más generosos, al doble dígito, con el 80% de los niños del país en escuela pública y con cerca de la mitad de ellas en el llamado “plan de mejoramiento”, donde si calculáramos el total de personas que viven en plan 8, comunidades especiales, residenciales públicos, arrabales y zonas rescatadas obtendríamos una proporción sustancial de la población puertorriqueña…la pobreza no es una cosa aislada e infrecuente, ni una cosa criminal. Es la realidad de un montón de gente. Y súmele la gripe y la crisis mundial. Si nuestros líderes no pueden reconocer y bregar con eso, con que Villas del Sol no es una cosa excepcional, marginal, o criminal, con que el nuestro es un país pobre y que esa gente pobre también votó por ellos, no deberían liderarnos. Están gobernando en otro país.
Imagen de las casetas tomada de universia.com. Foto de Villas del Sol tomada de indymediapr.org.








































