Mirando con incredulidad lo cotidiano, y buscando humanidad en lo “exótico”.

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Primavera rota

Esta columna fue escrita por la bloguera visitante, Lissette Rolón Collazo. Lissette es profesora de humanidades y literatura comparada en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Mayagüez (RUM), donde también dirige el Centro Universitario para el Acceso-un proyecto que busca entender y atender el acceso desigual a la educación superior en Puerto Rico.  

 

Primavera rota 

por Lissette Rolón Collazo

La medida de la decencia y la dignidad de los países puede medirse de varios modos. Propongo un par de criterios: cómo tratan a sus viejx, a sus niñxs, a sus estudiantes, a sus marginadxs,  a sus enfermxs, a sus mascotas, a todxs lxs seres que, de algún modo, son vulnerables ante los intereses productivos del capital. En Puerto Rico sacamos F en esos criterios y solo basta una mirada por el paisaje urbano y rural de nuestra geografía para contagiarnos de una pena milenaria por el estado de abandono en el que lxs tenemos casi siempre. Sólo basta con mirar nuestras cifras de maltrato a menores y de desertores escolares para reconocer que estamos fracasando como país decente y digno.

Sin embargo, en las últimas dos semanas de abril, justo en la víspera de una primavera lluviosa en este archipiélago caribeño, han botao la bola los funcionarios del gobierno de turno, el Congreso de los EEUU y otros tantos burócratas de hoy. A los estudiantes universitarios los tienen asediados. En un país donde la educación pública universitaria se disparó de un plumazo con un aumento de $800 de cuota, ahora las Juntas Administrativas –que están más pendientes de cuadrar presupuestos a toda costa y de tener contentos a algunos– han reducido cupos de matrícula con una operación mágica y secreta. Las razones académicas y sociales han estado fuera de la mesa. Los números descontextualizados se han impuesto. El caso del Departamento de Humanidades, cuyo programa de mayor demanda (Artes Plásticas) ha tenido una reducción de 20 de 50 cupos en sólo dos años académicos es un signo de alarma. Desconozco si los docentes fueron consultados, desconozco si el Senado Académico tuvo alguna jurisdicción en este tipo de decisiones, pero lo cierto es que está en efecto y así se han llevado a cabo los dos procesos de admisión de los últimos años.

Ahora también el Congreso de los EEUU quiere cuadrar su presupuesto a la mala. Las becas Pell y los préstamos estudiantiles han sido su chivo expiatorio. En pocas palabras, ahora un estudiante tiene seis años, en vez de ocho, para terminar su bachillerato, tener beca completa requiere un nivel de pobreza más bajo y se pagarán más intereses por los préstamos. El primer asunto podría verse como un ajuste de cuentas en pro de la calidad si se analiza en el vacío. Pero ninguna de estas cosas ocurre en el vacío. En la UPR se gradúa en 6 años el 50% aproximadamente. Hay universidades privadas que sólo gradúan el 8%. Sin embargo, la medida es más miope de lo imaginable. En el RUM, universidad donde enseño hace trece años y donde dirijo el Centro Universitario de Acceso (CUA) desde enero de 2011, hay estudiantes que tienen que esperar tres años o más para conseguir en matrícula un curso requisito medular sin el cual no pueden tomar un solo curso de especialidad. Ahora, para colmo de males, si fracasas o te das de baja de uno de esos cursos embudo (pienso en pre-cálculo, pero hay otros ejemplos), no podrás optar a matricular el mismo con carácter de prioridad, así que tu espera para repetir el mismo puede ser aún más larga. Como bien dice Rima Brusi, la soga parte por lo más débil. ¿Los genios de la tijera ciega pensaron en eso? Quizá. Por eso se les ocurrió que había que admitir menos estudiantes, o sea, reducir los cupos. Otra vez, en el vacío, eso podría ser razonable y lógico. Pero tampoco.

¿Qué opciones les quedan a los estudiantes que se quedan fuera de la UPR? Matricularse en la universidad privada o no hacer estudios universitarios. El problema del primer caso es que la universidad privada con índices de graduación más altos en seis años tiene el 35%, las demás dejan mucho que desear. ¿Qué pasará con todos los que se queden fuera? ¿Qué pasará con los que no se gradúen en esos seis años que le va a cubrir la beca Pell?

Se quedarán sin alternativas educativas y profesionales y se las tendrán que buscar como sea. El desenlace de esa historia lo conocemos bien. Domina los noticieros y los periódicos. Domina las estadística del deterioro social. Ante ese escenario, no nos quedará más remedio que declarar a Puerto Rico como un país desahuciado. La decencia y la dignidad brillarán por su ausencia y estaremos todos peor. Si este análisis no le interesa a la universidad pública de Puerto Rico estamos perdidos. En poco tiempo contaremos la democratización del conocimiento como un érase una vez. Tenemos una primavera rota en Puerto Rico.

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vida de costo

Hoy, en el autobús entre Washington D.C. y Arlington, viajando con mi hijo menor, vi una mujer, más o menos de mi edad, subir al aparato acompañada de un niño, más o menos de la edad de mi hijo.  Sacó una bolsa de monedas de su cartera, y comenzo a depositarlas en el receptáculo de pago, bajo un letrero que leía “$1.70″.  El asunto tomó algunos segundos, que se hacían largos en la temporalidad particular de las filas, y los pasajeros que esperaban su turno la miraban con alguna impaciencia, pero nadie dijo nada. Terminó de depositar las monedas para pagar su tarifa y la de su hijo, y se sentó, como el mío y yo.

Al subir, yo había pagado con mi tarjeta de metro y metro bus, adquirida en línea con una tarjeta de crédito.  Y como usé la tarjeta, mi tarifa fue de veinte centavos menos, por persona, que la de la señora de las monedas.  A cuarenta centavos por viaje, multiplicado por dos veces al día, calculo que la desconocida acaba pagando casi un dólar diario más que yo, por moverse la misma distancia. Las suelas de sus zapatos estaban gastadas. Su ropa, el material y hechura de su bolso y otras señas contextualizan lo que podría parecer una decision neutral de pagar con monedas: La señora era pobre.

Y recordé el título de un ensayo de Barbara Ehenreich que leí hace mucho (Could you afford to be poor?) y que documentaba las múltiples formas en que la pobreza, irónicamente, encarece la vida.  Si usted es pobre, suele vivir a mayor distancia de cosas como comida de buena calidad o posibilidades de empleo; suele atender sus dolencias, tarde y mal, en salas de emergencia porque el cuidado de salud pública está roto o porque usted gana demasiado para cualificar para el seguro público pero muy poco para pagar el privado; paga intereses más altos, en promedio, por cosas como hipotecas, seguros de autos, y muebles.  Su presupuesto está por definición agujereado, repleto de costos indirectos que los sectores más privilegiados no sienten ni conocen como parte de su diario recorrer: los diez pesos (o cincuenta pesos) que le cobran por cambiarle un cheque, por ejemplo.  El financiamiento de los muebles.  Andar sin repuesta porque no había suficiente dinero para cinco gomas.  O accidentarse por verse obligado a andar con las gomas lisas.

Lo interesante es que en el discurso popular, suelen dominar no tanto la preocupación por los múltiples modos en que ser pobre encarece y dificulta la vida de la gente, sino más bien las supuestas “ventajas” que acarrea la pobreza.  Ventajas como rentas y utilidades subsidiadas, por ejemplo. O los cupones para alimentos.  Pero al mirar de cerca, y mirar dos veces, hay que reconocer que ser pobre sale…caro.  Hace unos días visité unos familiares que andan en aprietos económicos, aprietos que ilustran bien lo que nos cuenta Ehenreich. Al marido, que trabaja en promedio ochenta horas semanales en los muelles (¡y todavía hay quien se atreve a decir que la gente no quiere trabajar!)  le bajaron las horas a cuarenta, de modo que en ese mes, hubo que tomar una decisión difícil: o se paga la renta o se paga el seguro del auto. Optaron por pagar la renta “porque si no, nos ponen los muebles en la calle”, me cuenta la esposa.  Una mañana, de camino al trabajo, se explotó una goma, se bajaron a cambiarla, un policía buena gente se detuvo a ayudar…Y se quedaron sin auto, porque es ilegal andar por ahí sin seguro y el policía era buena gente pero no tanto.  Las decisiones difíciles se acumulan: ¿alquilar uno, o tomar un taxi, a precios que ascienden al equivalente de medio día de trabajo, para poder llegar a tiempo y evitar que le corten más las horas, o faltar, y arriesgarse a quedar desempleado?

Y ese es un caso borderline, en términos de eso que llamamos “clase social”.  Al menos allí hay empleo, hay salud, hay esperanza de movilidad social.  Los casos más extremos, los pobres más pobres,  acaban pagando de modos que son casi inimaginables, desde la óptica de clase media que predomina en mi cabeza y probablemente en la de la mayoría de mis lectores: Las personas sin hogar, por ejemplo, se ven obligadas a pagar por comidas pre-cocinadas  a diario, porque no tienen nevera ni casa donde ponerla.  Para las mujeres sin hogar la cosa es aún peor; son víctimas frecuentes de violaciones y asaltos físicos. Hace mucho una me dijo, refiriéndose a los y las deambulantes, que “de noche, los hombres buscan dónde dormir: las mujeres buscan dónde esconderse”. En un ejemplo casi surreal de lo cara que resulta la pobreza, esta mujer se veía obligada a pagarle con monedas o favores a otros deambulantes por su “protección”.

Pienso todo esto en el metrobus, camino a casa. Lo pienso mientras miro a la señora que podría ser yo, con su hijo que es como el mío, mirando el mismo paisaje, al mismo tiempo, por una ventana igual, en un viaje que se parece mucho, en distancia y contenido, al nuestro, pero que  le costó veinte centavos más, y cuyo destino es probablemente muy distinto.

 

 

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el hábito de maría

Conozco a un niño de trece años que podría, estoy segura, ser científico, o ingeniero, o filósofo. Y que querría serlo. Para ello, tiene que ir a la universidad, por supuesto. A la mejor posible. Pero no sale bien en sus clases, y no salir bien en las clases, cuando ocurre con demasiada frecuencia, tiene un efecto cumulativo que las más de las veces se traduce en un final infeliz.

Mentí, arriba, cuando dije que conocía uno. En realidad conozco muchos y muchas como él. De ojos y mentes brillantes, pero experimentan dificultad para hacer el trabajo de álgebra, o para leer el libro. Se frustran por ello.

Algunos dejan la escuela. Suelen ser pobres. ¿Por qué? No estoy segura. Pero creo que para las clases media y altas existen más mecanismos sociales de protección. Que cuando el hijo del médico, o de la abogada, o del profesor universitario, tiene problemas de lectura en segundo grado, algo se hace, y se hace pronto, y si no funciona, se hace otra cosa.

[En este punto, el lector podría decirme, ofendido, que las dificultades de aprendizaje y la deserción le ocurren a cualquiera, independientemente de su clase social. Y le contestaré que tiene toda la razón, pero que es más probable que le ocurran a los que nacen en desventaja socio-económica. A medida que uno asciende en los indicadores de clase, más raro ("raro" de "improbable", no "raro" de "weird") se torna el problema de aprendizaje que desemboque en fracaso escolar.]

Llevo varios años trabajando con un proyecto que se dedica a entender y atender la desigualdad educativa. A través del tiempo, muchos me han dicho, a modo de consejo y con mucha razón, que parte del problema educativo estriba en que el aprendizaje escolar necesita hacerse mas atractivo, más divertido, y es cierto. Por ello hemos incorporado giras, juegos, y demás.

Pero hoy creo que hay algo más. Algo más simple, y más antiguo, y más importante, y menos de moda, y más difícil de implementar. El hábito de María. Quiero intentar articularlo aquí, con ustedes, en el blog.

Tharp, bailarina, coreógrafa y autora de un librito que se llama The Creative Habit, nos recuerda que para poder componer piezas geniales, el gran Mozart tuvo primero que practicar sus escalas, y tuvo hacerlo habitualmente. ¿Qué quiere decir con ello? Quiere decir que el talento, aún el talento genial, necesita de la destreza para poder manifestarse. Para convertirse en virtuosismo.

Nacemos con talento, pero no con destreza. La destreza hay que practicarla, habitualmente, mucho, hasta que se convierte en parte nuestra y nos permite entonces usar el talento para construir, para crear, la cosa que sea: la nueva receta, el puente, la fórmula química, el argumento legal, la estrategia de negocios, la novela, el plan para la familia, o el país.

La importancia de la práctica es universal, pero resulta tal vez especialmente visible en los casos famosos, o extremos, como bien describe Gladwell en Outliers, cuando nos cuenta de las diez mil horas, aproximadamente, que pasaron talentos famosos como Bill Gates y los integrantes de Los Beatles cultivando, en relativo anonimato, sus destrezas.

Pero de vuelta a los nenes puertorriqueños: ¿Cómo pretender que el jovencito lea y disfrute una novela, si cuando niño no practicó la destreza cotidiana de sonar sílabas y luego palabras y luego oraciones hasta que sonarlas le resultara tan natural, tan automático, que su mente comprendiera el lenguaje directamente, que su cerebro le metiera un bypass a la mecánica de la lectura y fuese directo al significado? ¿Cómo lograr que la muchachita domine el álgebra, o la geometría, si tiene que realizar las operaciones aritméticas más bobas con los deditos, contando para sumar, sumando para multiplicar, porque no se aprendió las tablas? Hay unas cosas que hay que practicar, unas destrezas básicas que son lo que son las escalas para los músicos: Hay que dominarlas, al derecho y al revés, sin pensar, temprano en el juego.

[Se ha indignado de nuevo mi lector. No me diga que si el muchacho no lo aprendió en elemental no lo aprenderá nunca, me regaña. Y le sonrío de nuevo, y le digo que tiene toda la razón, y que por supuesto que estas cosas pueden, y deben remediarse en el grado en que se descubran, aunque ello implique practicar lectura en séptimo grado o repetir obsesivamente las reglas para manejar fracciones en la universidad. Hay que hacer lo que hay que hacer. Esto es un poco como dejar de fumar, para evitar el cáncer, aunque uno lleve décadas fumando. Siempre es mejor no fumar que fumar. Pero es mejor nunca empezar. Y en la educación, lo más efectivo es practicar "las escalas", la lectura básica, las tablas de multiplicar, cuando todavía son niños, y no se enamoran de otros estudiantes, no piensan en cortar clases, quieren complacer a uno, tienen mucho tiempo libre, y (ad)miran al mundo y al maestro con ojos grandes de asombro...]

Para poder optimizar su talento, para crear un mejor país, nuestros niños tienen que ‘practicar sus escalas’. Cosas como lectura, aritmética, puntualidad, esfuerzo. Mucho. Habitualmente. Y cuando pienso en eso, me acuerdo de María.

En nuestro trabajo con jovencitos de escuelas mayaguezanas, los tutores se sorprenden cada semestre, al ver mentes alertas, equipadas, buenas, talentosas, teniendo, consistentemente,  los mismos problemas: En clases donde se trataba álgebra o geometría, las dificultades tenían raíces aritméticas, como multiplicar, o manejar fracciones. En las clases (¡todas!) que dependen del lenguaje, se trataba de un problema de comprensión de lectura, de saber sonar la oración pero no procesarla, comprenderla, porque para comprender, la lectura como sonido tiene que ser automática.

María es una maestra, hoy retirada, famosa en su pueblo porque no se le escapaba uno: Le enseñaba a toditos y toditas a leer. Era maestra de primer grado, y esa meta de que todos leyeran era su desafío personal, todos los años. Todos los niños, todos los años. Hoy su hija Olga emula ese ejercicio en su propio salón de clases, en otra materia, en otro pueblo. Y creo que la nieta también va por ahí…

María no se leyó a Tharp, pero me consta que conocía muy bien la importancia delhábito, porque se la aplicaba a sí misma. Se levantaba todos los días a la misma hora, iba al trabajo (casi nunca faltó), y le metía consistencia, talento, destreza, ganas.

Por las noches, en su casa, hacía planes.

Sus planes cambiaban, a través del tiempo, porque María, reconociendo su labor como una profesión creativa y su ejercicio cotidiano como un arte, asistía regularmente a talleres de educación continua. En el fondo, no creo que le hicieran falta esos talleres, estrictamente, en términos de contenido; pero ella les sacaba el jugo, y aplicaba lo aprendido en sus planes.

Esa actividad cotidiana de los planes me dice mucho de su disciplina, de su humildad y de su optimismo. Porque cuando usted cree que se las sabe todas, usted no hace planes. Cuando usted no cree que puede, con sus acciones, transformar estudiantes porque ya llegan a su salón de clase fundamentalmente forjados, destinados a lo que sea, usted no hace planes. Si no hay esperanza, no hay
planificación.

[Mi lector imaginario vuelve a indignarse. Y ésta qué sabe, murmura.]

No mucho, le contesto. Pero soy maestra. En mi caso es tal vez más fácil la cosa, porque mis alumnos suelen ser adultos o estar por ahí, en la víspera de serlo. Pero conozco muy de cerca la tentación de la arrogancia o la desesperanza, de enseñar en la modalidad de “salir del paso”, de no hacer el esfuerzo máximo para transformar mentes y vidas porque asumimos que los estudiantes llegan hechos, forjados, destinados, que el que va a aprender aprende y que el que no, pues no, independientemente de lo que hagamos. Y he sucumbido a esas tentaciones del pensar y del sentir más de una vez.

Y resulta que el país esta en crisis, “crisis” en plural, y que una de las crisis principales es la educativa. Las areas de acción para atender la crisis son, por supuesto, muchas, y a todos los niveles educativos. Pero un espacio humilde, poco mencionado, tiene que ser la práctica habitual e intensificada de destrezas básicas, como aritmética y lectura, en escuela elemental. Porque sin esas dos formas de hábito, el aprendizaje y la creación posteriores, profesionales, ciudadanos, son prácticamente imposibles.

[En este punto se vuelve a ofender mi lector y me cuenta, muy indignado, que su abuelito es analfabeta y que sin embargo es un excelente, inteligente y muy activo ciudadano. Pues felicite a su abuelito de mi parte, le digo. De regreso a la metáfora del cigarrillo: Conozco a un abuelito que fumó por ocho décadas y no le dio cáncer y vivió hasta los cien años. Pero ya que hablamos de su abuelito, y que es un ciudadano activo e inteligente, vaya y léale lo que acabo de escribir: Apuesto a que su abuelito estará de acuerdo conmigo, porque ese abuelito extraordinario sabe que lo es no por no saber leer sino a pesar de ello. Tal vez, con acceso a una educación de calidad, su abuelito hoy podría ser mil cosas, incluyendo gobernador nuestro. Y tal vez, con su abuelito a la cabeza, el país estaría mejor que ahora. Pero no quiero salirme del tema. Mis cariños y respetos a su abuelito.]

Y mis respetos y felicitaciones a todos y todas las maestras y maestros como María. Ojalá se reestructure el sistema de modo que la labor de los maestros sea recompensada con mejores salarios y mayor reconocimiento y oportunidades de desarrollo personal y profesional.

Tenemos que ser más como María. La crisis educativa no es necesariamente culpa nuestra, lo sé. Y no intento culpar a los maestros- ¡hay tantos, tantos problemas en el país que hacen difícil el aprendizaje, y la enseñanza! Pero nos tocó, nos tocó atenderlo, con furia, con rabia, con intensidad, con amor. Todos los días, cultivando el hábito, la destreza, de la inocencia. Dije inocencia, sí, porque se requiere mucho optimismo inocente (que ojo, no es lo mismo que optimismo bobo) para creer que podemos transformar la vida del nene que viene de la comunidad deteriorada, o que vive en el hogar destrozado con adultos ya irremediablemente rotos, y para pensar que podemos transformarlo con las tablas de multiplicar y con la lectura cotidiana….

Pero hay que hacerlo, porque es nuestra mejor esperanza y la mejor oportunidad para que ese nene pueda imaginar, articular, construir un mundo distinto. Y porque a veces, hasta funciona. Tenemos que hacerlo con consistencia y celo. Crear y cultivar el hábito y la rutina de practicar destrezas para el pensar, con el hábito y con la rutina propios del enseñar con ahínco y con cuidado.

Con el hábito de María. Nos va la patria en ello.

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otro encuentro

Pronunciado en ocasión del compromiso Pro Bono de los estudiantes de la Escuela de Derecho de la Universidad de Puerto Rico, 24 de septiembre de 2010.  Gracias por la invitación, y mucho éxito a todas y a todos.

Cuando me invitaron a hablarles esta noche, dije que sí rápidamente.  Dije que sí porque es un hermoso proyecto.  Pero confieso que hace pocos días, casi me arrepentí.  Yo quería escribir algo que los inspirara, que los animara, pero francamente, estos son tiempos sombríos, y todo lo que se me ocurría para escribir era igualmente sombrío.

En esas estaba cuando me llegó la invitación formal.  Al leerla, sentí que me animaba un poco.  Tal vez fueron las fotos. Las caras. El optimismo implícito. La acción. Pero yo creo que fue, especialmente, lo que dice.  Me invita a una actividad de “Compromiso Pro-Bono”, y me dice que “La Escuela de Derecho y ProBono UPR se insertan… en la agenda de acceso a la justicia en Puerto Rico, a la vez que le ofrecen a sus estudiantes una educación jurídica formativa… ”.

Educación formativa.  Acceso a la justicia.

Esas frases me gustaron mucho.  Mi grupo de trabajo en la UPR en Mayagüez tiene un proyecto que también trabaja con acceso.  En nuestro caso estudiamos el acceso a ciertos niveles o experiencias educativas.  Lo estudiamos a través de la investigación académica pero lo entendemos y atendemos en realidad a través de una serie de actividades de alcance con jovencitos de escuela intermedia y superior que viven en los residenciales públicos de Mayagüez.  ¿Por qué alcance educativo en residenciales públicos? Bueno, porque por algún lado había que empezar; porque estamos convencidos de que para aprender hay que hacer; y porque nuestros estudios preliminares indicaban que los llamados “caseríos” estaban tremendamente sub-representados en la educación superior y especialmente en la educación superior pública-en la UPR.

Quiero hacerles un cuento.  La primera actividad de alcance fue un campamento, diseñado por nuestros estudiantes universitarios y dirigido a estudiantes de escuela intermedia de varios residenciales mayagüezanos.  Empezamos a buscar fondos.  Una colega mía, entusiasmada, nos habló de una asociación de damas cívicas que estaba buscando precisamente algo en el ámbito de educación pre-universitaria para auspiciar.  Nuestro proyecto era perfecto para las cívicas, nos dijo.  No esperábamos mayores problemas.

Algunos días más tarde, abochornada, mi colega me dijo que las cívicas  no compartían nuestro entusiasmo.  Habían dicho que no.  Que no nos darían chavos, porque “esos nenes no tienen interés”.  Con la escuela pública como tal, aclararon, no tenían problema alguno, y estaban receptivas a propuestas con esa población.  El problema era con el residencial, con los residenciales, con esos espacios que en nuestro imaginario colectivo se han convertido, parece, en una metáfora de todo lo que el país no quiere ser.

Este cuento, y especialmente esa expresión, la de que “esos nenes no tienen interés”, se me han quedado grabados., se han convertido en una suerte de “mito de origen”. No fue, aclaro, un episodio particularmente importante, en términos tangibles, materiales; después de todo, las actividades para las cuales les estábamos solicitando fondos se llevaron a cabo igual, se llevaron a cabo con esos nenes, e incluso extendimos la cosa y conseguimos el generoso auspicio de la Fundación Carvajal, por cinco años. Pero el cuento es importante,porque no se trata de un incidente aislado, o de un prejuicio particular a este grupo de cívicas: lo hemos visto repetirse y manifestarse de otros modos.  Por ejemplo, un año más tarde, estábamos realizando observaciones en una de las tantas escuelas puertorriqueñas que han caído en eso que llaman, eufemísticamente, “plan de mejoramiento”.  La población que la escuelita atiende es toda de residencial o de los espacios que llamamos “barrios”, en Mayagüez.  Con esa palabra, “barrio” nos ahorramos la más larga y compleja alusión a “vecindarios urbanos que no son residenciales públicos ni están designados como parcelas pero que son muy, muy pobres.” El caso es que estábamos en la escuela, y una maestra, una mujer joven, a todas luces trabajadora, de buen corazón, nos contaba de las muchas dificultades académicas que tenían sus alumnos, y le preguntamos cuál era, a su juicio, el problema principal, la raíz del asunto.  La maestra suspiró, señaló un conglomerado de edificios, visible desde la escuela, edificios con esa arquitectura inconfundible de tres pisos en cemento, con una cancha en el medio y una caseta de guardia, vacía, en la entrada…

Y dijo: “Esa gente.”  [PAUSA] “Esa gente no…no quiere progresar.”

En Puerto Rico, y en otras partes del mundo, los espacios que la gente ocupa sirven, y han servido históricamente, para  marcar, estereotipar, definir a las personas como más o menos virtuosas, más o menos merecedoras, más o menos vagas…Piense en los arrabales, las parcelas, los residenciales. En el imaginario puertorriqueño colectivo,  los residenciales, el residencial, el caserío, tal vez por lo visible de su arquitectura, está particularmente sujeto a esa otredad impuesta y, a veces desafiantemente, también asumida.  Se trata de una otredad que nos obliga a encontrar la desigualdad, la marginalidad, día a día. Pero no son estos los únicos espacios donde ese encuentro ocurre. Hay otros espacios, más móviles, más dinámicos,  como por ejemplo las luces donde piden monedas los deambulantes, que también representan la posibilidad de ese encuentro cotidiano con la pobreza, con la marginalidad. Y esos encuentros tienen mucho que decirnos acerca del modo en que conceptualizamos al otro…y a nosotros mismos.

Imaginemos por ejemplo el encuentro clásico: Usted va por ahí guiando, se detiene en la luz roja, y ahí está: El deambulante, el tecato, “el que pide”.  (Casi nunca oigo que lo llaman el pordiosero, o el mendigo.  Siempre es el deambulante, el tecato, “el que pide”.)  Es fácil imaginarlo porque si usted maneja un auto, esto es parte de su cotidianidad.  Suele ser un personaje familiar, tiende a estar en esa luz a esa hora del día, anda con un vasito o algún otro recipiente.  Lo interesante de este encuentro es que a pesar de ser tan común, y tan predecible, genera todos los días una pequeña crisis moral. Una crisis no en él, en el que está ahi, con su vasito, sistemáticamente trabajando la fila de autos, no: La mini-crisis moral se genera en el conductor. En el potencial dador. Especialmente si lleva pasajeros.  Digamos que se trata de usted.

Le doy chavos. No le doy chavos.  Si le doy chavos se los va a gastar en droga. Le puedo dar  esta manzana, o este café, que me estaba llevando al trabajo, mejor. Darle comida.  Yo le di chavos ayer…hoy puedo tal vez hacerle una mueca triste indicando, con verdad o sin ella, que no tengo chavos. O mirar obstinadamente hacia al frente, como si no lo viera,  hablar mas fuerte por mi celular, conscientes de que me  está mirando y haciendo gestos en mi dirección. O mover la cabeza con firmeza, en un gesto de NO…

Esa es la conversación interna.  Si llevamos pasajeros, la crisis supera el ámbito de la moral privada y se convierte en un asunto de proyección social:

Le doy chavos. No le doy chavos.  ¿Qué va a pensar Fulana si le doy chavos?  Que soy un zángano. ¿Que va a pensar si no le doy? Que soy un maceta.

Digamos que en esta ocasión,  decide darle unas monedas. El tecato sigue su camino, pero:

Fulana, con aire de superioridad: Yo nunca les doy chavos, porque eso lo usan para droga. Yo les doy comida, si estoy cerca de un servicarro. Le pudiste haber dado esa manzana.

Si piensa que le voy a dar la solución al dilema aquí, ahora, lamento decepcionarlo. Me temo que no tiene solución, al menos no en los términos en que se nos plantea. Yo, francamente,  he hecho de todo: mirar para el frente, dar chavos, dar manzana, comprar en servicarro, hablar por celular intensamente mientras intento no encontrarme con los ojos tristes del que lleva el vasito…de todo.  Y probablemente no hace mucha diferencia. Puede hacerla para mí, si me llevo una sonrisa agradecida, o para él, si se lleva una peseta, una diferencia en el micro, en ese día, en ese instante-pero lo que sea que usted opte por hacer, en ese encuentro, no le hace mella al macro ni a la moral, propia o ajena. Al hecho básico de que hay una gente marginal a los procesos productivos que necesita de su caridad para comerse algo. O para meterse droga.  O ambas- Porque al final, en la experiencia cotidiana del adicto, la droga y la comida no son sustancias muy distintas. Ambas son percibidas, en la subjetividad, como irremediablemente necesarias para sobrevivir.

Pero el punto es que tenemos una pequeña crisis moral e identataria, cada vez. Y esa crisis está basada en el hecho de que el otro, el ser marginal que es nuestra contraparte en ese encuentro con la desigualdad profunda en que vivimos, hace algo o incluso es algo que nos parece moralmente desagradable. Usa droga, por ejemplo. Y nos preocupa auspiciar ese vicio. No por no hacerle daño-vamos, que la droga, si la usa, la va a conseguir con o sin su ayuda.  No – me importa darle o no darle mas bien por lo que implica sobre mí, sobre quién soy yo.  Y ese es el dilema cotidiano.  Queremos hacer el bien, pero no queremos que nuestro bien se use mal.  Queremos darle la peseta, pero queremos que la use para comer.

Queremos controlar la reacción del otro.  Queremos que el pobre, el que recibe nuestra generosidad, sea como nosotros queremos que sea. Lo queremos, en este caso, limpio de droga.

Y agradecido. Nos pasmamos cuando el otro no reacciona como esperábamos.  Permítanme compartir otra experiencia. Fue aquí, en Rio Piedras, y es un poco boba pero viene al caso. Un deambulante me pidió dinero para comprarse un sundae. Yo decidí comprarle un sundae. Compré el sundae. Se lo llevé. El hombre bufó, decepcionado, molesto.  Y me dijo, bastante irritado, que no le gustaba el maní.

Yo quería que le gustara el maní.  De hecho, yo hubiera preferido que no le importara la presencia del maní, o que hubiese estado tan agradecido por el sundae que no se fijara en el maní…

Nuestros encuentros se agrian cuando el otro, definido como “pobre”, “marginal” o necesitado, no responde como nos gustaría, o como esperamos. El tecato tira los chavos prietos al piso o se indigna porque no le gusta el maní.  La madre de dos niños pequeños no paga la luz pero se hace las uñas. La señora de setenta años debe 15,000 de luz y pide un plan de pago, a 85 años. Y no lo paga. El nene habla en el salón y, cuando se le conmina a leer el libro y completar la tarea, dice que no quiere, que es aburrido. No muestra interés.

Estos encuentros nos incomodan no tanto porque nos confronten con la pobreza, sino porque nos obliga a cuestionar las formas en que imaginamos la pobreza, cómo se atiende, si se atiende, si merece ser atendida…Queremos que el pobre pase hambre, no que quiera droga,o un celular. Queremos que sea agradecido. Que muestre interés. Que no se haga las uñas o el pelo. Que se comporte, en fin, con una racionalidad admirable.

(Hace algunos meses, hablando de racionalidad, una muchacha pobre de Vieques cometió un acto irracional: andar con una bolsita de marihuana. La cogieron.  No tenía chavos para pagar la multa, así que la metieron presa.  En la cárcel se fumó un cigarrillo de marihuana. Le extendieron la condena. Murió presa, de una paliza propinada por otras presas.  Se llamaba Vivian, y era jovencita, muy delgada. Las fotos del periódico la muestran sonriendo, con una sonrisa hermosa y grande.  Algunos de los comentarios del periódico la acusan, póstumamente, de irracionalidad. Porque, decían, ¿a quién se le ocurre ponerse a fumar en la cárcel?  Es el mismo tipo de irracionalidad de la que acusan, con frecuencia, a las mujeres asesinadas por sus parejas, cuando les preguntan, también póstumamente, ¿cómo se le ocurrió a esa muchacha juntarse con semejante individuo?)

[Pausa]

Y es que parecería que socialmente, le exigimos a las víctimas de la injusticia y la opresión unas cualidades que no le exigimos a actores más grandes. Le exigimos a las víctimas cosas como cordura, racionalidad, limpieza, gratitud, interés educativo e intelectual, un manejo razonable de sus magras finanzas, buenas decisiones nutricionales y sentimentales.  Les exigimos que sean responsables de sus vidas.

Esa exigencia, esa pregunta, ese cuestionamiento, siempre están dirigidos al marginado.  Hablamos críticamente de su “falta de interés”, de la importancia de que “esa gente” desarrolle responsabilidad social…Lo interesante es que rara vez le dirigimos la pregunta del interés y el reclamo de responsabilidad social a las instituciones.

¿Que cómo que a las instituciones? Tomemos por ejemplo el asunto de la falta de “interés”  académico achacada a los jovencitos del residencial.  En los tres años del proyecto, nos hemos encontrado con que a esta población no se le habla mucho, en la escuela, de la universidad o de carreras universitarias. Hemos visto consejeras académicas literalmente sacarle de las manos a un joven la solicitud de la Universidad, porque “no se la merece”.  Hemos visto escuelas, en aprietos económicos, eliminando o bajando el cupo de las clases llamadas “avanzadas” de español, matemáticas e inglés.  Hemos visto escuelas que sencillamente no tienen esas clases. De entrada, dan por hecho que su población no cualifica.   Hemos sabido de escuelas que proveen muchas orientaciones sobre drogas y paternidad responsable pero muy pocas o ninguna sobre la universidad.  En la escuela los niños puertorriqueños tienen que tomar, obligatoriamente, las llamadas “pruebas puertorriqueñas” en un día lectivo-pero el examen de admisión a la universidad, el college board, se ha dado así solamente una vez.  Por lo general es sábado, cuesta cuarenta pesos tomarlo, y los muchachos muchas veces ni se enteran de que hace falta para solicitar a la universidad porque nadie se los dice…Los espacios de pobreza deberían recibir, no menos, sino más información sobre carreras, universidades, posibilidades. Y sin embargo, nuestros chicos muestran un desconocimiento de la oferta académica, y de su propio potencial, que da miedo…¿Puede acaso desarrollarse “interés” sin tener acceso a la información que le da contenido y forma a ese interés? ¿Era justo el reclamo de las cívicas? ¿Estaba bien dirigido? Tal vez la pregunta más importante: ¿Era útil?

Si le hacemos el reclamo a la escuela, también habría que hacérselo, francamente, a la universidad.  En Mayagüez, dicen los estudiantes, los profesores, las camisetas y los bumper stickers que “sólo los duros pueden”.  Dicen también cosas como “muchos entran, pocos se gradúan.” Esa aseveración es terriblemente problemática.  Primero, porque en términos relativos, no es verdad – el Colegio tiene las tasas de graduación más altas de Puerto Rico.  Segundo, porque no tiene sentido, que nuestra cultura institucional colegial esté orgullosa de una cosa como esa.

Queremos que el pobre, el oprimido y el marginal sean racionales.  ¿Pero no es acaso profundamente irracional que un sistema de justicia encarcele una muchacha de veinte años porque andaba con un poco de marihuana, exponiéndola así a la violencia de la prisión? ¿Que un grupo de señoras acomodadas acuse a un grupo de niños pobres, que no conocen,  de “desinterés”? ¿Que una escuela eduque a sus chicos para la posibilidad de la paternidad pero no para la posibilidad de la universidad? ¿Que una universidad celebre el hecho de que muchos se le den de baja, que lo asuma como evidencia de excelencia? Allí es que en todo caso habría que redirigir esa acusación de “desinterés” de las cívicas…

Pero el asunto es, justamente, que la solución no es acusar.  Yo creo que parte del problema de nuestra brega cotidiana con este asunto del acceso (a la justicia, a la educación, a la paz, al alimento, a los servicios médicos) es cultural: No nos gusta que la víctima nos riposte o nos complique.  Queremos, por ejemplo, una pobreza, una marginalidad, silente, agradecida, descalza. Que no conteste excepto para dar las gracias.  Que pida cosas razonables. Que nos haga fácil la tarea.

Hay que reconceptualizar esa tarea. Hay que reconceptualizar el encuentro. Yo puedo, como individuo, si quiero y me hace feliz, seguir enchismándome con mi amigo el tecato si sigue chavando con el maní. Al fin y al cabo eso es cosa nuestra.  Pero esa no es la tarea que ustedes celebran hoy. Hoy celebramos una tarea que requiere otro tipo de encuentro.

Hoy celebramos el compromiso Pro Bono. Y pro-bono es en realidad una abreviatura, y no quiere decir “gratis”, aunque típicamente lo sea. Quiere decir que es trabajo relativo al bien público, al bien común. Quiere decir que ustedes no se van a conformar con el dilema moral bobo del encuentro en la luz; ustedes van a “insertarse en una agenda de acceso a la justicia”.  Van a hacerse un reclamo a sí mismos y a las instituciones que representan y las cuales quizás algún día nos ayuden a reformar.  Abiertamente, transparentemente, se van a envolver en una relación con el otro,  no desde un lugar de superioridad, de identidad, o de caridad, sino desde un lugar de aprendizaje, de comprensión, y de acción.  Y en el proceso, estarán practicando otras formas de encuentro, formas que nos permitan repensar las maneras en que estructuralmente se violentan y obstaculizan hoy las posibilidades humanas, y aprender, usar y producir los conocimientos que le permitan a los humanos rescatar sus posibilidades. Eso es Pro-bono.

Yo quiero felicitarlos por asumir el compromiso.  Porque sacando o guardando las dos pesetas en la luz , o criticando a los nenes que no aprenden, no vamos a cambiar el mundo: pero trabajando para el bien común y en la reconceptualización de un encuentro cotidiano que reconoce al otro como parte del destino de uno mismo,  del país, y de la especie, ahí sí que podemos cambiar algo.  Muchas gracias.

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un ahorro de lujo en la UPR

Conceptualmente, tiene sentido implementar medidas de austeridad en la Universidad de Puerto Rico.  Después de todo, el país está en una crisis económica, y los destinos del país y de su universidad están atados en la más íntima de las relaciones: Sobreviven, triunfan o se hunden al unísono.

Pero en la práctica la cosa cambia un poco.  Porque no todas las medidas son iguales, o afectan a todo el mundo por igual.  Y hay algunas medidas para lidiar con la crisis que atentan contra la identidad misma de la Universidad. Que la distancian del país.

Tomemos por ejemplo aquellas que tienen que ver con el número de estudiantes que la universidad planifica atender.  No se habla, oficialmente, mucho de ello: Pero hay señales, y no son buenas. La Junta de Síndicos ha dicho en repetidas ocasiones que espera recaudar 40 millones del alza en la matrícula que llaman “cuota especial”.  A 800 pesos por cabeza, ese estimado asume 50,000 estudiantes matriculados en el sistema.

Solamente 50,000.  La última vez que la UPR tuvo esa cantidad de estudiantes fue en la década de los setenta.  Ahora atiende alrededor de 65,000: uno de cada tres estudiantes universitarios de la isla.

La distancia que la nueva política de ocupación generaría entre la institución y el país se agrava cuando consideramos el perfil de esos quince mil estudiantes actuales y potenciales que se quedarían sin atender.  Los índices de admisión (IGS) que constituyen el criterio único de admisión a la mayoría de nuestros programas, aumentan, en promedio, según aumenta el ingreso familiar de los estudiantes. Esto quiere decir que aunque hay estudiantes con todo tipo de IGS en todos nuestros sectores sociales, hay una tendencia a que el IGS (y por lo tanto la probabilidad de ser admitido) aumente según aumenta el estatus socioeconómico.  Dicho sesgo no es un reflejo del potencial académico sino de desventajas sistemáticas que afectan más a unos sectores que otros a través del tiempo.

El IGS, por su parte, es en gran medida una función del cupo en determinado programa.  Mientras más popular es un programa de bachillerato, y más gente solicita admisión a él, más alto se vuelve el IGS.  ¿Cuáles son los programas más populares del sistema? Por mencionar algunos: Todas las ingenierías; Biología y Pre-médica; Contabilidad.

Súmele, al bajo estimado de ocupación, las prácticas implementadas en el presente proceso de matrícula, y el cuadro empeora.  Las medidas implementadas en distintos recintos, implican una menor oferta de clases disponibles para matricular.   Para un estudiante que depende de la beca Pell para estudiar, no poder matricular su requisito mínimo de doce créditos constituye más que una barrera: Puede ser el fin de sus estudios en la UPR.

Algunos hablan de una Universidad “más pequeña y ágil”.  Yo creo que parte de la “agilidad” de la universidad pública debe estribar precisamente en su capacidad para atender sectores y geografías diversos.  El problema fiscal en la Universidad no debe, no puede, tratarse como una hoja de cálculo gigante.  La eficiencia no puede darse en un vacío moral.  Las decisiones que tomamos para cortar gastos pueden solucionar un problema matemático de presupuesto-pero agravar los problemas socioeconómicos del país.

Cerrar cupos y secciones para “ahorrar” gastos implica así cerrar oportunidades para muchos futuros ingenieros, médicos y contables en la universidad del país, y sentar las condiciones para un estudiantado menos diverso, más homogéneo socioeconómicamente.

¿Pueden el país, y su Universidad, darse ese lujo?

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ibarra, el sol, y nuestra sombra

foto:http://pr.indymedia.org

La saga de Villas del Sol continúa.  Ahora que (por fin!) la burocracia boricua se apresta para permitir el empapelado paso de los permisos de rigor, y así mudar a los vecinos del Villas del Sol a su nuevo espacio, le han asestado un nuevo golpe al Dr. Ibarra, prohibiéndole estar presente en la ceremonia.

¿Cómo así?

Los residentes de Villas del Sol representaban un problema para el gobierno, que a todas luces se disponía a sacarlos de allí.  De hecho en varias ocasiones les quitaron la luz y el agua.  Ibarra donó unos terrenos.  El gobierno puso trabas.  Ibarra insistió, y sectores del país le hicieron eco.  El gobierno alegó que no se podía porque los terrenos había que conservarlos. Ibarra riposta que se pueden permutar y así, voilá, el gobierno logra matar (¿dar vida?) dos pájaros de un tiro: conserva terrenos para el país y le da un hogar a un grupo de necesitados.

No debería ser tan difícil. Pero lo fue. Lo es, según relatan otros que han optado por dedicarle tiempo al cada vez más exótico asunto de ayudar a otros. [Pulse aquí para ver testimonios de Matria, Iniciativa Comunitaria y otros.]

Y digo exótico porque es complicado, y sus complicaciones, más que prácticas, son de carácter ideológico.  Alguna de esas trabas ideológicas son particulares al gobierno de turno – otras, tristemente, parecerían ser más masivas.  Al gobierno de turno (y a pesar de sus referencias ocasionales el “tercer sector”)  le molesta eso de la filantropía, especialmente si la misma es no-religiosa, independiente, apela a vocablos peligrosos como “justicia”, y resuelve cuestiones que le deberían tocar al estado,  desnudándolo como ineficaz.  O peor aún, derrumbando el discurso fatulo del “compassionate conservatism” que de compasivo no tiene nada y que los de acá han heredado de los de allá, usándolo de distracción para hacer poco o nada contra las necesidades reales del pobre y el marginado.

Pero eso más o menos lo sabíamos, y lo esperábamos.  La tendencia a mirar al pobre con pena pero sin intención alguna de ayudar, la convicción gubernamental de que  el pobre (y su familia) se merece su estado actual, la lógica ilógica de rescatar corporaciones grandes pero no gente pequeña, todo eso era evidente.  Pero a mí, lo que me ha estado angustiando últimamente son las expresiones colectivas de fobia al “otro”, enfocadas con especial ira en los pobres – y los extranjeros.

De hecho, y gracias a google, me he enterado hoy de que la fobia al pobre tiene nombre: aporofobia. En nuestro país, como he pensado en voz alta en este espacio, la fobia al pobre parece guardar una fuerte relación con la generación de una identidad colectiva, una “clase media” de leyenda, que el pobre, y sus espacios marcados como “de pobre”, amenazan.

En el caso de Villas del Sol, se añade un tercer elemento, una segunda forma de “otredad”, y el sentimiento que ella genera: la xenofobia.  Los comentarios de una parte del público, la prensa,y funcionarios gubernamentales giraban en torno a la “dominicanidad” de los vecinos de Villas del Sol, y la “mexicanidad” de Ibarra.

Por ejemplo, leamos la respuesta de un lector de la noticia de primera hora de hoy, que de hecho representa una especie de xenofobia “simpática” en el sentido de que alega sentir “pena” por Ibarra:

“Dr. Ibarra siento mucha pena por lo que le pasa, pero antes de hacer esa donacion debio, de haber pensado a quien le estaba donando ese terreno, la mayor parte de esa gente son dominicanos sin papeles en P.R. usted creo un monstruo si queria hacer algo bueno por la patria que lo acogio, debio haber viso quienes eran los residentes, esa gente asi son buscones, por que nadie con tres dedos de frente invade un terreno que no le pertenece. La proxima vez pienselo mejor o vallase a Mexico hacer la obra de caridad.”

Ahí está.  El problema, para este ciudadano o ciudadana, estriba en que 1)los pobres de Villas del Sol no son puertorriqueños e Ibarra tampoco, 2)la supuesta “dominicanidad” de los vecinos los hace ser unos “buscones”, 3)Ibarra debería hacer cosas por los puertorriqueños, que lo han acogido (y eso, que las campañas de turismo aluden constantemente a nuestra hospitalidad) y que si no cae en tiempo “ideológico” con el resto del país debe 4) irse.

El pobre y el extranjero, si se mantienen invisibles, no generan tanta fobia. Es cuando les da por querer hacer cosas que “no les tocan” que generan la manifestación colectiva de la fobia. Cuando a la abuelita del caserío le da por tener antena de satélite, por ejemplo.  Eso nos mata. Gesticulamos, chillamos, armamos lío.  O cuando al médico extranjero le da por llegar, ver el tranque entre los vecinos de Villas del Sol y el estado, y decir “que tal….que tal si en lugar de sacarlos a patadas y abandonarlos a su suerte les damos un terreno? yo tengo un terreno, yo tengo suficiente para vivir más que bien, me parece justo compartir…..”

Uf.  Un individuo que osa decirle al estado, con sus acciones, que no está haciendo su trabajo. Que más aún, parecería insinuar que las nociones de justicia con las cuales el estado opera (nociones como, por ejemplo, de que no era “justo” dejarles el agua conectada, aún en plena epidemia de influenza, porque no la pagaban, y eso lo dijo el gobe con su boca de comer) no son las adecuadas.  Que para colmo, se toma el asunto en sus manos, lidera con el ejemplo, y todo esto….¿de un extranjero? Mucho tardó, el castigo a Ibarra.

La xenofobia y la aporofobia parecerían ser parte de nuestra sombra, como diría el colega Mario Núñez siguiendo a Carlos Jung. Es decir, parte del conjunto de características que son contrarias a la imagen propia, que percibimos como negativas, pero que igual nos definen y generan acciones. Queremos pensarnos generosos, justos, hospitalarios. Puerto Rico lo hace mejor. Pero nuestras fobias nos revelan una historia más compleja.

Bueno, suelto el teclado. Pero no sin antes, desde aquí, y por lo que valga, aplaudir de metafórico pie, sacándome el metafórico sombrero, las acciones de Ibarra y las de todos aquellos y aquellas que día tras día laboran el ingrato ejercicio de hacer lo correcto, no por caridad sino porque es lo justo, lo que hay que hacer.

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casi ganadores

Esta historia no es mía, pero pudiera serlo.  Es una de esas historias que se narran mejor en primera persona.  También es una de esas historias que podrían marcar la vida de cualquiera que como yo, y como su verdadero protagonista, haya crecido (“coming of age”, le llaman en el difícil) en el Puerto Rico de los setenta y de los ochenta, de los Kakukómicos, de Cuca Gómez, de Iris Chacón y Juno Faría, de Juanma y Wiwi, de Lucecita, Chucho, Lissette, Pacheco, las Cabbage Patch, Llena tu Cabeza de Rock, el umbral de MTV, Maravilla, Romero y el qué derrota, Cuchín y la vampirita, Michael Jackson, Prince, los aretes emplumados…

Perdón.  Creo que me adelanté un poco y me metí de lleno en los ochenta y en la adolescencia de…llamémosle Junior. Junito. Y démosle hacia atrás. Hacia La Pandilla. El Show del Mediodía. Cepillín. Pacheco.

Y el Tío Nobel. El verdadero inventor de los aeróbicos, sólo que él los llamaba ejercicios musicales y los hacía con chaqueta y sombrero de marino. El capitán de un barco imaginario, el custodio, casi siempre, de los mejores muñequitos. El amigo de los niños.

¿O tal vez no? Un chisme triste recorría mi escuela elemental. Decía que en verdad, en verdad, Tío Nobel odiaba a los niños.  Que en las pausas del programa le gritaba, o peor aún, que ignoraba a su infantil audiencia.  Que Pacheco y Sandra tenían peores muñequitos pero que eran mucho más simpáticos, incluso cariñosos.  Al show de Sandra sí fui en una ocasión, y en efecto, era una señora muy encantadora.

Pero me he distraído de nuevo.  Regreso a la historia que podría ser la mía.  Comencemos por el medio, por el punto culminante, que encuentra a Junior (¿Junito?), a mediados de los setenta, a sus cinco años, flaquito, tímido, alerta, metido en un largo tubo, esperando.  Afuera, la infantil audiencia grita, las cámaras graban, tío Nobel se impacienta.  Porque Junior espera, y espera porque está ganando la carrera, pero en realidad quiere perder.  Bueno, no perder, porque en El Show del tío Nobel nadie pierde. No.  Junior quiere ser un CASI-GANADOR.

¿Por qué? El premio para el ganador es una pista de hot wheels (o una muñeca, si la ganadora resulta ser nena), un hombre nuclear oversized (o una barbie), o algo por el estilo.  Muy atractivo, claro está.  Para el casi-ganador, por otra parte, hay…Una lata de Quick. Rico, espeso, chocolosal. Galletas. Cereales varios.  Juguetitos de plástico – no grandes ni caros, como los destinados al ganador, pero sí muchos.  Una lonchera. Lápices.  Una taquilla de niño para un circo próximo.  En fin.  La mesa del casi ganador es todo lo que Junior, a sus cinco años, a sus cuarenta libras, quisiera que fuesen su vida, su cena cotidiana, su alacena, su nevera, su casa.  Los premios del casi-ganador eran un poco la metáfora o versión infantil y setentosa de la promesa, clase-mediera, manos- a- la- obr(era), del upward mobility y el american dream-versión criolla.  Los adultos creían en la refinería, en la urbanización, en el colegio privado pagado a costa de muchas privaciones: los niños creíamos en el Tío Nobel y en el casi-ganador.

Así que Junior cuenta los segundos, sopesa la intensidad del griterío, y logra su objetivo. Calcula el tiempo justo para salir después de su sorprendido contrincante pero antes de la pausa comercial.  Se convierte en el casi-ganador y por ende en el dueño de los objetos (¡tantos!) deseados.  Sus compañeritos lo reciben con algarabía. La directora del Colegio, generalmente irritada con Junior por la deuda crónica de sus padres con la escuela, casi sonreía, con su enorme boca pintada, su enorme pelo setentosamente inflado, sus manos con largas uñas naranja.

Junior, en el quinto cielo de la abundancia que viene, calculaba la optimización de su felicidad, dividiéndola en dosis:Hoy, las galletas de queso.  Con Quick. Si hay leche. Mañana, el panky.  Con Quick.  Si hay leche.  Hasta que las garras color naranja comenzaron, suavemente, a repartir los panky en la guagua. Los lápices. El cereal.  Los juguetitos.  Hay que compartir, hay que ser justos, decía la boca roja.  Lo peor fue el Quick, rico, espeso, chocolosal, tan cerca y tan lejos de su experiencia cotidiana como el anuncio donde el conejo inevitablemente se entristece, porque se acaba.

Le dejaron la taquilla para el circo, un primer contacto con ese extraño “compartir” y esa “justicia” para las cuales el ganador tenía inmunidad diplomática (en virtud de la integridad anatómica del hombre nuclear), y la chispa de una duda en ciernes, tímida, setentosa, casi-ganadora y tristona.  La taquilla se rompió por el camino, pero ya no importaba.  Los cupones vendrían, y-tal vez- habría leche.

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Vivian

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En uno de esos maravillosos libritos de la serie ciento en boca, de ediciones huracán, Fernando Picó nos cuenta cómo se multaba diferencialmente a distintos sectores sociales en el Utuado del siglo diecinueve:

Un reglamento proveía para que los jornaleros pagaran un día de prisión por cada cuatro reales de multa…en el caso de los artesanos, un día equivalía a doce reales, y en el de los propietarios, seis pesos…

En el siglo diecinueve, el tiempo del artesano valía más que el del jornalero, y el del propietario, a su vez, mucho más aún.

Y ahora, también.  El periódico Primera Hora reseñó el sábado la muerte de Vivian Rivera, una joven de 23 años, presa en una cárcel de Vega Alta y víctima de una golpiza por parte de otra confinada.  Estuvo en la enfermería de la prisión, agonizando, tres días.  Cuando llegó al Centro Médico “era demasiado tarde”, dice el parte de prensa.  Una condición congénita había complicado y amplificado el efecto de los golpes, y la muchacha no despertó.

Si hubo maltrato o negligencia por parte de la cárcel, no lo sé.  Probablemente es prudente esperar por la autopsia antes de emitir una opinión al respecto.  Lo que sí podemos decir es que el panorama no es, en sus efectos, muy diferente del que describe Picó en la cita, arriba. A esa chica se la llevaron presa, por un año, por posesión de una bolsita de marihuana. El juez dictó sentencia de “un año de cárcel o mil dólares de multa”, y el tiempo de Vivian valía tan poco como el del jornalero de Utuado.  Una vez en prisión, en una ocasión, la “mangaron” fumando marihuana de nuevo y le añadieron ocho meses adicionales a la ya desproporcionada pena.

Una bolsita = mil pesos = un año.  ¿No hay algún mecanismo que proteja al pobre de esa álgebra maligna?  Ochenta pesos al mes.  El dictamen del juez le adjudica un valor de once centavos, a cada hora (encerrada) de Vivian.  Su tiempo vale menos que el del jornalero de Picó.

Compare ese año y ocho meses con el caso reciente de los tres estudiantes que tenían, no una bolsita de marihuana, sino un huerto completo en Condado.  Hidropónico, nada menos.  Les ocuparon, dice la prensa, “112 plantas de marihuana, 16 envases con picadura, 15 bolsas medianas con la droga lista para vender y cuatro envases con cocaína”.

No es que yo piense que los tres agricultores aficionados de Condado deben ir presos – ese no es el punto. Lo que me parece interesante es que aunque las reglas oficiales sean distintas, el TIEMPO del pobre siga valiendo menos.  Para los estudiantes de medicina, 112 plantas y quince bolsas no alcanzan para justificar un día de prisión.  Para Vivian, una bolsita se paga con un año, y un cigarrillo a medias, con ocho meses.

O con la vida.

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picada de ojos: “desarrollo económico” para Puerto Rico

Me dice el Nuevo Día que “el secretario del Departamento del Trabajo, Miguel Romero, anunció hoy la creación de 1,040 empleos, mediante un contrato con Walmart.”

Aparentemente se supone que se trate de una buena noticia. Que me alegre.  Porque resulta que, según me indica el titular, esto implica un “anuncio” de “puestos de trabajo para cesanteados.”

Primera Hora me confirma que en efecto, la intención va por ahí, y cita a Romero:

“Con el fin de aunar esfuerzos e impulsar el desarrollo económico en la Isla, el Departamento del Trabajo a través de su agencia componente, el Consejo de Desarrollo Ocupacional y Recursos Humanos (CDORH), delegó fondos a la empresa Walmart de Puerto Rico mediante un acuerdo, con el objetivo de que se creen oportunidades reales de empleos para toda persona que esté desplazada y desee reinsertarse en el mundo laboral”, sostuvo Romero.”

Tal vez en efecto sea buena la noticia. Después de todo, los únicos empleos anunciados después de la botada masiva de empleados gubernamentales en Puerto Rico eran en la industria de la construcción, haciendo que muchos se preguntaran cómo exactamente absorbería esa industria al personal cesanteado de tipo gerencial, secretarial y burocrático.

¡Walmart al rescate!  Ahora los cesanteados podrán trabajar cobrando nada menos que hasta diez o quince centavos por encima del salario mínimo por hora en las tiendas Sam’s, Walmart, y Amigo, que continúan, indica la noticia, “creciendo”, y que por lo tanto absorberán a 1,040 desempleados, 60% de ellos a tiempo completo, el resto a tiempo parcial.  Todo eso por la bagatela de tres millones de pesos de “subsidio” de WIA.

Tres millones de subsidio..añádale el subsidio menos visible, o mencionado, del seguro médico y otros beneficios que el estado tendrá que seguir pagando, por lo menos para el 40% que se queda part-time…Buen negocio, éste.  No para el empleado, que de seguro trabajará mucho, cobrará poco, tendrá pocos o ningún beneficio y no podrá unionarse nunca,  (cortesía del exitoso “modelo Walmart”) sino para la corporación, que de alguna manera ha logrado que le subsidiasen empleos que evidentemente tenía intención de crear al invertir en la construcción de las nuevas tiendas.

Puerto Rico, el paraíso: Donde la gente compra mucho y compra en Walmart porque es barato y los chavos están escasos, donde hay mucho desempleado dispuesto a trabajar treinta horas semanales en horarios impredecibles y sin beneficios y aceptar que eso se defina como un “part-time”, donde se pagan pocos impuestos y se repatrian muchas ganancias, y donde para completar, te subsidian los salarios, ya bajos de por sí.

Walmart, la compañía: La del ingreso bruto que supera al de algunos países; la que enfrenta uno de los mayores pleitos de clase en Estados Unidos, por discriminación salarial; la que se ha hecho famosa por despedir empleados de manera preventiva, para evitar uniones; la que si fuese un país, sería el número siete en relaciones comerciales con China, de donde obtiene muchos de los productos que vende; la que ha generado resistencia y, más tarde, resentimiento, por sacar pequeños negocios (sí, esos que al final del día empujan más la economía local, pagan impuestos y reinvierten en el país) que no pudieron competir con los bajos precios que los bajos salarios, tanto en la tienda como en las fábricas de donde obtienen sus productos, permiten ofrecer. Walmart, nuestro socio, nuestro “partner” para el desarrollo económico.Cuatro de los diez estadounidenses más ricos son de la familia Walton, la familia que todavía es dueña de 40% de las acciones de la compañía.

Hace algún tiempo comentaristas auto-identificados como “de clase media” tronaban en facebook y subtitulaban la prensa en línea contra las “guimas” y “los manteníos”  “de caserío” porque recibirían una tarifa fija de luz.

¿Y contra las corporaciones mantenías, quién truena?

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Haití: La caridad y la otredad

Tal vez por aquello de ser antropóloga, o tal vez por preguntona, lo primero que sentí no fue la indignación, sino la pregunta:  ¿Por qué? ¿En qué estaban pensando los médicos que sonrientes, nos miran desde las fotos, cerveza o negra pierna de paciente en mano? ¿Qué motiva la sonrisa?  Y más extraño todavía, ¿qué motiva la foto?

Posiblemente sean hasta buenas personas, estos médicos que salen en las fotos.  Después de todo, fueron allá a ayudar.  Pero las fotos revelan algo turbio.  O lo confirman, porque suele haber turbidez en todo lo que tenga que ver con la forma en que el mundo trata a Haití. Aún en medio del ejercicio de la  caridad.

Busqué en la prensa y en facebook, donde empezó el escándalo.  Pero no encontré muchas respuestas.  Encontré sólo indignación.  Probablemente justificada, dicho sea de paso.  Una mujer semi-desnuda a quien le suman, encima del vejamen de la semi-desnudez y de la tragedia de la amputación inminente, la humillación de la fotografía.  Tal vez no la ha visto, tal vez no sabe que la han fotografiado, pienso, para consolarme un poco.  Pero entonces es peor, me riposto. Si ni siquiera sabe, si no tuvieron la decencia de pedirle permiso, de avisarle, entonces es peor…

Veo otra foto, ésta de un niño, o niña.  Un cuerpito amputado. Me pican los ojos, se me anudan el alma y la garganta, me siento culpable..no sé exactamente de qué, pero de algo. Cierro los ojos, aprieto next.

La foto que le sigue no contiene ningún haitiano.  Sólo el médico boricua, armado con un rifle y una sonrisa.  Y sigo sin entender por qué (¿por qué tiene un rifle? ¿por qué sonríe?), pero empiezan a tener algo de familiar.  No tanto las fotos como las sonrisas.  ¿Donde he visto sonrisas como esas antes?

Varias respuestas vienen a mi mente.  1.  En el escándalo de Abu Ghraib, las sonrisas de los soldados que martirizaban a sus víctimas iraquíes y que posaban junto a ellos en situaciones que dejaban clara la diferencia de poder entre prisionero y soldado.  2.  En las fotos que los que visitan zoológicos suelen tomarse al lado de las jaulas, especialmente aquellas cuyos huéspedes son pensados como particularmente peligrosos (tigres, leones, culebras) o, tal vez con mayor frecuencia, particularmente graciosos (delfines, chimpancés, avestruces.) 3. Los turistas colorados que se toman una foto cerca del “nativo” del lugar que visitan.

Todas esas situaciones tienen en común una combinación particular de dos seres:  Uno, dueño de la cámara o amigo/cónyuge/colega del que la porta, que sonríe para la audiencia que de seguro verá la foto y que él/ella conoce, porque será él/ella el que la enseñe; Otro, tal vez invitado, tal vez no, por el primero, tal vez sonriente, tal vez no, tal vez consciente de ser fotografiado, tal vez no,  un ser asumido como un “otro”, como “diferente” de alguna forma fundamental, intrínseca, un “otro” que no le mostrará la foto a nadie porque no es dueño de la cámara, ni de la situación.

Claro que las tres situaciones que resumí arriba son, moralmente, distintas.  La sonrisa del soldado en Abu Ghraib que encadena al prisionero como un perro, o que lo obliga a posar, desnudo y en abierta violación a lo que su religión (la de la víctima), su ideología (la de la víctima) , le indican como correcto, es moralmente mucho más grave que el visitante que se toma una foto al lado del delfín o del chimpancé del Zoo, o que la del turista que se toma una foto al lado de un nativo que al final del día, quizás hasta esté de acuerdo.

Pero las tres ejemplifican una sonrisa que sugiere la satisfacción, el regodeo, de un ser relativamente acomodado, móvil, viajero, visitante, guerrero, que posa, feliz, junto a alguien a quien considera no solamente distinto, sino de alguna manera inferior.  Porque si pensáramos a ese “otro” como un igual, le pediríamos permiso, le ofreceríamos una copia de la foto, tendríamos un cuidado, un respeto, que ninguno de los ejemplos indica.

(Una excepción aparente: Las fotos que se toma la gente con los artistas, o las figuras políticas.  Ahí suele también haber sonrisa, pero no la sonrisa que genera la situación que aquí estoy describiendo.  El artista o figura pública no es menos poderoso que el dueño de la cámara, es dueño de la situación, y es equivalente a un monumento, una maravilla.  Típicamente es objeto de la admiración del que toma la foto.  Es percibido como un “otro”, pero superior, no inferior.  Y la sonrisa resultante es distinta, aniñada, agradecida.)

El escándalo de los médicos enviados por el Senado a Haití se parece, más que a ningúna otra foto, en el contenido, en las sonrisas, al de Abu Ghraib. Distinto, sí, en que después de todo no estaban torturando sino curando, aliviando, al “otro”, pero parecido en la sensación que la fotografía produce en el que la mira.  Hay alguien sufriendo y hay alguien feliz en la misma foto. Y el que está contento domina la cámara y la situación.  La diferencia racial le añade otra capa de desazón al asunto – el feliz tiene la piel más clara que el sufriente. Y no sabemos si el sufriente sabe de la foto, o si le importa. De hecho del sufriente no sabemos nada, es un prop, un signo, un espectáculo, dentro de una escena donde el protagonista, el que tiene nombre y profesión, es el doctor.  Del sufriente sabemos sólo que sufre.  Se le ha negado su historia, su humanidad, su protagonismo. Podría ser cualquiera de los tantos amputados, víctimas del terremoto, de la esclavitud, de los bancos internacionales, de la globalización, de los tiranos locales y mundiales, de la indiferencia, del racismo, del desinterés.  El primer país del mundo en abolir la esclavitud, castigado y maldecido para siempre por tener el descaro de tomar esa abolición en sus manos, en lugar de esperar por la generosidad y la diplomacia blancas.

La caridad es mejor que la indiferencia.  Pero aún en medio de la caridad afloran, como un burbujeante precipitado químico, inesperado pero inevitable, las ideologías que rigen nuestra actitud (y la del mundo) para con Haití.

Posdata:  Me quedé pensando en este post mientras hacía otras cosas y entré de nuevo para aclarar algo que me parece importante: Esta entrada examina otro ángulo – la idea de que el tipo de foto mostrada (especialmente las que contienen pacientes) son sugestivas de esa perpetua otredad, de ese racismo, de ese desprecio, que el mundo ha mostrado por el pueblo haitiano por tanto tiempo, y que muestra aún mientras lo ayuda.  Que el paciente haitiano no merece la misma privacidad, o seriedad, que el paciente común y corriente. Que sentimos simpatía pero nos quedamos  cortos en empatía.

No creo que estos médicos merezcan un castigo que anule sus carreras o afecte radicalmente sus vidas.  No los acuso por beber cerveza (yo probablemente me hubiera bebido varias, después de un día trabajando en una tragedia como esa) o por lo que algunos en internet están llamando, con desprecio, “fiestar” en plena tragedia.  De hecho me parece que con todas sus faltas, el médico que opta por irse a Haití a ayudar de gratis es digno de admiración-después de todo, la mayoría de nuestros médicos se quedaron acá, algunos haciendo muchos chavos.  Quizás, si hubieran sido parte de un contingente más experimentado, como el de Vargas Vidot, esto no hubiera pasado.  Ojalá que los que salen en las fotos sigan cultivando la generosidad que mostraron al tomar la decisión de ir a ayudar,  y que a la vez opten por examinar sus prejuicios -ellos, y nosotros.  Ese, y no el castigo,  sería el mejor resultado de todo este episodio.

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tarifas, vagos, indignaciones, y otras vergüenzas de la cotidianeidad

Hace rato que tenía que haber escrito sobre este asunto de las tarifas fijas para los residenciales, o más bien (porque esto otro es lo que verdaderamente me llama la atención y me interesa) sobre la reacción que dicha política ha desatado.  Esa protesta colectiva, a viva voz, una ola de quejas que nunca he visto elevarse, al menos no con esa velocidad, para defender ninguna otra causa.  Ningún político pillo, o vago, o mantenido, ha desatado jamás semejante ira.  Los que por poco nos queman el país con el desastre de CAPECO nunca fueron blanco de una indignación así. El bono a los desarrolladores para que pudieran seguir construyendo (y vendiendo) en un país con sobre veinte mil viviendas vacías nunca fue discutido como “robo” o “parasiteo”.

Cuando decidí que finalmente escribiría sobre este asunto, tampoco escribí. No escribí porque quería producir un texto impresionante, conmovedor, o por lo menos ingenioso.  Tal vez sonoro, con esa sonoridad que con frecuencia exhiben tipazos y tipazas como Pérez Reverte, o Ana Lydia Vega, o Mayra Montero -esa sonoridad que emite el argumento en el volumen preciso, y en la frecuencia exacta, para que éste resuene en las neuronas y el corazón ajenos.  De modo que volví a no escribir.

Finalmente, supongo que hoy, decidí que igual tenía que hacerlo.  Primero, porque me dí cuenta de que no lograría la resonancia esperada (puede leer sobre “resonancia”, ese tan poético fenómeno de la física, aquí), justamente porque esa es la cualidad principal, y más repugnante, de esa indignación colectiva que hoy vengo a criticar.  Me resigno entonces a escribir cualquier cosa: un cruce entre desahogo y memo corporativo, un telegrama febril, una rabieta antipática pero inteligible, un carraspeo lanzado torpemente al mundo de la cibernia.  Que salga cualquier cosa, pensé, pienso; entramos luego y escribimos algo de seguimiento, más bonito, más sosegado, más intelectual.

Así que escribo.  Primero, para describir la cosa que enfrento aquí.  No se trata de la decisión de la tarifa fija – ni siquiera sé si esa decisión,la de otorgarle una tarifa fija de agua y luz a los que viven en residenciales públicos,  es buena, mala o irrelevante.  Probablemente, para ser honestos, en términos estrictamente económicos, es irrelevante. No lo sé.  Francamente, ni viene al caso.  Lo que me trae hoy a la ventanilla de editar una entrada en mi blog es la reacción popular a esa decisión.  Y ésta, señores, ha sido de miedo.  Los comentarios en los periódicos en línea chillan (sí, chillan, en chillonas mayúsculas) cosas acerca de esa “gentusa” (palabra que por cierto, muchos escribieron con ‘s’), que “vive del cuento”, y que “no trabajan para vivir del gobierno y de los que pagamos contribuciones.”   Hablan de irse a vivir en un caserío como si de hecho quisieran hacerlo. Hablan de un futuro donde el gobierno les dará internet gratuito también.  Hablan de plasmas, antenas y piscinas en todos esos hogares que, si una no hubiera visto de cerca, tendría que imaginar como fabulosos palacios de cuento, con fuentes cristalinas y luces de discoteca.

Pero la peor parte no fueron los periódicos, no.  Allí de todos modos siempre hay cuatro locos chillones comentando las noticias groseramente, de hecho esta vez han estado quizás hasta más educados que de costumbre.  No, la peor parte fue facebook, espacio en donde me comunico con lectores de esta cosa, con amigos, con familiares, con antiguos compañeros. Allí, me cuenta un lector, José G. (que por cierto ha escrito algo muy bueno sobre este asunto y espero que lo publique en algún lado, pronto), y acabo de verificar con mis ojitos, hay un grupo con casi cuatro mil miembros que se llama “estoy harto de mantener los vagos en PR con mis contribuciones” y que se describe a sí mismo de la siguiente forma:

“Este site es para establecer un final proximo a todos los vagos en Puerto Rico que no trabajan y se la pasan esperando la GUIRA del “MANTENGO” gubernamental, sea cupunes, ayudas, etc, etc, etc. Son todos aquellos que se la pasan perdiendo el tiempo en la casa, jugando juegos electrinicos y esperando el cheque del gobierno con una barriga que parecen nenes de World-Vision. Los magnificos parasitos que nos tienen a Puerto Rico en la bancarrota por estar manteniendolos como peces de agua dulce en estanque.”

¿”Establecer un final próximo”? ¿Qué es eso y cómo proponen lograrlo? ¿Genocidio? No, quisiera pensar que lo que en realidad desean es que todos tengan empleos. Los comentarios que leí hoy (hay páginas y páginas de ellos) dicen cosas como (esto es sin censura, lo copio tal cual, aunque me mate la “z” de “abuzo”)… “sin palabra, indignacion total….. Quien piensa en mi, en la clase media. no lo puedo creer. QUE ABUZO. por Dios agamos algo que yo me apunto, esto no puede seguir, ya no mas.”, y se ensañan con especial furor con las “guimas mantenías” que según ellos se dedican a parir y parir con toda la mala intención de continuar “parasiteando”.  Dice uno” “En especial a las Guimas cuponeras de caserio, no saben mas que paril hijos y no trabajan esperando los cupones, jajajaj…”  Hasta la foto revela odio – una mujer sobrepeso, de espaldas, con algo pegado de la bata en el área del trasero.

Yo pago contribuciones, muchas, fiel, legal y consistentemente.  Y mucha luz, y mucha agua.  Pero con toda franqueza, no creo que el furor que este grupo de facebook tan orgullosamente, y con tanta resonancia, exhibe,  se trate de eso exactamente, no.  Como pagadora de contribuciones, a mí me indignan el estado de las carreteras, el deterioro del sistema público de educación, la ausencia de transportación colectiva, la ineficacia del sistema de salud, la escasez de parques y áreas verdes, en fin, me indigna que mis contribuciones no se traduzcan en una estructura de cosas que podemos llamar el bien común y que se refiere a las cosas que nos benefician a todos: urbes limpias, menos autos, más salud, mejor calidad de vida.

Pero no, no hay un grupo de facebook que inste a Fortuño a garantizarnos ninguna de esas cosas.  Lo que vociferan las voces indignadas es que los pobres tienen la culpa, que nos engañan, que nos explotan.  Y yo quisiera aclarar un par de cosas:

  • Los pobres no nos explotan.  Lo que el estado invierte en mantener a sus ciudadanos más vulnerables es una chavería en comparación con los subsidios que reciben otras entidades, corporaciones, casi todas, que pagan muy pocas contribuciones,  generan muchas ganancias, y definitivamente no viven en un apartamento diminuto con ventanas miami y ruido de tiros en la noche, como viven muchos en nuestros caseríos.
  • La imagen del residente de caserío que ríe sonoras y siniestras carcajadas y se frota las manos porque nosotros, los contribuyentes, le pagamos un estilo de vida que incluye piscina, cable, antena, internet, losa italiana, o lo que sea, es una fantasía, o en el peor de los casos, una excepción. La mayor parte de los residentes del caserío preferirían vivir en otra parte.  Otros quieren vivir ahí, esa es su comunidad, y trabajan duro, con pocos recursos, para mantener sus apartamentos lindos, ordenados, y para bregar con el discrimen cotidiano que su geografía les acarrea.  Muchos de ellos trabajan, muchos otros desean desesperadamente trabajar y no encuentran empleo.
  • Ese punto es crucial: En Puerto Rico, la tasa oficial de desempleo ronda el 15%, la extraoficial el 19%, y esto es sin contar el sub-empleo, el empleo a salario mínimo que no da para vivir, y otros desastres de nuestro panorama laboral.  Gritarle, indignado, al residente de caserío que “se vaya a trabajar” es, en este escenario económico, un absurdo, porque sabemos que no hay trabajo suficiente para todos los puertorriqueños, vivan donde vivan, y porque en el residencial hay mucha gente que sí trabaja – porque en este país, señores, se puede trabajar mucho, duro y bien, y seguir siendo pobre.  De hecho los caseríos, como los arrabales, favelas, y otros espacios, son una de las formas físicas que adquiere el fenómeno moderno (o post-moderno?) del exceso de mano de obra potencial en una economía que “prospera” aumentando ganancias para los accionistas pero que no la prosperidad para la gente.  Los pobres NO tienen al país en bancarrota, como dice el grupo de facebook, es al revés: Los pobres son la evidencia de la bancarrota del país.

Podría seguir.  Parte de mí querría seguir. Pero me dice mi pantalla que voy por las mil trescientas palabras y prometí crear un blog, no un culebrón ni un tratado.  Me gustaría hablar de las nociones ideológicas malsanas que se ocultan detrás de toda esta “indignación” contra el residente de caserío.  Me gustaría hablar de cómo el “odio” contra el “mantenido” pobre tal vez nos distrae del timo del mantenido rico (puede ver algo sobre eso en este post).  Me gustaría hablar de algunas de las personas que conozco, que son de caserío y/o viven en uno, y que no son ni vagos, ni mantenidos, ni parásitos, sino gente buena y trabajadora. Me gustaría explicar que a veces, el internet y la antena son la manera más eficaz de mantener a los nenes lejos del punto (puede leer algo sobre eso aquí) y que algunos padres y madres optan por tener esas cosas, con mucho sacrificio, porque no pueden sencillamente mandar a los nenes a correr bicicleta por ahí.   Me gustaría describir el tiempo que pasé viviendo en un caserío del área metro cuando niña, y decirles a todos esos y esas que en chillonas mayúsculas hoy declaran que se mudarían a un caserío para que “los mantengan” que yo lo dudo mucho, que no les creo, que ellos y ellas no quieren vivir allí ná.  Ni con tarifa fija, ni sin ella.  Sólo quieren descargar su indignación, porque saben que algo anda mal, y el pobre y el dependiente siempre han sido un blanco fácil.

Foto tomada de endi.com, sección dominical del La Revista de hoy.

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¿el único empleo?

photoÉste era ayer el único “display” visible conteniendo oportunidades de empleo en la (abarrotadísima) oficina de desempleo en Mayagüez, Puerto Rico.  “U.S. ARMY”, decía.  “FULL TIME AND PART TIME JOBS.”

La fila de desempleados era larga.

¿Cuán “voluntario” es un ejército que necesita de escasez de oportunidades de otro tipo para poder reclutar soldados?

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el diluvio que llegó

monsoon2No sé en los pueblos de ustedes, pero acá en Mayagüez no ha parado de llover. Todos los días, a eso de las tres de la tarde.  Y no es una lluvia de esas, normalitas, tipo sandwich,  que empiezan y terminan con llovizna y dejan lo mejor para el medio, no: más bien, estamos hablando de un torrente que te cae encima sin avisar, a mitad de camino, y que te deja en shock, sin saber qué proteger: los libros, la cartera, el bulto, el pelo…no hay sombrilla que nos salve. El viento que acompaña el asunto se asegura de que el agüita llegue de diferentes direcciones y en abundancia.  Y encima (o más bien, abajo) están los charcos (o más bien, pantanos) que, con alguna ayuda de conductores, pies y ciclistas histéricos, completan el trabajo de la lluvia. Acaba uno como un pollito, indefenso, espelusao, preocupado por el estado de la propiedad portátil, un poco estupefacto, y con unas leves e incomprensibles ganas de tomar chocolate caliente allí mismo, en la acera, bajo el agua, y con sorbeto.

No es por abusar de la metáfora, pero qué más da, para eso son las metáforas: Ese monsoon se me antoja parecido a  este extraño día a día nuestro. De arriba y sin llovizna que avise te caen los despidos masivos y el desbarajuste de instituciones que alguna pátina de civilización nos daban (cosas como el Colegio de Abogados, el Instituto de Cultura, el Consejo de Educación Superior, el Noticiero del 6, la Universidad…).

De frente, en medio del pecho, los muertos en masacres grandes y pequeñas, 714 muertos durante ataques que llevan del narcotráfico el sello y que no pueden sino hacernos preguntar si haremos bien en celebrar la captura de los grandes narcos , o si esa captura tiene unas consecuencias que habría que calcular, y prevenir, antes de meternos a machos, o a monos, o a machos monos, y considerar, al menos por un momento, bajo la lluvia, si tal vez, tal vez, tal vez, tendría sentido legalizar la maldita porquería de una vez y trabajar el asunto como el problema médico que es…Y hablando de  esas cosas, cuidado con protestar muy duro, abra la boca para emitir un insulto soez, como hizo el Residente, y aunque usted sea un regetonero y se gane la vida encadenando y rimando palabras soeces lo llamarán tecato, le amargarán la vida y le cancelarán conciertos.  No, si esta lluvia no perdona a nadie. Y al Residente lo han tratado casi bien-al último que le dijo algo a Santini lo amenazaron con una “gasnatá”…

Y hablando de gasnatás, ahora tendremos unos cuantos policías ocupados protegiendo de gasnatás propias y ajenas a los ilustres ex gobernadores, a un comedido Pedro que solamente la necesita cuando venga de visita, a un risueño Cuchín que con su boca de comer y sonreír alega que se “hizo justicia”, y a un airado Romero, más indignado y gritón que nunca, que le reclama al pueblo de Puerto Rico que cumpla con su “compromiso…porque los compromisos no se cuestionan…la gente ahora no puede  estar cuestionando el compromiso que hizo conmigo…”. Esta es la lluvia fría que ataca por la espalda mientras uno, bípedo iluso carga bultos, trata de taparse con una sombrillita y sólo logra sacarle el ojo al bípedo de al lado.

Los charcos pantanosos en la abusada metáfora climatólogica (y déjeme abusar tranquila de la metáfora, que si el gobernador puede yo también, caramba) son…el engaño, el cinismo y el desdén.  El portal del trabajo.  Las apepés.  La promesa de hombre.  Todas ellas desdeñan la tragedia y el derrumbe.  Tranquilamente, aumentan la ya peligrosísima distancia entre el que tiene mucho y el que tiene poco, entre las opciones de la mayoría y las de la élite, y le añaden a la ya existente afrenta de la desigualdad el desagradable insulto del…insulto.  Porque muévase un poco, incómodo, e inmediatamente lo llaman crápula, garrapatita, tecato o terrorista, le dicen que se quede quieto, que such is life, y que lo peor ya ha pasado.

Que lo peor ya ha pasado.

Acaba uno como un pollito, indefenso, espelusao, preocupado por el estado de la propiedad portátil, un poco estupefacto, y con unas leves e incomprensibles ganas de tomar chocolate caliente allí mismo, en la acera, bajo el agua, y con sorbeto.

Edito para añadir entradas relacionadas a esa otra metáfora lamentable y relacionada: EL FUEGO Y EL HUMO, en la blogosfera del patio:

en sin mordazas

en ElColao

en antrópico

en país de los ciegos

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más que una catarsis

unemploymentEl viernes pasado asistí al Foro para los Desplazados en la Escuela de Derecho Hostos de Mayagüez, el tercero de una serie de  eventos en la isla, iniciados por Carlos Alá Santiago y el Colegio de Abogados y diseñados para escuchar el testimonio de empleados cesanteados como parte del programa de despidos asociado a la implantación de la Ley 7.  Como los dos anteriores, celebrados en San Juan y en Ponce, la mayor parte del tiempo en el foro se le dedicó a  las narrativas que los despedidos elaboraban frente a un panel de “testigos del pueblo”, del cual formé parte.  Los “testigos” planteábamos alguna que otra pregunta, y cerca del final articulábamos una breve reacción.

Pero el centro y objetivo era la historia.  Y digo “la”, en singular, porque los contornos generales de la tragedia de cada una de las personas que allí con tanta entereza se expresaron eran muy parecidos.  Todos ellos describieron los rumores iniciales en torno al contenido de unas “listas” en donde aparecían los nombres de aquellos que serían cesanteados.  Todos describieron semanas de terrible incertidumbre, y hacían referencia a un 25 de septiembre donde daban las cuatro y media pero nadie se iba, o donde todo el mundo estaba “inquieto, desorientado, triste”.  En la mayoría de los casos, la cruel expectativa fue atendida no por los superiores sino por los representantes de uniones obreras que obtuvieron la información de las listas.  Las cartas de despido que (eventualmente) recibían los conminaban a visitar oficinas para obtener orientación, a llevar, buscar, traer (más) papeles, a visitar portales de navegación compleja y utilidad dudosa.

Dos de los despedidos (llamémoslos Juan y  María) ni siquiera recibieron cartas, propiamente.  A Juan le informaron, de una oficina central, que su nombre estaba en la lista.  Unos días mas tarde, que había sido un error.  Un par de días después, que no había tal error y que sí estaba en las listas.  Juan espera la carta que le aclare si está o no está despedido, y mientras tanto teme que al llegar la carta, ésta tenga la fecha de septiembre y su plazo de apelación, de treinta días, esté corriendo desde entonces.  María no recibió la carta original: Una fotocopia, “ con la línea de fax todavía marcada” es el documento “oficial” que anuncia su despido y que pone fin al voluminoso expediente, lleno de los logros obtenidos a lo largo de los trece años, once meses y un día que pasó en su empleo.

Casi todos se sentaban a la mesa de los cesanteados acompañados de alguien: un hijo pequeño, una hija adolescente, un esposo, una esposa…Nos miraban a los ojos y nos hacían preguntas difíciles pero terriblemente apropiadas:  “¿Y a mí cómo me evaluaron?” “¿Por qué no chequearon los expedientes?” ¿Qué pasará con los servicios?”  A escasos días de la decisión del Tribunal Supremo que según Hernández Colón hizo “justicia”, devolviéndole el “derecho adquirido” de las escoltas a los ex-gobernadores,  estos padres y madres de familia preguntaban también: “¿Y mis derechos adquiridos?”

El tipo de empleo que realizaban los cesanteados pone en duda la supuesta “ceguera” de un proceso que el gobierno alega realizó con criterios estrictamente de antiguedad.  Los testimonios provenían de personas cuyos trabajos representan prioridades excluidas en la agenda de gobierno: servicios a la comunidad, educación y cultura.  El proceso desmanteló sus planes de vida pero también la vida y gestión de sus oficinas, y el tipo de servicio que ellas representan.

Antes de ir al foro, alguien me había descrito el asunto como, “más que nada, una catarsis”.  Pero  ponerle caras, expedientes, biografías, coraje, orgullo y llanto al número mágico de cesanteados calculado por el gobierno y las compañías contratadas para ello, es mucho más que una catarsis.  Es un saber mejor y más completo, y una razón para que nos unamos, sin excusas, al reclamo colectivo de un pueblo que sabe que todo esto tiene poco de justo, y mucho de cruel.

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garrapatitas y garrapatas

garrapataLos ceibeños están asentados en un canto de terreno deseable, y eso parece impacientar a algunos personajes que están locos por meterle mano a ese paisaje, por construirle encima, decorarlo, y maquillarlo para el deleite de los (turistas) bendecidos.  Primero les dijeron a los de Ceiba que “así es la vida”, en referencia al contraste entre la fealdad y la realidad de la pobreza local, y la belleza y fantasía de la riqueza visitante.  Ahora han tildado al liderato comunitario, percibido evidentemente como parejero, de “crápulas”, “garrapatitas” y “vividores”.

Mucha gente se ha ofendido, y con mucha razón.  Hasta el presidente de la junta de directores del dichoso proyecto ha dicho que las expresiones de Madera fueron “desafortunadas” y “contrarias a la política pública del gobierno de Fortuño”, aunque más abajo explica que lo son porque “aunque pueda haber diferencia de opiniones en sectores de nuestra sociedad, no se debe recurrir a adjetivos peyorativos”.  En otras palabras, el problema no es tanto de política pública como de relaciones públicas.  Madera y González fallaron, según esta lectura, por ser bocones sin tacto, no por lo que piensan sobre el desarrollo de Ceiba, sobre el proyecto, o sobre la resistencia de los residentes.

Es en ese sentido que a mí me resultan útiles, incluso refrescantes, las cosas que dijeron ambos bocones.  Por lo impulsivas, por lo cándidas, y porque los portavoces del gobierno de turno las rechazan por razones de “estilos” pero no las desmienten en su contenido.  Las expresiones que usaron primero González y luego Madera para articular la manera en que aprehenden el significado de la resistencia de la comunidad de Ceiba nos dicen así mucho no solamente sobre lo que piensan González y Madera, sino sobre lo que piensa un sector importante (en poder, no en tamaño) del país.  Lo que piensan (su ideología) justifica, explica y apoya lo que hacen (sus acciones, sus prácticas.)

Y, ¿qué es lo que piensan?  Podemos dedicarle a esto varias entradas de blog, pero adelantemos que sus palabras delatan una visión particular sobre el desarrollo, y sobre la pobreza, que es compartida con el gobierno de turno y que de hecho, en sus contornos principales, es compartida por muchos grupos dominantes a través del mundo y hasta por muchos ciudadanos comunes y corrientes, sin darnos cuenta.  Se trata de una forma de entender la pobreza que la plantea 1) como inevitable y natural, 2) como reflejo de alguna falta, de alguna carencia de mérito, inteligencia, carácter o alguna otra cualidad y 3) como un estado en donde la única forma de dignidad accesible consiste en aceptar, con resignación y hasta alborozo, la condición propia y admirar la del más afortunado “otro” que nos visita.

Es en ese contexto que se genera la ristra de insultos de Madera.  Los líderes de Ceiba son, en su libro, “garrapatitas” porque en lugar de agradecer la llegada de la salvación en forma de desarrollo turístico, la cuestionan.  Lo interesante del insulto elegido es que parecería tener mucho de proyección: El arácnido chupa-sangre es una metáfora para el comportamiento parasítico.  Madera, un señor que genera ingresos a través de contratos con el gobierno y que costeamos al final del día los pobres pendangos que seguimos pagando impuestos, este señor que iba a generar 130K así, por el ladito, fácil, con la mano izquierda, “asesorando” para facilitar una “transición” de junta, ese señor le está diciendo “vividores” a los líderes ceibeños.

Bien dicen que siempre habla el que menos puede.  Me pregunto si usó el diminutivo porque está consciente de la existencia de garrapatas gordas, grandes y poderosas que están más que listas para parasitear en Ceiba, de la misma forma en que parasitean al país en tantos otros ámbitos.

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picada de ojos:dos países bajo el sol

casetas-en-la-pargueraLos rescates de tierra (donde un grupo de personas, típicamente familias, sin hogar propio o desplazadas, ocupa algún terreno baldío y levanta sus casitas en él) han sido parte de nuestro paisaje por mucho tiempo y de hecho constituyen una suerte de tradición – muchas comunidades que el público percibe como legítimas hoy son de hecho el resultado directo de acciones como ésta.

[Dos libros muy buenos para estudiar el tema de los rescates más a fondo: Liliana Cotto, Desalambrar, y Llanes-Santos, Desafiando el poder.]

Ando de prisa, pero me gustaría hacer hincapié sobre sólo dos de los muchos elementos importantes del asunto de Villas del Sol aquí: Lo que nos dice acerca de espacio, clase social y vivienda en Puerto Rico, y lo que nos subraya acerca de la desconexión, la enajenación ideológica, de la administración actual y sus funcionarios.

Que en Puerto Rico las personas invadan, colectiva e ilegalmente, un “espacio” y lo conviertan en un “lugar”, en una comunidad con identidad propia, no es nada nuevo.  Joyuda en Cabo Rojo y La Parguera en Lajas son casos pintorescos y conocidos por muchos puertorriqueños.  Lo curioso, y esto se ha dicho en algunos medios, es el trato diferencial que los invasores reciben.  Por un lado, tenemos “invasores de lujo” en La Parguera que poseen (y venden, y compran, y alquilan) viviendas (llamadas casetas) en la bellísima costa del Caribe, que reciben (y pagan por) electricidad y agua, que poseen lo que un periodista llamó una vez “legalidad de facto”, y a quienes casi nunca (y digo casi porque el DRN alguna vez, un tanto tímidamente, intentó llevar el asunto a las cortes) el gobierno trató de sacar. De hecho, y tras recibir un tour del área de un casetero, el ex gobernador Pedro Roselló indicó en los noventa que las casetas estaban ahí para quedarse.

Fast forward al 2009.  Los habitantes de Villas del Sol están amenazados en las cortes y asediados por la policía.  Su servicio de agua y luz ha sido interrumpido en medio de una pandemia de gripe contra la cual, reconocen todos los expertos y las mismas agencias gubernamentales, la mejor arma es la higiene personal.  Y nuestro gobernador y sus portavoces dicen, públicamente, cosas como que “no se puede pretender que esas personas reciban agua y luz pagados por otros”, o que “se le han presentado sus alternativas como plan 8 y residenciales”, o que “están ahí de forma ilegal, y tienen que salirse”, o mi favorita: “ese es un lugar peligroso y tienen que salirse, por su seguridad y la de los rescatistas que tendrían que sacarlos en caso de inundación”.

El caso con esos comentarios es que suenan tan…ingenuos, que sorprenden.  ¿Por qué? Porque 1) los residentes han ofrecido y solicitado que se les permita pagar por los servicios de agua y luz, 2) la mayor parte del país sabe que la oferta de plan 8 se ha reducido y que las listas de espera para apartamentos en residenciales públicos son larguísimas, 3) en lugares como La Parguera hay viviendas ilegales y nadie saca a sus dueños y 4) la peligrosidad del “área inundable” se le aplica solamente a los pobres – imagino que ese valle en Toa Baja no puede ser más peligroso que el margen mismo del mar que ocupan las pintorescas casetas parguereñas.

El peor comentario del gobernador ha sido tal vez aquel en donde indica, en respuesta al asunto de  la dificultad de lavarse las manos regularmente sin servicio de agua, que los niños deben lavarse en las escuelas.  De un plumazo demuestra su total desconexión no con una sino con tres realidades urgentes en el país, tres de esas cosas cruciales que deberían ser no sólo del conocimiento de un gobernante sino parte de su agenda consciente todo el tiempo: la salud (en medio de una epidemia), la educación (en medio de una epidemia y una crisis agencial) y las profundas divisiones de clase en Puerto Rico.

Porque sí.  En este rectángulo insular nuestro, famoso por su pequeñez, tenemos dos países.  En uno, llevamos en auto a los nenes a la escuela privada que escogimos con cuidado, les sacamos cuentas de banco para que aprendan a ahorrar, vivimos en urbanizaciones con acceso controlado, unas más caras que otras, unas con piscina y otras no, unas con servicio doméstico y otras no, pero todas ellas vendidas como “seguras” y con “buenos vecinos”, cambiamos de automóvil de vez en cuando por aquello de que no nos deje a pie, nos preocupamos por el futuro, por la universidad,  y nos indignamos cuando escuchamos que algún colectivo de vagos nos roba el agua y la luz que pagamos con el sudor de nuestra frente.  En el otro país, no hay seguridad de vivienda porque hay fila para plan 8, los caseríos están llenos, tenemos que pasar frente al punto camino a la escuela para llevar a los nenes, tenemos que vender chocolates o botellas de agua en la luz para comprar uniformes, no tenemos empleo en parte porque no estudiamos mucho pero en gran medida porque NO HAY empleo suficiente, no tenemos verdaderamente selección de escuela así que si la escuela del barrio está en problemas ni modo, comemos la comida más barata que es también la peor, y estamos (sorpresa!) más a la merced de males sociales, educativos, y de salud que otros sectores sociales.

La revelación de la existencia de ese segundo país es la que me acecha tras las fotos de Villas del Sol, fotos que recuerdan algunas favelas brasileras.  La realidad de que hay un montón de gente que no tiene casa ni acceso a una vivienda digna. Aquí.  En este país.

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Si la mejor respuesta práctica que puede generar el gobierno de turno es cortar agua y luz, si lo mejor que puede hacer y articular es la mano dura, otra vez, tenemos problemas serios. Porque la pobreza en Puerto Rico, con sus tasas de desempleo que llegan, aún en los estimados más generosos, al doble dígito, con el 80% de los niños del país en escuela pública y con cerca de la mitad de ellas en el llamado “plan de mejoramiento”, donde si calculáramos el total de personas que viven en plan 8, comunidades especiales, residenciales públicos, arrabales y zonas rescatadas obtendríamos una proporción sustancial de la población puertorriqueña…la pobreza no es una cosa aislada e infrecuente, ni una cosa criminal.  Es la realidad de un montón de gente. Y súmele la gripe y la crisis mundial.   Si nuestros líderes no pueden reconocer y bregar con eso, con que Villas del Sol no es una cosa excepcional, marginal, o criminal, con que el nuestro es un país pobre y que esa gente pobre también votó por ellos, no deberían liderarnos.  Están gobernando en otro país.

Imagen de las casetas tomada de universia.com.  Foto de Villas del Sol tomada de indymediapr.org.

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