que pandan los cúnicos del lenguaje

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dos mascarasPublicado originalmente en la revista digital Ochenta Grados

 Estoy escribiendo un libro. Si usted me conoce y piensa que sabe de qué libro se trata, se equivoca. El libro que usté tiene en mente es un parto de esos largos y dolorosos y me tomará bastante tiempo completarlo. El placer que promete es el “placer” que el parto promete: el del bebé por nacer. El proceso se siente como el de casi todos los partos –eterno, accidentado, predecible, pero inesperado, intenso, casi mortal.

No, el libro al que me refiero es el compañero curioso y juguetón del primero, el descanso del cubito de hielo o la limonada que la madre, la amiga y el marido nos traen para aliviar la cosa entre una contracción y la que sigue. Es el alivio que distrae del dolor, pero no del parto, alegre y despierto como el compañero de clases o amigo que nos hace chistes mongos cuando estamos tristes.

Es un librito, en fin,  sobre escritura, escritura para adultos cansados de tratar de aprender (o enseñar) en la universidad o en la vida con las mismas herramientas y actitudes que ya les fallaron en la escuela. El título “de trabajo” (ese título temporero que elegimos a modo de brújula y que eventualmente descartamos y reemplazamos con el título apropiado) es Que No Panda El Cúnico:Manual de Iniciación en los Placeres de Escribir. Se llamaba originalmente (ayer o anteayer, tal vez la semana pasada) Yo Tengo un Gozo en Mi Libreta, pero esta mañana decidí que ya había ofendido a bastante gente (¡y la que falta!) que no navega bien el breve espacio entre la gracia y la burla, así que me fui en un viaje con Chespirito y su Chapulín.

No se burle: estoy escribiendo este librito no porque me piense experta en asuntos del lenguaje escrito, sino porque el lenguaje escrito me apasiona y porque resulta que, de repente, tengo tiempo para sentarme a estudiarlo. Escribo porque los libros (¡qué maravilla!) los escribe no tanto el que tiene “talento” como el que tiene ganas.

Nada, todo lo anterior es contexto e ignora al menos cinco reglas tradicionales de la escritura, así que mejor voy al punto. El punto es que andaba escribiendo un capítulo de ese librito, y me topé con un problema frecuente. Frecuente no sólo para mí, sino para muchos otros, objeto de garatas y confrontaciones varias entre lectorxs, escritorxs y editorxs, tema recurrente incluso aquí, en los comentarios de este sitio web.

Ahí mismo lo tiene, en la oración anterior, en esa “X” que nos permite darle la vuelta a uno de los problemas más notorios y más políticos del lenguaje: El español (el castellano en cualquiera de sus versiones latinoamericanas, caribeñas y europeas) le asigna género a todo. Peor aún, nos obliga a hacerlo todo el tiempo.

Que la mesa sea siempre hembra y el reloj sea siempre macho no me preocupa demasiado –puedo asumirlo como una convención, a pesar de las conexiones entre objetos y conceptos (domesticidad, tiempo) que la convención acarrea. Pero lxs lectorxs….Ay. Es esa cuestión la que me mata: cuando el lenguaje me obliga a definir el género de la gente y, para rematar, el género de la (frecuentemente anónima) persona que me lee.

Se trata, para decirlo en lenguaje más formal, de un problema de sinécdoque, el tropo que está en acción cuando usamos la parte para representar el todo. En este caso, la mitad de la especie (los machos) representa en el lenguaje convencional al todo, a la especie completa, y decimos cosas como los humanos, los hombres, los estudiantes, los lectores, los escritores…cuando conceptualmente queremos incluir también a las humanas, a las mujeres, a las estudiantes, a las lectoras y a las escritoras. Ese es el problema.

La “x” es un ‘resuelve’ incómodo y tiene al menos dos issues, digo, dos defectos. Para empezar, funciona sólo en la página y se tranca cuando leemos en voz alta. Y yo no sé ustedes, pero esta que está aquí lee en voz alta siempre y edita sus escritos para que funcionen al ser leídos no sólo con la mente, sino con la boca, la garganta y las manos. Yo creo que en la mayoría de los casos, hablar es escribir y escribir es hablar y que, por lo tanto, un analfabeta que cuenta buenas historias es más escritor que un escritor que escribe cosas que no quieren ser leídas. Así que para mí, poder leer lo que escribo a viva voz es esencial.

(Sospecho que, con tanta manía, estoy perdiendo clientes para el libro desde ya. Pero seguimos.)

El otro problema de la “x” es que…es una “X”. No es una vocal. Y si bien el dominio del género masculino es uno de los tormentos de este idioma nuestro, también es cierto que las vocales son una maravilla. Son cinco, se pronuncian siempre igual, y le dan un no sé qué de fuerza, solidez y belleza a nuestro idioma, una fuerza que el francés, el inglés y el alemán envidian o que deberían envidiar.

¿Qué hacer?

Eso es lo que me pregunto en medio de mi trabajo de escribidora, y esa es la pregunta que me saca de mi borrador de librito y me trae aquí, a las páginas amigas de Ochenta Grados y de Parpadeando, buscando empatía o, tal vez, buscando bulla, fuete, garata.

¿Que estoy procrastinando, dice usted? Puede ser. Muchas gracias y tomo nota, para el libro: Escribir sección sobre procrastinación mientras “procrastino”. Y sigo con el asunto de marras.

Eso, decía, es lo que me pregunto, y esto es lo que me contesto (ya le dije, yo hablo sola y escribo en voz alta), al menos para este librito que estoy escribiendo y para este bló:

  1. La solución ideal, francamente, sería educar al público lector así, de milagro y sopetón, para que nos permitan usar los géneros al garete. Mis pacientes editoras y yo intentamos hacer eso cuando escribimos y editamos el librito Mi tecato favorito y otras crónicas. No funcionó, porque yo quería que el libro fuera fácil de leer, que el lenguaje fuese medio y no fricción, y ese baile de un género a otro confundía a los lectores que no estaban al tanto o interesados en asuntos de género, sinécdoque y poder.

  1. La solución que menos me gusta es la de un profesor de filosofía que tuve en la universidad  y que era, por cierto, un gran maestro, dedicado al proceso de enseñanza-aprendizaje como pocos. Nos llamaba a todos por nuestros apellidos y decía (cuando me veía fruncir el ceño o agitar las manos ante las barbaridades conceptuales de género que perpetraba algún filósofo o el maestro mismo): “Brusi, el uso del masculino es una convención del idioma, no es sexista, no joda más.” Bueno, no, eso último, me refiero a la cláusula con el subjuntivo presente del verbo joder, eso no lo decía porque era, ya les digo, un tipo muy correcto: Pero el mensaje (y la solución que ofrecía ese mensaje para mí, escritora en ciernes) era ese: Todos los lectorxs son “lectores”, todos los escritorxs son escritores, y san se acabó.

(Su apellido, por cierto, era o es Silva y su especialidad era o es Leibniz. Si usted es el doctor Silva y está leyendo esto, reciba un abrazo de parte de Brusi y sepa que lo recuerdo con admiración y cariño inmensos; que recuerdo claritito el día que estábamos hablando de Santo Tomás de Aquino y usted le dedicó casi toda la clase a explicarnos cómo funciona el motor de un automóvil; que tengo igual de claro y azul el día que me enteré de que usted recién había defendido su tesis doctoral y le dije, un poco irreverentemente, “¡somos doctores!”, y a usted se le iluminó la cara en infrecuente sonrisa y me contestó, feliz, sí, somos doctores; que usté fue el primer profesor que me dijo (muy levemente, porque eso de los halagos no era lo suyo) que mi escritura tenía algún valor, y ello a pesar de mi terrible, horrorosa cursiva, plantada para bien o mal en el blue book que usted sacó tiempo para leer de cerca. Si usted no es el doctor Silva pero lo conoce, por favor hágale saber que esta estudiante lo recuerda, muy agradecida, y que el asunto del idioma aún no se me ha sanseacabado.)

  1. La solución, parcial e imperfecta, a la que usualmente apelo es la de editar intencionalmente para evitar el encontronazo con la palabra de género forzado, sin usar la “X,”  pero sin rendirme ante el trono del masculino-a-la-cañona. Hay muchas palabras y frases en el idioma que nos permiten darle la vuelta a la cosa sin meternos en líos. Por ejemplo, es bastante fácil cambiar “humanos” por “seres humanos”, por “humanidad” o mejor aún, por “personas”, así como eliminar artículos (el, la, unos) que sean innecesarios, como lo son con tanta frecuencia los artículos. Los adverbios también suelen serlo, pero esa es otra historia para otro día.

(Creo que acabo de perder más clientes para ese pobre libro mío, ese partito, que aún ni existe. Pero sigo y casi acabo, téngame un poquito más de paciencia.)

 La solución que estoy usando en este librito que les cuento, y la que vine a compartir aquí, está basada en un principio básico: el machismo y el feminismo no son lo mismo.  El primero ubica a  lo masculino (y a los machos) sobre lo femenino (y sobre las hembras), mientras que el segundo, como práctica y teoría, siempre ha querido y preferido la igualdad.

El idioma tal y como existe no me permite esa igualdad, pero la estructura de un libro me permite tener capítulos. Así que al revisarlo, y después de editar para cambiar “humanos” por “personas” y “ciudadanos” por “ciudadanía”, alternaré el género de mi lectxr imaginarix y le diré “lectora” en los capítulos nones, “lector” en los pares.

Ya les contaré cómo me va.  Por lo pronto, si después de leer esto le queda alguna curiosidad por el librito sobre escritura, y si quiere ayudarme a escribirlo, puede pegar su muestra de hermosura, dificultad o atrocidad lingüística en la página de “Parpadeando” en Facebook. Sus contribuciones deben ser de una oración o un párrafo corto, no más, pueden cubrir cualquier aspecto de la escritura o cualquier muestra de escritura, y pueden 1) ilustrar con un ejemplo lo que a usted le parece bonito o feo en términos del uso del lenguaje, o 2) plantear una pregunta o dilema, una oración que le esté dando candela, o alguna otra cosa para darle práctica mi bolígrafo rojo. ¿Tiene otras ideas para el librito en ciernes? ¿Preguntas o inquietudes sobre la escritura? Por favor, sí, sí, sí, compártalas conmigo, déjelas allí en la página o aquí en Parpadeando, para poder enterarme y aprender. ¡Gracias!——Rima Brusi

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diáspora

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letter d“Diáspora” suena a espora. Y a espera.

El número de puertorriqueños que residen en Florida se acerca al millón, y ya son más los puertorriqueños viviendo fuera que dentro de Puerto Rico.

Tal vez por eso es que “diáspora” y espora se parecen. El vaivén es desigual, y los que se definen desde el afuera son más que los que se definen desde el adentro.

“Adentro” se parece a “entraña”. Se definen así, nos definimos así, desde el afuera pero hacia el adentro, porque la isla es entrañable.

“Entraña” se parece a “extraña”. Nos define la nostalgia, el extrañar. Los rostros y muecas del país receptor nos marcan como extraños.

Extraños que extrañamos, extraños porque extrañamos.

La “diáspora” espera, pero espera con “D”. Cuando le sumamos esa misma “D”, u otra parecida, a la “utopía”, obtenemos una “distopía”. Al parecer, la “d” marca la versión mala de la cosa.

¿Será porque somos la versión “mala” de la espera? ¿Esporas en un país que preferiría que otros grupos, distintos, se multiplicaran? ¿O será  porque no supimos esperar?

¿Esperar qué cosa? La “D”, sumada a la espera, se convierte en “desespera”.

“Desespera”, en español, es nombre y verbo. En inglés sólo es nombre o adjetivo, no acción.

En inglés, queda sólo esperar.

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oda a unas amigas:isar, lisi, anayra, kattia, sahra.

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A algunas solamente,de momento, que no panda el cúnico y que no haya dramas y celos, por favor, o no vuelvo, que es la que y todo eso. He estado releyendo las “odas elementales” (el único libro que me gusta de Neruda, y que descubrí gracias a un amigo, el gran (e irónicamente agnóstico) Christian, no a una amiga, pero de amigos hacemos otra prosa en otro día) y pensé en unas amigas. Aquí van las notas al calce del asunto y buenas noches.—-

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Aprendí de ellas más que de nadie. Aprendí sin quererlo, sin buscarlo y sin saberlo–tal vez la mejor forma de aprender.

De Isar aprendí que la palabra “amigas” es el lenguaje nativo que descubrimos al azar; que en el espacio y la era posmo, la teoría y la tribu la escogen a una, y no al revés; que el lenguaje se desliza para hacernos suyos pero también para que podamos hacerlo nuestro, aunque la tribu, la banda o la diáspora sea de dos; que aprendemos aprehendiendo, y no hay de otra;

De Anayra aprendí que no hay que “aprender” a barrer, sino barrer a la menor provocación; que la palabra “barrer” puede ser reemplazada por muchas otras, especialmente por “querer”, “ver”, “leer” y “aprender”, sin negar la lógica que vive (¡y cómo vive!) en la ecuación original; que todos los libros son “libritos”, sin importar su tamaño, y que ese diminutivo, y sólo ese, es cariñoso; que lo importante no es ser sino estar, y estar presente; que “estar presente” es una oración completa;

De Lisi aprendí que las oraciones, las que sean, lo “son” en ambos sentidos de la palabra “oración”; que “son” es un tiempo y persona del verbo ser y del verbo estar, a la vez que un ritmo, y que esos sentidos no son incompatibles, que va, más bien se quieren; que la puntuación es una actitud; y que “ser” es, al final del día, el compás de toda actividad y decisión que valgan la pena;

De Kattia aprendí que si amas algo, no hay que dejarlo “libre” ni pa’l carajo; que la libertad no es una excusa; que cuando, y no “si”, las psicosis y las neurosis nos apalabran, lo que hay que hacer es correr a rescatar no la mente sino las palabras, porque del verbo es que (todo) se trata; que los adverbios y los adjetivos suelen ser eufemismos, que todo es verbo y que por ello, los mejores plátanos para un piñón no son los “maduros” sino los que “llevan manchas dalmateándole el lomo”; que todos los lomos tienen lomo, todos los dorsos tienen dorso, y todos los gatos tienen humano.

De Alex aprendí que a veces, las palabras estorban; que al mal tiempo, lo importante no es la cara que una ponga; que la cara se maquilla de lo más bien mirando las instrucciones en el paquete de mascara; que el amor y la vida ni llevan máscara ni son ciegos;

De Sahra? Ha pasado mucho tiempo, pero creo que de ella aprendí lo más importante. De Sahra aprendí a tener amigas.

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picada de ojos: propuestas y protestas

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gay marijuana¿De modo que el gobernador quiere, dice, “propuestas, no protestas”?

No es que me quiera poner protestona, pero no puedo evitar protestar ante esa dicotomía malsana. Las protestas son propuestas – proponen que se haga algo distinto. Las propuestas pueden ser protestas, por la misma razón.

Pero en fin. Supongo que entiendo a lo que se refiere, o lo que insinúa: que con quejarse no es suficiente.  Que el que se queja no aporta. Yo creo que en una democracia representativa la gente elige individuos precisamente con ese fin, pero no vine al bló a hablar de política, así que dejamos ese asunto para otra ocasión. Yo hoy vine a hablar de economía chavá, que es el tema o uno de los temas del momento, junto con la educación (malita), y la criminalidad (robusta y galopante.)  La combinación de esas tres cosas tampoco es casualidad, sino más bien predecible y dialéctica: descuide usté la educación de un país, y notará que la criminalidad aumentará y que la economía reventará, en el peor de los sentidos. Contrario a los chavos, el conocimiento no es algo que se pueda tomar prestado con intereses durante décadas para tapar los agujeros locales. Pero ese también es otro tema.

El tema de este parpadeo es que quiero hacer algunas propuestas.  Me he levantado inspirada. No soy economista ni politóloga, de modo que si digo algún disparate proteste o corrígame, lector, lectora, pero soy ciudadana y tengo derecho a protestar, digo, a proponer, así que propongo. Si me inspiro más y si ustedes comentan tal vez podemos hacer una serie de propuestas aquí, en PARPADEANDO.

[Paréntesis: la palabra “protesta” contiene, significativamente, a la palabra “testa”, que significa cabeza, que a su vez representa al pensamiento….Hmmmmm…]

Vamos a las propuestas de hoy.  Un par de supuestos iniciales, sin embargo: Estas propuestas que traigo asumen lo siguiente:

1) Que no podemos meterle mano desde la isla al sistema global y los bonistas invisibles que hoy nos aprietan las tuercas, pero suponemos que a los invisibles “bonistas” les conviene que la economía mejore, digo, por lo menos a los bonistas bona fide que compraron bonos a precios razonables (como mi abuelito, que invirtió chavitos en bonos tras una vida de trabajo clase mediero, para su retiro), no a los aparatos que hoy se reúnen tras puertas cerradas a comprar bonos a quemarropa, velando güira como los tiburones que le dan vueltitas a la presa que sangra y la puyan para que sangre un poquito más…

Y

2)Que cualquier propuesta, incluso aquellas del llamado territorio “moderado” o “reformista”, tiene que sin embargo traer a la mesa alguito distinto, porque lo que hemos estado haciendo evidentemente no funciona, y me refiero especialmente a babosadas como el cultivo de los “valores” a través de rezos oraciones reflexiones matutinas en las escuelas, o seguir anestesiando entrenando gente en los moles para que mejoren su resumé.

Vamos a las propuestas. Traigo dos que son tres.

1. Legalizar y celebrar el matrimonio gay.  

¿Qué eso no es economía, sino religión, o política? Por el contrario, amiga, amigo. El matrimonio, para empezar, surge en nuestra historia como una asociación de bienes gananciales. Y además, ir más allá de esa otra babosada, la “tolerancia”, sería un palo, económicamente hablando. Fíjese que a pesar de que tenemos playitas lindas y sol todo el año, el turismo en Puerto Rico constituye un patético seis (6!!!!!) porciento de la economía de la isla.  Legalizar el matrimonio gay con bombas y platillos abre la puerta para todo tipo de cosas buenas para la economía: Destination weddings, por ejemplo, con los cuales podrían hacer chavitos y generar empleos secundarios nuestros hoteles, proveedores de eco-turismo, paradores, restaurantes, caterers, DJ’s, planificadores de bodas, agentes de viajes, alquileres de etiquetas, floristas, músicos…

Esto no es una idea alocada. El matrimonio gay es la que hay. Se ha legalizado en mil sitios y si no avanzamos, vamos a acabar legalizándolo de todas maneras pero sin la ventaja económica de ser los que se establezcan como el destino caribeño donde puedes hacer tu boda tropical y tus amigos y familiares gringos pueden entrar sin pasaporte y gastar sus dólares. Dólares que, a diferencia de los dólares que se gastan en Walmart, ese famoso “creador de empleos”, se quedan en Puerto Rico y alimentan pequeños y medianos negocios (y por ende a la gente que esos negocios alimentan.)

Las buenas propuestas económicas, dijo alguien en algún momento, construyen sobre los recursos existentes. Y para esta idea existen amplios recursos: Tenemos una robusta tradición de pequeños comerciantes que proveen servicios como los arriba descritos, de comida, entretenimiento y planificación de bodas.  Tenemos sol y playa. Tenemos tradición hotelera y una población interesada, hambrienta de trabajo en esa área. Y ciertamente tenemos gente que se enamora de gente de su mismo sexo y se quiere casar y hacer una fiesta para celebrarlo con sus seres queridos.

El obstáculo principal para mover esta idea es el fundamentalismo religioso. Y es natural que así sea: a los fundamentalismos no les conviene que la economía mejore. Mientras más crimen, menos educación, y más pobreza haya, el fundamentalismo se pone más feliz y saludable. Eso es cierto en nuestro país y en cualquier otro. Así que amigos fundamentalistas (y amigos yoítos), breguen con eso porque esa es la que hay.  El matrimonio gay es como el voto de las mujeres y los negros. Le tocó su momento y francamente, ya era hora.

¿Qué usted no cree en el matrimonio gay, dice, porque no cree en el matrimonio? Pues está bien, no vaya a la boda, o mejor aún, invéntese un colectivo de librepensadores que trabaje la idea, porque hacen falta tanto libertad como pensamiento, en este país. Y hablando de libertades, vamos a la segunda propuesta.

2. Legalizar (y celebrar) la marihuana.

Sí, hablo de legalizarla, no de “medicalizarla”.  Legalizarla para usos médicos y recreativos.

Claro que parte del uso que se le daría a este pobre y difamado cultivo es médico: Hace rato que pacientes de quimoterapia, dolor crónico, y otras condiciones merecen el alivio de una medicina que se sabe es buena para ellos. Pero de nuevo, pensemos en las posibilidades económicas y otra vez, en la conexión con el turismo. Cuba ha hecho muchos chavitos creando turismo especializado en atender pacientes de otros países con ciertas condiciones de la piel y de los ojos. Legalizar la marihuana médica nos permitiría crear alianzas entre hospitales, hoteles, terapistas, psicólogos, yoguis, agricultores orgánicos, maestras de zumba…Y de paso, atender a nuestra propia población de pacientes que quiera acceso a esta medicina.

Pero pensemos más allá. Hace poco, en Venice Beach, California, me encontré en la playa con un quiosquito de lo más chuchin: los Green Doctors. Dos jóvenes médicos (vestidos de verde quirófano) atendían allí clientes con documentación relativa  a las condiciones protegidas por la ley de marihuana médica en California, y los ayudaban a tramitar su licencia para obtener productos conteniendo dicha planta. Y de paso, mantienen un local muy mono repleto de brownies, confites, bizcochitos, pipas, papeles, y artefactos cuyo nombre no conozco pero que supongo permiten inhalar los vapores de algo que contiene la cosa en cuestión…

¿No le gusta la idea del quiosco ese? ¿Le parece inmoral? Antes de rasgarse las vestiduras, fíjese en los quioscos donde actualmente obtenemos los certificados médicos de la licencia de conducir, esos que proliferan alrededor de las oficinas del DTOP, donde le venden el “examen” médico, los sellos, y lo ayudan con la solicitud…Si no le parecen inmorales esos espacios, no se meta con los doctores verdes de Venice.

¡¡Mejor imaginémonos las posibilidades que abre la legalización!!! Desde quioscos callejeros con combo de bacalaíto, soda y porro, pasando por panaderías muy monas con café boricua y postres “reforzados” con cannabis, siguiendo a servicios de “delivery”, y llegando hasta restaurantes y barras gourmet con variedades exóticas de la cosa….

De hecho, ¿qué tal si combinamos 1 y 2, y nos convertimos en el primer país capitalizando sobre los destination weddings, gay y straight, “marihuana themed”? No se ría, que digo esto medio en broma pero también en serio. Centros de mesa con matitas de marihuana, manteles de hemp, souvenirs….

De nuevo, tenemos los recursos: Nuestro clima nos permite el cultivo todo el año sin tener que invertir en control climático; tenemos una población sub-empleada de jóvenes emprendedores y energéticos interesados en cultivos orgánicos y con conocimiento en agricultura; y ciertamente tenemos una población considerable de clientes potenciales que ya fuman marihuana. Empleos, empleos….jardineros, botánicos, enfermeros/terapistas, cocineros, artesanos, floristas, masajistas y aromaterapeutas…Mecánicos renovando  y choferes manejando guaguas volky “vintage” pintadas de colores bonitos, para proveer servicios tales como 1)quioscos móviles y 2)transportación tipo “taxi” para llevarlo a usted a su casa después de fumar, para que no guíe, o incluso 3)tours de la isla, con paradas para probar comidas típicas, cervecitas locales, y cigarrillos de marihuana artesanales, con sabores y olores especiales!

¿Obstáculos? Creo que principalmente la mojigatería y la hipocresía, francamente, porque en este país donde hay tanto borracho y tanto comelón, la marihuana constituye un mal muy menor, desde la perspectiva de la salud.

¿Que tiene usted temor, porque la marihuana es lo que llaman un “gateway drug”, con la cual se inicia la gente en el camino fatídico de las drogas? Pues considere lo siguiente: es muy, muy posible que la marihuana sea un “gateway drug”, si lo es, porque DE MOMENTO, LA TENEMOS CRIMINALIZADA Y POR ENDE EN EL FOKIN GATE. Perdón. Es que una se agita.  Quiero decir que ahora mismo, obligamos a los usuarios de marihuana a ir al punto a comprar, donde se exponen a otras drogas y de paso, a las famosas balas perdidas y daños colaterales del narcotráfico. O los metemos presos y así los encaminamos dentro de las estructuras del narcotráfico. O los metemos presos y los matamos.  Yo sospecho que si la marihuana fuera legal, podríamos acabar no provocando sino evitando la adicción a drogas más peligrosas. Algunos estudios sugieren que fumar marihuana hace que la gente beba menos alcohol.  Por ahí tal vez hasta nos ponga más sanos, la plantita esa.Sin duda que su legalización hará las cárceles mas espaciosas y dejará fuera de la cárcel a toda esa gente que acaba en ella por usar y vender marihuana.

Sin ir más lejos: Uruguay ha legalizado tanto el matrimonio gay como la marihuana. Y fueron felicitados, de hecho declarados “país del año”,  nada menos que por The Economist, una de las revistas de economía más respetadas (y conservadoras!) del mundo. Y por supuesto, el precedente de Colorado, que acaba de legalizar el uso médico y recreativo de la marihuana.

Tengo más propuestas, pero ya casi llegamos a las 1800 palabras y por lo general trato de evitar los mamotretos en el bló. Gracias por visitar, déjeme sus comentarios, y proteste tranquilo, que aquí, en PARPADEANDO, creemos que la pro-testa articulada, pensada, compartida y genuina es, en su fondo, una propuesta. Y buena para la “testa”, buena para pensar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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involucramiento parental en las escuelas

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nena leyendoAseverar (¿denunciar?) la importancia de los padres y madres para la educación de lxs hijxs se ha convertido en un lugar común. Aquí y allá.

El gobernador habla de “exigirle responsabilidad a los padres”.  No está sólo.  Los padres hablan de exigirle responsabilidad a los padres.  Lo veo en facebook, en comentarios tipo “yo hago bla bla bla pero la madre xyz no hace bla bla bla, parece que no le importan los hijos…”; lo veo en la investigación académica que mide el impacto del involucramiento parental en el logro educativo de los estudiantes; lo veo en los escritos de afamados columnistas como Friedman, qué nos pregunta, retóricamente,  “¿y qué tal mejores padres?”, a modo de respuesta dirigida a aquellxs que hablan de reformar escuelas.

Es un lugar común porque es cierto, supongo.  La educación de los padres sí tiene un impacto significativo sobre la de los hijos, aún controlando por ingreso familiar.  El involucramiento de los padres sí puede aumentar el aprovechamiento académico de lxs estudiantes.

Sin embargo…

Tienes razón, lector, lectora. Siempre hay un “pero” en estos parpadeos. Y este pero empieza con una historia. O dos.

La primera historia se trata de una madre.  Durante los años que dediqué mis esfuerzos de investigación y servicio al tema de la conexión entre educación y pobreza en Mayagüez, Puerto Rico, tuve la oportunidad de conocer a muchas madres y padres.  Algunos involucrados, otros menos involucrados, otros distantes del proceso educativo de sus hijxs. Por distintas razones, de distintas maneras. Pero la que me viene a la mente es una mujer en particular. Adicta a varias cosas, todas ellas malas. Pobrísima, en parte porque sus magros ingresos se desviaban, en gran medida, de las necesidades familiares hacia las de su cuerpo adicto, quebrado. Cuando la visité para obtener los permisos necesarios para que sus hijxs nos pudieran acompañar en nuestras giras educativas, estaba….estaba, no sé, bebida, o arrebatada, o afectada por alguna sustancia o combinación de ellas que desconozco.  Su hijo tuvo que sostener su mano y ayudarla a garabatear la firma en los papeles que yo llevaba.

Al despedirme, los ojos de la señora (la “mala madre” que condenamos con tanta facilidad en facebook, en discursos gubernamentales, en columnas periodísticas) estaban húmedos. Su brazo flaco agarraba el mío, como para conversar, pero se le dificultaba el hablar, a mí el escuchar, la situación era extraña, demasiada audiencia, demasiadas variables desconocidas…

Los vecinos me comentaban más tarde, con esa mezcla de condena y compasión que caracteriza tanto intercambio comunicativo nuestro, que la señora siempre estaba ebria, que dormía por el día, que salía por la tarde, que regresaba de madrugada. Que se prostituía, dijo uno, pero otro le dijo que no sabía…

El día de la primera gira, esta señora nos esperaba.  A tiempo, la mano de un hijo en cada una de las suyas.  Sobria.  Seria.  Bañada, vestida con ropa limpia.

Ojo: La mayoría de los niños caminaba hasta el punto de encuentro.  La mayoría de los padres no llevaba a sus hijos hasta allí. No era un requisito para participar. Pero esta señora lo hizo.

El esfuerzo monumental que levantarse temprano, permanecer sobria, prepararse, llegar hasta allí…Me bajé del autobús para saludarla y sin sonreír (creo que ningún no-adicto puede entender, plenamente, lo que siente el adicto cuando decide no tomar, o no usar, lo que se siente cuando el cuerpo pide algo con la furia del cuerpo y se lo negamos), puso las manos de sus hijos en las mías.  Aquí te los traigo, dijo.

Y se alejó del autobús, con la frente alta y la espalda recta.

Creo que fue Borges que dijo “hay una dignidad, la del vencido, que para el vencedor es inaccesible.”  O algo así.  En dignidad pensé, mientras la veía alejarse.

Segunda historia.  Esta es sobre unas maestras y una directora.  Son el equipo de trabajo de la escuela elemental Bethune, en Nueva Orleans. Una escuela destruida antes y especialmente después del huracán Katrina.  Una escuela donde todos los niños son pobres, una escuela rodeada de crimen, violencia, pobreza y dolor.

Bueno, esa escuela logró, gracias al esfuerzo de estas maravillosas mujeres, mejorar dramáticamente el desempeño académico y el aprendizaje de sus estudiantes.  Puede leer algo sobre el caso, y sobre cómo lo hicieron, aquí y aquí.

Tuve la oportunidad de compartir la mesa durante la cena hace un par de años con las maestras y la directora de Bethune.  Y de preguntarles qué habían hecho respecto al involucramiento parental en su escuela.  De seguro, pensaba yo, tienen que haber obligado a esos padres y madres a ayudar, de alguna manera….

La directora me miró, severa.  Luego miró a su maestra de matemáticas y sonrieron entre sí.

“A los padres les pedimos que confíen en nosotras.  Que se aseguren de que los estudiantes lleguen a la escuela. Una vez allí, Rima, son nuestros, son nuestra responsabilidad.”

No se involucran?, insistí.  Sí, respondieron, hay mucha más participación ahora que antes, pero esa participación empezó después de que nosotras comenzáramos el ejercicio de mejorar el desempeño de los estudiantes. Poco a poco los padres se han ido involucrando más.

Si el nene llegaba sin saber leer, participaba en un plan intensivo de lectura y escritura.  Si no podía escribir, si necesitaba apoyo académico, si no sabía sumar, le enseñaban.  Si tenían que cambiar de planes o ajustar métodos u obtener recursos adicionales, de alguna manera lo hacían. Una cosa no cambiaba: la expectativa de las maestras, todas, era que todxs los estudiantes podían y debían aprender.

A veces los nenes llegaban con la camisa sucia.  La directora de Bethune hizo una colecta, compró uniformes nuevos, e instaló una lavadora y secadora usadas en el sótano de la escuela. A veces llegaban hambrientos, por lo que la escuela se asegura de proveer comidas.

Una vez aquí, son nuestra responsabilidad.

No es una situación ideal.  Lo ideal es que los padres se involucren. Pero me temo, señores políticos, columnistas, y colegas madres y padres y maestros y ciudadanxs…que las amigas de Bethune tienen razón, y que no hay de otra.  Que no podemos esperar a que los padres y las madres milagrosamente se recuperen para empezar a reconstruir país enriqueciendo los cuerpos y las mentes de sus hijos e hijas.  Invitémoslos, claro está, incluyámoslos, pero si no pueden ayudarnos a educar a sus hijos, tenemos que educar a esos hijos de todas maneras. Porque sus hijos e hijas son también los nuestros.  Nuestra responsabilidad.

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Yo también tengo amigos yoítos, y de otras nominaciones: Una propuesta

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joitoLos disparates (que fueron muchos) emitidos por los legisladores que intentaban frenar un proyecto para impedir el discrimen laboral por razones de identidad sexual fueron motivo de gran hilaridad en salas, cocinas y redes sociales.

Y es que hay que reírse. No solamente porque es cómico.  Las risas, intuyo, nos venían a las bocas por la misma razón que los médicos hacen chistes inapropiados en la sala de operaciones. Para bajar el estrés.  Para no llorar.  Para no obedecer el impulso visceral de lanzarle un tomate, o un automóvil, como Hulk, a estos individuos.

No me basta con reír, sin embargo.  Tengo que parpadear sobre este asunto, aunque el post sea un recuento de lo más o menos obvio.  A falta de tomate, sólo me queda el análisis.  Y tal vez una propuesta cultural.

Porque cultural es, absolutamente, el subtexto de las declaraciones del legislador que aseguró tener “amigos lésbicos” y de “todas las nominaciones sexuales” y quererlos mucho a todos, así como el subtexto implícito en las declaraciones del otro aparato que alegó no solamente tener amigos gay en su lugar de empleo, sino incluso haberlos rescatado heroicamente de la muerte segura que hubieran sufrido a manos de sicarios que, aseguró el flamante senador, ¡también eran gay!

Amigos lésbicos.  Nominaciones sexuales.  Sicarios “gay”.  ¿Cuál es el subtexto?  ¿De dónde se agarran esas ideotas?

Se agarran, para empezar, de un espacio (casi vacío) al cual mal-llaman “valores”. Es un espacio, parafraseando a Pablo Milanés, breve y en el que no están los valores que en todo caso deberían estar presentes en una discusión oficial y un espacio legislativo. Valores como la equidad y la justicia.  No, en esos espacios cognitivos solamente cabe la intolerancia, y alguno que otro “principio” derivado de una biblia que seguramente no han leído en su totalidad. Hearsay bíblico.

Pero hay algo más allí en ese espacio, sí.  Si fuera intolerancia pura y simple rociada con un poco de biblia no insistirían en ese asunto de que tienen “amigos” de esas “nominaciones”, en salvarlos de la muerte y de sí mismos. Esa insistencia es lo más interesante de todo esto, y creo que es una protección inconsciente.

Por un lado, tener “amigos lésbicos” y ser capaz de quererlos los separa de su decisión legislativa.  Es decir, como individuos, estos tipos son capaces de querer y aceptar a esas “otras nominaciones”, pero como legisladores, alegan, responden a valores más altos, valores que los superan.

¡Qué pena que el espacio de esos valores sea tan breve y no incluya los valores apropiados a su gestión!

Por otra parte, el alegato de tener amigos gay les permite acercarse a las personas que suelen llamar constituyentes pero que en toda honestidad, deberían llamar “votos”, porque claramente son los votos lo único que les importa.  Y es que toda familia puertorriqueña tiene gente de “otras nominaciones”, y estos señores no desean enajenar por completo a los que votaron y votarán por ellos.

Ese es el kid de la cosa.  Los disparates están diseñados, en esas pobres cabezas con breves espacios de valores y raciocinio, para que sus votantes los quieran.  Y el voto es importante no para permitirles construir un mejor país con mejores leyes, sino para seguir guisando a costa del pueblo.

Aclaradas así su lógica y motivaciones, y ya que están tan interesados en nombrar (¿”nominar”?) y categorizar a las personas que no quieren incluir en las protecciones legales, propongo que nombremos a SU categoría.

Nomino así a LOS YOITOS como una nueva “nominación.  Los “yoítos” son seres, como bien dice su nombre, guiados únicamente por su propio bienestar.  El “yo”, su ego y su persona, es “tó”, o todo para ellos.  Son yoítos, y hay que evitar que nos gobiernen, o al menos que nos gobiernen desde el yoísmo.

Yo también tengo amigos yoítos y de otras nominaciones por el estilo.  No es personal, queridos legisladores.  No los estoy discriminando.

De hecho seré mucho más generosa de lo que ustedes fueron con sus compatriotas de “otras nominaciones” el otro día.  Propongo que la ley proteja a todos los puertorriqueños, incluso a los yoítos, de discrimen por motivos religiosos.  Que los yoítos son libres de creer en el dios que le de la gana y de trabajar en paz en un espacio para el cual estén cualificados.  Es más: propongo proteger el derecho de los yoítos a casarse con quien les dé la gana, aunque sea otra yoíta o incluso, otro yoíto.

Propongo, en suma, que los derechos de los yoítos, y de cualquier otra nominación, sean los mismos derechos que yo quiero para mí y que, bajo los valores más fundamentales de la democracia, merezco.

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todoxs somos lesbianxs

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ernie bert duckie

Para Lisi, con amor y solidaridad.RB

Mi perrita Lucy descubrió hace algunas semanas que aún en el frío de la primavera, podía encontrar un rayito de sol en nuestro patio.  Acostadita allí, cierra los ojos, y estoy segura de que siente algo así como la versión perruna de la felicidad.

El senado aprobó hoy el proyecto de ley que legisla en contra de la discriminación por identidad de género.

En términos de impacto y legislación, es un paso pequeño.  Pero su valor simbólico es inmenso.  Es mi rayito de sol.

Es un paso para que nos encontremos, todas y todos, y hagamos alianza alrededor no de las identidades que excluyen y separan sino alrededor de las que incluyen y hermanan.  Nos acerca a los verdaderos valores que el estado tendría que representar.  Los verdaderos valores.  No son los cristianos, aunque por supuesto que cualquier cristiano, incluso si es senador, especialmente si es senador, debe apelar a ellos.  Son valores como el amor, la justicia y la verdad.

Son los valores que trascienden cualquier libro sagrado, y que nos permiten hermanarnos  en pos de una causa justa.

Plagiemos a un senador confundido: Hoy TODXS somos lesbianxs.

Y nos calentamos a la luz de un rayito de sol.

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batá*

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Chango-oyan-ogún-DETALLE(A mi mamá.)

 

Carolina, Puerto Rico

O tal vez Levittown

4 de junio, 1979

La noche que mi Teté parió a mi hermanito, yo tenía ocho años y estaba asustada.

Minutos antes de que Teté y André, mi padrastro, abandonaran la fiesta para buscar a la comadrona, los asistentes habían pedido, a gritos, que me levantara de la silla plegadiza de metal que había insistido en ocupar durante toda la noche. Tenían la expectativa, y yo lo sabía, y la compartía, aunque en mi caso no era tanto expectativa como esperanza, de que Changó bajara, de que yo me convirtiera en el caballo de mi santo, como debe ser. En el caballo de mi oricha, del dueño de mi cabeza, de mi papá santo, de mi santo papá. El oricha de la carne y del fuego, el rey de la palma y de todas las pasiones y riquezas terrenales, el enorme negro musculoso con muchas mujeres y algunas esposas, el ingenioso y a veces ingenuo, incluso buenazo Changó, el enemigo eterno de Oggún, legítimo esposo de Ochún y dios de la guerra y del metal. Ochún, la encantadora reina del oro, los ríos y la miel, la patrona de los pescadores cubanos, la gobernante y curandera de las vaginas y los ovarios y las tetas de todas las mujeres del mundo, era mi mamá. No estaba casada con Changó, me había explicado bruscamente mi madrina cuando pregunté. Tal vez pensó que yo estaba juzgando a los orichas, pero se equivocaba. A mí no me molestaba para nada ser bastarda, de hecho ya lo era y no sabía todavía que eso era malo o juzgable, yo sólo quería saber.

Todas las personas tienen un oricha mamá y un papá, pero uno de los dos es el principal, el dueño de la cabeza de la persona, me explicó madrina Carmen en un raro momento de paciencia y articulación de oraciones completas. Tú eres de Changó.

A mí me gustaba Changó, pero me intimidaba la idea de personificarlo, de que mi cuerpito pequeño y flaco se convirtiera en Él, que bailara como él, que hablara como él.  Traté, sin embargo, de relajarme. La posesión me traería la aprobación, tan difícil de obtener, de Carmen. Me traería también el respeto de los otros santeros, que a veces me trataban con condescendencia, dudando a viva voz como si mi enanez me hiciese invisible, o sorda; la conveniencia o sabiduría de iniciar una nena tan pequeña, tímida y frágil en los misterios de la santería y en la comunidad.

Carmen había visitado mi trono la noche antes del batá. Yo, nerviosa, intentaba dormir, intentaba controlar los movimientos nerviosos de mis piernas, los golpes pequeños que el dorso de mi mano, hecho almohada, le propinaba a mi mejilla. La boca de mi madrina era una línea recta, sus aretes enormes no se movían, sus cejas finas casi se juntaban en una V amenazante, su mano apretaba mi hombro con fuerza. No te resistas, nena, me dijo. Cuando llegue el momento, no te resistas. Deja que la música te lleve.  Sigue el batá.

De modo que traté de relajarme. Con mi trajecito de organdí y mi actitud reverente, podría haber pasado por una niña boricua común y corriente, a punto de hacer su primera comunión. Excepto por mi cabeza calva, redonda y brillante, cubierta con un pañuelo de seda blanca.  Excepto por mi esqueleto desnutrido, tan distinto al de las amiguitas de clase media que a veces visitaba cuando iba a ver a mis abuelos paternos. Y excepto por el hecho de que nunca me habían bautizado, y de que no me sabía ni el padrenuestro.

Pero sí sabía las historias de Changó. La más famosa de ellas explica cómo, en la mezcla caribeña sincrética entre el catolicismo español de los amos y la religión yoruba de los esclavos, Changó se convirtió en la Santa Bárbara de las estampitas. Resulta que cuando Changó era humano y príncipe, estaba formalmente casado con Obbá, entre otras, pero se fue a visitar a Ochún, su amante favorita. Estaban descansando desnudos en la cama cuando llegó Oggún, el esposo de Ochún. Oggún siempre estaba de mal humor, pero sospechar la presencia del guapo y principesco rival en la habitación de su esposa lo puso colérico, y comenzó a golpear la puerta con su machete para tumbarla. Ochún, que no estaba en las de volverse víctima de “violencia doméstica”, como le llaman los periódicos de hoy a ese tipo de cosa cuando no la llaman “crimen de pasión”, empujó a Changó, básicamente tirándolo por la ventana. Desnudo, claro. Sus armas y su ropa escondidas en el cuarto de Ochún, Changó se vio obligado a correr desnudo delante de sus súbditos, que no podían contener la risa. La cosa se puso peor cuando Oggún se puso a perseguirlo.  Changó se refugió en casa de la fiel Obbá. (Yo le agradecía a Olofin que Obbá no fuera dueña de mi cabeza, pobre Obba. Ni una nena de ocho años quiere una diosa buena (¿apendejada?) y mártir sobre su cabeza. De hecho nunca he conocido a santera alguna que sea hija de Obbá, aunque debe haberlas.) Obbá, bendita enamorada Obbá, no solamente no le cuestionó a Changó su culpable desnudez, sino que al escuchar que lo perseguían le dio su túnica, se cortó y le puso sus trenzas, y lo sentó en su trono de reina consorte. Al llegar Oggún, pensó que Changó era Obbá. Y es esa la figura de Santa Barbara: Changó vestido de mujer para tapar un cuernazo, al fondo un castillo en llamas para recordarnos que estamos mirando no a una mujer blanca, sino al rey africano del fuego, disfrazado, de mujer y de blancura, para engañar a su enemigo divino de Nigeria, a sus enemigos españoles de Cuba.

Por supuesto que me conocía las historias, los patakís. Eran mejores, por mucho, que las novelas de telemundo y los chismes del teveguía. Las leía y escuchaba voraz, insaciable. Internamente, arrogante, se me ocurría a veces que me conocía las historias mejor que los adultos que criticaban mi pequeñez y que ello me convertiría, eventualmente, en una mejor lectora del caracol. Pero no decía nada.

Ahora en el batá, hubiese querido probarles que estaban equivocados, pero en el fondo temía que no lo estuvieran. Sentí miedo, sentí náuseas, sentí unas extrañas ganas de bailar, pero ni la más remota señal de posesión propiamente dicha. Traté de bailar un poco, a ver si pasaba algo, pero cada vez que daba un paso los santeros me miraban, todos a la vez, cientos de ojos posados sobre mi pequeña figura, gritos de ánimo, y me daba pachó y dejaba de bailar.

Miré a Teté. Flaca y débil, más blanca que lo usual, sentada en una silla de metal, con los cabellos sueltos, las puntas llenas de horquetillas, los labios resecos, la barriga inmensa y tan bajita que se veía obligada a abrir las piernas para acomodar la panza, casi colgando, con un brazo debajo para sujetarla, para que no le halara las costillas, para que no le quebrara la espalda.  Me pregunté si sentiría náuseas, también. Probablemente sí. Teté tenía náuseas con frecuencia, y ahora que estaba embarazada más aún. Estaba sufriendo, se le notaba, y yo no sabía si era por mi fracaso como caballo o si era porque se sentía enfermita.

Entonces se puso la cosa más tensa, porque David cayó al suelo.

David era mi compañero de iniciación. Para abaratar la iniciación un poco (las iniciaciones son asuntos caros.  La mía costó al menos nueve mil dólares, y estamos hablando de 1979) habían juntado dos yawós o iniciandos en una sola ceremonia, en una sola cámara con dos tronos, y habíamos participado de la mayoría de los rituales principales juntos. David tendría unos diecinueve años y un bigote tan finito que yo pensaba que era de embuste. Era artesano. Hacía soperas para santeros, entre otras cosas, las soperas que cada santero guarda en su casa para representar y contener a su panteón personal, por lo general a su oricha y seis más, usualmente incluyendo a Obatalá (sopera blanca), Ochún (sopera amarilla) y Changó (sopera de madera con adornos colorados.) Mis soperas incluían además a Oyá (púrpura), Obbá (rosada), Yemayá (azul) y creo que también a Babalú, ya no recuerdo. Elegguá estaba también en mi trono pero sin sopera, representado por una cabeza con ojitos y boca de caracol, rodeado por las herramientas de los guerreros. Pero Elegguá es otro tema. El caso es que David era algo así como mi hermano de iniciación, aunque yo creo que como tantos otros hermanos mayores, no estaba particularmente contento con el arreglo, y me trataba con distancia y un aire de superioridad que me sacaba por el techo. Su mamá oricha era Ochún.

Después de convulsar y babearse en el suelo un rato, David se levantó y cómo no, ahí estaba Ochún. Todo el mundo lo celebró.  Fue un alivio, porque dejaron de mirarme, pero también una desilusión, porque la vara para evaluar la calidad de mi posesión había subido, con tanto show, tanto desmayo y tanto babeo. Miré a David con escepticismo. Era él, no tuve duda. Ahí no había ninguna Ochún, el tipo estaba actuando. Hablaba como David, se movía como él, y cuando fue a besuquear y bailarle a alguien (una movida clásica de la coqueta Ochún) eligió justamente al individuo que le gustaba a David. Qué casualidad, bufé. Por suerte nadie me estaba haciendo caso y nadie me escuchó.

Los batá seguían tocando, dándole a los cueros sin pausa, el sudor corriendo sobre sus cuerpos no en perlas sino en ríos, ríos de veras, ríos de sudor físico nacido de ellos, de sus glándulas y de sus poros, y los envidié un poco, envidié un poco su particular forma de sacerdocio, predicado no tanto sobre la actuación como sobre la destreza, el virtuosismo, la resistencia de tocar por horas sin salirse de ritmo. Tocaban juntos pero cada cual con un ritmo distinto, todos en armonía. Por la tarde, antes de que empezaran las festividades, antes de que se escucharan los chillidos del primer cabro sacrificado, yo me había acercado a los tambores, fascinada. Puse mi manita huesuda sobre mi favorito. Traté de tocar. Algún ritmo obtuve, pero me cansé rápido. Dejé la mano descansar sobre el cuero tenso. El dueño del tambor se acercó a mí, un gigante negro con un cuello enorme, conectado con músculos temblorosos con sus hombros. Puso su mano junto a la mía. No te preocupes, hermanita, me dijo. Eres una nena. Una hembrita. No puedes ser batá, no puedes conocer sus misterios. Pero esta noche, yo voy a tocar en tu honor. Para ti, hermanita.  Sus ojos eran oscuros pero rodeados de un blanco blanquísimo, y creo que por un instante, a la manera de las nenas de ocho años que de repente son miradas a los ojos, me enamoré un poquito.

Busqué con los ojos a mi amigo batá. Tenía los suyos cerrados. Me pregunté si estaría decepcionado por mi fracaso. Recordé, un poco esperanzada, que alguien me había explicado que los batá, al tocar, también estaban poseídos, porque ningún humano podría tocar tantas horas, y tan fuerte, y con tanta perfección, sin intervención divina. Mi amigo era caballo de su santo para que yo pudiera serlo para el mío.

Me concentré una vez más. Pero sentí aún menos. Esta vez sí había resistencia: la imitación fatula de David me hacía rechazar, por orgullo, cualquier inclinación al simular, cualquier invitación a dejarme caer al suelo a ver si así pasaba algo. Me quedé parada allí, estoica. Le ofrendé a Changó mi (in)dignidad, y cualquier castigo que de ella surgiera.

Y entonces se acabó.  O tal vez empezó.  Porque de repente, y sin tanto aspaviento como David, Ochún bajó sobre uno de sus hijos, un profesor universitario con abundante bigote. El catedrático, le decían los demás santeros y santeras. Casi al mismo tiempo, Changó cabalgó a uno de los suyos, un hombre flaco, muy serio, que frecuentaba la casa de mi madrina y a quien mi madrina evidentemente le tenía mucho respeto, porque le sacaba cigarros y vajilla fina, cada vez. Ese señor fue el que me afeitó la cabeza el primer día, y el único que, la primera noche que pasé allí, solita en mi trono, calvita y llorando de miedo y de frío, me llevó una manta gruesa y me dijo que todo estaría bien.  Ese señor era ahora mi papá. Y a él sí se lo creí.

A David se le pasó la posesión rapidito que Ochún cabalgó al otro.  Se tiró en una silla haciéndose el agotado y madrina Carmen fue a atenderlo con mucha monería y movimiento de manos. Le acarició la frente, lo felicitó.

El verdadero Changó ni la miraba. Fue directamente a donde el otro bigotudo, Ochún, y se abrazaron y besaron cariñosamente.  Tanto bigote junto me dio un poco de risa, pero mi madrina me lanzó una mirada afilada de perfil, como un pájaro cabezón, y cerré la boca. Una mujer me sirvió un plato de carne de chivo flotando en caldo grasiento. Recordé los gritos de los chivos esa mañana, recordé el olor a sangre que todos los días bañaba mi habitación, y fui a vomitar. El bol cayó al suelo, la carne y el caldo asqueroso a mis pies.

En el baño, vomité una cosa amarilla, y recordé que ese día no había comido. Me lavé la cara, me acomodé el pañuelo para que no estuviera expuesto ni un pedacito de mi calva, y regresé a la marquesina.

La escena que me encontré era de miedo.

Los batá seguían tocando, furibundos, poseídos, hermosos. Una mujer limpiaba la carne y el caldo que yo había tirado. Ochún estaba de rodillas, gimiendo en lucumí,  sus brazos extendidos en dirección a Changó.  Changó estaba al lado de madrina Carmen, las manos fibrosas alrededor del cuello de la doña, susurrando acusaciones que yo no podía escuchar, Carmen agarrando las manos del que era su santo y el mío, rogando por su vida.

Todos rogaban. Alguno que otro gritaba, gimiendo, y recordé los chillidos de los chivos.

Changó soltó su presa, su hija. Golpeó el racimo de plátanos que adornaba la pared, y luego tornó su cuerpo en mi dirección. Caminó hacia mí. Yo temblaba. ¿Tal vez me ahorcaría, por mi fracaso?

Pegué la barbilla del cuello, para protegerme del ataque de mi santo, y encorvé la espalda. Pero Changó puso sus manos grandotas bajo mis codos, me levantó hasta llevarme al nivel de sus ojos negros, y me dio un beso en la frente. Luego me tomó en brazos, como si fuese una bebita. Se sentó en una de las sillas y allí me acunó largo rato.

La gente se fue calmando, la conversación se animó, el baile se reanudó, tentativo, y los platos de carne guisada de chivo continuaron circulando, más y más. Papá Changó me dió un caramelo de miel que le trajo Ochún para mí. Mamá Ochún se sentó con nosotros y me dio arroz blanco en la boca, arroz ligerísimamente mojado con caldo de chivo, con una cuchara. Yo estaba a punto de dormirme al calor de mis bigotudos, tiernos y divinos progenitores, a pesar del hambre, a pesar del susto, cuando recordé a mi mamá terrenal, a mi hermanito en su barriga. Me pregunté si Teté, como yo, habría vomitado al ver el plato de chivo guisado. La busqué con la vista.

Pero mi mamá ya había salido. Su silla estaba ahora ocupada por una mujer anónima, vestida de tie dye violeta, comiendo chivo con fruición.

“Fue el batá”, dijo uno de los asistentes.  “Aceleran los partos, es una cosa muy fuerte para una mujer preñá.”

Y entonces fue que verdaderamente tuve miedo.

*Publicado previamente en la revista ochenta grados.

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Universidad para muchos

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CUA(publicado en El Nuevo Día electrónico, 3 de mayo de 2013)

Mis colegas y yo hemos estudiado la relación entre educación superior y pobreza en Puerto Rico desde el 2006. A raíz del trabajo comunitario y de la investigación con jóvenes y adultos en espacios económicamente desaventajados, podemos decir hoy que compartimos una meta, un norte académico y moral.

Creemos firmemente en que, por el bien del país y de sus individuos, más jóvenes puertorriqueños, y especialmente aquellos que vienen de los hogares más pobres, deben graduarse de la universidad. Es decir, nos parece urgente lograr que nuestros jóvenes más pobres, 1) estén mejor preparados para la universidad y más expuestos al rigor académico en sus escuelas, 2) soliciten y sean admitidos a la universidad que más les convenga, y 3) se gradúen de la universidad.

La reacción a este mensaje ha sido mixta. Ha habido mucho apoyo, resonancia y entusiasmo, pero también serias dudas, algunas de las cuales quiero atender.

Nos han dicho, por ejemplo: “Ya hay demasiada gente en las universidades y no hay suficiente empleo”. La crisis de empleos es real. Pero resulta dudoso plantear, como respuesta, que la gente se eduque menos o que los universitarios son “demasiados”. El censo indica que solamente cerca del 20% de la población cuenta con un grado de bachillerato, y casi el 34% de la población puertorriqueña mayor de 25 años no tiene un diploma de escuela superior.

Más dudosa todavía es la idea de que reducir la proporción de universitarios es bueno para la economía: el ingreso mediano de un graduado de escuela superior ronda los $11,000, mientras que el de un graduado de bachillerato se acerca a los $46,000. Peor aún: nuestros hallazgos demuestran que mientras más pobre un estudiante, menor es la probabilidad de que solicite, sea admitido y se gradúe de la universidad. Además, esto es especialmente cierto en los programas que ofrecen mayor movilidad social como las ciencias, la medicina y las ingenierías. Cabe preguntarse, cuando hablamos de “universidad para algunos”: ¿a quiénes estamos excluyendo?

Nos dicen también cosas como “aumentar el acceso a la universidad implica debilitar los currículos y devaluar el conocimiento universitario”. Eso no es ni cierto ni deseable. De lo que estamos hablando es de proveer oportunidades reales en las escuelas y universidades. Que los estudiantes aprendan más, no menos.

Dos universidades públicas californianas ilustran bien este concepto. En San Diego, la universidad trabaja directamente con distritos escolares de mucha pobreza, educando y apoyando a estudiantes, maestros y consejeros, y logrando que más estudiantes logren ser admitidos. En Northridge, la universidad invierte recursos humanos y económicos, incluyendo a sus mejores profesores, en cursos y programas remediales para los estudiantes admitidos con mayor necesidad académica, que (allá y acá) tienden a ser también los de mayor necesidad económica.

¿Nuestra realidad? No hay suficientes oportunidades académicas en nuestras escuelas.  Casi el 80% de nuestros estudiantes asiste a escuela pública. En mi pueblo, por ejemplo, hay dos escuelas públicas superiores. En una de ellas, no hay currículo preparatorio (mal llamado “avanzado”). En la otra sí lo hay, pero está por lo general disponible solamente para una minoría (menos del 10%) del estudiantado.

Muchos estudiantes deciden, temprano en su vida, que la universidad y el conocimiento no son para ellos, y el País, a veces, parece hacerles eco. “Esos nenes no tienen interés”, es probablemente lo más doloroso (y frecuente) que nos ha tocado escuchar. “No quieren estudiar, no les interesa la universidad”.

Pero, como dicen mis colegas: poder es querer. Si alguien (o su hijo) nace en una circunstancia en la cual la motivación, la expectativa y la preparación para la universidad están presentes, resulta muy difícil que no se convierta en universitario. Lo inverso también es cierto.

Si queremos más “interés”, tenemos que convertir el desarrollo de ese interés y de la preparación académica que debe acompañarlo, en un proyecto de país.

Tal vez es nuestro proyecto más urgente.

Nota:  El Centro Universitario para el Acceso ha estado realizando trabajo de investigación y alcance comunitario con esta meta desde el 2007.  Este escrito está dedicado a sus investigadores actuales, Lissette Rolón y David González, y a su clase graduanda, que celebrará sus muchos logros el próximo sábado.  CUA! CUA! CUA! :) Para más información sobre el CUA, o para donar tiempo o recursos, favor de escribir a: centro.acceso@upr.edu, o visitar http://cua.uprm.edu.

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fantasma

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neuronsEl olor era claro, agudo, perfecta e inevitablemente separable de otros olores en su entorno. Pero a la vez, me resultaba completamente desconocido, no identificable. Químico, pensé, tal vez alguna emisión de una fábrica vecina, y cerré las ventanas del auto. Pero el olor continuaba: de hecho se hizo más intenso. Tenía que venir del propio auto. Está en los ductos de aire acondicionado, de seguro.

Decidida a prevenir nuestro envenenamiento, llevé el auto al mecánico. El aire estaba bien, me dijo. Nada fuera de lo normal.

¿Y cómo era ese olor?, preguntó.

Químico, contesté. No sé, no lo había olido antes.

Se encogió de hombros. Internamente lamenté su evidente incompetencia, su indiferencia de burócrata hacia la salud respiratoria de mi familia.

Al día siguiente, sentí el olor en uno de mis salones de clase. Parece que el aire está contaminado aquí también, pensé, ahora más indignada. Este asunto era un problema general, tal vez hasta una causa.

Pero esa noche, el olor estaba en casa. Y en casa no hay aire acondicionado. ¿Vendría acaso de mí misma, de mi propio cuerpo?  Le pregunté a mi familia. No, no olían nada en el aire. No, tampoco en mi piel, ni en mi exhalación. No había tal olor, insistían.

Nadie más podía olerlo. Sólo yo. Era químico, desconocido, y mío.

***

Me puse (por supuesto) a buscar en internet. Mis pinitos de internauta autodidacta comenzaron, un tanto patéticamente, con las palabras clave “un olor que no está”, “un olor que otros no huelen”, “olor químico desconocido.” Al cabo de una hora o dos, me había puesto más sofisticada. Buscaba cosas como “phantosmia” y “alucinación olfatoria”, y a cambio aprendía sobre narices, cerebros y sobre las posibles causas del fenómeno que me aquejaba: actividad epiléptica, un tumor, Parkinsons, un catarro discreto.

Movida por el optimismo y el principio de parsimonia, decidí explorar la hipótesis del catarro, y fui a un médico de familia. La interacción fue parecida a la que tuve con el mecánico. Los ductos respiratorios: bien. Los pulmones: bien. La garganta: bien.

¿Y cómo exactamente es ese olor?

Como… químico. 

¿Cómo que “químico”?

Pues químico, a un químico, no sé, nunca lo había olido antes.

…Pues no sé….tendrá que ir al neurólogo.

El buen doctor tenía cara de preocupación, de modo que antes de ir al neurólogo, se me ocurrió la bendita idea de rebuscar las memorias ajenas en busca de información sobre mi abuela materna, que había muerto hacía mucho de cáncer cerebral. Supe que murió a los cuarenta años de un tumor en la cabeza; que uno de los síntomas era un olor que no podía identificar (era huevo podrido, y quemado, creo que dijo alguna vez); y que tenía además el pelo y las uñas muy débiles.

En los días que describo, los días de la génesis de mi olor fantasma, yo también tenía cuarenta años. Mi pelo y mis uñas se habían puesto frágiles a partir de mi último parto, cinco años antes.

El olor a químico se me antojó de pronto un poco como un anuncio de lo infernal, en el sentido clásico de la cosa como el paraje habitado por los muertos. De hecho, dicen que el infierno (en el sentido más cristiano y popular de hogar del diablo) huele a azufre. Pero tal vez ese dicho se lo inventaron cuando los olores “químicos” a los que las narices comunes y corrientes tenían acceso eran pocos y el azufre era más común que otros. ¿Qué tal, pensé, si el infierno sencillamente huele a químico?

Las búsquedas en google se tornaron más enfocadas. “Tumor” y “phantosmia”, “brain cancer” y “olfactory hallucination”. Eventualmente “brain cancer” y “prognosis.” Todo ello mientras me halaba los pelos y me masticaba las uñas, empeorando y confirmando así la debilidad de ambos. A veces lloraba, también.

Y escribía, escribía como una condenada, escribía como quien se rasca una picada, como un perro recién bañado que se sacude o un humano recién parido que llora o un prisionero torturado que confiesa lo que no hizo: Inevitablemente, irreflexivamente, buscando alivio, y porque sí.

Llamé al neurólogo. Amabilísimo y cortés (comportamiento altamente sospechoso e inusual en un especialista) este señor me mandó a hacer un MRI inmediatamente, confirmando así mis peores y más hipocondríacas sospechas. Me hice un calendario mental (viajar a Italia, conversar con mis hijos, ir a la playa) y continué alternando trabajar, escribir, llorar, y arrancar pelos y uñas mientras esperaba los resultados, que tardaron algunos días.

Las noticias del MRI (en contraste con su riqueza visual) eran parcas, pero buenas. No había tumor.

***

El olor siguió allí. Iba y venía, sin avisar. Traté de correlacionar sus llegadas y partidas con alimentos, horarios, eventos, climas, patrones de sueño. Nada.

Todavía me visita, aunque con menos frecuencia.

Sumida en mi pequeña, secreta, rutinaria y boba condena olfatoria, me he preguntado si hay una relación entre ese olor y la escritura. Y al parecer sí. Es posible que haya una relación entre el acto o las ganas de escribir, las alucinaciones de todo tipo, incluyendo olfativas, y la actividad del lóbulo temporal. De hecho es posible que existan relaciones (cuando del cerebro y de los humanos se trata, hablar de “una” relación resulta medio simplón) entre la producción creativa, en general, y esa región entre la sien y la oreja. Que allí ocurren (y/o provocamos) cosas. Eventos. Cambios químicos, físicos o eléctricos masivos como catástrofes o sutiles como brisas y vuelos de mariposa, cambios que pudiesen explicar, o complicar, la aparente relación entre mi olor fantasma y el impulso de ordenar significados a través de las letras.

La neuróloga (y escritora exquisita) Alice Flaherty describe algunas de esas relaciones en The Midnight Disease, la enfermedad de la medianoche. Examina, por ejemplo, la producción creativa masiva y novedosa de Van Gogh, Flaubert, Dostoievski, todos ellos maldecidos con epilepsia temporal. Examina también su propia crisis post-parto, caracterizada tanto por la escritura constante e incontrolable como por voces internas que eran casi-casi alucinaciones. Hipotetiza una relación parecida entre la actividad cerebral y la experiencia mística, y el fenómeno cerebral como el origen del concepto de “musa” creativa.

Y aclaro que no es que me ponga yo en esa categoría, en esas ligas artísticas y estéticas: La mayor parte de los seres que se ponen a escribir a la vez que se les activan voces, visiones y otras formas de alucinación no producen nada demasiado interesante. El elemento común es más bien el volumen de la cosa, y el producto más común es más parecido a un diario o una colección de videos caseros que a una sinfonía. Pero creo que ustedes me entienden cuando digo que tengo que escribir para entender, o que sencillamente tengo que escribir.

Un olor claro pero desconocido, que visita con frecuencia pero sin aviso, que puede o no guardar alguna relación con las otras cosas, tontas o profundas, que me definen. Tal vez soy afortunada. Tres neuronas a la izquierda y quizá estaría escuchando voces o viendo criaturas fantásticas dentro de mi sandwich. En la jerarquía de los sentidos, el olor no es demasiado importante, y quizá por eso mismo resulta más aceptable, en términos psicosociales, oler una peste que otros no huelen que ver seres u objetos que otros no ven, o escuchar voces que otros no escuchan.

Pero de algún modo es un goce, un alivio, reconocer la existencia de conexión y de misterio. Porque el fantasmal olor que me visita es un misterio, y como tal me sirve como recordatorio de lo misterioso que es el mundo, empezando por mi propio cuerpo y mis sentidos. Me sirve para no tomarme demasiado en serio lo que creo ver, tocar, oler, saber, conocer, pensar.  Y a la vez para recordar que a veces, incluso sin querer, incluso en las áreas más triviales, más ridículas, nuestro cuerpo nos permite, nos impulsa y nos obliga a crear y recrear lo innombrable, lo inefable, lo que no existe.

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Publicado previamente en la revista 80grados.

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