doctor libro

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huck finnEn un artículo reciente del New Yorker, me encontré con una de esas cosas que conocemos sin saberlo, que hemos usado sin proponérnoslo. Se llama biblioterapia, la cosa, y tiene que ver con usar la lectura (especialmente de ficción, poesía y ciertas formas creativas de no-ficción) para atender dilemas o situaciones personales, o más bien para procesar las emociones que nos acarrean esas situaciones. La pena y el duelo, el amor y el desengaño, la infelicidad, la insatisfacción, la crianza, nuestra propia mortalidad, la pérdida, el exilio, todas ellas y más son temas tratados en la literatura por mentes diestras, y la lectura de esa literatura puede ser un acto no solamente entretenido, sino además sanador.  Esa es la premisa básica de la biblioterapia.
     Ojo, sin embargo: No hay que confundir esta práctica con la lectura de libros de auto-ayuda o “self-help”. Si bien estos últimos pueden ser de utilidad, y si bien hay algunos (me temo que pocos) que son además buena literatura, la biblioterapia no consiste en leer libros escritos por psicólogos, diseñados para hacernos sentir mejor. Más bien se trata de leer obras literarias buenas y en el proceso, vivir un poco más plenamente.  Igual que pasa, argumentarían los amantes de otras artes, con una sinfonía, una canción, un cuadro, una película.
     Creo que cualquier lector más o menos voraz sabe a lo que me refiero, y comparto un par de ejemplos. A Diane Ackerman, la autora del delicioso “Historia natural de los sentidos”, se le enfermó el marido, que es también escritor. El hombre quedó con afasia severa como consecuencia de un derrame. La historia de cómo la pareja brega con el asunto es un libro digno de leerse por sí mismo (está bellamente escrito, y sirve, en el enfoque biblioterapéutico, para pensar en el amor, la escritura, la enfermedad y la pérdida), pero el asunto es que Ackerman se enfrenta al desafío, en parte, haciendo la misma cosa que ha hecho casi toda la vida: Leer. Y que la lectura de libros sobre, o escritos por, autores que también sufrieron de afasia, como Ralph Waldo Emerson y William Carlos Williams, le sirvió para procesar sus experiencias cuidando a un ser amado con afasia tanto o mejor que sus lecturas más prácticas, diseñadas para entender el desorden. En otro ejemplo, tal vez más dramático en escala, Nina Sankovitch decidió leer un libro por día poco después de perder a su hermana, que murió de cáncer, y pasó un año completo (documentado en su memoria “Tolstoy y la silla púrpura)” leyendo y reseñando un libro diario. Algunos le sirvieron para pensar en su hermana, otros para pensar en el duelo y la pérdida, aún otros para pensar en la vida y todo lo triste y feliz que ella contiene.
     A mí la idea de que los libros te sirvan para entender, para crecer y para sanar más allá del que sea su contenido o propósito explícito me hace sentido intuitivamente y en el contexto de mi propia historia. Recuerdo bien tener ocho años, por ejemplo, y estar viviendo en condiciones difíciles. Había hambre en mi casa, había pobreza, había enfermedad, había desesperanza, había vulnerabilidad. Había también un libro–no el único en la casa pero ciertamente el más grueso– que me había regalado mi papá, una edición completa y adulta de Las Mil y una noches. No sé cuántas veces leí ese libro, pero sé que fueron muchas. Es difícil expresar lo importante de leer una y otra vez a Sherazade tejer historias para escapar de la muerte cada noche, de ver que los paisajes de miseria son parte de historias en otros espacios, en otros tiempos, de escapar con una alfombra, de ubicar el sufrimiento individual en el contexto del de un pueblo. Las lecciones de la ficción pueden ser tan precisas, y tan complejas, como las de la historia. Y tener un buen libro a la mano, creo firmemente hoy, de algún modo me salvó. Más de una vez.
     Pero creo que he escrito o hablado suficiente por hoy. Lo que más quisiera es escuchar o leer sobre otras experiencias, las tuyas, lector, lectora. Cuéntame de los libros que te han ayudado a trabajar con emociones o situaciones difíciles. Me puedes contar aquí, en tumblr, en Facebook, o enviarme un mensaje a: rbrusi@gmail.com. Comparte conmigo (y si te animas, ¡anímate! con la audiencia) el rol, si alguno, de la biblioterapia en tu vida.
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island time

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taponLos viajes, especialmente aquellos que cruzan las líneas invisibles que marcan diferentes zonas temporales, suelen trastocar el sentido básico del tiempo-en-el-cuerpo, la sensación fundamental del tiempo que pasa, del tiempo que pasamos. Para empezar, el “largo” de un viaje puede tener poco que ver con la distancia. Mi último viaje a Puerto Rico, desde California, duró más de veinte horas, puerta a puerta. Se sintió un poco como viajar al Japón, a pesar de ser mucho más cerca.

 

No, nunca he viajado a Japón. Pero articular “lejos” se tradujo en “Japón” en mi mente y en mi teclado. El caso es que California está lejos pero no es para tanto, y que en el proceso de encontrar vuelos económicos para venir a visitar se trastocó la dimensión “tiempo” del asunto, se le sumaron horas como resultado de dinámicas socio-económicas protagonizadas por las líneas aéreas y sus estructuras.

 

Al llegar a esta isla que es mi hogar aunque esté lejos, el tiempo siguió formándose y deformándose en modos a veces cómicos, a veces trágicos, tal vez siempre tragicómicos.

 

Ocurrió cerca de la llegada, por ejemplo. Agotados tras el larguísimo proceso que necesitó el alquiler de un auto reservado con anterioridad, nos fuimos chinguín-chinguín al suroeste de la isla, donde vive mi familia.

 

El tapón inesperado –era domingo– comenzó poco antes de Guayanilla. Se extendió hora y media. Lo atisbábamos culebreando frente a nosotros vía Yauco. Al principio nos quejamos y luego, pensando que de seguro se trataba de un accidente, nos callamos la boca por respeto a los heridos, tal vez muertos, que imaginábamos al principio del tapón.

 

Las patrullas municipales que nos pasaban a toda velocidad y con la sirena encendida por el paseo reforzaban la hipótesis del accidente.

 

Pero hora y media más tarde descubriríamos que no había accidente. Bueno, no en el sentido literal de la palabra. Se trataba de una procesión. COFRADIA DE CABALLEROS PENITENTES, decían los letreros. Bajo la lluvia, los caballeros cofrades en cuestión caminaban penitentemente detrás de un cristo. Ocupaban el paseo y un carril. Las patrullas ocupaban un segundo carril, con lo que el tráfico común y corriente, el de gente como nosotros, gente en ruta a alguna parte, gente externa a la cofradía, a la penitencia y a la policía, quedaba relegada a una porción muy reducida de ese segundo carril y forzada a hacer penitencia también, a servir de audiencia para el performance de fe y de abnegación de una docena de…cofrades.

 

El viaje de San Juan a Lajas, que debía durar hora y media, duró así cuatro horas. El tiempo se distorsiona y se expande, y esa distorsión estaba mediada por la fe.

 

Llamé a mi papá para avisarle que llegaríamos tarde, y me enteré así de que este tipo de cosa se ha vuelto común en la isla. Me habló de los bloqueos de oración, por ejemplo, algunos de ellos apoyados, como la procesión de la cual nos volvimos participantes involuntarios, por la policía municipal, donde un grupo de devotos te detiene para orar por ti y/o lograr tu conversión.  Tu tiempo–el que pensabas destinar para lo que fuera, para llegar a alguna parte, para mirar el cielo, para hacer una diligencia, para pasarlo con otras personas–es en estos casos secuestrado por otras agendas, agendas dictadas por la fe de otras y otros. Durante nuestro tiempo en la isla no fuimos bloqueados de nuevo, pero sí tuvimos oportunidad de ver múltiples servi-carros de oración, que parecerían ser parte del mismo tipo de movimiento.

 

Allí mismo en el carro bautizamos esa distorsión temporal. La llamamos island time. No la articulábamos todavía en términos de una coordenada que se estira y encoge en procesos mediados e influenciados por la fe, no entonces, pero en días subsiguientes veríamos y viviríamos otras experiencias que nos llevarían a hacer esas conexiones, y a recordar que la fe no es solamente un asunto religioso. Experiencias como liquidar los fondos de una IRA educativa para pagar los gastos universitarios de uno de nuestros hijos.

 

Siendo ese, la educación universitaria, el propósito de la IRA, una pensaría que se trata de un asunto relativamente sencillo. No conté con el island time. Los documentos que llevamos, ordenados y llenos según las instrucciones que previamente nos habían dado, fueron todos cuestionados, los papeles se tuvieron que notarizar más de una vez, y el proceso completo se sintió no tanto como el de liquidar una IRA sino como el de sacarle una muela pequeña y dura a un monstruo peligroso pero pasivo, recostado, gigantesco, inexpugnable.

 

Cada cuestionamiento (“eso debería tener un sellito”, “eso va a tener un penalty”) iba acompañado, curiosamente –y aquí es donde viene el tema de la fe– del siguiente ritual: la persona a cargo de ayudarnos se levantaba, se iba a algún lugar del banco, hacía una llamada telefónica, se tardaba mucho rato, regresaba con una respuesta desfavorable. Como por ejemplo:

 

Ella: “Sí, vas a tener que pagar un penalty”.

Nosotros: “¿Sí? ¿Por qué?”

Ella: “Porque llamé a donde nosotras llamamos, y allí hablé con el muchacho que brega con estas cosas, y él me dijo que este retiro tiene un penalty.”

 

Chúpate esa. El muchacho que sabe de esas cosas en donde nosotros llamamos. La fe no es sólo la de la señora que nos atiende–la fe se nos exige a nosotros, los clientes, como parte del proceso. No hace falta más explicación que esa. Lo dijo EL. Desde EL SITIO.

 

——

La distorsión del island time no siempre ocurrió en mi contra durante este viaje. A veces el tiempo se distorsiona para contraerse, acelerando, por ejemplo, una diligencia que debería ser más larga. Dejo como evidencia una última anécdota: Acompañé a mi madrastra a inspeccionar el carro y sacar el marbete. Pensando en mi experiencia con el banco, supuse que si el asunto “debería” tomar una hora, tomaría cuatro o cinco. Pero no fue así, porque cuando llegamos al taller en donde debíamos inspeccionar el auto y nos tocó el turno, un joven muy amable se acercó a la ventana del conductor y preguntó:

 

“La inspección, la quieres Express, verdad?”

 

Ni miró ni tocó el automóvil. Quiero pensar que su prisa estaba mediada por la fe en alguna cosa que protegerá al planeta de las emisiones. Salimos de allí en cinco minutos. Island time.

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verbo*

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01.0030__Creation._Adam___Eve._Genesis_3_v_7._PerelleY la Historia se hizo historia, se redujo y concretó en carne viva, en verbo, en mí.

 

Porque la Historia esconde historias, pero sólo en ellas vive, se revela y se rebela; respira, reniega, se reproduce.

 

Creo que fue en la biblia que aprendí que las oraciones sí pueden comenzar con “Y”, así, mayúscula, que la “Y” es no sólo transición sino inicio.  Supongo que hubo algunas biblias más tempranas, pero la primera que recuerdo es esa, la de los diez años, la del quinto grado del Colegio Lourdes en Hato Rey, Puerto Rico, mi primera escuela privada, mi primera escuela católica, la biblia verde, roja o azul, venía en varios colores. La mía era mía,sólo mía, qué maravilla, que cosa tan nueva para mí, tenía mi nombre y no otro(s) en el dorso de la portada, y era verde.

 

La Nueva Biblia Latinoamericana. Años más tarde aprendí que no importa el nombre que lleve, la biblia es siempre biblia y de ella no se aprende nada bueno. Pero esa primera (y última) biblia llegó a mi vida porque algunos adultos en mi entorno pensaban que de ella se aprendía todo. Ahora, tratando de escribir este texto, aprendo que todos estábamos equivocados.

 

El nombre de la biblia sí importa. Elegir la Nueva Biblia Latinoamericana como texto fundamental era, para las monjas dominicas que me educaron del quinto al décimo grados, un acto político. No era la biblia del Rey James (¿quién carajo es James anyway?), no era una biblia anticuada y tampoco era una biblia gringa, era nueva y latinoamericana. Eso, pensaban las monjitas, la hacía más relevante.

 

A mí todo eso me importaba un rábano.

 

En español boricua no suele decirse “rábano” al declarar que algo importa poco. Solemos decir “pepino” o “carajo”, dependiendo de la audiencia. Pero en algún momento anterior a mi encuentro con la biblia tuve encuentros con otros textos, tan fundamentales para mí como cualquier otro que cayese en mis manos y se acercase a mis ojos hambrientos.  Uno de ellos fue la sección dominical del periódico de récord, donde Lucy, Charlie Brown y Snoopy se llamaban “rabanitos”. A saber porqué se llamaban así. En inglés, el idioma del otro periódico que recibíamos en casa y al que le decíamos simplemente “el periódico en inglés”, Charlie Brown y sus amigos eran “peanuts”, maní. Los “rábanos” aparecían también en otros textos, relatos, novelas, libritos de mis abuelos y sus hijos, libritos que yo devoraba de prisa, como si se fueran a desaparecer, y esta prisa no era del todo descabellada, porque los libros estaban tan llenos de polilla que temerlos desintegrados en mis manos era casi realista . En esos textos era más probable que a alguien le importara “un rábano” que un “pepino”, y la palabra “carajo”, de todos modos, no me estaba permitida, así que “rábano” se adhirió a mi léxico personal, como lo hicieron, desde otros libros apolillados, palabras como “armario”, “mejilla”, “páramo”, “cajón”, “heladera”, “mallete”, “facón” y “pelotudo”.

 

Las palabras no comunican nuestros pensamiento:Las palabras son pensamiento. Y el verbo existía desde el principio, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios.…

 

Descubro así, escribiendo, que de la biblia aprendí que los textos pueden empezar con “Y”, y que los textos que dan inicio pueden llamarse simplemente “Inicio”. “Génesis”. En la biblia pude además leer sobre asesinatos cruentos y condenas crueles, temas censurados en los otros libros que nos asignaban. Y Dios le dijo a Caín ¿Qué has hecho? ¡Escucha! La sangre de tu hermano clama desde el suelo. Ahora estás maldito y la tierra, que abrió su boca para recibir la sangre de tu hermano rechazará tu mano. Cuando trabajes la tierra, no te dará fruto. Vagarás eternamente sobre la tierra.

 

No es que no me leyera los otros textos asignados,oye, sí que me los leía; pero solían ser cortitos y se me acababan, o estaban diseñados no para leerse sino más bien para “usarse de referencia” que quiere decir lo mismo que “sufrirse”… Los libros más o menos buenos se me acababan en la primera semana de clases. La biblia contrastaba porque tenía aguante.  Página tras deliciosa página de venganzas, odios, muertes, sexo…. Dios instruyendo a Rut para que se le ofrezca, sexy en su sumisión,a un nuevo marido. Judit, zalamera, seduciendo a Holofernes para decapitarlo en el dulce sueño post-coito. Ester aprendiendo lecciones en la intersección entre la astucia política, la justicia social y los nacionalismos. Esas heroínas bíblicas eran más poderosas, más interesantes y más sexuales que las de las telenovelas que en casa de mis abuelos no me dejaban ver. Hoy sonrío ante la inocencia de esa prohibición. Con todo ese material…er… “pío”, francamente, ¿quién necesitaba telenovelas?

 

Mi amado metió su mano por la abertura de la puerta, y se estremecieron por él mis entrañas. Creo recordar que la nueva biblia decía “hígado”, no entrañas, pero igual (aprendería yo, mucho más tarde) son mejores las dos, “hígado” y “entraña”, para pensar en el amor y en el deseo, que esa metáfora agotada que es la del cansado y repetido corazón. Leyendo de hígados y entraña, ¿quién necesita acceso a Jazmín, Cosmopolitan, Vanidades, o a cincuenta sombras del color que sea?

 

Me paré sobre la arena del mar, y vi subir del mar una bestia que tenía siete cabezas y diez cuernos…Una ojeada al apocalipsis, y todas las películas de horror callan y se ruborizan (¿Callarán y se ruborizarán todas las películas…?) Se desvelan los orígenes del existencialismo (tal vez no el de la Historia, pero sí el de las historias de mi generación), se despiertan las ansiedades sobre la muerte y el más allá, como despertaron las de la violencia, las del sexo y las del más acá los libros bíblicos anteriores.

 

Basta con una mirada al apocalipsis, al Génesis, a tipos como Moisés, que se la pasaba aparentemente hablando con matojos en llamas y con dioses invisibles, y reconocemos que los que alucinan y cuentan han sido escritores y revolucionarios desde siempre, y que la elección del loco de moda es un asunto bastante arbitrario. Un loco en el manicomio, otro en la premiación de los nóbel, otro preso, otro más declarando un nuevo país.

 

Mis compañeros de clase, todos ellos más religiosos que yo, se sorprendían al verme leer la biblia con tanta fruición en plena clase de español, matemáticas, ciencias. Ninguno sentía particular amor por la biblia. Les parecía aburrida, y no los culpo. Acto político o no, el currículo dominico preparado en torno a la Nueva Biblia era bastante soso, corría en paralelo con esas misas dominicales que a mi sí me aburrían, me aburrían con violencia, un aburrimiento que se somatizaba en una náusea que empezaba suavecita con la primera lectura, se crecía con el salmo, y que ya para la tercera lectura me sentaba en el banco, reducida,enferma, con ganas de gritar.

 

Mi abuelita me miraba en la iglesia con la expresión que sus hijos, mi papá y mis tíos, tanto temieron al crecer. La palabra en inglés es contempt. Yo la perdonaba;intuía, ya desde entonces, que esa aparente combinación de enojo y desprecio resultaba no del odio, ni siquiera de la indignación, sino de la conciencia aguda del juicio ajeno. O tal vez, viviendo como vivía yo entonces medio arrimá en la casa donde generosamente me habían acogido mis abuelos tras una infancia accidentada, yo me había resignado de entrada a su contempt. Además no importaba: honestamente yo no podía evitar la náusea, o que la misa me pareciera un horror insufrible.  Eventualmente, a los doce o trece años, sencillamente dejé de ir a misa, y nuestros domingos y relaciones familiares mejoraron mucho.

 

Conocedores de mi poco amor por las misas, mis compañeras y mis maestros no podían entender, entonces, mi afición por Rut, Judith, La Bestia, La Prostituta, la Amada y el Amado. Por mi parte, yo no podía entender cómo esas cosas, las más interesantes de ese libro gordo y verde, languidecían, sus páginas limpias de dedos y de lápiz, mientras leíamos una y otra vez los evangelios, que repetían los mismos eventos desde ángulos distintos pero con el mismo lenguaje. O las malditas cartas, cuyos destinatarios nunca discutimos porque no importaba, todas decían lo mismo.  O los salmos, cuya poesía resbalaba sobre mis jóvenes sentidos, tan bucólica con sus ovejas y sus pastores, tan distinta a las pasiones del Cantar.

 

¡Que no hay que andarse por las ramas, Rimita, preciosa mía!! me decía, biblia roja en mano, exasperada pero encantadora, una de mis monjas favoritas cuando me veía venir, biblia en mano también, con alguna de mis querellas pedagógicas. Era mi monjita favorita porque tenía el cuerpo diminuto y la sonrisa gigante, generosa y fácil. Tal vez temía que me diera cuenta de que la biblia era un texto caótico, escrito por muchos locos distintos provenientes de diversos tiempos y espacios, una especie de aleph de artificio. Pero no tenía que preocuparse la monjita querida, porque eso lo supe de inmediato, en cuanto la leí. La imposición de orden sobre la biblia me parecía, y aún me parece, un acto violento de estrategia política, no una decisión racional de argumento narrativo.

 

Movía mi monjita su dedo índice frente a su rostro preocupado, frente a su sonrisa por renacer.  ¡Usted lea lo que tiene que leer, y no otra cosa!!! Los trozos selectos leídos años tras año de los salmos, las cartas y los evangelios eran así el tronco del edificio de la biblia como instrumento de pedagogía y dogma. Los libros que me gustaban a mí eran sólo ramas, ramas por las que aparentemente no había que andarse.

 

Pero hoy sé, y entonces intuí, que el refrán que le sirve de subtexto a mi monjita también se equivoca. Que las ramas son tan árbol como el tronco. Que sin ellas, el árbol, tanto el cotidiano como el arquetipal, no es árbol sino más bien un mero “tronco”, un árbol medio muerto, comatoso.

 

Las ramas hacen al árbol; y la Historia sólo lo es por y desde las historias (todas, hasta las escondidas o contradictorias) que contiene, celebra u oculta.

 

Jonás no pudo, no quiso aceptar que tenía que escribir y contar cosas, hasta que lo metieron en la panza de un monstruo marino que eufemísticamente llamamos “ballena”. Saulo no pensaba escribir cartas hasta que lo cegaron. Y José el carpintero aceptó la infidelidad de su mujer por razones que ni la biblia ni mis maestras podían o sabían explicar.  Todo ello constituye una hermosa iniciación en las complejidades y misterios de argumento y personaje.

 

Ese año fue el primero y el último que me acerqué a la biblia como habría que acercarse a cualquier texto:con muchas ganas y con los ojos abiertos.  Creo que me la leí toda en quinto grado, que aparecieron otros libros, que la abandoné, rica en historias y en detalle, llena de lecciones no tanto morales como de técnica y tono, de escritura y narrativa. Creo que, malagradecida yo, la había olvidado, a ella y a las dominicas que me tuvieron tanta paciencia, hasta que me senté a escribir esto y la primera oración se encarnó en la página, para mi sorpresa, con esa  anticuada y mayúscula  “Y”. Que fue ahora que por primera vez en muchos años ví a la biblia y me ví a mí misma en toda la nueva y minúscula gloria de un pupitre y mis diez años.

 

*Publicado previamente en la revista digital Ochenta Grados.

 

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instrucciones para secarse el llanto

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letter i1. Comience antes de llorar: En estos asuntos, como en tantos otros, lo mejor es la prevención. De hecho evite el llanto a toda costa. Ver “instrucciones para no llorar”.

2. Recuerde que una vez hay agua, esto de secar llantos es como mantener a flote una balsa con un agujero en el fondo.

3. Evite los remedios caseros de tipo “contar bendiciones” o “distraerse”, porque dependiendo del tipo de llanto, la bendición y la distracción son tan peligrosas como la maldición y el pesimismo, tal vez más.

4. Enfóquese, concéntrese: ¿Por dónde viene el llanto? No me refiero a la dirección emocional de su neurosis sino a la orientación física de la lágrima en el espacio disponible, que por lo pronto es el de su rostro. ¿Está desbordándose del ojo izquierdo?¿Se suspende, suicida, de la punta de su nariz?

5. Visualice la lágrima como el fruto de un jardín colgante, y abalcónela entre sus facciones. Es decir, prepárela y pásela del ojo a la mejilla más cercana, o de la nariz al área del bigote.

6. Ubíquela, si puede, cerca de un orificio. Los de la nariz y la boca son preferibles a los de las orejas. Los poros suelen ser demasiado pequeños para nuestros propósitos. Ignore cualquier orificio que resida más abajo del cuello, con la excepción del espacio breve donde todo humano palpita, en la base del cuello directamente al sur de la barbilla y al norte del esternón.

7. Mueva la cabeza para lograr #6, preferiblemente al ritmo de la música o de los gestos requeridos para hacer conversación casual. Si alguien lo sorprende gesticulando no se preocupe–pensarán que habla sólo, pero en este mundo es mejor estar loco que estar triste, de modo que optemos por el menor de los males y continúe moviendo la cabeza para seguir los pasos 5-6.

8. Si los pasos 5-7 fallan, maldígase: Usted es oficialmente torpe o cobarde. Pero no tema, que no todo está perdido.

9. Concéntrese, enfóquese, abalcone la lágrima, acorrálela el mayor tiempo posible dentro del ojo que sea. Improvise orificios nuevos con las manos. Adapte la construcción y tamaño de los mismos al volumen del llanto: cuencos para llantos grandes, pellizcos para llantos pequeños.

10. Una vez preparada la mano en el formato más apropiado, descargue el líquido al tiempo que levanta, ágil y alebrestadamente, la mano elegida. La o las gotas debe o deben pasar de ojo a mano lo más rápido posible. Una vez logrado este intercambio, no detenga la mano–continúe el movimiento hasta terminar contra el muslo en el lado opuesto del ojo original.

10.1 Sólo para expertos: Métase el dedo en el ojo. De nuevo, sólo aplique este paso  si puede lograrlo con naturalidad.

11. A modo de precaución, vista textiles absorbentes. En caso necesario use su propia piel. Evitar la ingesta de líquidos en las horas posteriores acelerará el proceso de absorción o re-absorción de la lágrima y minimizará la exposición del llorón.

12. Repita y desapendéjese.

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decoración de interiores

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changó
artista:roberto silva ortiz, puerto rico.

Ando buscando dónde poner a Julia.

Julia de Burgos, la poeta puertorriqueña que aprendí a llamar “poetisa” en la escuela. Tengo en una pared de nuestra salita un poster sencillo –el rostro de Julia flota sobre un fragmento de Río Grande de Loíza-–en un marco barato.

Llevamos años con las paredes medio desnudas en casa. Pero hoy coinciden dos condiciones que nos catapultan al súbito estatus de gente “normal”, los seres que tienen suficientes obras para casi todas las paredes de la casa: 1)nos hemos mudado a un apartamentito de dos habitaciones, uno de esos espacios encantadores donde sala, comedor y cocina son uno, y 2) le hemos pedido a un amigo querido, una especie de hermano que para mi fortuna, es también uno de los mejores artistas plásticos puertoriqueños de hoy, que nos envíe cinco prints de su fabulosa colección Amen-Aché. Esa colección adornará la mayoría de nuestras paredes importantes, y algunas de las cositas que actualmente cuelgan en nuestras paredes tendrán que cambiar de lugar.

Hay obras que lograrán quedarse y acompañarán a las nuevas–la Torre Universitaria de Martorell, el jazz callejero que me regaló mi tío, Verdeluz del Mar de Omar Quiñones (que he estado arrastrando, pobre cuadro, conmigo a donde quiera que me mudo por los últimos veinte años)…Pero otras, como el poster de Julia, han de trasladarse a otras paredes. Su forma es parte del motivo: Es un desafío–por ser poema, y como otras obras con la imagen de Julia, el cuadro es un rectángulo alargado que no necesariamente cuadra en toda pared. Busco una pared estrecha, y mi salita cuenta con dos: una para la bella mulata roja que es changó en la colección de mi hermanito, otra para la torre de la yupi.

Busco así dónde poner a Julia.

Considero brevemente una pared en el baño.

Me escandalizo. Me regaño. El baño merece arte, por supuesto, pobre baño discriminado, incomprendido, generoso. Pero Julia no se merece el baño.

Pienso en mi libro sobre Puerto Rico y la década de los setenta, el libro que debería estar en progreso pero cuyo progreso hoy se ha rendido, espero que brevemente, a la pregunta de dónde poner a Julia.

La respuesta lógica es mi escritorio, y tendré que hacer algunos movimientos medio extraños, y en realidad no “pega”, pero es la que hay.

Pienso que Julia es una de esas figuras que representan la isla pero que no sabemos a ciencia cierta dónde poner.

Perla del Caribe, Isla del Caribe…

Es Borinquen la hija del mar y el sol….

Los himnos oficiales y extra oficiales de Puerto Rico la representan así, como una doncella tan primorosa y bella como mórbida. Nuestras mujeres e himnos aguerridos, sobrevivientes (Lolita, Blanca, la Borinqueña de Lola) no tienen el mismo arraigo en la imaginación y canción populares. Marta Aponte describió  no hace mucho algunas de las metáforas femeninas (las jibaritas, por ejemplo,  prostituidas o mancilladas) que son parte de nuestro pequeño universo de metáforas madres (y yo respondí con una reflexión sobre las metáforas “hijas”.) Hoy añadiría que Antonia Martínez y Julia de Burgos se crecen en nuestra historia en tanto mueren, su fama tan sembrada en la muerte misma que es difícil imaginarlas vivas y a la vez famosas. Casi imposible, en el caso de Julia, y absolutamente imposible en el de Antonia.

Esas doncellas son una faceta de nuestro peculiar lamento borincano, donde la “madre patria” es la madre ausente, cruel, violenta que mata y coloniza y nuestra patria es doncella víctima que muere, que dejamos morir, que muere porque estamos pendientes de otra cosa. Esa patria o matria o isla-metáfora nuestra es frágil, como el corazón que denuncia la mentira, que se desnuda sobre la página y ante los ojos ingratos, como un balcón abierto en medio del corre y corre de una huelga que la policía detesta y a la vez no entiende. Es frágil, como la “juventud en flor tronchada” que describía el periódico El Mundo el cinco de marzo de 1970, como el cuerpo delgado que se esfuma en la adicción y en el exilio.

Es frágil, como un poema.

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que pandan los cúnicos del lenguaje

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dos mascarasPublicado originalmente en la revista digital Ochenta Grados

 Estoy escribiendo un libro. Si usted me conoce y piensa que sabe de qué libro se trata, se equivoca. El libro que usté tiene en mente es un parto de esos largos y dolorosos y me tomará bastante tiempo completarlo. El placer que promete es el “placer” que el parto promete: el del bebé por nacer. El proceso se siente como el de casi todos los partos –eterno, accidentado, predecible, pero inesperado, intenso, casi mortal.

No, el libro al que me refiero es el compañero curioso y juguetón del primero, el descanso del cubito de hielo o la limonada que la madre, la amiga y el marido nos traen para aliviar la cosa entre una contracción y la que sigue. Es el alivio que distrae del dolor, pero no del parto, alegre y despierto como el compañero de clases o amigo que nos hace chistes mongos cuando estamos tristes.

Es un librito, en fin,  sobre escritura, escritura para adultos cansados de tratar de aprender (o enseñar) en la universidad o en la vida con las mismas herramientas y actitudes que ya les fallaron en la escuela. El título “de trabajo” (ese título temporero que elegimos a modo de brújula y que eventualmente descartamos y reemplazamos con el título apropiado) es Que No Panda El Cúnico:Manual de Iniciación en los Placeres de Escribir. Se llamaba originalmente (ayer o anteayer, tal vez la semana pasada) Yo Tengo un Gozo en Mi Libreta, pero esta mañana decidí que ya había ofendido a bastante gente (¡y la que falta!) que no navega bien el breve espacio entre la gracia y la burla, así que me fui en un viaje con Chespirito y su Chapulín.

No se burle: estoy escribiendo este librito no porque me piense experta en asuntos del lenguaje escrito, sino porque el lenguaje escrito me apasiona y porque resulta que, de repente, tengo tiempo para sentarme a estudiarlo. Escribo porque los libros (¡qué maravilla!) los escribe no tanto el que tiene “talento” como el que tiene ganas.

Nada, todo lo anterior es contexto e ignora al menos cinco reglas tradicionales de la escritura, así que mejor voy al punto. El punto es que andaba escribiendo un capítulo de ese librito, y me topé con un problema frecuente. Frecuente no sólo para mí, sino para muchos otros, objeto de garatas y confrontaciones varias entre lectorxs, escritorxs y editorxs, tema recurrente incluso aquí, en los comentarios de este sitio web.

Ahí mismo lo tiene, en la oración anterior, en esa “X” que nos permite darle la vuelta a uno de los problemas más notorios y más políticos del lenguaje: El español (el castellano en cualquiera de sus versiones latinoamericanas, caribeñas y europeas) le asigna género a todo. Peor aún, nos obliga a hacerlo todo el tiempo.

Que la mesa sea siempre hembra y el reloj sea siempre macho no me preocupa demasiado –puedo asumirlo como una convención, a pesar de las conexiones entre objetos y conceptos (domesticidad, tiempo) que la convención acarrea. Pero lxs lectorxs….Ay. Es esa cuestión la que me mata: cuando el lenguaje me obliga a definir el género de la gente y, para rematar, el género de la (frecuentemente anónima) persona que me lee.

Se trata, para decirlo en lenguaje más formal, de un problema de sinécdoque, el tropo que está en acción cuando usamos la parte para representar el todo. En este caso, la mitad de la especie (los machos) representa en el lenguaje convencional al todo, a la especie completa, y decimos cosas como los humanos, los hombres, los estudiantes, los lectores, los escritores…cuando conceptualmente queremos incluir también a las humanas, a las mujeres, a las estudiantes, a las lectoras y a las escritoras. Ese es el problema.

La “x” es un ‘resuelve’ incómodo y tiene al menos dos issues, digo, dos defectos. Para empezar, funciona sólo en la página y se tranca cuando leemos en voz alta. Y yo no sé ustedes, pero esta que está aquí lee en voz alta siempre y edita sus escritos para que funcionen al ser leídos no sólo con la mente, sino con la boca, la garganta y las manos. Yo creo que en la mayoría de los casos, hablar es escribir y escribir es hablar y que, por lo tanto, un analfabeta que cuenta buenas historias es más escritor que un escritor que escribe cosas que no quieren ser leídas. Así que para mí, poder leer lo que escribo a viva voz es esencial.

(Sospecho que, con tanta manía, estoy perdiendo clientes para el libro desde ya. Pero seguimos.)

El otro problema de la “x” es que…es una “X”. No es una vocal. Y si bien el dominio del género masculino es uno de los tormentos de este idioma nuestro, también es cierto que las vocales son una maravilla. Son cinco, se pronuncian siempre igual, y le dan un no sé qué de fuerza, solidez y belleza a nuestro idioma, una fuerza que el francés, el inglés y el alemán envidian o que deberían envidiar.

¿Qué hacer?

Eso es lo que me pregunto en medio de mi trabajo de escribidora, y esa es la pregunta que me saca de mi borrador de librito y me trae aquí, a las páginas amigas de Ochenta Grados y de Parpadeando, buscando empatía o, tal vez, buscando bulla, fuete, garata.

¿Que estoy procrastinando, dice usted? Puede ser. Muchas gracias y tomo nota, para el libro: Escribir sección sobre procrastinación mientras “procrastino”. Y sigo con el asunto de marras.

Eso, decía, es lo que me pregunto, y esto es lo que me contesto (ya le dije, yo hablo sola y escribo en voz alta), al menos para este librito que estoy escribiendo y para este bló:

  1. La solución ideal, francamente, sería educar al público lector así, de milagro y sopetón, para que nos permitan usar los géneros al garete. Mis pacientes editoras y yo intentamos hacer eso cuando escribimos y editamos el librito Mi tecato favorito y otras crónicas. No funcionó, porque yo quería que el libro fuera fácil de leer, que el lenguaje fuese medio y no fricción, y ese baile de un género a otro confundía a los lectores que no estaban al tanto o interesados en asuntos de género, sinécdoque y poder.

  1. La solución que menos me gusta es la de un profesor de filosofía que tuve en la universidad  y que era, por cierto, un gran maestro, dedicado al proceso de enseñanza-aprendizaje como pocos. Nos llamaba a todos por nuestros apellidos y decía (cuando me veía fruncir el ceño o agitar las manos ante las barbaridades conceptuales de género que perpetraba algún filósofo o el maestro mismo): “Brusi, el uso del masculino es una convención del idioma, no es sexista, no joda más.” Bueno, no, eso último, me refiero a la cláusula con el subjuntivo presente del verbo joder, eso no lo decía porque era, ya les digo, un tipo muy correcto: Pero el mensaje (y la solución que ofrecía ese mensaje para mí, escritora en ciernes) era ese: Todos los lectorxs son “lectores”, todos los escritorxs son escritores, y san se acabó.

(Su apellido, por cierto, era o es Silva y su especialidad era o es Leibniz. Si usted es el doctor Silva y está leyendo esto, reciba un abrazo de parte de Brusi y sepa que lo recuerdo con admiración y cariño inmensos; que recuerdo claritito el día que estábamos hablando de Santo Tomás de Aquino y usted le dedicó casi toda la clase a explicarnos cómo funciona el motor de un automóvil; que tengo igual de claro y azul el día que me enteré de que usted recién había defendido su tesis doctoral y le dije, un poco irreverentemente, “¡somos doctores!”, y a usted se le iluminó la cara en infrecuente sonrisa y me contestó, feliz, sí, somos doctores; que usté fue el primer profesor que me dijo (muy levemente, porque eso de los halagos no era lo suyo) que mi escritura tenía algún valor, y ello a pesar de mi terrible, horrorosa cursiva, plantada para bien o mal en el blue book que usted sacó tiempo para leer de cerca. Si usted no es el doctor Silva pero lo conoce, por favor hágale saber que esta estudiante lo recuerda, muy agradecida, y que el asunto del idioma aún no se me ha sanseacabado.)

  1. La solución, parcial e imperfecta, a la que usualmente apelo es la de editar intencionalmente para evitar el encontronazo con la palabra de género forzado, sin usar la “X,”  pero sin rendirme ante el trono del masculino-a-la-cañona. Hay muchas palabras y frases en el idioma que nos permiten darle la vuelta a la cosa sin meternos en líos. Por ejemplo, es bastante fácil cambiar “humanos” por “seres humanos”, por “humanidad” o mejor aún, por “personas”, así como eliminar artículos (el, la, unos) que sean innecesarios, como lo son con tanta frecuencia los artículos. Los adverbios también suelen serlo, pero esa es otra historia para otro día.

(Creo que acabo de perder más clientes para ese pobre libro mío, ese partito, que aún ni existe. Pero sigo y casi acabo, téngame un poquito más de paciencia.)

 La solución que estoy usando en este librito que les cuento, y la que vine a compartir aquí, está basada en un principio básico: el machismo y el feminismo no son lo mismo.  El primero ubica a  lo masculino (y a los machos) sobre lo femenino (y sobre las hembras), mientras que el segundo, como práctica y teoría, siempre ha querido y preferido la igualdad.

El idioma tal y como existe no me permite esa igualdad, pero la estructura de un libro me permite tener capítulos. Así que al revisarlo, y después de editar para cambiar “humanos” por “personas” y “ciudadanos” por “ciudadanía”, alternaré el género de mi lectxr imaginarix y le diré “lectora” en los capítulos nones, “lector” en los pares.

Ya les contaré cómo me va.  Por lo pronto, si después de leer esto le queda alguna curiosidad por el librito sobre escritura, y si quiere ayudarme a escribirlo, puede pegar su muestra de hermosura, dificultad o atrocidad lingüística en la página de “Parpadeando” en Facebook. Sus contribuciones deben ser de una oración o un párrafo corto, no más, pueden cubrir cualquier aspecto de la escritura o cualquier muestra de escritura, y pueden 1) ilustrar con un ejemplo lo que a usted le parece bonito o feo en términos del uso del lenguaje, o 2) plantear una pregunta o dilema, una oración que le esté dando candela, o alguna otra cosa para darle práctica mi bolígrafo rojo. ¿Tiene otras ideas para el librito en ciernes? ¿Preguntas o inquietudes sobre la escritura? Por favor, sí, sí, sí, compártalas conmigo, déjelas allí en la página o aquí en Parpadeando, para poder enterarme y aprender. ¡Gracias!——Rima Brusi

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diáspora

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letter d“Diáspora” suena a espora. Y a espera.

El número de puertorriqueños que residen en Florida se acerca al millón, y ya son más los puertorriqueños viviendo fuera que dentro de Puerto Rico.

Tal vez por eso es que “diáspora” y espora se parecen. El vaivén es desigual, y los que se definen desde el afuera son más que los que se definen desde el adentro.

“Adentro” se parece a “entraña”. Se definen así, nos definimos así, desde el afuera pero hacia el adentro, porque la isla es entrañable.

“Entraña” se parece a “extraña”. Nos define la nostalgia, el extrañar. Los rostros y muecas del país receptor nos marcan como extraños.

Extraños que extrañamos, extraños porque extrañamos.

La “diáspora” espera, pero espera con “D”. Cuando le sumamos esa misma “D”, u otra parecida, a la “utopía”, obtenemos una “distopía”. Al parecer, la “d” marca la versión mala de la cosa.

¿Será porque somos la versión “mala” de la espera? ¿Esporas en un país que preferiría que otros grupos, distintos, se multiplicaran? ¿O será  porque no supimos esperar?

¿Esperar qué cosa? La “D”, sumada a la espera, se convierte en “desespera”.

“Desespera”, en español, es nombre y verbo. En inglés sólo es nombre o adjetivo, no acción.

En inglés, queda sólo esperar.

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oda a unas amigas:isar, lisi, anayra, kattia, sahra.

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A algunas solamente,de momento, que no panda el cúnico y que no haya dramas y celos, por favor, o no vuelvo, que es la que y todo eso. He estado releyendo las “odas elementales” (el único libro que me gusta de Neruda, y que descubrí gracias a un amigo, el gran (e irónicamente agnóstico) Christian, no a una amiga, pero de amigos hacemos otra prosa en otro día) y pensé en unas amigas. Aquí van las notas al calce del asunto y buenas noches.—-

————-

Aprendí de ellas más que de nadie. Aprendí sin quererlo, sin buscarlo y sin saberlo–tal vez la mejor forma de aprender.

De Isar aprendí que la palabra “amigas” es el lenguaje nativo que descubrimos al azar; que en el espacio y la era posmo, la teoría y la tribu la escogen a una, y no al revés; que el lenguaje se desliza para hacernos suyos pero también para que podamos hacerlo nuestro, aunque la tribu, la banda o la diáspora sea de dos; que aprendemos aprehendiendo, y no hay de otra;

De Anayra aprendí que no hay que “aprender” a barrer, sino barrer a la menor provocación; que la palabra “barrer” puede ser reemplazada por muchas otras, especialmente por “querer”, “ver”, “leer” y “aprender”, sin negar la lógica que vive (¡y cómo vive!) en la ecuación original; que todos los libros son “libritos”, sin importar su tamaño, y que ese diminutivo, y sólo ese, es cariñoso; que lo importante no es ser sino estar, y estar presente; que “estar presente” es una oración completa;

De Lisi aprendí que las oraciones, las que sean, lo “son” en ambos sentidos de la palabra “oración”; que “son” es un tiempo y persona del verbo ser y del verbo estar, a la vez que un ritmo, y que esos sentidos no son incompatibles, que va, más bien se quieren; que la puntuación es una actitud; y que “ser” es, al final del día, el compás de toda actividad y decisión que valgan la pena;

De Kattia aprendí que si amas algo, no hay que dejarlo “libre” ni pa’l carajo; que la libertad no es una excusa; que cuando, y no “si”, las psicosis y las neurosis nos apalabran, lo que hay que hacer es correr a rescatar no la mente sino las palabras, porque del verbo es que (todo) se trata; que los adverbios y los adjetivos suelen ser eufemismos, que todo es verbo y que por ello, los mejores plátanos para un piñón no son los “maduros” sino los que “llevan manchas dalmateándole el lomo”; que todos los lomos tienen lomo, todos los dorsos tienen dorso, y todos los gatos tienen humano.

De Alex aprendí que a veces, las palabras estorban; que al mal tiempo, lo importante no es la cara que una ponga; que la cara se maquilla de lo más bien mirando las instrucciones en el paquete de mascara; que el amor y la vida ni llevan máscara ni son ciegos;

De Sahra? Ha pasado mucho tiempo, pero creo que de ella aprendí lo más importante. De Sahra aprendí a tener amigas.

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picada de ojos: propuestas y protestas

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gay marijuana¿De modo que el gobernador quiere, dice, “propuestas, no protestas”?

No es que me quiera poner protestona, pero no puedo evitar protestar ante esa dicotomía malsana. Las protestas son propuestas – proponen que se haga algo distinto. Las propuestas pueden ser protestas, por la misma razón.

Pero en fin. Supongo que entiendo a lo que se refiere, o lo que insinúa: que con quejarse no es suficiente.  Que el que se queja no aporta. Yo creo que en una democracia representativa la gente elige individuos precisamente con ese fin, pero no vine al bló a hablar de política, así que dejamos ese asunto para otra ocasión. Yo hoy vine a hablar de economía chavá, que es el tema o uno de los temas del momento, junto con la educación (malita), y la criminalidad (robusta y galopante.)  La combinación de esas tres cosas tampoco es casualidad, sino más bien predecible y dialéctica: descuide usté la educación de un país, y notará que la criminalidad aumentará y que la economía reventará, en el peor de los sentidos. Contrario a los chavos, el conocimiento no es algo que se pueda tomar prestado con intereses durante décadas para tapar los agujeros locales. Pero ese también es otro tema.

El tema de este parpadeo es que quiero hacer algunas propuestas.  Me he levantado inspirada. No soy economista ni politóloga, de modo que si digo algún disparate proteste o corrígame, lector, lectora, pero soy ciudadana y tengo derecho a protestar, digo, a proponer, así que propongo. Si me inspiro más y si ustedes comentan tal vez podemos hacer una serie de propuestas aquí, en PARPADEANDO.

[Paréntesis: la palabra “protesta” contiene, significativamente, a la palabra “testa”, que significa cabeza, que a su vez representa al pensamiento….Hmmmmm…]

Vamos a las propuestas de hoy.  Un par de supuestos iniciales, sin embargo: Estas propuestas que traigo asumen lo siguiente:

1) Que no podemos meterle mano desde la isla al sistema global y los bonistas invisibles que hoy nos aprietan las tuercas, pero suponemos que a los invisibles “bonistas” les conviene que la economía mejore, digo, por lo menos a los bonistas bona fide que compraron bonos a precios razonables (como mi abuelito, que invirtió chavitos en bonos tras una vida de trabajo clase mediero, para su retiro), no a los aparatos que hoy se reúnen tras puertas cerradas a comprar bonos a quemarropa, velando güira como los tiburones que le dan vueltitas a la presa que sangra y la puyan para que sangre un poquito más…

Y

2)Que cualquier propuesta, incluso aquellas del llamado territorio “moderado” o “reformista”, tiene que sin embargo traer a la mesa alguito distinto, porque lo que hemos estado haciendo evidentemente no funciona, y me refiero especialmente a babosadas como el cultivo de los “valores” a través de rezos oraciones reflexiones matutinas en las escuelas, o seguir anestesiando entrenando gente en los moles para que mejoren su resumé.

Vamos a las propuestas. Traigo dos que son tres.

1. Legalizar y celebrar el matrimonio gay.  

¿Qué eso no es economía, sino religión, o política? Por el contrario, amiga, amigo. El matrimonio, para empezar, surge en nuestra historia como una asociación de bienes gananciales. Y además, ir más allá de esa otra babosada, la “tolerancia”, sería un palo, económicamente hablando. Fíjese que a pesar de que tenemos playitas lindas y sol todo el año, el turismo en Puerto Rico constituye un patético seis (6!!!!!) porciento de la economía de la isla.  Legalizar el matrimonio gay con bombas y platillos abre la puerta para todo tipo de cosas buenas para la economía: Destination weddings, por ejemplo, con los cuales podrían hacer chavitos y generar empleos secundarios nuestros hoteles, proveedores de eco-turismo, paradores, restaurantes, caterers, DJ’s, planificadores de bodas, agentes de viajes, alquileres de etiquetas, floristas, músicos…

Esto no es una idea alocada. El matrimonio gay es la que hay. Se ha legalizado en mil sitios y si no avanzamos, vamos a acabar legalizándolo de todas maneras pero sin la ventaja económica de ser los que se establezcan como el destino caribeño donde puedes hacer tu boda tropical y tus amigos y familiares gringos pueden entrar sin pasaporte y gastar sus dólares. Dólares que, a diferencia de los dólares que se gastan en Walmart, ese famoso “creador de empleos”, se quedan en Puerto Rico y alimentan pequeños y medianos negocios (y por ende a la gente que esos negocios alimentan.)

Las buenas propuestas económicas, dijo alguien en algún momento, construyen sobre los recursos existentes. Y para esta idea existen amplios recursos: Tenemos una robusta tradición de pequeños comerciantes que proveen servicios como los arriba descritos, de comida, entretenimiento y planificación de bodas.  Tenemos sol y playa. Tenemos tradición hotelera y una población interesada, hambrienta de trabajo en esa área. Y ciertamente tenemos gente que se enamora de gente de su mismo sexo y se quiere casar y hacer una fiesta para celebrarlo con sus seres queridos.

El obstáculo principal para mover esta idea es el fundamentalismo religioso. Y es natural que así sea: a los fundamentalismos no les conviene que la economía mejore. Mientras más crimen, menos educación, y más pobreza haya, el fundamentalismo se pone más feliz y saludable. Eso es cierto en nuestro país y en cualquier otro. Así que amigos fundamentalistas (y amigos yoítos), breguen con eso porque esa es la que hay.  El matrimonio gay es como el voto de las mujeres y los negros. Le tocó su momento y francamente, ya era hora.

¿Qué usted no cree en el matrimonio gay, dice, porque no cree en el matrimonio? Pues está bien, no vaya a la boda, o mejor aún, invéntese un colectivo de librepensadores que trabaje la idea, porque hacen falta tanto libertad como pensamiento, en este país. Y hablando de libertades, vamos a la segunda propuesta.

2. Legalizar (y celebrar) la marihuana.

Sí, hablo de legalizarla, no de “medicalizarla”.  Legalizarla para usos médicos y recreativos.

Claro que parte del uso que se le daría a este pobre y difamado cultivo es médico: Hace rato que pacientes de quimoterapia, dolor crónico, y otras condiciones merecen el alivio de una medicina que se sabe es buena para ellos. Pero de nuevo, pensemos en las posibilidades económicas y otra vez, en la conexión con el turismo. Cuba ha hecho muchos chavitos creando turismo especializado en atender pacientes de otros países con ciertas condiciones de la piel y de los ojos. Legalizar la marihuana médica nos permitiría crear alianzas entre hospitales, hoteles, terapistas, psicólogos, yoguis, agricultores orgánicos, maestras de zumba…Y de paso, atender a nuestra propia población de pacientes que quiera acceso a esta medicina.

Pero pensemos más allá. Hace poco, en Venice Beach, California, me encontré en la playa con un quiosquito de lo más chuchin: los Green Doctors. Dos jóvenes médicos (vestidos de verde quirófano) atendían allí clientes con documentación relativa  a las condiciones protegidas por la ley de marihuana médica en California, y los ayudaban a tramitar su licencia para obtener productos conteniendo dicha planta. Y de paso, mantienen un local muy mono repleto de brownies, confites, bizcochitos, pipas, papeles, y artefactos cuyo nombre no conozco pero que supongo permiten inhalar los vapores de algo que contiene la cosa en cuestión…

¿No le gusta la idea del quiosco ese? ¿Le parece inmoral? Antes de rasgarse las vestiduras, fíjese en los quioscos donde actualmente obtenemos los certificados médicos de la licencia de conducir, esos que proliferan alrededor de las oficinas del DTOP, donde le venden el “examen” médico, los sellos, y lo ayudan con la solicitud…Si no le parecen inmorales esos espacios, no se meta con los doctores verdes de Venice.

¡¡Mejor imaginémonos las posibilidades que abre la legalización!!! Desde quioscos callejeros con combo de bacalaíto, soda y porro, pasando por panaderías muy monas con café boricua y postres “reforzados” con cannabis, siguiendo a servicios de “delivery”, y llegando hasta restaurantes y barras gourmet con variedades exóticas de la cosa….

De hecho, ¿qué tal si combinamos 1 y 2, y nos convertimos en el primer país capitalizando sobre los destination weddings, gay y straight, “marihuana themed”? No se ría, que digo esto medio en broma pero también en serio. Centros de mesa con matitas de marihuana, manteles de hemp, souvenirs….

De nuevo, tenemos los recursos: Nuestro clima nos permite el cultivo todo el año sin tener que invertir en control climático; tenemos una población sub-empleada de jóvenes emprendedores y energéticos interesados en cultivos orgánicos y con conocimiento en agricultura; y ciertamente tenemos una población considerable de clientes potenciales que ya fuman marihuana. Empleos, empleos….jardineros, botánicos, enfermeros/terapistas, cocineros, artesanos, floristas, masajistas y aromaterapeutas…Mecánicos renovando  y choferes manejando guaguas volky “vintage” pintadas de colores bonitos, para proveer servicios tales como 1)quioscos móviles y 2)transportación tipo “taxi” para llevarlo a usted a su casa después de fumar, para que no guíe, o incluso 3)tours de la isla, con paradas para probar comidas típicas, cervecitas locales, y cigarrillos de marihuana artesanales, con sabores y olores especiales!

¿Obstáculos? Creo que principalmente la mojigatería y la hipocresía, francamente, porque en este país donde hay tanto borracho y tanto comelón, la marihuana constituye un mal muy menor, desde la perspectiva de la salud.

¿Que tiene usted temor, porque la marihuana es lo que llaman un “gateway drug”, con la cual se inicia la gente en el camino fatídico de las drogas? Pues considere lo siguiente: es muy, muy posible que la marihuana sea un “gateway drug”, si lo es, porque DE MOMENTO, LA TENEMOS CRIMINALIZADA Y POR ENDE EN EL FOKIN GATE. Perdón. Es que una se agita.  Quiero decir que ahora mismo, obligamos a los usuarios de marihuana a ir al punto a comprar, donde se exponen a otras drogas y de paso, a las famosas balas perdidas y daños colaterales del narcotráfico. O los metemos presos y así los encaminamos dentro de las estructuras del narcotráfico. O los metemos presos y los matamos.  Yo sospecho que si la marihuana fuera legal, podríamos acabar no provocando sino evitando la adicción a drogas más peligrosas. Algunos estudios sugieren que fumar marihuana hace que la gente beba menos alcohol.  Por ahí tal vez hasta nos ponga más sanos, la plantita esa.Sin duda que su legalización hará las cárceles mas espaciosas y dejará fuera de la cárcel a toda esa gente que acaba en ella por usar y vender marihuana.

Sin ir más lejos: Uruguay ha legalizado tanto el matrimonio gay como la marihuana. Y fueron felicitados, de hecho declarados “país del año”,  nada menos que por The Economist, una de las revistas de economía más respetadas (y conservadoras!) del mundo. Y por supuesto, el precedente de Colorado, que acaba de legalizar el uso médico y recreativo de la marihuana.

Tengo más propuestas, pero ya casi llegamos a las 1800 palabras y por lo general trato de evitar los mamotretos en el bló. Gracias por visitar, déjeme sus comentarios, y proteste tranquilo, que aquí, en PARPADEANDO, creemos que la pro-testa articulada, pensada, compartida y genuina es, en su fondo, una propuesta. Y buena para la “testa”, buena para pensar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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involucramiento parental en las escuelas

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nena leyendoAseverar (¿denunciar?) la importancia de los padres y madres para la educación de lxs hijxs se ha convertido en un lugar común. Aquí y allá.

El gobernador habla de “exigirle responsabilidad a los padres”.  No está sólo.  Los padres hablan de exigirle responsabilidad a los padres.  Lo veo en facebook, en comentarios tipo “yo hago bla bla bla pero la madre xyz no hace bla bla bla, parece que no le importan los hijos…”; lo veo en la investigación académica que mide el impacto del involucramiento parental en el logro educativo de los estudiantes; lo veo en los escritos de afamados columnistas como Friedman, qué nos pregunta, retóricamente,  “¿y qué tal mejores padres?”, a modo de respuesta dirigida a aquellxs que hablan de reformar escuelas.

Es un lugar común porque es cierto, supongo.  La educación de los padres sí tiene un impacto significativo sobre la de los hijos, aún controlando por ingreso familiar.  El involucramiento de los padres sí puede aumentar el aprovechamiento académico de lxs estudiantes.

Sin embargo…

Tienes razón, lector, lectora. Siempre hay un “pero” en estos parpadeos. Y este pero empieza con una historia. O dos.

La primera historia se trata de una madre.  Durante los años que dediqué mis esfuerzos de investigación y servicio al tema de la conexión entre educación y pobreza en Mayagüez, Puerto Rico, tuve la oportunidad de conocer a muchas madres y padres.  Algunos involucrados, otros menos involucrados, otros distantes del proceso educativo de sus hijxs. Por distintas razones, de distintas maneras. Pero la que me viene a la mente es una mujer en particular. Adicta a varias cosas, todas ellas malas. Pobrísima, en parte porque sus magros ingresos se desviaban, en gran medida, de las necesidades familiares hacia las de su cuerpo adicto, quebrado. Cuando la visité para obtener los permisos necesarios para que sus hijxs nos pudieran acompañar en nuestras giras educativas, estaba….estaba, no sé, bebida, o arrebatada, o afectada por alguna sustancia o combinación de ellas que desconozco.  Su hijo tuvo que sostener su mano y ayudarla a garabatear la firma en los papeles que yo llevaba.

Al despedirme, los ojos de la señora (la “mala madre” que condenamos con tanta facilidad en facebook, en discursos gubernamentales, en columnas periodísticas) estaban húmedos. Su brazo flaco agarraba el mío, como para conversar, pero se le dificultaba el hablar, a mí el escuchar, la situación era extraña, demasiada audiencia, demasiadas variables desconocidas…

Los vecinos me comentaban más tarde, con esa mezcla de condena y compasión que caracteriza tanto intercambio comunicativo nuestro, que la señora siempre estaba ebria, que dormía por el día, que salía por la tarde, que regresaba de madrugada. Que se prostituía, dijo uno, pero otro le dijo que no sabía…

El día de la primera gira, esta señora nos esperaba.  A tiempo, la mano de un hijo en cada una de las suyas.  Sobria.  Seria.  Bañada, vestida con ropa limpia.

Ojo: La mayoría de los niños caminaba hasta el punto de encuentro.  La mayoría de los padres no llevaba a sus hijos hasta allí. No era un requisito para participar. Pero esta señora lo hizo.

El esfuerzo monumental que levantarse temprano, permanecer sobria, prepararse, llegar hasta allí…Me bajé del autobús para saludarla y sin sonreír (creo que ningún no-adicto puede entender, plenamente, lo que siente el adicto cuando decide no tomar, o no usar, lo que se siente cuando el cuerpo pide algo con la furia del cuerpo y se lo negamos), puso las manos de sus hijos en las mías.  Aquí te los traigo, dijo.

Y se alejó del autobús, con la frente alta y la espalda recta.

Creo que fue Borges que dijo “hay una dignidad, la del vencido, que para el vencedor es inaccesible.”  O algo así.  En dignidad pensé, mientras la veía alejarse.

Segunda historia.  Esta es sobre unas maestras y una directora.  Son el equipo de trabajo de la escuela elemental Bethune, en Nueva Orleans. Una escuela destruida antes y especialmente después del huracán Katrina.  Una escuela donde todos los niños son pobres, una escuela rodeada de crimen, violencia, pobreza y dolor.

Bueno, esa escuela logró, gracias al esfuerzo de estas maravillosas mujeres, mejorar dramáticamente el desempeño académico y el aprendizaje de sus estudiantes.  Puede leer algo sobre el caso, y sobre cómo lo hicieron, aquí y aquí.

Tuve la oportunidad de compartir la mesa durante la cena hace un par de años con las maestras y la directora de Bethune.  Y de preguntarles qué habían hecho respecto al involucramiento parental en su escuela.  De seguro, pensaba yo, tienen que haber obligado a esos padres y madres a ayudar, de alguna manera….

La directora me miró, severa.  Luego miró a su maestra de matemáticas y sonrieron entre sí.

“A los padres les pedimos que confíen en nosotras.  Que se aseguren de que los estudiantes lleguen a la escuela. Una vez allí, Rima, son nuestros, son nuestra responsabilidad.”

No se involucran?, insistí.  Sí, respondieron, hay mucha más participación ahora que antes, pero esa participación empezó después de que nosotras comenzáramos el ejercicio de mejorar el desempeño de los estudiantes. Poco a poco los padres se han ido involucrando más.

Si el nene llegaba sin saber leer, participaba en un plan intensivo de lectura y escritura.  Si no podía escribir, si necesitaba apoyo académico, si no sabía sumar, le enseñaban.  Si tenían que cambiar de planes o ajustar métodos u obtener recursos adicionales, de alguna manera lo hacían. Una cosa no cambiaba: la expectativa de las maestras, todas, era que todxs los estudiantes podían y debían aprender.

A veces los nenes llegaban con la camisa sucia.  La directora de Bethune hizo una colecta, compró uniformes nuevos, e instaló una lavadora y secadora usadas en el sótano de la escuela. A veces llegaban hambrientos, por lo que la escuela se asegura de proveer comidas.

Una vez aquí, son nuestra responsabilidad.

No es una situación ideal.  Lo ideal es que los padres se involucren. Pero me temo, señores políticos, columnistas, y colegas madres y padres y maestros y ciudadanxs…que las amigas de Bethune tienen razón, y que no hay de otra.  Que no podemos esperar a que los padres y las madres milagrosamente se recuperen para empezar a reconstruir país enriqueciendo los cuerpos y las mentes de sus hijos e hijas.  Invitémoslos, claro está, incluyámoslos, pero si no pueden ayudarnos a educar a sus hijos, tenemos que educar a esos hijos de todas maneras. Porque sus hijos e hijas son también los nuestros.  Nuestra responsabilidad.

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