Mirando con incredulidad lo cotidiano, y buscando humanidad en lo “exótico”.

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AM: homofobia que mata, viernes negro y fuga de cerebros

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Hoy, 23 de noviembre de 2009, en PARPADEANDO, la sección de comentario dentro del programa Dialogando, de WPRA990:

  • Homofobia que mata. En el primer segmento, hablamos del asesinato de Jorge Steven, un joven gay de 19 años.  La comunidad gay, lésbica, bisexual y transgénero en Puerto Rico, así como las muchísimas personas heterosexuales que los apoyan, exigen que se clasifique y procese este acto como un “crimen de odio”.  ¿Por qué nos referimos  a este crimen como un “crimen de odio”?  ¿Cuál es la importancia jurídica y social de esa categoría? En la primera parte del programa, distinguimos al crimen de odio de otros crímenes por ser una especie de micro-genocidio.  En la medida en que es un crimen basado en características que vinculan a la víctima con un colectivo, una minoría, el crimen de odio atenta contra la esencia misma de la democracia-la igualdad básica de todos los ciudadanos.

  • Viernes Negro. En el segundo segmento, atamos cabos: La legislatura expande los horarios dominicales con la nueva Ley de Cierre; El DACO nos aconseja comprar, pero dentro de un presupuesto y de manera ordenada; y el gobernador anuncia que el bono de Navidad se le entregará a los empleados públicos no la segunda semana de diciembre, como de costumbre, sino esta semana del 23 de noviembre.  Justo a tiempo, murmura Puerto Rico, para las compras del famoso “Viernes Negro”.  En este segmento recordamos a George Bush, que le pidió a los estadounidenses que ejercieran su patriotismo gastando en las tiendas tras la tragedia de septiembre 11, 2001, y discutimos la gran cadena que une los diferentes eslabones de la economía mundo: extracción, producción, distribución y consumo.  Terminamos apoyando la sugerencia de la bloguera “Enfogoná”, del blog “Clientela Furiosa”, que nos conmina a evitar la mega tienda y a regalar cosas de aquí en esta Navidad.
  • Y hablando de economía, en el tercer segmento atendimos la pregunta de un radioescucha que nos pidió que discutiéramos la “fuga de cerebros”.  Esta frase se refiere a la emigración al exterior de puertorriqueños  con grados universitarios  (típicamente a Estados Unidos), y suena en Puerto Rico todo el tiempo, pero suena especialmente en periodos de crisis económica.  Para responderle, conversamos con el Dr. José L. Cruz-Rivera, ex-vicepresidente de Asuntos Estudiantiles de la UPR, quién nos explicó que “la fuga de cerebros es como el colesterol. Hay una mala y otra buena.”  En la buena, los talentos influencian de forma positiva el futuro económico del país, ya sea actuando como embajadores de Puerto Rico en otras partes del mundo, o regresando con nuevas experiencias.  “En realidad yo no hablaría tanto de “fuga de cerebros” como de “circulación de cerebros” …Lejos de ser un problema individual, donde cada ciudadano debe agonizar con la decisión de quedarse o irse, es un problema del Estado. Es decir, le corresponde al estado preocuparse por este tema y desarrollar las estrategias que permitan que el balance neto de los cerebros que se van y los cerebros que regresan represente una ganancia para el desarrollo socioeconómico del país”.

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el asesino

asesinoHace un par de días quise escribir sobre Jorge Steven.  Hoy debo escribir sobre el hombre que confesó haberlo matado.

“Debo”, dije, no “quiero”.  Todavía tengo dificultades para mirar su foto en los periódicos, para leer sus alegatos de defensa propia y de lo que algunos llaman “pánico homosexual”.  Tengo dificultades hasta para nombrarlo. Para mí es “el asesino”.

Confieso que me cae mal, que me asusta su visaje, que me provocan desagrado su expresión, su mirada, su frente, su collar, sus manos esposadas…

Y por eso debo escribir. Porque me desagrada.   Todos estamos horrorizados.  Hasta los que emiten expresiones homofóbicas al hablar de la víctima,  como “que hacía ese muchacho allí”, o “se lo estaba buscando, con esa vida”, tienden de inmediato a conceder la monstruosidad del acto de…este otro tipo. Del que mató, decapitó, desmembró, y luego intentó quemar y ocultar a Steven.

Juan Antonio, se llama.

Juan Antonio nos desagrada por la misma razón por la que nos desagradan todos los que cometen actos monstruosos, impensables.  No simples asesinos con móviles ‘vulgares’ (léase, ‘económicos’) , sino aquellos asesinos cuyas acciones se nos antojan distantes de la naturaleza humana más básica, más fundamental.  Los parricidas, los infanticidas, los genocidas.  Pero bien han sugerido los estudiosos de esos fenómenos que además de condenarlos, debemos entenderlos, para poder prevenirlos.  Por más monstruosos que sean estos eventos, si existen y ocurren, es que son, por definición, posibles.

Dicen que Juan Antonio odia a los homosexuales.  Dicen también que él es homosexual; que si miren sus cejas, que qué hacía en esa zona, conocida por la presencia de travestis, que Steven y él se conocían, que por qué quemó el colchón….  Todo esto puede ser importante. Pero los que lo dicen para burlarse de Juan y de su defensa están errados, me parece.  “Acusarlo” de gay no debe ser el ángulo, porque “gay” no debe ser una acusación, sino un hecho reconocido, aceptado, sin tapujos ni falsas “tolerancias”.  No.

Si en efecto Juan Antonio era bisexual o gay, y además odiaba a los homosexuales, entonces la situación es aún más trágica.  ¿Por qué? Porque ilustra el poder asesino no sólo de Juan Antonio sino de la homofobia colectiva, aprendida, respirada desde siempre, que contribuyó a forjar a un asesino, a generar en él odio hacia sí mismo y hacia otros.

Reconocer, entender, estas cosas, ¿excusa a Juan Antonio? ¿Lo justifica ante los ojos de la ley?  No, mil veces no. Que se haga justicia.

Reconocer, entender, estas cosas, ¿es un paso necesario para eliminar, de una vez y por todas, las condiciones sociales que permiten que algo tan monstruoso como esto caiga dentro del rango de las posibilidades de comportamiento humano, que sea posible? Sí, mil veces sí. Que se discuta, se arroje luz, se construya conocimiento valiente.

Para combatir la homofobia, y cualquier otra forma de intolerancia y odio, hay que sacar las fuerzas necesarias para entender las rutas que la convierten en un modo dominante de pensar.

Aunque esto implique mirar un asesino a los ojos, y reconocer al monstruo como humano, y a la monstruosidad como posible.

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steven

stevenTenía diecinueve años, y lo mataron. Lo mataron porque “no era una mujer”. Lo mataron con saña y con violencia. Eso es lo único que importa.

No me malentienda: Soy la primera que reafirma, siempre, el valor de la historia. La historia en detalle y con contexto, densa como la bautizó Geertz cuando dijo que la descripción debería incluir no sólo el comportamiento sino todos los significados y referentes posibles de ese comportamiento, conectados entre sí por una especie de bellísima tela de araña, o de humanidad que construimos, que nos da vida, que nos atrapa.

La antropóloga en mí preferiría querer explorar esa tela de araña en sus personajes, en sus matices, en sus narrativas. Querría sentir alguna simpatía, si no por el individuo que mató a Steven, sí al menos por su historia. Quisiera pensarlo víctima también, de alguna cosa.  La cárcel, tal vez, como él sugiere.

Pero no puedo.  No puedo ni recordar el nombre del asesino.  El nombre de su víctima, Steven, se me quedó en la mente enseguida, en cuanto leí la primera noticia, acompañado en mis circuitos neuronales por la imagen que de él ví en el periódico.  Una criatura.

Me dicen que Steven, justo antes de su muerte, se prostituía. Me lo dicen como si eso fuese a inspirarme algún rechazo.  Imagino que lo hacía por el dinero,  tal vez por la caricia, quizás por ambas.  Todo lo que me ocasiona esa otra historia, esa especie de acusación póstuma,  es una ternura implacable.

Lo mataron con saña y con violencia.  Lo mataron porque “no era una mujer”. Aquí, a mí, y ahora, eso es lo único que importa.

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