Mirando con incredulidad lo cotidiano, y buscando humanidad en lo “exótico”.

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imagen y sonido

foto:r.alcaraz, diálogo digital

Estoy lejos.  Observo a través del lente de los medios (y de facebook, que se ha convertido en una herramienta muy  útil para obtener noticias rápidas, gracias a los amigos que generosamente comparten las noticias) lo que pasa en la universidad.

Es como un sueño.  Uno de los malos, claro.

La policía se concentra en los predios de la Yupi.  Y no sólo la policía así, a secas. También, tal vez especialmente, la policía a caballo, la policía de negro, y la policía rodeada de escudos gigantes, como soldados romanos, escudos para protegerse de…¿qué?

Pues de ese ejército temible de estudiantes sentados en el suelo practicando, tras entrenarse y anunciarlo públicamente,  desobediencia civil.  La policía se acerca, para que los sentados puedan sentir el aliento de los caballos, el nerviosismo de los cascos.  Los pellizcan con tecnología y técnicas que a saber desde cuando querían usar y para las cuales no encontraban el cuándo, o el quién.  Los empujan con escudos, se los llevan cargados, los arrestan.  Los persiguen por las calles de la capital.  Les compartamentalizan la protesta (con carteles designando zonas específicas para ello),  y luego les cambian las coordenadas en pleno asunto. Literalmente, he visto como mueven el cartel de lugar.

[En el recinto donde trabajo, han puesto el cartel lejos, muy lejos, de cualquier edificio universitario. Para que los protestones protesten al son de los coquíes y de los grillos.  Pero eso es otra historia.]

Al mirar la escena de lejos, se me ocurre que si yo fuera un alienígena, o al menos un extranjero bastante despistado, de momento me parecería que en la universidad hay un enemigo terrible.  La impresión, la imagen, estaría basada en la cantidad y variedad de policías.

Luego está el sonido.  Jerarcas policíacos que me aseguran que allí hay “puntos” para desarticular, y que hay que proteger estudiantes que sí desean tomar clases; Administradores universitarios que justifican la locura de la intervención militarona apelando a las acciones violentas de unos misteriosos encapuchados, acciones que al parecer, todo el mundo desaprueba.

Pero el caso es que a la hora de arrestar, no hay encapuchados, casi nunca arrestan a los encapuchados, a menos que sean Tito Kayak, porque a ese siempre lo quieren arrestar, sino que parecen preferir, en eso de los arrestos, a muchachos y muchachas comunes y corrientes, desarmados, capturados mientras hacen cosas tan inofensivas como hablar por megáfonos o repartir papelitos.  O sentarse en el suelo.

Entonces, piensa el extranjero o el alienígena, o la bloguera, entonces se trata de otra cosa.  Se trata de enviar muchos policías para crear la impresión de que allí, en la Universidad, hay un terrible enemigo del pueblo (porque ¿para eso es la policía, cierto? para proteger al pueblo?), y se hace mucho ruido, se habla en los medios de la gran amenaza que son los estudiantes, para hacer la imagen más creíble…Como en las películas baratas, donde de repente se oscurece la escena, para entrarnos el susto por los ojos, y simultáneamente suena la música siniestra, para entrarlo por los oídos…

Imagen y sonido, para beneficio del ciudadano común con algún interés en hacer democracia más allá del ocasional voto, y que se está quedando esgalillao y bruto tratando de reaccionar al karso, el gasoducto, el corredor, la universidad, el colegio de abogados, el tribunal supremo…

Mientras tanto, en esa curiosa contracción del espacio que el internet y la posmodernidad permiten, tengo el New York Times abierto en otra pantalla y busco entender lo que ocurre al otro lado del mundo, en Egipto, donde las intensas protestas han recibido una reacción sorda y represiva por parte del estado.  Y, tal vez porque están las dos pantallas abiertas a la vez, Egipto se siente, de repente, muy cerquita, y suena terriblemente familiar.  Un miembro del partido oficialista egipcio confía en que el cansancio les dará la victoria.  Otro habla de “ley y orden” para justificar sus acciones.  Otros acusan a los protestones de ser pocos, o de ser un sector con intereses ideológicos particulares.  Amenazan con arrestos.  Mientras tanto, las libertades democráticas son erosionadas en nombre del orden, y las tropas traen el desorden de la represión a la calle.

Los periodistas que escriben el artículo recuerdan la pelea en los setenta de M. Ali contra George Foreman, en donde Foreman daba golpes, golpes, golpes, peleaba solo, y Ali esperaba…hasta que Foreman estaba débil, exhausto.  Y entonces Ali lo noqueó.

A todo esto, el presidente de la UPR anuncia, orgulloso feliz, que “el 94%” de los estudiantes se ha matriculado.  51,000 estudiantes. Claro que eso no es el 94% de los estudiantes que estaban matriculados el año pasado, no: es el 94% de los pre-matriculados.  De modo que la alegría del presidente me resulta bastante insólita (sí, mi capacidad para sorprenderme todavía, a estas alturas,  le puede estar resultando insólita al lector.) Pero es que 51,000 estudiantes es 14,000 estudiantes menos que los que había. La UPR ha perdido aparentemente 14,000 estudiantes. Casi llegan a los 50,000 que la Junta de Síndicos calculaba y quería, no hace mucho.  No es que la van a romper-es que ya la están rompiendo.  La UPR, según esos números, ha perdido sobre el 20% de sus estudiantes. Eso es una buena noticia ¿para quién? No para mí. No para el país.

Es como un sueño. Uno de los malos, claro.

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un ahorro de lujo en la UPR

Conceptualmente, tiene sentido implementar medidas de austeridad en la Universidad de Puerto Rico.  Después de todo, el país está en una crisis económica, y los destinos del país y de su universidad están atados en la más íntima de las relaciones: Sobreviven, triunfan o se hunden al unísono.

Pero en la práctica la cosa cambia un poco.  Porque no todas las medidas son iguales, o afectan a todo el mundo por igual.  Y hay algunas medidas para lidiar con la crisis que atentan contra la identidad misma de la Universidad. Que la distancian del país.

Tomemos por ejemplo aquellas que tienen que ver con el número de estudiantes que la universidad planifica atender.  No se habla, oficialmente, mucho de ello: Pero hay señales, y no son buenas. La Junta de Síndicos ha dicho en repetidas ocasiones que espera recaudar 40 millones del alza en la matrícula que llaman “cuota especial”.  A 800 pesos por cabeza, ese estimado asume 50,000 estudiantes matriculados en el sistema.

Solamente 50,000.  La última vez que la UPR tuvo esa cantidad de estudiantes fue en la década de los setenta.  Ahora atiende alrededor de 65,000: uno de cada tres estudiantes universitarios de la isla.

La distancia que la nueva política de ocupación generaría entre la institución y el país se agrava cuando consideramos el perfil de esos quince mil estudiantes actuales y potenciales que se quedarían sin atender.  Los índices de admisión (IGS) que constituyen el criterio único de admisión a la mayoría de nuestros programas, aumentan, en promedio, según aumenta el ingreso familiar de los estudiantes. Esto quiere decir que aunque hay estudiantes con todo tipo de IGS en todos nuestros sectores sociales, hay una tendencia a que el IGS (y por lo tanto la probabilidad de ser admitido) aumente según aumenta el estatus socioeconómico.  Dicho sesgo no es un reflejo del potencial académico sino de desventajas sistemáticas que afectan más a unos sectores que otros a través del tiempo.

El IGS, por su parte, es en gran medida una función del cupo en determinado programa.  Mientras más popular es un programa de bachillerato, y más gente solicita admisión a él, más alto se vuelve el IGS.  ¿Cuáles son los programas más populares del sistema? Por mencionar algunos: Todas las ingenierías; Biología y Pre-médica; Contabilidad.

Súmele, al bajo estimado de ocupación, las prácticas implementadas en el presente proceso de matrícula, y el cuadro empeora.  Las medidas implementadas en distintos recintos, implican una menor oferta de clases disponibles para matricular.   Para un estudiante que depende de la beca Pell para estudiar, no poder matricular su requisito mínimo de doce créditos constituye más que una barrera: Puede ser el fin de sus estudios en la UPR.

Algunos hablan de una Universidad “más pequeña y ágil”.  Yo creo que parte de la “agilidad” de la universidad pública debe estribar precisamente en su capacidad para atender sectores y geografías diversos.  El problema fiscal en la Universidad no debe, no puede, tratarse como una hoja de cálculo gigante.  La eficiencia no puede darse en un vacío moral.  Las decisiones que tomamos para cortar gastos pueden solucionar un problema matemático de presupuesto-pero agravar los problemas socioeconómicos del país.

Cerrar cupos y secciones para “ahorrar” gastos implica así cerrar oportunidades para muchos futuros ingenieros, médicos y contables en la universidad del país, y sentar las condiciones para un estudiantado menos diverso, más homogéneo socioeconómicamente.

¿Pueden el país, y su Universidad, darse ese lujo?

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bananas

foto:primera hora

Hace algunos días, en ocasión de la protesta universitaria en el Jardín Botánico, el gobernador Fortuño, un tanto asqueado, se refirió a la escena como una digna de “una república bananera en revolución.” En ese momento, pensé que se trataba de un acto de ignorancia exhibicionista de su parte, una revelación de su desconocimiento de la historia, un error.

Hoy creo que fue un lapsus, una confesión, tal vez la articulación a destiempo de su visión para el país.

Según wikipedia, la república bananera tiene tres características principales: Inestabilidad política, dependencia en productos agrícolas limitados, y una camarilla corrupta y ricachona en el gobierno.

Dos de tres, supongo.  Faltan los guineos.

Mi primer contacto con la idea de “república bananera” fue en mi adolescencia, cuando leí la saga de los Buendía y de su soledad, relatada tan magistralmente por García Marquez.  De modo que lo primero que supe, o que pensé, de las “repúblicas bananeras”, es que en ellas se desataba la violencia indiscriminada de un estado corrupto sobre una población empobrecida que protesta.

Y  de hecho, el gobierno de Fortuño nos ha traído lo más parecido a esa imagen que he visto en Puerto Rico.

En las repúblicas bananeras, esa violencia estatal actúa en función de los intereses de corporativos y/o de algunas familias poderosas.  El ejemplo más famoso, históricamente, es el de la masacre colombiana de 1928, donde murió un número indeterminado de huelguistas. Los huelguistas querían mejores salarios.  Los soldados querían proteger los intereses de Chiquita Banana.

¿Qué intereses estarían protegiendo hoy los puertorriqueños enchalecados, enmacanados y encasquetados que embestían gente desarmada en las escaleras del capitolio?  Ya sabemos que parte de los fondos ARRA que le negaron a la universidad fueron pasados ágilmente al departamento de Educación y de allí convertidos, en esa prodigiosa alquimia legislativa, en asignaciones de fondos para cosas como la bibliotecas de Roselló y de Cuchín…Sabemos también que algo se traen, para hacer chavos metiéndole mano al (des)protegido karso….Sabemos que no les gustan la Universidad pública, el Instituto de Cultura, el Colegio de Abogados, los corredores ecológicos, la propiedad colectiva de lugares potencialmente lucrativos, como el Caño…Sabemos que creen que los servicios públicos deben ser manejados por manos lo más privadas posible, hasta para el “servicio público” de botar servidores públicos…Sabemos que son machos machazos masculinos y que si un senador protesta le dicen cua cua y que si la prensa se asoma la botan.  Sabemos que les encantan los barriles.

Sabemos que el gobernador piensa que la Universidad es un gasto, y esa apreciación es consistente con el asquito que le tiene a la república bananera que le ha tocado regir, y en la educación superior de la cual, quizás piensa, no vale la pena invertir…Mejor rodearla de soldados.

Sabemos, especialmente, que hoy los legisladores tienen en su agenda lo que tal vez debería ser la decisión más pública y más transparente: el presupuesto de Puerto Rico y su distribución.  En él plasman, en principio, su visión de país, las promesas que los llevaron al poder, el programa de gobierno…

Pero no hay que estar allí para saber cuál es el programa ese, supongo.  Ya nos lo dijo el gran jefe, a destiempo, hace unas semanas.  La república bananera lo asquea, pero es la verdadera visión, una visión compartida por la legislatura.

Sólo nos faltan los guineos.

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coca, cacos, cucos y la universidad

A diario escucho la condena a los estudiantes.  A veces es una condena feroz, como la del ex-gobernador Romero Barceló, que ayer, jadeante, los tildó de “manganzones”, y los acusó de gastarse la beca Pell en alcohol (!), cigarrillos y hasta coca. O la de Rivera Schatz, que para responderle al anterior opta por regresar al discurso del “grupúsculo diminuto” que no tiene “apoyo del pueblo”. A las condenas feroces podría respondérseles, y se les responde, con cosas como que la Pell no daría para la coca aunque la usaran, con que los chavos se usan para libros y comida, y con que los verdaderos manganzones son los ex-políticos que se niegan a limitar su infamia a la memoria histórica de los pueblos e insisten en su propia relevancia. O con que los políticos del presente deberían 1)cumplir con sus promesas de vigilar policías abusadores y 2)aprender a contar bien-porque el “grupúsculo” sigue constituyendo quórum y ratificando la huelga que los propios administradores legitiman convocando una asamblea tras otra, en la búsqueda infructuosa de la mitológica “mayoría silente”.

A veces la condena es mas bien desconcertante, como cuando, viéndolos macaneados, los acusan de haberse buscado el macanazo en cuestión “provocando” la ira (¿del policía? ¿de Dios? ¿de la propiedad privada?) porque se burlaron, o porque se “pasaron de la raya”, o porque “siguen pidiendo”, o porque no protestan “en los lugares y momentos adecuados”, o por sus largos pelos, o por sus “fresquerías”…O porque, como dice la amiga y colega Lissette Rolón en una de las fábulas que construye sobre la huelga, osaron sentarse “en la misma mesa con el gobierno siempre, como co-dueños de un bien público…” La “raya” que los muchachos ofenden al cruzar es casi siempre literal, geográfica, espacial: Hay quienes quisieran ver (o más bien, no ver) a los estudiantes apiñaditos en algún rincón irrelevante, protestando calladamente, sin molestar. Los que así piensan equiparan la democracia con la invisibilidad o la discreción de la disidencia.

A veces la condena es (en comparación con las dos variedades anteriores) casi gentil, acariciadora, como cuando sus colegas y los nuestros conminan a los huelguistas a salirse de los portones, de prisa, por favor, para que otros puedan entrar a dar clase/tomar clase/hacer investigación/graduarse. Aquí el problema no es tanto el reclamo (los universitarios, todos, tendemos a creer en una universidad abierta, colectiva, utilizable, de modo que el reclamo tiene su justicia), sino a quién se le está haciendo ese reclamo: ¿Por qué no le decimos eso mismo a los Síndicos y administradores? ¿Que deroguen la certificación conflictiva, aclaren el asunto del alza fantasmal de matrícula, quiten las sanciones y nos dejen abrir los recintos de una buena vez? ¿Que habiliten las estructuras de diálogo que están secuestradas: los no- convocados senados, la no-convocada junta universitaria? ¿Qué tal pedirles que defiendan al estudiantado que recibe becas, peludos o pelones, dentro o fuera de los portones, de las alocadas acusaciones de Romero?

Una máquina del tiempo, usted y yo somos los clientes, alguien (¿Rodríguez Ema?) sonríe, masculla alguna cosa, nos conecta los cables necesarios, y emergemos del aparato metidos en un anacronismo insólito: Un país en donde nos aplican una “medicina amarga” globalmente desprestigiada en los noventa, en donde se asoma además la cabezota fea, igualmente desprestigiada, de una estrategia política, la de la opresión, el carpeteo y el exceso policíaco, que creíamos superada, donde gobernadores del pasado surgen,  zombies manchados con sangre de maravilla, a insultar a los estudiantes, emisarios de un futuro posible. Donde los abogados de la universidad, inesperadamente, renuncian y en su lugar se instalan nada menos que los de McConell-Valdés, arquitectos del fortuñismo y de las apepé formales e informales.

¿Y qué hacen los muchachos y muchachas de la Universidad con todas esas condenas? La mayoría de ellos las contesta con serenidad, y sigue trabajando.

Rushdie tiene una novela, Shame, en donde un personaje se vuelve peludo (muy peludo) porque carga en sí toda la verguenza (bueno, “shame” es una de esas hermosas palabras que significa varias cosas, entre ellas, verguenza y culpa) de los que no tienen o asumen ninguna.  Tal vez los llamados “pelús” de los portones cargan con la verguenza, con la dignidad, con la responsabilidad, del colectivo. Basta ya de condenas: Hay que dirigir el reclamo universitario hacia donde debe ir.

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picada de ojos: la universidad, enmarcada.

El mensaje del gobernador, especialmente la sección sobre la UPR, fue indignante. Nefasto.  Y efectivo.

Y al decir “efectivo” no quiero decir ni que tiene razón ni que habla con verdad.  De hecho hay varios momentos que ejemplifican muy bien el uso resbaladizo, fragmentado, que suele dársele a la verdad en este tipo de mensaje político, independientemente de los bandos, los colores, o la ocasión histórica.  Como cuando habló del “porciento fijo” que representa el presupuesto de la Universidad pero olvidó aclarar que la base sobre la cual se calcula ese porciento fue alterada, como parte de los contenidos aprobados en la todopoderosa Ley 7.

Pero no vengo a hablar de las medias verdades sino de la efectividad del mensaje.  Por “efectivo” quiero decir que probablemente logra su cometido.  Cometido que, por cierto, no tiene nada que ver con convencerme a mí.  Ni a mí ni a los tantos otros que vivimos enamorados y enamoradas del concepto, del espacio, de la idea, de la metáfora, de la institución y del proyecto cultural que es la Universidad de Puerto Rico.  No.  De hecho, una de las cosas que hace efectiva esa sección del mensaje es justamente eso-que de entrada, el gobernador NO nos está hablando.  Ha decidido no hacerlo.  Nos “tira a pérdida”, no intenta convencernos, y convierte ese exilio (no somos parte del acto comunicador sino espectadores del mismo) en parte de la estrategia de comunicación.

Y esto no es una movida discursiva particularmente original, ni nueva. Es un clásico de los comunicadores políticos conservadores en Estados Unidos.  Lakoff y otros linguistas lo llaman “framing”, y se trata de una forma de comunicación política estudiada, probada, y en el desarrollo de la cual se ha invertido mucho dinero.

Es importante recordar que “framing” tiene el significado literal de enmarcar (lo que le hacemos a las fotos y los cuadros) pero también el más metafórico de  incriminar (lo que le hacemos a las personas cuando los hacemos quedar mal, o como falsamente culpables.)

El framing funciona así: Cada palabra está atada a un marco conceptual, del cual somos más o menos conscientes.  Un ejemplo que provee Lackoff es el de Arnold Schwarzenegger aceptando la gobernación, y diciendo “cuando el pueblo gana, la politiquería (politics as usual) pierde.” ¿Qué logra con eso? Logra enmarcarse a sí mismo, el ganador, como el resultado de la elección del pueblo y la encarnación de esa victoria, y a a la legislatura demócrata como “politics as usual” y pronta perdedora.  Todo esto por adelantado, anticipándose al debate.

Otro ejemplo que usa Lackoff: la frase “alivio contributivo” (“tax relief”).  Ésta enmarca no tanto al “alivio” como a las contribuciones – si hay “alivio” esto implica que las contribuciones son una “dolencia”, una “enfermedad” de la cual hay que aliviarse.  De manera similar, los conservadores en Estados Unidos se han apoderado de cosas como “los valores”, la “vida” , la “familia” y hasta de la “libertad”.

¿Y qué tiene que ver todo esto con el mensaje de hoy y con la universidad? Veamos el discurso de Fortuño:

“Como hemos dicho en el pasado, estabilizar nuestras finanzas y reconstruir la economía de Puerto Rico es tarea compartida de TODO nuestro pueblo…Es por eso que nuestra gente no entiende por qué, si todos nos hemos tenido que ajustar los pantalones en los pasados años, la Universidad de Puerto Rico no pudo hacer lo mismo.”

De entrada, hay un framing – una dicotomía entre EL PUEBLO y SU UNIVERSIDAD- colocados de repente, gracias al lenguaje, en bandos opuestos.  No se trata de la UNIVERSIDAD DEL PUEBLO, sino de una universidad distante del pueblo, y de sus sacrificios. La UPR queda enmarcada desde el arranque como una entidad ajena, elitista, enajenada y engreída.

Y así se desarrolla el resto de ese capítulo del mensaje: De una parte, la universidad del estado, representada por seres que en la narrativa de Fortuño, se rehúsan a reconocer su privilegio y a “ajustarse los pantalones”. De otra parte, todo el resto del país. Como lo hace aquí,

“O sea, que la matrícula que pagan los estudiantes de la UPR cubre apenas el 3% del presupuesto de la Universidad…el resto lo pagamos NOSOTROS LOS CONTRIBUYENTES.  Por eso es que nuestro pueblo—que es un pueblo justo y noble, pero que también es un pueblo de ley y orden que cree en la democracia—se molesta cuando ve y escucha lo que todos hemos presenciado en la Universidad en los pasados días.”

cuando pone de una parte a los contribuyentes (a.k.a. “el pueblo”, y justo en abril, cuando todavía nos duele el bolsillo), a la ley, y al orden,  y de la otra parte a los estudiantes huelguistas (y por extensión a la no-ley, y al desorden.)  Y aprovecha la alianza linguística para lanzar la no-muy-velada amenaza:

“El respeto al principio de la autonomía universitaria nos obliga a ser prudentes y no intervenir hasta que nos lo requieran las autoridades universitarias. Pero a las autoridades universitarias les digo: estamos aquí, listos y dispuestos para brindarles la ayuda que ustedes estimen necesaria, cuando ustedes así lo determinen, para proteger los derechos de TODOS los estudiantes….etc etc.”

Aquí hay varios “marcos” adicionales, actores de carácter en el drama linguístico entre el “ellos” de los universitarios y el “nosotros” del pueblo trabajador y desempleado: desde afuera, las autoridades gubernamentales, la “ley y orden” que se ha declarado ausente, esperan la invitación de las autoridades universitarias, “enmarcadas” como inefectivas. Paternal, pero por supuesto en el rol de “padre severo” que tanto les gusta a los conservadores de este corte, le dice a la universidad lo que tiene que hacer-y espera. Espera para aplicar la “cero tolerancia”, la “mano dura”, la “ley y el orden”.

Tan flexible es el lenguaje y tan efectivo el “framing”, que algún ciudadano podría olvidar, de momento, lo absurdo de un escenario donde los “malos” son los estudiantes que han dicho CON LA UNIVERSIDAD NO SE METAN, y los “buenos” son el gobernador, la legislatura,la policía, la fuerza de choque, las universidades privadas, los estudiantes que no quierem paro, los que no saben si quieren paro o no, los ciudadanos que trabajan y pagan impuestos, los que no pagan impuestos porque ya no trabajan, porque los botaron,  la Ley 7 que los botó, la administración universitaria…

El desafío es claro.  Hay que recordarle al país que la UPR es el sistema universitario del país, del pueblo.  Que su costo real por crédito es mayor que el de las privadas no porque sea más “ineficiente” sino porque se trata de un proyecto cultural que va más allá de (y que enriquece) las aulas. Que sus tasas de graduación son las mejores del país.  Que produce la mayor parte del conocimiento científico y humanístico del país.  Que su destino y el de Puerto Rico están atados uno al otro con lazos  de fuerza, de antiguedad, y de una lógica racional y emocional que tal vez al gobe se le escape pero que no deja por ello de existir. Que la universidad nos permite imaginar y construir futuros. Que romper a la universidad es en cierto modo romper el espíritu colectivo, el ethos, la cosa, el no sé qué. ¿Que se equivocan (nos equivocamos) a veces los que la habitan? Pues claro que sí.  Pero la UNIVERSIDAD es mucho más que las partes que la componemos, y (¡tan distinta del mercado!, ¡y de la ley!) nos perdona.  Es otra cosa. Es nuestra.

Y esa cosa, esa cosa que es el país, nuestro gobernador y su bandera no la entienden.  Busquemos de nuevo el lenguaje, expliquémosla otra vez.  Algunos ya han empezado-para leerlos, pulse aquí, aquí, aquí y aquí. Yo me voy a dormir, y a buscar las palabras.

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maripositas verdes

En la escuela del mundo al revés, el plomo aprende a flotar y el corcho, a hundirse. Las víboras aprenden a volar y las nubes aprenden a arrastrarse por los caminos. E. Galeano, “Patas arriba.”

Todos los días les agradezco a la estructura y al azar trabajar aquí, en la Universidad. Aún cuando peleo, aún cuando me enojo, aún cuando la U me muestra su lado oscuro, prefiero este lugar a cualquier otro.

Pero amar no es un ejercicio carente de crítica.  Loving critique, escuché o leí a alguien decir (o escribir) el otro día.

Me entero a través del servicio de “cartero” electrónico en mi recinto que el departamento de Humanidades, con el co-auspicio de -nada menos que- Lockheed Martin, ofrecerá seminarios -nada menos que- de…ética.

Claro que no debería sorprenderme, dirán algunos.  Después de todo, Lockheed Martin es una presencia familiar, y hasta querida, en el recinto.  Se la pasan aquí, reclutando ingenieros e ingenieras, especialmente, pero también otorgando donativos para actividades de alcance, como ésta. ¿Entonces qué es lo que me inquieta? Bueno, siempre me ha resultado bastante incómodo tener representantes de Lockheed Martin saltando por ahí, no porque como individuos me hayan hecho nada sino porque representan lo que antes se denunciaba como complejo industrial-militar y ahora, gracias en gran medida a la popularidad del libro de Naomi Klein, se reconoce como un complejo de guerra y desastres (war and disaster profiteering).

Lockheed Martin enseñando ética. La misma Lockheed Martin de los misiles; la misma de los escándalos de contratos millonarios otorgados sin mediar subasta ni competencia (y una, ilusa, aquí pensando que de competencia se trataba justamente el cacareado concepto de “libre mercado”); la misma que protagonizó la destrucción y más tarde, ironía de ironías, la reconstrucción de Irak en una ilustración grotesca del capitalismo del desastre; la misma que se metió también de lleno en el lucrativo y siniestro negocio de “interrogar” prisioneros de guerra; la misma que invierte asiduamente en los cabilderos que a su vez invierten asiduamente en los legisladores que facilitan o entorpecen el proceso legislativo a conveniencia de la compañía; exportadora de armas #1 en el mundo, acusada de pagarle cuantiosas sumas a jefes de estado extranjeros, fabricante de algunos de los aviones de guerra más letales.  Esa misma.

Acá nosotros hablando de “manteníos” para referirnos al pobre que mal-vive del gobierno, y mientras tanto, Lockheed Martin obtiene el 84% de sus ganancias del gobierno (es decir, de los contribuyentes, los mismos contribuyentes que perdieron o vieron amenazados sus hogares, acciones y salarios recientemente) de Estados Unidos. Eso sí que es mantengo.

¿No es acaso un problema ético gigante una compañía que depende, para sus enormes ganancias, casi totalmente de la reproducción de la guerra y/o desastre permanente, y que otorga donativos de campaña y coloca a sus ejecutivos en posiciones de poder para tomar justamente las decisiones asociadas a la guerra y el desastre permanentes? ¿Y entonces, no es acaso una ironía inmensa, que sea esa compañía, y no otra, la que nos auspicie cosas relativas a la ética?

Y bueh. El caso es que ahora visitan mi universidad para darnos talleres de ética.   Y de paso nos sirven de jurado en el Ethics Bowl de la Facultad de Administración de Empresas, junto a representantes de otras corporaciones como….Goldman Sachs.

Pero dejemos a Goldman Sachs para la parte dos, o para los comentarios, de esta entrada, porque quiero hablar de las mariposas.  En un pasaje triste y hermoso de su maravilloso libro Patas Arriba: La escuela del mundo al revés, Galeano hace una historia que como todas las suyas es también fábula, dato, y metáfora. Nos dice que en 1994, la empresa petrolera Chevron, contaminante en grande del agua, aire y tierra californianos, estableció un refugio en los terrenos de la compañía para salvar de la extinción a una mariposita azul. El refugio costaba cinco mil dólares anuales.  El lavado de cara publicitario protagonizado por la salvación de la mariposa costaba ochenta veces eso…por minuto. La impunidad, nos recuerda Galeano, es un producto muy barato.

El cuento es interesante y viene al caso por dos razones: Primero, porque demuestra una estrategia frecuente de relaciones públicas – buscar una causa simpática y “auspiciarla”, movida especialmente efectiva si el recipiente de la generosidad se encuentra en crisis fiscal (nuestro caso, justamente); segundo, porque con frecuencia estas aparatas (me refiero a las compañías como Lockheed y Chevron) eligen como “causa simpática” precisamente lo mismo que con su otra mano (con su mano dominante) destruyen.  Así, Chevron elige una causa ambiental, y Lockheed opta por auspiciar la “ética” y la “paz”.

¿Seremos nosotros, los académicos, los colegiales, las maripositas (verdes) del Lockheed Martin?

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Haití: La caridad y la otredad

Tal vez por aquello de ser antropóloga, o tal vez por preguntona, lo primero que sentí no fue la indignación, sino la pregunta:  ¿Por qué? ¿En qué estaban pensando los médicos que sonrientes, nos miran desde las fotos, cerveza o negra pierna de paciente en mano? ¿Qué motiva la sonrisa?  Y más extraño todavía, ¿qué motiva la foto?

Posiblemente sean hasta buenas personas, estos médicos que salen en las fotos.  Después de todo, fueron allá a ayudar.  Pero las fotos revelan algo turbio.  O lo confirman, porque suele haber turbidez en todo lo que tenga que ver con la forma en que el mundo trata a Haití. Aún en medio del ejercicio de la  caridad.

Busqué en la prensa y en facebook, donde empezó el escándalo.  Pero no encontré muchas respuestas.  Encontré sólo indignación.  Probablemente justificada, dicho sea de paso.  Una mujer semi-desnuda a quien le suman, encima del vejamen de la semi-desnudez y de la tragedia de la amputación inminente, la humillación de la fotografía.  Tal vez no la ha visto, tal vez no sabe que la han fotografiado, pienso, para consolarme un poco.  Pero entonces es peor, me riposto. Si ni siquiera sabe, si no tuvieron la decencia de pedirle permiso, de avisarle, entonces es peor…

Veo otra foto, ésta de un niño, o niña.  Un cuerpito amputado. Me pican los ojos, se me anudan el alma y la garganta, me siento culpable..no sé exactamente de qué, pero de algo. Cierro los ojos, aprieto next.

La foto que le sigue no contiene ningún haitiano.  Sólo el médico boricua, armado con un rifle y una sonrisa.  Y sigo sin entender por qué (¿por qué tiene un rifle? ¿por qué sonríe?), pero empiezan a tener algo de familiar.  No tanto las fotos como las sonrisas.  ¿Donde he visto sonrisas como esas antes?

Varias respuestas vienen a mi mente.  1.  En el escándalo de Abu Ghraib, las sonrisas de los soldados que martirizaban a sus víctimas iraquíes y que posaban junto a ellos en situaciones que dejaban clara la diferencia de poder entre prisionero y soldado.  2.  En las fotos que los que visitan zoológicos suelen tomarse al lado de las jaulas, especialmente aquellas cuyos huéspedes son pensados como particularmente peligrosos (tigres, leones, culebras) o, tal vez con mayor frecuencia, particularmente graciosos (delfines, chimpancés, avestruces.) 3. Los turistas colorados que se toman una foto cerca del “nativo” del lugar que visitan.

Todas esas situaciones tienen en común una combinación particular de dos seres:  Uno, dueño de la cámara o amigo/cónyuge/colega del que la porta, que sonríe para la audiencia que de seguro verá la foto y que él/ella conoce, porque será él/ella el que la enseñe; Otro, tal vez invitado, tal vez no, por el primero, tal vez sonriente, tal vez no, tal vez consciente de ser fotografiado, tal vez no,  un ser asumido como un “otro”, como “diferente” de alguna forma fundamental, intrínseca, un “otro” que no le mostrará la foto a nadie porque no es dueño de la cámara, ni de la situación.

Claro que las tres situaciones que resumí arriba son, moralmente, distintas.  La sonrisa del soldado en Abu Ghraib que encadena al prisionero como un perro, o que lo obliga a posar, desnudo y en abierta violación a lo que su religión (la de la víctima), su ideología (la de la víctima) , le indican como correcto, es moralmente mucho más grave que el visitante que se toma una foto al lado del delfín o del chimpancé del Zoo, o que la del turista que se toma una foto al lado de un nativo que al final del día, quizás hasta esté de acuerdo.

Pero las tres ejemplifican una sonrisa que sugiere la satisfacción, el regodeo, de un ser relativamente acomodado, móvil, viajero, visitante, guerrero, que posa, feliz, junto a alguien a quien considera no solamente distinto, sino de alguna manera inferior.  Porque si pensáramos a ese “otro” como un igual, le pediríamos permiso, le ofreceríamos una copia de la foto, tendríamos un cuidado, un respeto, que ninguno de los ejemplos indica.

(Una excepción aparente: Las fotos que se toma la gente con los artistas, o las figuras políticas.  Ahí suele también haber sonrisa, pero no la sonrisa que genera la situación que aquí estoy describiendo.  El artista o figura pública no es menos poderoso que el dueño de la cámara, es dueño de la situación, y es equivalente a un monumento, una maravilla.  Típicamente es objeto de la admiración del que toma la foto.  Es percibido como un “otro”, pero superior, no inferior.  Y la sonrisa resultante es distinta, aniñada, agradecida.)

El escándalo de los médicos enviados por el Senado a Haití se parece, más que a ningúna otra foto, en el contenido, en las sonrisas, al de Abu Ghraib. Distinto, sí, en que después de todo no estaban torturando sino curando, aliviando, al “otro”, pero parecido en la sensación que la fotografía produce en el que la mira.  Hay alguien sufriendo y hay alguien feliz en la misma foto. Y el que está contento domina la cámara y la situación.  La diferencia racial le añade otra capa de desazón al asunto – el feliz tiene la piel más clara que el sufriente. Y no sabemos si el sufriente sabe de la foto, o si le importa. De hecho del sufriente no sabemos nada, es un prop, un signo, un espectáculo, dentro de una escena donde el protagonista, el que tiene nombre y profesión, es el doctor.  Del sufriente sabemos sólo que sufre.  Se le ha negado su historia, su humanidad, su protagonismo. Podría ser cualquiera de los tantos amputados, víctimas del terremoto, de la esclavitud, de los bancos internacionales, de la globalización, de los tiranos locales y mundiales, de la indiferencia, del racismo, del desinterés.  El primer país del mundo en abolir la esclavitud, castigado y maldecido para siempre por tener el descaro de tomar esa abolición en sus manos, en lugar de esperar por la generosidad y la diplomacia blancas.

La caridad es mejor que la indiferencia.  Pero aún en medio de la caridad afloran, como un burbujeante precipitado químico, inesperado pero inevitable, las ideologías que rigen nuestra actitud (y la del mundo) para con Haití.

Posdata:  Me quedé pensando en este post mientras hacía otras cosas y entré de nuevo para aclarar algo que me parece importante: Esta entrada examina otro ángulo – la idea de que el tipo de foto mostrada (especialmente las que contienen pacientes) son sugestivas de esa perpetua otredad, de ese racismo, de ese desprecio, que el mundo ha mostrado por el pueblo haitiano por tanto tiempo, y que muestra aún mientras lo ayuda.  Que el paciente haitiano no merece la misma privacidad, o seriedad, que el paciente común y corriente. Que sentimos simpatía pero nos quedamos  cortos en empatía.

No creo que estos médicos merezcan un castigo que anule sus carreras o afecte radicalmente sus vidas.  No los acuso por beber cerveza (yo probablemente me hubiera bebido varias, después de un día trabajando en una tragedia como esa) o por lo que algunos en internet están llamando, con desprecio, “fiestar” en plena tragedia.  De hecho me parece que con todas sus faltas, el médico que opta por irse a Haití a ayudar de gratis es digno de admiración-después de todo, la mayoría de nuestros médicos se quedaron acá, algunos haciendo muchos chavos.  Quizás, si hubieran sido parte de un contingente más experimentado, como el de Vargas Vidot, esto no hubiera pasado.  Ojalá que los que salen en las fotos sigan cultivando la generosidad que mostraron al tomar la decisión de ir a ayudar,  y que a la vez opten por examinar sus prejuicios -ellos, y nosotros.  Ese, y no el castigo,  sería el mejor resultado de todo este episodio.

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tarifas, vagos, indignaciones, y otras vergüenzas de la cotidianeidad

Hace rato que tenía que haber escrito sobre este asunto de las tarifas fijas para los residenciales, o más bien (porque esto otro es lo que verdaderamente me llama la atención y me interesa) sobre la reacción que dicha política ha desatado.  Esa protesta colectiva, a viva voz, una ola de quejas que nunca he visto elevarse, al menos no con esa velocidad, para defender ninguna otra causa.  Ningún político pillo, o vago, o mantenido, ha desatado jamás semejante ira.  Los que por poco nos queman el país con el desastre de CAPECO nunca fueron blanco de una indignación así. El bono a los desarrolladores para que pudieran seguir construyendo (y vendiendo) en un país con sobre veinte mil viviendas vacías nunca fue discutido como “robo” o “parasiteo”.

Cuando decidí que finalmente escribiría sobre este asunto, tampoco escribí. No escribí porque quería producir un texto impresionante, conmovedor, o por lo menos ingenioso.  Tal vez sonoro, con esa sonoridad que con frecuencia exhiben tipazos y tipazas como Pérez Reverte, o Ana Lydia Vega, o Mayra Montero -esa sonoridad que emite el argumento en el volumen preciso, y en la frecuencia exacta, para que éste resuene en las neuronas y el corazón ajenos.  De modo que volví a no escribir.

Finalmente, supongo que hoy, decidí que igual tenía que hacerlo.  Primero, porque me dí cuenta de que no lograría la resonancia esperada (puede leer sobre “resonancia”, ese tan poético fenómeno de la física, aquí), justamente porque esa es la cualidad principal, y más repugnante, de esa indignación colectiva que hoy vengo a criticar.  Me resigno entonces a escribir cualquier cosa: un cruce entre desahogo y memo corporativo, un telegrama febril, una rabieta antipática pero inteligible, un carraspeo lanzado torpemente al mundo de la cibernia.  Que salga cualquier cosa, pensé, pienso; entramos luego y escribimos algo de seguimiento, más bonito, más sosegado, más intelectual.

Así que escribo.  Primero, para describir la cosa que enfrento aquí.  No se trata de la decisión de la tarifa fija – ni siquiera sé si esa decisión,la de otorgarle una tarifa fija de agua y luz a los que viven en residenciales públicos,  es buena, mala o irrelevante.  Probablemente, para ser honestos, en términos estrictamente económicos, es irrelevante. No lo sé.  Francamente, ni viene al caso.  Lo que me trae hoy a la ventanilla de editar una entrada en mi blog es la reacción popular a esa decisión.  Y ésta, señores, ha sido de miedo.  Los comentarios en los periódicos en línea chillan (sí, chillan, en chillonas mayúsculas) cosas acerca de esa “gentusa” (palabra que por cierto, muchos escribieron con ‘s’), que “vive del cuento”, y que “no trabajan para vivir del gobierno y de los que pagamos contribuciones.”   Hablan de irse a vivir en un caserío como si de hecho quisieran hacerlo. Hablan de un futuro donde el gobierno les dará internet gratuito también.  Hablan de plasmas, antenas y piscinas en todos esos hogares que, si una no hubiera visto de cerca, tendría que imaginar como fabulosos palacios de cuento, con fuentes cristalinas y luces de discoteca.

Pero la peor parte no fueron los periódicos, no.  Allí de todos modos siempre hay cuatro locos chillones comentando las noticias groseramente, de hecho esta vez han estado quizás hasta más educados que de costumbre.  No, la peor parte fue facebook, espacio en donde me comunico con lectores de esta cosa, con amigos, con familiares, con antiguos compañeros. Allí, me cuenta un lector, José G. (que por cierto ha escrito algo muy bueno sobre este asunto y espero que lo publique en algún lado, pronto), y acabo de verificar con mis ojitos, hay un grupo con casi cuatro mil miembros que se llama “estoy harto de mantener los vagos en PR con mis contribuciones” y que se describe a sí mismo de la siguiente forma:

“Este site es para establecer un final proximo a todos los vagos en Puerto Rico que no trabajan y se la pasan esperando la GUIRA del “MANTENGO” gubernamental, sea cupunes, ayudas, etc, etc, etc. Son todos aquellos que se la pasan perdiendo el tiempo en la casa, jugando juegos electrinicos y esperando el cheque del gobierno con una barriga que parecen nenes de World-Vision. Los magnificos parasitos que nos tienen a Puerto Rico en la bancarrota por estar manteniendolos como peces de agua dulce en estanque.”

¿”Establecer un final próximo”? ¿Qué es eso y cómo proponen lograrlo? ¿Genocidio? No, quisiera pensar que lo que en realidad desean es que todos tengan empleos. Los comentarios que leí hoy (hay páginas y páginas de ellos) dicen cosas como (esto es sin censura, lo copio tal cual, aunque me mate la “z” de “abuzo”)… “sin palabra, indignacion total….. Quien piensa en mi, en la clase media. no lo puedo creer. QUE ABUZO. por Dios agamos algo que yo me apunto, esto no puede seguir, ya no mas.”, y se ensañan con especial furor con las “guimas mantenías” que según ellos se dedican a parir y parir con toda la mala intención de continuar “parasiteando”.  Dice uno” “En especial a las Guimas cuponeras de caserio, no saben mas que paril hijos y no trabajan esperando los cupones, jajajaj…”  Hasta la foto revela odio – una mujer sobrepeso, de espaldas, con algo pegado de la bata en el área del trasero.

Yo pago contribuciones, muchas, fiel, legal y consistentemente.  Y mucha luz, y mucha agua.  Pero con toda franqueza, no creo que el furor que este grupo de facebook tan orgullosamente, y con tanta resonancia, exhibe,  se trate de eso exactamente, no.  Como pagadora de contribuciones, a mí me indignan el estado de las carreteras, el deterioro del sistema público de educación, la ausencia de transportación colectiva, la ineficacia del sistema de salud, la escasez de parques y áreas verdes, en fin, me indigna que mis contribuciones no se traduzcan en una estructura de cosas que podemos llamar el bien común y que se refiere a las cosas que nos benefician a todos: urbes limpias, menos autos, más salud, mejor calidad de vida.

Pero no, no hay un grupo de facebook que inste a Fortuño a garantizarnos ninguna de esas cosas.  Lo que vociferan las voces indignadas es que los pobres tienen la culpa, que nos engañan, que nos explotan.  Y yo quisiera aclarar un par de cosas:

  • Los pobres no nos explotan.  Lo que el estado invierte en mantener a sus ciudadanos más vulnerables es una chavería en comparación con los subsidios que reciben otras entidades, corporaciones, casi todas, que pagan muy pocas contribuciones,  generan muchas ganancias, y definitivamente no viven en un apartamento diminuto con ventanas miami y ruido de tiros en la noche, como viven muchos en nuestros caseríos.
  • La imagen del residente de caserío que ríe sonoras y siniestras carcajadas y se frota las manos porque nosotros, los contribuyentes, le pagamos un estilo de vida que incluye piscina, cable, antena, internet, losa italiana, o lo que sea, es una fantasía, o en el peor de los casos, una excepción. La mayor parte de los residentes del caserío preferirían vivir en otra parte.  Otros quieren vivir ahí, esa es su comunidad, y trabajan duro, con pocos recursos, para mantener sus apartamentos lindos, ordenados, y para bregar con el discrimen cotidiano que su geografía les acarrea.  Muchos de ellos trabajan, muchos otros desean desesperadamente trabajar y no encuentran empleo.
  • Ese punto es crucial: En Puerto Rico, la tasa oficial de desempleo ronda el 15%, la extraoficial el 19%, y esto es sin contar el sub-empleo, el empleo a salario mínimo que no da para vivir, y otros desastres de nuestro panorama laboral.  Gritarle, indignado, al residente de caserío que “se vaya a trabajar” es, en este escenario económico, un absurdo, porque sabemos que no hay trabajo suficiente para todos los puertorriqueños, vivan donde vivan, y porque en el residencial hay mucha gente que sí trabaja – porque en este país, señores, se puede trabajar mucho, duro y bien, y seguir siendo pobre.  De hecho los caseríos, como los arrabales, favelas, y otros espacios, son una de las formas físicas que adquiere el fenómeno moderno (o post-moderno?) del exceso de mano de obra potencial en una economía que “prospera” aumentando ganancias para los accionistas pero que no la prosperidad para la gente.  Los pobres NO tienen al país en bancarrota, como dice el grupo de facebook, es al revés: Los pobres son la evidencia de la bancarrota del país.

Podría seguir.  Parte de mí querría seguir. Pero me dice mi pantalla que voy por las mil trescientas palabras y prometí crear un blog, no un culebrón ni un tratado.  Me gustaría hablar de las nociones ideológicas malsanas que se ocultan detrás de toda esta “indignación” contra el residente de caserío.  Me gustaría hablar de cómo el “odio” contra el “mantenido” pobre tal vez nos distrae del timo del mantenido rico (puede ver algo sobre eso en este post).  Me gustaría hablar de algunas de las personas que conozco, que son de caserío y/o viven en uno, y que no son ni vagos, ni mantenidos, ni parásitos, sino gente buena y trabajadora. Me gustaría explicar que a veces, el internet y la antena son la manera más eficaz de mantener a los nenes lejos del punto (puede leer algo sobre eso aquí) y que algunos padres y madres optan por tener esas cosas, con mucho sacrificio, porque no pueden sencillamente mandar a los nenes a correr bicicleta por ahí.   Me gustaría describir el tiempo que pasé viviendo en un caserío del área metro cuando niña, y decirles a todos esos y esas que en chillonas mayúsculas hoy declaran que se mudarían a un caserío para que “los mantengan” que yo lo dudo mucho, que no les creo, que ellos y ellas no quieren vivir allí ná.  Ni con tarifa fija, ni sin ella.  Sólo quieren descargar su indignación, porque saben que algo anda mal, y el pobre y el dependiente siempre han sido un blanco fácil.

Foto tomada de endi.com, sección dominical del La Revista de hoy.

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CAPECO Y YO-carta a dos voces para el pueblo de Puerto Rico

GulfLogoLa carta que publica CAPECO en los diarios del país es una joya de las relaciones públicas.  En lugar de CAPECO, nos pone el familiar sellito de la GULF, como para que nos sintamos un poco cómplices de la cosa-después de todo, ¿quién no ha echado gasolina de esa marca alguna vez? Y en lugar de decirnos cosas, no dice nada – se lo deja todo al entrelíneas, al silencio, al white space. De modo que la transcribo pero añado mis comentarios, en itálica y entre corchetes. Veamos. Dice así la versión que salió el jueves en el Caribbean Business:

“Por décadas, Caribbean Petroleum Corporation ha sido una parte importante de Puerto Rico ofreciendo empleos dignos a familias puertorriqueñas y aportando al quehacer económico y social del país.  [Empleos, dicen, mágica palabra en el país del desempleo, en el momento en que tanta gente ha perdido el suyo, en el país que perfeccionó el arte de incentivar para emplear y donde "crear empleos" ha sido parte de las campañas, de todas, incluyendo la última, que redundó en veinte mil botados más...]

Lamentablemente, fuimos afectados [esto NOS ocurrió, nosotros no hicimos nadita para merecerlo, dice aquí]  por un incendio de incomparables proporciones [esto de incomparable es para que no nos pongamos a hacer comparaciones, para intentar que veamos el evento como una cosa excepcional, inexplicable, única, irrepetible...Para una lista de comparables, digo, de accidentes de este tipo en varias partes del mundo compilada para CNN, presione aquí] que ha detenido parte de nuestras operaciones.

Agradecemos la paciencia que ha demostrado tanto el pueblo, los clientes y los medios de comunicación al habernos permitido enfocarnos 100% en lo más importante: Proteger la seguridad de cientos de vidas y controlar el siniestro.  [Y yo aquí, ilusa ulisa de la cibernia, creyendo que los que protegían y controlaban eran los bomberos y resto del personal gubernamental asociado al manejo de emergencias, y ahora resulta que eran los de capeco, que estaban enfocados. Aunque más abajo le agradece a las agencias, alcaldías, y a "cientos de héroes."]

…..

Como siempre confiamos en que Dios nos continúe ayudando a todos como empresa y como país para sobrepasar esta lamentable situación.  [Por si acaso no te agarraron, lector, con lo de los empleos, ahora intentan apelar a un cristianismo que las estadísticas les indican persiste en una proporción importante de la audiencia.  Irte en contra de CAPECO, desconfiar de la buena voluntad de la GULF, es desconfiar de Dios mismo, renunciar a esa fe compartida.   Y está generalizada, la cosa, porque entre los legisladores haciendo invocaciones antes de legislar locuras, Santini invocando a Papito Dios cada cinco segundos, Fortuño bendiciendo al pueblo antes de dejarlo sin empleo,  y ahora CAPECO diciéndome que anda de la mano de dios...¿Qué pasó con la cuestión esa de no tomar el nombre de Dios en vano? ]“

La carta cierra asegurándonos que “contamos con el esfuerzo”, con el “compromiso incansable” y con el “servicio de calidad” de CAPECO.  Y yo cierro el blog para dormir el sueño de los intranquilos.

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garrapatitas y garrapatas

garrapataLos ceibeños están asentados en un canto de terreno deseable, y eso parece impacientar a algunos personajes que están locos por meterle mano a ese paisaje, por construirle encima, decorarlo, y maquillarlo para el deleite de los (turistas) bendecidos.  Primero les dijeron a los de Ceiba que “así es la vida”, en referencia al contraste entre la fealdad y la realidad de la pobreza local, y la belleza y fantasía de la riqueza visitante.  Ahora han tildado al liderato comunitario, percibido evidentemente como parejero, de “crápulas”, “garrapatitas” y “vividores”.

Mucha gente se ha ofendido, y con mucha razón.  Hasta el presidente de la junta de directores del dichoso proyecto ha dicho que las expresiones de Madera fueron “desafortunadas” y “contrarias a la política pública del gobierno de Fortuño”, aunque más abajo explica que lo son porque “aunque pueda haber diferencia de opiniones en sectores de nuestra sociedad, no se debe recurrir a adjetivos peyorativos”.  En otras palabras, el problema no es tanto de política pública como de relaciones públicas.  Madera y González fallaron, según esta lectura, por ser bocones sin tacto, no por lo que piensan sobre el desarrollo de Ceiba, sobre el proyecto, o sobre la resistencia de los residentes.

Es en ese sentido que a mí me resultan útiles, incluso refrescantes, las cosas que dijeron ambos bocones.  Por lo impulsivas, por lo cándidas, y porque los portavoces del gobierno de turno las rechazan por razones de “estilos” pero no las desmienten en su contenido.  Las expresiones que usaron primero González y luego Madera para articular la manera en que aprehenden el significado de la resistencia de la comunidad de Ceiba nos dicen así mucho no solamente sobre lo que piensan González y Madera, sino sobre lo que piensa un sector importante (en poder, no en tamaño) del país.  Lo que piensan (su ideología) justifica, explica y apoya lo que hacen (sus acciones, sus prácticas.)

Y, ¿qué es lo que piensan?  Podemos dedicarle a esto varias entradas de blog, pero adelantemos que sus palabras delatan una visión particular sobre el desarrollo, y sobre la pobreza, que es compartida con el gobierno de turno y que de hecho, en sus contornos principales, es compartida por muchos grupos dominantes a través del mundo y hasta por muchos ciudadanos comunes y corrientes, sin darnos cuenta.  Se trata de una forma de entender la pobreza que la plantea 1) como inevitable y natural, 2) como reflejo de alguna falta, de alguna carencia de mérito, inteligencia, carácter o alguna otra cualidad y 3) como un estado en donde la única forma de dignidad accesible consiste en aceptar, con resignación y hasta alborozo, la condición propia y admirar la del más afortunado “otro” que nos visita.

Es en ese contexto que se genera la ristra de insultos de Madera.  Los líderes de Ceiba son, en su libro, “garrapatitas” porque en lugar de agradecer la llegada de la salvación en forma de desarrollo turístico, la cuestionan.  Lo interesante del insulto elegido es que parecería tener mucho de proyección: El arácnido chupa-sangre es una metáfora para el comportamiento parasítico.  Madera, un señor que genera ingresos a través de contratos con el gobierno y que costeamos al final del día los pobres pendangos que seguimos pagando impuestos, este señor que iba a generar 130K así, por el ladito, fácil, con la mano izquierda, “asesorando” para facilitar una “transición” de junta, ese señor le está diciendo “vividores” a los líderes ceibeños.

Bien dicen que siempre habla el que menos puede.  Me pregunto si usó el diminutivo porque está consciente de la existencia de garrapatas gordas, grandes y poderosas que están más que listas para parasitear en Ceiba, de la misma forma en que parasitean al país en tantos otros ámbitos.

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picada de ojos:dos países bajo el sol

casetas-en-la-pargueraLos rescates de tierra (donde un grupo de personas, típicamente familias, sin hogar propio o desplazadas, ocupa algún terreno baldío y levanta sus casitas en él) han sido parte de nuestro paisaje por mucho tiempo y de hecho constituyen una suerte de tradición – muchas comunidades que el público percibe como legítimas hoy son de hecho el resultado directo de acciones como ésta.

[Dos libros muy buenos para estudiar el tema de los rescates más a fondo: Liliana Cotto, Desalambrar, y Llanes-Santos, Desafiando el poder.]

Ando de prisa, pero me gustaría hacer hincapié sobre sólo dos de los muchos elementos importantes del asunto de Villas del Sol aquí: Lo que nos dice acerca de espacio, clase social y vivienda en Puerto Rico, y lo que nos subraya acerca de la desconexión, la enajenación ideológica, de la administración actual y sus funcionarios.

Que en Puerto Rico las personas invadan, colectiva e ilegalmente, un “espacio” y lo conviertan en un “lugar”, en una comunidad con identidad propia, no es nada nuevo.  Joyuda en Cabo Rojo y La Parguera en Lajas son casos pintorescos y conocidos por muchos puertorriqueños.  Lo curioso, y esto se ha dicho en algunos medios, es el trato diferencial que los invasores reciben.  Por un lado, tenemos “invasores de lujo” en La Parguera que poseen (y venden, y compran, y alquilan) viviendas (llamadas casetas) en la bellísima costa del Caribe, que reciben (y pagan por) electricidad y agua, que poseen lo que un periodista llamó una vez “legalidad de facto”, y a quienes casi nunca (y digo casi porque el DRN alguna vez, un tanto tímidamente, intentó llevar el asunto a las cortes) el gobierno trató de sacar. De hecho, y tras recibir un tour del área de un casetero, el ex gobernador Pedro Roselló indicó en los noventa que las casetas estaban ahí para quedarse.

Fast forward al 2009.  Los habitantes de Villas del Sol están amenazados en las cortes y asediados por la policía.  Su servicio de agua y luz ha sido interrumpido en medio de una pandemia de gripe contra la cual, reconocen todos los expertos y las mismas agencias gubernamentales, la mejor arma es la higiene personal.  Y nuestro gobernador y sus portavoces dicen, públicamente, cosas como que “no se puede pretender que esas personas reciban agua y luz pagados por otros”, o que “se le han presentado sus alternativas como plan 8 y residenciales”, o que “están ahí de forma ilegal, y tienen que salirse”, o mi favorita: “ese es un lugar peligroso y tienen que salirse, por su seguridad y la de los rescatistas que tendrían que sacarlos en caso de inundación”.

El caso con esos comentarios es que suenan tan…ingenuos, que sorprenden.  ¿Por qué? Porque 1) los residentes han ofrecido y solicitado que se les permita pagar por los servicios de agua y luz, 2) la mayor parte del país sabe que la oferta de plan 8 se ha reducido y que las listas de espera para apartamentos en residenciales públicos son larguísimas, 3) en lugares como La Parguera hay viviendas ilegales y nadie saca a sus dueños y 4) la peligrosidad del “área inundable” se le aplica solamente a los pobres – imagino que ese valle en Toa Baja no puede ser más peligroso que el margen mismo del mar que ocupan las pintorescas casetas parguereñas.

El peor comentario del gobernador ha sido tal vez aquel en donde indica, en respuesta al asunto de  la dificultad de lavarse las manos regularmente sin servicio de agua, que los niños deben lavarse en las escuelas.  De un plumazo demuestra su total desconexión no con una sino con tres realidades urgentes en el país, tres de esas cosas cruciales que deberían ser no sólo del conocimiento de un gobernante sino parte de su agenda consciente todo el tiempo: la salud (en medio de una epidemia), la educación (en medio de una epidemia y una crisis agencial) y las profundas divisiones de clase en Puerto Rico.

Porque sí.  En este rectángulo insular nuestro, famoso por su pequeñez, tenemos dos países.  En uno, llevamos en auto a los nenes a la escuela privada que escogimos con cuidado, les sacamos cuentas de banco para que aprendan a ahorrar, vivimos en urbanizaciones con acceso controlado, unas más caras que otras, unas con piscina y otras no, unas con servicio doméstico y otras no, pero todas ellas vendidas como “seguras” y con “buenos vecinos”, cambiamos de automóvil de vez en cuando por aquello de que no nos deje a pie, nos preocupamos por el futuro, por la universidad,  y nos indignamos cuando escuchamos que algún colectivo de vagos nos roba el agua y la luz que pagamos con el sudor de nuestra frente.  En el otro país, no hay seguridad de vivienda porque hay fila para plan 8, los caseríos están llenos, tenemos que pasar frente al punto camino a la escuela para llevar a los nenes, tenemos que vender chocolates o botellas de agua en la luz para comprar uniformes, no tenemos empleo en parte porque no estudiamos mucho pero en gran medida porque NO HAY empleo suficiente, no tenemos verdaderamente selección de escuela así que si la escuela del barrio está en problemas ni modo, comemos la comida más barata que es también la peor, y estamos (sorpresa!) más a la merced de males sociales, educativos, y de salud que otros sectores sociales.

La revelación de la existencia de ese segundo país es la que me acecha tras las fotos de Villas del Sol, fotos que recuerdan algunas favelas brasileras.  La realidad de que hay un montón de gente que no tiene casa ni acceso a una vivienda digna. Aquí.  En este país.

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Si la mejor respuesta práctica que puede generar el gobierno de turno es cortar agua y luz, si lo mejor que puede hacer y articular es la mano dura, otra vez, tenemos problemas serios. Porque la pobreza en Puerto Rico, con sus tasas de desempleo que llegan, aún en los estimados más generosos, al doble dígito, con el 80% de los niños del país en escuela pública y con cerca de la mitad de ellas en el llamado “plan de mejoramiento”, donde si calculáramos el total de personas que viven en plan 8, comunidades especiales, residenciales públicos, arrabales y zonas rescatadas obtendríamos una proporción sustancial de la población puertorriqueña…la pobreza no es una cosa aislada e infrecuente, ni una cosa criminal.  Es la realidad de un montón de gente. Y súmele la gripe y la crisis mundial.   Si nuestros líderes no pueden reconocer y bregar con eso, con que Villas del Sol no es una cosa excepcional, marginal, o criminal, con que el nuestro es un país pobre y que esa gente pobre también votó por ellos, no deberían liderarnos.  Están gobernando en otro país.

Imagen de las casetas tomada de universia.com.  Foto de Villas del Sol tomada de indymediapr.org.

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wallpaper

bozo1Cada cuatro años, las elecciones nos dejan una especie de país fantasma.  O cuando menos, un paisaje fantasmal.

Me refiero a los pasquines políticos, los de las caras sonrientes que con quince, tal vez  treinta caracteres, proyectan y resumen las siempre buenas intenciones del/a candidato/a.  (Fulano de Tal…Un hombre de pueblo! Zutana de Tal…No te arrepentirás!!!] Son una parte tan familiar del paisaje boricua, y sin embargo, mirándolo dos veces, son un fenómeno tan extraño…Hoy los miraba desde la luz roja y una imagen surreal, ciencia-ficticia, insistía en materializarse en mi mentecita cansada: arqueólogos marcianos desenterrando, y preservando cuidadosamente, las imágenes que empapelan nuestros tablones de expresión pública,muros, parques, postes y monumentos, elaborado quién sabe que teorías para explicarlas.

“Que tontería”, me contesto, en el tapón…”Los pasquines no duran miles de años. A lo sumo, unos cuatro…”

Pero, ¿no son acaso cuatro años demasiados años, en la temporalidad (de tiempo, ojo, no de temporal) política del patio? Porque pensándolo bien, estos señores que me sonríen, multiplicados en el muro de la avenida, pertenecen a tres tipos principales, y ninguno de esos tres debería beneficiarse particularmente de esa especie de eco visual que las huestes político-partidistas pegan con grandes brochas de cola en nuestro entorno. Veamos.

Están, en primer lugar, los ganadores.  Por ejemplo, en mi hábitat, cientos de rectángulos que, con anacrónico optimismo, me dicen con grandes signos de admiración que la elegante señora con traje y cabellos igualmente claros y planchados “TE AYUDARA!!!!”  Supongo que muchos le creyeron, porque ganó. No se a quién ha ayudado todavía.  Al pueblo que la eligió (o al que le votó en contra, o al que como yo, se quedó “callao” en casita mirándolo todo por internet) no ha sido. Esos pasquines, con el tiempo, todo lo que logran es insultarme un poco.  Los ganadores todavía pasquinados parecerían estar burlándose.  “Ilusos”, dicen sus sonrisas….

Luego están los perdedores.  Esos resultan menos antipáticos, no porque lo sean, sino porque perdieron.  Creo que fue Borges que dijo que había una dignididad particular que estaba fuera del alcance del vencedor. Pues algo así.  Estos otros perdieron, así que de alguna manera me resultan menos odiosos.  Por un ratito. A medida que recorro la ciudad y se multiplican sus sonrientes caras empiezo a cuestionarme su derecho a estar molestando mi pupila.  Especialmente si pertenecen al partido  que NUNCA gana.  Como que hay algo de descarado en esta idea de que puedo poner mi cara muchas muchas veces en cuanta superficie vertical me encuentre hasta que los ojos de los ciudadanos queden como los de las moscas y las abejitas, sin que me salve al menos la probabilidad de ganar…

Tal vez los peores, sin embargo, son los desconocidos. Esos que están ahí, me sonríen con sus deditos pulgares mirando hacia arriba y yo…no sé quienes son.  Tal vez se debe a que no veo suficiente televisión.  O a que son irrelevantes.

En todo caso, los pasquines (legalizados en 1972 para facilitar la libertad de expresión, aunque debo admitir que me parece que es muy poco lo que expresan, al menos en términos de información) envejeciendo en los postes del país son como una caricatura mal dibujada, como un eco distorsionado, del fenómeno ese de aferrarse al trono, al poder, que le adjudica el folclor a los políticos.  Como si hasta en efigie, quisieran permanecer a toda costa…Tan irrelevantes o incluso  problemáticos para el paisaje como la mayoría de ellos lo son para el bienestar del país.

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la dimensión subestimada

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Mi abuelito solía llevarnos, a mi abuela y a mí, a almorzar fuera los domingos a las 11:30. Si nos retrasábamos, y al llegar había fila en el restaurant, el abuelito se indignaba. “Vámonos”, decía, “que yo no tengo tiempo que perder.” Yo sonreía ante la importancia que mi encantador, feliz y retirado viejo le asignaba al tiempo.

Ahora medito el asunto, sin embargo, durante situaciones como el “hold”. Digamos, por poner un ejemplo, que usted nota que en la factura del celular le han cobrado veinte pesos de más. De modo que llama, entra en el laberinto automatizado, escucha y selecciona cuidadosamente en cinco menús consecutivos, cayendo en “hold” mientras espera la atención de un humano, porque sólo un humano puede corregir el error en cuestión. (¡Si tan solo le dieran la opción de “humano” desde el primer menú!) Tres horas y dos humanos más tarde, usted ha logrado obtener una vaga promesa de reembolso. Promesa que podría no ser cumplida y necesitar una llamada de seguimiento… Hagamos el análisis: Usted acaba de pasar tres horas recuperando veinte pesos. Usted acaba de trababajar casi media jornada por $6.67 la hora y un poco de música. Súmele una hora adicional y bájese el salario a $5/hora si para la llamada tuvo que prepararse, buscando facturas, copia del contrato, una xanax, etc. Súmele otra más, que usa para hacerle el cuento, alborotado y con la presión en high, a otras personas, y ya está cobrando $4 la hora. La metáfora salarial es a modo de ilustración- lo peor del asunto no es el “dinero” perdido, sino el tiempo perdido.

Otro ejemplo: Ir al médico. Yo he sabido esperar cinco horas por un pediatra y ocho por un obstetra. Y he escuchado historias peores. En más de una ocasión le he preguntado a una recepcionista por qué no lo hacemos un poco diferente. “¿Qué tal” sugerí, ilusa, “si ustedes me dan una cita, y yo vengo a esa hora, y ustedes me atienden?” Ajá. Aparentemente, en el momento mítico al principio del tiempo, en el génesis del consultorio arquetipal, “hace tieeeeempo…dábamos citas pero entonces la gente no venía. Así que te damos una cita, pero entonces atendemos por orden de llegada.” ¿Orden de llegada? ¿Y entonces? ¿Qué pasó con la “cita”, ese “acuerdo o compromiso entre dos o más personas acerca del lugar, día y hora en que se encontrarán para verse o tratar algún asunto”? Dependiendo del médico, “orden de llegada” implica la tortura sistemática de infantes, mujeres embarazadas, ancianitos, adultos productivos, o todas las anteriores. El tiempo de todos vale lo mismo-casi nada. Todo ese tiempo colectivo es sacrificable en función de la optimización de las ganancias. Porque eso es lo que la espera forzada y sistemática le está comunicando al paciente del médico…o al impaciente de la compañía telefónica. Que su tiempo vale poco, y que vale mucho menos que el del humano o la empresa al otro lado de la línea o del estetoscopio.

¡Son tantos los ejemplos! Largas reuniones innecesarias. El tapón nuestro de cada día. El tránsito por oficinas en busca de documentos fantasmales en lugares desconocidos. La búsqueda de pala o favor para cualquier gestión, por más legítima que la gestión sea. (¿Que vas para el Registro Demográfico? Espérate, que allí trabaja Titi…) Tal vez el valor promedio del tiempo de un ciudadano es un buen indicador de su clase social. La persona extremadamente pobre tiene que armarse de paciencia casi infinita. Se le va la vida en la fila de los cupones, la de desempleo, la de la Reforma, la de pagar el agua, la de pagar la luz…El más pudiente puede pagarle a gestores y asistentes que hagan fila por él.

“El tiempo es oro”, dice el refrán. Y ojo, que lo dice uno de esos refranes que llamamos, no “un” refrán sino “el” refrán. Uno de los importantes, los definitorios, los que nos comunican sabiduría generación tras generación, y todo eso. Sin embargo, no parecería valer mucho, esa coordenada inapreciada. Hasta de “matar” el tiempo hablamos. ¿Por qué alguien habría de querer matar el tiempo? ¡Si se trata del recurso más valioso, más escaso, y más incomprendido! Las tres dimensiones que constituyen el espacio, mal que bien, se regulan, se protegen, se remodelan, se decoran, se compran, se tasan… Al pobre tiempo lo ignoramos, lo gastamos, lo perdemos o peor aún, lo “matamos”.

Perder tiempo tiene muchas consecuencias. La más mentada es probablemente la productividad laboral. Pero hay otras igualmente graves. El tiempo perdido en complicaciones innecesarias es tiempo que ya no podemos usar para crear, estudiar, o embelesarnos mirando un bebé. Para dormir una siestita reparadora, leer un libro, pensar un rato, hablar solo, visitar a un anciano, o a un amigo,o a un anciano amigo. Inventarnos un blog para que nadie lo lea. Inventarnos un blog para que muchos lo lean. Descifrar los contenidos del armario o de la mente de un hijo adolescente. Acariciar al gato, asustar al gato, mirar el techo, aprender mandarín, hornear un flan o ver una película favorita por tercera vez. Recordar un chiste valioso en todos sus detalles. Ver fotos viejas. Leer. Pensar.

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Llanuras del pantano

urbanizacion“Santa Urbanización”…fue el pseudónimo que la colega Ivelisse Rivera Bonilla utilizó para designar la urbanización del área metro donde hizo su trabajo de tesis doctoral, Divided City. El nombre se refiere a una de las fórmulas más comunes para nombrar (¿bendecir?) esos espacios – San o Santa seguido del nombre de pila del santo en cuestión.

Esa formula no es la única. Otras igualmente comunes incluyen la palabra compuesta y descriptiva del sitio (por ejemplo, Miramar) o algún nombre propio endilgado al espacio por razones históricas (como es el caso de mi propio hábitat, Mendoza.)Pero esas son urbanizaciones de alguna edad. Entre las más nuevas, veo (cada vez con más frecuencia) una fórmula para nombrar que por alguna razón me inquieta. Una referencia topográfica, que sumada a otra geográfica resulta en una conceptualizacion que suene atractiva para un potencial comprador.

Por ejemplo: Llanuras (topografía) del Mar (geografía.)

Ahora bien, usar esa fórmula obliga a los desarrolladores y/o sus publicistas a decir la verdad, hasta cierto punto. Que sé yo, si una urbanización está en una colina en Camuy, no puede llamarse Llanos del Sur, ¿o sí? De modo que con un poco de maña y esfuerzo, un comprador aguzao puede sacarle informacion comprometedora a la mas poética de las direcciones. Veamos algunos ejemplos:
  • Praderas del Sur – ¿recuerdan a los perros de la pradera, unos animalitos de lo más lindos y sociables que cavan túneles en las llanuras así llamadas? Este nombre sugiere muchas casitas de cemento pegaditas en un espacio plano y bajo el sol candente de los llanos de la región de Ponce, Guánica, o similar.
  • Campo del Mar – Ajá…un campito, cerca de una zona de playa…este nombre sugiere el siguiente proceso: dueños de casas humildes vendieron sus casitas por lo que probablemente sonaba como mucho dinero. Mas adelante, el desarrollador contruye unas casas más deluxe, les pone acceso controlado, y voilá.
  • Campo Escondido – con este nombre, sabemos que estamos en el proverbial middle of nowhere. Destinados para siempre al conmute. A menos que nos espeten un canto de autopista y un peaje. O un mini mall. O ambos.
  • Laderas del Monte- Si en efecto se trata de una ladera, puede que estemos en zona de derrumbes. AKA jarda o jalda.
  • Valle del Oeste (o Valle Hermoso, Valle del Río, Valle del Bosque, o cualquier variación por el estilo) – Casi invariablemente, indica que estamos atrapados en una zona inundable. A no ser que aplanen las colinas circundantes (y se lleven los árboles enredaos en el proceso) para construir alguna otra cosa.
  • Valle EscondidoSonamos, como diría Mafalda. Porque ésta suena a zona inundable… in the middle of nowhere. Hasta que llegue un desarrollador y nos compre la casa barata para contruir alguna cosa tipo Mansiones del Secreto para un segmento demográfico que la use no para vivir sino para descansar. O hasta que la urbe se desparrame en nuestra dirección y ya no estemos escondidos…ni tengamos paz.
Ojo, que los nombres no siempre son así de honestos. Ayer vi unas Estancias de la Sierra…sin una loma cerca. Nada de relieve. Ab-so-lu-ta-men-te plano. Pero me parece que en general, estamos hablando de nombres atractivos para un producto que debería ser difícil de vender en estos tiempos. Un producto caro que casi invariablemente trae consigo una deuda enorme.La fórmula aquí descrita parece cobrar particular relieve ahora – el periódico y el paisaje están repletos de urbanizaciones nuevas. Cosa curiosa, en momentos de crisis económica, cuando las clases medias lo piensan dos veces antes de hacer el “upgrade” a la marquesina doble o los cuatro cuartos y las medias altas evitan la compra de segundas viviendas. (Me limito a mencionar esas dos porque las altas siempre compran,  y para las “bajas” nadie construye.)

En un mundo más lógico, uno esperaría que se le aplicase a la compra de viviendas la recomendación ambientalista que intentamos aplicarle a productos más modestos: Reducir, reusar, reciclar. Que, en otras palabras,nos quedáramos en la casa que estamos, compráramos una casa usada, o construyéramos/remodeláramos en los ahora fantasmales espacios antes ocupados por urbanizaciones que han pasado de moda.

Pero los que toman las decisiones subsidian los “proyectos nuevos”, para que el desarrollador no pierda. Porque proteger la economía del país siempre se traduce, insólitamente, en la protección de banqueros y desarrolladores esmandaos. Nunca se traduce en proteger al ciudadano común que quiere cantar

yo tengo ya la casita, que tanto te prometí, cubierta de margaritas, para ti…

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(wo)man, the scavenger

pig

…ese pobre lechón, que murió de repente, con un tajo en la frente, y otro en el corazón…Lo metieron al horno, lo sacaron caliente, le metieron el diente, a ese pobre lechón…(aguinaldo)

Una tarde de nochebuena, te encuentras en el carro, con la familia, en dirección a la cena familiar en casa de los padres/abuelos/suegros. Estás pensando en la pata de cordero, las trufas, la ensalada, el serrano, el manchego, las olivas, el arroz con gandules frescos, los vegetales del huerto, también frescos, los pasteles, el arroz con dulce…Estás pensando también en posibles resoluciones para romper este año. Alguna cosa vaga, tipo “parar el pico”, “hacer ejercicio”, o algo tal vez más sofisticado, tipo “consumir macronutrientes a razón de 30-30-40” o “correr dos millas diarias”…

No sé porqué estoy escribiendo esto en segunda persona. Mejor seamos honestos y digamos que estaba yo, con mi familia, en la minivan clase mediera, camino a un festín navideño y pensando en estas cosas, cuando mis sentidos me traicionaron. Primero el de la vista, que es el que los primates utilizamos con mayor frecuencia y al que le dedicamos mayor corteza cerebral. Luego….aaahhhhh, el olfato. Lechón.

Mi hijo mayor, mi esposo y yo nos miramos. En silencio. Estábamos a quince minutos del menú original, hecho en casita especialmente para nosotros. Las aletas de la nariz del adolescente residente estaban expandidas. El estómago de mi esposo gruñía. El bebé nos observaba, sorprendido.

Los minutos subsiguientes están envueltos, en mi memoria, en una especie de dulce neblina con aroma de lechón. De alguna manera me encontré dentro de la lechonera. Creo que me colé en alguna de esas masas humanas que pasan por “filas” en este país nuestro. Los clientes gritaban. Algunos llevaban horas esperando y muchos bebían licor para matar el tiempo. Había dos hombres (llamémosles “Pepe” y “Tito”, para propósitos de la narrativa) con delantal tras la puerta de escrín, picando (sin mucha prisa) un lechón. Uno de ellos tenía la boca llena – por cada trozo que ponía en un recipiente para llevar, premiaba su propia e indudablemente valiosa labor con otro. Alguien me empujó y le pegué al escrín con la frente. Lo asumí valientemente, como el apropiado castigo del colao.

Todos mis sentidos estaban en alerta. Con el rabillo de un ojo monitoreaba los movimentos de los borrachitos que nos miraban desde la barra, sin perder de vista, ni por un momento, el lento tráfico de platos de plástico que se daba tras la puerta. Los músculos de mis brazos estaban preparados para agarrar el primer plato (suficientemente grande para compartir y suficientemente pequeño para conservar la dignidad y el decoro) que me pasara por al frente. Calculé, rápidamente, que la estatura de mi vecino de asedio le daba una ventaja clara a mi mano izquierda, y que con la otra mano sacaría el dinero a la vez que giraría sobre mi pie derecho para lograr un solo movimiento perfecto de obtención-compensación-huída…

Una mujer (con ella hacíamos dos orgullosas representantes de dicho género), visiblemente agobiada, se abrió paso entre nosotros y me sacó sin contemplaciones de mi (robado, preciado,merecido) sitio. Le hablaba a Tito. “Mira, ese es el último lechón, ¿sabeh? Y tienes todas estas órdenes aquí todavía…” Blandía un papel con nombres y números y señalaba la barra.

Mi nombre no estaba en el papel, y me sentí un poco culpable. Creo que no fui la única. Tito miró a Pepe, súbitamente indignado: “Deja de comer lechón, carajo.”

Respiré profundo, para llevarme si no el sabor, al menos el aroma del animal que de repente se me antojaba y cuya muerte no le causaba a mi usualmente-no-muy-carnívora persona el menor problema…Regresé al carro con las manos vacías. “Eso está difícil” le dije a mi decepcionada familia. Por el camino, compramos una bolsa de chicharrón que nos costó una levantada de cejas de mi madre, pero no pasó nada. La cena estaba riquísima.

Si me tomo una cerveza y cierro los ojos, creo que casi puedo olerlo otra vez.

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Frosty the fetish

frosty

Ayer conté trece. Trece hombres de nieve inflables. En un radio de una o dos millas de mi casa.

Por supuesto, alguien podría decirme, sorprendido ante mi sorpresa …Es Navidad. Por eso hay tanto Frosty.

Pero..¿por qué Frosty? ¿Qué tiene Frosty que no tenga, que sé yo, alguno de los tres reyes magos, la virgen, un burro er…sabanero, un par de maracas, o cualquier otra cosa suficientemente colorida y “navideña”? Frosty es un muñeco de nieve. Mejor dicho, representa un muñeco hecho con ese material, ausente en nuestra isla a partir de Fela y antes de ella. Nieve, señores. Su mito y canción no son particularmente conocidos o queridos en Puerto Rico, donde en esta época tendemos a cantar sobre otras cosas (la parranda inagotable, la comida y bebida, el lechón ajusticiado, las figuras del nacimiento, más comida y bebida…para refrescar su memoria de las letras, puede ir a este archivo…)

Ojo, que nadie confunda este post con una crítica nacionalista, con una cuestión anti americana o anti navidad (por el momento.) No, mi issue es con la familiar figura de Frosty. ¿Por qué Frosty? Me parece que Frosty aparece en nuestros patios con más frecuencia que el mismísimo Santa Claus, que tendría de hecho más sentido decorativo – no solamente es más relevante, para bien o para mal y a pesar de Díaz Alfaro, en la experiencia infantil de la Navidad puertorriqueña, sino que está, por definición, de visita, porque es un individuo pesado pero, también por definición, móvil, gracias a sus prodigiosos venados.

Frosty es un muñeco de nieve que se derretiría si le diera por visitarnos y no es particularmente relevante en nuestra cultura navideña, dominada por otros símbolos. Su única ventaja es que, producido en masa en grandes fábricas chinas, se consigue barato en las mega tiendas.

He ahí mi issue con Frosty. Es un artefacto particularmente arbitrario del frenesí de consumo que rige nuestra actividad navideña post Peyo Mercé. Su producción comparte con otros tantos objetos inútiles los precios relativamente bajos que resultan del desplazamiento del costo de producción hacia el ambiente y la salud de los obreros que los fabrican. Frosty es una metáfora apropiada de una cara bastante fea de la globalización, una que afecta a nuestra gente más que casi cualquier otra: el consumo patológico, capaz de comprar cualquier cosa y de adoptar generosamente la moda y el ícono ajenos, siempre y cuando se consiga barato en Walmart o Sams. El desplazamiento de otros hábitos y tradiciones (asociadas a la religión, el folclore, o ambas) de nuestras mentes y patios, sustituídos por una cosa más barata, más brillante y más grande.

Si no me dan de beber, lloro, como dice la canción.

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