a propósito del viernes negro, y del baúl: calabaza
Alguna vez leí una leyenda taína, tal vez apócrifa. Decía que el mundo había nacido de una gran calabaza, rota a consecuencia de la batalla fratricida de dos dioses hermanos, desparramada en baboso semillero para crear los animales, las plantas, los humanos…
La mañana (bueno, eran las once) de jalogüín me sorprendió en el mall. Uno de mis cachorros necesitaba camisas, otro pantalones, otra medias de colores para completar su disfraz para esta noche. Yo, como me pasa siempre en ese espacio, quería muchas cosas y a la vez ninguna, y al final me fui con las manos vacías porque mi salud mental era más importante que lo que fuere que “necesitaba”. Pero mis issues de consumidora ambivalente no vienen al caso, al menos no en este párrafo.
Lo que viene al caso es que el mall estaba lleno de niños y niñas disfrazados y disfrazadas, calabazas plásticas en mano, de tricortrí. Y en cada tienda eran recibidos no por sus vecinos habituales, si es que los tienen, sino por amables empleados de los comercios, bolsas de dulces también en mano. Era temprano, nadie estaba muy cansado todavía, todos sonreían.
Y es que estaban encantadores, los chicos. Especialmente los pequeños, que suelen enternecer bastante. Ví una abejita que no podía tener más de un año, en su coche, la madre a cargo de la calabaza. Un ninja de tres pies, tan amenazante como un peluche. Un iron man que aún no hablaba.
Por alguna razón, sin embargo, el tierno espectáculo me daba una de esas tristezas parpadeantes que suelen preceder un blog de estos. Yo soy muy escéptica cuando escucho alegatos del tipo “todo tiempo pasado fue mejor”, pero igual….igual se me ocurría que sí, que era mejor cuando salíamos por el vecindario, cuando algunos vecinos regalaban dulces y otros no, cuando los “dulces” eran todos distintos, y algunos hechos en casa, cuando algún vecino maceta se llevaba un huevazo en el balcón…
¡No, lector, no me juzgues! No condono el huevazo y hasta creo que (casi) nunca lancé uno. El punto está en la constelación de relaciones sociales que le sirve de marco al carnaval que hemos heredado de nuestro segundo conquistador. Por un lado, el vecindario, que para bien o para mal tiene cierto yo no se qué de gemeinschaft, de comunidad, de mundo pequeño más o menos ajeno (bueno, no seamos inocentes, nunca ajeno pero por lo menos un poco más distante) a la fría, friísima, amoral realidad de los mercados y por otro lado el MALL, representante por excelencia del mercado mismo, espacio en donde vamos a conocer todo lo que nos falta, todo lo que necesariamente nos hace incompletos, todo lo que nos susurra “cómprame, que si me compras, estarás mejor, estarás más feliz…”, una promesa falsa, por demás, porque lo finito del poder adquisitivo, en combinación con lo infinito del deseo por poseer y de las posibilidades de cosas para comprar nos condena, irremediablemente, a la insatisfacción…
Y entonces he ahí la tristeza que me visita mientras le sonrío a la abejita que dulcemente se duerme, ajena a los significados que mi mente inoportunamente pondera. Porque es terriblemente inoportuna, esa tristeza. Me pone en la incómoda posición de juzgar, silenciosamente, al prójimo adulto. Y rechazo el juicio, porque los entiendo. ¿Cómo no entender? ¿Así, como están las cosas, y con el calor que hace, no hace acaso todo el sentido del mundo llevar al nene a hacer su tricortrí a la seguridad y el aire acondicionado del mall? Igualmente razonable es comprar el disfraz, semi-desechable, de plástico o alguna fibra por el estilo en alguna tienda por departamentos, ignorando la voz interior que nos dice algo del chino o de la china o del chinito que seguramente lo cosió, de prisa y mal pagado, o del paisaje extranjero o local en donde se acumulan cientos, millares, millones de disfraces como esos, convertidos en basura casi irremediablemente y casi inmediatamente y contaminando el pobre planeta, pero que es lo único que hace sentido ponerse porque seamos serios, quién tiene tiempo para ponerse a coser? Yo de eso (de no saber coser y de haber comprado un disfraz de esos) soy tan culpable como cualquiera: economía doméstica fue mi única C en la escuela, para la gran verguenza de mi pobre abuela, que en paz descanse, y trabajo fuera de casa, con lo que el asunto de comprar disfraz vs hacerlo ni siquiera es una opción…
Pero igual hay tristeza, e igual opto por contaminarte un poco a tí, lector, con ella. Porque ese mundo de fantasía que es el mall y que crece, nutrido y a la vez mórbido, saludable y putrefacto, de los contenidos babosos de la gran calabaza que es el ciclo implacable de extracción, producción, consumo y desecho, ese mundo, me da tristeza, y compartir esa tristeza con el otro en el gemeinschaft virtual que me provee esta plataforma es, al menos, tan legítimo como una conversación sobre zapatos.
entradas relacionadas:
a mi madrastra
Dear Ellen: Some of the best mothers’ day presents are those that kids make for their mothers with their own hands. The ones that are not part of the whole going-to-the-mall-in-a-frenzy thing. I met you when I was fifteen, and so I never got to give you the macaroni necklace, or the construction paper card. This year I wanted to “make” you something. I decided, however, against the macaroni necklace and “made” you this letter instead.
Homenaje a la madrastra:
En términos prácticos, cotidianos, la madre no es un ser particularmente apreciado. Pero el día de la madre su figura, simbólicamente, se agiganta. El día de la madre es el día nacional de la culpa, del consumo, del frenesí de agradecimiento y amor filial, que llena y atapona los asilos, restaurantes, cementerios y especialmente, los centros comerciales.
Y en ese frenesí, al menos en los medios y en el discurso popular, la madrastra es invisible o como mucho, es una especie de “afterthought”, un facsímil más o menos razonable, un personaje cuasi-materno, más parecida a la suegra que a la abuela en la jerarquía de los amores filiales. Tal vez por culpa de los hermanos Grimm y sus manzanas envenenadas, la idea de “madrastra” está más relacionada, semánticamente, con el lado oscuro de la domesticidad familiar que con su lado brillante o tierno.
Pasando balance ahora, en el umbral de mis propios cuarenta, puedo pensar, articular, y especialmente agradecer lo que esa figura, que el día de la madre y los medios excluyen, ha sido en mi vida, y sospecho que en la de muchos, que como yo, crecen y crecieron en las familias mixtas de hoy. Mi madrastra se llama Ellen. Y es maravillosa. Cocina mejor que nadie, y además trabaja, pinta, siembra, pasa tiempo con sus amigos, y se ejercita. Tiene un marido, un huerto, muchos estudiantes, un hijo, una nuera, amigas del alma, cuatro perros y una gata salvaje. Nunca está quieta ni aburrida, a no ser que decida estar quieta o meditar. Su vida es rica, y ella la construye con ahínco y con fruición.
Fue gracias a ella, y casi de inmediato, que conocí el mar. Yo había ido muchas veces a la playa, incluso había estado en botes, pero fue en mi vida post-Ellen que supe de amaneceres en el agua, de garzas y pelícanos volando sobre el canal, de comer pescao, de cayos, de yolas y de pepinos que “hay que tratar con cuidado, porque están vivos.” Me enseñó también que las galletas son mejores si salen de un horno casero y se comen todavía tibias, que la lechuga y el tomate, por sí solos, no constituyen una “ensalada”, y que las neveras (y las vidas) nunca están “llenas”; siempre cabe algo más.
Los aborígenes australianos tienen un “Dreaming”, una forma de interpretar la realidad en donde la vida y los paisajes están marcados por características míticas y a la vez sólidas, que los definen. Una piedra, un agujero, una montaña. Los mismo ocurre con las vidas de los adolescentes: Décadas más tarde, los adultos definimos nuestra trayectoria juvenil por los “landmarks” de las piezas de ropa y los objetos que en cada momento nos definieron. Y en mi caso, casi todas esas tienen algo que ver con Ellen. Fue ella la que me regaló mi primer traje de baño de persona adulta. El mameluco rosado y ochentoso acompañado por tennis Converse altos, también rosados, también ochentosos. Las bandanas. Los zapatos amarillos de goma. El permanente a medias. Las cartas tarot. El cassette de Pat Benatar. Hoy sigue marcando mi “Dreaming”, ahora con cosas como las pequeñas bolsas de lechugas, berenjenas, pimientos, pepinillos, tomates, que ella misma cultiva y que constituyen la mejor y más sana parte de mi alimentación.
Ellen ha “estado allí” tanto o más que cualquier madre. Las graduaciones, los cumpleaños. Es la persona que toda mujer recién parida quiere cerca – en mis dos partos, trajo frutas, cremas y revistas, y cuando visitaba en casa, aprovechaba para limpiar la cocina y dejarme comida. Durmió en una silla incómoda y horrible para acompañarme en el hospital cuando nació mi segundo bebé. Ha sido una abuela maravillosa para mis hijos y ahora lo está siendo para mis propios hijastros.
Y las lecciones. Algunas las he aprendido, algunas todavía las estoy aprendiendo. Me enseñó a traer mi propio aguacate y/o limón al restorán. A ignorar los catarros para que se vayan solos. A barrer como remedio instantáneo para el aburrimiento y la depresión. De hecho, Ellen actúa como si ocuparse, en general, fuese el remedio para casi cualquier mal anímico o existencial-y tiene razón. Me enseñó que en la “madrastitud” y en la vida, a veces es mejor esperar. Que las situaciones, y especialmente las relaciones, no pueden forzarse. Que al final del día, la respuesta más productiva para los problemas que tenemos con otra gente suele ser trabajar con uno mismo, mejorarse uno mismo, crecer uno mismo. Que el “trabajo” no debe ser el único trabajo. Verla sacar tiempo para sembrar me ha inspirado para sacar tiempo para escribir.
Mi madrastra no es un facsímil de madre, ni una madre con signo de menos, ni una suegra plus. Es otra cosa, con los roles y aportaciones que ha negociado a través del tiempo, conmigo y con la vida. Y hoy la pienso, la quiero y la celebro, al margen del frenesí de compras y consumo,porque ha enriquecido mi vida en sus propios términos y en los míos, no en los que dictan los estereotipos y las culpas, y espero que me dure muchos, muchos años. Gracias, Ellen. Un abrazo.
Printpicada de ojos: “desarrollo económico” para Puerto Rico
Me dice el Nuevo Día que “el secretario del Departamento del Trabajo, Miguel Romero, anunció hoy la creación de 1,040 empleos, mediante un contrato con Walmart.”
Aparentemente se supone que se trate de una buena noticia. Que me alegre. Porque resulta que, según me indica el titular, esto implica un “anuncio” de “puestos de trabajo para cesanteados.”
Primera Hora me confirma que en efecto, la intención va por ahí, y cita a Romero:
Tal vez en efecto sea buena la noticia. Después de todo, los únicos empleos anunciados después de la botada masiva de empleados gubernamentales en Puerto Rico eran en la industria de la construcción, haciendo que muchos se preguntaran cómo exactamente absorbería esa industria al personal cesanteado de tipo gerencial, secretarial y burocrático.
¡Walmart al rescate! Ahora los cesanteados podrán trabajar cobrando nada menos que hasta diez o quince centavos por encima del salario mínimo por hora en las tiendas Sam’s, Walmart, y Amigo, que continúan, indica la noticia, “creciendo”, y que por lo tanto absorberán a 1,040 desempleados, 60% de ellos a tiempo completo, el resto a tiempo parcial. Todo eso por la bagatela de tres millones de pesos de “subsidio” de WIA.
Tres millones de subsidio..añádale el subsidio menos visible, o mencionado, del seguro médico y otros beneficios que el estado tendrá que seguir pagando, por lo menos para el 40% que se queda part-time…Buen negocio, éste. No para el empleado, que de seguro trabajará mucho, cobrará poco, tendrá pocos o ningún beneficio y no podrá unionarse nunca, (cortesía del exitoso “modelo Walmart”) sino para la corporación, que de alguna manera ha logrado que le subsidiasen empleos que evidentemente tenía intención de crear al invertir en la construcción de las nuevas tiendas.
Puerto Rico, el paraíso: Donde la gente compra mucho y compra en Walmart porque es barato y los chavos están escasos, donde hay mucho desempleado dispuesto a trabajar treinta horas semanales en horarios impredecibles y sin beneficios y aceptar que eso se defina como un “part-time”, donde se pagan pocos impuestos y se repatrian muchas ganancias, y donde para completar, te subsidian los salarios, ya bajos de por sí.
Walmart, la compañía: La del ingreso bruto que supera al de algunos países; la que enfrenta uno de los mayores pleitos de clase en Estados Unidos, por discriminación salarial; la que se ha hecho famosa por despedir empleados de manera preventiva, para evitar uniones; la que si fuese un país, sería el número siete en relaciones comerciales con China, de donde obtiene muchos de los productos que vende; la que ha generado resistencia y, más tarde, resentimiento, por sacar pequeños negocios (sí, esos que al final del día empujan más la economía local, pagan impuestos y reinvierten en el país) que no pudieron competir con los bajos precios que los bajos salarios, tanto en la tienda como en las fábricas de donde obtienen sus productos, permiten ofrecer. Walmart, nuestro socio, nuestro “partner” para el desarrollo económico.Cuatro de los diez estadounidenses más ricos son de la familia Walton, la familia que todavía es dueña de 40% de las acciones de la compañía.
Hace algún tiempo comentaristas auto-identificados como “de clase media” tronaban en facebook y subtitulaban la prensa en línea contra las “guimas” y “los manteníos” “de caserío” porque recibirían una tarifa fija de luz.
¿Y contra las corporaciones mantenías, quién truena?
Printtarifas, vagos, indignaciones, y otras vergüenzas de la cotidianeidad
Hace rato que tenía que haber escrito sobre este asunto de las tarifas fijas para los residenciales, o más bien (porque esto otro es lo que verdaderamente me llama la atención y me interesa) sobre la reacción que dicha política ha desatado. Esa protesta colectiva, a viva voz, una ola de quejas que nunca he visto elevarse, al menos no con esa velocidad, para defender ninguna otra causa. Ningún político pillo, o vago, o mantenido, ha desatado jamás semejante ira. Los que por poco nos queman el país con el desastre de CAPECO nunca fueron blanco de una indignación así. El bono a los desarrolladores para que pudieran seguir construyendo (y vendiendo) en un país con sobre veinte mil viviendas vacías nunca fue discutido como “robo” o “parasiteo”.
Cuando decidí que finalmente escribiría sobre este asunto, tampoco escribí. No escribí porque quería producir un texto impresionante, conmovedor, o por lo menos ingenioso. Tal vez sonoro, con esa sonoridad que con frecuencia exhiben tipazos y tipazas como Pérez Reverte, o Ana Lydia Vega, o Mayra Montero -esa sonoridad que emite el argumento en el volumen preciso, y en la frecuencia exacta, para que éste resuene en las neuronas y el corazón ajenos. De modo que volví a no escribir.
Finalmente, supongo que hoy, decidí que igual tenía que hacerlo. Primero, porque me dí cuenta de que no lograría la resonancia esperada (puede leer sobre “resonancia”, ese tan poético fenómeno de la física, aquí), justamente porque esa es la cualidad principal, y más repugnante, de esa indignación colectiva que hoy vengo a criticar. Me resigno entonces a escribir cualquier cosa: un cruce entre desahogo y memo corporativo, un telegrama febril, una rabieta antipática pero inteligible, un carraspeo lanzado torpemente al mundo de la cibernia. Que salga cualquier cosa, pensé, pienso; entramos luego y escribimos algo de seguimiento, más bonito, más sosegado, más intelectual.
Así que escribo. Primero, para describir la cosa que enfrento aquí. No se trata de la decisión de la tarifa fija – ni siquiera sé si esa decisión,la de otorgarle una tarifa fija de agua y luz a los que viven en residenciales públicos, es buena, mala o irrelevante. Probablemente, para ser honestos, en términos estrictamente económicos, es irrelevante. No lo sé. Francamente, ni viene al caso. Lo que me trae hoy a la ventanilla de editar una entrada en mi blog es la reacción popular a esa decisión. Y ésta, señores, ha sido de miedo. Los comentarios en los periódicos en línea chillan (sí, chillan, en chillonas mayúsculas) cosas acerca de esa “gentusa” (palabra que por cierto, muchos escribieron con ‘s’), que “vive del cuento”, y que “no trabajan para vivir del gobierno y de los que pagamos contribuciones.” Hablan de irse a vivir en un caserío como si de hecho quisieran hacerlo. Hablan de un futuro donde el gobierno les dará internet gratuito también. Hablan de plasmas, antenas y piscinas en todos esos hogares que, si una no hubiera visto de cerca, tendría que imaginar como fabulosos palacios de cuento, con fuentes cristalinas y luces de discoteca.
Pero la peor parte no fueron los periódicos, no. Allí de todos modos siempre hay cuatro locos chillones comentando las noticias groseramente, de hecho esta vez han estado quizás hasta más educados que de costumbre. No, la peor parte fue facebook, espacio en donde me comunico con lectores de esta cosa, con amigos, con familiares, con antiguos compañeros. Allí, me cuenta un lector, José G. (que por cierto ha escrito algo muy bueno sobre este asunto y espero que lo publique en algún lado, pronto), y acabo de verificar con mis ojitos, hay un grupo con casi cuatro mil miembros que se llama “estoy harto de mantener los vagos en PR con mis contribuciones” y que se describe a sí mismo de la siguiente forma:
“Este site es para establecer un final proximo a todos los vagos en Puerto Rico que no trabajan y se la pasan esperando la GUIRA del “MANTENGO” gubernamental, sea cupunes, ayudas, etc, etc, etc. Son todos aquellos que se la pasan perdiendo el tiempo en la casa, jugando juegos electrinicos y esperando el cheque del gobierno con una barriga que parecen nenes de World-Vision. Los magnificos parasitos que nos tienen a Puerto Rico en la bancarrota por estar manteniendolos como peces de agua dulce en estanque.”
¿”Establecer un final próximo”? ¿Qué es eso y cómo proponen lograrlo? ¿Genocidio? No, quisiera pensar que lo que en realidad desean es que todos tengan empleos. Los comentarios que leí hoy (hay páginas y páginas de ellos) dicen cosas como (esto es sin censura, lo copio tal cual, aunque me mate la “z” de “abuzo”)… “sin palabra, indignacion total….. Quien piensa en mi, en la clase media. no lo puedo creer. QUE ABUZO. por Dios agamos algo que yo me apunto, esto no puede seguir, ya no mas.”, y se ensañan con especial furor con las “guimas mantenías” que según ellos se dedican a parir y parir con toda la mala intención de continuar “parasiteando”. Dice uno” “En especial a las Guimas cuponeras de caserio, no saben mas que paril hijos y no trabajan esperando los cupones, jajajaj…” Hasta la foto revela odio – una mujer sobrepeso, de espaldas, con algo pegado de la bata en el área del trasero.
Yo pago contribuciones, muchas, fiel, legal y consistentemente. Y mucha luz, y mucha agua. Pero con toda franqueza, no creo que el furor que este grupo de facebook tan orgullosamente, y con tanta resonancia, exhibe, se trate de eso exactamente, no. Como pagadora de contribuciones, a mí me indignan el estado de las carreteras, el deterioro del sistema público de educación, la ausencia de transportación colectiva, la ineficacia del sistema de salud, la escasez de parques y áreas verdes, en fin, me indigna que mis contribuciones no se traduzcan en una estructura de cosas que podemos llamar el bien común y que se refiere a las cosas que nos benefician a todos: urbes limpias, menos autos, más salud, mejor calidad de vida.
Pero no, no hay un grupo de facebook que inste a Fortuño a garantizarnos ninguna de esas cosas. Lo que vociferan las voces indignadas es que los pobres tienen la culpa, que nos engañan, que nos explotan. Y yo quisiera aclarar un par de cosas:
- Los pobres no nos explotan. Lo que el estado invierte en mantener a sus ciudadanos más vulnerables es una chavería en comparación con los subsidios que reciben otras entidades, corporaciones, casi todas, que pagan muy pocas contribuciones, generan muchas ganancias, y definitivamente no viven en un apartamento diminuto con ventanas miami y ruido de tiros en la noche, como viven muchos en nuestros caseríos.
- La imagen del residente de caserío que ríe sonoras y siniestras carcajadas y se frota las manos porque nosotros, los contribuyentes, le pagamos un estilo de vida que incluye piscina, cable, antena, internet, losa italiana, o lo que sea, es una fantasía, o en el peor de los casos, una excepción. La mayor parte de los residentes del caserío preferirían vivir en otra parte. Otros quieren vivir ahí, esa es su comunidad, y trabajan duro, con pocos recursos, para mantener sus apartamentos lindos, ordenados, y para bregar con el discrimen cotidiano que su geografía les acarrea. Muchos de ellos trabajan, muchos otros desean desesperadamente trabajar y no encuentran empleo.
- Ese punto es crucial: En Puerto Rico, la tasa oficial de desempleo ronda el 15%, la extraoficial el 19%, y esto es sin contar el sub-empleo, el empleo a salario mínimo que no da para vivir, y otros desastres de nuestro panorama laboral. Gritarle, indignado, al residente de caserío que “se vaya a trabajar” es, en este escenario económico, un absurdo, porque sabemos que no hay trabajo suficiente para todos los puertorriqueños, vivan donde vivan, y porque en el residencial hay mucha gente que sí trabaja – porque en este país, señores, se puede trabajar mucho, duro y bien, y seguir siendo pobre. De hecho los caseríos, como los arrabales, favelas, y otros espacios, son una de las formas físicas que adquiere el fenómeno moderno (o post-moderno?) del exceso de mano de obra potencial en una economía que “prospera” aumentando ganancias para los accionistas pero que no la prosperidad para la gente. Los pobres NO tienen al país en bancarrota, como dice el grupo de facebook, es al revés: Los pobres son la evidencia de la bancarrota del país.
Podría seguir. Parte de mí querría seguir. Pero me dice mi pantalla que voy por las mil trescientas palabras y prometí crear un blog, no un culebrón ni un tratado. Me gustaría hablar de las nociones ideológicas malsanas que se ocultan detrás de toda esta “indignación” contra el residente de caserío. Me gustaría hablar de cómo el “odio” contra el “mantenido” pobre tal vez nos distrae del timo del mantenido rico (puede ver algo sobre eso en este post). Me gustaría hablar de algunas de las personas que conozco, que son de caserío y/o viven en uno, y que no son ni vagos, ni mantenidos, ni parásitos, sino gente buena y trabajadora. Me gustaría explicar que a veces, el internet y la antena son la manera más eficaz de mantener a los nenes lejos del punto (puede leer algo sobre eso aquí) y que algunos padres y madres optan por tener esas cosas, con mucho sacrificio, porque no pueden sencillamente mandar a los nenes a correr bicicleta por ahí. Me gustaría describir el tiempo que pasé viviendo en un caserío del área metro cuando niña, y decirles a todos esos y esas que en chillonas mayúsculas hoy declaran que se mudarían a un caserío para que “los mantengan” que yo lo dudo mucho, que no les creo, que ellos y ellas no quieren vivir allí ná. Ni con tarifa fija, ni sin ella. Sólo quieren descargar su indignación, porque saben que algo anda mal, y el pobre y el dependiente siempre han sido un blanco fácil.
Foto tomada de endi.com, sección dominical del La Revista de hoy.
Entradas relacionadas en parpadeando:
PrintWilkins duerme desnudo, dije.
Hace algún tiempo leí algo sobre lo cual quise escribir, pero no lo hice entonces. Creo que estaba muy ocupada, que no tenía tiempo, que no tenía energía… O que no sabía a ciencia cierta qué decir. Quería decir ALGO, de seguro, pero ¿qué?
¿Qué decir de la noticia, en noviembre, que nos anuncia alegremente que pronto estaría disponible el perfume basado en el ADN de Michael Jackson?
Es una de esas noticias que simultáneamente importan poco e importan mucho. Es una noticia basura, realmente. Una enorme tontería. Y a la vez, tremendamente significativa, reveladora.
Creo.
Veamos. Por un lado, existen noticias como el incendio de CAPECO (o el derrame de la Exxon), la masacre de la Tómbola (o las de Darfur), la cumbre de Copenhagen (o la de Kyoto), Evo gana las elecciones (o Chávez, o Zapatero…) Esas noticias que sin reparos podemos llamar “importantes”, esas que nos sentimos orgullosos de saber o de querer saber porque nos marcan como personas preocupadas, ciudadanos cabales, seres pensantes.
Luego están las que definitivamente son basurita noticiosa, las que nos averguenza un poco seguir: Otra chica más que alega haber sido amante de Tiger Woods, la nueva cirugía plástica de MariPili, un divorcio, una gordura, una adicción….la vida público-privada de los famosos.
Tengo un recuerdo muy claro, clarísimo, de estar de niña parada frente a la caja registradora esperando que mi abuela terminase de pagar nuestra compra. Por alguna razón, los ojos de los niños quedan óptimamente ubicados frente a las Veas, las TeveGuías y los Jazmines de la vida. De repente me doy vuelta y le anuncio a mi abuela, en esa voz alta que los niños reservan para las noticias más inapropiadas ”Viejita, aquí dice que Wilkins duerme desnudo.” Salí, o más bien me sacaron, por el brazo del escandalizado local. Creo que casi se nos queda la compra allí. Y yo no estaba sino leyendo, inocentemente, un “titular”. Y aclaro que no había nadie desnudo en la portada.
¿Se llaman “titulares” esas líneas que en portada nos indican quién duerme desnudo, quién se divorcia, o quién se acaba de transferir grasa de un glúteo a una batata-o viceversa? ¿O solamente los llamamos titulares cuando son “noticias”? No lo sé. Pero en cuanto me planteé la pregunta, aquí mismo, ahora, en “real time”, abrí la portada de la edición electrónica del Nuevo Día y el “titular” me notifica que Madonna prefiere comprar zapatos a tener sexo.
Bueno, pero sigamos, que no es de Madonna ni de zapatos (ni de sexo) que se trata esta entrada en el blog. Les decía que hay un perfume que está basado en el material genético de Michael Jackson, y que eso por alguna razón me produjo deseos de decir algo pero que no estaba muy segura de qué…Creo que es porque se trata de una de esas “noticias”, que contrario a la de CAPECO o la de la Tómbola no nos dice mucho, empíricamente, pero revela mucho, metafóricamente, si se quiere.
Cuando leí lo de Michael y el perfumito que nos permite acceder a una especie de “trocito” de él, recordé que hace mucho leí en alguna parte un relato del tipo novela histórica, espantoso y encantador, sobre el tránsito del cadáver de San Juan de la Cruz (creo que era San Juan) de una comarca a otra para ser enterrado. Aparentemente el cuerpo comenzó el trayecto entero (con todos sus pelos, sus extremidades, su ropa, su rosario, usted me entiende) y llegó al otro lado un tanto…menoscabado, por llamarlo de alguna manera. Le faltaban cabellos, uñas, dedos, pedazos de ropa, prendas, cantitos de carne…Y esto no era vandalismo – era un acto de adoración póstuma de sus fieles seguidores.
¿Será que en siglo 16 los santos eran como las celebridades de ahora? ¿Y si Madonna o Ricky Martin se mueren, y da la mala pata que nos dá por transportarlos en burro, lentamente, a través de los Estados Unidos, sin mucha vigilancia, llegarían enteros al otro lado?
Supongo que será la marca del fanático fiel, untarse el perfume ese. Es como arrancarle un pedacito a ese ser que es mortal pero nos supera. Mortal pero no exactamente humano. Tal vez las celebridades ocupan la zona gris de Hércules, o Aquiles – son casi humanos. San Juan por la fama de sus milagros, Michael por los milagros de su fama.
Y hablando de perfumes, ¿recuerdan esa escena en la novela “El Perfume”? Si no se la ha leído, hágalo. Es maravillosa, espectacular, y horrenda. No la arruino, por si la va a leer-sólo permítame aludir a un momento en donde tras obtener, criminalmente, la esencia perfecta, un hombre que no es capaz de despedir olor o peste alguna se unta el perfume ideal, se acerca a una multitud, y es tan exitoso su aroma que…no, no choteo. Pero le adelanto que hay mordiscos. Muchos. Cariñosos, inevitables. Todo el mundo quería un cantito del deseado.
¿Se tratará de eso? ¿De tener un pedacito de Michael, de ese pobre ser atormentado? ¿Cuál será la audiencia del producto, el nicho del mercado? ¿Los fanáticos que quieran tener algo del ídolo en sí mismos, los morbosos que quieran ver a qué huele la esencia de un loco genial, los noveleros?
Recuerdo haber leído hace años otra novela. No recuerdo como se llamaba. En ella, una mujer enamorada decide comerse a su novio. La novela es bastante escueta en cuanto al asesinato se refiere – casi todas las páginas, si recuerdo bien, describen la estrategia para preservar y consumir el gran cuerpo, y así preservar y consumar el gran amor.
Me imagino que cuando vea el cartel que me anuncia que la fragancia de Michael está disponible en el counter a mi izquierda, no la compraré. [Creo que tampoco le hubiera arrancado un dedo a San Juan de la Cruz.] Pero probablemente me daré la vuelta, y con grandes ojos y en voz más alta de los debido miraré a mi esposo y le diré “Mira, mi vida, Michael tiene un perfume después de muerto. Lo hicieron con su ADN.” Y tal vez mi abuela, desde alguna parte, suspirará y me sabrá incorregible.
Entradas relacionadas:
PrintAM: homofobia que mata, viernes negro y fuga de cerebros

Escuche el podcast…
Nota: Escuche el podcast oprimiendo el botón de “play”. También puede suscribirse al podcast buscando “parpadeando” en el iTunes Music Store o visitando el siguiente enlace directo: Parpadeando Podcasts. Recuerde que puede acceder a la transmisión radial de Parpadeando, en vivo, todos los lunes de 1:00-2:00PM en www.wpra990.com.
Hoy, 23 de noviembre de 2009, en PARPADEANDO, la sección de comentario dentro del programa Dialogando, de WPRA990:
- Homofobia que mata. En el primer segmento, hablamos del asesinato de Jorge Steven, un joven gay de 19 años. La comunidad gay, lésbica, bisexual y transgénero en Puerto Rico, así como las muchísimas personas heterosexuales que los apoyan, exigen que se clasifique y procese este acto como un “crimen de odio”. ¿Por qué nos referimos a este crimen como un “crimen de odio”? ¿Cuál es la importancia jurídica y social de esa categoría? En la primera parte del programa, distinguimos al crimen de odio de otros crímenes por ser una especie de micro-genocidio. En la medida en que es un crimen basado en características que vinculan a la víctima con un colectivo, una minoría, el crimen de odio atenta contra la esencia misma de la democracia-la igualdad básica de todos los ciudadanos.
- Viernes Negro. En el segundo segmento, atamos cabos: La legislatura expande los horarios dominicales con la nueva Ley de Cierre; El DACO nos aconseja comprar, pero dentro de un presupuesto y de manera ordenada; y el gobernador anuncia que el bono de Navidad se le entregará a los empleados públicos no la segunda semana de diciembre, como de costumbre, sino esta semana del 23 de noviembre. Justo a tiempo, murmura Puerto Rico, para las compras del famoso “Viernes Negro”. En este segmento recordamos a George Bush, que le pidió a los estadounidenses que ejercieran su patriotismo gastando en las tiendas tras la tragedia de septiembre 11, 2001, y discutimos la gran cadena que une los diferentes eslabones de la economía mundo: extracción, producción, distribución y consumo. Terminamos apoyando la sugerencia de la bloguera “Enfogoná”, del blog “Clientela Furiosa”, que nos conmina a evitar la mega tienda y a regalar cosas de aquí en esta Navidad.
- Y hablando de economía, en el tercer segmento atendimos la pregunta de un radioescucha que nos pidió que discutiéramos la “fuga de cerebros”. Esta frase se refiere a la emigración al exterior de puertorriqueños con grados universitarios (típicamente a Estados Unidos), y suena en Puerto Rico todo el tiempo, pero suena especialmente en periodos de crisis económica. Para responderle, conversamos con el Dr. José L. Cruz-Rivera, ex-vicepresidente de Asuntos Estudiantiles de la UPR, quién nos explicó que “la fuga de cerebros es como el colesterol. Hay una mala y otra buena.” En la buena, los talentos influencian de forma positiva el futuro económico del país, ya sea actuando como embajadores de Puerto Rico en otras partes del mundo, o regresando con nuevas experiencias. “En realidad yo no hablaría tanto de “fuga de cerebros” como de “circulación de cerebros” …Lejos de ser un problema individual, donde cada ciudadano debe agonizar con la decisión de quedarse o irse, es un problema del Estado. Es decir, le corresponde al estado preocuparse por este tema y desarrollar las estrategias que permitan que el balance neto de los cerebros que se van y los cerebros que regresan represente una ganancia para el desarrollo socioeconómico del país”.
Entradas relacionadas:
Printsustentabilidad subterránea
La sustentabilidad subterránea. Tal vez la había visto antes, en el patio o el balcón de algún pariente, en una mata de malanga cerca de la carretera, o un tiesto de materiales para sofrito en Syracuse, NY. Pero hoy la ví de cerca, y quizá esta vez mostré mayor interés. Hablamos mucho de la “economía subterránea”, para referirnos a actividades productivas y de intercambio (especialmente lo segundo) que ocurren fuera del radar y del tributo gubernamentales, pero yo quisiera proponer un término paralelo para algo que podría parecerse, pero es otra cosa. Porque mira que los académicos hablamos de sustentabilidad…pero hay quienes la practican sin darle ese nombre, como parte normal de la vida, y en pleno desparramamiento urbano y suburbano.
Pero más cuento y menos análisis. Hoy visité al amigo Don Tito. Don Tito se llama en realidad Aquilino y creo que casi nadie le dice Don, excepto yo. Lo llaman Tito. Vino de la República hermana, disfrazado de susto, de noche, de agua salada, en una yola compartida, hace más de veinticinco años. Vivió por ahí sin papeles, trabajando en cualquier cosa: cocina, jardín, plomería, tendiendo mesas y lavando platos, pintando casas. Toda chiripa se le daba bien, y poco a poco se le ordenó la vida, se le legalizó la situación, y se construyó una rutina laboral “haciendo patios”. Así lo conocí yo. Fue a cortar la grama en casa un día, y de paso sembró una palma y un par de matas de guineo. “Para los nenes”, me dijo.
Pues resulta que frente a la casita de Don Tito hay una carretera, y que en esa carretera y en ese barrio, como en tantos otros barrios playeros en Puerto Rico, iban a construir un “proyecto”, es decir sembrar algún aparato de cemento (la antítesis misma de la sustentabilidad, posiblemente) para el disfrute ocasional de aquellos que poseen segundas viviendas. Pero tal parece que los dueños enfrentaron problemas para obtener los permisos necesarios, y mientras esperaban (aún esperan), la basura se acumulaba en el terreno, que medirá una media cuerda. Se estaba convirtiendo en ese otro fenómeno boricua, el vertedero clandestino.
Cuando yo me aburro, leo y escribo. Alguno se ríe – después de todo, el trabajo de un académico es mayormente ese, y es gracioso que también pueda ser su distracción. Pero parece que en eso, Don Tito y yo nos parecemos – porque cuando el hombre quiere “entretenerse”, un vertedero clandestino no es más que un patio en potencia. O mejor aún, un huerto. En sus ratos libres, el hombre limpió el basurero, evaluando cada pieza, botando algunas y usando otras. Alquiló una máquina, preparó el terreno, y lo sembró no de cemento sino de maíz, calabaza, frijol, habichuela negra, plátanos, quimbombó…
Entre los objetos descartados encontró sillas, pailas vacías, y superficies con las cuales fue amueblando el ranchito. Mientras una multitud dominguera se arremolina en mueblerías y ferreterías para comprar, de paquetón, los objetos que le sirvan para poner lindos la casa y el patio, Don Tito hace belleza, esculpe paisaje, con objetos descartados en una franja de tierra próxima a desarrollarse, a la espera del cemento inexorable. Es verdad que para apreciar la estética del ranchito y del huerto hay que hacer como cuando se entra a un cuarto oscuro: parpadear, acostumbrar la vista, hacer ajustes, esperar un poco. Nuestro paladar, borracho de dulces, pasa trabajo para poder apreciar el gusto de una fruta. Cuando, desde mi auto, intenté ver la siembra que Don Tito, orgulloso, me señalaba, al principio no la ví.

Pero contaba con mi guía, que me llevó primero a ver el maíz. Mientras me mostraba la siembra puso dos mazorcas a asar en el mismo fuego de leña donde se cocinaba lentamente una enorme olla de carrucho, “para ahorrar gas”, me dijo. De ahí pasamos a las abejas. Sí, Don Tito ‘siembra” abejas, y las consigue justamente en aquellos hogares de donde lo llaman para que las elimine. Se las lleva con todo y reina, y las va acomodando por ahí, para hacer miel. Las abejas son “basura” para el otro, pero en el rincón de Don Tito no se pierde nada.

“No se asuste”, me decía, refiriéndose a las abejas dentro de un tronco próximo a nuestro comedor. Yo sentía mas bien una especie de estupor, pero no se debía a las abejas, sino mas bien a lo lógico, bonito y ordenado que de repente resultaba todo. Las sillas, las mesas, los escondrijos de las abejas y de las gallinas que estaban poniendo huevos y criando pollos por ahí, las abejas mismas, la leña de la fogata, todo era, antes, “basura”, maleza, plaga, estorbo.
Pedí permiso para tomar estas fotos. Devoré mi mazorca, que estaba lista, y deliciosa. Me despedí de Don Tito, murmurando una promesa vaga de escribir algo sobre “sustentabilidad”. “¿Sobre qué?”, me preguntaron sus ojos. “Sobre su siembra, las abejas, y eso”, me corregí.

votar, comprar, pensar
Todos y todas lo hemos sentido: ese remordimiento tristón después de comprar algo. Y con compras de todo tamaño, tan pequeñas como el nuevo sabor de jugo y tan grandes como el carro limón o la casa nueva. Esa sensación de haberse equivocado, de que la compra no fue una buena idea.
La cosa es que no es por falta de reflexión necesariamente. Aquí nos lo pensamos bastante antes de comprar – de hecho parecería que lo pensamos constantemente, que todo momento es un “antes de comprar” en potencia. Especialmente si la compra es relativamente grande. Pero para efectos de la comparación que queremos elaborar aquí, pongamos que se trata de una compra pequeña. Una lata de sopa, o un tv-dinner.
El estupendo sitio de Food for Real Life nos tiene las fotos-la que aparece en el anuncio, o en la caja, y la que le toman a la comida en la vida real. Veamos al tv-dinner. El anuncio lo proyecta abundante, colorido, crujiente y apetitoso, así:

Claro que disimulando, nos ponemos a mirar la información de contenido calórico, vitaminas, sodio y demás, pero aceptémoslo: La decisión está tomada al momento de ver la foto. Los numeritos sirven para construir la narrativa con la que justificamos, no decidimos, la compra.
Al llegar a casa, sin embargo, nos encontramos con que tras seguir las instrucciones, lo que nos vamos a comer se ve así:

¡Ajá! Buyer’s remorse. El mercadeo no nos ayuda a razonar, sino que existe para lograr precisamente lo contrario – meterle un by-pass a los procesos lógicos. Si usted se pusiera a pensar mucho en los contenidos del tv-dinner, tendría que decidir que probablemente sale mejor comprando unos vegetalitos y un pedazo de pollo y cocinando usted mismo. Pero para eso está la foto, y todo el aparato mercantil del que la foto es parte.
Otro tanto ocurre con los procesos políticos, donde la información fluye (o se esconde) según la misma lógica. Claro que queremos pensar que lo pensamos cuidadosamente, y para esos efectos se producen debates y programas de gobierno. De la misma forma que visitamos tres tiendas, leemos la información nutricional y estudiamos los shoppers antes de comprar algo, para sentir que tomamos una decisión cuidadosa, así también seguimos lo que dicen, hacen o se ponen los candidatos a través de la radio, la tele y los diarios. Pero al final del día, los debates importan (y contienen) poco, y la imagen importa y contiene mucho. La imagen dice “soy joven y por ende traigo ideas nuevas y cambio real, vota por mí” de la misma forma que la foto de los primaverales fideos con vegetales nos dijo “¡soy bonito y saludable, cómeme!”. Como el tv-dinner, nos ponemos a buscar información que nos permita justificar nuestra decisión, pero la decisión está tomada, y está basada en la imagen que vemos, los mensajes que contiene, y la manera en que estos resuenan o no con nuestras tendencias ideológicas.
Votamos como compramos: “Pensar”, en el sentido de la reflexión seria, tiene muy poco que ver.
Printdel narcotráfico y la marginalidad
Una noticia reciente en el periódico Primera Hora (pulse aquí para leerla, y gracias a al colega y amigo David por compartirla) reseña la situación actual del narcotraficante José García Cosme, a.k.a. “Papo Cachete”, preso desde finales de los noventa en una carcel federal tras declararse culpable de varios cargos de narcotráfico. García expresa su opinión acerca de las fuerzas que lo condujeron, a él y a tantos otros, a envolverse en el trasiego de drogas, diciendo que lo motivaba “la ambición por el dinero, la ambición de tener lo que tenían otras personas”, lo que lo llevó a controlar un negocio multimillonario desde su residencial, Turabo Heights. El recluso entiende que si el gobierno quiere prevenir que la juventud se meta en el negocio, y en la violencia que el mismo genera, tiene que “reevaluar sus estrategias”, en especial las de la llamada “mano dura” de intervención policiaca en los caseríos, y proveer más oportunidades educativas.
Resulta fácil reaccionar con desprecio, desde la altura moral (y moralista) que nos permite nuestro relativamente limpio estatus. Resulta fácil decir “que tipo!”, juzgar su “ambición”, y asumir el asunto completo como un problema no tanto del país, como de los residenciales y otros espacios marginados que sirven como base de operaciones para este tipo de actividad delictiva. Resulta facilísimo suponer que, con cupones y otras ayudas gubernamentales, el tema de la comida y necesidades básicas está cubierto para los pobres del país, de modo que la “ambición” que describe “Papo Cachete” se nos antoje casi un capricho, una forma de querer, de desear, lo inmerecido. Resulta incluso fácil burlarnos de la sugerencia de García de que la policía no intervenga – después de todo, si hay drogas, la policía tiene que intervenir, ¿cierto?
Resulta fácil, pero no particularmente útil. Porque de alguna manera, todo lo que dice ahí García es cierto. Miremos por ejemplo el tema de la ambición. Para empezar, cualquiera que se tome la molestia de comparar el monto total de los cupones típicamente otorgados a una famila de cuatro sabe que sencillamente..no dá. Sirve para costear tal vez un total calórico más o menos adecuado, si la familia se dedica a consumir harinas refinadas y porquerías (después de todo, el refresco es más barato que el jugo, los granos refinados más baratos que los integrales, etc.) Pero ese no es el issue central, me parece, de la ambición a la que se refiere. Sí, las familias en el caserío, como el resto de las famlias del país, quieren darse unos lujos, quieren comprar la pizza del cumpleaños, pedir el catering del quinceañero, tener ropa nueva, comprar materiales escolares, y hasta botar chavos comprando porquerías. Los nenes en el caserío, como los nenes en el resto del país, viven probablemente obsesionados con los aparatos electrónicos de moda: PSP, Gameboy, PS, etc.
La clave está en el colectivo: la “ambición” de la que habla Papo Cachete es una compartida por todos los sectores sociales en este pobre país nuestro, en su totalidad. La enfermedad del consumo nos aqueja a todos y a todas. Los “malls” siempre están llenos. Vivimos endeudados hasta las teleras. Queremos cosas, más cosas, muchas cosas, hasta que se nos llena la casa de cosas y las botamos y compramos otras cosas más nuevas, más brillantes, más bonitas. Queremos pintarnos los pelos, coleccionar zapatos, tener carros nuevos, y asegurarnos de que el estilo de nuestras gafas esté “in”. La gran diferencia estriba, probablemente, en que para el nene del caserío, la ruta de las drogas es una más visible y posible para obtener esas cosas en el corto plazo. Y obtener esas cosas, como a cualquier otro nene, le provee estatus. Y el estatus, señores, en absolutamente todas las sociedades humanas, es algo que la gente busca tener.
Hace algún tiempo, uno de mis hijos llevó unas maltas a una reunioncita de amigos, y lo molestaron porque no eran “de marca”, sino genéricas. Nuestro intento de ahorrarnos unos centavos redundó en una pérdida de estatus para el muchacho. Y no importó mucho – se le explicó el asunto, y santo remedio. Pero el caso es que, en esto de vivir con menos, a veces es más fácil para una familia de clase media con unos recursos educativos particulares convencer a los niños de que deseen menos, que para una familia que vive en una comunidad marginal. Después de todo, si yo opto por no tener televisión, mis hijos tienen patio para jugar. Si la señora que vive en el residencial caliente opta por no tener televisión, sus hijos se le van afuera, donde corren el riesgo de ser atraídos por la abundancia consumista del “punto”, o de ser jamaqueados por un policía “interviniendo”. (Piense en eso la próxima vez que vaya a criticar la antena de satélite en el techo del residencial más cercano – para algunas familias es un asunto de supervivencia). Otro tanto ocurre con los estudios: Los niños y niñas de las clases medias y altas escuchan el mensaje universitario desde la cuna. Para el nene del residencial, la idea de la universidad es más distante, más abstracta, y estadísticamente menos frecuente.
De modo que aunque no admiro a este señor Cachete, ni me gustan las decisiones que tomó en su vida, reconozco dos cosas: Primero, que tiene razón. Hace falta más educación, menos “mano dura”, más oportunidades reales, para los jóvenes que viven en comunidades marginadas. Y segundo, que la culpa, la patología del narcotráfico, al final del día no es de los residenciales. Es del país, es una patología mucho más amplia y profunda, tiene que ver con esa ambición idiota que tenemos como pueblo y que nos impulsa a querer poseer más cosas pero que no nos sirve para sacar el país hacia adelante, y al final del día, no la podremos atender hasta que no la reconozcamos como una patología de todos. Seguir vapuleando, física, social y moralmente, a los residentes de los espacios donde la realidad del narcotráfico es más evidente y donde la población está más desprotegida NO es la solución.
Imagen de: http://willpen.wordpress.com
Print







































