Vivian

foto de primerahora.com
En uno de esos maravillosos libritos de la serie ciento en boca, de ediciones huracán, Fernando Picó nos cuenta cómo se multaba diferencialmente a distintos sectores sociales en el Utuado del siglo diecinueve:
Un reglamento proveía para que los jornaleros pagaran un día de prisión por cada cuatro reales de multa…en el caso de los artesanos, un día equivalía a doce reales, y en el de los propietarios, seis pesos…
En el siglo diecinueve, el tiempo del artesano valía más que el del jornalero, y el del propietario, a su vez, mucho más aún.
Y ahora, también. El periódico Primera Hora reseñó el sábado la muerte de Vivian Rivera, una joven de 23 años, presa en una cárcel de Vega Alta y víctima de una golpiza por parte de otra confinada. Estuvo en la enfermería de la prisión, agonizando, tres días. Cuando llegó al Centro Médico “era demasiado tarde”, dice el parte de prensa. Una condición congénita había complicado y amplificado el efecto de los golpes, y la muchacha no despertó.
Si hubo maltrato o negligencia por parte de la cárcel, no lo sé. Probablemente es prudente esperar por la autopsia antes de emitir una opinión al respecto. Lo que sí podemos decir es que el panorama no es, en sus efectos, muy diferente del que describe Picó en la cita, arriba. A esa chica se la llevaron presa, por un año, por posesión de una bolsita de marihuana. El juez dictó sentencia de “un año de cárcel o mil dólares de multa”, y el tiempo de Vivian valía tan poco como el del jornalero de Utuado. Una vez en prisión, en una ocasión, la “mangaron” fumando marihuana de nuevo y le añadieron ocho meses adicionales a la ya desproporcionada pena.
Una bolsita = mil pesos = un año. ¿No hay algún mecanismo que proteja al pobre de esa álgebra maligna? Ochenta pesos al mes. El dictamen del juez le adjudica un valor de once centavos, a cada hora (encerrada) de Vivian. Su tiempo vale menos que el del jornalero de Picó.
Compare ese año y ocho meses con el caso reciente de los tres estudiantes que tenían, no una bolsita de marihuana, sino un huerto completo en Condado. Hidropónico, nada menos. Les ocuparon, dice la prensa, “112 plantas de marihuana, 16 envases con picadura, 15 bolsas medianas con la droga lista para vender y cuatro envases con cocaína”.
No es que yo piense que los tres agricultores aficionados de Condado deben ir presos – ese no es el punto. Lo que me parece interesante es que aunque las reglas oficiales sean distintas, el TIEMPO del pobre siga valiendo menos. Para los estudiantes de medicina, 112 plantas y quince bolsas no alcanzan para justificar un día de prisión. Para Vivian, una bolsita se paga con un año, y un cigarrillo a medias, con ocho meses.
O con la vida.
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maripositas verdes

En la escuela del mundo al revés, el plomo aprende a flotar y el corcho, a hundirse. Las víboras aprenden a volar y las nubes aprenden a arrastrarse por los caminos. E. Galeano, “Patas arriba.”
Todos los días les agradezco a la estructura y al azar trabajar aquí, en la Universidad. Aún cuando peleo, aún cuando me enojo, aún cuando la U me muestra su lado oscuro, prefiero este lugar a cualquier otro.
Pero amar no es un ejercicio carente de crítica. Loving critique, escuché o leí a alguien decir (o escribir) el otro día.
Me entero a través del servicio de “cartero” electrónico en mi recinto que el departamento de Humanidades, con el co-auspicio de -nada menos que- Lockheed Martin, ofrecerá seminarios -nada menos que- de…ética.
Claro que no debería sorprenderme, dirán algunos. Después de todo, Lockheed Martin es una presencia familiar, y hasta querida, en el recinto. Se la pasan aquí, reclutando ingenieros e ingenieras, especialmente, pero también otorgando donativos para actividades de alcance, como ésta. ¿Entonces qué es lo que me inquieta? Bueno, siempre me ha resultado bastante incómodo tener representantes de Lockheed Martin saltando por ahí, no porque como individuos me hayan hecho nada sino porque representan lo que antes se denunciaba como complejo industrial-militar y ahora, gracias en gran medida a la popularidad del libro de Naomi Klein, se reconoce como un complejo de guerra y desastres (war and disaster profiteering).
Lockheed Martin enseñando ética. La misma Lockheed Martin de los misiles; la misma de los escándalos de contratos millonarios otorgados sin mediar subasta ni competencia (y una, ilusa, aquí pensando que de competencia se trataba justamente el cacareado concepto de “libre mercado”); la misma que protagonizó la destrucción y más tarde, ironía de ironías, la reconstrucción de Irak en una ilustración grotesca del capitalismo del desastre; la misma que se metió también de lleno en el lucrativo y siniestro negocio de “interrogar” prisioneros de guerra; la misma que invierte asiduamente en los cabilderos que a su vez invierten asiduamente en los legisladores que facilitan o entorpecen el proceso legislativo a conveniencia de la compañía; exportadora de armas #1 en el mundo, acusada de pagarle cuantiosas sumas a jefes de estado extranjeros, fabricante de algunos de los aviones de guerra más letales. Esa misma.
Acá nosotros hablando de “manteníos” para referirnos al pobre que mal-vive del gobierno, y mientras tanto, Lockheed Martin obtiene el 84% de sus ganancias del gobierno (es decir, de los contribuyentes, los mismos contribuyentes que perdieron o vieron amenazados sus hogares, acciones y salarios recientemente) de Estados Unidos. Eso sí que es mantengo.
¿No es acaso un problema ético gigante una compañía que depende, para sus enormes ganancias, casi totalmente de la reproducción de la guerra y/o desastre permanente, y que otorga donativos de campaña y coloca a sus ejecutivos en posiciones de poder para tomar justamente las decisiones asociadas a la guerra y el desastre permanentes? ¿Y entonces, no es acaso una ironía inmensa, que sea esa compañía, y no otra, la que nos auspicie cosas relativas a la ética?
Y bueh. El caso es que ahora visitan mi universidad para darnos talleres de ética. Y de paso nos sirven de jurado en el Ethics Bowl de la Facultad de Administración de Empresas, junto a representantes de otras corporaciones como….Goldman Sachs.
Pero dejemos a Goldman Sachs para la parte dos, o para los comentarios, de esta entrada, porque quiero hablar de las mariposas. En un pasaje triste y hermoso de su maravilloso libro Patas Arriba: La escuela del mundo al revés, Galeano hace una historia que como todas las suyas es también fábula, dato, y metáfora. Nos dice que en 1994, la empresa petrolera Chevron, contaminante en grande del agua, aire y tierra californianos, estableció un refugio en los terrenos de la compañía para salvar de la extinción a una mariposita azul. El refugio costaba cinco mil dólares anuales. El lavado de cara publicitario protagonizado por la salvación de la mariposa costaba ochenta veces eso…por minuto. La impunidad, nos recuerda Galeano, es un producto muy barato.
El cuento es interesante y viene al caso por dos razones: Primero, porque demuestra una estrategia frecuente de relaciones públicas – buscar una causa simpática y “auspiciarla”, movida especialmente efectiva si el recipiente de la generosidad se encuentra en crisis fiscal (nuestro caso, justamente); segundo, porque con frecuencia estas aparatas (me refiero a las compañías como Lockheed y Chevron) eligen como “causa simpática” precisamente lo mismo que con su otra mano (con su mano dominante) destruyen. Así, Chevron elige una causa ambiental, y Lockheed opta por auspiciar la “ética” y la “paz”.
¿Seremos nosotros, los académicos, los colegiales, las maripositas (verdes) del Lockheed Martin?
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Haití: La caridad y la otredad
Tal vez por aquello de ser antropóloga, o tal vez por preguntona, lo primero que sentí no fue la indignación, sino la pregunta: ¿Por qué? ¿En qué estaban pensando los médicos que sonrientes, nos miran desde las fotos, cerveza o negra pierna de paciente en mano? ¿Qué motiva la sonrisa? Y más extraño todavía, ¿qué motiva la foto?
Posiblemente sean hasta buenas personas, estos médicos que salen en las fotos. Después de todo, fueron allá a ayudar. Pero las fotos revelan algo turbio. O lo confirman, porque suele haber turbidez en todo lo que tenga que ver con la forma en que el mundo trata a Haití. Aún en medio del ejercicio de la caridad.
Busqué en la prensa y en facebook, donde empezó el escándalo. Pero no encontré muchas respuestas. Encontré sólo indignación. Probablemente justificada, dicho sea de paso. Una mujer semi-desnuda a quien le suman, encima del vejamen de la semi-desnudez y de la tragedia de la amputación inminente, la humillación de la fotografía. Tal vez no la ha visto, tal vez no sabe que la han fotografiado, pienso, para consolarme un poco. Pero entonces es peor, me riposto. Si ni siquiera sabe, si no tuvieron la decencia de pedirle permiso, de avisarle, entonces es peor…
Veo otra foto, ésta de un niño, o niña. Un cuerpito amputado. Me pican los ojos, se me anudan el alma y la garganta, me siento culpable..no sé exactamente de qué, pero de algo. Cierro los ojos, aprieto next.
La foto que le sigue no contiene ningún haitiano. Sólo el médico boricua, armado con un rifle y una sonrisa. Y sigo sin entender por qué (¿por qué tiene un rifle? ¿por qué sonríe?), pero empiezan a tener algo de familiar. No tanto las fotos como las sonrisas. ¿Donde he visto sonrisas como esas antes?

Varias respuestas vienen a mi mente. 1. En el escándalo de Abu Ghraib, las sonrisas de los soldados que martirizaban a sus víctimas iraquíes y que posaban junto a ellos en situaciones que dejaban clara la diferencia de poder entre prisionero y soldado. 2. En las fotos que los que visitan zoológicos suelen tomarse al lado de las jaulas, especialmente aquellas cuyos huéspedes son pensados como particularmente peligrosos (tigres, leones, culebras) o, tal vez con mayor frecuencia, particularmente graciosos (delfines, chimpancés, avestruces.) 3. Los turistas colorados que se toman una foto cerca del “nativo” del lugar que visitan.

Todas esas situaciones tienen en común una combinación particular de dos seres: Uno, dueño de la cámara o amigo/cónyuge/colega del que la porta, que sonríe para la audiencia que de seguro verá la foto y que él/ella conoce, porque será él/ella el que la enseñe; Otro, tal vez invitado, tal vez no, por el primero, tal vez sonriente, tal vez no, tal vez consciente de ser fotografiado, tal vez no, un ser asumido como un “otro”, como “diferente” de alguna forma fundamental, intrínseca, un “otro” que no le mostrará la foto a nadie porque no es dueño de la cámara, ni de la situación.
Claro que las tres situaciones que resumí arriba son, moralmente, distintas. La sonrisa del soldado en Abu Ghraib que encadena al prisionero como un perro, o que lo obliga a posar, desnudo y en abierta violación a lo que su religión (la de la víctima), su ideología (la de la víctima) , le indican como correcto, es moralmente mucho más grave que el visitante que se toma una foto al lado del delfín o del chimpancé del Zoo, o que la del turista que se toma una foto al lado de un nativo que al final del día, quizás hasta esté de acuerdo.
Pero las tres ejemplifican una sonrisa que sugiere la satisfacción, el regodeo, de un ser relativamente acomodado, móvil, viajero, visitante, guerrero, que posa, feliz, junto a alguien a quien considera no solamente distinto, sino de alguna manera inferior. Porque si pensáramos a ese “otro” como un igual, le pediríamos permiso, le ofreceríamos una copia de la foto, tendríamos un cuidado, un respeto, que ninguno de los ejemplos indica.
(Una excepción aparente: Las fotos que se toma la gente con los artistas, o las figuras políticas. Ahí suele también haber sonrisa, pero no la sonrisa que genera la situación que aquí estoy describiendo. El artista o figura pública no es menos poderoso que el dueño de la cámara, es dueño de la situación, y es equivalente a un monumento, una maravilla. Típicamente es objeto de la admiración del que toma la foto. Es percibido como un “otro”, pero superior, no inferior. Y la sonrisa resultante es distinta, aniñada, agradecida.)
El escándalo de los médicos enviados por el Senado a Haití se parece, más que a ningúna otra foto, en el contenido, en las sonrisas, al de Abu Ghraib. Distinto, sí, en que después de todo no estaban torturando sino curando, aliviando, al “otro”, pero parecido en la sensación que la fotografía produce en el que la mira. Hay alguien sufriendo y hay alguien feliz en la misma foto. Y el que está contento domina la cámara y la situación. La diferencia racial le añade otra capa de desazón al asunto – el feliz tiene la piel más clara que el sufriente. Y no sabemos si el sufriente sabe de la foto, o si le importa. De hecho del sufriente no sabemos nada, es un prop, un signo, un espectáculo, dentro de una escena donde el protagonista, el que tiene nombre y profesión, es el doctor. Del sufriente sabemos sólo que sufre. Se le ha negado su historia, su humanidad, su protagonismo. Podría ser cualquiera de los tantos amputados, víctimas del terremoto, de la esclavitud, de los bancos internacionales, de la globalización, de los tiranos locales y mundiales, de la indiferencia, del racismo, del desinterés. El primer país del mundo en abolir la esclavitud, castigado y maldecido para siempre por tener el descaro de tomar esa abolición en sus manos, en lugar de esperar por la generosidad y la diplomacia blancas.
La caridad es mejor que la indiferencia. Pero aún en medio de la caridad afloran, como un burbujeante precipitado químico, inesperado pero inevitable, las ideologías que rigen nuestra actitud (y la del mundo) para con Haití.
Posdata: Me quedé pensando en este post mientras hacía otras cosas y entré de nuevo para aclarar algo que me parece importante: Esta entrada examina otro ángulo – la idea de que el tipo de foto mostrada (especialmente las que contienen pacientes) son sugestivas de esa perpetua otredad, de ese racismo, de ese desprecio, que el mundo ha mostrado por el pueblo haitiano por tanto tiempo, y que muestra aún mientras lo ayuda. Que el paciente haitiano no merece la misma privacidad, o seriedad, que el paciente común y corriente. Que sentimos simpatía pero nos quedamos cortos en empatía.
No creo que estos médicos merezcan un castigo que anule sus carreras o afecte radicalmente sus vidas. No los acuso por beber cerveza (yo probablemente me hubiera bebido varias, después de un día trabajando en una tragedia como esa) o por lo que algunos en internet están llamando, con desprecio, “fiestar” en plena tragedia. De hecho me parece que con todas sus faltas, el médico que opta por irse a Haití a ayudar de gratis es digno de admiración-después de todo, la mayoría de nuestros médicos se quedaron acá, algunos haciendo muchos chavos. Quizás, si hubieran sido parte de un contingente más experimentado, como el de Vargas Vidot, esto no hubiera pasado. Ojalá que los que salen en las fotos sigan cultivando la generosidad que mostraron al tomar la decisión de ir a ayudar, y que a la vez opten por examinar sus prejuicios -ellos, y nosotros. Ese, y no el castigo, sería el mejor resultado de todo este episodio.
tarifas, vagos, indignaciones, y otras vergüenzas de la cotidianeidad
Hace rato que tenía que haber escrito sobre este asunto de las tarifas fijas para los residenciales, o más bien (porque esto otro es lo que verdaderamente me llama la atención y me interesa) sobre la reacción que dicha política ha desatado. Esa protesta colectiva, a viva voz, una ola de quejas que nunca he visto elevarse, al menos no con esa velocidad, para defender ninguna otra causa. Ningún político pillo, o vago, o mantenido, ha desatado jamás semejante ira. Los que por poco nos queman el país con el desastre de CAPECO nunca fueron blanco de una indignación así. El bono a los desarrolladores para que pudieran seguir construyendo (y vendiendo) en un país con sobre veinte mil viviendas vacías nunca fue discutido como “robo” o “parasiteo”.
Cuando decidí que finalmente escribiría sobre este asunto, tampoco escribí. No escribí porque quería producir un texto impresionante, conmovedor, o por lo menos ingenioso. Tal vez sonoro, con esa sonoridad que con frecuencia exhiben tipazos y tipazas como Pérez Reverte, o Ana Lydia Vega, o Mayra Montero -esa sonoridad que emite el argumento en el volumen preciso, y en la frecuencia exacta, para que éste resuene en las neuronas y el corazón ajenos. De modo que volví a no escribir.
Finalmente, supongo que hoy, decidí que igual tenía que hacerlo. Primero, porque me dí cuenta de que no lograría la resonancia esperada (puede leer sobre “resonancia”, ese tan poético fenómeno de la física, aquí), justamente porque esa es la cualidad principal, y más repugnante, de esa indignación colectiva que hoy vengo a criticar. Me resigno entonces a escribir cualquier cosa: un cruce entre desahogo y memo corporativo, un telegrama febril, una rabieta antipática pero inteligible, un carraspeo lanzado torpemente al mundo de la cibernia. Que salga cualquier cosa, pensé, pienso; entramos luego y escribimos algo de seguimiento, más bonito, más sosegado, más intelectual.
Así que escribo. Primero, para describir la cosa que enfrento aquí. No se trata de la decisión de la tarifa fija – ni siquiera sé si esa decisión,la de otorgarle una tarifa fija de agua y luz a los que viven en residenciales públicos, es buena, mala o irrelevante. Probablemente, para ser honestos, en términos estrictamente económicos, es irrelevante. No lo sé. Francamente, ni viene al caso. Lo que me trae hoy a la ventanilla de editar una entrada en mi blog es la reacción popular a esa decisión. Y ésta, señores, ha sido de miedo. Los comentarios en los periódicos en línea chillan (sí, chillan, en chillonas mayúsculas) cosas acerca de esa “gentusa” (palabra que por cierto, muchos escribieron con ’s’), que “vive del cuento”, y que “no trabajan para vivir del gobierno y de los que pagamos contribuciones.” Hablan de irse a vivir en un caserío como si de hecho quisieran hacerlo. Hablan de un futuro donde el gobierno les dará internet gratuito también. Hablan de plasmas, antenas y piscinas en todos esos hogares que, si una no hubiera visto de cerca, tendría que imaginar como fabulosos palacios de cuento, con fuentes cristalinas y luces de discoteca.
Pero la peor parte no fueron los periódicos, no. Allí de todos modos siempre hay cuatro locos chillones comentando las noticias groseramente, de hecho esta vez han estado quizás hasta más educados que de costumbre. No, la peor parte fue facebook, espacio en donde me comunico con lectores de esta cosa, con amigos, con familiares, con antiguos compañeros. Allí, me cuenta un lector, José G. (que por cierto ha escrito algo muy bueno sobre este asunto y espero que lo publique en algún lado, pronto), y acabo de verificar con mis ojitos, hay un grupo con casi cuatro mil miembros que se llama “estoy harto de mantener los vagos en PR con mis contribuciones” y que se describe a sí mismo de la siguiente forma:
“Este site es para establecer un final proximo a todos los vagos en Puerto Rico que no trabajan y se la pasan esperando la GUIRA del “MANTENGO” gubernamental, sea cupunes, ayudas, etc, etc, etc. Son todos aquellos que se la pasan perdiendo el tiempo en la casa, jugando juegos electrinicos y esperando el cheque del gobierno con una barriga que parecen nenes de World-Vision. Los magnificos parasitos que nos tienen a Puerto Rico en la bancarrota por estar manteniendolos como peces de agua dulce en estanque.”
¿”Establecer un final próximo”? ¿Qué es eso y cómo proponen lograrlo? ¿Genocidio? No, quisiera pensar que lo que en realidad desean es que todos tengan empleos. Los comentarios que leí hoy (hay páginas y páginas de ellos) dicen cosas como (esto es sin censura, lo copio tal cual, aunque me mate la “z” de “abuzo”)… “sin palabra, indignacion total….. Quien piensa en mi, en la clase media. no lo puedo creer. QUE ABUZO. por Dios agamos algo que yo me apunto, esto no puede seguir, ya no mas.”, y se ensañan con especial furor con las “guimas mantenías” que según ellos se dedican a parir y parir con toda la mala intención de continuar “parasiteando”. Dice uno” “En especial a las Guimas cuponeras de caserio, no saben mas que paril hijos y no trabajan esperando los cupones, jajajaj…” Hasta la foto revela odio – una mujer sobrepeso, de espaldas, con algo pegado de la bata en el área del trasero.
Yo pago contribuciones, muchas, fiel, legal y consistentemente. Y mucha luz, y mucha agua. Pero con toda franqueza, no creo que el furor que este grupo de facebook tan orgullosamente, y con tanta resonancia, exhibe, se trate de eso exactamente, no. Como pagadora de contribuciones, a mí me indignan el estado de las carreteras, el deterioro del sistema público de educación, la ausencia de transportación colectiva, la ineficacia del sistema de salud, la escasez de parques y áreas verdes, en fin, me indigna que mis contribuciones no se traduzcan en una estructura de cosas que podemos llamar el bien común y que se refiere a las cosas que nos benefician a todos: urbes limpias, menos autos, más salud, mejor calidad de vida.
Pero no, no hay un grupo de facebook que inste a Fortuño a garantizarnos ninguna de esas cosas. Lo que vociferan las voces indignadas es que los pobres tienen la culpa, que nos engañan, que nos explotan. Y yo quisiera aclarar un par de cosas:
- Los pobres no nos explotan. Lo que el estado invierte en mantener a sus ciudadanos más vulnerables es una chavería en comparación con los subsidios que reciben otras entidades, corporaciones, casi todas, que pagan muy pocas contribuciones, generan muchas ganancias, y definitivamente no viven en un apartamento diminuto con ventanas miami y ruido de tiros en la noche, como viven muchos en nuestros caseríos.
- La imagen del residente de caserío que ríe sonoras y siniestras carcajadas y se frota las manos porque nosotros, los contribuyentes, le pagamos un estilo de vida que incluye piscina, cable, antena, internet, losa italiana, o lo que sea, es una fantasía, o en el peor de los casos, una excepción. La mayor parte de los residentes del caserío preferirían vivir en otra parte. Otros quieren vivir ahí, esa es su comunidad, y trabajan duro, con pocos recursos, para mantener sus apartamentos lindos, ordenados, y para bregar con el discrimen cotidiano que su geografía les acarrea. Muchos de ellos trabajan, muchos otros desean desesperadamente trabajar y no encuentran empleo.
- Ese punto es crucial: En Puerto Rico, la tasa oficial de desempleo ronda el 15%, la extraoficial el 19%, y esto es sin contar el sub-empleo, el empleo a salario mínimo que no da para vivir, y otros desastres de nuestro panorama laboral. Gritarle, indignado, al residente de caserío que “se vaya a trabajar” es, en este escenario económico, un absurdo, porque sabemos que no hay trabajo suficiente para todos los puertorriqueños, vivan donde vivan, y porque en el residencial hay mucha gente que sí trabaja – porque en este país, señores, se puede trabajar mucho, duro y bien, y seguir siendo pobre. De hecho los caseríos, como los arrabales, favelas, y otros espacios, son una de las formas físicas que adquiere el fenómeno moderno (o post-moderno?) del exceso de mano de obra potencial en una economía que “prospera” aumentando ganancias para los accionistas pero que no la prosperidad para la gente. Los pobres NO tienen al país en bancarrota, como dice el grupo de facebook, es al revés: Los pobres son la evidencia de la bancarrota del país.
Podría seguir. Parte de mí querría seguir. Pero me dice mi pantalla que voy por las mil trescientas palabras y prometí crear un blog, no un culebrón ni un tratado. Me gustaría hablar de las nociones ideológicas malsanas que se ocultan detrás de toda esta “indignación” contra el residente de caserío. Me gustaría hablar de cómo el “odio” contra el “mantenido” pobre tal vez nos distrae del timo del mantenido rico (puede ver algo sobre eso en este post). Me gustaría hablar de algunas de las personas que conozco, que son de caserío y/o viven en uno, y que no son ni vagos, ni mantenidos, ni parásitos, sino gente buena y trabajadora. Me gustaría explicar que a veces, el internet y la antena son la manera más eficaz de mantener a los nenes lejos del punto (puede leer algo sobre eso aquí) y que algunos padres y madres optan por tener esas cosas, con mucho sacrificio, porque no pueden sencillamente mandar a los nenes a correr bicicleta por ahí. Me gustaría describir el tiempo que pasé viviendo en un caserío del área metro cuando niña, y decirles a todos esos y esas que en chillonas mayúsculas hoy declaran que se mudarían a un caserío para que “los mantengan” que yo lo dudo mucho, que no les creo, que ellos y ellas no quieren vivir allí ná. Ni con tarifa fija, ni sin ella. Sólo quieren descargar su indignación, porque saben que algo anda mal, y el pobre y el dependiente siempre han sido un blanco fácil.
Foto tomada de endi.com, sección dominical del La Revista de hoy.
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¿el único empleo?
Éste era ayer el único “display” visible conteniendo oportunidades de empleo en la (abarrotadísima) oficina de desempleo en Mayagüez, Puerto Rico. “U.S. ARMY”, decía. “FULL TIME AND PART TIME JOBS.”
La fila de desempleados era larga.
¿Cuán “voluntario” es un ejército que necesita de escasez de oportunidades de otro tipo para poder reclutar soldados?
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el asesino
Hace un par de días quise escribir sobre Jorge Steven. Hoy debo escribir sobre el hombre que confesó haberlo matado.
“Debo”, dije, no “quiero”. Todavía tengo dificultades para mirar su foto en los periódicos, para leer sus alegatos de defensa propia y de lo que algunos llaman “pánico homosexual”. Tengo dificultades hasta para nombrarlo. Para mí es “el asesino”.
Confieso que me cae mal, que me asusta su visaje, que me provocan desagrado su expresión, su mirada, su frente, su collar, sus manos esposadas…
Y por eso debo escribir. Porque me desagrada. Todos estamos horrorizados. Hasta los que emiten expresiones homofóbicas al hablar de la víctima, como “que hacía ese muchacho allí”, o “se lo estaba buscando, con esa vida”, tienden de inmediato a conceder la monstruosidad del acto de…este otro tipo. Del que mató, decapitó, desmembró, y luego intentó quemar y ocultar a Steven.
Juan Antonio, se llama.
Juan Antonio nos desagrada por la misma razón por la que nos desagradan todos los que cometen actos monstruosos, impensables. No simples asesinos con móviles ‘vulgares’ (léase, ‘económicos’) , sino aquellos asesinos cuyas acciones se nos antojan distantes de la naturaleza humana más básica, más fundamental. Los parricidas, los infanticidas, los genocidas. Pero bien han sugerido los estudiosos de esos fenómenos que además de condenarlos, debemos entenderlos, para poder prevenirlos. Por más monstruosos que sean estos eventos, si existen y ocurren, es que son, por definición, posibles.
Dicen que Juan Antonio odia a los homosexuales. Dicen también que él es homosexual; que si miren sus cejas, que qué hacía en esa zona, conocida por la presencia de travestis, que Steven y él se conocían, que por qué quemó el colchón…. Todo esto puede ser importante. Pero los que lo dicen para burlarse de Juan y de su defensa están errados, me parece. “Acusarlo” de gay no debe ser el ángulo, porque “gay” no debe ser una acusación, sino un hecho reconocido, aceptado, sin tapujos ni falsas “tolerancias”. No.
Si en efecto Juan Antonio era bisexual o gay, y además odiaba a los homosexuales, entonces la situación es aún más trágica. ¿Por qué? Porque ilustra el poder asesino no sólo de Juan Antonio sino de la homofobia colectiva, aprendida, respirada desde siempre, que contribuyó a forjar a un asesino, a generar en él odio hacia sí mismo y hacia otros.
Reconocer, entender, estas cosas, ¿excusa a Juan Antonio? ¿Lo justifica ante los ojos de la ley? No, mil veces no. Que se haga justicia.
Reconocer, entender, estas cosas, ¿es un paso necesario para eliminar, de una vez y por todas, las condiciones sociales que permiten que algo tan monstruoso como esto caiga dentro del rango de las posibilidades de comportamiento humano, que sea posible? Sí, mil veces sí. Que se discuta, se arroje luz, se construya conocimiento valiente.
Para combatir la homofobia, y cualquier otra forma de intolerancia y odio, hay que sacar las fuerzas necesarias para entender las rutas que la convierten en un modo dominante de pensar.
Aunque esto implique mirar un asesino a los ojos, y reconocer al monstruo como humano, y a la monstruosidad como posible.
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steven
Tenía diecinueve años, y lo mataron. Lo mataron porque “no era una mujer”. Lo mataron con saña y con violencia. Eso es lo único que importa.
No me malentienda: Soy la primera que reafirma, siempre, el valor de la historia. La historia en detalle y con contexto, densa como la bautizó Geertz cuando dijo que la descripción debería incluir no sólo el comportamiento sino todos los significados y referentes posibles de ese comportamiento, conectados entre sí por una especie de bellísima tela de araña, o de humanidad que construimos, que nos da vida, que nos atrapa.
La antropóloga en mí preferiría querer explorar esa tela de araña en sus personajes, en sus matices, en sus narrativas. Querría sentir alguna simpatía, si no por el individuo que mató a Steven, sí al menos por su historia. Quisiera pensarlo víctima también, de alguna cosa. La cárcel, tal vez, como él sugiere.
Pero no puedo. No puedo ni recordar el nombre del asesino. El nombre de su víctima, Steven, se me quedó en la mente enseguida, en cuanto leí la primera noticia, acompañado en mis circuitos neuronales por la imagen que de él ví en el periódico. Una criatura.
Me dicen que Steven, justo antes de su muerte, se prostituía. Me lo dicen como si eso fuese a inspirarme algún rechazo. Imagino que lo hacía por el dinero, tal vez por la caricia, quizás por ambas. Todo lo que me ocasiona esa otra historia, esa especie de acusación póstuma, es una ternura implacable.
Lo mataron con saña y con violencia. Lo mataron porque “no era una mujer”. Aquí, a mí, y ahora, eso es lo único que importa.
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