atalaya

®The Far Side
Estaba yo en plena domesticidad sabatina, cuando sonó el timbre. Como mi puerta no tiene una de esas pequeñas claraboyas que permiten ver la imagen, un tanto deformada por el cristal, de la potencial visita, me asomé por la ventana. La calle estaba llena de ellos, y eran inconfundibles, porque caminaban en parejas, cargaban con unos pequeños maletines negros, y se protegían del sol con grandes sombrillas. Eran ellos. Los testigos. De dos en dos, de puerta en puerta. Mi perra ladraba, con un ladrido que al desconocido que no sabe que, decodificado, quiere decir “sóbame la panza ahora mismo, por favor”, le puede sonar feroz. Por un momento pensé, pero sin mucha convicción, que tal vez la perra los espantaría.
Los sabatinos Testigos de Jehová son parte del paisaje de la urbanización boricua. Incansables, ciertos, consistentes, llegan en sus autos, se estacionan, agarran biblias y sombrillas, y caminan de casa en casa llevando la palabra. Desde que recuerdo, he visto gente evitando esas visitas. Las estrategias son muchas. Una de mis abuelas, por ejemplo, se asomaba a la ventana, con el ceño fruncido, diciendo entre dientes “ahí vienen, ahí vienen…”, y sin abrir (y a veces casi sin esperar el timbre) rugía, con una curiosa mezcla de enojo y satisfacción, “¡somos católicos!”. Si los testigos insistían, gritaba, más alto aún, “¡no nos interesa!”. Otra abuela hacía todo lo contrario: Les preparaba jugo de toronja, los sentaba en el balcón, y mientras ellos balanceaban vasos, sombrillas y biblias, la abuela tomaba la batuta de la prédica y les secuestraba el intento de conversión hablándoles de las maravillas del catolicismo.
No sé cuál de las dos abuelas era más temible. Con la segunda, especialmente, solían quedarse un poco desconcertados. Pero siempre regresaban. Incansables, consistentes, ciertos. Dejaban folletos delgados tras de sí, repletos de consejos para el buen vivir, y, evaluados en sus términos, muy bien escritos. Oraciones completas, citas bien puestas, mejores que muchos de los productos académicos y cuasi-académicos que me ha tocado leer. Y sobre todo escribir. De hecho el Atalaya es una de las revistas más leídas, si no la más, y pasa por un riguroso proceso de edición.
El barrio donde viví mientras estudiaba en la Universidad también estaba en el radar de los testigos. Y mis vecinos estudiantes también tenían sus estrategias. Uno de ellos, un futuro químico, aseguraba que había logrado espantarlos saliendo al balcón vestido sólo con una toalla y afirmando que era budista. Nunca intenté ese método, y tampoco supe nunca si funcionaba por el budismo o por la poca ropa.
Mis métodos siempre fueron bastante más modestos, incluso cobardes. El más común era simular no estar en casa, escuchando el gentil pero obstinado”¡buenos días!, mintiéndole a los testigos con mi silencio.
En una ocasión, hace años, armada de valor (tal vez un poco cansada de esconderme y callar) decidí abrir la puerta y darles una respuesta amable, honesta e implacable.
Ja.
Ellos: Buenos días. Yo: Buenos días, ustedes disculpen, pero soy agnóstica. Ellos: ¿Que usted es qué cosa? Yo: Agnóstica. Ellos: Ah. [Pausa incómoda] ¿Como los rosacruces? Yo: [sintiéndome honesta, sí, pero también un poco ridícula, y para nada implacable]: No, no es como los rosacruces. Sencillamente no soy creyente. Ellos: Ah. [Otra pausa] ¿Atea? Yo: No, tampoco. Los ateos piensan que dios no existe. Los agnósticos pensamos que no es posible saber si existe. Ellos: [Aliviados] Ah, pues le traemos buenas noticias. [Agarran la biblia.] Yo: [Olvidando lo de "amable". La verdad es que no nos importa mucho, saber si existe.... [Ahora mintiendo descaradamente] Lo siento, se me va a quemar la comida. Tengo que regresar a la cocina.
Después de ese fracaso comunicativo, había regresado a la maniobra cobarde de simular no estar en casa. Ahora, mientras miraba por la ventana, pensaba que hoy sí tenía una excusa legítima – la comida hervía sobre la estufa. Pero igual no me creerían. Estarían ya acostumbrados a las mentiras cobardes de los católicos, los agnósticos, los ateos, los cristianos de otras denominaciones, los vagos, los ocupados, los desentendidos, los budistas, los…vamos, todos los no-testigos.
Sonó el timbre. Suspiré. Me sequé las manos y abrí. Eran dos testigas, cuarentonas, tal vez cincuentonas. Una de ellas le sobaba la panza a mi ahora callada perra. La otra me sonreía. Tenía gotitas de sudor en la frente.
Ellas: ¡Buenos días! Yo: Buenos días. [Suspirando] Mire, francamente no quiero hablar de dios, ni estoy interesada en la revista. [Pausa desconcertada] Pero con gusto les puedo ofrecer un poco de agua fría. Ellas: [Se miran]. Pues sí, gracias.
Camino a mi cocina. So far, so good, pienso. Pero usarán el agua para ganar tiempo. En cinco minutos estarán en pleno intento de conversión, y se me va a ir la amabilidad pa’l…
Tomamos agua las tres. Hacía calor. Y hablamos. Mucho. De Mayagüez. De los perros y otras mascotas. De los hijos, especialmente los adolescentes. De que las cosas estaban malas. De la emigración. Busqué más agua. Seguimos hablando. De la geografía de Puerto Rico. De las características de diferentes pueblos. De qué hacer, para ejercer la democracia. De qué se puede esperar, y qué no, de las escuelas. De qué se siente ir de puerta en puerta. Se siente como hacer lo que uno piensa que es correcto. Incansables, ciertos, consistentes. También hubo breves, y sorprendentemente cómodos, silencios. Agua de vida, dijo una de ellas, al terminarse el segundo vaso. Me dieron las gracias, les dí las gracias, y partieron con sus atalayas y sus biblias.
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a mi madrastra
Dear Ellen: Some of the best mothers’ day presents are those that kids make for their mothers with their own hands. The ones that are not part of the whole going-to-the-mall-in-a-frenzy thing. I met you when I was fifteen, and so I never got to give you the macaroni necklace, or the construction paper card. This year I wanted to “make” you something. I decided, however, against the macaroni necklace and “made” you this letter instead.
Homenaje a la madrastra:
En términos prácticos, cotidianos, la madre no es un ser particularmente apreciado. Pero el día de la madre su figura, simbólicamente, se agiganta. El día de la madre es el día nacional de la culpa, del consumo, del frenesí de agradecimiento y amor filial, que llena y atapona los asilos, restaurantes, cementerios y especialmente, los centros comerciales.
Y en ese frenesí, al menos en los medios y en el discurso popular, la madrastra es invisible o como mucho, es una especie de “afterthought”, un facsímil más o menos razonable, un personaje cuasi-materno, más parecida a la suegra que a la abuela en la jerarquía de los amores filiales. Tal vez por culpa de los hermanos Grimm y sus manzanas envenenadas, la idea de “madrastra” está más relacionada, semánticamente, con el lado oscuro de la domesticidad familiar que con su lado brillante o tierno.
Pasando balance ahora, en el umbral de mis propios cuarenta, puedo pensar, articular, y especialmente agradecer lo que esa figura, que el día de la madre y los medios excluyen, ha sido en mi vida, y sospecho que en la de muchos, que como yo, crecen y crecieron en las familias mixtas de hoy. Mi madrastra se llama Ellen. Y es maravillosa. Cocina mejor que nadie, y además trabaja, pinta, siembra, pasa tiempo con sus amigos, y se ejercita. Tiene un marido, un huerto, muchos estudiantes, un hijo, una nuera, amigas del alma, cuatro perros y una gata salvaje. Nunca está quieta ni aburrida, a no ser que decida estar quieta o meditar. Su vida es rica, y ella la construye con ahínco y con fruición.
Fue gracias a ella, y casi de inmediato, que conocí el mar. Yo había ido muchas veces a la playa, incluso había estado en botes, pero fue en mi vida post-Ellen que supe de amaneceres en el agua, de garzas y pelícanos volando sobre el canal, de comer pescao, de cayos, de yolas y de pepinos que “hay que tratar con cuidado, porque están vivos.” Me enseñó también que las galletas son mejores si salen de un horno casero y se comen todavía tibias, que la lechuga y el tomate, por sí solos, no constituyen una “ensalada”, y que las neveras (y las vidas) nunca están “llenas”; siempre cabe algo más.
Los aborígenes australianos tienen un “Dreaming”, una forma de interpretar la realidad en donde la vida y los paisajes están marcados por características míticas y a la vez sólidas, que los definen. Una piedra, un agujero, una montaña. Los mismo ocurre con las vidas de los adolescentes: Décadas más tarde, los adultos definimos nuestra trayectoria juvenil por los “landmarks” de las piezas de ropa y los objetos que en cada momento nos definieron. Y en mi caso, casi todas esas tienen algo que ver con Ellen. Fue ella la que me regaló mi primer traje de baño de persona adulta. El mameluco rosado y ochentoso acompañado por tennis Converse altos, también rosados, también ochentosos. Las bandanas. Los zapatos amarillos de goma. El permanente a medias. Las cartas tarot. El cassette de Pat Benatar. Hoy sigue marcando mi “Dreaming”, ahora con cosas como las pequeñas bolsas de lechugas, berenjenas, pimientos, pepinillos, tomates, que ella misma cultiva y que constituyen la mejor y más sana parte de mi alimentación.
Ellen ha “estado allí” tanto o más que cualquier madre. Las graduaciones, los cumpleaños. Es la persona que toda mujer recién parida quiere cerca – en mis dos partos, trajo frutas, cremas y revistas, y cuando visitaba en casa, aprovechaba para limpiar la cocina y dejarme comida. Durmió en una silla incómoda y horrible para acompañarme en el hospital cuando nació mi segundo bebé. Ha sido una abuela maravillosa para mis hijos y ahora lo está siendo para mis propios hijastros.
Y las lecciones. Algunas las he aprendido, algunas todavía las estoy aprendiendo. Me enseñó a traer mi propio aguacate y/o limón al restorán. A ignorar los catarros para que se vayan solos. A barrer como remedio instantáneo para el aburrimiento y la depresión. De hecho, Ellen actúa como si ocuparse, en general, fuese el remedio para casi cualquier mal anímico o existencial-y tiene razón. Me enseñó que en la “madrastitud” y en la vida, a veces es mejor esperar. Que las situaciones, y especialmente las relaciones, no pueden forzarse. Que al final del día, la respuesta más productiva para los problemas que tenemos con otra gente suele ser trabajar con uno mismo, mejorarse uno mismo, crecer uno mismo. Que el “trabajo” no debe ser el único trabajo. Verla sacar tiempo para sembrar me ha inspirado para sacar tiempo para escribir.
Mi madrastra no es un facsímil de madre, ni una madre con signo de menos, ni una suegra plus. Es otra cosa, con los roles y aportaciones que ha negociado a través del tiempo, conmigo y con la vida. Y hoy la pienso, la quiero y la celebro, al margen del frenesí de compras y consumo,porque ha enriquecido mi vida en sus propios términos y en los míos, no en los que dictan los estereotipos y las culpas, y espero que me dure muchos, muchos años. Gracias, Ellen. Un abrazo.
PrintVivian

foto de primerahora.com
En uno de esos maravillosos libritos de la serie ciento en boca, de ediciones huracán, Fernando Picó nos cuenta cómo se multaba diferencialmente a distintos sectores sociales en el Utuado del siglo diecinueve:
Un reglamento proveía para que los jornaleros pagaran un día de prisión por cada cuatro reales de multa…en el caso de los artesanos, un día equivalía a doce reales, y en el de los propietarios, seis pesos…
En el siglo diecinueve, el tiempo del artesano valía más que el del jornalero, y el del propietario, a su vez, mucho más aún.
Y ahora, también. El periódico Primera Hora reseñó el sábado la muerte de Vivian Rivera, una joven de 23 años, presa en una cárcel de Vega Alta y víctima de una golpiza por parte de otra confinada. Estuvo en la enfermería de la prisión, agonizando, tres días. Cuando llegó al Centro Médico “era demasiado tarde”, dice el parte de prensa. Una condición congénita había complicado y amplificado el efecto de los golpes, y la muchacha no despertó.
Si hubo maltrato o negligencia por parte de la cárcel, no lo sé. Probablemente es prudente esperar por la autopsia antes de emitir una opinión al respecto. Lo que sí podemos decir es que el panorama no es, en sus efectos, muy diferente del que describe Picó en la cita, arriba. A esa chica se la llevaron presa, por un año, por posesión de una bolsita de marihuana. El juez dictó sentencia de “un año de cárcel o mil dólares de multa”, y el tiempo de Vivian valía tan poco como el del jornalero de Utuado. Una vez en prisión, en una ocasión, la “mangaron” fumando marihuana de nuevo y le añadieron ocho meses adicionales a la ya desproporcionada pena.
Una bolsita = mil pesos = un año. ¿No hay algún mecanismo que proteja al pobre de esa álgebra maligna? Ochenta pesos al mes. El dictamen del juez le adjudica un valor de once centavos, a cada hora (encerrada) de Vivian. Su tiempo vale menos que el del jornalero de Picó.
Compare ese año y ocho meses con el caso reciente de los tres estudiantes que tenían, no una bolsita de marihuana, sino un huerto completo en Condado. Hidropónico, nada menos. Les ocuparon, dice la prensa, “112 plantas de marihuana, 16 envases con picadura, 15 bolsas medianas con la droga lista para vender y cuatro envases con cocaína”.
No es que yo piense que los tres agricultores aficionados de Condado deben ir presos – ese no es el punto. Lo que me parece interesante es que aunque las reglas oficiales sean distintas, el TIEMPO del pobre siga valiendo menos. Para los estudiantes de medicina, 112 plantas y quince bolsas no alcanzan para justificar un día de prisión. Para Vivian, una bolsita se paga con un año, y un cigarrillo a medias, con ocho meses.
O con la vida.
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Print¿el único empleo?
Éste era ayer el único “display” visible conteniendo oportunidades de empleo en la (abarrotadísima) oficina de desempleo en Mayagüez, Puerto Rico. “U.S. ARMY”, decía. “FULL TIME AND PART TIME JOBS.”
La fila de desempleados era larga.
¿Cuán “voluntario” es un ejército que necesita de escasez de oportunidades de otro tipo para poder reclutar soldados?
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PrintRapto
No, el tema de esta entrada no es policiaco, ni bíblico. Se trata del nuevo libro de Winifred Gallagher, que examina el rol de eso que llamamos atención en la felicidad, la psicopatología, la salud, la productividad y las relaciones afectivas.
Protagonizan el texto gente tan variada como un grupo de psicólogos cognitivos, varios practicantes del budismo, neurólogos y psiquiatras que estudian, cada disciplina a su manera, el tema de la atención; filósofos y científicos muertos cuyos textos y preocupaciones sirven para demostrar que no es un asunto del pasado sino uno cuya importancia desafía la moda y los tiempos; y algunas personas, tal vez menos famosas, que en su cotidianeidad ilustran la idea central del libro: Para vivir una vida lo más plena, llena, saludable y productiva posible es esencial prestar atención al momento presente.
Es uno de esos libros nuevos que dicen muchas cosas viejas…pero que las dicen muy bien, enlazando temas que por sí solos podrían rayar en el cliché de manera suficientemente novedosa como para capturar…er…nuestra atención. Y los enlaza llevando el mismo tema por vericuetos variados, que van del dato curioso a la síntesis inclusiva y hasta la aplicación práctica: Demostrando, por ejemplo, que tener demasiadas opciones tiende a enfocar nuestra atención en diferencias triviales (alguna vez ha estado días ponderando de qué color comprar el carro o de qué personaje de disney hacer el cumpleaños de un infante?), y que los viejitos suelen reportar más momentos de felicidad que los jóvenes (porque son capaces de gozarse la sonrisa de un bebé o el gorjeo de un pájaro); Que el runner’s high, el éxtasis de la meditación profunda, y la concentración productiva que redundan en una obra de crochet o en una cirugía de corazón abierto se parecen mucho, fisiológicamente; y que estar absortos en la actividad o contexto presentes (las nubes, la escritura, el ejercicio, o el chocolate) es lo mejor que podemos hacer para mejorar nuestra calidad de vida.
De hecho la idea de estar verdaderamente envuelto en la actividad que nos ocupa aplica hasta para aquellas actividades que suelen ser atacadas precisamente porque afectan negativamente nuestra salud o nuestra calidad de vida. Me refiero a cosas como ver televisión, comer helado, o leer el correo electrónico. El problema con estas cosas no es tanto que las hagamos, sino que las hagamos en piloto automático, y por ende en exceso y sin dedicarles esfuerzo mental. Matamos al tiempo, para aludir a una entrada reciente, no necesariamente por lo que elegimos hacer con él sino con la atención que le dedicamos a sus momentos.
Al leer me siento un poco aludida, porque siempre he estado un tanto orgullosa del hecho de que veo mínima televisión y que cuando lo hago, siempre busco una segunda tarea (doblar ropa o leer un libro). Tal vez el acercamiento de mi abuelita era mejor. Tampoco veía mucha tele, pero cuando lo hacía, era de manera intensa, apasionada. En la novela de las siete de turno, la encontrábamos sentada frente al aparato, con ambos pies en el suelo y el torso ligeramente inclinado hacia al frente, como optimizando una respuesta física en potencia; el ceño fruncido; las manos apretadas; “no” decía, “no, no le abras la puerta, estupida! es malo!”. La vieja no veía tele, sino que la vivía. Expresaba a viva voz, y a modo de comentario continuo con bastante carga emocional, su opinión sobre las acciones y cualidades de los personajes. Y al terminar, se burlaba de sí misma y de “esa porquería de novela”.
Si vamos a ver tele, o usar facebook, o cargar con berry’s o con i-phones, lo hacemos mejor si hacemos una cosa a la vez. Y bien hecha. Absortos. También si vamos a escribir en un blog, o jugar con un niño, o picar lechuga para una ensalada. Y también, especialmente, si vamos a expandir los horizontes de nuestra mente, y por ende de nuestra capacidad para la plenitud y la felicidad, aprendiendo guitarra, o filosofía, o jardinería, o yoga, o cálculo, o cocina vegetariana, o reglas de puntuación…Nuestro foco, tanto en calidad (en dónde enfocamos) como en cantidad (cuánto enfocamos) no solamente afecta nuestras desiciones cotidianas, sino que al final, muy bien podría definir quiénes somos. Pongamos, dice Gallagher, el mismo cuidado (o más) en elegir a los objetos de nuestra atención como el que ponemos (¿perdemos?) eligiendo el color, modelo y cantidad de botones de la lavadora; y una vez nosotros, o la vida, los elige, dediquémosle nuestra total atención.
*imagen de: spaceyogasuit.wordpress.com
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Printla dimensión subestimada

Mi abuelito solía llevarnos, a mi abuela y a mí, a almorzar fuera los domingos a las 11:30. Si nos retrasábamos, y al llegar había fila en el restaurant, el abuelito se indignaba. “Vámonos”, decía, “que yo no tengo tiempo que perder.” Yo sonreía ante la importancia que mi encantador, feliz y retirado viejo le asignaba al tiempo.
Otro ejemplo: Ir al médico. Yo he sabido esperar cinco horas por un pediatra y ocho por un obstetra. Y he escuchado historias peores. En más de una ocasión le he preguntado a una recepcionista por qué no lo hacemos un poco diferente. “¿Qué tal” sugerí, ilusa, “si ustedes me dan una cita, y yo vengo a esa hora, y ustedes me atienden?” Ajá. Aparentemente, en el momento mítico al principio del tiempo, en el génesis del consultorio arquetipal, “hace tieeeeempo…dábamos citas pero entonces la gente no venía. Así que te damos una cita, pero entonces atendemos por orden de llegada.” ¿Orden de llegada? ¿Y entonces? ¿Qué pasó con la “cita”, ese “acuerdo o compromiso entre dos o más personas acerca del lugar, día y hora en que se encontrarán para verse o tratar algún asunto”? Dependiendo del médico, “orden de llegada” implica la tortura sistemática de infantes, mujeres embarazadas, ancianitos, adultos productivos, o todas las anteriores. El tiempo de todos vale lo mismo-casi nada. Todo ese tiempo colectivo es sacrificable en función de la optimización de las ganancias. Porque eso es lo que la espera forzada y sistemática le está comunicando al paciente del médico…o al impaciente de la compañía telefónica. Que su tiempo vale poco, y que vale mucho menos que el del humano o la empresa al otro lado de la línea o del estetoscopio.
¡Son tantos los ejemplos! Largas reuniones innecesarias. El tapón nuestro de cada día. El tránsito por oficinas en busca de documentos fantasmales en lugares desconocidos. La búsqueda de pala o favor para cualquier gestión, por más legítima que la gestión sea. (¿Que vas para el Registro Demográfico? Espérate, que allí trabaja Titi…) Tal vez el valor promedio del tiempo de un ciudadano es un buen indicador de su clase social. La persona extremadamente pobre tiene que armarse de paciencia casi infinita. Se le va la vida en la fila de los cupones, la de desempleo, la de la Reforma, la de pagar el agua, la de pagar la luz…El más pudiente puede pagarle a gestores y asistentes que hagan fila por él.
“El tiempo es oro”, dice el refrán. Y ojo, que lo dice uno de esos refranes que llamamos, no “un” refrán sino “el” refrán. Uno de los importantes, los definitorios, los que nos comunican sabiduría generación tras generación, y todo eso. Sin embargo, no parecería valer mucho, esa coordenada inapreciada. Hasta de “matar” el tiempo hablamos. ¿Por qué alguien habría de querer matar el tiempo? ¡Si se trata del recurso más valioso, más escaso, y más incomprendido! Las tres dimensiones que constituyen el espacio, mal que bien, se regulan, se protegen, se remodelan, se decoran, se compran, se tasan… Al pobre tiempo lo ignoramos, lo gastamos, lo perdemos o peor aún, lo “matamos”.
Perder tiempo tiene muchas consecuencias. La más mentada es probablemente la productividad laboral. Pero hay otras igualmente graves. El tiempo perdido en complicaciones innecesarias es tiempo que ya no podemos usar para crear, estudiar, o embelesarnos mirando un bebé. Para dormir una siestita reparadora, leer un libro, pensar un rato, hablar solo, visitar a un anciano, o a un amigo,o a un anciano amigo. Inventarnos un blog para que nadie lo lea. Inventarnos un blog para que muchos lo lean. Descifrar los contenidos del armario o de la mente de un hijo adolescente. Acariciar al gato, asustar al gato, mirar el techo, aprender mandarín, hornear un flan o ver una película favorita por tercera vez. Recordar un chiste valioso en todos sus detalles. Ver fotos viejas. Leer. Pensar.
adiós, a.m.

Pero sus razones no son las mías. No, no es que haya decidido escuchar música en lugar de viejitos, digo, de analistas. Aún no sé lo que haré para llenar el vacío. Tal vez books on tape. Porque resulta que ayer he descubierto, accidentalmente y de repente, varias cosas: 1)que la motivación para escuchar AM era la de informarme; 2)que lo que escucho usualmente no es información; y finalmente 3) que la información tiene unas consecuencias biológicas totalmente distintas a…lo que sea que las ondas radiales me estaban brindando.
Permítanme hacer el cuento, es corto. Resulta que andaba yo en mi carro, cambiando estaciones y con la sensación de tener la presión en high y el intelecto en low, cuando me detuve en la a veces sedosa voz de uno de los viejitos de mis tardes, en Fuego Cruzado, que estaba hablando, no de senadores con ínfulas policiacas ni de potes de almidón sino de…Yalta. A medida que escuchaba, y aprendía algo nuevo, acerca de la conferencia histórica que tras la segunda guerra mundial sirve de escenario para el repartir de los pedazos del mundo y la creación del (entonces) nuevo estado de Israel, la presión me bajaba y neuronas que aunque vecinas, no se hablaban aún, decidían saludarse, dulce conexión…
Y entonces, todo me hizo sentido. El hambre, el instinto, que me llevaba a escuchar AM es que lo confundía con “información”. Y a los llamados analistas, con proveedores de “opinión informada.” Digo, por aquello de la palabra “análisis” y lo que parecería implicar…Pero no. Salvo durante contadas excepciones como esa de Yalta, lo que mi pobre cerebro estaba recibiendo de la radio no era información, y mucho menos análisis-era opinión, así a secas. De la que no solamente no está informada, sino que no quiere informarse. De la que grita duro y se ríe a solas. De aquella a la que le vendría bien un poco de autocensura de vez en cuando, para proteger su dignidad de su propio amarillismo…De la que destruye reputaciones por aquello de los ratings, y simplifica no para ayudar a la comprensión sino para que el escucha piense que el mundo es, en efecto, simple-simple como las mentes de los “analistas” en cuestión…
No soy ingenua, y no estoy pidiendo “información” sin “opinión”. Toda información representa de una manera u otra un juicio, siempre de valor, y la objetividad no existe, y todo eso. El paréntesis de Yalta, y su efecto sobre mi ánimo (y sé que esta parte biológica me la imagino, que es sólo una metáfora, pero les repito que casi pude sentir mi cerebro activándose y mi corazón calmándose) me recordó sin embargo que no toda opinión vale lo mismo, que no necesariamente el que grita más es el que sabe más, que la explicación más simple no es necesariamente la correcta, y que para opinar BIEN no hay nada mejor que saber mucho. Y que saber mucho implica estudiar, y leer, y preguntar mucho pero sobre todo, reconocerse para siempre joven de intelecto e ignorante en comparación con la infinitud del conocimiento posible.
Que es precisamente lo que los analistas estos a los que yo (¡ilusa señora en minivan boricua!) escuchaba, NO estaban dispuestos a hacer. A uno el día anterior le habían sacado el monstruo con la insinuación de que su pregunta reflejaba pequeñez y de que no era periodística – así que se dedicó a atacar estridentemente al osado invitado, allí en el aire y en el aire del día siguiente también, in absentia. Porque para estos individuos, el cliente nunca tiene la razón – para razón, están los ratings. El mismo tipo de individuo que cuando el FBI asesina a Filiberto Ojeda de ya ni recuerdo cuantos balazos y espera y desangre por…por ser Filiberto Ojeda, no dice nada, pero que cuando el mismo FBI le echa gas pimienta cerca de sus ojitos entonces sí que se enoja mucho…
En fin. Que lo que es malo para la salud no es opinar, sino el tipo de opinar que se opone al saber, que reniega de éste, que depende del mercado y del grito para valer algo y que le amarga la tarde a la señora en minivan, señora que de hoy en adelante le debería dedicar sus tardes a otra cosa. Leer buenos blogs, por ejemplo. Y seguir conectando, dulcemente, unas neuronas con otras…
diamonds are forever
I added a new tag today: ‘Stuff’. The meaning of ‘stuff’ will go beyond the usual one, especially in our version of Spanish, of ‘things’; as in the Story of Stuff, an excellent video I‘ve referenced here before, the word can have a subtext of ‘clutter’ or ‘excess’. I expect we will be talking about ‘stuff’ often. Today it will be in a (mostly true) short story about the unintended consequences of kids’ stuff, about daily life in the parallel universe of Puerto Rican rural spaces, about poverty, and about how sometimes we can be (innocently) disruptive.
Muslin. From Persia, I said, holding up an old, polyester, off-white piece of cloth.
The audience was appreciative, but quiet. Still not very impressed, I thought.
My new neighbors fascinated me. They had blond hair. In a sea of dark-haired, brown-eyed people much like myself, their hair color was enough to make them interesting. But there were other things. Their huge, antique looking -old things seemed to me so filled with mystery and beauty- house on the top of a hill. Their horses, goats and roosters. Their mother, Paca – she was especially beautiful to me, what with her brusque manner, her thin, angular, muscular body, her black mane, her strong features, and what seemed to be a multitude of blonde children at her command.
My imagination was dominated by Arabian Nights those days. It was my only book, so I read it all day long. My new neighbors, who couldn’t read much, mistook it for a bible. I told them it was the Book of the Dead, found by my (real) dad during an archeological dig.
Technically, I was their new neighbor, not the other way around. I had arrived with my mother, stepfather and baby brother a few weeks before. The setting was a rural Caribbean community-far from the suburban comfort of my grandparents’ house. Our house was small, built in haste next to an equally small stream. We had no running water – so the stream was useful. We had no phone, either – and Mom did not want one. My father’s family was looking for me – to rescue me from the “craziness” of a lifestyle of “poverty by choice” my mother was “condemning” me to. I did not go to school either, probably for the same reason.
Not that I knew or understood any of this at the time. I was lost in Arabian Nights, lost in reading and then lost again in imagining, lost in recreating the scenes and the ambiance with the help of a few props: play-doh to make small humans, their animals, their jewelry; assorted cardboard pieces for make-believe palaces, mosques and gardens; and the occasional sanitary napkin – I stole those from Mom, because they were soft and provided perfect beds for play-doh royalty.
And tiny semi-precious stones. About five of them. Baba, one of our hippie friends, gave those to me between puffs of sweet smelling smoke. To play with, he said. That term, “semi-precious”, stuck in my head for days. Eventually my efficient eight-year old mind got rid of the “semi” part. Didn’t seem that important. I mean, what kind of word is “semi” anyway?
I took them out of a tin box I referred to as a “silver chest”. This one is a ruby, I said. This one, an emerald. These three are different types of sapphire-I grouped all colors I couldn’t associate with a known gem under the “sapphire” category.
And this one is a diamond. Very special. They can cut anything and they last forever.
I had their attention now. Two of them played with me every day – a boy twin and a girl twin, my age. The others were older, except for a baby that Paca carried around on her hip. Mom had told me that the baby was not Paca’s but her daughter’s, but I didn’t believe her. Paca was young, angry, and beautiful. Grandmothers were old, fat, kind, and had short, puffy hair.
The twins did not seem very convinced. A real diamond?
Of course. I am saving it for a ring. An Arabian ring.
They left without saying goodbye. But that was the way they always left. Without goodbye, and giggling in code to each other.
Mom’s voice brought me out of my Arabian Nights trance the next day. Paca was standing next to her, outside our door, a twin’s hand in each of hers. A switch tucked in her armpit.
They took turns receiving the blows. Danced a startled dance with each one. Kind of like the movement horses do when agitated or when they are trying to get rid of their rider. They did not cry with tears, but rather squeaked with what I could have mistaken for delight had they not been so evidently in pain.
I didn’t try to stop it. Nothing could have stopped Paca. She looked more beautiful than ever, a formidable Persian queen, punishing her slaves, whipping her horses, bringing chaos and freedom and smallness and disobedience to their knees, at her feet…
She had no shoes. I had not noticed that before. None of them had shoes on.
Mom was crying without sobbing. Just the wet face. My face felt wet too.
Una (no)resolución y un cuento

Also, he added while we walked on the mud, you never have to kill tortoises, did you know that? You just place them in water, and use that water as the main ingredient for omiero.
Este año, quiero vivir en el presente. Quiero estar. Sencillamente estar.
Claro que es medio oximorónico el ejercicio de planificar para estar…el punto de vivir cada instante es precisamente dejar las fijaciones culposas (con el pasado) y las exculpatorias (con el futuro) para favorecer el estar aquí, pendiente del interlocutor y escuchando lo que nos dice, del amigo y lo que siente, de la sensación que produce el agua espumosa cuando lavamos los platos y de los sonidos de carros, pájaros e insectos alrededor. De la sonrisa o el dolor de un desconocido. De nuestra propia hambre o saciedad. Sencillamente estar.
Aquí va el cuento. Allí, en ese momento, no estuve.
Jicotea
His old age inconvenienced me. I was twenty, and in my haste to do an interview series with what seemed to be the only willing santero in town, I had not counted on his getting tired during long sessions. Or his house smelling with that faint odor that old people’s homes have even when they’re very clean. Or his insistence that I visit more often.
Or his hands trembling when he tried to kill a chicken. They were not supposed to tremble, and I was not supposed to help.
Santería is a Caribbean religion, the product of a syncretic mixture of Spanish Catholic and ancient African Yoruba mythologies, social structures and religious practices. A close relative of Brazilian Candomblé, Santería was born in Cuba among Nigerian slaves under Spanish rule, and brought to Puerto Rico, Miami and New York by Cuban migrants after Castro’s revolution. Seventeen years ago, I was so eager to get that story, I missed this story.
On that particular day, I sat down with my tape recorder and my list of questions, quietly hoping we would get down to the business of studying his religion, and quietly knowing we would get side-tracked. We did. Today, it was a zoological thing. The relative ease of caring for tortoises, jicoteas, as opposed to doves – you see, jicoteas just bury themselves in the back yard’s mud, never bother anyone. Doves, on the other hand, constantly soil their cages, their food, and their own beautiful white feathers.
I kept the recorder off, saving the tapes for the real information.
Also, he added while we walked on the mud, you never have to kill tortoises, did you know that? You just place them in water, and use that water as the main ingredient for omiero.
Omiero is a common and important potion. Out with the recorder. I knew some of the ingredients – fish, river water, palm oil and, after today, tortoise water, but the exact ingredients and their proportion was something only an ordained santero would know. I was about to get a recipe.
Not today. No more talk of omiero. Instead, I listened to some story about a client who came for a divination procedure and was sent to the doctor instead. Then he looked at my car. It had a dent from a small accident the week before. He was worried – was I driving safely? Did I follow the speed limits? Did I drink?
Yes, yes and no, I said, putting the recorder away with a sigh.
He scribbled some things on a little piece of paper and sent me off to purchase four ohíos, or very young chickens, some candy, and a dry coconut. He had the rest of the stuff he needed there, he said. Need for what? To clean and protect your car. No more accidents. Ohíos are best for that. Ochosi will protect you when you drive.
I went to the market. Apparently I was going to see something first hand. I was getting an A, for sure. Everybody else’s topic seemed suddenly boring. Not me. Ritual sacrifice, that was my story. Santería.
I came back quickly. So quickly I almost hit a car entering the neighborhood where my santero lived. Good thing I was going to get protection, I smiled.
He had the knife ready when I came back. The knife, some herbs, a jar containing an opaque liquid-omiero, he said, and I remembered the tortoises and hoped I wouldn’t have to drink any of the stuff as part of the procedure.
He broke the coconut against the sink’s rim, expertly, in four pieces. The coconut is a quick divination method – it can answer simple questions with a definite yes, a definite no, or a less definite maybe. Was I in danger? Maybe.
That’s when I realized the ohíos were about to get killed. I mean, of course I knew they were. But that’s when I really, really knew. You know, how you eat chicken or beef all the time and of course you know you are and then you read about the horrors of industrial chicken and cattle farming and then you really know you are? Something like that.
He started plucking the small feathers on one of the ohío’s tiny necks. His hands were trembling. He was old, and he was frail, and he had diabetes and high blood pressure and trouble with his eyesight and his hands trembled.
When he was younger, he had been in an orchestra, played the trumpet, fallen in love with his wife and married her. He had been ordained into Santería by chance, after their only son had been killed in Vietnam, because of a stint in jail for standing too long in front of the White House. It wasn’t about the war, he told me. It was more about the indifference. The selfishness of it all. The big building and the business-as-usual atmosphere and the people and the tourists wrapping themselves around his grief. Dark-skinned and Spanish speaking, he had been removed from the sidewalk by the police and sent to jail to grieve in a less public manner. He was rescued by a santera –nothing happens by chance, he said- and ordained a year after, son of Obatalá -the oricha of purity, peace, and compassion.
His hands trembled so much now he asked me to hold the chicken for him. He said, with a smile, you said you wanted to learn so now come and learn. You will be my assistant.
I held the small body. It was warm, and it moved softly. My hands felt as if they were holding a very large butterfly, or more like a very large, warm moth. In Spanish, there is only one word for both – moth and butterfly. Mariposa. There is also only one word for both turtles and tortoises. Tortuga. My santero always used the Yoruba word – jicotea.
They did not have any other children. His wife was ordained after he had come back- now daughter to Yemayá, Yemayá the mother, Yemayá the sea. They each had a separate room for religious use –each containing an altar, a collection of ritual objects, some books, a rug. A personal space for meditation and meeting with clients. She never talked. She would smile, though – every time I looked at her, she smiled and her eyes seemed very small and very dark when she did. She had long, gray hair.
The knife went in. I had read about cuchillo–ritual killing, which requires a separate initiation- and knew his technique was good. The hands trembled, though, and this made the process much messier than it should have been. Blood was everywhere. I also knew I wasn’t supposed to touch the blade. I didn’t want to anyway. We took some blood, mixed with omiero and feathers, to one of my car tires.
Three more times. Three more tires.
He never knew exactly how his son had died. He just knew he was dead – the classic scene, the visit by military men, standing at your door with the bad news, somewhat disrupted by the presence of an extended family, neighbors, and some farm animals. There was a biographical mess afterwards-death can be so messy- he had to leave to the States to deal with some bureaucracy, left the wife behind in shock, ended up standing in front of the White House for several days, or several weeks, he didn’t remember. His beard grew, he said. People would bring him food. I don’t remember the story well either. It was one of those things he told me between pieces of good information for my tapes. One of those things that then made me feel guilty about not visiting more often or without the tape recorder. One of those grandfatherly, non-exotic things.
We sat down. He was exhausted. His wife brought lemonade. I washed my bloody hands in the back yard sink and the discarded pieces of coconut looked pink for a few seconds.
When I came back, he was in the yard again. He pointed to the ground. Look, he smiled. The jicotea. He caressed the small back leg before it disappeared into the ground.
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