Mirando con incredulidad lo cotidiano, y buscando humanidad en lo “exótico”.

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a propósito del viernes negro, y del baúl: calabaza

Alguna vez leí una leyenda taína, tal vez apócrifa. Decía que el mundo había nacido de una gran calabaza, rota a consecuencia de la batalla fratricida de dos dioses hermanos, desparramada en baboso semillero para crear los animales, las plantas, los humanos…

La mañana (bueno, eran las once) de jalogüín me sorprendió en el mall. Uno de mis cachorros necesitaba camisas, otro pantalones, otra medias de colores para completar su disfraz para esta noche. Yo, como me pasa siempre en ese espacio, quería muchas cosas y a la vez ninguna, y al final me fui con las manos vacías porque mi salud mental era más importante que lo que fuere que “necesitaba”.  Pero mis issues de consumidora ambivalente no vienen al caso, al menos no en este párrafo.

Lo que viene al caso es que el mall estaba lleno de niños y niñas disfrazados y disfrazadas, calabazas plásticas en mano, de tricortrí.  Y en cada tienda eran recibidos no por sus vecinos habituales, si es que los tienen, sino por amables empleados de los comercios, bolsas de dulces también en mano. Era temprano, nadie estaba muy cansado todavía, todos sonreían.

Y es que estaban encantadores, los chicos.  Especialmente los pequeños, que suelen enternecer bastante.  Ví una abejita que no podía tener más de un año, en su coche, la madre a cargo de la calabaza. Un ninja de tres pies, tan amenazante como un peluche. Un iron man que aún no hablaba.

Por alguna razón, sin embargo, el tierno espectáculo me daba una de esas tristezas parpadeantes que suelen preceder un blog de estos.  Yo soy muy escéptica cuando escucho alegatos del tipo “todo tiempo pasado fue mejor”, pero igual….igual se me ocurría que sí, que era mejor cuando salíamos por el vecindario, cuando algunos vecinos regalaban dulces y otros no, cuando los “dulces” eran todos distintos, y algunos hechos en casa, cuando algún vecino maceta se llevaba un huevazo en el balcón…

¡No, lector, no me juzgues! No condono el huevazo y hasta creo que (casi) nunca lancé uno.  El punto está en la constelación de relaciones sociales que le sirve de marco al carnaval que hemos heredado de nuestro segundo conquistador. Por un lado, el vecindario, que para bien o para mal tiene cierto yo no se qué de gemeinschaft, de comunidad, de mundo pequeño más o menos ajeno (bueno, no seamos inocentes, nunca ajeno pero por lo menos un poco más distante) a la fría, friísima, amoral realidad de los mercados y por otro lado el MALL, representante por excelencia del mercado mismo, espacio en donde vamos a conocer todo lo que nos falta, todo lo que necesariamente nos hace incompletos, todo lo que nos susurra “cómprame, que si me compras, estarás mejor, estarás más feliz…”, una promesa falsa, por demás, porque lo finito del poder adquisitivo, en combinación con lo infinito del deseo por poseer y de las posibilidades de cosas para comprar nos condena, irremediablemente, a la insatisfacción…

Y entonces he ahí la tristeza que me visita mientras le sonrío a la abejita que dulcemente se duerme, ajena a los significados que mi mente inoportunamente pondera.  Porque es terriblemente inoportuna, esa tristeza. Me pone en la incómoda posición de juzgar, silenciosamente, al prójimo adulto.  Y rechazo el juicio, porque los entiendo. ¿Cómo no entender? ¿Así, como están las cosas, y con el calor que hace, no hace acaso todo el sentido del mundo llevar al nene  a hacer su tricortrí a la seguridad y el aire acondicionado del mall? Igualmente razonable es comprar el disfraz, semi-desechable, de plástico o alguna fibra por el estilo en alguna tienda por departamentos, ignorando la voz interior que nos dice algo del chino o de la china o del chinito que seguramente lo cosió, de prisa y mal pagado, o del paisaje extranjero o local en donde se acumulan cientos, millares, millones de disfraces como esos, convertidos en basura casi irremediablemente y casi inmediatamente y contaminando el pobre planeta, pero que es lo único que hace sentido ponerse porque seamos serios, quién tiene tiempo para ponerse a coser? Yo de eso (de no saber coser y de haber comprado un disfraz de esos) soy tan culpable como cualquiera: economía doméstica fue mi única C en la escuela, para la gran verguenza de mi pobre abuela, que en paz descanse, y trabajo fuera de casa, con lo que el asunto de comprar disfraz vs hacerlo ni siquiera es una opción…

Pero igual hay tristeza, e igual opto por contaminarte un poco  a tí, lector, con ella. Porque ese mundo de fantasía que es el mall y que crece, nutrido y a la vez mórbido, saludable y putrefacto, de los contenidos babosos de la gran calabaza que es el ciclo implacable de extracción, producción, consumo y desecho, ese mundo, me da tristeza, y compartir esa tristeza con el otro en el gemeinschaft virtual que me provee esta plataforma es, al menos, tan legítimo como una conversación sobre zapatos.

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“…El letrero que colgó en la cerviz de la vaca era una muestra ejemplar de la forma en que los habitantes de Macondo estaban dispuestas a luchar contra el olvido: Ésta es la vaca, hay que ordeñarla todas las mañanas para que produzca leche y a la leche hay que herviría para mezclarla con el café y hacer café con leche. Así continuaron viviendo en una realidad escurridiza, momentáneamente capturada por las palabras, pero que había de fugarse sin remedio cuando olvidaran los valores de la letra escrita….Pero el sistema exigía tanta vigilancia y tanta fortaleza moral, que muchos sucumbieron al hechizo de una realidad imaginaria, inventada por ellos mismos, que les resultaba menos práctica pero más reconfortante.

- G. García Márquez, Cien Años de Soledad

Cuando hace poco más de un año comencé a escribir en este blog, lo describí como un espacio para “mirar con incredulidad lo cotidiano, y buscar la humanidad en lo que nos parece ‘exótico’.” Todavía me parece que de eso se trata este ejercicio, más o menos semanal, de escribir, de parpadear.  Y mirar lo cotidiano de ese modo requiere asumir cierta distancia- no el distanciamiento frío que las recetas de laboratorio postulan (y que los científicos creativos no siempre siguen), sino la mirada curiosa y oji-abierta del marciano.

O del turista.  O del antropólogo turista.

Ese pasaje inolvidable, de los mejores en una novela que sin duda tiene que ser una de las mejores de la historia, fue lo primero que me vino a la mente cuando, entrando a Mérida en un taxi, me topé con el primero de muchos ejemplos de lo que de inmediato bautizamos como “la literalidad”:  Un letrero declaraba, inequívocamente, el nombre de un establecimiento como “FARMACIA SIMILAR”, y por si acaso no quedaba claro, remataba en el subtítulo que allí vendían “LO MISMO PERO MAS BARATO.”

En los días subsiguientes, entre una cosa y otra, anoté otros ejemplos de literalidad en la libretita que los marcianos, digo, los antropólogos, solemos (con una mezcla de verguenza y orgullo) cargar con nosotros a donde quiera que vamos.  Encontré nombres como los siguientes:

  • SERVI-FRESCO, en un servicarro donde venden refrescos…
  • TIPO-HOTEL, en un establecimiento parecido a un hotel pero sin lujos, y más barato…
  • PLAN MAS X MENOS, en un plan de teléfonos con más minutos por menos dinero…
  • VIDRIOS Y ALUMINIOS, en una tienda de…vidrios y aluminios….
  • CERVE-FRIO, donde venden cervezas, y están frías…
  • ACEROFERTAS, los mejores precios en acero de todo Mérida…
  • OAXACA MIEL, miel importada de Oaxaca…
  • AUTOPISTA MERIDA-CANCUN, nada de nombres de próceres vivos o muertos, que allí las autopistas se nombran con la fórmula punto A-punto B…
  • AUTO TUR – autobuses para tours.  En algún momento nos subimos en uno…
  • CAFI-ASPIRINA, la combinación ganadora para tratar el dolor de cabeza.  Cafeína y aspirina. Juntas…
  • BOVINOS, una churrasquería, o en buen puertorro, “steak-house”…

Y así por el estilo.  Una vez nos fijamos en los primeros dos o tres, estábamos rodeados de ejemplos de esa literalidad exquisita, encantadora, cotidiana y exótica a la vez.  Y nos encantaba. ¿Por qué? Tal vez porque nos resultaba un poco familiar, nos traían un saborcito de negocios de pueblo, un recuerdo infantil, de espacios que se llamaban “Mueblería Z” porque vendían muebles, “Farmacia X” si vendían fármacos, o “Ventanas Fulano” si vendían ventanas y el dueño se llamaba Fulano.  No “Rooms to Go”, que suena a servi carro de mesas y sillas, o “Walgreens”, que sugiere un laberinto de arbustos color esmeralda, o “Wendy’s” que lo que vende son hamburguesas y donde la dueña no se llama Wendy.  Tal vez, porque de tanto ver etiquetas que, en mi país, en lugar de designar la cosa apelan a un simbolismo complejo donde los niños aprenden a venerar y desear la cosa antes de saber de qué cosa se trata (¿qué significa la palabra PEPSI? ¿Cuántos grados de separación de significado hay entre la frase “TRES MOSQUETEROS” y un simple chocolate?  ¿Y quién demonios era MacDonald, y cómo y cuándo se le ocurrió la malhadada idea de freír papas?)

Tome, por ejemplo, el caso de la CafiAspirina.  Lo mismo que Excedrin. ¿No es acaso el primero claramente un nombre superior, más bonito, y más claro? Supongo que a las corporaciones les resulta más conveniente que el consumidor desarrolle lealtad hacia la marca, no necesariamente hacia el uso del producto original – así pueden vendernos más cosas, explotando la tendencia que tenemos a comprar lo que nos resulta familiar (aunque no lo necesitemos).  Así, Tylenol nos vende no solamente el analgésico original (que en mi Macondo podría llevar una etiqueta como “ASPIRINA LIGHT”), sino líquidos para la sinusitis, la monga-con-fiebre, la monga-sin-fiebre, la casi-monga, la-monga-de-día, la monga-de-noche…etcétera.

A veces, una puede atisbar la literalidad original en las etiquetas de hoy.  Así, la cosa se aclara cuando le explico a mis hijos que KFC se llamaba Kentucky Fried Chicken, cuando nos permitimos la especulación sabrosa, entre mordiscos, sobre los hábitos chocolateros de Athos, Porthos y Aramis, cuando descubrimos que la hija del fundador de Wendy’s se apodaba…Wenda (close enough).

Como en el Macondo que describió García Márquez, usamos la explicación, real, imaginada, ambas, para vacunarnos contra el olvido.  Quizás por eso es que a pesar de la presión constante para que nos volvamos cada vez más superficiales, todavía preservamos la inclinación por estudiar historia y todas esas otras artes (cine. literatura. poesía. etnografía. chisme. leyenda.)  que nos permitan, como a Pilar Ternera, articular el recuerdo, las conexiones, la explicación. La humanidad común. La vida.

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picada de ojos: “desarrollo económico” para Puerto Rico

Me dice el Nuevo Día que “el secretario del Departamento del Trabajo, Miguel Romero, anunció hoy la creación de 1,040 empleos, mediante un contrato con Walmart.”

Aparentemente se supone que se trate de una buena noticia. Que me alegre.  Porque resulta que, según me indica el titular, esto implica un “anuncio” de “puestos de trabajo para cesanteados.”

Primera Hora me confirma que en efecto, la intención va por ahí, y cita a Romero:

“Con el fin de aunar esfuerzos e impulsar el desarrollo económico en la Isla, el Departamento del Trabajo a través de su agencia componente, el Consejo de Desarrollo Ocupacional y Recursos Humanos (CDORH), delegó fondos a la empresa Walmart de Puerto Rico mediante un acuerdo, con el objetivo de que se creen oportunidades reales de empleos para toda persona que esté desplazada y desee reinsertarse en el mundo laboral”, sostuvo Romero.”

Tal vez en efecto sea buena la noticia. Después de todo, los únicos empleos anunciados después de la botada masiva de empleados gubernamentales en Puerto Rico eran en la industria de la construcción, haciendo que muchos se preguntaran cómo exactamente absorbería esa industria al personal cesanteado de tipo gerencial, secretarial y burocrático.

¡Walmart al rescate!  Ahora los cesanteados podrán trabajar cobrando nada menos que hasta diez o quince centavos por encima del salario mínimo por hora en las tiendas Sam’s, Walmart, y Amigo, que continúan, indica la noticia, “creciendo”, y que por lo tanto absorberán a 1,040 desempleados, 60% de ellos a tiempo completo, el resto a tiempo parcial.  Todo eso por la bagatela de tres millones de pesos de “subsidio” de WIA.

Tres millones de subsidio..añádale el subsidio menos visible, o mencionado, del seguro médico y otros beneficios que el estado tendrá que seguir pagando, por lo menos para el 40% que se queda part-time…Buen negocio, éste.  No para el empleado, que de seguro trabajará mucho, cobrará poco, tendrá pocos o ningún beneficio y no podrá unionarse nunca,  (cortesía del exitoso “modelo Walmart”) sino para la corporación, que de alguna manera ha logrado que le subsidiasen empleos que evidentemente tenía intención de crear al invertir en la construcción de las nuevas tiendas.

Puerto Rico, el paraíso: Donde la gente compra mucho y compra en Walmart porque es barato y los chavos están escasos, donde hay mucho desempleado dispuesto a trabajar treinta horas semanales en horarios impredecibles y sin beneficios y aceptar que eso se defina como un “part-time”, donde se pagan pocos impuestos y se repatrian muchas ganancias, y donde para completar, te subsidian los salarios, ya bajos de por sí.

Walmart, la compañía: La del ingreso bruto que supera al de algunos países; la que enfrenta uno de los mayores pleitos de clase en Estados Unidos, por discriminación salarial; la que se ha hecho famosa por despedir empleados de manera preventiva, para evitar uniones; la que si fuese un país, sería el número siete en relaciones comerciales con China, de donde obtiene muchos de los productos que vende; la que ha generado resistencia y, más tarde, resentimiento, por sacar pequeños negocios (sí, esos que al final del día empujan más la economía local, pagan impuestos y reinvierten en el país) que no pudieron competir con los bajos precios que los bajos salarios, tanto en la tienda como en las fábricas de donde obtienen sus productos, permiten ofrecer. Walmart, nuestro socio, nuestro “partner” para el desarrollo económico.Cuatro de los diez estadounidenses más ricos son de la familia Walton, la familia que todavía es dueña de 40% de las acciones de la compañía.

Hace algún tiempo comentaristas auto-identificados como “de clase media” tronaban en facebook y subtitulaban la prensa en línea contra las “guimas” y “los manteníos”  “de caserío” porque recibirían una tarifa fija de luz.

¿Y contra las corporaciones mantenías, quién truena?

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AM: homofobia que mata, viernes negro y fuga de cerebros

parp1

Escuche el podcast…

 

Nota: Escuche el podcast oprimiendo el botón de “play”. También puede suscribirse al podcast buscando “parpadeando” en el iTunes Music Store o visitando el siguiente enlace directo: Parpadeando Podcasts. Recuerde que puede acceder a la transmisión radial de Parpadeando, en vivo, todos los lunes de 1:00-2:00PM en www.wpra990.com.

Hoy, 23 de noviembre de 2009, en PARPADEANDO, la sección de comentario dentro del programa Dialogando, de WPRA990:

  • Homofobia que mata. En el primer segmento, hablamos del asesinato de Jorge Steven, un joven gay de 19 años.  La comunidad gay, lésbica, bisexual y transgénero en Puerto Rico, así como las muchísimas personas heterosexuales que los apoyan, exigen que se clasifique y procese este acto como un “crimen de odio”.  ¿Por qué nos referimos  a este crimen como un “crimen de odio”?  ¿Cuál es la importancia jurídica y social de esa categoría? En la primera parte del programa, distinguimos al crimen de odio de otros crímenes por ser una especie de micro-genocidio.  En la medida en que es un crimen basado en características que vinculan a la víctima con un colectivo, una minoría, el crimen de odio atenta contra la esencia misma de la democracia-la igualdad básica de todos los ciudadanos.

  • Viernes Negro. En el segundo segmento, atamos cabos: La legislatura expande los horarios dominicales con la nueva Ley de Cierre; El DACO nos aconseja comprar, pero dentro de un presupuesto y de manera ordenada; y el gobernador anuncia que el bono de Navidad se le entregará a los empleados públicos no la segunda semana de diciembre, como de costumbre, sino esta semana del 23 de noviembre.  Justo a tiempo, murmura Puerto Rico, para las compras del famoso “Viernes Negro”.  En este segmento recordamos a George Bush, que le pidió a los estadounidenses que ejercieran su patriotismo gastando en las tiendas tras la tragedia de septiembre 11, 2001, y discutimos la gran cadena que une los diferentes eslabones de la economía mundo: extracción, producción, distribución y consumo.  Terminamos apoyando la sugerencia de la bloguera “Enfogoná”, del blog “Clientela Furiosa”, que nos conmina a evitar la mega tienda y a regalar cosas de aquí en esta Navidad.
  • Y hablando de economía, en el tercer segmento atendimos la pregunta de un radioescucha que nos pidió que discutiéramos la “fuga de cerebros”.  Esta frase se refiere a la emigración al exterior de puertorriqueños  con grados universitarios  (típicamente a Estados Unidos), y suena en Puerto Rico todo el tiempo, pero suena especialmente en periodos de crisis económica.  Para responderle, conversamos con el Dr. José L. Cruz-Rivera, ex-vicepresidente de Asuntos Estudiantiles de la UPR, quién nos explicó que “la fuga de cerebros es como el colesterol. Hay una mala y otra buena.”  En la buena, los talentos influencian de forma positiva el futuro económico del país, ya sea actuando como embajadores de Puerto Rico en otras partes del mundo, o regresando con nuevas experiencias.  “En realidad yo no hablaría tanto de “fuga de cerebros” como de “circulación de cerebros” …Lejos de ser un problema individual, donde cada ciudadano debe agonizar con la decisión de quedarse o irse, es un problema del Estado. Es decir, le corresponde al estado preocuparse por este tema y desarrollar las estrategias que permitan que el balance neto de los cerebros que se van y los cerebros que regresan represente una ganancia para el desarrollo socioeconómico del país”.

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todo por la belleza

brookeHace algunos días hablaba con mis estudiantes acerca de la paradoja de la belleza. La de cualquiera, pero especialmente la femenina.  Nos referimos al mito de la belleza, una noción acuñada por Naomi Wolf y que se refiere a la existencia de criterios de belleza poco realistas, reforzados por el mercadeo de cada vez más (y más caras, y más sofisticadas) rutas para alcanzar una belleza…inalcanzable.  Decíamos que es la imposibilidad misma de esa belleza lo que la vuelve poderosísima en términos de la mercantilización, porque abre espacios infinitos para la creación de productos que “ayuden” a las pobres mujeres, todas ellas inevitablemente  imperfectas, a acercarse a la meta.

Los ejemplos cotidianos del mito de la belleza abundan: Maniquíes insólitamente flacos, y sin rostro, nos espían desde los escaparates; las muestras que reciben las modelos para vestirse son de tamaño “cero”, un tamaño matemáticamente absurdo porque implica no pequeñez sino inexistencia; la alquimia de  unguentos milagrosos es una industria millonaria; y en un mundo donde los médicos escasean, las cirugías plásticas cosméticas son la orden del día.  La misma lógica mercantil post-industrial que nos atosiga de comida chatarra nos ofrece también el rímel,  la faja, el gimnasio y el fataché.

Poco después de la clase, una estudiante me envió un video que a pesar de ser en sí mismo una herramienta de mercadeo de una marca de productos particular, ilustra muy bien lo remoto que resulta este falso ideal de belleza:

El video es útil (gracias a Karla por compartirlo) porque muestra con claridad dos niveles de “falsificación” en esto de vendernos el mito de la belleza.  Primero, la modelo es maquillada, peinada, y arreglada hasta parecer otra.  Más adelante, su foto es manipulada hasta lograr una representación de la belleza que es todo excepto “natural”.

La modificación de una imagen usando photoshop (o su equivalente) implica la manipulación tanto de la imagen o foto como de las mentes vulnerables de consumidores potenciales. Otro tipo de manipulación, igualmente interesante, lo es el uso y modificación del arsenal médico para corregir “defectos” físicos según la moda.  Tratando de alcanzar lo inalcanzable, no solamente nos tostamos y pintamos el pelo y la piel, sino que le metemos cuchillo a párpados, narices, muslos, senos, batatas y panzas, unas veces para agrandar y otras para achicar.

Hace unos días me alertaron sobre la existencia de un producto que bota la bola; Latisse, se llama, y su portavoz Brooke Shields adorna este “post”.  Si usted no está contenta con el largo y densidad de sus pestañas, ya no tiene que pasar trabajo usando mascara, sino que puede untarse este líquido, que contiene a saber que químicos, en su párpado y voilá – pestañas gruesas y saludables.  Claro que puede enrojecer, irritar u oscurecer su piel, o causarle picor o conjuntivitis, y ni hablar de los efectos secundarios desconocidos en virtud de la premura con la que tenemos que lanzar todo fármaco al mercado, pero no importa. Todo sea por la belleza, y ahora hasta su doctor se apunta en esa gesta.

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sustentabilidad subterránea

dontitoLa sustentabilidad subterránea. Tal vez la había visto antes, en el patio o el balcón de algún pariente, en una mata de malanga cerca de la carretera, o un tiesto de materiales para sofrito en Syracuse, NY.  Pero hoy la ví de cerca, y quizá esta vez mostré mayor interés.  Hablamos mucho de la “economía subterránea”, para referirnos a actividades productivas y de intercambio (especialmente lo segundo) que ocurren fuera del radar y del tributo gubernamentales, pero yo quisiera proponer un término paralelo para algo que podría parecerse, pero es otra cosa.   Porque mira que los académicos hablamos de sustentabilidad…pero hay quienes la practican sin darle ese nombre, como parte normal de la vida, y en pleno desparramamiento urbano y suburbano.

Pero más cuento y menos análisis.  Hoy visité al amigo Don Tito.  Don Tito se llama en realidad Aquilino y creo que casi nadie le dice Don, excepto yo.  Lo llaman Tito.  Vino de la República hermana, disfrazado de susto, de noche, de agua salada, en una yola compartida, hace más de veinticinco años.  Vivió por ahí sin papeles, trabajando en cualquier cosa: cocina, jardín, plomería, tendiendo mesas y lavando platos, pintando casas.  Toda chiripa se le daba bien, y poco a poco se le ordenó la vida, se le legalizó la situación, y se construyó una rutina laboral “haciendo patios”.  Así lo conocí yo.  Fue a cortar la grama en casa un día,  y de paso sembró una palma y un par de matas de guineo.  “Para los nenes”, me dijo.

Pues resulta que frente a la casita de Don Tito hay una carretera, y que en esa carretera y en ese barrio, como en tantos otros barrios playeros en Puerto Rico, iban a construir un “proyecto”, es decir sembrar algún aparato de cemento (la antítesis misma de la sustentabilidad, posiblemente) para el disfrute ocasional de aquellos que poseen segundas viviendas.  Pero tal parece que los dueños enfrentaron problemas para obtener los permisos necesarios, y mientras esperaban (aún esperan), la basura se acumulaba en el terreno, que medirá  una media cuerda.  Se estaba convirtiendo en ese otro fenómeno boricua, el vertedero clandestino.

Cuando yo me aburro, leo y escribo.  Alguno se ríe – después de todo, el trabajo de un académico es mayormente ese, y es gracioso que también pueda ser su distracción.  Pero parece que en eso, Don Tito y yo nos parecemos – porque cuando el hombre quiere “entretenerse”, un vertedero clandestino no es más que un patio en potencia.  O mejor aún, un huerto.  En sus ratos libres, el hombre limpió el basurero, evaluando cada pieza, botando algunas y usando otras.  Alquiló una máquina, preparó el terreno, y lo sembró no de cemento sino de maíz, calabaza, frijol, habichuela negra, plátanos, quimbombó…

Entre los objetos descartados encontró sillas, pailas vacías, y superficies con las cuales fue amueblando el ranchito.   Mientras una multitud dominguera se arremolina en mueblerías y ferreterías para comprar, de paquetón, los objetos que le sirvan para poner lindos la casa y el patio, Don Tito hace belleza, esculpe paisaje, con objetos descartados en una franja de tierra próxima a desarrollarse, a la espera del cemento inexorable.  Es verdad que para apreciar la estética del ranchito y del huerto hay que hacer como cuando se entra a un cuarto oscuro: parpadear, acostumbrar la vista, hacer ajustes, esperar un poco.  Nuestro paladar, borracho de dulces, pasa trabajo para poder apreciar el gusto de una fruta.  Cuando, desde mi auto, intenté ver la siembra que Don Tito, orgulloso, me señalaba, al principio no la ví.

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Pero contaba con mi guía, que me llevó primero a ver el maíz.  Mientras me mostraba la siembra puso dos mazorcas a asar en el mismo fuego de leña donde se cocinaba lentamente una enorme olla de carrucho, “para ahorrar gas”, me dijo.  De ahí pasamos a las abejas.  Sí, Don Tito ‘siembra” abejas, y las consigue justamente en aquellos hogares de donde lo llaman para que las elimine.  Se las lleva con todo y reina, y las va acomodando por ahí, para hacer miel. Las abejas son “basura” para el otro, pero en el rincón de Don Tito no se pierde nada.

abejas

“No se asuste”, me decía, refiriéndose a las abejas dentro de un tronco próximo a nuestro comedor.  Yo sentía mas bien una especie de estupor, pero no se debía a las abejas, sino mas bien a lo lógico, bonito y ordenado que de repente resultaba todo.  Las sillas, las mesas, los escondrijos de las abejas y de las gallinas que estaban poniendo huevos y criando pollos por ahí, las abejas mismas, la leña de la fogata, todo era, antes, “basura”, maleza, plaga, estorbo.

Pedí permiso para tomar estas fotos. Devoré mi mazorca, que estaba lista, y deliciosa.  Me despedí de Don Tito, murmurando una promesa vaga de escribir algo sobre “sustentabilidad”.  “¿Sobre qué?”, me preguntaron sus ojos.  “Sobre su siembra, las abejas, y eso”, me corregí.

carrucho

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votar, comprar, pensar

Todos y todas lo hemos sentido: ese remordimiento tristón después de comprar algo.  Y con compras de todo tamaño, tan pequeñas como el nuevo sabor de jugo y tan grandes como el carro limón o la casa nueva.  Esa sensación de haberse equivocado, de que la compra no fue una buena idea.

La cosa es que no es por falta de reflexión necesariamente.  Aquí nos lo pensamos bastante antes de comprar – de hecho parecería que lo pensamos constantemente, que todo momento es un “antes de comprar” en potencia.  Especialmente si la compra es relativamente grande.  Pero para efectos de la comparación que queremos elaborar aquí, pongamos que se trata de una compra pequeña. Una lata de sopa, o un tv-dinner.

El estupendo sitio de Food for Real Life nos tiene las fotos-la que aparece en el anuncio, o en la caja, y la que le toman a la comida en la vida real. Veamos al tv-dinner. El anuncio lo proyecta abundante, colorido, crujiente y apetitoso, así:

tv-dinner1

Claro que disimulando, nos ponemos a mirar la información de contenido calórico, vitaminas, sodio y demás, pero aceptémoslo: La decisión está tomada al momento de ver la foto. Los numeritos sirven para construir la narrativa con la que justificamos, no decidimos, la compra.

Al llegar a casa, sin embargo, nos encontramos con que tras seguir las instrucciones, lo que nos vamos a comer se ve así:

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¡Ajá!  Buyer’s remorse.  El mercadeo no nos ayuda a razonar, sino que existe para lograr precisamente lo contrario – meterle un by-pass a los procesos lógicos.  Si usted se pusiera a pensar mucho en los contenidos del tv-dinner, tendría que decidir que probablemente sale mejor comprando unos vegetalitos y un pedazo de pollo y cocinando usted mismo.  Pero para eso está la foto, y todo el aparato mercantil del que la foto es parte.

Otro tanto ocurre con los procesos políticos, donde la información fluye (o se esconde) según la misma lógica. Claro que queremos pensar que lo pensamos cuidadosamente, y para esos efectos se producen debates y programas de gobierno. De la misma forma que visitamos tres tiendas, leemos la información nutricional y estudiamos los shoppers antes de comprar algo, para sentir que tomamos una decisión cuidadosa, así también seguimos lo que dicen, hacen o se ponen los candidatos a través de la radio, la tele y los diarios.  Pero al final del día, los debates importan (y contienen) poco, y la imagen importa y contiene mucho. La imagen dice “soy joven y por ende traigo ideas nuevas y cambio real, vota por mí” de la misma forma que la foto de los primaverales fideos con vegetales nos dijo “¡soy bonito y saludable, cómeme!”.  Como el tv-dinner, nos ponemos a buscar información que nos permita justificar nuestra decisión, pero la decisión está tomada, y está basada en la imagen que vemos, los mensajes que contiene, y la manera en que estos resuenan o no con nuestras tendencias ideológicas.

Votamos como compramos: “Pensar”, en el sentido de la reflexión seria, tiene muy poco que ver.

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verde, interrumpido verde…

Trash Caminar o correr en un parque puede ser un poco más ineficiente, en términos del ejercicio, que tomar una clase o hacer un circuito en un gimnasio, pero lo prefiero.  No sé explicar bien por qué, pero hay un beneficio intangible, casi espiritual, cuando hacemos ejercicio al aire libre. Un no se qué, que tal vez tiene que ver con el color verde, con los pájaros, con la comunión entre ser humano y paisaje, con ver parejas de veinte años o y parejas de setenta años caminando juntas, con casi tropezar con algún infante en triciclo.  Es una experiencia de paisaje pero también de comunidad humana, un decir “estamos en esto juntos”, y un goce peculiar.

Esta mañana, mi parque fue también una fuente de tristeza y reflexión.  El parque que visito es un ínfimo pulmoncito verde en la cansada urbe mayagüezana,  con caminos maltrechos y fuentes vacías pero también con árboles verdes y viejitos caminantes.  En el minuto cuarto de mi caminata, casi tropiezo con el intruso.  La intrusa. Una bolsa de basura, tímidamente abierta, mostrando a medias un botín de alimentos descartados, objetos que pudiesen haber sido reciclados, y pedazos indefinibles de plástico. La acompañaba un perro realengo, esperanzado, juguetón, que exploraba delicadamente el contenido con su hocico.

Esta entrada, lector, no es un llamado a la higiene.  Bien sé que, como yo, escuchaste en innumerables ocasiones eslogans alusivos a la importancia de “mantener limpio a Puerto Rico”, fuiste conminado a “pitarle a la basura”, y te dijeron que “no ensucies a Puerto Rico”.  Todos esos son buenos consejos.  Pero creo que mi tristeza no era un asunto de limpieza.

No, se trataba de otra cosa.  Se trata de la mentalidad que permite que la limpieza propia esté de alguna manera predicada sobre ensuciar lo ajeno, lo de todos.  La basura que vi en el parque era la basura que estaba ahí para no estar ensuciando alguna casa, carro o negocio.  Alguien decidió limpiar SU espacio, y como resultado de ello, ensuciar el colectivo.

En Puerto Rico, aún en plena crisis económica, nos caracterizamos por ser una gente bastante limpia y pendiente del ornato-el de la casa, el del carro.  Los boricuas lavamos marquesinas compulsivamente, en un ritual dominical que para muchos es tan religioso como el de cualquier iglesia, y a manguerazo limpio.  Luego, sin apagarla, lavamos el carro porque no somos ningunos puercos.  La marquesina y el carro, así, brillan, pero ¿a costa de qué? A costa del uso excesivo del agua de TODOS.

Es la misma mentalidad que, en una escala muchísimo más destructiva, permite que una corporación produzca más millones para SUS accionistas, externalizando sus costos en el espacio, en el ambiente de TODOS.  O que un país gaste mucha más energía que otros, como es el caso de Estados Unidos.  O que estemos divididos, unos países de otros, en jerarquías que aunque a veces describimos como “desarrollados” vs. “sub-desarrollados”, igual podríamos definir como “productores de mucha basura” vs. “productores de mucha menos basura”.

De modo que en cierto modo, no se trata de limpieza.  De hecho nos vendría bien aprender a ensuciarnos un poco, retener la basura en el carro para no ensuciar la acera o la maleza, barrer la marquesina en lugar de sacar el polvorín a fuerza de cascadas, y botar la basura que en casa producimos ahí mismo, en casa – tras cuidadosamente separar todo aquello que nuestro primitivo pero existente programa de reciclaje nos permita reciclar.  Nos vendría bien controlar nuestra adicción a comprar objetos que se convierten en basura cada vez más rápidamente, y de hecho, ya que estamos en esas, nos vendría bien comer menos – comemos en exceso, con frecuencia utilizando recipientes y cubiertos desechables que se convierten de inmediato en …sí, basura.

No se trata tanto de limpieza como del bien común.

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del narcotráfico y la marginalidad

walmart-evilUna noticia reciente en el periódico Primera Hora (pulse aquí para leerla, y gracias a al colega y amigo David por compartirla) reseña la situación actual del narcotraficante José García Cosme, a.k.a. “Papo Cachete”, preso desde finales de los noventa en una carcel federal tras declararse culpable de varios cargos de narcotráfico.  García expresa su opinión acerca de las fuerzas que lo condujeron, a él y a tantos otros, a envolverse en el trasiego de drogas, diciendo que lo motivaba “la ambición por el dinero, la ambición de tener lo que tenían otras personas”, lo que lo llevó a controlar un negocio multimillonario desde su residencial, Turabo Heights.  El recluso entiende que si el gobierno quiere prevenir que la juventud se meta en el negocio, y en la violencia que el mismo genera, tiene que “reevaluar sus estrategias”, en especial las de la llamada “mano dura” de intervención policiaca en los caseríos, y proveer más oportunidades educativas.

Resulta fácil reaccionar con desprecio, desde la altura moral (y moralista) que nos permite nuestro relativamente limpio estatus.  Resulta fácil decir “que tipo!”, juzgar su “ambición”, y asumir el asunto completo como un problema no tanto del país, como de los residenciales y otros espacios marginados que sirven como base de operaciones para este tipo de actividad delictiva.  Resulta facilísimo suponer que, con cupones y otras ayudas gubernamentales, el tema de la comida y necesidades básicas está cubierto para los pobres del país, de modo que la “ambición” que describe “Papo Cachete” se nos antoje casi un capricho, una forma de querer, de desear,  lo inmerecido. Resulta incluso fácil burlarnos de la sugerencia de García de que la policía no intervenga – después de todo, si hay drogas, la policía tiene que intervenir, ¿cierto?

Resulta fácil, pero no particularmente útil.  Porque de alguna manera, todo lo que dice ahí García es cierto.  Miremos por ejemplo el tema de la ambición.  Para empezar, cualquiera que se tome la molestia de comparar el monto total de los cupones típicamente otorgados a una famila de cuatro sabe que sencillamente..no dá.  Sirve para costear tal vez un total calórico más o menos adecuado, si la familia se dedica a consumir harinas refinadas y porquerías (después de todo, el refresco es más barato que el jugo, los granos refinados más baratos que los integrales, etc.)  Pero ese no es el issue central, me parece, de la ambición a la que se refiere.  Sí, las familias en el caserío, como el resto de las famlias del país, quieren darse unos lujos, quieren comprar la pizza del cumpleaños, pedir el catering del quinceañero, tener ropa nueva, comprar materiales escolares, y hasta botar chavos comprando porquerías.  Los nenes en el caserío, como los nenes en el resto del país, viven probablemente obsesionados con los aparatos electrónicos de moda: PSP, Gameboy, PS, etc.

La clave está en el colectivo: la “ambición” de la que habla Papo Cachete es una compartida por todos los sectores sociales en este pobre país nuestro, en su totalidad.  La enfermedad del consumo nos aqueja a todos y a todas.  Los “malls” siempre están llenos.  Vivimos endeudados hasta las teleras.  Queremos cosas, más cosas, muchas cosas, hasta que se nos llena la casa de cosas y las botamos y compramos otras cosas más nuevas, más brillantes, más bonitas.  Queremos pintarnos los pelos, coleccionar zapatos, tener carros nuevos, y asegurarnos de que el estilo de nuestras gafas esté “in”.  La gran diferencia estriba, probablemente, en que para el nene del caserío, la ruta de las drogas es una más visible y posible para obtener esas cosas en el corto plazo.  Y obtener esas cosas, como a cualquier otro nene, le provee estatus.  Y el estatus, señores, en absolutamente todas las sociedades humanas, es algo que la gente busca tener.

Hace algún tiempo, uno de mis hijos llevó unas maltas a una reunioncita de amigos, y lo molestaron porque no eran “de marca”, sino genéricas.  Nuestro intento de ahorrarnos unos centavos redundó en una pérdida de estatus para el muchacho.  Y no importó mucho – se le explicó el asunto, y santo remedio.  Pero el caso es que, en esto de vivir con menos, a veces es más fácil para una familia de clase media con unos recursos educativos particulares convencer a los niños de que deseen menos, que para una familia que vive en una comunidad marginal.  Después de todo, si yo opto por no tener televisión,  mis hijos tienen patio para jugar.  Si la señora que vive en el residencial caliente opta por no tener televisión, sus hijos se le van afuera, donde corren el riesgo de ser atraídos por la abundancia consumista del “punto”, o de ser jamaqueados por un policía “interviniendo”. (Piense en eso la próxima vez que vaya a criticar la antena de satélite en el techo del residencial más cercano – para algunas familias es un asunto de supervivencia). Otro tanto ocurre con los estudios: Los niños y niñas de las clases medias y altas escuchan el mensaje universitario desde la cuna.  Para el nene del residencial, la idea de la universidad es más distante, más abstracta, y estadísticamente menos frecuente.

De modo que aunque no admiro a este señor Cachete, ni me gustan las decisiones que tomó en su vida, reconozco dos cosas: Primero, que tiene razón.  Hace falta más educación, menos “mano dura”, más oportunidades reales, para los jóvenes que viven en comunidades marginadas.  Y segundo, que la culpa, la patología del narcotráfico, al final del día no es de los residenciales.  Es del país, es una patología mucho más amplia y profunda, tiene que ver con esa ambición idiota que tenemos como pueblo y que nos impulsa a querer poseer más cosas pero que no nos sirve para sacar el país hacia adelante, y al final del día, no la podremos atender hasta que no la reconozcamos como una patología de todos.  Seguir vapuleando, física, social y moralmente, a los residentes de los espacios donde la realidad del narcotráfico es más evidente y donde la población está más desprotegida NO es la solución.

Imagen de: http://willpen.wordpress.com

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Rapto

brainNo, el tema de esta entrada no es policiaco, ni bíblico.  Se trata del nuevo libro de Winifred Gallagher, que examina el rol de eso que llamamos atención en la felicidad, la psicopatología, la salud, la productividad y las relaciones afectivas.

Protagonizan el texto gente tan variada como un grupo de psicólogos cognitivos, varios practicantes del budismo, neurólogos y psiquiatras que estudian, cada disciplina a su manera, el tema de la atención; filósofos y científicos muertos cuyos textos y preocupaciones sirven para demostrar que no es un asunto del pasado sino uno cuya importancia desafía la moda y los tiempos; y algunas personas, tal vez menos famosas, que en su cotidianeidad ilustran la idea central del libro: Para vivir una vida lo más plena, llena, saludable y productiva posible es esencial prestar atención al momento presente.

Es uno de esos libros nuevos que dicen muchas cosas viejas…pero que las dicen muy bien, enlazando temas que por sí solos podrían rayar en el cliché de manera suficientemente novedosa como para capturar…er…nuestra atención.  Y los enlaza llevando el mismo tema por vericuetos variados, que van del dato curioso a la síntesis inclusiva y hasta la aplicación práctica: Demostrando, por ejemplo, que tener demasiadas opciones tiende a enfocar nuestra atención en diferencias triviales (alguna vez ha estado días ponderando de qué color comprar el carro o de qué personaje de disney hacer el cumpleaños de un infante?), y que los viejitos suelen reportar más momentos de felicidad que los jóvenes (porque son capaces de gozarse la sonrisa de un bebé o el gorjeo de un pájaro);  Que el runner’s high, el éxtasis de la meditación profunda, y la concentración productiva que redundan en una obra de crochet o en una cirugía de corazón abierto se parecen mucho, fisiológicamente; y que estar absortos en la actividad o contexto presentes (las nubes, la escritura, el ejercicio, o el chocolate) es lo mejor que podemos hacer para mejorar nuestra calidad de vida.

De hecho la idea de estar verdaderamente envuelto en la actividad que nos ocupa aplica hasta para aquellas actividades que suelen ser atacadas precisamente porque afectan negativamente nuestra salud o nuestra calidad de vida.  Me refiero a cosas como ver televisión, comer helado, o leer el correo electrónico.   El problema con estas cosas no es tanto que las hagamos, sino que las hagamos en piloto automático, y por ende en exceso y sin dedicarles esfuerzo mental.  Matamos al tiempo, para aludir a una entrada reciente, no necesariamente por lo que elegimos hacer con él sino con la atención que le dedicamos a sus momentos.

Al leer me siento un poco aludida, porque siempre he estado un tanto orgullosa del hecho de que veo mínima televisión y que cuando lo hago, siempre busco una segunda tarea (doblar ropa o leer un libro).  Tal vez el acercamiento de mi abuelita era mejor.  Tampoco veía mucha tele, pero cuando lo hacía, era de manera intensa, apasionada.  En la novela de las siete de turno, la encontrábamos sentada frente al aparato, con ambos pies en el suelo y el torso ligeramente inclinado hacia al frente, como optimizando una respuesta física en potencia; el ceño fruncido; las manos apretadas; “no” decía, “no, no le abras la puerta, estupida! es malo!”.  La vieja no veía tele, sino que la vivía.  Expresaba a viva voz, y a modo de comentario continuo con bastante carga emocional, su opinión sobre las acciones y cualidades de los personajes.  Y al terminar, se burlaba de sí misma y de “esa porquería de novela”.

Si vamos a ver tele, o usar facebook, o cargar con berry’s o con i-phones, lo hacemos mejor si hacemos una cosa a la vez. Y bien hecha. Absortos. También si vamos a escribir en un blog, o jugar con un niño, o picar lechuga para una ensalada.  Y también, especialmente, si vamos a expandir los horizontes de nuestra mente, y por ende de nuestra capacidad para la plenitud y la felicidad, aprendiendo guitarra, o filosofía, o jardinería, o yoga, o cálculo, o cocina vegetariana, o reglas de puntuación…Nuestro foco, tanto en calidad (en dónde enfocamos) como en cantidad (cuánto enfocamos) no solamente afecta nuestras desiciones cotidianas, sino que al final, muy bien podría definir quiénes somos.  Pongamos, dice Gallagher, el mismo cuidado (o más) en elegir a los objetos de nuestra atención como el que ponemos (¿perdemos?) eligiendo el color, modelo y cantidad de botones de la lavadora; y una vez nosotros, o la vida, los elige, dediquémosle nuestra total atención.

*imagen de: spaceyogasuit.wordpress.com

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La dimensión subestimada

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“vente-conmigo…”

velas

“Dedicado a Gela y Julián, que le daban a sus clientes el cariño y la esperanza que ningún ‘producto’, por bonito que sea su empaque, puede dar.  Y que lo hacían a cambio de una visita o de un racimo de plátanos.”

Creo que tenía unos nueve años las primeras veces que visité una botánica.  Era en la plaza del mercado de algún pueblo (tal vez Rio Piedras, o Luquillo), y estaba en un rincón, frente a una esquina en forma de letra “L”, que tenía dos puestos de vegetales y viandas.  El diseño de éstos últimos era simple, y muy parecido al de casi todos los puestos de la plaza: Un mostrador de madera lisa, por debajo del cual pasaba el/la vendedor(a) y detrás del cual se exhibían, colgando en ganchos o descansando en tablillas y canastas, los productos.  Plátanos, yautías, recao, cebollas, ajos, mazorcas de maíz.  No así la botánica, que tenía tres paredes arregladas en forma de biombo o bastidor, y multitud de cajones, canastas y tablillas con frascos (algunos etiquetados, otros no), velas de diversos tamaños, flores, plantas, y figuras del santoral cristiano.  El vendedor era también un especialista (por lo general espiritista o santero), de modo que si el cliente no traía una receta de alguna otra parte, se la hacían allí. Los clientes entraban con un papelito (o sencillamente una preocupación) y salían con los brazos llenos:  una vela, dos frascos, varias flores, algunas hojas, y tal vez una figurilla, que utilizarían para hacer alguna pócima o baño, en un orden determinado y con algún fin en mente: resolver un problema de salud, atraer a un ser amado, o sencillamente “despojarse”, limpiarse de una racha de mala suerte o de la influencia de algún espíritu oscuro.

Como parte de mis incursiones iniciales en la etnografía como método, visité y observé botánicas diez años más tarde, cuando estaba en la universidad.  Al principio me parecía que no habían cambiado mucho.  Las que ví en la plaza se parecían mucho, en su estructura física, a las de mi niñez.  Había otras, de mayor tamaño, en los “cascos del pueblo” en lugares como Lajas, San Germán y Aguada.  Al mirar más de cerca noté, con curiosidad, que las plantas no eran tan frecuentes como antes.  De hecho, varias botánicas que visité no tenían flora, punto.  Las velas eran las mismas, pero había muchas más – producidas comercialmente en alguna línea de ensamblaje y trayendo incluída la oración impresa en el frasco, tal vez porque los compradores preferían un acercamiento más de tipo “do it yourself” o porque los vendedores ya no conocían las recetas.

Tal vez lo más interesante era que los frascos ya no constituían esa especie de misterio reciclable de antaño. Ahora de plástico, lucían colorines y etiquetas comerciales, con nombres atractivos como “vente-conmigo”, “espanta-males” y “amor-eterno”. Eliminaban la necesidad de la receta (y del espiritista, y de las plantas) porque alegaban incluir todos los ingredientes tradicionales, destilados en una fórmula resumida y empacados de manera atractiva.  Más sorprendente aún, y tal vez emulando el comportamiento de otros productos, (esos que te recomiendan comprar juntos el champú, el acondicionador y el unguento, para un mayor efecto), los “despojos” y los “vente-conmigo” eran ahora líneas enteras, completas con aceite, aerosol, líquido para el agua del mapo y velas aromáticas.  El elemento humano del proceso folkórico ritual, así como el vegetal, perdían importancia, opacados por el poder del capital y de sus líneas de ensamblaje, que desde Miami surtían al dueño de botánica sin necesidad de conocimiento religioso, contactos con espiritistas y santeros locales, o huerto.

El cliente ya no salía con los brazos llenos de flores, sino llenos de potes.

Hace unos cinco años, en San Germán, ví a un representante de ventas entrar a una botánica con su línea, La Gitana, quien además de los productos básicos como agua para el despojo con mapo y perfume, tenía también para la venta prendas de fantasía, pañuelos, anillos que cambiaban de color, tarot simplificado  y caramelos sin azúcar, todo de la misma línea. Pensé entonces que la botánica ya había llegado al colmo de su propia posmodernidad.  Que se había mezclado del todo con el mercado contemporáneo.

Olvidé que todavía le faltaba un paso: Desaparecer.   He visto recientemente despliegues de góndolas de velas con santos y oraciones en lugares como Pueblo, Walmart y KMart. Y eso me hace pensar que, del mismo modo que la botánica ha dejado atrás al espiritista, al huerto, al conocimiento milenario y al frasco de cristal, la mega tienda amenaza hoy con dejar a la botánica, como a tantos otros negocios pequeños, atrás, vacía e irrelevante en las vidas y travesías cotidianas de los puertorriqueños.  Y no porque ya no quieran buscar milagros recurriendo a los personajes secundarios del cristianismo y al optimismo mágico del floclór, sino porque pueden comprarlos más rápido, barato y bonito en alguna megatienda cercana.

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casual day

sewmachine0062Uno sabe que vienen porque es víspera de viernes, y el o los adolescentes residentes piden “un peso” y vacían armarios y gavetas, buscando esa paradójica combinación de prendas que les permita ser raros sin ser “raros”, ser únicos al tiempo que siguen la pauta de la moda, imitar a otros sin parecer imitadores. Verse originales a la vez que navegan, hábilmente, un delicadísimo enramado de reglas sobre marcas, largos, telas, colores, logos y diseños comunicadas a través de amigos, películas, revistas, anuncios y otros medios. Ser suficientemente iguales unos a otros como para ser “grupo” pero suficientemente distintos como para ser “individuos”.

No son nuevos, los casual day de las escuelas privadas (y algunas públicas) del país.  En casa eran un lío.  Yo crecí con mis abuelos, y allí comprar ropa de moda  no constituía una prioridad – por lo que los días en que la escuela nos “excusaba” del requisito del uniforme constituían un verdadero problema.  En más de una ocasión, mi abuela y yo lo intentamos – mirábamos con ojo crítico y mente abierta el armario, rebuscábamos en las bolsas glad donde llegaban los hand me downs de mi prima, y hasta fuimos de compras -dos o tres veces-a González Padín y a Woolworths’.  Pero aunque parte del problema resultaba de la economía doméstica del hogar y de una cultura de frugalidad que mis abuelos habían heredado de los suyos, también ocurría como consecuencia de mi propia confusión.  Es decir, aún cuando mi abuela, para evitar mi ostracismo, cediera y me llevara de tiendas, yo nunca estaba muy segura de qué comprar.  Carecía de la brújula precisa, de ese mecanismo interno que algunas amigas exhibían al desear, comprar, y combinar, impecablemente, sus prendas.   Recuerdo que un viernes solucioné el asunto recurriendo a un tema monocromático: Blusa verde y bermuda verde, todo cosido, amorosamente, por Nana, mi bisabuela.

Nana vivía en Hyde Park, fumaba Salem, y armaba rompecabezas de miles de piezas, que le tomaban varias semanas.  También acumulaba latas de chicken noodle soup en una alacena, veía películas de vaqueros y cosía a máquina, casi siempre para mí.  Su piso alquilado era oscuro, pero el cuarto donde estaban los rompecabezas, la tele, y la máquina de coser era grande y luminoso.  Allí leíamos, sentaditas en una butaca, los libros condensados de sus  “Selecciones del Reader’s Digest”.

Pero al grano, que me puse a pensar en Nana y olvidé el punto que quería hacer aquí. Luego regreso a  Nana.  El asunto es la lógica del casual. ¿Por qué? ¿Qué significado tiene?  ¿Por qué tenemos que pagar un peso?  ¿Y por qué exactamente constituye un privilegio no tener que usar uniforme?

Creo que estábamos en décimo grado cuando mi mejor amiga y yo decidimos rebelarnos ante el asunto del casual day.  Quisiera decir que fue idea mía, pero fue toda suya y yo me copié: ¡Ir en uniforme!El significado político cabal de ir en uniforme a la escuela el día del casual day no me estaba muy claro en aquel momento, pero la idea era genial -  evidenciábamos una capacidad peculiar de ir contra la corriente, confundíamos a las figuras de autoridad, y nos ahorrábamos (y le ahorrábamos a mi abuela) tanto el infame impuesto del peso como el rollo de tener que buscar que ponernos.

Hoy que estoy más vieja y los casual day ya no me amenazan (aunque aún titubeo ante al armario si tengo que ir a una fiesta formal), escucho a mis hijos pidiendo el peso y me pregunto varias cosas. ¿Cuál es la lógica del pago? La lógica material es clara – la escuela levanta unos chavitos. Pero la cuestión ideológica, la justificación social, se me escapa.  ¿Los chicos están pagando por…qué cosa exactamente? ¿Su derecho a violar las reglas, en una especie de multa a priori por no ponerse el uniforme?  ¿O más bien se trata de una ofrenda, una cuestión cuasi-religiosa, algo así como el derecho que se le paga a Yemayá antes de cruzar un brazo de mar o a la Virgen antes de prender una vela en la catedral?  Tal vez equivale no a una ofrenda, ni a una multa, sino a una taquilla – un boleto de entrada a la pasarela de los y las compañeros y compañeras. Los muchachos se entretienen, la escuela hace unos pesitos, las tiendas siguen vendiendo.

Pienso en Nana de nuevo.  Con los conjuntos monocromáticos, los encajes, y las alforzas que salían de su Singer, me estaba ofreciendo, esa viejita encantadora, nada menos que la solución de Gandhi-la sustentabilidad y dignididad de vestirnos solos.

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tapafaltas

supermarket_gondolas__1_1Hace unos días estuve en un mall.  Los que me conocen saben lo que eso implica, pero lo describo aquí para el que no me conoce: Tengo ciertos issues con los malls. Sobre todo cuando tienen mucha gente dentro, especialmente en eventos como ventas de pasillo, black fridays, y demás.  Es el tipo de curiosa idiosincracia, pequeña intolerancia o manía personal que nos produce una mezcla de vergüenza y orgullo y que contribuye a definirnos.  Como odiar el celery, o los perros.  Yo puedo tolerar tiendas pequeñas, mercados abiertos, y supermercados.  ¿Pero las tiendas por departamentos y los malls? Para nada. De más está decir que no compro cosas con mucha frecuencia.

Ese día había poca gente.  Era miércoles y eran las diez de la mañana. Recién terminada una diligencia de trabajo, contaba con cuarenta minutos disponibles antes de la próxima, y decidí entrar a una tienda (una de esas, tan simpáticas para los fóbicos como yo, que tienen salida a la calle) a buscar unas meriendas para el proyecto en el que trabajo. Así me ahorraría un viaje posterior.

Entré.  Agarré un carrito de compra.  Filas breves, pasillos libres.  So far, so good, pensé.

Después de algunos minutos dando vueltas por la tienda, decidí aceptar lo evidente: En esa tienda no había meriendas.  En mi prisa por escoger una tienda con poca gente y con salida a la calle, olvidé ponderar el contenido.  Un poco como el personaje con alergia que se atraganta una medicina para la fiebre, no la alergia, porque esa es la que resulta estar en el botiquín o tener sabor a fresa.

La tienda no contenía lo que yo andaba buscando, pero yo seguía dando vueltas por los pasillos. ¿Por qué? me pregunté.

Por si acaso…por si acaso encuentro algo que “me haga falta”, me contesté, mirando con interés algo de plástico, de color azul y función aún indefinida.

Que horror, suspiré.  ¿Todo este tiempo pensándome, orgullosamente, una persona “frugal”, y ahora resulta que basta con que me encuentre una tienda cómoda y sin multitud para ponerme a buscar cositas candidatas a pertenecerme?  ¿Cositas que ni siquiera tenía en mente cuando entré y que al ver en las góndolas, se me revelarían, mágicas, como ausentes y necesarias?

Pensemos en esto por un momento.  Si decimos que algo nos “hace falta” estamos indicando que su presencia en nuestras vidas de alguna manera nos completaría – o que completaría algún espacio o rol con el cual nos identificamos.  Estamos también declarando su ausencia actual-diciendo que no lo tenemos, o que es suficientemente diferente de lo que ya tenemos como para justificar su adquisición.   Así, por ejemplo,  compramos el almohadón púrpura que tan bien combina con el sofá de la sala, o un champú con una mejor promesa anti-frizz en la etiqueta que el que  descansa (¡iluso!) en nuestra ducha, unas gafas más chicas (o grandes) que reemplacen las grandes (o chicas) que, uy, han pasado de moda, o un par de zapatos rojos, o un peluche rosado…Una nueva comida de perro (para probarla, Fifí ha estado medio inapetente últimamente), o unos aretes más largos, más verdes, o más redondos, o quizás un pantalón menos (o más) ajustado…Tal vez algún artefacto electrónico porque el tamaño de la pantalla del nuestro ya no resulta aceptable, o un celular nuevo porque éste hace un año era una maravilla pero ahora  han salido esos nuevos tan chuchin, o una cartera, un colgalejo, un disco, un (gulp) libro, una corbata, una película, una cajita bonita para guardar…algo,  un taladro más potente, una caja de vasos en venta especial. Si estamos pelaos, pues entonces chicles, un ringtone, un bolígrafo, o cuatro chucherías por un peso, o cinco pesos.

La palabra falta está tan adulterada en el mundo este de los malls, y denota unas cosas tan tristes, tan hermosas…Nostalgias. Ausencias.  Tal vez debería reservarse para otros humanos. O al menos para seres vivos, emociones, destrezas, talentos y actividades.

¿Que si compré algo? Pues sí, que verguenza. Al final acabé comprando un libro de pintar que “le hacía falta” al nene y un chocolate que no necesito justificar con faltas porque el chocolate (creo) es una de esas cosas que no necesitan justificación.  ¿Aprendí algo? Creo que sí.  Aprendí que yo también soy vulnerable a esa “falta” colectiva, y permanentemente insatisfecha, que es una de las caras de nuestro sistema de mercado.  Un mercado que esclaviza a unos compradores que, como el personaje de Prometeo, condenado a perder a diario su hígado, siempre se sentirán carentes,  insaciables.  Y que esclaviza a otros, otros que sí viven en la “falta” genuina de alimento o medicinas,  para la producción barata de las cosas que adornan el mall.  Su miseria es nuestro precio especial.  Su hambre se transforma, en esa álgebra implacable de la globalización, en nuestro (hambriento) exceso.

[Puede leer más sobre como vivir una vida más frugal y mejor para el planeta en muchos lugares, entre ellos  aquí y aquí. Puede ver el excelente video de Annie Leonard, the Story of Stuff, pulsando acá.  Y como siempre, puede compartir sus comentarios aquí en el blog.]

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