imagen y sonido

foto:r.alcaraz, diálogo digital
Estoy lejos. Observo a través del lente de los medios (y de facebook, que se ha convertido en una herramienta muy útil para obtener noticias rápidas, gracias a los amigos que generosamente comparten las noticias) lo que pasa en la universidad.
Es como un sueño. Uno de los malos, claro.
La policía se concentra en los predios de la Yupi. Y no sólo la policía así, a secas. También, tal vez especialmente, la policía a caballo, la policía de negro, y la policía rodeada de escudos gigantes, como soldados romanos, escudos para protegerse de…¿qué?
Pues de ese ejército temible de estudiantes sentados en el suelo practicando, tras entrenarse y anunciarlo públicamente, desobediencia civil. La policía se acerca, para que los sentados puedan sentir el aliento de los caballos, el nerviosismo de los cascos. Los pellizcan con tecnología y técnicas que a saber desde cuando querían usar y para las cuales no encontraban el cuándo, o el quién. Los empujan con escudos, se los llevan cargados, los arrestan. Los persiguen por las calles de la capital. Les compartamentalizan la protesta (con carteles designando zonas específicas para ello), y luego les cambian las coordenadas en pleno asunto. Literalmente, he visto como mueven el cartel de lugar.
[En el recinto donde trabajo, han puesto el cartel lejos, muy lejos, de cualquier edificio universitario. Para que los protestones protesten al son de los coquíes y de los grillos. Pero eso es otra historia.]
Al mirar la escena de lejos, se me ocurre que si yo fuera un alienígena, o al menos un extranjero bastante despistado, de momento me parecería que en la universidad hay un enemigo terrible. La impresión, la imagen, estaría basada en la cantidad y variedad de policías.
Luego está el sonido. Jerarcas policíacos que me aseguran que allí hay “puntos” para desarticular, y que hay que proteger estudiantes que sí desean tomar clases; Administradores universitarios que justifican la locura de la intervención militarona apelando a las acciones violentas de unos misteriosos encapuchados, acciones que al parecer, todo el mundo desaprueba.
Pero el caso es que a la hora de arrestar, no hay encapuchados, casi nunca arrestan a los encapuchados, a menos que sean Tito Kayak, porque a ese siempre lo quieren arrestar, sino que parecen preferir, en eso de los arrestos, a muchachos y muchachas comunes y corrientes, desarmados, capturados mientras hacen cosas tan inofensivas como hablar por megáfonos o repartir papelitos. O sentarse en el suelo.
Entonces, piensa el extranjero o el alienígena, o la bloguera, entonces se trata de otra cosa. Se trata de enviar muchos policías para crear la impresión de que allí, en la Universidad, hay un terrible enemigo del pueblo (porque ¿para eso es la policía, cierto? para proteger al pueblo?), y se hace mucho ruido, se habla en los medios de la gran amenaza que son los estudiantes, para hacer la imagen más creíble…Como en las películas baratas, donde de repente se oscurece la escena, para entrarnos el susto por los ojos, y simultáneamente suena la música siniestra, para entrarlo por los oídos…
Imagen y sonido, para beneficio del ciudadano común con algún interés en hacer democracia más allá del ocasional voto, y que se está quedando esgalillao y bruto tratando de reaccionar al karso, el gasoducto, el corredor, la universidad, el colegio de abogados, el tribunal supremo…
Mientras tanto, en esa curiosa contracción del espacio que el internet y la posmodernidad permiten, tengo el New York Times abierto en otra pantalla y busco entender lo que ocurre al otro lado del mundo, en Egipto, donde las intensas protestas han recibido una reacción sorda y represiva por parte del estado. Y, tal vez porque están las dos pantallas abiertas a la vez, Egipto se siente, de repente, muy cerquita, y suena terriblemente familiar. Un miembro del partido oficialista egipcio confía en que el cansancio les dará la victoria. Otro habla de “ley y orden” para justificar sus acciones. Otros acusan a los protestones de ser pocos, o de ser un sector con intereses ideológicos particulares. Amenazan con arrestos. Mientras tanto, las libertades democráticas son erosionadas en nombre del orden, y las tropas traen el desorden de la represión a la calle.
Los periodistas que escriben el artículo recuerdan la pelea en los setenta de M. Ali contra George Foreman, en donde Foreman daba golpes, golpes, golpes, peleaba solo, y Ali esperaba…hasta que Foreman estaba débil, exhausto. Y entonces Ali lo noqueó.
A todo esto, el presidente de la UPR anuncia, orgulloso feliz, que “el 94%” de los estudiantes se ha matriculado. 51,000 estudiantes. Claro que eso no es el 94% de los estudiantes que estaban matriculados el año pasado, no: es el 94% de los pre-matriculados. De modo que la alegría del presidente me resulta bastante insólita (sí, mi capacidad para sorprenderme todavía, a estas alturas, le puede estar resultando insólita al lector.) Pero es que 51,000 estudiantes es 14,000 estudiantes menos que los que había. La UPR ha perdido aparentemente 14,000 estudiantes. Casi llegan a los 50,000 que la Junta de Síndicos calculaba y quería, no hace mucho. No es que la van a romper-es que ya la están rompiendo. La UPR, según esos números, ha perdido sobre el 20% de sus estudiantes. Eso es una buena noticia ¿para quién? No para mí. No para el país.
Es como un sueño. Uno de los malos, claro.
Printmaripositas verdes

En la escuela del mundo al revés, el plomo aprende a flotar y el corcho, a hundirse. Las víboras aprenden a volar y las nubes aprenden a arrastrarse por los caminos. E. Galeano, “Patas arriba.”
Todos los días les agradezco a la estructura y al azar trabajar aquí, en la Universidad. Aún cuando peleo, aún cuando me enojo, aún cuando la U me muestra su lado oscuro, prefiero este lugar a cualquier otro.
Pero amar no es un ejercicio carente de crítica. Loving critique, escuché o leí a alguien decir (o escribir) el otro día.
Me entero a través del servicio de “cartero” electrónico en mi recinto que el departamento de Humanidades, con el co-auspicio de -nada menos que- Lockheed Martin, ofrecerá seminarios -nada menos que- de…ética.
Claro que no debería sorprenderme, dirán algunos. Después de todo, Lockheed Martin es una presencia familiar, y hasta querida, en el recinto. Se la pasan aquí, reclutando ingenieros e ingenieras, especialmente, pero también otorgando donativos para actividades de alcance, como ésta. ¿Entonces qué es lo que me inquieta? Bueno, siempre me ha resultado bastante incómodo tener representantes de Lockheed Martin saltando por ahí, no porque como individuos me hayan hecho nada sino porque representan lo que antes se denunciaba como complejo industrial-militar y ahora, gracias en gran medida a la popularidad del libro de Naomi Klein, se reconoce como un complejo de guerra y desastres (war and disaster profiteering).
Lockheed Martin enseñando ética. La misma Lockheed Martin de los misiles; la misma de los escándalos de contratos millonarios otorgados sin mediar subasta ni competencia (y una, ilusa, aquí pensando que de competencia se trataba justamente el cacareado concepto de “libre mercado”); la misma que protagonizó la destrucción y más tarde, ironía de ironías, la reconstrucción de Irak en una ilustración grotesca del capitalismo del desastre; la misma que se metió también de lleno en el lucrativo y siniestro negocio de “interrogar” prisioneros de guerra; la misma que invierte asiduamente en los cabilderos que a su vez invierten asiduamente en los legisladores que facilitan o entorpecen el proceso legislativo a conveniencia de la compañía; exportadora de armas #1 en el mundo, acusada de pagarle cuantiosas sumas a jefes de estado extranjeros, fabricante de algunos de los aviones de guerra más letales. Esa misma.
Acá nosotros hablando de “manteníos” para referirnos al pobre que mal-vive del gobierno, y mientras tanto, Lockheed Martin obtiene el 84% de sus ganancias del gobierno (es decir, de los contribuyentes, los mismos contribuyentes que perdieron o vieron amenazados sus hogares, acciones y salarios recientemente) de Estados Unidos. Eso sí que es mantengo.
¿No es acaso un problema ético gigante una compañía que depende, para sus enormes ganancias, casi totalmente de la reproducción de la guerra y/o desastre permanente, y que otorga donativos de campaña y coloca a sus ejecutivos en posiciones de poder para tomar justamente las decisiones asociadas a la guerra y el desastre permanentes? ¿Y entonces, no es acaso una ironía inmensa, que sea esa compañía, y no otra, la que nos auspicie cosas relativas a la ética?
Y bueh. El caso es que ahora visitan mi universidad para darnos talleres de ética. Y de paso nos sirven de jurado en el Ethics Bowl de la Facultad de Administración de Empresas, junto a representantes de otras corporaciones como….Goldman Sachs.
Pero dejemos a Goldman Sachs para la parte dos, o para los comentarios, de esta entrada, porque quiero hablar de las mariposas. En un pasaje triste y hermoso de su maravilloso libro Patas Arriba: La escuela del mundo al revés, Galeano hace una historia que como todas las suyas es también fábula, dato, y metáfora. Nos dice que en 1994, la empresa petrolera Chevron, contaminante en grande del agua, aire y tierra californianos, estableció un refugio en los terrenos de la compañía para salvar de la extinción a una mariposita azul. El refugio costaba cinco mil dólares anuales. El lavado de cara publicitario protagonizado por la salvación de la mariposa costaba ochenta veces eso…por minuto. La impunidad, nos recuerda Galeano, es un producto muy barato.
El cuento es interesante y viene al caso por dos razones: Primero, porque demuestra una estrategia frecuente de relaciones públicas – buscar una causa simpática y “auspiciarla”, movida especialmente efectiva si el recipiente de la generosidad se encuentra en crisis fiscal (nuestro caso, justamente); segundo, porque con frecuencia estas aparatas (me refiero a las compañías como Lockheed y Chevron) eligen como “causa simpática” precisamente lo mismo que con su otra mano (con su mano dominante) destruyen. Así, Chevron elige una causa ambiental, y Lockheed opta por auspiciar la “ética” y la “paz”.
¿Seremos nosotros, los académicos, los colegiales, las maripositas (verdes) del Lockheed Martin?
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PrintHaití: La caridad y la otredad
Tal vez por aquello de ser antropóloga, o tal vez por preguntona, lo primero que sentí no fue la indignación, sino la pregunta: ¿Por qué? ¿En qué estaban pensando los médicos que sonrientes, nos miran desde las fotos, cerveza o negra pierna de paciente en mano? ¿Qué motiva la sonrisa? Y más extraño todavía, ¿qué motiva la foto?
Posiblemente sean hasta buenas personas, estos médicos que salen en las fotos. Después de todo, fueron allá a ayudar. Pero las fotos revelan algo turbio. O lo confirman, porque suele haber turbidez en todo lo que tenga que ver con la forma en que el mundo trata a Haití. Aún en medio del ejercicio de la caridad.
Busqué en la prensa y en facebook, donde empezó el escándalo. Pero no encontré muchas respuestas. Encontré sólo indignación. Probablemente justificada, dicho sea de paso. Una mujer semi-desnuda a quien le suman, encima del vejamen de la semi-desnudez y de la tragedia de la amputación inminente, la humillación de la fotografía. Tal vez no la ha visto, tal vez no sabe que la han fotografiado, pienso, para consolarme un poco. Pero entonces es peor, me riposto. Si ni siquiera sabe, si no tuvieron la decencia de pedirle permiso, de avisarle, entonces es peor…
Veo otra foto, ésta de un niño, o niña. Un cuerpito amputado. Me pican los ojos, se me anudan el alma y la garganta, me siento culpable..no sé exactamente de qué, pero de algo. Cierro los ojos, aprieto next.
La foto que le sigue no contiene ningún haitiano. Sólo el médico boricua, armado con un rifle y una sonrisa. Y sigo sin entender por qué (¿por qué tiene un rifle? ¿por qué sonríe?), pero empiezan a tener algo de familiar. No tanto las fotos como las sonrisas. ¿Donde he visto sonrisas como esas antes?

Varias respuestas vienen a mi mente. 1. En el escándalo de Abu Ghraib, las sonrisas de los soldados que martirizaban a sus víctimas iraquíes y que posaban junto a ellos en situaciones que dejaban clara la diferencia de poder entre prisionero y soldado. 2. En las fotos que los que visitan zoológicos suelen tomarse al lado de las jaulas, especialmente aquellas cuyos huéspedes son pensados como particularmente peligrosos (tigres, leones, culebras) o, tal vez con mayor frecuencia, particularmente graciosos (delfines, chimpancés, avestruces.) 3. Los turistas colorados que se toman una foto cerca del “nativo” del lugar que visitan.

Todas esas situaciones tienen en común una combinación particular de dos seres: Uno, dueño de la cámara o amigo/cónyuge/colega del que la porta, que sonríe para la audiencia que de seguro verá la foto y que él/ella conoce, porque será él/ella el que la enseñe; Otro, tal vez invitado, tal vez no, por el primero, tal vez sonriente, tal vez no, tal vez consciente de ser fotografiado, tal vez no, un ser asumido como un “otro”, como “diferente” de alguna forma fundamental, intrínseca, un “otro” que no le mostrará la foto a nadie porque no es dueño de la cámara, ni de la situación.
Claro que las tres situaciones que resumí arriba son, moralmente, distintas. La sonrisa del soldado en Abu Ghraib que encadena al prisionero como un perro, o que lo obliga a posar, desnudo y en abierta violación a lo que su religión (la de la víctima), su ideología (la de la víctima) , le indican como correcto, es moralmente mucho más grave que el visitante que se toma una foto al lado del delfín o del chimpancé del Zoo, o que la del turista que se toma una foto al lado de un nativo que al final del día, quizás hasta esté de acuerdo.
Pero las tres ejemplifican una sonrisa que sugiere la satisfacción, el regodeo, de un ser relativamente acomodado, móvil, viajero, visitante, guerrero, que posa, feliz, junto a alguien a quien considera no solamente distinto, sino de alguna manera inferior. Porque si pensáramos a ese “otro” como un igual, le pediríamos permiso, le ofreceríamos una copia de la foto, tendríamos un cuidado, un respeto, que ninguno de los ejemplos indica.
(Una excepción aparente: Las fotos que se toma la gente con los artistas, o las figuras políticas. Ahí suele también haber sonrisa, pero no la sonrisa que genera la situación que aquí estoy describiendo. El artista o figura pública no es menos poderoso que el dueño de la cámara, es dueño de la situación, y es equivalente a un monumento, una maravilla. Típicamente es objeto de la admiración del que toma la foto. Es percibido como un “otro”, pero superior, no inferior. Y la sonrisa resultante es distinta, aniñada, agradecida.)
El escándalo de los médicos enviados por el Senado a Haití se parece, más que a ningúna otra foto, en el contenido, en las sonrisas, al de Abu Ghraib. Distinto, sí, en que después de todo no estaban torturando sino curando, aliviando, al “otro”, pero parecido en la sensación que la fotografía produce en el que la mira. Hay alguien sufriendo y hay alguien feliz en la misma foto. Y el que está contento domina la cámara y la situación. La diferencia racial le añade otra capa de desazón al asunto – el feliz tiene la piel más clara que el sufriente. Y no sabemos si el sufriente sabe de la foto, o si le importa. De hecho del sufriente no sabemos nada, es un prop, un signo, un espectáculo, dentro de una escena donde el protagonista, el que tiene nombre y profesión, es el doctor. Del sufriente sabemos sólo que sufre. Se le ha negado su historia, su humanidad, su protagonismo. Podría ser cualquiera de los tantos amputados, víctimas del terremoto, de la esclavitud, de los bancos internacionales, de la globalización, de los tiranos locales y mundiales, de la indiferencia, del racismo, del desinterés. El primer país del mundo en abolir la esclavitud, castigado y maldecido para siempre por tener el descaro de tomar esa abolición en sus manos, en lugar de esperar por la generosidad y la diplomacia blancas.
La caridad es mejor que la indiferencia. Pero aún en medio de la caridad afloran, como un burbujeante precipitado químico, inesperado pero inevitable, las ideologías que rigen nuestra actitud (y la del mundo) para con Haití.
Posdata: Me quedé pensando en este post mientras hacía otras cosas y entré de nuevo para aclarar algo que me parece importante: Esta entrada examina otro ángulo – la idea de que el tipo de foto mostrada (especialmente las que contienen pacientes) son sugestivas de esa perpetua otredad, de ese racismo, de ese desprecio, que el mundo ha mostrado por el pueblo haitiano por tanto tiempo, y que muestra aún mientras lo ayuda. Que el paciente haitiano no merece la misma privacidad, o seriedad, que el paciente común y corriente. Que sentimos simpatía pero nos quedamos cortos en empatía.
No creo que estos médicos merezcan un castigo que anule sus carreras o afecte radicalmente sus vidas. No los acuso por beber cerveza (yo probablemente me hubiera bebido varias, después de un día trabajando en una tragedia como esa) o por lo que algunos en internet están llamando, con desprecio, “fiestar” en plena tragedia. De hecho me parece que con todas sus faltas, el médico que opta por irse a Haití a ayudar de gratis es digno de admiración-después de todo, la mayoría de nuestros médicos se quedaron acá, algunos haciendo muchos chavos. Quizás, si hubieran sido parte de un contingente más experimentado, como el de Vargas Vidot, esto no hubiera pasado. Ojalá que los que salen en las fotos sigan cultivando la generosidad que mostraron al tomar la decisión de ir a ayudar, y que a la vez opten por examinar sus prejuicios -ellos, y nosotros. Ese, y no el castigo, sería el mejor resultado de todo este episodio.
un aplauso pequeñito, una corrupción grande, y una guerra “justa”. (podcast, 14/dic)
Escuche el podcast…
En el programa radial del lunes 14 de diciembre:
El aplauso pequeñito fue para…Álvaro Pilar, director ejecutivo de la Autoridad de Puertos. No, no estoy siendo sarcástica. El hombre merece un aplauso porque aceptó la responsabilidad por el muy comentado desastre del crucero que no pudo llegar. Es decir, que confrontado con la triste realidad del barco que no cupo y tuvo que irse a la República Dominicana, Pilar no le echó la culpa ni al gobierno anterior, ni al partido de oposición, ni a Carnival. Se la echó él y se puso a buscar soluciones. Muy distinta esa reacción de la de su jefe el gobernador, que inmediatamente siguió el algoritmo acostumbrado cada vez que algo sale mal: A) decir “no es culpa nuestra, nosotros no lo hicimos”,seguido de B) es culpa de la administración de (Sila, Aníbal) y C) lo resolveremos con una Alianza Público Privada. Veamos la cita de Fortuño:
“Eso lo presentamos como un problema que tenemos de diseño, especialmente en el muelle 3 que se hizo en los último años. Es un problema de diseño bien serio, porque los barcos más grande ya no caben allí. Sabemos que tenemos un problema grande de diseño en los muelles que se hicieron en los últimos años. Tenemos que arar con los bueyes que tenemos en este momento, pero sabemos que tenemos que cambiar varios de nuestros muelles y para eso están incluidos en nuestra lista de Alianza Público- Privada”, dijo el Gobernador en entrevista radial (WKAQ).
En el primer segmento criticamos el historial de Álvaro Pilar (y en especial la privatización planificada del aeropuerto), y aplaudimos cautelosamente su refrescante aceptación de responsabilidad con el asunto del crucero.
En el segundo segmento hablamos de Jorge de Castro Font , el ex-senador recientemente acusado de 182 cargos de corrupción. Sin perder de vista la importancia de procesar a aquellos que ilegal e inmoralmente se enriquezcan a costas del pueblo, repasamos el continuo de prácticas, muchas de ellas cultural o legalmente aceptadas, que culminan con las prácticas ilegales en el pliego de acusaciones de Castro Font.
Y en el tercer segmento, repasamos el gran oxímoron – un presidente que en medio de dos guerras y habiendo escalado recientemente una de ellas, no solamente acepta el Premio Nóbel de la Paz sino que además lo hace con un discurso que habla de la guerra “justa” y “necesaria”.
En la preparación del programa, además de fuentes noticiosas y académicas, recurrimos como de costumbre al rico contenido de la blogosfera boricua, y hoy en el tercer segmento mencionamos los blogs de paísciego.blogspot.com y de madrescontralaguerra.blogspot.com.
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Nota: Escuche el podcast oprimiendo el botón de “play”. También puede suscribirse al podcast buscando “parpadeando” en el iTunes Music Store o visitando el siguiente enlace directo: Parpadeando Podcasts. Recuerde que puede acceder a la transmisión radial de Parpadeando, en vivo, todos los lunes de 1:00-2:00PM en www.wpra990.com.
Print¿el único empleo?
Éste era ayer el único “display” visible conteniendo oportunidades de empleo en la (abarrotadísima) oficina de desempleo en Mayagüez, Puerto Rico. “U.S. ARMY”, decía. “FULL TIME AND PART TIME JOBS.”
La fila de desempleados era larga.
¿Cuán “voluntario” es un ejército que necesita de escasez de oportunidades de otro tipo para poder reclutar soldados?
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Printla incomodidad de John Yoo.
La libertad de expresión es una gran cosa, y es especialmente valiosa en las universidades. No está exenta, sin embargo, de áreas grises. Por ejemplo, el caso de John Yoo. Hasta hace poco parte del departamento de Justicia de los Estados Unidos, este señor Yoo jugó un papel clave en el diseño de la política bushista que justifica la tortura como “interrogatorio aumentado” (“enhanced interrogation”) y elimina la protección de Geneva para prisioneros políticos (re-definidos como “combatientes enemigos”). El hombre es profesor en Berkeley, y mientras hablaba en una de sus clases (nada menos que de derecho constitucional), un actor vestido con el ensemble que ahora asociamos a las terribles actividades de “interrogatorio” llevadas a cabo por soldados norteamericanos en la infame prisión de Abu Ghraib se ha subido a un escritorio para cuestionar, simbólicamente, las posiciones asumidas por Yoo en cuanto a la tortura se refiere.
Al ver lo que se le venía encima, Yoo, evidentemente incómodo, canceló la clase y el actor fue removido del salón. ¿Quién tiene la razón? Por un lado, podría alegarse que los profesores tenemos derecho a dar clase en paz, y que el performance del actor constituía una interrupción inaceptable. Por otro lado, sin embargo, me pregunto si la incomodidad de Yoo no es moralmente inferior al costo social y humano de su posición contra la tortura. Y sí, la pregunta es retórica. Digo, este actor no estaba interrumpiendo la clase por motivos frívolos, sino que estaba haciendo referencia directa a unas acciones del profesor que eran terriblemente relevantes al tema de su conferencia – constitucionalidad. La incomodidad de Yoo y de los estudiantes que molestos gritaron “fuera de aquí!” al actor disfrazado de torturado es mezquina, si la comparamos con las implicaciones que la posición oficial en cuanto a la tortura se refiere tuvo para tantos hombres y mujeres en el mundo. Todavía hay personas, la mayoría de ellos probablemente inocentes, languideciendo en cárceles, algunas de ellas secretas. ¿Y Yoo se levanta y se va porque está “incómodo”? Gimme a break!
Más que una interrupción, el performance de ese actor constituía un “teaching moment”. Una oportunidad de verdaderamente hablar de constitucionalidad. Si es que verdaderamente queremos educar, y hablar. Que no parece ser el caso de Yoo.
Puede ver la noticia del HP aquí. Y leer la larga lista de acciones legales llevadas a cabo por Yoo acá.
update: OJO: El acrónimo ‘HP’ se refiere al Huffington Post. No inventen.
PrintRío revuelto…
La familia Méndez, boricuas en Holyoke, Mass., se ha unido al ejército. La madre a la Reserva, los hijos de 23 y 20 años al “Army”. ¿La razón? No consiguen empleo estable en la maltrecha economía norteamericana. “In fact, the military has become an employer of last resort for the Méndez family, reflecting a national trend toward higher enlistment rates in the midst of a severe recession”, explica el Puerto Rico Daily Sun del martes 10 de marzo.
Como consecuencia de la crisis económica, más y más ciudadanos optan por unirse al ejército para obtener un salario. Río revuelto, ganancia de reclutadores. Este fenómeno no se limita a los Estados Unidos (y por extensión a Puerto Rico), sino que aparece en otras partes del mundo (pulse aquí para ver un ejemplo europeo, cortesía de Aníbal Y.). La pregunta es: Si los reclutas entran al ejército porque el desempleo rampante no les ofrece muchas opciones y los reclutadores ofrecen dinero rápido, ¿podemos verdaderamente decir que el ejército es “voluntario”? ¿Acaso no es la necesidad económica una forma sutil de conscripción? No es casualidad que los reclutadores visiten mucho las escuelas con altos niveles de pobreza, ni que los signos de $$$ y frases como “enlistment bonus” y “money for college” sean un rasgo tan predominante en los letreros que anuncian al ejército como opción de vida.
Ni tampoco es el reclutamiento de ciudadanos desempleados la única conexión curiosa entre el ejército como institución y la crisis económica actual. Tomemos por ejemplo el caso de los submarinos enormes fabricados por compañías como General Dynamics, contratistas del ejército. Los submarinos, cuyos precios rondan los dos millones y medio de dólares, crean docenas de empleos cada uno, y ésta capacidad, probablemente, le añade atractivo en tiempos difíciles.
En tiempos de bonanza, tal vez la producción de aparatos tan evidentemente diseñados para destruir, matar, y guerrear a gran escala le causaría algún prurito moral a los ciudadanos del país que los construye. Pero cuando la economía está mala tendemos a mirar hacia otro lado. Antes de hacerlo, sin embargo, atendamos por un momento la desazón, el parpadeo: Hay algo fundamentalmente roto, moralmente turbio, en una situación político-económica en la cual los resquicios que permiten la supervivencia económica de unos están predicados sobre la destrucción en otras partes.
Foto: General Dynamics, tomada de commondreams.org.
Para una entrada relacionada en este blog, pulse aquí.
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