a propósito del viernes negro, y del baúl: calabaza
Alguna vez leí una leyenda taína, tal vez apócrifa. Decía que el mundo había nacido de una gran calabaza, rota a consecuencia de la batalla fratricida de dos dioses hermanos, desparramada en baboso semillero para crear los animales, las plantas, los humanos…
La mañana (bueno, eran las once) de jalogüín me sorprendió en el mall. Uno de mis cachorros necesitaba camisas, otro pantalones, otra medias de colores para completar su disfraz para esta noche. Yo, como me pasa siempre en ese espacio, quería muchas cosas y a la vez ninguna, y al final me fui con las manos vacías porque mi salud mental era más importante que lo que fuere que “necesitaba”. Pero mis issues de consumidora ambivalente no vienen al caso, al menos no en este párrafo.
Lo que viene al caso es que el mall estaba lleno de niños y niñas disfrazados y disfrazadas, calabazas plásticas en mano, de tricortrí. Y en cada tienda eran recibidos no por sus vecinos habituales, si es que los tienen, sino por amables empleados de los comercios, bolsas de dulces también en mano. Era temprano, nadie estaba muy cansado todavía, todos sonreían.
Y es que estaban encantadores, los chicos. Especialmente los pequeños, que suelen enternecer bastante. Ví una abejita que no podía tener más de un año, en su coche, la madre a cargo de la calabaza. Un ninja de tres pies, tan amenazante como un peluche. Un iron man que aún no hablaba.
Por alguna razón, sin embargo, el tierno espectáculo me daba una de esas tristezas parpadeantes que suelen preceder un blog de estos. Yo soy muy escéptica cuando escucho alegatos del tipo “todo tiempo pasado fue mejor”, pero igual….igual se me ocurría que sí, que era mejor cuando salíamos por el vecindario, cuando algunos vecinos regalaban dulces y otros no, cuando los “dulces” eran todos distintos, y algunos hechos en casa, cuando algún vecino maceta se llevaba un huevazo en el balcón…
¡No, lector, no me juzgues! No condono el huevazo y hasta creo que (casi) nunca lancé uno. El punto está en la constelación de relaciones sociales que le sirve de marco al carnaval que hemos heredado de nuestro segundo conquistador. Por un lado, el vecindario, que para bien o para mal tiene cierto yo no se qué de gemeinschaft, de comunidad, de mundo pequeño más o menos ajeno (bueno, no seamos inocentes, nunca ajeno pero por lo menos un poco más distante) a la fría, friísima, amoral realidad de los mercados y por otro lado el MALL, representante por excelencia del mercado mismo, espacio en donde vamos a conocer todo lo que nos falta, todo lo que necesariamente nos hace incompletos, todo lo que nos susurra “cómprame, que si me compras, estarás mejor, estarás más feliz…”, una promesa falsa, por demás, porque lo finito del poder adquisitivo, en combinación con lo infinito del deseo por poseer y de las posibilidades de cosas para comprar nos condena, irremediablemente, a la insatisfacción…
Y entonces he ahí la tristeza que me visita mientras le sonrío a la abejita que dulcemente se duerme, ajena a los significados que mi mente inoportunamente pondera. Porque es terriblemente inoportuna, esa tristeza. Me pone en la incómoda posición de juzgar, silenciosamente, al prójimo adulto. Y rechazo el juicio, porque los entiendo. ¿Cómo no entender? ¿Así, como están las cosas, y con el calor que hace, no hace acaso todo el sentido del mundo llevar al nene a hacer su tricortrí a la seguridad y el aire acondicionado del mall? Igualmente razonable es comprar el disfraz, semi-desechable, de plástico o alguna fibra por el estilo en alguna tienda por departamentos, ignorando la voz interior que nos dice algo del chino o de la china o del chinito que seguramente lo cosió, de prisa y mal pagado, o del paisaje extranjero o local en donde se acumulan cientos, millares, millones de disfraces como esos, convertidos en basura casi irremediablemente y casi inmediatamente y contaminando el pobre planeta, pero que es lo único que hace sentido ponerse porque seamos serios, quién tiene tiempo para ponerse a coser? Yo de eso (de no saber coser y de haber comprado un disfraz de esos) soy tan culpable como cualquiera: economía doméstica fue mi única C en la escuela, para la gran verguenza de mi pobre abuela, que en paz descanse, y trabajo fuera de casa, con lo que el asunto de comprar disfraz vs hacerlo ni siquiera es una opción…
Pero igual hay tristeza, e igual opto por contaminarte un poco a tí, lector, con ella. Porque ese mundo de fantasía que es el mall y que crece, nutrido y a la vez mórbido, saludable y putrefacto, de los contenidos babosos de la gran calabaza que es el ciclo implacable de extracción, producción, consumo y desecho, ese mundo, me da tristeza, y compartir esa tristeza con el otro en el gemeinschaft virtual que me provee esta plataforma es, al menos, tan legítimo como una conversación sobre zapatos.
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a mi madrastra
Dear Ellen: Some of the best mothers’ day presents are those that kids make for their mothers with their own hands. The ones that are not part of the whole going-to-the-mall-in-a-frenzy thing. I met you when I was fifteen, and so I never got to give you the macaroni necklace, or the construction paper card. This year I wanted to “make” you something. I decided, however, against the macaroni necklace and “made” you this letter instead.
Homenaje a la madrastra:
En términos prácticos, cotidianos, la madre no es un ser particularmente apreciado. Pero el día de la madre su figura, simbólicamente, se agiganta. El día de la madre es el día nacional de la culpa, del consumo, del frenesí de agradecimiento y amor filial, que llena y atapona los asilos, restaurantes, cementerios y especialmente, los centros comerciales.
Y en ese frenesí, al menos en los medios y en el discurso popular, la madrastra es invisible o como mucho, es una especie de “afterthought”, un facsímil más o menos razonable, un personaje cuasi-materno, más parecida a la suegra que a la abuela en la jerarquía de los amores filiales. Tal vez por culpa de los hermanos Grimm y sus manzanas envenenadas, la idea de “madrastra” está más relacionada, semánticamente, con el lado oscuro de la domesticidad familiar que con su lado brillante o tierno.
Pasando balance ahora, en el umbral de mis propios cuarenta, puedo pensar, articular, y especialmente agradecer lo que esa figura, que el día de la madre y los medios excluyen, ha sido en mi vida, y sospecho que en la de muchos, que como yo, crecen y crecieron en las familias mixtas de hoy. Mi madrastra se llama Ellen. Y es maravillosa. Cocina mejor que nadie, y además trabaja, pinta, siembra, pasa tiempo con sus amigos, y se ejercita. Tiene un marido, un huerto, muchos estudiantes, un hijo, una nuera, amigas del alma, cuatro perros y una gata salvaje. Nunca está quieta ni aburrida, a no ser que decida estar quieta o meditar. Su vida es rica, y ella la construye con ahínco y con fruición.
Fue gracias a ella, y casi de inmediato, que conocí el mar. Yo había ido muchas veces a la playa, incluso había estado en botes, pero fue en mi vida post-Ellen que supe de amaneceres en el agua, de garzas y pelícanos volando sobre el canal, de comer pescao, de cayos, de yolas y de pepinos que “hay que tratar con cuidado, porque están vivos.” Me enseñó también que las galletas son mejores si salen de un horno casero y se comen todavía tibias, que la lechuga y el tomate, por sí solos, no constituyen una “ensalada”, y que las neveras (y las vidas) nunca están “llenas”; siempre cabe algo más.
Los aborígenes australianos tienen un “Dreaming”, una forma de interpretar la realidad en donde la vida y los paisajes están marcados por características míticas y a la vez sólidas, que los definen. Una piedra, un agujero, una montaña. Los mismo ocurre con las vidas de los adolescentes: Décadas más tarde, los adultos definimos nuestra trayectoria juvenil por los “landmarks” de las piezas de ropa y los objetos que en cada momento nos definieron. Y en mi caso, casi todas esas tienen algo que ver con Ellen. Fue ella la que me regaló mi primer traje de baño de persona adulta. El mameluco rosado y ochentoso acompañado por tennis Converse altos, también rosados, también ochentosos. Las bandanas. Los zapatos amarillos de goma. El permanente a medias. Las cartas tarot. El cassette de Pat Benatar. Hoy sigue marcando mi “Dreaming”, ahora con cosas como las pequeñas bolsas de lechugas, berenjenas, pimientos, pepinillos, tomates, que ella misma cultiva y que constituyen la mejor y más sana parte de mi alimentación.
Ellen ha “estado allí” tanto o más que cualquier madre. Las graduaciones, los cumpleaños. Es la persona que toda mujer recién parida quiere cerca – en mis dos partos, trajo frutas, cremas y revistas, y cuando visitaba en casa, aprovechaba para limpiar la cocina y dejarme comida. Durmió en una silla incómoda y horrible para acompañarme en el hospital cuando nació mi segundo bebé. Ha sido una abuela maravillosa para mis hijos y ahora lo está siendo para mis propios hijastros.
Y las lecciones. Algunas las he aprendido, algunas todavía las estoy aprendiendo. Me enseñó a traer mi propio aguacate y/o limón al restorán. A ignorar los catarros para que se vayan solos. A barrer como remedio instantáneo para el aburrimiento y la depresión. De hecho, Ellen actúa como si ocuparse, en general, fuese el remedio para casi cualquier mal anímico o existencial-y tiene razón. Me enseñó que en la “madrastitud” y en la vida, a veces es mejor esperar. Que las situaciones, y especialmente las relaciones, no pueden forzarse. Que al final del día, la respuesta más productiva para los problemas que tenemos con otra gente suele ser trabajar con uno mismo, mejorarse uno mismo, crecer uno mismo. Que el “trabajo” no debe ser el único trabajo. Verla sacar tiempo para sembrar me ha inspirado para sacar tiempo para escribir.
Mi madrastra no es un facsímil de madre, ni una madre con signo de menos, ni una suegra plus. Es otra cosa, con los roles y aportaciones que ha negociado a través del tiempo, conmigo y con la vida. Y hoy la pienso, la quiero y la celebro, al margen del frenesí de compras y consumo,porque ha enriquecido mi vida en sus propios términos y en los míos, no en los que dictan los estereotipos y las culpas, y espero que me dure muchos, muchos años. Gracias, Ellen. Un abrazo.
PrintPicada de ojos: Universidad…¿para quién?
Una columna en la sección VOCES del Nuevo Día de hoy trae al periódico lo que ya hace algún tiempo es tema de discusión, chisme, y susurro: el espectro de un alza en la matrícula, y los disturbios que la misma generaría. El texto esboza un argumento para que se aumente la matrícula, y propone algunos parámetros o criterios para guiar el aumento en cuestión.
Se trata de un tema antiguo, y espinoso. Por un lado están los que piensan que el costo por crédito (unos 45$ para estudiantes sub-graduados, con un ajuste anual que lo aumenta levemente para cada clase entrante) en la universidad del país es demasiado bajo, y que los estudiantes deberían contribuir a los costos de su educación, que suman unos 500$ por crédito. Del otro lado, están los que piensan que la universidad debería ser gratuita, y que cualquier costo (y cualquier aumento) mercantilizaría algo que no debe, que no debería, ser mercancía: el conocimiento, la oportunidad.
No voy a debatir, aquí, ahora, los méritos de cada postura, aunque supongo que es bastante claro que la segunda me resulta más simpática. Aclaro de entrada que me gustaría habitar (y construir) un país en donde la educación, desde pre-kinder hasta el doctorado, fuese buena y gratuita, donde cada ciudadano pudiera recibir, sin trabas económicas, tanta educación de calidad como quiera o aguante. No se si eso sea, en este momento, realista o posible.
Y no es eso lo que me motiva a escribir esta entrada.
Lo que me llamó la atención de la columna de González Taboada es el cierre, que lee así:
“Debe además tomarse en cuenta el potencial de ingreso de cada disciplina. Me parece muy justo que un estudiante de educación pague menos que uno de contabilidad, dado que su potencial de ingresos es mucho menor.”
No es la primera vez que escucho esa sugerencia. Y me parece bastante peligrosa. Descontextualizada, suena razonable, con esa especie de lógica interna que tiene una hoja de cálculo de excel. Pero examinémosla. Hacer que los jóvenes paguen por sus estudios, no basándonos en su capacidad de pago en el presente sino en la que tendría la carrera que eligen, reproduce, y solidifica, las ya patentes diferencias de clase social evidentes en la “selección” actual de disciplinas. En arroz y habichuelas, y siempre con sus excepciones, la tendencia en el presente es clara: A mayor ingreso familiar, mayor la probabilidad de que un joven estudie una carrera con mayor potencial de ingreso. Subirles el precio precisamente a esas carreras haría aún más difícil el acceso a las mismas.
La educación superior pública ha sido históricamente un mecanismo para la movilidad social. También ha sido uno para la reproducción de las diferencias sociales. ¿Queremos restarle potencia al primero, y agravar el segundo? ¿Queremos instituir una escala de precios que se convierta en otro obstáculo más para el muchacho o la muchacha que quiere ser ingeniero/a y que viene de una familia pobre?
Creo que no. Y creo que en medio de la crisis fiscal que la universidad atraviesa, hay que tener especial cuidado. Cuidado con las soluciones precipitadas que resuelvan un problema fiscal pero agraven uno social. Que las medidas diseñadas para “salvar la casa” (perdonando la expresión) no la destruyan, por favor. La Universidad de Puerto Rico es la universidad del país, y al país se debe. ¿Qué tipo de país queremos tener? Yo quisiera uno en la que trabajemos para quitar, no para poner, trabas en las aspiraciones de las poblaciones más desventajadas.
Printmaripositas verdes

En la escuela del mundo al revés, el plomo aprende a flotar y el corcho, a hundirse. Las víboras aprenden a volar y las nubes aprenden a arrastrarse por los caminos. E. Galeano, “Patas arriba.”
Todos los días les agradezco a la estructura y al azar trabajar aquí, en la Universidad. Aún cuando peleo, aún cuando me enojo, aún cuando la U me muestra su lado oscuro, prefiero este lugar a cualquier otro.
Pero amar no es un ejercicio carente de crítica. Loving critique, escuché o leí a alguien decir (o escribir) el otro día.
Me entero a través del servicio de “cartero” electrónico en mi recinto que el departamento de Humanidades, con el co-auspicio de -nada menos que- Lockheed Martin, ofrecerá seminarios -nada menos que- de…ética.
Claro que no debería sorprenderme, dirán algunos. Después de todo, Lockheed Martin es una presencia familiar, y hasta querida, en el recinto. Se la pasan aquí, reclutando ingenieros e ingenieras, especialmente, pero también otorgando donativos para actividades de alcance, como ésta. ¿Entonces qué es lo que me inquieta? Bueno, siempre me ha resultado bastante incómodo tener representantes de Lockheed Martin saltando por ahí, no porque como individuos me hayan hecho nada sino porque representan lo que antes se denunciaba como complejo industrial-militar y ahora, gracias en gran medida a la popularidad del libro de Naomi Klein, se reconoce como un complejo de guerra y desastres (war and disaster profiteering).
Lockheed Martin enseñando ética. La misma Lockheed Martin de los misiles; la misma de los escándalos de contratos millonarios otorgados sin mediar subasta ni competencia (y una, ilusa, aquí pensando que de competencia se trataba justamente el cacareado concepto de “libre mercado”); la misma que protagonizó la destrucción y más tarde, ironía de ironías, la reconstrucción de Irak en una ilustración grotesca del capitalismo del desastre; la misma que se metió también de lleno en el lucrativo y siniestro negocio de “interrogar” prisioneros de guerra; la misma que invierte asiduamente en los cabilderos que a su vez invierten asiduamente en los legisladores que facilitan o entorpecen el proceso legislativo a conveniencia de la compañía; exportadora de armas #1 en el mundo, acusada de pagarle cuantiosas sumas a jefes de estado extranjeros, fabricante de algunos de los aviones de guerra más letales. Esa misma.
Acá nosotros hablando de “manteníos” para referirnos al pobre que mal-vive del gobierno, y mientras tanto, Lockheed Martin obtiene el 84% de sus ganancias del gobierno (es decir, de los contribuyentes, los mismos contribuyentes que perdieron o vieron amenazados sus hogares, acciones y salarios recientemente) de Estados Unidos. Eso sí que es mantengo.
¿No es acaso un problema ético gigante una compañía que depende, para sus enormes ganancias, casi totalmente de la reproducción de la guerra y/o desastre permanente, y que otorga donativos de campaña y coloca a sus ejecutivos en posiciones de poder para tomar justamente las decisiones asociadas a la guerra y el desastre permanentes? ¿Y entonces, no es acaso una ironía inmensa, que sea esa compañía, y no otra, la que nos auspicie cosas relativas a la ética?
Y bueh. El caso es que ahora visitan mi universidad para darnos talleres de ética. Y de paso nos sirven de jurado en el Ethics Bowl de la Facultad de Administración de Empresas, junto a representantes de otras corporaciones como….Goldman Sachs.
Pero dejemos a Goldman Sachs para la parte dos, o para los comentarios, de esta entrada, porque quiero hablar de las mariposas. En un pasaje triste y hermoso de su maravilloso libro Patas Arriba: La escuela del mundo al revés, Galeano hace una historia que como todas las suyas es también fábula, dato, y metáfora. Nos dice que en 1994, la empresa petrolera Chevron, contaminante en grande del agua, aire y tierra californianos, estableció un refugio en los terrenos de la compañía para salvar de la extinción a una mariposita azul. El refugio costaba cinco mil dólares anuales. El lavado de cara publicitario protagonizado por la salvación de la mariposa costaba ochenta veces eso…por minuto. La impunidad, nos recuerda Galeano, es un producto muy barato.
El cuento es interesante y viene al caso por dos razones: Primero, porque demuestra una estrategia frecuente de relaciones públicas – buscar una causa simpática y “auspiciarla”, movida especialmente efectiva si el recipiente de la generosidad se encuentra en crisis fiscal (nuestro caso, justamente); segundo, porque con frecuencia estas aparatas (me refiero a las compañías como Lockheed y Chevron) eligen como “causa simpática” precisamente lo mismo que con su otra mano (con su mano dominante) destruyen. Así, Chevron elige una causa ambiental, y Lockheed opta por auspiciar la “ética” y la “paz”.
¿Seremos nosotros, los académicos, los colegiales, las maripositas (verdes) del Lockheed Martin?
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Printpicada de ojos: “desarrollo económico” para Puerto Rico
Me dice el Nuevo Día que “el secretario del Departamento del Trabajo, Miguel Romero, anunció hoy la creación de 1,040 empleos, mediante un contrato con Walmart.”
Aparentemente se supone que se trate de una buena noticia. Que me alegre. Porque resulta que, según me indica el titular, esto implica un “anuncio” de “puestos de trabajo para cesanteados.”
Primera Hora me confirma que en efecto, la intención va por ahí, y cita a Romero:
Tal vez en efecto sea buena la noticia. Después de todo, los únicos empleos anunciados después de la botada masiva de empleados gubernamentales en Puerto Rico eran en la industria de la construcción, haciendo que muchos se preguntaran cómo exactamente absorbería esa industria al personal cesanteado de tipo gerencial, secretarial y burocrático.
¡Walmart al rescate! Ahora los cesanteados podrán trabajar cobrando nada menos que hasta diez o quince centavos por encima del salario mínimo por hora en las tiendas Sam’s, Walmart, y Amigo, que continúan, indica la noticia, “creciendo”, y que por lo tanto absorberán a 1,040 desempleados, 60% de ellos a tiempo completo, el resto a tiempo parcial. Todo eso por la bagatela de tres millones de pesos de “subsidio” de WIA.
Tres millones de subsidio..añádale el subsidio menos visible, o mencionado, del seguro médico y otros beneficios que el estado tendrá que seguir pagando, por lo menos para el 40% que se queda part-time…Buen negocio, éste. No para el empleado, que de seguro trabajará mucho, cobrará poco, tendrá pocos o ningún beneficio y no podrá unionarse nunca, (cortesía del exitoso “modelo Walmart”) sino para la corporación, que de alguna manera ha logrado que le subsidiasen empleos que evidentemente tenía intención de crear al invertir en la construcción de las nuevas tiendas.
Puerto Rico, el paraíso: Donde la gente compra mucho y compra en Walmart porque es barato y los chavos están escasos, donde hay mucho desempleado dispuesto a trabajar treinta horas semanales en horarios impredecibles y sin beneficios y aceptar que eso se defina como un “part-time”, donde se pagan pocos impuestos y se repatrian muchas ganancias, y donde para completar, te subsidian los salarios, ya bajos de por sí.
Walmart, la compañía: La del ingreso bruto que supera al de algunos países; la que enfrenta uno de los mayores pleitos de clase en Estados Unidos, por discriminación salarial; la que se ha hecho famosa por despedir empleados de manera preventiva, para evitar uniones; la que si fuese un país, sería el número siete en relaciones comerciales con China, de donde obtiene muchos de los productos que vende; la que ha generado resistencia y, más tarde, resentimiento, por sacar pequeños negocios (sí, esos que al final del día empujan más la economía local, pagan impuestos y reinvierten en el país) que no pudieron competir con los bajos precios que los bajos salarios, tanto en la tienda como en las fábricas de donde obtienen sus productos, permiten ofrecer. Walmart, nuestro socio, nuestro “partner” para el desarrollo económico.Cuatro de los diez estadounidenses más ricos son de la familia Walton, la familia que todavía es dueña de 40% de las acciones de la compañía.
Hace algún tiempo comentaristas auto-identificados como “de clase media” tronaban en facebook y subtitulaban la prensa en línea contra las “guimas” y “los manteníos” “de caserío” porque recibirían una tarifa fija de luz.
¿Y contra las corporaciones mantenías, quién truena?
Printtodo por la belleza
Hace algunos días hablaba con mis estudiantes acerca de la paradoja de la belleza. La de cualquiera, pero especialmente la femenina. Nos referimos al mito de la belleza, una noción acuñada por Naomi Wolf y que se refiere a la existencia de criterios de belleza poco realistas, reforzados por el mercadeo de cada vez más (y más caras, y más sofisticadas) rutas para alcanzar una belleza…inalcanzable. Decíamos que es la imposibilidad misma de esa belleza lo que la vuelve poderosísima en términos de la mercantilización, porque abre espacios infinitos para la creación de productos que “ayuden” a las pobres mujeres, todas ellas inevitablemente imperfectas, a acercarse a la meta.
Los ejemplos cotidianos del mito de la belleza abundan: Maniquíes insólitamente flacos, y sin rostro, nos espían desde los escaparates; las muestras que reciben las modelos para vestirse son de tamaño “cero”, un tamaño matemáticamente absurdo porque implica no pequeñez sino inexistencia; la alquimia de unguentos milagrosos es una industria millonaria; y en un mundo donde los médicos escasean, las cirugías plásticas cosméticas son la orden del día. La misma lógica mercantil post-industrial que nos atosiga de comida chatarra nos ofrece también el rímel, la faja, el gimnasio y el fataché.
Poco después de la clase, una estudiante me envió un video que a pesar de ser en sí mismo una herramienta de mercadeo de una marca de productos particular, ilustra muy bien lo remoto que resulta este falso ideal de belleza:
El video es útil (gracias a Karla por compartirlo) porque muestra con claridad dos niveles de “falsificación” en esto de vendernos el mito de la belleza. Primero, la modelo es maquillada, peinada, y arreglada hasta parecer otra. Más adelante, su foto es manipulada hasta lograr una representación de la belleza que es todo excepto “natural”.
La modificación de una imagen usando photoshop (o su equivalente) implica la manipulación tanto de la imagen o foto como de las mentes vulnerables de consumidores potenciales. Otro tipo de manipulación, igualmente interesante, lo es el uso y modificación del arsenal médico para corregir “defectos” físicos según la moda. Tratando de alcanzar lo inalcanzable, no solamente nos tostamos y pintamos el pelo y la piel, sino que le metemos cuchillo a párpados, narices, muslos, senos, batatas y panzas, unas veces para agrandar y otras para achicar.
Hace unos días me alertaron sobre la existencia de un producto que bota la bola; Latisse, se llama, y su portavoz Brooke Shields adorna este “post”. Si usted no está contenta con el largo y densidad de sus pestañas, ya no tiene que pasar trabajo usando mascara, sino que puede untarse este líquido, que contiene a saber que químicos, en su párpado y voilá – pestañas gruesas y saludables. Claro que puede enrojecer, irritar u oscurecer su piel, o causarle picor o conjuntivitis, y ni hablar de los efectos secundarios desconocidos en virtud de la premura con la que tenemos que lanzar todo fármaco al mercado, pero no importa. Todo sea por la belleza, y ahora hasta su doctor se apunta en esa gesta.
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