los libros del diablo
Es un escándalo compuesto, un gestalt de partes escandalosas que juntas producen más que su mera suma…Me refiero a la noticia del Vocero donde el subsecretario de Educación anuncia (agárrense, que ahora sí que sí) que por instrucciones de su jefe estarán “sacando de circulación” cinco libros actualmente utilizados como parte del currículo de español de undécimo grado en las escuelas públicas del país, porque contienen “palabras soeces”.
Vayamos a las partes. De hecho, de “partes” se trata precisamente el problema principal de los libros en cuestión, que según nos indica el subsecretario, hacen referencia a los genitales masculinos y femeninos utilizando para ello “términos vulgares”. Cuestionado sobre el valor literario de los libros, el co-piloto del departamento reconoce que “no los ha leído” pero que miró tres páginas y en efecto contienen “vocabulario burdo y soez.”
A mí, pobre lectora atónita de viernes en la noche, me asusta el vocabulario burdo , pero no el de los ahora prohibidos autores de las cinco obras que el hombre cita, sino el de los comentarios que, bajo la noticia, expresan aprobación por la decisión secretarial. Uno de ellos le sugiere que no le “heche” con hache la “curpa” con erre a la pasada administración, porque de seguro es culpa de los maestros; otro presagia un piquete liderado nada menos que por Julio Muriente y los “invasores” de Villas del Sol, a quienes conecta con los libros en un ejercicio de deducción de lógica desconocida y a quienes llama, de paso, “buscones” y “aprovechados”; más abajo, otro le advierte que se cuide de los líderes obreros, ya que son “el mismo escremento”, con ese, que los socialistas y sucios boricuas que se querían “colar” con “el librito”.
Eso sí que es lenguaje peligroso. Disparatado en contenido y forma. Creo que lo que más me escandaliza de la noticia no es tanto que se prohíban libros con alguna excusa de carácter moralista (después de todo, era bastante claro que ese tipo de cosa se avecinaba), sino más bien la superficialidad del razonamiento con que se justifica la purga en cuestión. Nerón toca el violín – y Roma arde. El país está profundamente JODIDO (creo que es la primera palabra soez que uso en este espacio, pero el amable lector sabrá disculparme, porque he sido provocada) económica, social, y moralmente, y esta gente se pone a mirar los libritos.
Esta acción, por lo llana, es el complemento perfecto para las soluciones propuestas para problemas como el de violencia doméstica (que los hombres en ciernes firmen un papelito), el del desempleo (que los botados visiten una página web o un kiosko para pulir su resumé y recibir capsulitas terapéuticas que les ayuden a alcanzar la felicidad), el de las comunidades pobres (no sea garrapata y resígnese a mirar a los ricos, que puede que hasta se divierta), la criminalidad (no beba, sobre todo si es joven), y la crisis moral (que recen, digo, que mediten sobre ocho de los diez mandamientos cristianos en las escuelas por las mañanas.)
El liderato del departamento de educación le hace un flaco servicio, con esa lógica liviana, a este querido y maltrecho país, incluyendo tal vez especialmente a los ciudadanos que aprueban vigorosamente la prohibición con sus comentarios en el periódico y que evidentemente necesitan ponerse a leer algo, pronto. Tal vez un diccionario. O tal vez el Entierro de Cortijo, uno de esos libros que los muchachos y muchachas de grado once ahora no leerán.
Rapto
No, el tema de esta entrada no es policiaco, ni bíblico. Se trata del nuevo libro de Winifred Gallagher, que examina el rol de eso que llamamos atención en la felicidad, la psicopatología, la salud, la productividad y las relaciones afectivas.
Protagonizan el texto gente tan variada como un grupo de psicólogos cognitivos, varios practicantes del budismo, neurólogos y psiquiatras que estudian, cada disciplina a su manera, el tema de la atención; filósofos y científicos muertos cuyos textos y preocupaciones sirven para demostrar que no es un asunto del pasado sino uno cuya importancia desafía la moda y los tiempos; y algunas personas, tal vez menos famosas, que en su cotidianeidad ilustran la idea central del libro: Para vivir una vida lo más plena, llena, saludable y productiva posible es esencial prestar atención al momento presente.
Es uno de esos libros nuevos que dicen muchas cosas viejas…pero que las dicen muy bien, enlazando temas que por sí solos podrían rayar en el cliché de manera suficientemente novedosa como para capturar…er…nuestra atención. Y los enlaza llevando el mismo tema por vericuetos variados, que van del dato curioso a la síntesis inclusiva y hasta la aplicación práctica: Demostrando, por ejemplo, que tener demasiadas opciones tiende a enfocar nuestra atención en diferencias triviales (alguna vez ha estado días ponderando de qué color comprar el carro o de qué personaje de disney hacer el cumpleaños de un infante?), y que los viejitos suelen reportar más momentos de felicidad que los jóvenes (porque son capaces de gozarse la sonrisa de un bebé o el gorjeo de un pájaro); Que el runner’s high, el éxtasis de la meditación profunda, y la concentración productiva que redundan en una obra de crochet o en una cirugía de corazón abierto se parecen mucho, fisiológicamente; y que estar absortos en la actividad o contexto presentes (las nubes, la escritura, el ejercicio, o el chocolate) es lo mejor que podemos hacer para mejorar nuestra calidad de vida.
De hecho la idea de estar verdaderamente envuelto en la actividad que nos ocupa aplica hasta para aquellas actividades que suelen ser atacadas precisamente porque afectan negativamente nuestra salud o nuestra calidad de vida. Me refiero a cosas como ver televisión, comer helado, o leer el correo electrónico. El problema con estas cosas no es tanto que las hagamos, sino que las hagamos en piloto automático, y por ende en exceso y sin dedicarles esfuerzo mental. Matamos al tiempo, para aludir a una entrada reciente, no necesariamente por lo que elegimos hacer con él sino con la atención que le dedicamos a sus momentos.
Al leer me siento un poco aludida, porque siempre he estado un tanto orgullosa del hecho de que veo mínima televisión y que cuando lo hago, siempre busco una segunda tarea (doblar ropa o leer un libro). Tal vez el acercamiento de mi abuelita era mejor. Tampoco veía mucha tele, pero cuando lo hacía, era de manera intensa, apasionada. En la novela de las siete de turno, la encontrábamos sentada frente al aparato, con ambos pies en el suelo y el torso ligeramente inclinado hacia al frente, como optimizando una respuesta física en potencia; el ceño fruncido; las manos apretadas; “no” decía, “no, no le abras la puerta, estupida! es malo!”. La vieja no veía tele, sino que la vivía. Expresaba a viva voz, y a modo de comentario continuo con bastante carga emocional, su opinión sobre las acciones y cualidades de los personajes. Y al terminar, se burlaba de sí misma y de “esa porquería de novela”.
Si vamos a ver tele, o usar facebook, o cargar con berry’s o con i-phones, lo hacemos mejor si hacemos una cosa a la vez. Y bien hecha. Absortos. También si vamos a escribir en un blog, o jugar con un niño, o picar lechuga para una ensalada. Y también, especialmente, si vamos a expandir los horizontes de nuestra mente, y por ende de nuestra capacidad para la plenitud y la felicidad, aprendiendo guitarra, o filosofía, o jardinería, o yoga, o cálculo, o cocina vegetariana, o reglas de puntuación…Nuestro foco, tanto en calidad (en dónde enfocamos) como en cantidad (cuánto enfocamos) no solamente afecta nuestras desiciones cotidianas, sino que al final, muy bien podría definir quiénes somos. Pongamos, dice Gallagher, el mismo cuidado (o más) en elegir a los objetos de nuestra atención como el que ponemos (¿perdemos?) eligiendo el color, modelo y cantidad de botones de la lavadora; y una vez nosotros, o la vida, los elige, dediquémosle nuestra total atención.
*imagen de: spaceyogasuit.wordpress.com
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