Mirando con incredulidad lo cotidiano, y buscando humanidad en lo “exótico”.

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ciencia-ficción..y un huevo.

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Estuve viendo Blade Runner con mi familia hace unos días. Había olvidado un poco la línea narrativa, pero conservaba un recuerdo más o menos claro de las otras cosas que contribuyen a su estatus de clásico en el género: Buenas actuaciones (me gustan especialmente las de Ford, Hauer, Olmos, Hannah y Sanderson); el logro, vívido y nominado para un Oscar, de un contexto planetario post-industrial oscuro y decadente, del cual, sabemos desde el comienzo, muchos humanos están huyendo, para buscar fortuna lejos de una Tierra contaminada, en las nuevas “colonias”; y la exploración, dentro de un libreto famoso por su parquedad, de temas fundamentales como la mortalidad, la humanidad, y la codicia.

La película tiene muchos méritos. Pero no pudimos evitar sonreír al comparar el imaginario futurista de la época (1982) con la dirección real que el avance tecnológico ha tomado. En el año 2019, según Blade Runner, el paisaje es dominado por billboards enormes, carros voladores y máquinas que hablan. Hay una ruidosa impresora conectada a un no-muy-grande televisor, y una cocina setentosa de pasillo. En la calle, la línea entre lo “artificial” y lo natural es explorada una y otra vez – con la ayuda de los ingenieros que diseñan y construyen los cerebros, las escamas, los ojos, los cuerpos, y las habilidades de criaturas “de mentira”, las más avanzadas de las cuales son también centrales a la historia porque son humanos en todo excepto en la longitud (o brevedad) de sus vidas (cuatro años.)

La cosa es que la representación de la hipermodernidad del 2019 (nominada para otro oscar de efectos especiales) de Blade Runner es sorprendentemente…mecánica, física, grande, obvia. Los carros, las criaturas, las máquinas enormes, los cables, los vapores, las bisagras, los aparatos. Un poco repitiendo el tema de un futuro posible “mecánico” visible en el interior de las naves y estaciones en Star Wars (aunque allí lo pintan como pasado, pero es más o menos lo mismo), y en 2001 (donde una computadora gigantesca lee labios y adivina intenciones).

La hipermodernidad que nos arrastra últimamente parece distinta, sin embargo, a esa visión…nos hemos movido hacia la maquinaria cada vez más pequeña y obediente en lugar de grande y pensante. Nuestros robots, en lugar de parecerse cada vez más a sus creadores, se parecen cada vez más…a una habilidad particular, que asume una posición utilitaria hiper-especializada en la línea de producción. Y el ciudadano común usa su tecnología para entregarse al placer de conocer e interactuar con otros seres humanos a través de cosas como chat, facebook y myspace, o para escuchar más música que antes, o hablar con mayor frecuencia por teléfono, o canalizar su inclinación creativa montando un blog…:)

Y no es que esas actividades sean idénticas a las del pasado. No lo son, y muchos han denunciado el peligro de la soledad que acecha tras la aparente comunión en facebook o en el celu, o los riesgos de la vida abiertamente adicional que algunos juegan en cosas como Second Life. Pero el punto es que lejos de meternos en un futuro mecánico, distinto, parecería que hemos utilizado la tecnología para optimizar la misma interacción humana (el amor, el odio, el chisme, el intercambio de información sobre otros humanos) de siempre. Tal vez a expensas de algo más “real”, pero con las cualidades familares a la actividad humana de 100,000 años para acá.

Todo esto es un poco como el fenómeno que algunos etólogos han reportado entre ciertas especies de pájaro, que puestos a elegir entre su huevo y una pelota de golf, prefieren la pelota – justamente porque parece un huevo, en el sentido de que “optimiza” las cualidades que hacen al huevo visible y que la selección natural ha favorecido en el pájaro en cuestión, para maximizar la supervivencia de sus genes. Es decir: a través de la evolución de esa especie, la capacidad de identificar y proteger el huevo ha evolucionado por un mecanismo visual que le permite reconocer un objeto bastante redondo en un entorno donde la redondez es inusual. Hasta que viene un humano y planta una pelota de golf. Entonces, la redondez de la pelota confunde al ave, que la piensa más “huevo” que su huevo. ¿Acaso será eso lo que nos ocurre con la tecnología? ¿Que nos facilita el desarrollo de relaciones sociales humanas más… sociales y con más humanos que las que obtendríamos por medios convencionales?

Volviendo a Blade Runner. La ciencia ficción de los setenta y ochenta nos imaginaba mecanizados, rodeados de “hardware”. En lugar de ese escenario, parecería que intentamos usar tecnología (más pequeña, más discreta, más basada en “software”) para hacer las mismas cosas de siempre: Crear, imaginar, hablar con y sobre otros humanos, e imaginarnos cazando vampiros, manejando naves espaciales, o sencillamente viviendo, a través de oportunidades, alternas a la existencia cotidiana, que la tecnología provee.

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