Mirando con incredulidad lo cotidiano, y buscando humanidad en lo “exótico”.

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imagen y sonido

foto:r.alcaraz, diálogo digital

Estoy lejos.  Observo a través del lente de los medios (y de facebook, que se ha convertido en una herramienta muy  útil para obtener noticias rápidas, gracias a los amigos que generosamente comparten las noticias) lo que pasa en la universidad.

Es como un sueño.  Uno de los malos, claro.

La policía se concentra en los predios de la Yupi.  Y no sólo la policía así, a secas. También, tal vez especialmente, la policía a caballo, la policía de negro, y la policía rodeada de escudos gigantes, como soldados romanos, escudos para protegerse de…¿qué?

Pues de ese ejército temible de estudiantes sentados en el suelo practicando, tras entrenarse y anunciarlo públicamente,  desobediencia civil.  La policía se acerca, para que los sentados puedan sentir el aliento de los caballos, el nerviosismo de los cascos.  Los pellizcan con tecnología y técnicas que a saber desde cuando querían usar y para las cuales no encontraban el cuándo, o el quién.  Los empujan con escudos, se los llevan cargados, los arrestan.  Los persiguen por las calles de la capital.  Les compartamentalizan la protesta (con carteles designando zonas específicas para ello),  y luego les cambian las coordenadas en pleno asunto. Literalmente, he visto como mueven el cartel de lugar.

[En el recinto donde trabajo, han puesto el cartel lejos, muy lejos, de cualquier edificio universitario. Para que los protestones protesten al son de los coquíes y de los grillos.  Pero eso es otra historia.]

Al mirar la escena de lejos, se me ocurre que si yo fuera un alienígena, o al menos un extranjero bastante despistado, de momento me parecería que en la universidad hay un enemigo terrible.  La impresión, la imagen, estaría basada en la cantidad y variedad de policías.

Luego está el sonido.  Jerarcas policíacos que me aseguran que allí hay “puntos” para desarticular, y que hay que proteger estudiantes que sí desean tomar clases; Administradores universitarios que justifican la locura de la intervención militarona apelando a las acciones violentas de unos misteriosos encapuchados, acciones que al parecer, todo el mundo desaprueba.

Pero el caso es que a la hora de arrestar, no hay encapuchados, casi nunca arrestan a los encapuchados, a menos que sean Tito Kayak, porque a ese siempre lo quieren arrestar, sino que parecen preferir, en eso de los arrestos, a muchachos y muchachas comunes y corrientes, desarmados, capturados mientras hacen cosas tan inofensivas como hablar por megáfonos o repartir papelitos.  O sentarse en el suelo.

Entonces, piensa el extranjero o el alienígena, o la bloguera, entonces se trata de otra cosa.  Se trata de enviar muchos policías para crear la impresión de que allí, en la Universidad, hay un terrible enemigo del pueblo (porque ¿para eso es la policía, cierto? para proteger al pueblo?), y se hace mucho ruido, se habla en los medios de la gran amenaza que son los estudiantes, para hacer la imagen más creíble…Como en las películas baratas, donde de repente se oscurece la escena, para entrarnos el susto por los ojos, y simultáneamente suena la música siniestra, para entrarlo por los oídos…

Imagen y sonido, para beneficio del ciudadano común con algún interés en hacer democracia más allá del ocasional voto, y que se está quedando esgalillao y bruto tratando de reaccionar al karso, el gasoducto, el corredor, la universidad, el colegio de abogados, el tribunal supremo…

Mientras tanto, en esa curiosa contracción del espacio que el internet y la posmodernidad permiten, tengo el New York Times abierto en otra pantalla y busco entender lo que ocurre al otro lado del mundo, en Egipto, donde las intensas protestas han recibido una reacción sorda y represiva por parte del estado.  Y, tal vez porque están las dos pantallas abiertas a la vez, Egipto se siente, de repente, muy cerquita, y suena terriblemente familiar.  Un miembro del partido oficialista egipcio confía en que el cansancio les dará la victoria.  Otro habla de “ley y orden” para justificar sus acciones.  Otros acusan a los protestones de ser pocos, o de ser un sector con intereses ideológicos particulares.  Amenazan con arrestos.  Mientras tanto, las libertades democráticas son erosionadas en nombre del orden, y las tropas traen el desorden de la represión a la calle.

Los periodistas que escriben el artículo recuerdan la pelea en los setenta de M. Ali contra George Foreman, en donde Foreman daba golpes, golpes, golpes, peleaba solo, y Ali esperaba…hasta que Foreman estaba débil, exhausto.  Y entonces Ali lo noqueó.

A todo esto, el presidente de la UPR anuncia, orgulloso feliz, que “el 94%” de los estudiantes se ha matriculado.  51,000 estudiantes. Claro que eso no es el 94% de los estudiantes que estaban matriculados el año pasado, no: es el 94% de los pre-matriculados.  De modo que la alegría del presidente me resulta bastante insólita (sí, mi capacidad para sorprenderme todavía, a estas alturas,  le puede estar resultando insólita al lector.) Pero es que 51,000 estudiantes es 14,000 estudiantes menos que los que había. La UPR ha perdido aparentemente 14,000 estudiantes. Casi llegan a los 50,000 que la Junta de Síndicos calculaba y quería, no hace mucho.  No es que la van a romper-es que ya la están rompiendo.  La UPR, según esos números, ha perdido sobre el 20% de sus estudiantes. Eso es una buena noticia ¿para quién? No para mí. No para el país.

Es como un sueño. Uno de los malos, claro.

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coca, cacos, cucos y la universidad

A diario escucho la condena a los estudiantes.  A veces es una condena feroz, como la del ex-gobernador Romero Barceló, que ayer, jadeante, los tildó de “manganzones”, y los acusó de gastarse la beca Pell en alcohol (!), cigarrillos y hasta coca. O la de Rivera Schatz, que para responderle al anterior opta por regresar al discurso del “grupúsculo diminuto” que no tiene “apoyo del pueblo”. A las condenas feroces podría respondérseles, y se les responde, con cosas como que la Pell no daría para la coca aunque la usaran, con que los chavos se usan para libros y comida, y con que los verdaderos manganzones son los ex-políticos que se niegan a limitar su infamia a la memoria histórica de los pueblos e insisten en su propia relevancia. O con que los políticos del presente deberían 1)cumplir con sus promesas de vigilar policías abusadores y 2)aprender a contar bien-porque el “grupúsculo” sigue constituyendo quórum y ratificando la huelga que los propios administradores legitiman convocando una asamblea tras otra, en la búsqueda infructuosa de la mitológica “mayoría silente”.

A veces la condena es mas bien desconcertante, como cuando, viéndolos macaneados, los acusan de haberse buscado el macanazo en cuestión “provocando” la ira (¿del policía? ¿de Dios? ¿de la propiedad privada?) porque se burlaron, o porque se “pasaron de la raya”, o porque “siguen pidiendo”, o porque no protestan “en los lugares y momentos adecuados”, o por sus largos pelos, o por sus “fresquerías”…O porque, como dice la amiga y colega Lissette Rolón en una de las fábulas que construye sobre la huelga, osaron sentarse “en la misma mesa con el gobierno siempre, como co-dueños de un bien público…” La “raya” que los muchachos ofenden al cruzar es casi siempre literal, geográfica, espacial: Hay quienes quisieran ver (o más bien, no ver) a los estudiantes apiñaditos en algún rincón irrelevante, protestando calladamente, sin molestar. Los que así piensan equiparan la democracia con la invisibilidad o la discreción de la disidencia.

A veces la condena es (en comparación con las dos variedades anteriores) casi gentil, acariciadora, como cuando sus colegas y los nuestros conminan a los huelguistas a salirse de los portones, de prisa, por favor, para que otros puedan entrar a dar clase/tomar clase/hacer investigación/graduarse. Aquí el problema no es tanto el reclamo (los universitarios, todos, tendemos a creer en una universidad abierta, colectiva, utilizable, de modo que el reclamo tiene su justicia), sino a quién se le está haciendo ese reclamo: ¿Por qué no le decimos eso mismo a los Síndicos y administradores? ¿Que deroguen la certificación conflictiva, aclaren el asunto del alza fantasmal de matrícula, quiten las sanciones y nos dejen abrir los recintos de una buena vez? ¿Que habiliten las estructuras de diálogo que están secuestradas: los no- convocados senados, la no-convocada junta universitaria? ¿Qué tal pedirles que defiendan al estudiantado que recibe becas, peludos o pelones, dentro o fuera de los portones, de las alocadas acusaciones de Romero?

Una máquina del tiempo, usted y yo somos los clientes, alguien (¿Rodríguez Ema?) sonríe, masculla alguna cosa, nos conecta los cables necesarios, y emergemos del aparato metidos en un anacronismo insólito: Un país en donde nos aplican una “medicina amarga” globalmente desprestigiada en los noventa, en donde se asoma además la cabezota fea, igualmente desprestigiada, de una estrategia política, la de la opresión, el carpeteo y el exceso policíaco, que creíamos superada, donde gobernadores del pasado surgen,  zombies manchados con sangre de maravilla, a insultar a los estudiantes, emisarios de un futuro posible. Donde los abogados de la universidad, inesperadamente, renuncian y en su lugar se instalan nada menos que los de McConell-Valdés, arquitectos del fortuñismo y de las apepé formales e informales.

¿Y qué hacen los muchachos y muchachas de la Universidad con todas esas condenas? La mayoría de ellos las contesta con serenidad, y sigue trabajando.

Rushdie tiene una novela, Shame, en donde un personaje se vuelve peludo (muy peludo) porque carga en sí toda la verguenza (bueno, “shame” es una de esas hermosas palabras que significa varias cosas, entre ellas, verguenza y culpa) de los que no tienen o asumen ninguna.  Tal vez los llamados “pelús” de los portones cargan con la verguenza, con la dignidad, con la responsabilidad, del colectivo. Basta ya de condenas: Hay que dirigir el reclamo universitario hacia donde debe ir.

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ok, hablemos de “ideologías”: huelga y neblina en la upr.

Una de las acusaciones lanzadas con más frecuencia en dirección de los estudiantes que, en todos los recintos de la UPR, ocupan los portones universitarios en lo que se ha convertido en una huelga histórica, es la de “ideológicos”.  Es una acusación que escucho en la radio y leo en el internet todos los días. Por “ideológico”, los que acusan implican que los huelguistas están guiados por una motivación de tipo separatista, y que es esa la “verdadera” agenda.

No voy a “defender” aquí a los estudiantes de esa acusación.  Eso es caer en la lógica del que acusa.  Hoy vengo a plantear las ideologías  que el “otro lado”, el de las autoridades gubernamentales y universitarias, muestra.  De aquellos que se oponen a la huelga y que repudian el comportamiento de los estudiantes por ser “ideológico”, sin prestarle  la atención a la bíblica, enorme, super-ideológica viga en el ojo propio.

Comencemos por la Junta de Síndicos.  Sin entrar en consideraciones históricas sobre su formación, se trata de un organismo que tiene como función velar por los intereses de la universidad pública.  El Reglamento de la Universidad de Puerto Rico y la página de internet de la misma Junta la definen como sigue:

“La Junta de Síndicos es la Junta de Gobierno de la Universidad de Puerto Rico y el Organismo en el cual el Pueblo de Puerto Rico ha delegado la autoridad para dirigir, orientar, reglamentar y gobernar el Sistema Universitario. En el ejercicio de esos poderes, y en representación del interés público, la Junta debe velar porque la Universidad responda a las necesidades de la sociedad puertorriqueña y constituya un elemento esencial en el esfuerzo de darle solución a los problemas con que se confronta nuestro pueblo. La Junta debe estimular el desarrollo de los talentos y recursos de la Universidad para convertir en realidad los valores fundamentales de nuestra sociedad...”[Énfasis mío. Para leer el reglamento pulse aquí]

La Junta es así la fiduciaria, o guardiana, de los intereses del país relativos a las funciones de la universidad. Debe representar el interés público. ¿Cómo ha estado llevando a cabo esa función últimamente? Veamos:

  • Aceptó, sin chistar, la alteración de la base de la fórmula de asignación de presupuesto para la UPR que generó la mayor parte del cacareado déficit. En lugar de tratar de impedir el déficit original, lo acepta como un hecho y le pasa la cuenta, la receta de la “medicina amarga” a la institución que dice proteger.
  • Ante la rebelión estudiantil, se sientan a “negociar”. Como parte de la negociación, proponen eliminar aquellas exenciones por mérito que le sean otorgadas a estudiantes que, por desventaja socioeconómica, cualifiquen para recibir beca Pell.  Es decir, de hecho recomiendan reservar la educación GRATUITA para aquellos que NO tengan necesidad económica.
  • Ante la insistencia estudiantil, expresada democráticamente de distintos modos, incluyendo asambleas sugeridas insistentemente por la propia junta y llevadas a cabo con debate y  con quórum, se ofenden, y aprueban no solamente la presencia policiaca sino el cierre indefinido de la universidad.

En 2008-9 (pulse aquí para el informe)  se otorgaron 22,508 exenciones,  promediando $671, para un total de $15.1M, por lo que el ahorro para la Universidad sería del orden de 67% de $15.1M (proporción de estudiantes de la UPR que recibe beca Pell) o de $10.1M.

Digamos que la propuesta de la Junta le ahorraría a la UPR  diez millones. En repetidas ocasiones, representantes de la administración universitaria han indicado que el cierre acarrea pérdidas equivalentes a un millón diario.  Esto solamente en Rio Piedras y solamente en la Universidad, sin contar los gastos adicionales de, por ejemplo,  policías estatales para “vigilar”  a los muchachos.  ¿De modo que con tal de ahorrarse diez millones anuales, están dispuestos a perder, como mínimo, sesenta? ¿Y por qué la obsesión con esos diez millones, cuando la insuficiencia económica presupuestaria proyectada para el próximo año es de 134 millones, según la OGP? ¿Qué sorpresas nos tendrá la Junta para los otros 124 millones que faltan?

La única explicación para el comportamiento de la Junta es que han claudicado su rol de custodios del patrimonio académico, del capital cultural del país, e incluso de la muy cacareada salud fiscal de la UPR, para convertirse en portavoces de una postura ideológica, tan ideológica, o más, como la de los muchachos que hace un par de días alegremente cambiaban  la bandera pecosa por la monoestrellada.  La ideología de la medicina amarga, del shock and awe, del quitarle fuerzas a la inversión pública.  La ideología del sálvese quien pueda, porque el mundo es del capital y el conocimiento no es una prioridad para el estado.  La ideología que tanto le ha costado a América Latina y al mundo. Como dice Galeano: En momentos como éste, cuando esta Latinoamérica nuestra sufre, con el resto del mundo, las consecuencias nefastas del desplome de la avaricia del capitalismo salvaje, hoy más que nunca, no nos podemos dar el lujo de darle la espalda a nuestros estudiantes.

Por supuesto que los estudiantes huelguistas tienen motivaciones ideológicas.  Representan la creencia en la inversión pública y especialmente en la educación pública, representan la idea de que la universidad accesible es importante para la calidad de vida de los pueblos, representan la esperanza en una existencia en que se pueda obtener calidad de vida no sólo por el tener sino por el saber.

Hace unos días, el analista estadista Ignacio Rivera recordaba las palabras de un militar estadounidense a propósito de Vietnam: Fue necesario destruir la villa para poder salvarla. McNamara diría tal vez que esa destrucción representa, en la neblina que es  generada por la guerra, la pérdida temporera del norte ideológico, de la razón primera. Acá podríamos alegar que la obsesión que la Junta demuestra con el tema de las exenciones (aún a costa de sesenta millones) representa la pérdida temporera del norte de su misión fiduciaria, en la neblina creada por el conflicto actual.

Pero temo que no.  Me temo que más que la pérdida del norte ideológico, que debería ser consistente con la misión de la Junta, lo que estamos presenciando aquí es la revelación de las ideologías que verdaderamente guían las acciones de la alta gerencia académica de hoy.  Son las ideologías que describe Klein en Shock Doctrine, las que han guiado la transformación económica de países tan diversos como Chile y Polonia, las que tienen como único norte la liberalización extrema de los mercados y la destrucción de la inversión pública en asuntos que no generen capital en el corto plazo.  En ese marco de referencia, la universidad privada es la que tiene sentido, y la pública es un lastre, un costo, que hay que abaratar para el estado y encarecer para los individuos. En ese marco de referencia, el estado se reduce en toda inversión social, pero se crece en su rol de administrador de la mano dura.  La Junta no quiere negociar con los huelguistas: quiere domarlos, darles una lección. Por suerte, el país no está de acuerdo.

Si nos vamos a preocupar por las “ideologías” de los actores protagónicos de esta huelga, propongo que nos fijemos para variar en las de la gerencia, y dejemos de momento a un lado las de los “pelús”.

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picada de ojos: la universidad, enmarcada.

El mensaje del gobernador, especialmente la sección sobre la UPR, fue indignante. Nefasto.  Y efectivo.

Y al decir “efectivo” no quiero decir ni que tiene razón ni que habla con verdad.  De hecho hay varios momentos que ejemplifican muy bien el uso resbaladizo, fragmentado, que suele dársele a la verdad en este tipo de mensaje político, independientemente de los bandos, los colores, o la ocasión histórica.  Como cuando habló del “porciento fijo” que representa el presupuesto de la Universidad pero olvidó aclarar que la base sobre la cual se calcula ese porciento fue alterada, como parte de los contenidos aprobados en la todopoderosa Ley 7.

Pero no vengo a hablar de las medias verdades sino de la efectividad del mensaje.  Por “efectivo” quiero decir que probablemente logra su cometido.  Cometido que, por cierto, no tiene nada que ver con convencerme a mí.  Ni a mí ni a los tantos otros que vivimos enamorados y enamoradas del concepto, del espacio, de la idea, de la metáfora, de la institución y del proyecto cultural que es la Universidad de Puerto Rico.  No.  De hecho, una de las cosas que hace efectiva esa sección del mensaje es justamente eso-que de entrada, el gobernador NO nos está hablando.  Ha decidido no hacerlo.  Nos “tira a pérdida”, no intenta convencernos, y convierte ese exilio (no somos parte del acto comunicador sino espectadores del mismo) en parte de la estrategia de comunicación.

Y esto no es una movida discursiva particularmente original, ni nueva. Es un clásico de los comunicadores políticos conservadores en Estados Unidos.  Lakoff y otros linguistas lo llaman “framing”, y se trata de una forma de comunicación política estudiada, probada, y en el desarrollo de la cual se ha invertido mucho dinero.

Es importante recordar que “framing” tiene el significado literal de enmarcar (lo que le hacemos a las fotos y los cuadros) pero también el más metafórico de  incriminar (lo que le hacemos a las personas cuando los hacemos quedar mal, o como falsamente culpables.)

El framing funciona así: Cada palabra está atada a un marco conceptual, del cual somos más o menos conscientes.  Un ejemplo que provee Lackoff es el de Arnold Schwarzenegger aceptando la gobernación, y diciendo “cuando el pueblo gana, la politiquería (politics as usual) pierde.” ¿Qué logra con eso? Logra enmarcarse a sí mismo, el ganador, como el resultado de la elección del pueblo y la encarnación de esa victoria, y a a la legislatura demócrata como “politics as usual” y pronta perdedora.  Todo esto por adelantado, anticipándose al debate.

Otro ejemplo que usa Lackoff: la frase “alivio contributivo” (“tax relief”).  Ésta enmarca no tanto al “alivio” como a las contribuciones – si hay “alivio” esto implica que las contribuciones son una “dolencia”, una “enfermedad” de la cual hay que aliviarse.  De manera similar, los conservadores en Estados Unidos se han apoderado de cosas como “los valores”, la “vida” , la “familia” y hasta de la “libertad”.

¿Y qué tiene que ver todo esto con el mensaje de hoy y con la universidad? Veamos el discurso de Fortuño:

“Como hemos dicho en el pasado, estabilizar nuestras finanzas y reconstruir la economía de Puerto Rico es tarea compartida de TODO nuestro pueblo…Es por eso que nuestra gente no entiende por qué, si todos nos hemos tenido que ajustar los pantalones en los pasados años, la Universidad de Puerto Rico no pudo hacer lo mismo.”

De entrada, hay un framing – una dicotomía entre EL PUEBLO y SU UNIVERSIDAD- colocados de repente, gracias al lenguaje, en bandos opuestos.  No se trata de la UNIVERSIDAD DEL PUEBLO, sino de una universidad distante del pueblo, y de sus sacrificios. La UPR queda enmarcada desde el arranque como una entidad ajena, elitista, enajenada y engreída.

Y así se desarrolla el resto de ese capítulo del mensaje: De una parte, la universidad del estado, representada por seres que en la narrativa de Fortuño, se rehúsan a reconocer su privilegio y a “ajustarse los pantalones”. De otra parte, todo el resto del país. Como lo hace aquí,

“O sea, que la matrícula que pagan los estudiantes de la UPR cubre apenas el 3% del presupuesto de la Universidad…el resto lo pagamos NOSOTROS LOS CONTRIBUYENTES.  Por eso es que nuestro pueblo—que es un pueblo justo y noble, pero que también es un pueblo de ley y orden que cree en la democracia—se molesta cuando ve y escucha lo que todos hemos presenciado en la Universidad en los pasados días.”

cuando pone de una parte a los contribuyentes (a.k.a. “el pueblo”, y justo en abril, cuando todavía nos duele el bolsillo), a la ley, y al orden,  y de la otra parte a los estudiantes huelguistas (y por extensión a la no-ley, y al desorden.)  Y aprovecha la alianza linguística para lanzar la no-muy-velada amenaza:

“El respeto al principio de la autonomía universitaria nos obliga a ser prudentes y no intervenir hasta que nos lo requieran las autoridades universitarias. Pero a las autoridades universitarias les digo: estamos aquí, listos y dispuestos para brindarles la ayuda que ustedes estimen necesaria, cuando ustedes así lo determinen, para proteger los derechos de TODOS los estudiantes….etc etc.”

Aquí hay varios “marcos” adicionales, actores de carácter en el drama linguístico entre el “ellos” de los universitarios y el “nosotros” del pueblo trabajador y desempleado: desde afuera, las autoridades gubernamentales, la “ley y orden” que se ha declarado ausente, esperan la invitación de las autoridades universitarias, “enmarcadas” como inefectivas. Paternal, pero por supuesto en el rol de “padre severo” que tanto les gusta a los conservadores de este corte, le dice a la universidad lo que tiene que hacer-y espera. Espera para aplicar la “cero tolerancia”, la “mano dura”, la “ley y el orden”.

Tan flexible es el lenguaje y tan efectivo el “framing”, que algún ciudadano podría olvidar, de momento, lo absurdo de un escenario donde los “malos” son los estudiantes que han dicho CON LA UNIVERSIDAD NO SE METAN, y los “buenos” son el gobernador, la legislatura,la policía, la fuerza de choque, las universidades privadas, los estudiantes que no quierem paro, los que no saben si quieren paro o no, los ciudadanos que trabajan y pagan impuestos, los que no pagan impuestos porque ya no trabajan, porque los botaron,  la Ley 7 que los botó, la administración universitaria…

El desafío es claro.  Hay que recordarle al país que la UPR es el sistema universitario del país, del pueblo.  Que su costo real por crédito es mayor que el de las privadas no porque sea más “ineficiente” sino porque se trata de un proyecto cultural que va más allá de (y que enriquece) las aulas. Que sus tasas de graduación son las mejores del país.  Que produce la mayor parte del conocimiento científico y humanístico del país.  Que su destino y el de Puerto Rico están atados uno al otro con lazos  de fuerza, de antiguedad, y de una lógica racional y emocional que tal vez al gobe se le escape pero que no deja por ello de existir. Que la universidad nos permite imaginar y construir futuros. Que romper a la universidad es en cierto modo romper el espíritu colectivo, el ethos, la cosa, el no sé qué. ¿Que se equivocan (nos equivocamos) a veces los que la habitan? Pues claro que sí.  Pero la UNIVERSIDAD es mucho más que las partes que la componemos, y (¡tan distinta del mercado!, ¡y de la ley!) nos perdona.  Es otra cosa. Es nuestra.

Y esa cosa, esa cosa que es el país, nuestro gobernador y su bandera no la entienden.  Busquemos de nuevo el lenguaje, expliquémosla otra vez.  Algunos ya han empezado-para leerlos, pulse aquí, aquí, aquí y aquí. Yo me voy a dormir, y a buscar las palabras.

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ibarra, el sol, y nuestra sombra

foto:http://pr.indymedia.org

La saga de Villas del Sol continúa.  Ahora que (por fin!) la burocracia boricua se apresta para permitir el empapelado paso de los permisos de rigor, y así mudar a los vecinos del Villas del Sol a su nuevo espacio, le han asestado un nuevo golpe al Dr. Ibarra, prohibiéndole estar presente en la ceremonia.

¿Cómo así?

Los residentes de Villas del Sol representaban un problema para el gobierno, que a todas luces se disponía a sacarlos de allí.  De hecho en varias ocasiones les quitaron la luz y el agua.  Ibarra donó unos terrenos.  El gobierno puso trabas.  Ibarra insistió, y sectores del país le hicieron eco.  El gobierno alegó que no se podía porque los terrenos había que conservarlos. Ibarra riposta que se pueden permutar y así, voilá, el gobierno logra matar (¿dar vida?) dos pájaros de un tiro: conserva terrenos para el país y le da un hogar a un grupo de necesitados.

No debería ser tan difícil. Pero lo fue. Lo es, según relatan otros que han optado por dedicarle tiempo al cada vez más exótico asunto de ayudar a otros. [Pulse aquí para ver testimonios de Matria, Iniciativa Comunitaria y otros.]

Y digo exótico porque es complicado, y sus complicaciones, más que prácticas, son de carácter ideológico.  Alguna de esas trabas ideológicas son particulares al gobierno de turno – otras, tristemente, parecerían ser más masivas.  Al gobierno de turno (y a pesar de sus referencias ocasionales el “tercer sector”)  le molesta eso de la filantropía, especialmente si la misma es no-religiosa, independiente, apela a vocablos peligrosos como “justicia”, y resuelve cuestiones que le deberían tocar al estado,  desnudándolo como ineficaz.  O peor aún, derrumbando el discurso fatulo del “compassionate conservatism” que de compasivo no tiene nada y que los de acá han heredado de los de allá, usándolo de distracción para hacer poco o nada contra las necesidades reales del pobre y el marginado.

Pero eso más o menos lo sabíamos, y lo esperábamos.  La tendencia a mirar al pobre con pena pero sin intención alguna de ayudar, la convicción gubernamental de que  el pobre (y su familia) se merece su estado actual, la lógica ilógica de rescatar corporaciones grandes pero no gente pequeña, todo eso era evidente.  Pero a mí, lo que me ha estado angustiando últimamente son las expresiones colectivas de fobia al “otro”, enfocadas con especial ira en los pobres – y los extranjeros.

De hecho, y gracias a google, me he enterado hoy de que la fobia al pobre tiene nombre: aporofobia. En nuestro país, como he pensado en voz alta en este espacio, la fobia al pobre parece guardar una fuerte relación con la generación de una identidad colectiva, una “clase media” de leyenda, que el pobre, y sus espacios marcados como “de pobre”, amenazan.

En el caso de Villas del Sol, se añade un tercer elemento, una segunda forma de “otredad”, y el sentimiento que ella genera: la xenofobia.  Los comentarios de una parte del público, la prensa,y funcionarios gubernamentales giraban en torno a la “dominicanidad” de los vecinos de Villas del Sol, y la “mexicanidad” de Ibarra.

Por ejemplo, leamos la respuesta de un lector de la noticia de primera hora de hoy, que de hecho representa una especie de xenofobia “simpática” en el sentido de que alega sentir “pena” por Ibarra:

“Dr. Ibarra siento mucha pena por lo que le pasa, pero antes de hacer esa donacion debio, de haber pensado a quien le estaba donando ese terreno, la mayor parte de esa gente son dominicanos sin papeles en P.R. usted creo un monstruo si queria hacer algo bueno por la patria que lo acogio, debio haber viso quienes eran los residentes, esa gente asi son buscones, por que nadie con tres dedos de frente invade un terreno que no le pertenece. La proxima vez pienselo mejor o vallase a Mexico hacer la obra de caridad.”

Ahí está.  El problema, para este ciudadano o ciudadana, estriba en que 1)los pobres de Villas del Sol no son puertorriqueños e Ibarra tampoco, 2)la supuesta “dominicanidad” de los vecinos los hace ser unos “buscones”, 3)Ibarra debería hacer cosas por los puertorriqueños, que lo han acogido (y eso, que las campañas de turismo aluden constantemente a nuestra hospitalidad) y que si no cae en tiempo “ideológico” con el resto del país debe 4) irse.

El pobre y el extranjero, si se mantienen invisibles, no generan tanta fobia. Es cuando les da por querer hacer cosas que “no les tocan” que generan la manifestación colectiva de la fobia. Cuando a la abuelita del caserío le da por tener antena de satélite, por ejemplo.  Eso nos mata. Gesticulamos, chillamos, armamos lío.  O cuando al médico extranjero le da por llegar, ver el tranque entre los vecinos de Villas del Sol y el estado, y decir “que tal….que tal si en lugar de sacarlos a patadas y abandonarlos a su suerte les damos un terreno? yo tengo un terreno, yo tengo suficiente para vivir más que bien, me parece justo compartir…..”

Uf.  Un individuo que osa decirle al estado, con sus acciones, que no está haciendo su trabajo. Que más aún, parecería insinuar que las nociones de justicia con las cuales el estado opera (nociones como, por ejemplo, de que no era “justo” dejarles el agua conectada, aún en plena epidemia de influenza, porque no la pagaban, y eso lo dijo el gobe con su boca de comer) no son las adecuadas.  Que para colmo, se toma el asunto en sus manos, lidera con el ejemplo, y todo esto….¿de un extranjero? Mucho tardó, el castigo a Ibarra.

La xenofobia y la aporofobia parecerían ser parte de nuestra sombra, como diría el colega Mario Núñez siguiendo a Carlos Jung. Es decir, parte del conjunto de características que son contrarias a la imagen propia, que percibimos como negativas, pero que igual nos definen y generan acciones. Queremos pensarnos generosos, justos, hospitalarios. Puerto Rico lo hace mejor. Pero nuestras fobias nos revelan una historia más compleja.

Bueno, suelto el teclado. Pero no sin antes, desde aquí, y por lo que valga, aplaudir de metafórico pie, sacándome el metafórico sombrero, las acciones de Ibarra y las de todos aquellos y aquellas que día tras día laboran el ingrato ejercicio de hacer lo correcto, no por caridad sino porque es lo justo, lo que hay que hacer.

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paros. parálisis. y parra.

Las descripciones del paro iniciado ayer en el recinto de Mayagüez de la Universidad de Puerto Rico varían.  El corazón de la discrepancia es un asunto numérico, una diferencia entre 1) las narrativas que alegan que “una minoría” del estudiantado (a.k.a. grupito, grupúsculo, y sector), descontento con un voto “abrumador” en contra del paro, tomó los portones por sorpresa y 2) las que describen la cosa indicando que aunque el paro de 48 horas fue rechazado en la votación, la segunda ronda (el paro de 24 horas) resultó mucho más cerrada, que los que se oponían al paro evitaron que hubiese quorum para votar apropiadamente sobre el asunto, y que cerca de la mitad de los estudiantes apoyaba el paro.

La diferencia, por supuesto, se amplifica a partir de ahí, agarrándose para ello de las abundantes herramientas disponibles en el imaginario ideológico: Los que favorecen y operacionalizan el paro son llamados (por adversarios y periodistas) “mafuteros” y “revoltosos”, los que se oponen se convierten en “vende-patrias”, y así por el estilo.  Las pancartas que portaban los estudiantes durante la asamblea reforzaban esta cuestión identataria, esta división en crescendo entre “ellos” y nosotros”: Las pro-paro leían “SI TIENES CHAVOS VETE PA LA INTER”, las anti-paro ripostaban “SI QUIERES PARO VETE PA LA YUPI.”

Los empleados de la universidad seguíamos el proceso con fascinación. De hecho el país sigue lo que ocurre en la universidad, especialmente en los portones de la YUPI, con igual fascinación.  Independientemente de lo que piensen sobre los muchachos, convenientemente (y estereotipadamente) transformados en dos “bandos” en la imaginación colectiva.  ¿Por qué son tan importantes los eventos liderados por estudiantes en la universidad y sus recintos?

Hace algún tiempo, desde arriba nos advirtieron que venía la “medicina amarga”.  Poco después, comenzaron a administrarla.  Descubrimos que la medicina era como la que aplicaban los barberos-médicos del medioevo, es decir, basada principalmente en purgas de diversos tipos. Si el paciente estaba malito, le sacaban sangre.  Hoy, si el país está malito, botan gente.

Mucha gente.  Y ese tipo de medida drástica tiene unos correlatos que la acompañan, aquí y en muchos otros países en distintos momentos del mundo.  Aumento en la cantidad e intensidad de la actividad policiaca, por ejemplo.

Shock and awe, se llama la estrategia.  Shock and awe, technically known as rapid dominance, is a military doctrine based on the use of overwhelming power, dominant battlefield awareness, dominant maneuvers, and spectacular displays of force to paralyze an adversary’s perception of the battlefield and destroy its will to fight.

Como parte de esa purga “medicinal”, a la UPR le alteraron la base de la fórmula que le da al sistema UPR los fondos recurrentes para operar. Unido a la contracción de la economía, la universidad está corta por un número que se ha estimado entre 130 y 200 millones.  Durante algún tiempo, ocupados con la toma administrativa de la UPR, o tal vez pasmados, en shock, paralizados por el despliegue de vigor y de fuerza de la agenda de la “medicina amarga”, no pasó nada.

Y de repente, surgen los muchachos, las muchachas. Muchos o pocos, peludos o pelones, de primer año o de octavo, con voto gritado, contado o de colores, emplazados o por emplazar, con una agenda clara o sin ella, sea como sea. El caso es que surgieron, tal vez porque

levantan el pecho
cuando le dicen harina
sabiéndose que es afrecho,
y no hacen el sordomudo
cuando se presenta el hecho (VP)

Y les han caído arriba, por supuesto.  Rodríguez Ema dijo hace un rato en la radio, refiriéndose a los que protestan en la YUPI, que se trata de “un grupo muy minoritario”, que no respeta que “la mayoria tiene unos derechos” que “están por la libre”.  Habló de la importancia de la ley y el orden.  Figueroa Sancha, hace ya algunos días, declaró con una autoridad que del conocimiento no salía que esos muchachos eran “estudiantes eternos”, “los mismos de siempre” que incluso estaban en la YUPI cuando él (!) estudiaba.  También habló de “ley y orden”.  Y esta mañana, en un sonoro ejercicio editorial, una emisora de radio importante declaraba que “nuestro pais es uno de ley y orden”, que “…hemos visto como el mismo grupito utiliza cualquier excusa para tomar la universidad” y que se trata de una intentona para “traer una ideología” (presumo que se refieren a la independencia) “por la cocina”.

Yo no sé. Seguiré mirando. Por lo pronto, sin embargo, mi primera impresión, mi sentimiento inicial, es el de que alguien, por fin, guiado por a saber que cosa (¿la energía de la juventud? ¿realmente importa?), salió del shock, salió del awe, y entró en acción, como dijo Violeta Parra, a quien le gustan los estudiantes,

que con muy clara elocuencia
a la bolsa negra sacra
le bajó las indulgencias.
Porque, ¿hasta cuándo nos dura
señores, la penitencia?
Caramba y zamba la cosa
¡Qué viva toda la ciencia!

Foto: Diálogo Digital

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[Edito para añadir lecturas recomendadas: columna de Efrén Rivera Ramos y comunicado de Cátedra UNESCO]

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tarifas, vagos, indignaciones, y otras vergüenzas de la cotidianeidad

Hace rato que tenía que haber escrito sobre este asunto de las tarifas fijas para los residenciales, o más bien (porque esto otro es lo que verdaderamente me llama la atención y me interesa) sobre la reacción que dicha política ha desatado.  Esa protesta colectiva, a viva voz, una ola de quejas que nunca he visto elevarse, al menos no con esa velocidad, para defender ninguna otra causa.  Ningún político pillo, o vago, o mantenido, ha desatado jamás semejante ira.  Los que por poco nos queman el país con el desastre de CAPECO nunca fueron blanco de una indignación así. El bono a los desarrolladores para que pudieran seguir construyendo (y vendiendo) en un país con sobre veinte mil viviendas vacías nunca fue discutido como “robo” o “parasiteo”.

Cuando decidí que finalmente escribiría sobre este asunto, tampoco escribí. No escribí porque quería producir un texto impresionante, conmovedor, o por lo menos ingenioso.  Tal vez sonoro, con esa sonoridad que con frecuencia exhiben tipazos y tipazas como Pérez Reverte, o Ana Lydia Vega, o Mayra Montero -esa sonoridad que emite el argumento en el volumen preciso, y en la frecuencia exacta, para que éste resuene en las neuronas y el corazón ajenos.  De modo que volví a no escribir.

Finalmente, supongo que hoy, decidí que igual tenía que hacerlo.  Primero, porque me dí cuenta de que no lograría la resonancia esperada (puede leer sobre “resonancia”, ese tan poético fenómeno de la física, aquí), justamente porque esa es la cualidad principal, y más repugnante, de esa indignación colectiva que hoy vengo a criticar.  Me resigno entonces a escribir cualquier cosa: un cruce entre desahogo y memo corporativo, un telegrama febril, una rabieta antipática pero inteligible, un carraspeo lanzado torpemente al mundo de la cibernia.  Que salga cualquier cosa, pensé, pienso; entramos luego y escribimos algo de seguimiento, más bonito, más sosegado, más intelectual.

Así que escribo.  Primero, para describir la cosa que enfrento aquí.  No se trata de la decisión de la tarifa fija – ni siquiera sé si esa decisión,la de otorgarle una tarifa fija de agua y luz a los que viven en residenciales públicos,  es buena, mala o irrelevante.  Probablemente, para ser honestos, en términos estrictamente económicos, es irrelevante. No lo sé.  Francamente, ni viene al caso.  Lo que me trae hoy a la ventanilla de editar una entrada en mi blog es la reacción popular a esa decisión.  Y ésta, señores, ha sido de miedo.  Los comentarios en los periódicos en línea chillan (sí, chillan, en chillonas mayúsculas) cosas acerca de esa “gentusa” (palabra que por cierto, muchos escribieron con ‘s’), que “vive del cuento”, y que “no trabajan para vivir del gobierno y de los que pagamos contribuciones.”   Hablan de irse a vivir en un caserío como si de hecho quisieran hacerlo. Hablan de un futuro donde el gobierno les dará internet gratuito también.  Hablan de plasmas, antenas y piscinas en todos esos hogares que, si una no hubiera visto de cerca, tendría que imaginar como fabulosos palacios de cuento, con fuentes cristalinas y luces de discoteca.

Pero la peor parte no fueron los periódicos, no.  Allí de todos modos siempre hay cuatro locos chillones comentando las noticias groseramente, de hecho esta vez han estado quizás hasta más educados que de costumbre.  No, la peor parte fue facebook, espacio en donde me comunico con lectores de esta cosa, con amigos, con familiares, con antiguos compañeros. Allí, me cuenta un lector, José G. (que por cierto ha escrito algo muy bueno sobre este asunto y espero que lo publique en algún lado, pronto), y acabo de verificar con mis ojitos, hay un grupo con casi cuatro mil miembros que se llama “estoy harto de mantener los vagos en PR con mis contribuciones” y que se describe a sí mismo de la siguiente forma:

“Este site es para establecer un final proximo a todos los vagos en Puerto Rico que no trabajan y se la pasan esperando la GUIRA del “MANTENGO” gubernamental, sea cupunes, ayudas, etc, etc, etc. Son todos aquellos que se la pasan perdiendo el tiempo en la casa, jugando juegos electrinicos y esperando el cheque del gobierno con una barriga que parecen nenes de World-Vision. Los magnificos parasitos que nos tienen a Puerto Rico en la bancarrota por estar manteniendolos como peces de agua dulce en estanque.”

¿”Establecer un final próximo”? ¿Qué es eso y cómo proponen lograrlo? ¿Genocidio? No, quisiera pensar que lo que en realidad desean es que todos tengan empleos. Los comentarios que leí hoy (hay páginas y páginas de ellos) dicen cosas como (esto es sin censura, lo copio tal cual, aunque me mate la “z” de “abuzo”)… “sin palabra, indignacion total….. Quien piensa en mi, en la clase media. no lo puedo creer. QUE ABUZO. por Dios agamos algo que yo me apunto, esto no puede seguir, ya no mas.”, y se ensañan con especial furor con las “guimas mantenías” que según ellos se dedican a parir y parir con toda la mala intención de continuar “parasiteando”.  Dice uno” “En especial a las Guimas cuponeras de caserio, no saben mas que paril hijos y no trabajan esperando los cupones, jajajaj…”  Hasta la foto revela odio – una mujer sobrepeso, de espaldas, con algo pegado de la bata en el área del trasero.

Yo pago contribuciones, muchas, fiel, legal y consistentemente.  Y mucha luz, y mucha agua.  Pero con toda franqueza, no creo que el furor que este grupo de facebook tan orgullosamente, y con tanta resonancia, exhibe,  se trate de eso exactamente, no.  Como pagadora de contribuciones, a mí me indignan el estado de las carreteras, el deterioro del sistema público de educación, la ausencia de transportación colectiva, la ineficacia del sistema de salud, la escasez de parques y áreas verdes, en fin, me indigna que mis contribuciones no se traduzcan en una estructura de cosas que podemos llamar el bien común y que se refiere a las cosas que nos benefician a todos: urbes limpias, menos autos, más salud, mejor calidad de vida.

Pero no, no hay un grupo de facebook que inste a Fortuño a garantizarnos ninguna de esas cosas.  Lo que vociferan las voces indignadas es que los pobres tienen la culpa, que nos engañan, que nos explotan.  Y yo quisiera aclarar un par de cosas:

  • Los pobres no nos explotan.  Lo que el estado invierte en mantener a sus ciudadanos más vulnerables es una chavería en comparación con los subsidios que reciben otras entidades, corporaciones, casi todas, que pagan muy pocas contribuciones,  generan muchas ganancias, y definitivamente no viven en un apartamento diminuto con ventanas miami y ruido de tiros en la noche, como viven muchos en nuestros caseríos.
  • La imagen del residente de caserío que ríe sonoras y siniestras carcajadas y se frota las manos porque nosotros, los contribuyentes, le pagamos un estilo de vida que incluye piscina, cable, antena, internet, losa italiana, o lo que sea, es una fantasía, o en el peor de los casos, una excepción. La mayor parte de los residentes del caserío preferirían vivir en otra parte.  Otros quieren vivir ahí, esa es su comunidad, y trabajan duro, con pocos recursos, para mantener sus apartamentos lindos, ordenados, y para bregar con el discrimen cotidiano que su geografía les acarrea.  Muchos de ellos trabajan, muchos otros desean desesperadamente trabajar y no encuentran empleo.
  • Ese punto es crucial: En Puerto Rico, la tasa oficial de desempleo ronda el 15%, la extraoficial el 19%, y esto es sin contar el sub-empleo, el empleo a salario mínimo que no da para vivir, y otros desastres de nuestro panorama laboral.  Gritarle, indignado, al residente de caserío que “se vaya a trabajar” es, en este escenario económico, un absurdo, porque sabemos que no hay trabajo suficiente para todos los puertorriqueños, vivan donde vivan, y porque en el residencial hay mucha gente que sí trabaja – porque en este país, señores, se puede trabajar mucho, duro y bien, y seguir siendo pobre.  De hecho los caseríos, como los arrabales, favelas, y otros espacios, son una de las formas físicas que adquiere el fenómeno moderno (o post-moderno?) del exceso de mano de obra potencial en una economía que “prospera” aumentando ganancias para los accionistas pero que no la prosperidad para la gente.  Los pobres NO tienen al país en bancarrota, como dice el grupo de facebook, es al revés: Los pobres son la evidencia de la bancarrota del país.

Podría seguir.  Parte de mí querría seguir. Pero me dice mi pantalla que voy por las mil trescientas palabras y prometí crear un blog, no un culebrón ni un tratado.  Me gustaría hablar de las nociones ideológicas malsanas que se ocultan detrás de toda esta “indignación” contra el residente de caserío.  Me gustaría hablar de cómo el “odio” contra el “mantenido” pobre tal vez nos distrae del timo del mantenido rico (puede ver algo sobre eso en este post).  Me gustaría hablar de algunas de las personas que conozco, que son de caserío y/o viven en uno, y que no son ni vagos, ni mantenidos, ni parásitos, sino gente buena y trabajadora. Me gustaría explicar que a veces, el internet y la antena son la manera más eficaz de mantener a los nenes lejos del punto (puede leer algo sobre eso aquí) y que algunos padres y madres optan por tener esas cosas, con mucho sacrificio, porque no pueden sencillamente mandar a los nenes a correr bicicleta por ahí.   Me gustaría describir el tiempo que pasé viviendo en un caserío del área metro cuando niña, y decirles a todos esos y esas que en chillonas mayúsculas hoy declaran que se mudarían a un caserío para que “los mantengan” que yo lo dudo mucho, que no les creo, que ellos y ellas no quieren vivir allí ná.  Ni con tarifa fija, ni sin ella.  Sólo quieren descargar su indignación, porque saben que algo anda mal, y el pobre y el dependiente siempre han sido un blanco fácil.

Foto tomada de endi.com, sección dominical del La Revista de hoy.

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CAPECO Y YO-carta a dos voces para el pueblo de Puerto Rico

GulfLogoLa carta que publica CAPECO en los diarios del país es una joya de las relaciones públicas.  En lugar de CAPECO, nos pone el familiar sellito de la GULF, como para que nos sintamos un poco cómplices de la cosa-después de todo, ¿quién no ha echado gasolina de esa marca alguna vez? Y en lugar de decirnos cosas, no dice nada – se lo deja todo al entrelíneas, al silencio, al white space. De modo que la transcribo pero añado mis comentarios, en itálica y entre corchetes. Veamos. Dice así la versión que salió el jueves en el Caribbean Business:

“Por décadas, Caribbean Petroleum Corporation ha sido una parte importante de Puerto Rico ofreciendo empleos dignos a familias puertorriqueñas y aportando al quehacer económico y social del país.  [Empleos, dicen, mágica palabra en el país del desempleo, en el momento en que tanta gente ha perdido el suyo, en el país que perfeccionó el arte de incentivar para emplear y donde "crear empleos" ha sido parte de las campañas, de todas, incluyendo la última, que redundó en veinte mil botados más...]

Lamentablemente, fuimos afectados [esto NOS ocurrió, nosotros no hicimos nadita para merecerlo, dice aquí]  por un incendio de incomparables proporciones [esto de incomparable es para que no nos pongamos a hacer comparaciones, para intentar que veamos el evento como una cosa excepcional, inexplicable, única, irrepetible...Para una lista de comparables, digo, de accidentes de este tipo en varias partes del mundo compilada para CNN, presione aquí] que ha detenido parte de nuestras operaciones.

Agradecemos la paciencia que ha demostrado tanto el pueblo, los clientes y los medios de comunicación al habernos permitido enfocarnos 100% en lo más importante: Proteger la seguridad de cientos de vidas y controlar el siniestro.  [Y yo aquí, ilusa ulisa de la cibernia, creyendo que los que protegían y controlaban eran los bomberos y resto del personal gubernamental asociado al manejo de emergencias, y ahora resulta que eran los de capeco, que estaban enfocados. Aunque más abajo le agradece a las agencias, alcaldías, y a "cientos de héroes."]

…..

Como siempre confiamos en que Dios nos continúe ayudando a todos como empresa y como país para sobrepasar esta lamentable situación.  [Por si acaso no te agarraron, lector, con lo de los empleos, ahora intentan apelar a un cristianismo que las estadísticas les indican persiste en una proporción importante de la audiencia.  Irte en contra de CAPECO, desconfiar de la buena voluntad de la GULF, es desconfiar de Dios mismo, renunciar a esa fe compartida.   Y está generalizada, la cosa, porque entre los legisladores haciendo invocaciones antes de legislar locuras, Santini invocando a Papito Dios cada cinco segundos, Fortuño bendiciendo al pueblo antes de dejarlo sin empleo,  y ahora CAPECO diciéndome que anda de la mano de dios...¿Qué pasó con la cuestión esa de no tomar el nombre de Dios en vano? ]“

La carta cierra asegurándonos que “contamos con el esfuerzo”, con el “compromiso incansable” y con el “servicio de calidad” de CAPECO.  Y yo cierro el blog para dormir el sueño de los intranquilos.

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el diluvio que llegó

monsoon2No sé en los pueblos de ustedes, pero acá en Mayagüez no ha parado de llover. Todos los días, a eso de las tres de la tarde.  Y no es una lluvia de esas, normalitas, tipo sandwich,  que empiezan y terminan con llovizna y dejan lo mejor para el medio, no: más bien, estamos hablando de un torrente que te cae encima sin avisar, a mitad de camino, y que te deja en shock, sin saber qué proteger: los libros, la cartera, el bulto, el pelo…no hay sombrilla que nos salve. El viento que acompaña el asunto se asegura de que el agüita llegue de diferentes direcciones y en abundancia.  Y encima (o más bien, abajo) están los charcos (o más bien, pantanos) que, con alguna ayuda de conductores, pies y ciclistas histéricos, completan el trabajo de la lluvia. Acaba uno como un pollito, indefenso, espelusao, preocupado por el estado de la propiedad portátil, un poco estupefacto, y con unas leves e incomprensibles ganas de tomar chocolate caliente allí mismo, en la acera, bajo el agua, y con sorbeto.

No es por abusar de la metáfora, pero qué más da, para eso son las metáforas: Ese monsoon se me antoja parecido a  este extraño día a día nuestro. De arriba y sin llovizna que avise te caen los despidos masivos y el desbarajuste de instituciones que alguna pátina de civilización nos daban (cosas como el Colegio de Abogados, el Instituto de Cultura, el Consejo de Educación Superior, el Noticiero del 6, la Universidad…).

De frente, en medio del pecho, los muertos en masacres grandes y pequeñas, 714 muertos durante ataques que llevan del narcotráfico el sello y que no pueden sino hacernos preguntar si haremos bien en celebrar la captura de los grandes narcos , o si esa captura tiene unas consecuencias que habría que calcular, y prevenir, antes de meternos a machos, o a monos, o a machos monos, y considerar, al menos por un momento, bajo la lluvia, si tal vez, tal vez, tal vez, tendría sentido legalizar la maldita porquería de una vez y trabajar el asunto como el problema médico que es…Y hablando de  esas cosas, cuidado con protestar muy duro, abra la boca para emitir un insulto soez, como hizo el Residente, y aunque usted sea un regetonero y se gane la vida encadenando y rimando palabras soeces lo llamarán tecato, le amargarán la vida y le cancelarán conciertos.  No, si esta lluvia no perdona a nadie. Y al Residente lo han tratado casi bien-al último que le dijo algo a Santini lo amenazaron con una “gasnatá”…

Y hablando de gasnatás, ahora tendremos unos cuantos policías ocupados protegiendo de gasnatás propias y ajenas a los ilustres ex gobernadores, a un comedido Pedro que solamente la necesita cuando venga de visita, a un risueño Cuchín que con su boca de comer y sonreír alega que se “hizo justicia”, y a un airado Romero, más indignado y gritón que nunca, que le reclama al pueblo de Puerto Rico que cumpla con su “compromiso…porque los compromisos no se cuestionan…la gente ahora no puede  estar cuestionando el compromiso que hizo conmigo…”. Esta es la lluvia fría que ataca por la espalda mientras uno, bípedo iluso carga bultos, trata de taparse con una sombrillita y sólo logra sacarle el ojo al bípedo de al lado.

Los charcos pantanosos en la abusada metáfora climatólogica (y déjeme abusar tranquila de la metáfora, que si el gobernador puede yo también, caramba) son…el engaño, el cinismo y el desdén.  El portal del trabajo.  Las apepés.  La promesa de hombre.  Todas ellas desdeñan la tragedia y el derrumbe.  Tranquilamente, aumentan la ya peligrosísima distancia entre el que tiene mucho y el que tiene poco, entre las opciones de la mayoría y las de la élite, y le añaden a la ya existente afrenta de la desigualdad el desagradable insulto del…insulto.  Porque muévase un poco, incómodo, e inmediatamente lo llaman crápula, garrapatita, tecato o terrorista, le dicen que se quede quieto, que such is life, y que lo peor ya ha pasado.

Que lo peor ya ha pasado.

Acaba uno como un pollito, indefenso, espelusao, preocupado por el estado de la propiedad portátil, un poco estupefacto, y con unas leves e incomprensibles ganas de tomar chocolate caliente allí mismo, en la acera, bajo el agua, y con sorbeto.

Edito para añadir entradas relacionadas a esa otra metáfora lamentable y relacionada: EL FUEGO Y EL HUMO, en la blogosfera del patio:

en sin mordazas

en ElColao

en antrópico

en país de los ciegos

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sustentabilidad subterránea

dontitoLa sustentabilidad subterránea. Tal vez la había visto antes, en el patio o el balcón de algún pariente, en una mata de malanga cerca de la carretera, o un tiesto de materiales para sofrito en Syracuse, NY.  Pero hoy la ví de cerca, y quizá esta vez mostré mayor interés.  Hablamos mucho de la “economía subterránea”, para referirnos a actividades productivas y de intercambio (especialmente lo segundo) que ocurren fuera del radar y del tributo gubernamentales, pero yo quisiera proponer un término paralelo para algo que podría parecerse, pero es otra cosa.   Porque mira que los académicos hablamos de sustentabilidad…pero hay quienes la practican sin darle ese nombre, como parte normal de la vida, y en pleno desparramamiento urbano y suburbano.

Pero más cuento y menos análisis.  Hoy visité al amigo Don Tito.  Don Tito se llama en realidad Aquilino y creo que casi nadie le dice Don, excepto yo.  Lo llaman Tito.  Vino de la República hermana, disfrazado de susto, de noche, de agua salada, en una yola compartida, hace más de veinticinco años.  Vivió por ahí sin papeles, trabajando en cualquier cosa: cocina, jardín, plomería, tendiendo mesas y lavando platos, pintando casas.  Toda chiripa se le daba bien, y poco a poco se le ordenó la vida, se le legalizó la situación, y se construyó una rutina laboral “haciendo patios”.  Así lo conocí yo.  Fue a cortar la grama en casa un día,  y de paso sembró una palma y un par de matas de guineo.  “Para los nenes”, me dijo.

Pues resulta que frente a la casita de Don Tito hay una carretera, y que en esa carretera y en ese barrio, como en tantos otros barrios playeros en Puerto Rico, iban a construir un “proyecto”, es decir sembrar algún aparato de cemento (la antítesis misma de la sustentabilidad, posiblemente) para el disfrute ocasional de aquellos que poseen segundas viviendas.  Pero tal parece que los dueños enfrentaron problemas para obtener los permisos necesarios, y mientras esperaban (aún esperan), la basura se acumulaba en el terreno, que medirá  una media cuerda.  Se estaba convirtiendo en ese otro fenómeno boricua, el vertedero clandestino.

Cuando yo me aburro, leo y escribo.  Alguno se ríe – después de todo, el trabajo de un académico es mayormente ese, y es gracioso que también pueda ser su distracción.  Pero parece que en eso, Don Tito y yo nos parecemos – porque cuando el hombre quiere “entretenerse”, un vertedero clandestino no es más que un patio en potencia.  O mejor aún, un huerto.  En sus ratos libres, el hombre limpió el basurero, evaluando cada pieza, botando algunas y usando otras.  Alquiló una máquina, preparó el terreno, y lo sembró no de cemento sino de maíz, calabaza, frijol, habichuela negra, plátanos, quimbombó…

Entre los objetos descartados encontró sillas, pailas vacías, y superficies con las cuales fue amueblando el ranchito.   Mientras una multitud dominguera se arremolina en mueblerías y ferreterías para comprar, de paquetón, los objetos que le sirvan para poner lindos la casa y el patio, Don Tito hace belleza, esculpe paisaje, con objetos descartados en una franja de tierra próxima a desarrollarse, a la espera del cemento inexorable.  Es verdad que para apreciar la estética del ranchito y del huerto hay que hacer como cuando se entra a un cuarto oscuro: parpadear, acostumbrar la vista, hacer ajustes, esperar un poco.  Nuestro paladar, borracho de dulces, pasa trabajo para poder apreciar el gusto de una fruta.  Cuando, desde mi auto, intenté ver la siembra que Don Tito, orgulloso, me señalaba, al principio no la ví.

tala1

Pero contaba con mi guía, que me llevó primero a ver el maíz.  Mientras me mostraba la siembra puso dos mazorcas a asar en el mismo fuego de leña donde se cocinaba lentamente una enorme olla de carrucho, “para ahorrar gas”, me dijo.  De ahí pasamos a las abejas.  Sí, Don Tito ‘siembra” abejas, y las consigue justamente en aquellos hogares de donde lo llaman para que las elimine.  Se las lleva con todo y reina, y las va acomodando por ahí, para hacer miel. Las abejas son “basura” para el otro, pero en el rincón de Don Tito no se pierde nada.

abejas

“No se asuste”, me decía, refiriéndose a las abejas dentro de un tronco próximo a nuestro comedor.  Yo sentía mas bien una especie de estupor, pero no se debía a las abejas, sino mas bien a lo lógico, bonito y ordenado que de repente resultaba todo.  Las sillas, las mesas, los escondrijos de las abejas y de las gallinas que estaban poniendo huevos y criando pollos por ahí, las abejas mismas, la leña de la fogata, todo era, antes, “basura”, maleza, plaga, estorbo.

Pedí permiso para tomar estas fotos. Devoré mi mazorca, que estaba lista, y deliciosa.  Me despedí de Don Tito, murmurando una promesa vaga de escribir algo sobre “sustentabilidad”.  “¿Sobre qué?”, me preguntaron sus ojos.  “Sobre su siembra, las abejas, y eso”, me corregí.

carrucho

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garrapatitas y garrapatas

garrapataLos ceibeños están asentados en un canto de terreno deseable, y eso parece impacientar a algunos personajes que están locos por meterle mano a ese paisaje, por construirle encima, decorarlo, y maquillarlo para el deleite de los (turistas) bendecidos.  Primero les dijeron a los de Ceiba que “así es la vida”, en referencia al contraste entre la fealdad y la realidad de la pobreza local, y la belleza y fantasía de la riqueza visitante.  Ahora han tildado al liderato comunitario, percibido evidentemente como parejero, de “crápulas”, “garrapatitas” y “vividores”.

Mucha gente se ha ofendido, y con mucha razón.  Hasta el presidente de la junta de directores del dichoso proyecto ha dicho que las expresiones de Madera fueron “desafortunadas” y “contrarias a la política pública del gobierno de Fortuño”, aunque más abajo explica que lo son porque “aunque pueda haber diferencia de opiniones en sectores de nuestra sociedad, no se debe recurrir a adjetivos peyorativos”.  En otras palabras, el problema no es tanto de política pública como de relaciones públicas.  Madera y González fallaron, según esta lectura, por ser bocones sin tacto, no por lo que piensan sobre el desarrollo de Ceiba, sobre el proyecto, o sobre la resistencia de los residentes.

Es en ese sentido que a mí me resultan útiles, incluso refrescantes, las cosas que dijeron ambos bocones.  Por lo impulsivas, por lo cándidas, y porque los portavoces del gobierno de turno las rechazan por razones de “estilos” pero no las desmienten en su contenido.  Las expresiones que usaron primero González y luego Madera para articular la manera en que aprehenden el significado de la resistencia de la comunidad de Ceiba nos dicen así mucho no solamente sobre lo que piensan González y Madera, sino sobre lo que piensa un sector importante (en poder, no en tamaño) del país.  Lo que piensan (su ideología) justifica, explica y apoya lo que hacen (sus acciones, sus prácticas.)

Y, ¿qué es lo que piensan?  Podemos dedicarle a esto varias entradas de blog, pero adelantemos que sus palabras delatan una visión particular sobre el desarrollo, y sobre la pobreza, que es compartida con el gobierno de turno y que de hecho, en sus contornos principales, es compartida por muchos grupos dominantes a través del mundo y hasta por muchos ciudadanos comunes y corrientes, sin darnos cuenta.  Se trata de una forma de entender la pobreza que la plantea 1) como inevitable y natural, 2) como reflejo de alguna falta, de alguna carencia de mérito, inteligencia, carácter o alguna otra cualidad y 3) como un estado en donde la única forma de dignidad accesible consiste en aceptar, con resignación y hasta alborozo, la condición propia y admirar la del más afortunado “otro” que nos visita.

Es en ese contexto que se genera la ristra de insultos de Madera.  Los líderes de Ceiba son, en su libro, “garrapatitas” porque en lugar de agradecer la llegada de la salvación en forma de desarrollo turístico, la cuestionan.  Lo interesante del insulto elegido es que parecería tener mucho de proyección: El arácnido chupa-sangre es una metáfora para el comportamiento parasítico.  Madera, un señor que genera ingresos a través de contratos con el gobierno y que costeamos al final del día los pobres pendangos que seguimos pagando impuestos, este señor que iba a generar 130K así, por el ladito, fácil, con la mano izquierda, “asesorando” para facilitar una “transición” de junta, ese señor le está diciendo “vividores” a los líderes ceibeños.

Bien dicen que siempre habla el que menos puede.  Me pregunto si usó el diminutivo porque está consciente de la existencia de garrapatas gordas, grandes y poderosas que están más que listas para parasitear en Ceiba, de la misma forma en que parasitean al país en tantos otros ámbitos.

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verde, interrumpido verde…

Trash Caminar o correr en un parque puede ser un poco más ineficiente, en términos del ejercicio, que tomar una clase o hacer un circuito en un gimnasio, pero lo prefiero.  No sé explicar bien por qué, pero hay un beneficio intangible, casi espiritual, cuando hacemos ejercicio al aire libre. Un no se qué, que tal vez tiene que ver con el color verde, con los pájaros, con la comunión entre ser humano y paisaje, con ver parejas de veinte años o y parejas de setenta años caminando juntas, con casi tropezar con algún infante en triciclo.  Es una experiencia de paisaje pero también de comunidad humana, un decir “estamos en esto juntos”, y un goce peculiar.

Esta mañana, mi parque fue también una fuente de tristeza y reflexión.  El parque que visito es un ínfimo pulmoncito verde en la cansada urbe mayagüezana,  con caminos maltrechos y fuentes vacías pero también con árboles verdes y viejitos caminantes.  En el minuto cuarto de mi caminata, casi tropiezo con el intruso.  La intrusa. Una bolsa de basura, tímidamente abierta, mostrando a medias un botín de alimentos descartados, objetos que pudiesen haber sido reciclados, y pedazos indefinibles de plástico. La acompañaba un perro realengo, esperanzado, juguetón, que exploraba delicadamente el contenido con su hocico.

Esta entrada, lector, no es un llamado a la higiene.  Bien sé que, como yo, escuchaste en innumerables ocasiones eslogans alusivos a la importancia de “mantener limpio a Puerto Rico”, fuiste conminado a “pitarle a la basura”, y te dijeron que “no ensucies a Puerto Rico”.  Todos esos son buenos consejos.  Pero creo que mi tristeza no era un asunto de limpieza.

No, se trataba de otra cosa.  Se trata de la mentalidad que permite que la limpieza propia esté de alguna manera predicada sobre ensuciar lo ajeno, lo de todos.  La basura que vi en el parque era la basura que estaba ahí para no estar ensuciando alguna casa, carro o negocio.  Alguien decidió limpiar SU espacio, y como resultado de ello, ensuciar el colectivo.

En Puerto Rico, aún en plena crisis económica, nos caracterizamos por ser una gente bastante limpia y pendiente del ornato-el de la casa, el del carro.  Los boricuas lavamos marquesinas compulsivamente, en un ritual dominical que para muchos es tan religioso como el de cualquier iglesia, y a manguerazo limpio.  Luego, sin apagarla, lavamos el carro porque no somos ningunos puercos.  La marquesina y el carro, así, brillan, pero ¿a costa de qué? A costa del uso excesivo del agua de TODOS.

Es la misma mentalidad que, en una escala muchísimo más destructiva, permite que una corporación produzca más millones para SUS accionistas, externalizando sus costos en el espacio, en el ambiente de TODOS.  O que un país gaste mucha más energía que otros, como es el caso de Estados Unidos.  O que estemos divididos, unos países de otros, en jerarquías que aunque a veces describimos como “desarrollados” vs. “sub-desarrollados”, igual podríamos definir como “productores de mucha basura” vs. “productores de mucha menos basura”.

De modo que en cierto modo, no se trata de limpieza.  De hecho nos vendría bien aprender a ensuciarnos un poco, retener la basura en el carro para no ensuciar la acera o la maleza, barrer la marquesina en lugar de sacar el polvorín a fuerza de cascadas, y botar la basura que en casa producimos ahí mismo, en casa – tras cuidadosamente separar todo aquello que nuestro primitivo pero existente programa de reciclaje nos permita reciclar.  Nos vendría bien controlar nuestra adicción a comprar objetos que se convierten en basura cada vez más rápidamente, y de hecho, ya que estamos en esas, nos vendría bien comer menos – comemos en exceso, con frecuencia utilizando recipientes y cubiertos desechables que se convierten de inmediato en …sí, basura.

No se trata tanto de limpieza como del bien común.

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casa tomada

LaUniversidadLa casa de estudios, la casa del intelecto del país, la casa de la celebración y potenciamiento del conocimiento, del cultivo del talento, y de la esperanza colectiva en (y con)  el futuro del país. Me refiero a la Universidad de Puerto Rico, ese espacio metafórico y material en donde el país apuesta a su propio destino invirtiendo en la educación de su juventud y en el desarrollo de una agenda ambiciosa de investigación y creatividad cultural.

Todos los días me peleo, en silencio, con la Universidad. La regaño, le ruego, le exijo cosas, le echo en cara su desconexión, su pesadez, o su liviandad, según venga al caso.  Pero todos los días agradezco trabajar aquí, y no en otra parte. Es (¿era?) una pelea feliz. Como las peleas de mis abuelos, uno de esos matrimonios eternos,  con sus discusiones intensas, repetitivas, serias y a la vez repletas de afecto y tan constitutivas de su amor como los abrazos.

Pero la Universidad está tomada. No hace falta ser universitario para resentir esa toma. Y en esa toma no hay cariño.  Es un estado de sitio que vacila entre lo cómico y lo cruel, entre lo payasil y lo castrense.

En su cuento, “Casa Tomada“, Cortázar describe la toma implacable, en dos movimientos “simples, sin circunstancia”, del hermoso caserón antiguo donde viven dos hermanos, ella tejiendo, él leyendo literatura francesa. Primero “llegaron” (no dice quiénes.  ¿Fantasmas? ¿Muertos? ¿Zombies?)  por “el comedor, o la biblioteca”.  Supieron de la presencia de esa otredad por el ruido-”impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación.”  Se encerraron con llave en la otra mitad de la casa.  Siguieron viviendo, pero “hubo pérdida”, como dicen por ahí. No les importó tanto perder el comedor, porque aún contaban con la cocina.  Pero los libros, almacenados en la ahora inalcanzable biblioteca, sí dolieron.  Se resignaron a la mitad del hermoso caserón. El hermano lector se dedicó a mirar a su hermana, virtuosa de la aguja, tejer.  La vida continuó.  Hasta que “la cosa” regresó – ésta vez más rápida. Más implacable.  El mismo ruido, ahora en “su lado” de la casa. Sólo restó tiempo para salir al zagúan.  Sin dinero, sin maletas. Habían quedado fuera de su casa, su propio hogar, heredado de sus bisabuelos, amado por sobre todas las cosas, ahora tomada por completo por…lo que sea.  Una presencia opuesta, antónima, antipática.

En nuestra casa todo empezó también con ruido, y, curiosamente, también por el comedor.  Para completar el paralelo, los universitarios reaccionamos, como los hermanos del cuento, sin mayores aspavientos y con resignación.  La presencia ajena, externa, ruidosa, implacable, entró por el comedor y nos acusó de comer angus beef y de gastar demasiado en vinos y en almidón de planchar manteles.  De modo que pusimos la llave y nos encerramos en el otro lado de la casa. Por lo menos, decíamos, nos quedaba la cocina, el dormitorio. No valía la pena enfrentar…la cosa.  De hecho las acusaciones, a pesar de ser hechas por entes que cobran dietas para comer y beber a razón de sobre quince mil dólares anuales, resonaban y hallaban eco en otras gestas, universitarias, distintas, más legítimas y menos partidistas, que decidieron  sin embargo “coger pon” en el ruido, para hacerse más visibles.

Entonces, como en el cuento, un segundo movimiento.  Más rápido, más violento, tal vez más funesto.  Tomaron el resto de la casa, rotunda y repentinamente.  En el caso de los hermanos del cuento, los dormitorios mismos. La cocina.  En nuestro caso, la Torre Norte, hogar estudiantil, las barritas que existen y se multiplican donde quiera que existan estudiantes universitarios en suficiente cantidad, las calles y aceras tan aledañas al campus que casi son parte de él, los ojos y narices de los estudiantes que osaron burlarse de una uniformada vengativa,  y el muslo de una chica, herida ahora como Ulises, así iniciada en los misterios del anti-intelectualismo y la barbarie.

En la avenida universidad, como en la casa de Cortázar, la pelea desigual entre guardias y estudiantes representaba otras peleas.  Más grandes, porque son del país, tal vez del mundo.  Más pequeñas, porque son también internas a los individuos, y especialmente, a los universitarios de todo tipo.

La pregunta es si, como los dos hermanos del cuento, nos iremos tristemente de la casa, si la entregaremos, resignados.  O si nos atreveremos a mirar la cosa a los ojos y a decirle “¿sabes qué? Es nuestra.”

Foto tomada de http://commons.wikimedia.org.  Recinto de Rio Piedras visto desde Torre Norte.


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picada de ojos:dos países bajo el sol

casetas-en-la-pargueraLos rescates de tierra (donde un grupo de personas, típicamente familias, sin hogar propio o desplazadas, ocupa algún terreno baldío y levanta sus casitas en él) han sido parte de nuestro paisaje por mucho tiempo y de hecho constituyen una suerte de tradición – muchas comunidades que el público percibe como legítimas hoy son de hecho el resultado directo de acciones como ésta.

[Dos libros muy buenos para estudiar el tema de los rescates más a fondo: Liliana Cotto, Desalambrar, y Llanes-Santos, Desafiando el poder.]

Ando de prisa, pero me gustaría hacer hincapié sobre sólo dos de los muchos elementos importantes del asunto de Villas del Sol aquí: Lo que nos dice acerca de espacio, clase social y vivienda en Puerto Rico, y lo que nos subraya acerca de la desconexión, la enajenación ideológica, de la administración actual y sus funcionarios.

Que en Puerto Rico las personas invadan, colectiva e ilegalmente, un “espacio” y lo conviertan en un “lugar”, en una comunidad con identidad propia, no es nada nuevo.  Joyuda en Cabo Rojo y La Parguera en Lajas son casos pintorescos y conocidos por muchos puertorriqueños.  Lo curioso, y esto se ha dicho en algunos medios, es el trato diferencial que los invasores reciben.  Por un lado, tenemos “invasores de lujo” en La Parguera que poseen (y venden, y compran, y alquilan) viviendas (llamadas casetas) en la bellísima costa del Caribe, que reciben (y pagan por) electricidad y agua, que poseen lo que un periodista llamó una vez “legalidad de facto”, y a quienes casi nunca (y digo casi porque el DRN alguna vez, un tanto tímidamente, intentó llevar el asunto a las cortes) el gobierno trató de sacar. De hecho, y tras recibir un tour del área de un casetero, el ex gobernador Pedro Roselló indicó en los noventa que las casetas estaban ahí para quedarse.

Fast forward al 2009.  Los habitantes de Villas del Sol están amenazados en las cortes y asediados por la policía.  Su servicio de agua y luz ha sido interrumpido en medio de una pandemia de gripe contra la cual, reconocen todos los expertos y las mismas agencias gubernamentales, la mejor arma es la higiene personal.  Y nuestro gobernador y sus portavoces dicen, públicamente, cosas como que “no se puede pretender que esas personas reciban agua y luz pagados por otros”, o que “se le han presentado sus alternativas como plan 8 y residenciales”, o que “están ahí de forma ilegal, y tienen que salirse”, o mi favorita: “ese es un lugar peligroso y tienen que salirse, por su seguridad y la de los rescatistas que tendrían que sacarlos en caso de inundación”.

El caso con esos comentarios es que suenan tan…ingenuos, que sorprenden.  ¿Por qué? Porque 1) los residentes han ofrecido y solicitado que se les permita pagar por los servicios de agua y luz, 2) la mayor parte del país sabe que la oferta de plan 8 se ha reducido y que las listas de espera para apartamentos en residenciales públicos son larguísimas, 3) en lugares como La Parguera hay viviendas ilegales y nadie saca a sus dueños y 4) la peligrosidad del “área inundable” se le aplica solamente a los pobres – imagino que ese valle en Toa Baja no puede ser más peligroso que el margen mismo del mar que ocupan las pintorescas casetas parguereñas.

El peor comentario del gobernador ha sido tal vez aquel en donde indica, en respuesta al asunto de  la dificultad de lavarse las manos regularmente sin servicio de agua, que los niños deben lavarse en las escuelas.  De un plumazo demuestra su total desconexión no con una sino con tres realidades urgentes en el país, tres de esas cosas cruciales que deberían ser no sólo del conocimiento de un gobernante sino parte de su agenda consciente todo el tiempo: la salud (en medio de una epidemia), la educación (en medio de una epidemia y una crisis agencial) y las profundas divisiones de clase en Puerto Rico.

Porque sí.  En este rectángulo insular nuestro, famoso por su pequeñez, tenemos dos países.  En uno, llevamos en auto a los nenes a la escuela privada que escogimos con cuidado, les sacamos cuentas de banco para que aprendan a ahorrar, vivimos en urbanizaciones con acceso controlado, unas más caras que otras, unas con piscina y otras no, unas con servicio doméstico y otras no, pero todas ellas vendidas como “seguras” y con “buenos vecinos”, cambiamos de automóvil de vez en cuando por aquello de que no nos deje a pie, nos preocupamos por el futuro, por la universidad,  y nos indignamos cuando escuchamos que algún colectivo de vagos nos roba el agua y la luz que pagamos con el sudor de nuestra frente.  En el otro país, no hay seguridad de vivienda porque hay fila para plan 8, los caseríos están llenos, tenemos que pasar frente al punto camino a la escuela para llevar a los nenes, tenemos que vender chocolates o botellas de agua en la luz para comprar uniformes, no tenemos empleo en parte porque no estudiamos mucho pero en gran medida porque NO HAY empleo suficiente, no tenemos verdaderamente selección de escuela así que si la escuela del barrio está en problemas ni modo, comemos la comida más barata que es también la peor, y estamos (sorpresa!) más a la merced de males sociales, educativos, y de salud que otros sectores sociales.

La revelación de la existencia de ese segundo país es la que me acecha tras las fotos de Villas del Sol, fotos que recuerdan algunas favelas brasileras.  La realidad de que hay un montón de gente que no tiene casa ni acceso a una vivienda digna. Aquí.  En este país.

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Si la mejor respuesta práctica que puede generar el gobierno de turno es cortar agua y luz, si lo mejor que puede hacer y articular es la mano dura, otra vez, tenemos problemas serios. Porque la pobreza en Puerto Rico, con sus tasas de desempleo que llegan, aún en los estimados más generosos, al doble dígito, con el 80% de los niños del país en escuela pública y con cerca de la mitad de ellas en el llamado “plan de mejoramiento”, donde si calculáramos el total de personas que viven en plan 8, comunidades especiales, residenciales públicos, arrabales y zonas rescatadas obtendríamos una proporción sustancial de la población puertorriqueña…la pobreza no es una cosa aislada e infrecuente, ni una cosa criminal.  Es la realidad de un montón de gente. Y súmele la gripe y la crisis mundial.   Si nuestros líderes no pueden reconocer y bregar con eso, con que Villas del Sol no es una cosa excepcional, marginal, o criminal, con que el nuestro es un país pobre y que esa gente pobre también votó por ellos, no deberían liderarnos.  Están gobernando en otro país.

Imagen de las casetas tomada de universia.com.  Foto de Villas del Sol tomada de indymediapr.org.

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pensando en las alianzas…

dollar_signEsta es una gente de fe. Me refiero a los que hablan de las alianzas público-privadas (whatever that means, porque en esto de explicar la cosa son menos elocuentes) como la salvación de nuestra maltrecha economía.  Es fe, lo que delatan – esa cosa ciega que nos hace creer en lo invisible- porque cuando alguien (la prensa, el ciudadano común) pide cuentas de las razones por las cuales se nos presentan estas alianzas como la no-tan-amarga medicina que curará la enfermedad de la recesión, empiezan a gaguear.  Eventualmente, entre un balbuceo y otro, todos producen el mismo ejemplo: El Puente Teodoro Moscoso.

Y el puente está bonito, quién dijo que no…Pero al final del día, el caso del Puente no es el mejor ejemplo.  No tiene mucha complejidad, el asunto: Una empresa privada construye un canto de carretera, lo adornan con banderas (con su recuadro en marinísimo azul, por cierto), le meten un peaje, y se queda con las ganancias.  ¿Que gana el país? Y bueh.  Un atajo.  ¿Que gana la compañía? Un montón de chavos.  ¿Qué se ahorra el gobierno? El mantenimiento de un trecho relativamente corto de carretera.  Tan tán.  Eso no es una “alianza”, es un negocio redondito.

Para vendernos este tema de la necesidad de las alianzas público privadas,vendría bien algún ejemplo más complejo – porque los servicios públicos son complejos, y hasta ahora parecerían serlo demasiado para las empresas privadas.  Las historias de horror son mucho más abundantes que los casos exitosos, aquí y en cualquier parte.  Yo no soy economista, pero se me ocurre que esta fe ciega, intensa, que expresan los funcionarios y fanáticos de nuestra actual administración está medio desconectada de la matemática básica del sector privado.

Me explico: Cualquier compañía quiere, por definición, hacer dinero.  Si es una compañía grande, donde la gente invierte a través de la compra de acciones,  quiere no solamente hacer dinero, sino “crecer” la inversión de sus accionistas, lo que implica hacer cada vez más y más dinero, aumentar el valor de sus acciones, etc.  ¿Cómo logra esto?  Reduce costos y aumenta ganancias. Esta lógica es problemática para los servicios que tradicionalmente asume el estado.  “Cortar costos” y “aumentar ganancias” puede traducirse no en mejores, sino en peores servicios de salud o educación.

Permítanme ilustrar.  Ayer visité un espacio que parecería ser el contraejemplo, la antítesis, de una alianza público privada de esas.  Se trata del parque acuático de las Cascadas.  Ciertamente no era Sea World.  Pero nos costó menos de veinte pesos por cabeza; tenían un descuento para los residentes del municipio, para estudiantes, y para “senior citizens”.  Estaba limpio – en parte porque tenían un fracatán de gente empleada barriendo y pasando aspiradora todo el tiempo.  Toda esa gente empleada, a su vez, se traduce en más chavitos que cada uno puede re-invertir en la economía del país y del pueblo.

¿Qué necesita ese parque ser “exitoso” como operación municipal? Simple – pagarse a sí mismo. Que no cueste.  Incluso, si genera suficientes empleos y si atrae turistas a la región (turistas que gastan no solamente allí sino en negocios del área también), puede hasta darse el lujo de perder chavos, y seguir siendo exitoso.  Para ser un “éxito” como operación privada necesitaría más ganancias, y necesitaría que esas ganancias aumentaran.  Necesitaría botar gente y cortar esquinas.  Cobrar más cara la entrada.

Para muchos, la palabra “privatización” ha pasado a significar “eficiencia”, “productividad” y otras cosas deseables.  Pero no son sinónimos.  Lo que nuestra economía necesita es que la operación de sus agencias sea más eficiente.  Volverla privada no garantiza esa eficiencia – de hecho, en la medida en que nuestras cárceles, escuelas, y hospitales se conviertan en operaciones cuyo éxito se defina por la generación de ganancias, nos corremos el riesgo opuesto; el de un peor servicio.

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del narcotráfico y la marginalidad

walmart-evilUna noticia reciente en el periódico Primera Hora (pulse aquí para leerla, y gracias a al colega y amigo David por compartirla) reseña la situación actual del narcotraficante José García Cosme, a.k.a. “Papo Cachete”, preso desde finales de los noventa en una carcel federal tras declararse culpable de varios cargos de narcotráfico.  García expresa su opinión acerca de las fuerzas que lo condujeron, a él y a tantos otros, a envolverse en el trasiego de drogas, diciendo que lo motivaba “la ambición por el dinero, la ambición de tener lo que tenían otras personas”, lo que lo llevó a controlar un negocio multimillonario desde su residencial, Turabo Heights.  El recluso entiende que si el gobierno quiere prevenir que la juventud se meta en el negocio, y en la violencia que el mismo genera, tiene que “reevaluar sus estrategias”, en especial las de la llamada “mano dura” de intervención policiaca en los caseríos, y proveer más oportunidades educativas.

Resulta fácil reaccionar con desprecio, desde la altura moral (y moralista) que nos permite nuestro relativamente limpio estatus.  Resulta fácil decir “que tipo!”, juzgar su “ambición”, y asumir el asunto completo como un problema no tanto del país, como de los residenciales y otros espacios marginados que sirven como base de operaciones para este tipo de actividad delictiva.  Resulta facilísimo suponer que, con cupones y otras ayudas gubernamentales, el tema de la comida y necesidades básicas está cubierto para los pobres del país, de modo que la “ambición” que describe “Papo Cachete” se nos antoje casi un capricho, una forma de querer, de desear,  lo inmerecido. Resulta incluso fácil burlarnos de la sugerencia de García de que la policía no intervenga – después de todo, si hay drogas, la policía tiene que intervenir, ¿cierto?

Resulta fácil, pero no particularmente útil.  Porque de alguna manera, todo lo que dice ahí García es cierto.  Miremos por ejemplo el tema de la ambición.  Para empezar, cualquiera que se tome la molestia de comparar el monto total de los cupones típicamente otorgados a una famila de cuatro sabe que sencillamente..no dá.  Sirve para costear tal vez un total calórico más o menos adecuado, si la familia se dedica a consumir harinas refinadas y porquerías (después de todo, el refresco es más barato que el jugo, los granos refinados más baratos que los integrales, etc.)  Pero ese no es el issue central, me parece, de la ambición a la que se refiere.  Sí, las familias en el caserío, como el resto de las famlias del país, quieren darse unos lujos, quieren comprar la pizza del cumpleaños, pedir el catering del quinceañero, tener ropa nueva, comprar materiales escolares, y hasta botar chavos comprando porquerías.  Los nenes en el caserío, como los nenes en el resto del país, viven probablemente obsesionados con los aparatos electrónicos de moda: PSP, Gameboy, PS, etc.

La clave está en el colectivo: la “ambición” de la que habla Papo Cachete es una compartida por todos los sectores sociales en este pobre país nuestro, en su totalidad.  La enfermedad del consumo nos aqueja a todos y a todas.  Los “malls” siempre están llenos.  Vivimos endeudados hasta las teleras.  Queremos cosas, más cosas, muchas cosas, hasta que se nos llena la casa de cosas y las botamos y compramos otras cosas más nuevas, más brillantes, más bonitas.  Queremos pintarnos los pelos, coleccionar zapatos, tener carros nuevos, y asegurarnos de que el estilo de nuestras gafas esté “in”.  La gran diferencia estriba, probablemente, en que para el nene del caserío, la ruta de las drogas es una más visible y posible para obtener esas cosas en el corto plazo.  Y obtener esas cosas, como a cualquier otro nene, le provee estatus.  Y el estatus, señores, en absolutamente todas las sociedades humanas, es algo que la gente busca tener.

Hace algún tiempo, uno de mis hijos llevó unas maltas a una reunioncita de amigos, y lo molestaron porque no eran “de marca”, sino genéricas.  Nuestro intento de ahorrarnos unos centavos redundó en una pérdida de estatus para el muchacho.  Y no importó mucho – se le explicó el asunto, y santo remedio.  Pero el caso es que, en esto de vivir con menos, a veces es más fácil para una familia de clase media con unos recursos educativos particulares convencer a los niños de que deseen menos, que para una familia que vive en una comunidad marginal.  Después de todo, si yo opto por no tener televisión,  mis hijos tienen patio para jugar.  Si la señora que vive en el residencial caliente opta por no tener televisión, sus hijos se le van afuera, donde corren el riesgo de ser atraídos por la abundancia consumista del “punto”, o de ser jamaqueados por un policía “interviniendo”. (Piense en eso la próxima vez que vaya a criticar la antena de satélite en el techo del residencial más cercano – para algunas familias es un asunto de supervivencia). Otro tanto ocurre con los estudios: Los niños y niñas de las clases medias y altas escuchan el mensaje universitario desde la cuna.  Para el nene del residencial, la idea de la universidad es más distante, más abstracta, y estadísticamente menos frecuente.

De modo que aunque no admiro a este señor Cachete, ni me gustan las decisiones que tomó en su vida, reconozco dos cosas: Primero, que tiene razón.  Hace falta más educación, menos “mano dura”, más oportunidades reales, para los jóvenes que viven en comunidades marginadas.  Y segundo, que la culpa, la patología del narcotráfico, al final del día no es de los residenciales.  Es del país, es una patología mucho más amplia y profunda, tiene que ver con esa ambición idiota que tenemos como pueblo y que nos impulsa a querer poseer más cosas pero que no nos sirve para sacar el país hacia adelante, y al final del día, no la podremos atender hasta que no la reconozcamos como una patología de todos.  Seguir vapuleando, física, social y moralmente, a los residentes de los espacios donde la realidad del narcotráfico es más evidente y donde la población está más desprotegida NO es la solución.

Imagen de: http://willpen.wordpress.com

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picada de ojos, caños y cañones edition, parte 1.

martinpenaHoy quiero escribir dos entradas, sobre dos noticias que han estado en el aire en estos días.  Más bien, se trata de dos escenarios distintos pero de alguna manera homólogos, y en cada uno de ellos  se enfrentan dos conjuntos dispares de intenciones, creencias, ideologías. Dos esencias distintas.

I: Caños

En una entrada reciente mencioné el caso del caño Martín Peña, blanco de un proyecto de ley que los residentes esperan que el gobernador vete.  El proyecto pretende quitarle las tierras del caño al Fideicomiso de la Tierra, establecido con arduo esfuerzo y con el consenso de las comunidades para proteger el espacio colectivo de la potencial especulación privada y a la vez obtener títulos de propiedad y derechos de uso para los vecinos, en su mayoría de escasos recursos económicos.  La creación del Fideicomiso permitía la rehabilitación de los terrenos y la seguridad de hogar de sus habitantes, sin caer en la trampa de proveer títulos individuales que redundarían, inevitablemente, en la re-venta eventual y en la transformación drástica de ese paisaje…en otra cosa.

Hay un contraste curioso entre el Puerto Rico que aparece semanalmente en la secciones de los diarios nacionales que tratan el tema de la vivienda (con nombres como Estilo, o Construcción), y las residencias en donde de hecho vive la mayoría.  Los datos del censo nos permiten estimar que cerca de un 10% de la población del país vive en residenciales públicos.  Calcular el porcentaje de aquellos que viven en la ruralía pobre, en las comunidades especiales, en las zonas más deprimidas de los cascos urbanos, y en los espacios marginales que cada pueblo contiene, es más complicado, pero me atrevo a decir que una cantidad considerable, que la mayoría,  de la población del país se parece muy poco a las imágenes que el segmento de bienes raíces semanal del periódico de record ostenta.  La mediana de ingreso familiar en Puerto Rico en el 2006 era de menos de 18K.  ¿Cuántos puertorriqueños pueden realmente adquirir, o incluso soñar con algún día adquirir,  las abundantes viviendas de playa, mansiones de medio millón de dólares en adelante, y apartamentos de lujo que adornan las páginas del diario y que ocupan el ancho de banda de nuestra visión económica?

Se trata de la propiedad colectiva, del bien común, del concepto de rehabilitación comunitaria, enfrentándose en una lucha bastante desigual a los intereses del capital.  Gente de carne y hueso que se enfrenta a la abstracción de la posibilidad, de la inversión, de la especulación.  No sé, a ciencia cierta, a qué pueblo están representando los legisladores que presentan el proyecto para quitarle el caño al fideicomiso.  A la mayoría de los puertorriqueños no es.

En cuanto al veto del ejecutivo que los residentes desean…suspiro.  Aunque suenen y se escriban igual, una cosa es “esperar” (como en el inglés, ‘hope’) y otra muy distinta es ‘esperar’ (como el inglés ‘expect’.)  Fortuño hace algunos meses celebraba la privatización de los títulos de la Comunidad La Perla.  No puedo evitar pensar que tal vez imaginaba ya la re venta de los terrenos, y a los (pocos) condómines de lujo disfrutando de la vista.  And so I hope.

Para leer más:

Sobre la costa-M. Valdés

Sobre el caño Martín Peña- É. Fontanez. Puede además leer otras entradas sobre el tema (y ver la foto de arriba en su contexto original) en su blog, Poder, Espacio y Ambiente.

Próximo: picada de ojos, caños y cañones edition, parte 2: cañones.

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tocando fondo

la-coronilla-beach-rocha-uruguay-302“Then I remembered the general rule, which has been in effect since sometime in the 1990’s: If a place is truly beautiful, you can’t afford to be there. All right, I’m sure there are still exceptions….But they are going fast.” Lo escribió Barbara Ehrenreich en This Land is Their Land, en 2008.  Y ciertamente, viajando por la costa a veces parecería que la playa, la hermosura misma, es cada vez más un objeto para el consumo individual, que se vende al mejor postor y por supuesto, cada vez más caro.

Una excepción esperanzadora: Los terrenos del caño Martín Peña.

Un grupo de comunidades pobres que recibe la titularidad colectiva de terrenos que, por su potencial estético, podrían de otra manera convertirse (¡como tantos otros en Puerto Rico!) en objetos de especulación que redundan en casas de veraneo vacías, chavos en el banco, y habitantes originales desplazados.  Debería ser buena noticia.  Tal vez por torpeza, o porque les parece inaudito lo de la titularidad compartida, o que un terreno cerca del agua NO esté sujeto a la especulación, o que haya tanta comunidad marginada organizada, pero el caso es que los legisladores en ambas cámaras han redactado proyectos recientes para alterar la ley 489 del 2004.

La blogosfera está pendiente.  Y usted puede leer entradas informativas sobre el tema del Caño Martín Peña aquí, aquí, y aquí.

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bozo1Cada cuatro años, las elecciones nos dejan una especie de país fantasma.  O cuando menos, un paisaje fantasmal.

Me refiero a los pasquines políticos, los de las caras sonrientes que con quince, tal vez  treinta caracteres, proyectan y resumen las siempre buenas intenciones del/a candidato/a.  (Fulano de Tal…Un hombre de pueblo! Zutana de Tal…No te arrepentirás!!!] Son una parte tan familiar del paisaje boricua, y sin embargo, mirándolo dos veces, son un fenómeno tan extraño…Hoy los miraba desde la luz roja y una imagen surreal, ciencia-ficticia, insistía en materializarse en mi mentecita cansada: arqueólogos marcianos desenterrando, y preservando cuidadosamente, las imágenes que empapelan nuestros tablones de expresión pública,muros, parques, postes y monumentos, elaborado quién sabe que teorías para explicarlas.

“Que tontería”, me contesto, en el tapón…”Los pasquines no duran miles de años. A lo sumo, unos cuatro…”

Pero, ¿no son acaso cuatro años demasiados años, en la temporalidad (de tiempo, ojo, no de temporal) política del patio? Porque pensándolo bien, estos señores que me sonríen, multiplicados en el muro de la avenida, pertenecen a tres tipos principales, y ninguno de esos tres debería beneficiarse particularmente de esa especie de eco visual que las huestes político-partidistas pegan con grandes brochas de cola en nuestro entorno. Veamos.

Están, en primer lugar, los ganadores.  Por ejemplo, en mi hábitat, cientos de rectángulos que, con anacrónico optimismo, me dicen con grandes signos de admiración que la elegante señora con traje y cabellos igualmente claros y planchados “TE AYUDARA!!!!”  Supongo que muchos le creyeron, porque ganó. No se a quién ha ayudado todavía.  Al pueblo que la eligió (o al que le votó en contra, o al que como yo, se quedó “callao” en casita mirándolo todo por internet) no ha sido. Esos pasquines, con el tiempo, todo lo que logran es insultarme un poco.  Los ganadores todavía pasquinados parecerían estar burlándose.  “Ilusos”, dicen sus sonrisas….

Luego están los perdedores.  Esos resultan menos antipáticos, no porque lo sean, sino porque perdieron.  Creo que fue Borges que dijo que había una dignididad particular que estaba fuera del alcance del vencedor. Pues algo así.  Estos otros perdieron, así que de alguna manera me resultan menos odiosos.  Por un ratito. A medida que recorro la ciudad y se multiplican sus sonrientes caras empiezo a cuestionarme su derecho a estar molestando mi pupila.  Especialmente si pertenecen al partido  que NUNCA gana.  Como que hay algo de descarado en esta idea de que puedo poner mi cara muchas muchas veces en cuanta superficie vertical me encuentre hasta que los ojos de los ciudadanos queden como los de las moscas y las abejitas, sin que me salve al menos la probabilidad de ganar…

Tal vez los peores, sin embargo, son los desconocidos. Esos que están ahí, me sonríen con sus deditos pulgares mirando hacia arriba y yo…no sé quienes son.  Tal vez se debe a que no veo suficiente televisión.  O a que son irrelevantes.

En todo caso, los pasquines (legalizados en 1972 para facilitar la libertad de expresión, aunque debo admitir que me parece que es muy poco lo que expresan, al menos en términos de información) envejeciendo en los postes del país son como una caricatura mal dibujada, como un eco distorsionado, del fenómeno ese de aferrarse al trono, al poder, que le adjudica el folclor a los políticos.  Como si hasta en efigie, quisieran permanecer a toda costa…Tan irrelevantes o incluso  problemáticos para el paisaje como la mayoría de ellos lo son para el bienestar del país.

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diamonds are forever

bare_feetI added a new tag today: ‘Stuff’. The meaning of ‘stuff’ will go beyond the usual one, especially in our version of Spanish, of ‘things’; as in the Story of Stuff, an excellent video I‘ve referenced here before, the word can have a subtext of ‘clutter’ or ‘excess’. I expect we will be talking about ‘stuff’ often. Today it will be in a (mostly true) short story about the unintended consequences of kids’ stuff, about daily life in the parallel universe of Puerto Rican rural spaces, about poverty, and about how sometimes we can be (innocently) disruptive.

Muslin. From Persia, I said, holding up an old, polyester, off-white piece of cloth.

The audience was appreciative, but quiet. Still not very impressed, I thought.

My new neighbors fascinated me. They had blond hair. In a sea of dark-haired, brown-eyed people much like myself, their hair color was enough to make them interesting. But there were other things. Their huge, antique looking -old things seemed to me so filled with mystery and beauty- house on the top of a hill. Their horses, goats and roosters. Their mother, Paca – she was especially beautiful to me, what with her brusque manner, her thin, angular, muscular body, her black mane, her strong features, and what seemed to be a multitude of blonde children at her command.

My imagination was dominated by Arabian Nights those days. It was my only book, so I read it all day long. My new neighbors, who couldn’t read much, mistook it for a bible. I told them it was the Book of the Dead, found by my (real) dad during an archeological dig.

Technically, I was their new neighbor, not the other way around. I had arrived with my mother, stepfather and baby brother a few weeks before. The setting was a rural Caribbean community-far from the suburban comfort of my grandparents’ house. Our house was small, built in haste next to an equally small stream. We had no running water – so the stream was useful. We had no phone, either – and Mom did not want one. My father’s family was looking for me – to rescue me from the “craziness” of a lifestyle of “poverty by choice” my mother was “condemning” me to. I did not go to school either, probably for the same reason.

Not that I knew or understood any of this at the time. I was lost in Arabian Nights, lost in reading and then lost again in imagining, lost in recreating the scenes and the ambiance with the help of a few props: play-doh to make small humans, their animals, their jewelry; assorted cardboard pieces for make-believe palaces, mosques and gardens; and the occasional sanitary napkin – I stole those from Mom, because they were soft and provided perfect beds for play-doh royalty.

And tiny semi-precious stones. About five of them. Baba, one of our hippie friends, gave those to me between puffs of sweet smelling smoke. To play with, he said. That term, “semi-precious”, stuck in my head for days. Eventually my efficient eight-year old mind got rid of the “semi” part. Didn’t seem that important. I mean, what kind of word is “semi” anyway?

I took them out of a tin box I referred to as a “silver chest”. This one is a ruby, I said. This one, an emerald. These three are different types of sapphire-I grouped all colors I couldn’t associate with a known gem under the “sapphire” category.

And this one is a diamond. Very special. They can cut anything and they last forever.

I had their attention now. Two of them played with me every day – a boy twin and a girl twin, my age. The others were older, except for a baby that Paca carried around on her hip. Mom had told me that the baby was not Paca’s but her daughter’s, but I didn’t believe her. Paca was young, angry, and beautiful. Grandmothers were old, fat, kind, and had short, puffy hair.

The twins did not seem very convinced. A real diamond?

Of course. I am saving it for a ring. An Arabian ring.

They left without saying goodbye. But that was the way they always left. Without goodbye, and giggling in code to each other.

Mom’s voice brought me out of my Arabian Nights trance the next day. Paca was standing next to her, outside our door, a twin’s hand in each of hers. A switch tucked in her armpit.

They took turns receiving the blows. Danced a startled dance with each one. Kind of like the movement horses do when agitated or when they are trying to get rid of their rider. They did not cry with tears, but rather squeaked with what I could have mistaken for delight had they not been so evidently in pain.

I didn’t try to stop it. Nothing could have stopped Paca. She looked more beautiful than ever, a formidable Persian queen, punishing her slaves, whipping her horses, bringing chaos and freedom and smallness and disobedience to their knees, at her feet…

She had no shoes. I had not noticed that before. None of them had shoes on.

Mom was crying without sobbing. Just the wet face. My face felt wet too.

Paca dropped, or rather threw, the diamond in front of my shoes. They turned their backs to us and started up the hill towards their house. The girl twin was hugging Paca’s waist. Their naked footprints remained visible on the dirt for a few hours before getting erased by the afternoon rains.

image: commons.wikimedia.org/wiki/File:Bare_feet.JPG

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SOS: mil puntitos para salvar la Amazonia

sos_amazonas

En una demostración previa a la apertura del Foro Social Mundial en Brasil, sobre mil indígenas de distintas partes de la región colaboraron para componer un mensaje urgente, fotografiado desde el aire y visible aquí. (Foto de Prensa Asociada, Spectral Agency, Lou Dematteis). “Estamos elevando nuestras voces en un alerta al mundo, y especialmente los países ricos que aceleran su destrucción“, dijo Edmundo Omoré, miembro de la comunidad indígena Xavante del estado de Mato Grosso. (Puede ver la noticia más completa aquí y aquí.)

Y me sentí aludida. Que cosas…una, tan ambientalista, aquí, sin meterse con nadie…

Porque por más ambientalistas que nos cantemos, se me ocurre que jamás seremos tan ambientalmente correctos como alguien que, en un día típico en un entorno distinto, no consuma ocho onzas de café en un vaso de foam, un yogurt en uno de plástico de esos que el municipio no recicla o recicla de manera tan extraña y errática que todos sospechamos que no recicla nada pero que seguimos llevando para sentirnos menos culpables, especialmente después de consumir cerca de ocho papeles tamaño carta para que sólo tres hojas quedaran bien impresas porque no estábamos centralizando la fotocopia apropiadamente en la fotocopiadora que además de consumir electricidad también gasta tinta, y que por más que reciclemos cartuchos la única manera de mejorar la cosa significativamente es usar menos tinta, pero iba por el yogurt y a mediodía fue un wrap que como bien indica su nombre estaba envueltito en papel de cera y una diet coke que traía, cómo no, vaso, tapa y sorbeto “desechables” (aquí lo único desechable parece ser el planeta), y no me habían dado las dos de la tarde y sin intentarlo, y sin ser particularmente botarata, ya había consumido más calorías y producido más basura que lo que consume y produce la mitad de la gente del planeta en su cotidianeidad…

Nuestra rutina diaria de consumo, aún la de aquellos que con cierto orgullo hacemos el intento de no pisar muy duro al planeta, es la “flecha de oro” que mueve el sistema que empieza con extracción, pasa por el consumo y termina con la basura – 99% de la producción es basura antes de cumplir los seis meses. Pulse aquí para verlo más clarito en el excelente video “story of stuff“. 4.5 libras de basura promedio por persona por día en Estados Unidos.

Reciclar está muy bien, pero es insuficiente. Tenemos que buscar formas de consumir menos. “I say the ones that are not being realistic are those who think we can keep up current rates of consumption“, como dice Annie Leonard.

Pero volviendo al Amazonas: El Foro Social Mundial de este año, decía, ha comenzado. Y más que nunca, los grupos indígenas del mundo se convierten en un símbolo potente. No tanto como la cosa folcórica y romanticona al estilo de la Pocahontas de Disney (que esos símbolos de Disney lo que hacen al final del día es generar más consumo y más basura), sino como portavoces de los peligros reales, gigantescos, que surgen de la relación disfuncional que las “economías desarrolladas” han creado con el planeta (sí, las mismas economías que se meten a darle consejos y préstamos de usura a las demás), para multiplicar el dólar y eliminar especies. No hay que ser muy de izquierda para ver que el esquema actual del capital por capital para capital no está funcionando. Eso, como los mil cuerpos que nos recomiendan salvar el Amazonas, se ve de lejos. SOS.

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Llanuras del pantano

urbanizacion“Santa Urbanización”…fue el pseudónimo que la colega Ivelisse Rivera Bonilla utilizó para designar la urbanización del área metro donde hizo su trabajo de tesis doctoral, Divided City. El nombre se refiere a una de las fórmulas más comunes para nombrar (¿bendecir?) esos espacios – San o Santa seguido del nombre de pila del santo en cuestión.

Esa formula no es la única. Otras igualmente comunes incluyen la palabra compuesta y descriptiva del sitio (por ejemplo, Miramar) o algún nombre propio endilgado al espacio por razones históricas (como es el caso de mi propio hábitat, Mendoza.)Pero esas son urbanizaciones de alguna edad. Entre las más nuevas, veo (cada vez con más frecuencia) una fórmula para nombrar que por alguna razón me inquieta. Una referencia topográfica, que sumada a otra geográfica resulta en una conceptualizacion que suene atractiva para un potencial comprador.

Por ejemplo: Llanuras (topografía) del Mar (geografía.)

Ahora bien, usar esa fórmula obliga a los desarrolladores y/o sus publicistas a decir la verdad, hasta cierto punto. Que sé yo, si una urbanización está en una colina en Camuy, no puede llamarse Llanos del Sur, ¿o sí? De modo que con un poco de maña y esfuerzo, un comprador aguzao puede sacarle informacion comprometedora a la mas poética de las direcciones. Veamos algunos ejemplos:
  • Praderas del Sur – ¿recuerdan a los perros de la pradera, unos animalitos de lo más lindos y sociables que cavan túneles en las llanuras así llamadas? Este nombre sugiere muchas casitas de cemento pegaditas en un espacio plano y bajo el sol candente de los llanos de la región de Ponce, Guánica, o similar.
  • Campo del Mar – Ajá…un campito, cerca de una zona de playa…este nombre sugiere el siguiente proceso: dueños de casas humildes vendieron sus casitas por lo que probablemente sonaba como mucho dinero. Mas adelante, el desarrollador contruye unas casas más deluxe, les pone acceso controlado, y voilá.
  • Campo Escondido – con este nombre, sabemos que estamos en el proverbial middle of nowhere. Destinados para siempre al conmute. A menos que nos espeten un canto de autopista y un peaje. O un mini mall. O ambos.
  • Laderas del Monte- Si en efecto se trata de una ladera, puede que estemos en zona de derrumbes. AKA jarda o jalda.
  • Valle del Oeste (o Valle Hermoso, Valle del Río, Valle del Bosque, o cualquier variación por el estilo) – Casi invariablemente, indica que estamos atrapados en una zona inundable. A no ser que aplanen las colinas circundantes (y se lleven los árboles enredaos en el proceso) para construir alguna otra cosa.
  • Valle EscondidoSonamos, como diría Mafalda. Porque ésta suena a zona inundable… in the middle of nowhere. Hasta que llegue un desarrollador y nos compre la casa barata para contruir alguna cosa tipo Mansiones del Secreto para un segmento demográfico que la use no para vivir sino para descansar. O hasta que la urbe se desparrame en nuestra dirección y ya no estemos escondidos…ni tengamos paz.
Ojo, que los nombres no siempre son así de honestos. Ayer vi unas Estancias de la Sierra…sin una loma cerca. Nada de relieve. Ab-so-lu-ta-men-te plano. Pero me parece que en general, estamos hablando de nombres atractivos para un producto que debería ser difícil de vender en estos tiempos. Un producto caro que casi invariablemente trae consigo una deuda enorme.La fórmula aquí descrita parece cobrar particular relieve ahora – el periódico y el paisaje están repletos de urbanizaciones nuevas. Cosa curiosa, en momentos de crisis económica, cuando las clases medias lo piensan dos veces antes de hacer el “upgrade” a la marquesina doble o los cuatro cuartos y las medias altas evitan la compra de segundas viviendas. (Me limito a mencionar esas dos porque las altas siempre compran,  y para las “bajas” nadie construye.)

En un mundo más lógico, uno esperaría que se le aplicase a la compra de viviendas la recomendación ambientalista que intentamos aplicarle a productos más modestos: Reducir, reusar, reciclar. Que, en otras palabras,nos quedáramos en la casa que estamos, compráramos una casa usada, o construyéramos/remodeláramos en los ahora fantasmales espacios antes ocupados por urbanizaciones que han pasado de moda.

Pero los que toman las decisiones subsidian los “proyectos nuevos”, para que el desarrollador no pierda. Porque proteger la economía del país siempre se traduce, insólitamente, en la protección de banqueros y desarrolladores esmandaos. Nunca se traduce en proteger al ciudadano común que quiere cantar

yo tengo ya la casita, que tanto te prometí, cubierta de margaritas, para ti…

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