peligrosa educación

- foto:R.Alcaraz,Diálogo
No sé si pueda decir que es lo peor que ha pasado (¡después de todo, ha pasado tanto y tan rápido!) pero sí que tiene que estar entre lo peor de esta crisis: Figueroa Sancha anuncia en foros diversos su intención de abrir un cuartel en la UPRRP, y su deseo de que se haga lo mismo en cada recinto.
¿Por qué? Porque, nos dice, hay que “desarticular puntos de droga”.
Parecería que la policía no tiene nada que hacer. Que no hay crimen en el país.
Que nos acostumbremos, dice la rectora Guadalupe. Que será una relación armoniosa, dice el superintendente. Que es necesario, dicen el gobernador del país y el presidente de la universidad, en siniestro stereo y con idénticas palabras.
Y eso pone a pensar a uno (y más vale que pensemos mientras se pueda, porque al paso que vamos…) en la cosmología, en la visión de mundo, que la solución del super, del presi, de la rectora y del gobe implica. Al menos en lo que se refiere a los ámbitos de la criminalidad y de la educación, ambos por cierto muy protagónicos en sus mensajes de campaña.
En año de asesinatos récord, usamos una cantidad considerable de efectivos de la policía (esa palabra, “efectivos”, siempre me ha resultado muy curiosa) para ocupar la universidad para “conservar la acreditación”, dice la rectora, y añade que “hay que acostumbrarse a la presencia de la policía”.
¿Crisis en la universidad pública? Meter la policía ha sido la respuesta. Ello a pesar de que todos los incidentes de violencia de esta crisis han ocurrido una vez aparece en escena la policía (pública o privada). ¿Diálogo?¿Negociación? Ni pensarlo. La mano dura contra esos comunistas peludos, nos dicen los que mandan.
El mundo parece que está lleno de peludos comunistas, últimamente, a juzgar por las protestas de universitarios en Londres, Grecia, Irlanda, California…Eso, o tenemos que descartar el discurso ajado de la guerra fría y comenzar a articular más seguido lo que pasa en Puerto Rico como parte de un fenómeno global en donde la educación pública, y las premisas morales que la sostienen, están bajo asedio.
Un estudio de Estudios Técnicos para Fondos Unidos, citado en La Pobreza en Puerto Rico (L.Colón) indica que entre las víctimas de homicidio en Puerto Rico, poco menos de la mitad tenía menos de noveno grado aprobado. ¿Los victimarios? 59% tenía noveno grado o menos. De sobre 1,000 expedientes examinados, solamente 7 tenían bachillerato.
Parecería entonces que tenemos que utilizar la educación para combatir la criminalidad. Pero en lugar de eso, estamos usando a la policía para criminalizar la educación.
Vivian

foto de primerahora.com
En uno de esos maravillosos libritos de la serie ciento en boca, de ediciones huracán, Fernando Picó nos cuenta cómo se multaba diferencialmente a distintos sectores sociales en el Utuado del siglo diecinueve:
Un reglamento proveía para que los jornaleros pagaran un día de prisión por cada cuatro reales de multa…en el caso de los artesanos, un día equivalía a doce reales, y en el de los propietarios, seis pesos…
En el siglo diecinueve, el tiempo del artesano valía más que el del jornalero, y el del propietario, a su vez, mucho más aún.
Y ahora, también. El periódico Primera Hora reseñó el sábado la muerte de Vivian Rivera, una joven de 23 años, presa en una cárcel de Vega Alta y víctima de una golpiza por parte de otra confinada. Estuvo en la enfermería de la prisión, agonizando, tres días. Cuando llegó al Centro Médico “era demasiado tarde”, dice el parte de prensa. Una condición congénita había complicado y amplificado el efecto de los golpes, y la muchacha no despertó.
Si hubo maltrato o negligencia por parte de la cárcel, no lo sé. Probablemente es prudente esperar por la autopsia antes de emitir una opinión al respecto. Lo que sí podemos decir es que el panorama no es, en sus efectos, muy diferente del que describe Picó en la cita, arriba. A esa chica se la llevaron presa, por un año, por posesión de una bolsita de marihuana. El juez dictó sentencia de “un año de cárcel o mil dólares de multa”, y el tiempo de Vivian valía tan poco como el del jornalero de Utuado. Una vez en prisión, en una ocasión, la “mangaron” fumando marihuana de nuevo y le añadieron ocho meses adicionales a la ya desproporcionada pena.
Una bolsita = mil pesos = un año. ¿No hay algún mecanismo que proteja al pobre de esa álgebra maligna? Ochenta pesos al mes. El dictamen del juez le adjudica un valor de once centavos, a cada hora (encerrada) de Vivian. Su tiempo vale menos que el del jornalero de Picó.
Compare ese año y ocho meses con el caso reciente de los tres estudiantes que tenían, no una bolsita de marihuana, sino un huerto completo en Condado. Hidropónico, nada menos. Les ocuparon, dice la prensa, “112 plantas de marihuana, 16 envases con picadura, 15 bolsas medianas con la droga lista para vender y cuatro envases con cocaína”.
No es que yo piense que los tres agricultores aficionados de Condado deben ir presos – ese no es el punto. Lo que me parece interesante es que aunque las reglas oficiales sean distintas, el TIEMPO del pobre siga valiendo menos. Para los estudiantes de medicina, 112 plantas y quince bolsas no alcanzan para justificar un día de prisión. Para Vivian, una bolsita se paga con un año, y un cigarrillo a medias, con ocho meses.
O con la vida.
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Printel asesino
Hace un par de días quise escribir sobre Jorge Steven. Hoy debo escribir sobre el hombre que confesó haberlo matado.
“Debo”, dije, no “quiero”. Todavía tengo dificultades para mirar su foto en los periódicos, para leer sus alegatos de defensa propia y de lo que algunos llaman “pánico homosexual”. Tengo dificultades hasta para nombrarlo. Para mí es “el asesino”.
Confieso que me cae mal, que me asusta su visaje, que me provocan desagrado su expresión, su mirada, su frente, su collar, sus manos esposadas…
Y por eso debo escribir. Porque me desagrada. Todos estamos horrorizados. Hasta los que emiten expresiones homofóbicas al hablar de la víctima, como “que hacía ese muchacho allí”, o “se lo estaba buscando, con esa vida”, tienden de inmediato a conceder la monstruosidad del acto de…este otro tipo. Del que mató, decapitó, desmembró, y luego intentó quemar y ocultar a Steven.
Juan Antonio, se llama.
Juan Antonio nos desagrada por la misma razón por la que nos desagradan todos los que cometen actos monstruosos, impensables. No simples asesinos con móviles ‘vulgares’ (léase, ‘económicos’) , sino aquellos asesinos cuyas acciones se nos antojan distantes de la naturaleza humana más básica, más fundamental. Los parricidas, los infanticidas, los genocidas. Pero bien han sugerido los estudiosos de esos fenómenos que además de condenarlos, debemos entenderlos, para poder prevenirlos. Por más monstruosos que sean estos eventos, si existen y ocurren, es que son, por definición, posibles.
Dicen que Juan Antonio odia a los homosexuales. Dicen también que él es homosexual; que si miren sus cejas, que qué hacía en esa zona, conocida por la presencia de travestis, que Steven y él se conocían, que por qué quemó el colchón…. Todo esto puede ser importante. Pero los que lo dicen para burlarse de Juan y de su defensa están errados, me parece. “Acusarlo” de gay no debe ser el ángulo, porque “gay” no debe ser una acusación, sino un hecho reconocido, aceptado, sin tapujos ni falsas “tolerancias”. No.
Si en efecto Juan Antonio era bisexual o gay, y además odiaba a los homosexuales, entonces la situación es aún más trágica. ¿Por qué? Porque ilustra el poder asesino no sólo de Juan Antonio sino de la homofobia colectiva, aprendida, respirada desde siempre, que contribuyó a forjar a un asesino, a generar en él odio hacia sí mismo y hacia otros.
Reconocer, entender, estas cosas, ¿excusa a Juan Antonio? ¿Lo justifica ante los ojos de la ley? No, mil veces no. Que se haga justicia.
Reconocer, entender, estas cosas, ¿es un paso necesario para eliminar, de una vez y por todas, las condiciones sociales que permiten que algo tan monstruoso como esto caiga dentro del rango de las posibilidades de comportamiento humano, que sea posible? Sí, mil veces sí. Que se discuta, se arroje luz, se construya conocimiento valiente.
Para combatir la homofobia, y cualquier otra forma de intolerancia y odio, hay que sacar las fuerzas necesarias para entender las rutas que la convierten en un modo dominante de pensar.
Aunque esto implique mirar un asesino a los ojos, y reconocer al monstruo como humano, y a la monstruosidad como posible.
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Printsteven
Tenía diecinueve años, y lo mataron. Lo mataron porque “no era una mujer”. Lo mataron con saña y con violencia. Eso es lo único que importa.
No me malentienda: Soy la primera que reafirma, siempre, el valor de la historia. La historia en detalle y con contexto, densa como la bautizó Geertz cuando dijo que la descripción debería incluir no sólo el comportamiento sino todos los significados y referentes posibles de ese comportamiento, conectados entre sí por una especie de bellísima tela de araña, o de humanidad que construimos, que nos da vida, que nos atrapa.
La antropóloga en mí preferiría querer explorar esa tela de araña en sus personajes, en sus matices, en sus narrativas. Querría sentir alguna simpatía, si no por el individuo que mató a Steven, sí al menos por su historia. Quisiera pensarlo víctima también, de alguna cosa. La cárcel, tal vez, como él sugiere.
Pero no puedo. No puedo ni recordar el nombre del asesino. El nombre de su víctima, Steven, se me quedó en la mente enseguida, en cuanto leí la primera noticia, acompañado en mis circuitos neuronales por la imagen que de él ví en el periódico. Una criatura.
Me dicen que Steven, justo antes de su muerte, se prostituía. Me lo dicen como si eso fuese a inspirarme algún rechazo. Imagino que lo hacía por el dinero, tal vez por la caricia, quizás por ambas. Todo lo que me ocasiona esa otra historia, esa especie de acusación póstuma, es una ternura implacable.
Lo mataron con saña y con violencia. Lo mataron porque “no era una mujer”. Aquí, a mí, y ahora, eso es lo único que importa.
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