Mirando con incredulidad lo cotidiano, y buscando humanidad en lo “exótico”.

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el hábito de maría

Conozco a un niño de trece años que podría, estoy segura, ser científico, o ingeniero, o filósofo. Y que querría serlo. Para ello, tiene que ir a la universidad, por supuesto. A la mejor posible. Pero no sale bien en sus clases, y no salir bien en las clases, cuando ocurre con demasiada frecuencia, tiene un efecto cumulativo que las más de las veces se traduce en un final infeliz.

Mentí, arriba, cuando dije que conocía uno. En realidad conozco muchos y muchas como él. De ojos y mentes brillantes, pero experimentan dificultad para hacer el trabajo de álgebra, o para leer el libro. Se frustran por ello.

Algunos dejan la escuela. Suelen ser pobres. ¿Por qué? No estoy segura. Pero creo que para las clases media y altas existen más mecanismos sociales de protección. Que cuando el hijo del médico, o de la abogada, o del profesor universitario, tiene problemas de lectura en segundo grado, algo se hace, y se hace pronto, y si no funciona, se hace otra cosa.

[En este punto, el lector podría decirme, ofendido, que las dificultades de aprendizaje y la deserción le ocurren a cualquiera, independientemente de su clase social. Y le contestaré que tiene toda la razón, pero que es más probable que le ocurran a los que nacen en desventaja socio-económica. A medida que uno asciende en los indicadores de clase, más raro ("raro" de "improbable", no "raro" de "weird") se torna el problema de aprendizaje que desemboque en fracaso escolar.]

Llevo varios años trabajando con un proyecto que se dedica a entender y atender la desigualdad educativa. A través del tiempo, muchos me han dicho, a modo de consejo y con mucha razón, que parte del problema educativo estriba en que el aprendizaje escolar necesita hacerse mas atractivo, más divertido, y es cierto. Por ello hemos incorporado giras, juegos, y demás.

Pero hoy creo que hay algo más. Algo más simple, y más antiguo, y más importante, y menos de moda, y más difícil de implementar. El hábito de María. Quiero intentar articularlo aquí, con ustedes, en el blog.

Tharp, bailarina, coreógrafa y autora de un librito que se llama The Creative Habit, nos recuerda que para poder componer piezas geniales, el gran Mozart tuvo primero que practicar sus escalas, y tuvo hacerlo habitualmente. ¿Qué quiere decir con ello? Quiere decir que el talento, aún el talento genial, necesita de la destreza para poder manifestarse. Para convertirse en virtuosismo.

Nacemos con talento, pero no con destreza. La destreza hay que practicarla, habitualmente, mucho, hasta que se convierte en parte nuestra y nos permite entonces usar el talento para construir, para crear, la cosa que sea: la nueva receta, el puente, la fórmula química, el argumento legal, la estrategia de negocios, la novela, el plan para la familia, o el país.

La importancia de la práctica es universal, pero resulta tal vez especialmente visible en los casos famosos, o extremos, como bien describe Gladwell en Outliers, cuando nos cuenta de las diez mil horas, aproximadamente, que pasaron talentos famosos como Bill Gates y los integrantes de Los Beatles cultivando, en relativo anonimato, sus destrezas.

Pero de vuelta a los nenes puertorriqueños: ¿Cómo pretender que el jovencito lea y disfrute una novela, si cuando niño no practicó la destreza cotidiana de sonar sílabas y luego palabras y luego oraciones hasta que sonarlas le resultara tan natural, tan automático, que su mente comprendiera el lenguaje directamente, que su cerebro le metiera un bypass a la mecánica de la lectura y fuese directo al significado? ¿Cómo lograr que la muchachita domine el álgebra, o la geometría, si tiene que realizar las operaciones aritméticas más bobas con los deditos, contando para sumar, sumando para multiplicar, porque no se aprendió las tablas? Hay unas cosas que hay que practicar, unas destrezas básicas que son lo que son las escalas para los músicos: Hay que dominarlas, al derecho y al revés, sin pensar, temprano en el juego.

[Se ha indignado de nuevo mi lector. No me diga que si el muchacho no lo aprendió en elemental no lo aprenderá nunca, me regaña. Y le sonrío de nuevo, y le digo que tiene toda la razón, y que por supuesto que estas cosas pueden, y deben remediarse en el grado en que se descubran, aunque ello implique practicar lectura en séptimo grado o repetir obsesivamente las reglas para manejar fracciones en la universidad. Hay que hacer lo que hay que hacer. Esto es un poco como dejar de fumar, para evitar el cáncer, aunque uno lleve décadas fumando. Siempre es mejor no fumar que fumar. Pero es mejor nunca empezar. Y en la educación, lo más efectivo es practicar "las escalas", la lectura básica, las tablas de multiplicar, cuando todavía son niños, y no se enamoran de otros estudiantes, no piensan en cortar clases, quieren complacer a uno, tienen mucho tiempo libre, y (ad)miran al mundo y al maestro con ojos grandes de asombro...]

Para poder optimizar su talento, para crear un mejor país, nuestros niños tienen que ‘practicar sus escalas’. Cosas como lectura, aritmética, puntualidad, esfuerzo. Mucho. Habitualmente. Y cuando pienso en eso, me acuerdo de María.

En nuestro trabajo con jovencitos de escuelas mayaguezanas, los tutores se sorprenden cada semestre, al ver mentes alertas, equipadas, buenas, talentosas, teniendo, consistentemente,  los mismos problemas: En clases donde se trataba álgebra o geometría, las dificultades tenían raíces aritméticas, como multiplicar, o manejar fracciones. En las clases (¡todas!) que dependen del lenguaje, se trataba de un problema de comprensión de lectura, de saber sonar la oración pero no procesarla, comprenderla, porque para comprender, la lectura como sonido tiene que ser automática.

María es una maestra, hoy retirada, famosa en su pueblo porque no se le escapaba uno: Le enseñaba a toditos y toditas a leer. Era maestra de primer grado, y esa meta de que todos leyeran era su desafío personal, todos los años. Todos los niños, todos los años. Hoy su hija Olga emula ese ejercicio en su propio salón de clases, en otra materia, en otro pueblo. Y creo que la nieta también va por ahí…

María no se leyó a Tharp, pero me consta que conocía muy bien la importancia delhábito, porque se la aplicaba a sí misma. Se levantaba todos los días a la misma hora, iba al trabajo (casi nunca faltó), y le metía consistencia, talento, destreza, ganas.

Por las noches, en su casa, hacía planes.

Sus planes cambiaban, a través del tiempo, porque María, reconociendo su labor como una profesión creativa y su ejercicio cotidiano como un arte, asistía regularmente a talleres de educación continua. En el fondo, no creo que le hicieran falta esos talleres, estrictamente, en términos de contenido; pero ella les sacaba el jugo, y aplicaba lo aprendido en sus planes.

Esa actividad cotidiana de los planes me dice mucho de su disciplina, de su humildad y de su optimismo. Porque cuando usted cree que se las sabe todas, usted no hace planes. Cuando usted no cree que puede, con sus acciones, transformar estudiantes porque ya llegan a su salón de clase fundamentalmente forjados, destinados a lo que sea, usted no hace planes. Si no hay esperanza, no hay
planificación.

[Mi lector imaginario vuelve a indignarse. Y ésta qué sabe, murmura.]

No mucho, le contesto. Pero soy maestra. En mi caso es tal vez más fácil la cosa, porque mis alumnos suelen ser adultos o estar por ahí, en la víspera de serlo. Pero conozco muy de cerca la tentación de la arrogancia o la desesperanza, de enseñar en la modalidad de “salir del paso”, de no hacer el esfuerzo máximo para transformar mentes y vidas porque asumimos que los estudiantes llegan hechos, forjados, destinados, que el que va a aprender aprende y que el que no, pues no, independientemente de lo que hagamos. Y he sucumbido a esas tentaciones del pensar y del sentir más de una vez.

Y resulta que el país esta en crisis, “crisis” en plural, y que una de las crisis principales es la educativa. Las areas de acción para atender la crisis son, por supuesto, muchas, y a todos los niveles educativos. Pero un espacio humilde, poco mencionado, tiene que ser la práctica habitual e intensificada de destrezas básicas, como aritmética y lectura, en escuela elemental. Porque sin esas dos formas de hábito, el aprendizaje y la creación posteriores, profesionales, ciudadanos, son prácticamente imposibles.

[En este punto se vuelve a ofender mi lector y me cuenta, muy indignado, que su abuelito es analfabeta y que sin embargo es un excelente, inteligente y muy activo ciudadano. Pues felicite a su abuelito de mi parte, le digo. De regreso a la metáfora del cigarrillo: Conozco a un abuelito que fumó por ocho décadas y no le dio cáncer y vivió hasta los cien años. Pero ya que hablamos de su abuelito, y que es un ciudadano activo e inteligente, vaya y léale lo que acabo de escribir: Apuesto a que su abuelito estará de acuerdo conmigo, porque ese abuelito extraordinario sabe que lo es no por no saber leer sino a pesar de ello. Tal vez, con acceso a una educación de calidad, su abuelito hoy podría ser mil cosas, incluyendo gobernador nuestro. Y tal vez, con su abuelito a la cabeza, el país estaría mejor que ahora. Pero no quiero salirme del tema. Mis cariños y respetos a su abuelito.]

Y mis respetos y felicitaciones a todos y todas las maestras y maestros como María. Ojalá se reestructure el sistema de modo que la labor de los maestros sea recompensada con mejores salarios y mayor reconocimiento y oportunidades de desarrollo personal y profesional.

Tenemos que ser más como María. La crisis educativa no es necesariamente culpa nuestra, lo sé. Y no intento culpar a los maestros- ¡hay tantos, tantos problemas en el país que hacen difícil el aprendizaje, y la enseñanza! Pero nos tocó, nos tocó atenderlo, con furia, con rabia, con intensidad, con amor. Todos los días, cultivando el hábito, la destreza, de la inocencia. Dije inocencia, sí, porque se requiere mucho optimismo inocente (que ojo, no es lo mismo que optimismo bobo) para creer que podemos transformar la vida del nene que viene de la comunidad deteriorada, o que vive en el hogar destrozado con adultos ya irremediablemente rotos, y para pensar que podemos transformarlo con las tablas de multiplicar y con la lectura cotidiana….

Pero hay que hacerlo, porque es nuestra mejor esperanza y la mejor oportunidad para que ese nene pueda imaginar, articular, construir un mundo distinto. Y porque a veces, hasta funciona. Tenemos que hacerlo con consistencia y celo. Crear y cultivar el hábito y la rutina de practicar destrezas para el pensar, con el hábito y con la rutina propios del enseñar con ahínco y con cuidado.

Con el hábito de María. Nos va la patria en ello.

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atalaya

®The Far Side

Estaba yo en plena domesticidad sabatina, cuando sonó el timbre.  Como mi puerta no tiene una de esas pequeñas claraboyas que permiten ver la imagen, un tanto deformada por el cristal, de la potencial visita, me asomé por la ventana.  La calle estaba llena de ellos, y eran inconfundibles, porque caminaban en parejas, cargaban con unos pequeños maletines negros, y se protegían del sol con grandes sombrillas.  Eran ellos.  Los testigos.   De dos en dos, de puerta en puerta. Mi perra ladraba, con un ladrido que al desconocido que no sabe que, decodificado, quiere decir “sóbame la panza ahora mismo, por favor”, le puede sonar feroz.  Por un momento pensé, pero sin mucha convicción, que tal vez la perra los espantaría.

Los sabatinos Testigos de Jehová  son parte del paisaje de la urbanización boricua.  Incansables, ciertos, consistentes, llegan en sus autos, se estacionan, agarran biblias y sombrillas, y caminan de casa en casa llevando la palabra.  Desde que recuerdo, he visto gente evitando esas visitas.  Las estrategias son muchas.  Una de mis abuelas, por ejemplo, se asomaba a la ventana, con el ceño fruncido, diciendo entre dientes “ahí vienen, ahí vienen…”, y sin abrir (y a veces casi sin esperar el timbre) rugía, con una curiosa mezcla de enojo y satisfacción, “¡somos católicos!”.  Si los testigos insistían, gritaba, más alto aún, “¡no nos interesa!”.  Otra abuela hacía todo lo contrario: Les preparaba jugo de toronja, los sentaba en el balcón, y mientras ellos balanceaban vasos, sombrillas y biblias, la abuela tomaba la batuta de la prédica y les secuestraba el intento de conversión hablándoles de las maravillas del catolicismo.

No sé cuál de las dos abuelas era más temible. Con la segunda, especialmente, solían quedarse un poco desconcertados. Pero siempre regresaban.  Incansables, consistentes, ciertos. Dejaban folletos delgados tras de sí, repletos de consejos para el buen vivir, y, evaluados en sus términos, muy bien escritos.  Oraciones completas, citas bien puestas, mejores que muchos de los productos académicos y cuasi-académicos que me ha tocado leer.  Y sobre todo escribir. De hecho el Atalaya es una de las revistas más leídas, si no la más, y pasa por un riguroso proceso de edición.

El barrio donde viví mientras estudiaba en la Universidad también estaba en el radar de los testigos.  Y mis vecinos estudiantes también tenían sus estrategias.  Uno de ellos, un futuro químico, aseguraba que había logrado espantarlos saliendo al balcón vestido sólo con una toalla  y afirmando que era budista.  Nunca intenté ese método, y tampoco supe nunca si funcionaba por el budismo o por la poca ropa.

Mis métodos siempre fueron bastante más modestos, incluso cobardes.  El más común era simular no estar en casa, escuchando el gentil pero obstinado”¡buenos días!, mintiéndole a los testigos con mi silencio.

En una ocasión, hace años, armada de valor (tal vez un poco cansada de esconderme y callar) decidí abrir la puerta y darles una respuesta amable, honesta e implacable.

Ja.

Ellos:  Buenos días. Yo: Buenos días, ustedes disculpen, pero soy agnóstica. Ellos: ¿Que usted es qué cosa? Yo: Agnóstica. Ellos:  Ah.  [Pausa incómoda]  ¿Como los rosacruces? Yo: [sintiéndome honesta, sí, pero también un poco ridícula, y para nada implacable]: No, no es como los rosacruces. Sencillamente no soy creyente. Ellos: Ah.  [Otra pausa] ¿Atea? Yo: No, tampoco.  Los ateos piensan que dios no existe.  Los agnósticos pensamos que no es posible saber si existe. Ellos: [Aliviados] Ah, pues le traemos buenas noticias.  [Agarran la biblia.] Yo: [Olvidando lo de "amable".  La verdad es que no nos importa mucho, saber si existe.... [Ahora mintiendo descaradamente] Lo siento, se me va a quemar la comida. Tengo que regresar a la cocina.

Después de ese fracaso comunicativo, había regresado a la maniobra cobarde de simular no estar en casa.  Ahora, mientras miraba por la ventana, pensaba que hoy sí tenía una excusa legítima – la comida hervía sobre la estufa.  Pero igual no me creerían. Estarían ya acostumbrados a las mentiras cobardes de los católicos, los agnósticos, los ateos, los cristianos de otras denominaciones,  los vagos, los ocupados, los desentendidos, los budistas,  los…vamos, todos los no-testigos.

Sonó el timbre. Suspiré. Me sequé las manos y abrí.  Eran dos testigas, cuarentonas, tal vez cincuentonas. Una de ellas le sobaba la panza a mi ahora callada perra. La otra me sonreía. Tenía gotitas de sudor en la frente.

Ellas: ¡Buenos días! Yo:  Buenos días. [Suspirando]  Mire, francamente no quiero hablar de dios, ni estoy interesada en la revista.  [Pausa desconcertada] Pero con gusto les puedo ofrecer un poco de agua fría. Ellas: [Se miran].  Pues sí, gracias.

Camino a mi cocina. So far, so good, pienso. Pero usarán el agua para ganar tiempo. En cinco minutos estarán en pleno intento de conversión, y se me va a ir  la amabilidad pa’l…

Tomamos agua las tres. Hacía calor.  Y hablamos. Mucho.  De Mayagüez. De los perros y otras mascotas.  De los hijos, especialmente los adolescentes.  De que las cosas estaban malas. De la emigración.  Busqué más agua. Seguimos hablando. De la geografía de Puerto Rico.  De las características de diferentes pueblos.  De qué hacer, para ejercer la democracia. De qué se puede esperar, y qué no, de las escuelas. De qué se siente ir de puerta en puerta. Se siente como hacer lo que uno piensa que es correcto.  Incansables, ciertos, consistentes. También hubo breves, y sorprendentemente cómodos, silencios.  Agua de vida, dijo una de ellas, al terminarse el segundo vaso.  Me dieron las gracias, les dí las gracias,  y partieron con sus atalayas y sus biblias.

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los abogados

[A la clase graduanda de la Escuela de Derecho Eugenio María de Hostos, 5 de junio de 2010.]

Agradezco mucho, me honra mucho, la invitación que me ha hecho la clase graduanda Fuego de Justicia para hablarles en su noche de logros.

Pero este tipo de invitaciones siempre trae consigo unas preguntas implícitas, unos temas generales, que uno debe atender.  Temas como el significado del grado, o la carrera. Preguntas del tipo “¿Ahora, qué?”

Yo estudié antropología, no derecho, de modo que no se cuán preparada esté para responder esas preguntas.  Pero las voy a abordar. Y para hacerlo, les voy a contar un par de cosas, para luego plantearles un argumento.  Los cuentos son simples:  Tienen que ver conmigo, con mis abuelos, con las polillas, con los libros, y con algunos abogados.  El argumento tiene que ver con la lucidez y con la justicia. Podríamos llamarlo fuego y justicia.

Mi primer encuentro con un abogado fue, como tantos otros encuentros importantes en mi vida, a través de un libro.  Y mi primer contacto más o menos serio con libros de verdad, de esos libros que no tienen dibujitos, fue en un garaje.  Tenía yo unos diez años, y acababa de mudarme a vivir con mis abuelos, que vivían en una casa vieja muy cerca de la Universidad de Puerto Rico en Rio Piedras.

En esa casa, el carro dormía afuera, en la calle.  El garaje era para los libros. Y no es que no hubiera libros en otras partes de la casa. De hecho había libros por todas partes. Y libros de todo tipo. Literatura de buena calidad,; literatura de mala, o al menos dudosa, calidad;  enciclopedias, revistas, cómics, manuales…Había libros heredados de tíos, hermanos, amigos, desconocidos…Mis abuelos, como otros tantos de su generación, compraban pocas cosas, y botaban menos todavía.  Y esa regla se la aplicaban tanto a los tornillos como a los muebles, tanto a la ropa como a los libros.

De más está decir que en casa había polilla. Y mucha.  Los libros apolillados , sin embargo, no se botaban: eran desterrados al garaje, y allí mismo había que leerlos, para que no contagiaran a los libros sanos. Allí, entre muebles viejos y herramientas, me sentaba yo, sobre un cajón, a cultivar mi imaginación (y a cultivar, de paso, un asma crónica que me duró unos cuantos años.) Sentada como una polilla gigante y flaca, leía yo en el garaje mis libros, mis libros apestosos a libro viejo, llenos de agujeros, maravillosos libros.

Uno de mis favoritos, tan favorito como Historia de Dos Ciudades, como Los Tres Mosqueteros,  y preferido por mucho sobre cualquier cosa que estuviésemos leyendo en la escuela en aquel momento, era un volumen rojo, bastante grueso, publicado en los años cincuenta, que se titulaba Sala de Jurados y  que contenía la biografía de un abogado de nombre Samuel Leibowitz. Un abogado judío de padres rumanos, residente de Nueva York.   Me gustaba especialmente el capítulo que narraba el caso, el largo drama, de los chicos de Scottsboro- nueve muchachos negros falsamente acusados, y condenados a muerte, por haber violado dos mujeres blancas en Alabama en la década de los 1930.  Leibowitz hizo historia, primero porque tomó el caso gratuitamente, luego porque apeló las condenas, luego sacando libres a cuatro de los acusados, reduciendo las sentencias de los otros cinco, y de paso llevando la cosa al Tribunal Supremo no una sino dos veces, destapando la olla de grillos que era el discrimen racial cotidiano del sur, obligando a los jueces, y a los hombres y mujeres de Alabama, a prestarle atención al racismo. ¿Cómo lo hizo? Pues lo hizo con el saber, y con la agilidad de acción que el saber a veces nos permite. Lo hizo conociendo la ley, conociendo el derecho; lo hizo, también,  entendiendo la psiquis colectiva, el ethos, de Alabama.  Lo hizo, en fin, estudiando, aprendiendo, construyendo y actuando.

Yo tenía diez años, y las cuestiones heroicas me impresionaban mucho…pero los superamigos de las caricaturas que yo veía los sábados por la mañana (individuos de la talla de Superman, Batman,y especialmente la Mujer Maravilla) se quedaban todos cortos al lado de Leibowitz. El caso de Scottsboro cautivó mi imaginación, y hasta cierto punto cautivó también la de la época: Fue de hecho inmortalizado en otro de mis libros favoritos, publicado en los sesenta, y también apolillado: To Kill a Mockingbird.  En él una niña, una niña como la que yo era entonces, narraba la historia de su comunidad, una comunidad pequeña, unida, capaz del mayor de los desprendimientos, pero también del peor de los racismos. Su padre (el héroe, el abogado) no solamente era hábil, sino que en su decisión de representar, con toda su energía y toda su destreza, al acusado negro, arriesgando su seguridad personal, representa el espinazo, la capacidad moral, de toda la comunidad. Tal vez de todo el país. Tal vez de toda la especie.

Estos eventos (y los llamo eventos porque no son “meros” libros, simples objetos, sino mas bien momentos de lectura tan forjadores del carácter como cualquier otra experiencia) estos eventos se daban en un momento histórico particular.  Los libros habían sido publicados en los cincuenta y sesenta, pero yo los estaba leyendo en mi garaje en los ochenta. Era la década del ascenso de los yuppies y sus valores materialistas, pragmáticos, por encima del idealismo  y el antimilitarismo hippie de la década anterior…Era la década de la resaca que le siguió a las muertes en el Cerro Maravilla…Para esa época salió una película, con otro héroe muy especial, que también cautivó mi imaginación, y que también era abogado.  La biografía de Gandhi, interpretado por Ben Kingsley.  Recuerdo bien que la película comenzaba con Gandhi, entonces un joven abogado, recién graduado y con práctica en SurÁfrica, siendo expulsado de un vagón de tren de primera clase. Él había pagado su boleto, y andaba bien vestido…pero resulta que aún así, los indios, como él, eran considerados muy oscuros de piel para pasar por “blancos” en la SurAfrica de finales del siglo 19 y principios del veinte. Ese momento es descrito, en las biografías de Gandhi el gran hombre, como la Epifanía o revelación que transformó al abogado que era Gandhi joven, en el activista que pasó a la historia.  Pero esa descripción no me parece del todo precisa.  Es más correcto decir que ese fue el momento en donde en lugar de dedicarse a su práctica, Gandhi comienza a dedicarse a una causa que construye a través de su práctica, con las herramientas que su práctica le provee.

O mejor dicho aún, y más dialéctico, más apropiado para este espacio socrático que ocupamos ahora: Gandhi se desarrolla como abogado toda vez que se desarrolla como activista de los derechos de los indios en SurAfrica-y viceversa; se desarrolla como activista toda vez que se desarrolla como abogado.  Son sus años ejerciendo allí, nos dicen sus biógrafos, los que redundan en el Gandhi que conocemos, el Gandhi que logró la independencia de la India conociendo escrupulosamente, y luego desafiando magistralmente,  las leyes, sin violencia, y sin corromperse.

Mientras yo admiraba a Leibowitz, y a Gandhi, había otro héroe, también abogado, frente a mis narices, allí mismo, en la apolillada casa.  Años más tarde me enteré.  Resulta que mi abuelo, mi abuelito, mi viejo, además de haberse doctorado en historia, había estudiado derecho.  “¿Por qué?”, le pregunté alguna vez, curiosa ante lo que me parecía una especie de redundancia académica, por no decir una monumental pérdida de tiempo.  Y me contestó, sin titubeos, con cierta exasperación, lo que le parecía obvio: “¡Pues para saber! ¡para entender!”.

Al día de hoy, con 92 años, mi abuelo entiende el país, y el mundo, con una lucidez que le vendría muy bien a los que manejan al país, y al mundo.

Pero regresemos al cuento de Gandhi. ¿De qué le sirve a Gandhi el estudio del derecho? Pues le viabilizó, le operacionalizó,  nada menos que el ser Gandhi. Lo que no es poca cosa.  Existe entre el derecho, la independencia de la India, y la popularización de la ahimsa, la doctrina de la  “no violencia”, la misma conexión que existe entre el derecho y el fin de la esclavitud en Estados Unidos, liderada por Lincoln, ese otro abogado.  Entender, incluso amar, e incluso amar lo suficiente para estar dispuesto a mejorar, a transformar, el contrato social plasmado en el estado de derecho, es una ruta exquisita hacia la participación ciudadana plena, hacia la actividad con causa y con pasión, y ¿por qué no? Hacia la felicidad.

Debo admitir que mi noción de felicidad no es necesariamente universal, pero ciertamente es compartida, y defendible. Permítanme articularla muy brevemente aquí.  Para hacerlo, voy a echar mano del trabajo de un psicólogo húngaro de nombre impronunciable que ha trabajado el tema en las universidades de Claremont y de Chicago, y de una fabulosa escritora boricua que trabaja y escribe en la Universidad de Puerto Rico.  El húngaro es Mihaly Csikszentmihalyi, y dice que la felicidad, en términos prácticos, se encuentra en lo que él llama Flow, o la experiencia óptima, y que consiste en la combinación óptima de desafío y destreza.  Es pocas palabras: Si usted hace algo muy fácil, y sus herramientas mentales le sobran, se aburre. Si hace algo muy difícil, y no cuenta con las herramientas mentales, se frustra. Pero si usted, con la mayor frecuencia posible, se dedica a hacer cosas que sean suficientemente difíciles para absorber su atención totalmente, de hacer uso intenso de su destreza y conocimiento, es feliz.

La boricua es Ana Lidia Vega.  Y dice la Dra. Vega que la felicidad está asociada, en la vida de los que quieren y pueden optar por hacer carreras universitarias, con una especie de hiperconciencia, la hiperconciencia del “ser humano que sabe pensar críticamente por sí mismo y que puede sentir solidariamente por los demás.”

Pensar, críticamente, por sí mismo: sentir, solidariamente,  por los demás. Vega nos habla de hiperconciencia, de la lucidez que nos permite entender, para poder actuar, para poder ejercer cambio. Esa capacidad para la acción que la clase graduanda de ustedes, ha articulado como Fuego de Justicia.

Ustedes utilizarán su diploma para diferentes cosas. Taller jurídico ciertamente  hay- después de todo, a los tribunales puertorriqueños llegan sobre 300,000 casos al año.  Podemos evaluar el producto de su esfuerzo académico a partir del salario que usted gane, del contrato o el ascenso que se lleve, del carro que maneje o el bote que se vaya a comprar. Pero esas cosas, aunque nos permitan vivir y hasta nos den satisfacción, tienen poco que ver con la felicidad, con la experiencia óptima, con pensar y con sentir, a no ser que el salario se lo gane haciendo algo que le fascine (y ojo, no hablo de algo que se le haga cómodo, o que le guste un poco, sino que le fascine), a menos que el carro lo lleve a los lugares en donde usted va a aplicar lo mejor de sí, de su preparación, de sus destrezas, en pos de algo en lo que usted cree, o a menos que usted aprenda a manejar ese bote como todo un lobo de mar y se dedique principalmente a eso.  Porque la felicidad es lúcida, la felicidad es intensa. Cito a Ana Lidia Vega de nuevo: “La verdadera cultura tiene que ver con la hiper-conciencia, con ese arrebato natural que viene a alborozarnos el casco para que desafiemos la noción panzona, chancletera y control remoto de la felicidad.” Y eso es cierto de la felicidad en todos sus ámbitos: el trabajo, el amor, la actividad mental, la cocina, el hobbie, o el asueto.

Todo está conectado, en la biografía propia, en la suya, en la mía.  Y todo lo que vale la pena hacer es mejor si se hace de manera lúcida, plena.

Otro abogado, puertorriqueño, que también creía en la intensidad y en la lucidez, lo dijo así:  “La gloria no se escribe con palabras, se escribe con la vida”.

Yo creo que la “gloria” a la cual se refería Pedro Albizu Campos en esa cita no implica necesariamente la fama, o la tragedia.  La lucidez feliz puede ser una cosa bastante cotidiana.  Déjenme hacerles un último cuento.  Hace algunos años estuve sentada en un tribunal de menores, y presencié varios casos seguidos. Los casos tenían el mismo fiscal, el mismo abogado, y el mismo trabajador social.  Fue muy conmovedor ver las cabezas, juntas, de esos tres personajes: el representante del estado, el defensor público, y el trabajador social, los tres conversaban, cuchicheaban, antes de cada caso. Los antropólogos somos terriblemente curiosos, y yo podía escucharlos un poco, desde donde estaba, así que paré oreja. Y descubrí que los tres, en todos los casos que vi ese día, claramente buscaban lograr un escenario que maximizara oportunidad y posibilidades para el menor. El suyo era un heroísmo cotidiano, colaborativo, de rutina, que no dejaba por ello de ser glorioso. Lúcido. Feliz.

Con lo que llegamos al argumento, a la propuesta.  Y la propuesta es corta,  es simple, y es la siguiente: Los estudios cuya culminación hoy ustedes celebran deben servirles para la lucidez crítica y para la vida plena.  Deben servirles “Para pensar críticamente por ustedes mismos y para sentir, solidariamente, con los demás”. Deben servirles para entender el mundo, para elegir sus causas, e incluso, y especialmente en tiempos de crisis, para asumir posiciones.  Posiciones que surjan no de la superficialidad o de la ignorancia, sino del conocimiento, y desde la certeza de que el conocimiento es siempre, inevitablemente, gloriosamente, una obra incompleta, en construcción. El estudio del derecho debe permitirles  entender mejor los asuntos para atender mejor los asuntos y para, como dijo otro abogado, Franz Kafka,  “partir no de lo aceptable, sino de lo justo”.   Para vivir plenamente.

Lo que han aprendido en este espacio debe servirles como herramienta para alcanzar esa felicidad que es posible sólo en la luminosa lucidez, la única felicidad capaz de cambiar las cosas, la única actitud equipada para hacer al mundo mejor, para hacer al mundo más justo.

Muchas gracias.

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a mi madrastra

Dear Ellen:  Some of the best mothers’ day presents are those that kids make for their mothers with their own hands.  The ones that are not part of the whole going-to-the-mall-in-a-frenzy thing.  I met you when I was fifteen, and so I never got to give you the macaroni necklace, or the construction paper card.  This year I wanted to “make” you something.  I decided, however, against the macaroni necklace and “made” you this letter instead.

Homenaje a la madrastra:

En términos prácticos, cotidianos,  la madre no es un ser particularmente apreciado. Pero el día de la madre su figura, simbólicamente, se agiganta.  El día de la madre es el día nacional de la culpa, del consumo, del frenesí de agradecimiento y amor filial, que llena y atapona los asilos, restaurantes, cementerios y especialmente, los centros comerciales.

Y en ese frenesí, al menos en los medios y en el discurso popular, la madrastra es invisible o como mucho, es una especie de “afterthought”, un facsímil más o menos razonable, un personaje cuasi-materno, más parecida a la suegra que a la abuela en la jerarquía de los amores filiales.  Tal vez por culpa de los hermanos Grimm y sus manzanas envenenadas,  la idea de “madrastra” está más relacionada, semánticamente, con el lado oscuro de la domesticidad familiar que con su lado brillante o tierno.

Pasando balance ahora, en el umbral de mis propios cuarenta, puedo pensar, articular, y especialmente agradecer lo que esa figura, que el día de la madre y los medios excluyen, ha sido en mi vida, y sospecho que en la de muchos, que como yo, crecen y crecieron en las familias mixtas de hoy.  Mi madrastra se llama Ellen.  Y es maravillosa.  Cocina mejor que nadie, y además trabaja, pinta, siembra, pasa tiempo con sus amigos,  y se ejercita.  Tiene un marido, un huerto, muchos estudiantes, un hijo, una nuera, amigas del alma, cuatro perros y una gata salvaje.  Nunca está quieta ni aburrida, a no ser que decida estar quieta o meditar.  Su vida es rica, y ella la  construye con ahínco y con fruición.

Fue gracias a ella, y casi de inmediato, que conocí el mar.  Yo había ido muchas veces a la playa, incluso había estado en botes, pero fue en mi vida post-Ellen que supe de amaneceres en el agua, de garzas y pelícanos volando sobre el canal, de comer pescao, de cayos, de yolas y de pepinos que “hay que tratar con cuidado, porque están vivos.”  Me enseñó también que las galletas son mejores si salen de un horno casero y se comen todavía tibias, que la lechuga y el tomate, por sí solos, no constituyen una “ensalada”, y que las neveras (y las vidas) nunca están “llenas”; siempre cabe algo más.

Los aborígenes australianos tienen un “Dreaming”, una forma de interpretar la realidad en donde la vida y los paisajes están marcados por características míticas y a la vez sólidas, que los definen.  Una piedra, un agujero, una montaña.   Los mismo ocurre con las vidas de los adolescentes: Décadas más tarde, los adultos definimos nuestra trayectoria juvenil por los “landmarks” de las piezas de ropa y los objetos que en cada momento nos definieron.  Y en mi caso, casi todas esas tienen algo que ver con Ellen.  Fue ella la que me regaló mi primer traje de baño de persona adulta.  El mameluco rosado y ochentoso acompañado por tennis Converse altos, también rosados, también ochentosos.  Las bandanas.  Los zapatos amarillos de goma.  El permanente a medias.  Las cartas tarot.  El cassette de Pat Benatar.  Hoy sigue marcando mi “Dreaming”, ahora con cosas como las pequeñas bolsas de lechugas, berenjenas, pimientos, pepinillos, tomates, que ella misma cultiva y que constituyen la mejor y más sana parte de mi alimentación.

Ellen ha “estado allí” tanto o más que cualquier madre.  Las graduaciones, los cumpleaños.  Es la persona que toda mujer recién parida quiere cerca – en mis dos partos, trajo frutas, cremas y revistas, y cuando visitaba en casa, aprovechaba para limpiar la cocina y dejarme comida.  Durmió en una silla incómoda y horrible para acompañarme en el hospital cuando nació mi segundo bebé.  Ha sido una abuela maravillosa para mis hijos y ahora lo está siendo para mis propios hijastros.

Y las lecciones. Algunas las he aprendido, algunas todavía las estoy aprendiendo.  Me enseñó a traer mi propio aguacate y/o limón al restorán.  A ignorar los catarros para que se vayan solos.  A barrer como remedio instantáneo para el aburrimiento y la depresión. De hecho, Ellen actúa como si ocuparse, en general, fuese el remedio para casi cualquier mal anímico o existencial-y tiene razón.  Me enseñó que en la “madrastitud” y en la vida, a veces es mejor esperar. Que las situaciones, y especialmente las relaciones, no pueden forzarse.  Que al final del día, la respuesta más productiva para los problemas que tenemos con otra gente suele ser trabajar con uno mismo, mejorarse uno mismo, crecer uno mismo.  Que el “trabajo” no debe ser el único trabajo.  Verla sacar tiempo para sembrar me ha inspirado para sacar tiempo para escribir.

Mi madrastra no es un facsímil de madre, ni una madre con signo de menos, ni una suegra plus.  Es otra cosa, con los roles y aportaciones que ha negociado a través del tiempo, conmigo y con la vida.  Y hoy la pienso, la quiero y la celebro, al margen del frenesí de compras y consumo,porque ha enriquecido mi vida en sus propios términos y en los míos, no en los que dictan los estereotipos y las culpas,  y espero que me dure muchos, muchos años.  Gracias, Ellen.  Un abrazo.

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casi ganadores

Esta historia no es mía, pero pudiera serlo.  Es una de esas historias que se narran mejor en primera persona.  También es una de esas historias que podrían marcar la vida de cualquiera que como yo, y como su verdadero protagonista, haya crecido (“coming of age”, le llaman en el difícil) en el Puerto Rico de los setenta y de los ochenta, de los Kakukómicos, de Cuca Gómez, de Iris Chacón y Juno Faría, de Juanma y Wiwi, de Lucecita, Chucho, Lissette, Pacheco, las Cabbage Patch, Llena tu Cabeza de Rock, el umbral de MTV, Maravilla, Romero y el qué derrota, Cuchín y la vampirita, Michael Jackson, Prince, los aretes emplumados…

Perdón.  Creo que me adelanté un poco y me metí de lleno en los ochenta y en la adolescencia de…llamémosle Junior. Junito. Y démosle hacia atrás. Hacia La Pandilla. El Show del Mediodía. Cepillín. Pacheco.

Y el Tío Nobel. El verdadero inventor de los aeróbicos, sólo que él los llamaba ejercicios musicales y los hacía con chaqueta y sombrero de marino. El capitán de un barco imaginario, el custodio, casi siempre, de los mejores muñequitos. El amigo de los niños.

¿O tal vez no? Un chisme triste recorría mi escuela elemental. Decía que en verdad, en verdad, Tío Nobel odiaba a los niños.  Que en las pausas del programa le gritaba, o peor aún, que ignoraba a su infantil audiencia.  Que Pacheco y Sandra tenían peores muñequitos pero que eran mucho más simpáticos, incluso cariñosos.  Al show de Sandra sí fui en una ocasión, y en efecto, era una señora muy encantadora.

Pero me he distraído de nuevo.  Regreso a la historia que podría ser la mía.  Comencemos por el medio, por el punto culminante, que encuentra a Junior (¿Junito?), a mediados de los setenta, a sus cinco años, flaquito, tímido, alerta, metido en un largo tubo, esperando.  Afuera, la infantil audiencia grita, las cámaras graban, tío Nobel se impacienta.  Porque Junior espera, y espera porque está ganando la carrera, pero en realidad quiere perder.  Bueno, no perder, porque en El Show del tío Nobel nadie pierde. No.  Junior quiere ser un CASI-GANADOR.

¿Por qué? El premio para el ganador es una pista de hot wheels (o una muñeca, si la ganadora resulta ser nena), un hombre nuclear oversized (o una barbie), o algo por el estilo.  Muy atractivo, claro está.  Para el casi-ganador, por otra parte, hay…Una lata de Quick. Rico, espeso, chocolosal. Galletas. Cereales varios.  Juguetitos de plástico – no grandes ni caros, como los destinados al ganador, pero sí muchos.  Una lonchera. Lápices.  Una taquilla de niño para un circo próximo.  En fin.  La mesa del casi ganador es todo lo que Junior, a sus cinco años, a sus cuarenta libras, quisiera que fuesen su vida, su cena cotidiana, su alacena, su nevera, su casa.  Los premios del casi-ganador eran un poco la metáfora o versión infantil y setentosa de la promesa, clase-mediera, manos- a- la- obr(era), del upward mobility y el american dream-versión criolla.  Los adultos creían en la refinería, en la urbanización, en el colegio privado pagado a costa de muchas privaciones: los niños creíamos en el Tío Nobel y en el casi-ganador.

Así que Junior cuenta los segundos, sopesa la intensidad del griterío, y logra su objetivo. Calcula el tiempo justo para salir después de su sorprendido contrincante pero antes de la pausa comercial.  Se convierte en el casi-ganador y por ende en el dueño de los objetos (¡tantos!) deseados.  Sus compañeritos lo reciben con algarabía. La directora del Colegio, generalmente irritada con Junior por la deuda crónica de sus padres con la escuela, casi sonreía, con su enorme boca pintada, su enorme pelo setentosamente inflado, sus manos con largas uñas naranja.

Junior, en el quinto cielo de la abundancia que viene, calculaba la optimización de su felicidad, dividiéndola en dosis:Hoy, las galletas de queso.  Con Quick. Si hay leche. Mañana, el panky.  Con Quick.  Si hay leche.  Hasta que las garras color naranja comenzaron, suavemente, a repartir los panky en la guagua. Los lápices. El cereal.  Los juguetitos.  Hay que compartir, hay que ser justos, decía la boca roja.  Lo peor fue el Quick, rico, espeso, chocolosal, tan cerca y tan lejos de su experiencia cotidiana como el anuncio donde el conejo inevitablemente se entristece, porque se acaba.

Le dejaron la taquilla para el circo, un primer contacto con ese extraño “compartir” y esa “justicia” para las cuales el ganador tenía inmunidad diplomática (en virtud de la integridad anatómica del hombre nuclear), y la chispa de una duda en ciernes, tímida, setentosa, casi-ganadora y tristona.  La taquilla se rompió por el camino, pero ya no importaba.  Los cupones vendrían, y-tal vez- habría leche.

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literalmente

“…El letrero que colgó en la cerviz de la vaca era una muestra ejemplar de la forma en que los habitantes de Macondo estaban dispuestas a luchar contra el olvido: Ésta es la vaca, hay que ordeñarla todas las mañanas para que produzca leche y a la leche hay que herviría para mezclarla con el café y hacer café con leche. Así continuaron viviendo en una realidad escurridiza, momentáneamente capturada por las palabras, pero que había de fugarse sin remedio cuando olvidaran los valores de la letra escrita….Pero el sistema exigía tanta vigilancia y tanta fortaleza moral, que muchos sucumbieron al hechizo de una realidad imaginaria, inventada por ellos mismos, que les resultaba menos práctica pero más reconfortante.

- G. García Márquez, Cien Años de Soledad

Cuando hace poco más de un año comencé a escribir en este blog, lo describí como un espacio para “mirar con incredulidad lo cotidiano, y buscar la humanidad en lo que nos parece ‘exótico’.” Todavía me parece que de eso se trata este ejercicio, más o menos semanal, de escribir, de parpadear.  Y mirar lo cotidiano de ese modo requiere asumir cierta distancia- no el distanciamiento frío que las recetas de laboratorio postulan (y que los científicos creativos no siempre siguen), sino la mirada curiosa y oji-abierta del marciano.

O del turista.  O del antropólogo turista.

Ese pasaje inolvidable, de los mejores en una novela que sin duda tiene que ser una de las mejores de la historia, fue lo primero que me vino a la mente cuando, entrando a Mérida en un taxi, me topé con el primero de muchos ejemplos de lo que de inmediato bautizamos como “la literalidad”:  Un letrero declaraba, inequívocamente, el nombre de un establecimiento como “FARMACIA SIMILAR”, y por si acaso no quedaba claro, remataba en el subtítulo que allí vendían “LO MISMO PERO MAS BARATO.”

En los días subsiguientes, entre una cosa y otra, anoté otros ejemplos de literalidad en la libretita que los marcianos, digo, los antropólogos, solemos (con una mezcla de verguenza y orgullo) cargar con nosotros a donde quiera que vamos.  Encontré nombres como los siguientes:

  • SERVI-FRESCO, en un servicarro donde venden refrescos…
  • TIPO-HOTEL, en un establecimiento parecido a un hotel pero sin lujos, y más barato…
  • PLAN MAS X MENOS, en un plan de teléfonos con más minutos por menos dinero…
  • VIDRIOS Y ALUMINIOS, en una tienda de…vidrios y aluminios….
  • CERVE-FRIO, donde venden cervezas, y están frías…
  • ACEROFERTAS, los mejores precios en acero de todo Mérida…
  • OAXACA MIEL, miel importada de Oaxaca…
  • AUTOPISTA MERIDA-CANCUN, nada de nombres de próceres vivos o muertos, que allí las autopistas se nombran con la fórmula punto A-punto B…
  • AUTO TUR – autobuses para tours.  En algún momento nos subimos en uno…
  • CAFI-ASPIRINA, la combinación ganadora para tratar el dolor de cabeza.  Cafeína y aspirina. Juntas…
  • BOVINOS, una churrasquería, o en buen puertorro, “steak-house”…

Y así por el estilo.  Una vez nos fijamos en los primeros dos o tres, estábamos rodeados de ejemplos de esa literalidad exquisita, encantadora, cotidiana y exótica a la vez.  Y nos encantaba. ¿Por qué? Tal vez porque nos resultaba un poco familiar, nos traían un saborcito de negocios de pueblo, un recuerdo infantil, de espacios que se llamaban “Mueblería Z” porque vendían muebles, “Farmacia X” si vendían fármacos, o “Ventanas Fulano” si vendían ventanas y el dueño se llamaba Fulano.  No “Rooms to Go”, que suena a servi carro de mesas y sillas, o “Walgreens”, que sugiere un laberinto de arbustos color esmeralda, o “Wendy’s” que lo que vende son hamburguesas y donde la dueña no se llama Wendy.  Tal vez, porque de tanto ver etiquetas que, en mi país, en lugar de designar la cosa apelan a un simbolismo complejo donde los niños aprenden a venerar y desear la cosa antes de saber de qué cosa se trata (¿qué significa la palabra PEPSI? ¿Cuántos grados de separación de significado hay entre la frase “TRES MOSQUETEROS” y un simple chocolate?  ¿Y quién demonios era MacDonald, y cómo y cuándo se le ocurrió la malhadada idea de freír papas?)

Tome, por ejemplo, el caso de la CafiAspirina.  Lo mismo que Excedrin. ¿No es acaso el primero claramente un nombre superior, más bonito, y más claro? Supongo que a las corporaciones les resulta más conveniente que el consumidor desarrolle lealtad hacia la marca, no necesariamente hacia el uso del producto original – así pueden vendernos más cosas, explotando la tendencia que tenemos a comprar lo que nos resulta familiar (aunque no lo necesitemos).  Así, Tylenol nos vende no solamente el analgésico original (que en mi Macondo podría llevar una etiqueta como “ASPIRINA LIGHT”), sino líquidos para la sinusitis, la monga-con-fiebre, la monga-sin-fiebre, la casi-monga, la-monga-de-día, la monga-de-noche…etcétera.

A veces, una puede atisbar la literalidad original en las etiquetas de hoy.  Así, la cosa se aclara cuando le explico a mis hijos que KFC se llamaba Kentucky Fried Chicken, cuando nos permitimos la especulación sabrosa, entre mordiscos, sobre los hábitos chocolateros de Athos, Porthos y Aramis, cuando descubrimos que la hija del fundador de Wendy’s se apodaba…Wenda (close enough).

Como en el Macondo que describió García Márquez, usamos la explicación, real, imaginada, ambas, para vacunarnos contra el olvido.  Quizás por eso es que a pesar de la presión constante para que nos volvamos cada vez más superficiales, todavía preservamos la inclinación por estudiar historia y todas esas otras artes (cine. literatura. poesía. etnografía. chisme. leyenda.)  que nos permitan, como a Pilar Ternera, articular el recuerdo, las conexiones, la explicación. La humanidad común. La vida.

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Melchor Jackson

michael-jackson-christmas-jumper-smallDe un tiempo a esta parte, Puerto Rico parecería haberse llenado de inflables.  De hecho hasta la palabra se ha vuelto coloquial, normalita, susceptible de mención sin necesidad de definición.  Los inflables son un poco como los billboards, esos carteles enormes que anuncian cosas.  Hace diez años, no había casi ninguno, ahora, están por todas partes.

Los puertorriqueños inflamos y acomodamos esos aparatos frente a nuestras casas para conmemorar cosas como Halloween y Pascua…pero especialmente, para conmemorar la Navidad.  Santa Closes barrigones, o personajes de Disney (Mickey, Pooh) vestidos como él; Duendes, venados, trineos; Muñecos de nieve; Y, tal vez en una onda más criolla y más tierna, Jesuses recien nacidos junto a sus papás.

nacimiento

Ayer, desde mi auto, ví un inflable de los Tres Reyes Magos.  Si lo veo de nuevo, le tomo una foto y la traigo al blog.  Estaban juntos, abrazados, alegres, sonrientes, celebratorios y….BLANCOS.  Los tres eran blancos.

“¿Y Melchor?”, le pregunté en voz alta a mis amigos imaginarios, un poco indignada.  ”¿Dónde está Melchor?  ¡Me han blanqueado a Melchor!  ¡O me lo han cambiado por un rey blanquito!”

Dice el antropólogo y sociólogo Chuco Quintero que la importancia y la negritud de Melchor radican probablemente en las particularidades de la historia del Caribe Hispanoparlante:

“Los sitios donde más se celebran los Reyes Magos son los lugares en los que hubo problemas étnicos relacionados a la colonia, como Cuba, Puerto Rico y la República Dominicana. Son figuras que tratan de apaciguar las tensiones sociales en torno a la diferencia.”

Resulta interesante, continúa Quintero, que en la tradición bíblica el rey negro sea Baltasar (y yo que siempre creí que Baltasar era el más barbudo), pero que en la nuestra sea Melchor, quien es también concebido como el más sabio-en una especie de sincretismo que sirve para aunar, mezclar y armonizar, y que se completa con el uso de caballos en lugar de camellos como modo de transporte para los Reyes Boricuas.

Los amigos imaginarios que pacientemente escuchan la articulación de mis pequeñas indignaciones cotidianas me respondieron que la blancura del Melchor  del inflable obedecía probablemente a consideraciones prácticas-tal vez, suspiraron, la homogeneidad del color hacía más simple la fabricación de la cosa.  O quizá los/las chinos/as que diseñaron y fabricaron el inflable para vendérselo a Walmart no conocen la tradición caribeña y no saben que para nosotros es importante que uno de los tres queridos personajes sea, por lo menos, marrón.  Y que preferiblemente tenga la barba rizada.

La antropóloga Isar Godreau ha descrito en varios trabajos académicos el proceso de blanqueamiento que caracteriza la historia de nuestro país – un blanqueamiento evidente en textos, discursos y prácticas, en el distanciamiento que siempre coloca al elemento negro en “otro” lugar (Loíza, Santo Domigo, África), en la asociación de lo negro con lo ignorante o supersticioso,  y en el mismo lenguaje cotidiano, fugitivo, ambiguo, cambiante y evasivo cuando de caracterizaciones “raciales” se trata y en el cual preferimos decir “trigueñito”, “indio”, y “moreno” y cambiamos de término según el contexto y el interlocutor.

Claro que los chinos/as que hicieron los reyes del inflable que provoca esta entrada no sabían  nada de eso.  Pero la ausencia de color en las caras de esos reyes de plástico me produce un rechazo visceral.  En una especie de simbólica cirugía estética que ni siquiera cuenta con las justificaciones médicas (por flojas que fuesen) del atormentado Michael Jackson, le extirpan la negritud a uno de los poquísimos espacios en donde ésta subsiste con alguna dosis de cariño, respeto, y aceptación, sin burla y sin asociaciones macabras.

Me dirá el lector que al final del día, la negritud de Melchor no es sino una concesión un poco boba a la negritud del país, y que peco de romanticona al nostalgiarlo.  Y tiene razón. Pero igual, cuando busque yerba para los caballos de los Reyes esta noche con mi hijo de cuatro años, la imagen que tendré en mi cabeza (y en la pantalla de la computadora) será la de un trío lo más oscuro posible.  Y será el sabio Melchor el que firme la tarjeta del regalo más deseado.

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Imagen tomada de: News Items Today, dic 2008

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Wilkins duerme desnudo, dije.

perfumeHace algún tiempo leí algo sobre lo cual quise escribir, pero no lo hice entonces.  Creo que estaba muy ocupada, que no tenía tiempo, que no tenía energía…  O que no sabía a ciencia cierta qué decir.  Quería decir ALGO, de seguro, pero ¿qué?

¿Qué decir de la noticia, en noviembre, que nos anuncia alegremente que pronto estaría disponible el perfume basado en el ADN de Michael Jackson?

Es una de esas noticias que simultáneamente importan poco e importan mucho.  Es una noticia basura, realmente. Una enorme tontería. Y a la vez, tremendamente significativa, reveladora.

Creo.

Veamos.  Por un lado, existen noticias como el incendio de CAPECO (o el derrame de la Exxon), la masacre de la Tómbola (o las de Darfur), la cumbre de Copenhagen (o la de Kyoto), Evo gana las elecciones (o Chávez, o Zapatero…) Esas noticias que sin reparos podemos llamar “importantes”, esas que nos sentimos orgullosos de saber o de querer saber porque nos marcan como personas preocupadas, ciudadanos cabales, seres pensantes.

Luego están las que definitivamente son basurita noticiosa, las que nos averguenza un poco seguir: Otra chica más que alega haber sido amante de Tiger Woods, la nueva cirugía plástica de MariPili, un divorcio, una gordura, una adicción….la vida público-privada de los famosos.

Tengo un recuerdo muy claro, clarísimo, de estar de niña parada frente a la caja registradora esperando que mi abuela terminase de pagar nuestra compra. Por alguna razón, los ojos de los niños quedan óptimamente ubicados frente a las Veas, las TeveGuías y los Jazmines de la vida.  De repente me doy vuelta y le anuncio a mi abuela, en esa voz alta que los niños reservan para las noticias más inapropiadas  ”Viejita, aquí dice que Wilkins duerme desnudo.”  Salí, o más bien me sacaron, por el brazo del escandalizado local.  Creo que casi se nos queda la compra allí. Y yo no estaba sino leyendo, inocentemente,  un “titular”. Y aclaro que no había nadie desnudo en la portada.

¿Se llaman “titulares” esas líneas que en portada nos indican quién duerme desnudo, quién se divorcia, o quién se acaba de transferir grasa de un glúteo a una batata-o viceversa?  ¿O solamente los llamamos titulares cuando son “noticias”? No lo sé.  Pero en cuanto me planteé la pregunta, aquí mismo, ahora, en “real time”, abrí la portada de la edición electrónica del Nuevo Día y el “titular” me  notifica que Madonna prefiere comprar zapatos a tener sexo.

Bueno, pero sigamos, que no es de Madonna ni de zapatos (ni de sexo) que se trata esta entrada en el blog.  Les decía que hay un perfume que está basado en el material genético de Michael Jackson, y que eso por alguna razón me produjo deseos de decir algo pero que no estaba muy segura de qué…Creo que es porque se trata de una de esas “noticias”, que contrario a la de CAPECO o la de la Tómbola no nos dice mucho, empíricamente, pero revela mucho, metafóricamente, si se quiere.

Cuando leí lo de Michael y el perfumito que nos permite acceder a una especie de “trocito” de él, recordé que hace mucho leí en alguna parte un relato del tipo novela histórica, espantoso y encantador,  sobre el tránsito del cadáver de San Juan de la Cruz (creo que era San Juan) de una comarca a otra para ser enterrado. Aparentemente el cuerpo comenzó el trayecto entero (con todos sus pelos, sus extremidades, su ropa, su rosario, usted me entiende) y llegó al otro lado un tanto…menoscabado, por llamarlo de alguna manera.  Le faltaban cabellos, uñas, dedos, pedazos de ropa, prendas, cantitos de carne…Y esto no era vandalismo – era un acto de adoración póstuma de sus fieles seguidores.

¿Será que en siglo 16 los santos eran como las celebridades de ahora? ¿Y si Madonna o Ricky Martin se mueren, y da la mala pata que nos dá por transportarlos en burro, lentamente, a través de los Estados Unidos, sin mucha vigilancia, llegarían enteros al otro lado?

Supongo que será la marca del fanático fiel, untarse el perfume ese. Es como arrancarle un pedacito a ese ser que es mortal pero nos supera. Mortal pero no exactamente humano.  Tal vez las celebridades ocupan la zona gris de Hércules, o Aquiles – son casi humanos.  San Juan por la fama de sus milagros, Michael por los milagros de su fama.

Y hablando de perfumes, ¿recuerdan esa escena en la novela “El Perfume”? Si no se la ha leído, hágalo.  Es maravillosa, espectacular, y horrenda.  No la arruino, por si la va a leer-sólo permítame aludir a un momento en donde tras obtener, criminalmente, la esencia perfecta, un hombre que no es capaz de despedir olor o peste alguna se unta el perfume ideal, se acerca a una multitud,  y es tan exitoso su aroma que…no, no choteo. Pero le adelanto que hay mordiscos. Muchos. Cariñosos, inevitables. Todo el mundo quería un cantito del deseado.

¿Se tratará de eso? ¿De tener un pedacito de Michael, de ese pobre ser atormentado? ¿Cuál será la audiencia del producto, el nicho del mercado? ¿Los fanáticos que quieran tener algo del ídolo en sí mismos, los morbosos que quieran ver a qué huele la esencia de un loco genial, los noveleros?

Recuerdo haber leído hace años otra novela.  No recuerdo como se llamaba.  En ella, una mujer enamorada decide comerse a su novio. La novela es bastante escueta en cuanto al asesinato se refiere – casi todas las páginas, si recuerdo bien, describen  la estrategia para preservar y consumir el gran cuerpo, y así preservar y consumar el gran amor.

Me imagino que cuando vea el cartel que me anuncia que la fragancia de Michael está disponible en el counter a mi izquierda, no la compraré. [Creo que tampoco le hubiera arrancado un dedo a San Juan de la Cruz.]  Pero probablemente me daré la vuelta, y con grandes ojos y en voz más alta de los debido miraré a mi esposo y le diré “Mira, mi vida, Michael tiene un perfume después de muerto. Lo hicieron con su ADN.”  Y tal vez mi abuela, desde alguna parte, suspirará y me sabrá incorregible.

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el diluvio que llegó

monsoon2No sé en los pueblos de ustedes, pero acá en Mayagüez no ha parado de llover. Todos los días, a eso de las tres de la tarde.  Y no es una lluvia de esas, normalitas, tipo sandwich,  que empiezan y terminan con llovizna y dejan lo mejor para el medio, no: más bien, estamos hablando de un torrente que te cae encima sin avisar, a mitad de camino, y que te deja en shock, sin saber qué proteger: los libros, la cartera, el bulto, el pelo…no hay sombrilla que nos salve. El viento que acompaña el asunto se asegura de que el agüita llegue de diferentes direcciones y en abundancia.  Y encima (o más bien, abajo) están los charcos (o más bien, pantanos) que, con alguna ayuda de conductores, pies y ciclistas histéricos, completan el trabajo de la lluvia. Acaba uno como un pollito, indefenso, espelusao, preocupado por el estado de la propiedad portátil, un poco estupefacto, y con unas leves e incomprensibles ganas de tomar chocolate caliente allí mismo, en la acera, bajo el agua, y con sorbeto.

No es por abusar de la metáfora, pero qué más da, para eso son las metáforas: Ese monsoon se me antoja parecido a  este extraño día a día nuestro. De arriba y sin llovizna que avise te caen los despidos masivos y el desbarajuste de instituciones que alguna pátina de civilización nos daban (cosas como el Colegio de Abogados, el Instituto de Cultura, el Consejo de Educación Superior, el Noticiero del 6, la Universidad…).

De frente, en medio del pecho, los muertos en masacres grandes y pequeñas, 714 muertos durante ataques que llevan del narcotráfico el sello y que no pueden sino hacernos preguntar si haremos bien en celebrar la captura de los grandes narcos , o si esa captura tiene unas consecuencias que habría que calcular, y prevenir, antes de meternos a machos, o a monos, o a machos monos, y considerar, al menos por un momento, bajo la lluvia, si tal vez, tal vez, tal vez, tendría sentido legalizar la maldita porquería de una vez y trabajar el asunto como el problema médico que es…Y hablando de  esas cosas, cuidado con protestar muy duro, abra la boca para emitir un insulto soez, como hizo el Residente, y aunque usted sea un regetonero y se gane la vida encadenando y rimando palabras soeces lo llamarán tecato, le amargarán la vida y le cancelarán conciertos.  No, si esta lluvia no perdona a nadie. Y al Residente lo han tratado casi bien-al último que le dijo algo a Santini lo amenazaron con una “gasnatá”…

Y hablando de gasnatás, ahora tendremos unos cuantos policías ocupados protegiendo de gasnatás propias y ajenas a los ilustres ex gobernadores, a un comedido Pedro que solamente la necesita cuando venga de visita, a un risueño Cuchín que con su boca de comer y sonreír alega que se “hizo justicia”, y a un airado Romero, más indignado y gritón que nunca, que le reclama al pueblo de Puerto Rico que cumpla con su “compromiso…porque los compromisos no se cuestionan…la gente ahora no puede  estar cuestionando el compromiso que hizo conmigo…”. Esta es la lluvia fría que ataca por la espalda mientras uno, bípedo iluso carga bultos, trata de taparse con una sombrillita y sólo logra sacarle el ojo al bípedo de al lado.

Los charcos pantanosos en la abusada metáfora climatólogica (y déjeme abusar tranquila de la metáfora, que si el gobernador puede yo también, caramba) son…el engaño, el cinismo y el desdén.  El portal del trabajo.  Las apepés.  La promesa de hombre.  Todas ellas desdeñan la tragedia y el derrumbe.  Tranquilamente, aumentan la ya peligrosísima distancia entre el que tiene mucho y el que tiene poco, entre las opciones de la mayoría y las de la élite, y le añaden a la ya existente afrenta de la desigualdad el desagradable insulto del…insulto.  Porque muévase un poco, incómodo, e inmediatamente lo llaman crápula, garrapatita, tecato o terrorista, le dicen que se quede quieto, que such is life, y que lo peor ya ha pasado.

Que lo peor ya ha pasado.

Acaba uno como un pollito, indefenso, espelusao, preocupado por el estado de la propiedad portátil, un poco estupefacto, y con unas leves e incomprensibles ganas de tomar chocolate caliente allí mismo, en la acera, bajo el agua, y con sorbeto.

Edito para añadir entradas relacionadas a esa otra metáfora lamentable y relacionada: EL FUEGO Y EL HUMO, en la blogosfera del patio:

en sin mordazas

en ElColao

en antrópico

en país de los ciegos

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sustentabilidad subterránea

dontitoLa sustentabilidad subterránea. Tal vez la había visto antes, en el patio o el balcón de algún pariente, en una mata de malanga cerca de la carretera, o un tiesto de materiales para sofrito en Syracuse, NY.  Pero hoy la ví de cerca, y quizá esta vez mostré mayor interés.  Hablamos mucho de la “economía subterránea”, para referirnos a actividades productivas y de intercambio (especialmente lo segundo) que ocurren fuera del radar y del tributo gubernamentales, pero yo quisiera proponer un término paralelo para algo que podría parecerse, pero es otra cosa.   Porque mira que los académicos hablamos de sustentabilidad…pero hay quienes la practican sin darle ese nombre, como parte normal de la vida, y en pleno desparramamiento urbano y suburbano.

Pero más cuento y menos análisis.  Hoy visité al amigo Don Tito.  Don Tito se llama en realidad Aquilino y creo que casi nadie le dice Don, excepto yo.  Lo llaman Tito.  Vino de la República hermana, disfrazado de susto, de noche, de agua salada, en una yola compartida, hace más de veinticinco años.  Vivió por ahí sin papeles, trabajando en cualquier cosa: cocina, jardín, plomería, tendiendo mesas y lavando platos, pintando casas.  Toda chiripa se le daba bien, y poco a poco se le ordenó la vida, se le legalizó la situación, y se construyó una rutina laboral “haciendo patios”.  Así lo conocí yo.  Fue a cortar la grama en casa un día,  y de paso sembró una palma y un par de matas de guineo.  “Para los nenes”, me dijo.

Pues resulta que frente a la casita de Don Tito hay una carretera, y que en esa carretera y en ese barrio, como en tantos otros barrios playeros en Puerto Rico, iban a construir un “proyecto”, es decir sembrar algún aparato de cemento (la antítesis misma de la sustentabilidad, posiblemente) para el disfrute ocasional de aquellos que poseen segundas viviendas.  Pero tal parece que los dueños enfrentaron problemas para obtener los permisos necesarios, y mientras esperaban (aún esperan), la basura se acumulaba en el terreno, que medirá  una media cuerda.  Se estaba convirtiendo en ese otro fenómeno boricua, el vertedero clandestino.

Cuando yo me aburro, leo y escribo.  Alguno se ríe – después de todo, el trabajo de un académico es mayormente ese, y es gracioso que también pueda ser su distracción.  Pero parece que en eso, Don Tito y yo nos parecemos – porque cuando el hombre quiere “entretenerse”, un vertedero clandestino no es más que un patio en potencia.  O mejor aún, un huerto.  En sus ratos libres, el hombre limpió el basurero, evaluando cada pieza, botando algunas y usando otras.  Alquiló una máquina, preparó el terreno, y lo sembró no de cemento sino de maíz, calabaza, frijol, habichuela negra, plátanos, quimbombó…

Entre los objetos descartados encontró sillas, pailas vacías, y superficies con las cuales fue amueblando el ranchito.   Mientras una multitud dominguera se arremolina en mueblerías y ferreterías para comprar, de paquetón, los objetos que le sirvan para poner lindos la casa y el patio, Don Tito hace belleza, esculpe paisaje, con objetos descartados en una franja de tierra próxima a desarrollarse, a la espera del cemento inexorable.  Es verdad que para apreciar la estética del ranchito y del huerto hay que hacer como cuando se entra a un cuarto oscuro: parpadear, acostumbrar la vista, hacer ajustes, esperar un poco.  Nuestro paladar, borracho de dulces, pasa trabajo para poder apreciar el gusto de una fruta.  Cuando, desde mi auto, intenté ver la siembra que Don Tito, orgulloso, me señalaba, al principio no la ví.

tala1

Pero contaba con mi guía, que me llevó primero a ver el maíz.  Mientras me mostraba la siembra puso dos mazorcas a asar en el mismo fuego de leña donde se cocinaba lentamente una enorme olla de carrucho, “para ahorrar gas”, me dijo.  De ahí pasamos a las abejas.  Sí, Don Tito ‘siembra” abejas, y las consigue justamente en aquellos hogares de donde lo llaman para que las elimine.  Se las lleva con todo y reina, y las va acomodando por ahí, para hacer miel. Las abejas son “basura” para el otro, pero en el rincón de Don Tito no se pierde nada.

abejas

“No se asuste”, me decía, refiriéndose a las abejas dentro de un tronco próximo a nuestro comedor.  Yo sentía mas bien una especie de estupor, pero no se debía a las abejas, sino mas bien a lo lógico, bonito y ordenado que de repente resultaba todo.  Las sillas, las mesas, los escondrijos de las abejas y de las gallinas que estaban poniendo huevos y criando pollos por ahí, las abejas mismas, la leña de la fogata, todo era, antes, “basura”, maleza, plaga, estorbo.

Pedí permiso para tomar estas fotos. Devoré mi mazorca, que estaba lista, y deliciosa.  Me despedí de Don Tito, murmurando una promesa vaga de escribir algo sobre “sustentabilidad”.  “¿Sobre qué?”, me preguntaron sus ojos.  “Sobre su siembra, las abejas, y eso”, me corregí.

carrucho

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verde, interrumpido verde…

Trash Caminar o correr en un parque puede ser un poco más ineficiente, en términos del ejercicio, que tomar una clase o hacer un circuito en un gimnasio, pero lo prefiero.  No sé explicar bien por qué, pero hay un beneficio intangible, casi espiritual, cuando hacemos ejercicio al aire libre. Un no se qué, que tal vez tiene que ver con el color verde, con los pájaros, con la comunión entre ser humano y paisaje, con ver parejas de veinte años o y parejas de setenta años caminando juntas, con casi tropezar con algún infante en triciclo.  Es una experiencia de paisaje pero también de comunidad humana, un decir “estamos en esto juntos”, y un goce peculiar.

Esta mañana, mi parque fue también una fuente de tristeza y reflexión.  El parque que visito es un ínfimo pulmoncito verde en la cansada urbe mayagüezana,  con caminos maltrechos y fuentes vacías pero también con árboles verdes y viejitos caminantes.  En el minuto cuarto de mi caminata, casi tropiezo con el intruso.  La intrusa. Una bolsa de basura, tímidamente abierta, mostrando a medias un botín de alimentos descartados, objetos que pudiesen haber sido reciclados, y pedazos indefinibles de plástico. La acompañaba un perro realengo, esperanzado, juguetón, que exploraba delicadamente el contenido con su hocico.

Esta entrada, lector, no es un llamado a la higiene.  Bien sé que, como yo, escuchaste en innumerables ocasiones eslogans alusivos a la importancia de “mantener limpio a Puerto Rico”, fuiste conminado a “pitarle a la basura”, y te dijeron que “no ensucies a Puerto Rico”.  Todos esos son buenos consejos.  Pero creo que mi tristeza no era un asunto de limpieza.

No, se trataba de otra cosa.  Se trata de la mentalidad que permite que la limpieza propia esté de alguna manera predicada sobre ensuciar lo ajeno, lo de todos.  La basura que vi en el parque era la basura que estaba ahí para no estar ensuciando alguna casa, carro o negocio.  Alguien decidió limpiar SU espacio, y como resultado de ello, ensuciar el colectivo.

En Puerto Rico, aún en plena crisis económica, nos caracterizamos por ser una gente bastante limpia y pendiente del ornato-el de la casa, el del carro.  Los boricuas lavamos marquesinas compulsivamente, en un ritual dominical que para muchos es tan religioso como el de cualquier iglesia, y a manguerazo limpio.  Luego, sin apagarla, lavamos el carro porque no somos ningunos puercos.  La marquesina y el carro, así, brillan, pero ¿a costa de qué? A costa del uso excesivo del agua de TODOS.

Es la misma mentalidad que, en una escala muchísimo más destructiva, permite que una corporación produzca más millones para SUS accionistas, externalizando sus costos en el espacio, en el ambiente de TODOS.  O que un país gaste mucha más energía que otros, como es el caso de Estados Unidos.  O que estemos divididos, unos países de otros, en jerarquías que aunque a veces describimos como “desarrollados” vs. “sub-desarrollados”, igual podríamos definir como “productores de mucha basura” vs. “productores de mucha menos basura”.

De modo que en cierto modo, no se trata de limpieza.  De hecho nos vendría bien aprender a ensuciarnos un poco, retener la basura en el carro para no ensuciar la acera o la maleza, barrer la marquesina en lugar de sacar el polvorín a fuerza de cascadas, y botar la basura que en casa producimos ahí mismo, en casa – tras cuidadosamente separar todo aquello que nuestro primitivo pero existente programa de reciclaje nos permita reciclar.  Nos vendría bien controlar nuestra adicción a comprar objetos que se convierten en basura cada vez más rápidamente, y de hecho, ya que estamos en esas, nos vendría bien comer menos – comemos en exceso, con frecuencia utilizando recipientes y cubiertos desechables que se convierten de inmediato en …sí, basura.

No se trata tanto de limpieza como del bien común.

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picada de ojos: “ruido de colores” edition

bandera-de-puerto-rico_fullblockEsta legislación propuesta por el senador Luis “Tato” León  parecería delatar una obsesión enfermiza, y generalizada, con los colores, y concentrada en el color azul.  Hace algún tiempo nos picaba los ojos, por ejemplo, una propuesta similar de su colega la senadora Mariíta Santiago, que radicó una resolución ordenándole a la Comisión de lo Jurídico y a la Comisión de Bienestar Social una investigación sobre los colores del logo del Departamento de la Familia, que contiene tres figuras infantiles-ninguna de las cuales es azul.

El argumento del senador, reseñado en Primera Hora, es que la versión, er…”celeste” de la bandera ha estado ondeando de forma “inconcebible” [este adjetivo, "inconcebible",  le gusta, lo estuvo repitiendo hoy en la radio], “inconcebible” porque lejos de representar la “historia real” del país, representa las ideas de Pedro Albizu Campos… perpetrando así, para el deleite de la audiencia de esta gigantesca comedia de situación que es nuestra legislatura,  la triple falta de anacronismo, ignorancia histórica, y una distinción falaz entre “historia” e “ideologías”.

Pero la mejor parte, o al menos la más divertida, es donde el senador nos exhorta a “pensar”, y traza la ruta para ello, diciendo:

“Es que, ponte a pensar: nuestras tierras son bañadas por el mar, no por el cielo. Entonces en honor a las playas que bordean nuestras isla, debe ser azul marino porque esas aguas no son azul celeste…”

Como lo oye: En un ejercicio lógico verdaderamente inconcebible, el hombre advierte que la bandera debe ser azul marino, porque ese es el color del agua del mar, y que es el mar, no el cielo, el que baña la isla.

Socorro.

Dejemos a un lado, de momento, el problema menor de que el mar luce diversos tonos de azul, según el día.  De hecho, ya que estamos en esas, dejemos a un lado la cuestión, un poco más problemática, de que el agua de hecho no tiene color particular y refleja el de otros objetos (incluyendo, horror de horrores, ese cielo al que el legislador parece tenerle tanta antipatía).  Es más, dejemos a un lado incluso el uso del ambivalente “bañar” como criterio para la determinación de colores de las banderas (¿que harían con su bandera los países sin océano que los bañe?), y hasta dejemos fuera el asunto ideológico, político y burdo de que alguien pase legislación como esta para socavar la agenda de aquellos a quiénes ve como una “oposición” atrincherada en el espacio de lo “cultural”.  Olvidemos todo eso.

Enfoquémonos en la parte importante: Eso de “ponte a pensar”.  Porque ahí está la clave de todo. El hombre está PENSANDO. La actividad invisible que redundó en este disparate está definida como pensamiento.  Actividad cognitiva.  Raciocinio.

Sálvese quien pueda.

Claro que no hay mal que por bien no venga. Toda esta er…actividad cerebral y jum…política de…arg…”Tato”,  le ha dado espacio al gobernador Fortuño para demostrar su propia capacidad intelectual, en un ejercicio elemental de contrastes.  Acaba de salir por la radio hace unos minutos hablando en contra de la legislación.

Suspiro.

Nos salen caros, la tragicomedia esta de cada día nuestro, aunque nos entretenga, y la capacidad de la legislatura de hacernos sentir inteligentes, aunque nos suba la autoestima.  Cada individuo de éstos le cuesta al país, y al bolsillo de los contribuyentes, salario, dieta, celular, automóvil, ayudantes, oficina…todo lo que necesitan para ponerse a…pensar.

Creo que por eso es que nos reímos de sus payasadas. Para pensar lo menos posible en lo que la presencia protagónica de estos aparatos en la casa de las leyes implica.  ¿El fracaso de nuestra democracia? ¿O tal vez, el de nuestra capacidad de pensamiento?

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gladiadores

arenaRecientemente, Susan Boyle, segundo lugar en el espectáculo televisado Britain’s got Talent, fue hospitalizada. Para la tranquilidad de su público, la causa no era ninguna de las sospechosas habituales: sobredosis, suicidio o ambas. Nah. Boyle estaba simplemente agotada.

Una investigación del periódico de entretenimiento The Wrap, sin embargo, anota que once participantes de lo que llamamos “reality TV” se han suicidado, y dos más han intentado quitarse la vida, en eventos que aparentan estar directamente relacionados con los “shows” en los que participan.  Paula Goodspeed, por ejemplo, murió de una sobredosis frente a la casa misma de Paula Abdul tras ser eliminada de American Idol. La segunda parte de la serie admite que los suicidas tenían en toda probabilidad problemas previos pero subraya el rol de la fama instantánea-y sus consecuencias – en el cuadro clínico que culmina con el suicidio.

“Reality shows open wounds which no one can suture, so after your appearance, you’re left to bleed to death… In effect, everyone who appears is thrown out of the lifeboat when their segment ends. “For everyone who appears — winners and losers alike — the lights go down, clinical issues remain.

Yo no tengo cable, pero igual, una se entera.  El Reality TV permea nuestra cotidianeidad.  Y hay algo profundamente perturbador en todo este asunto de la fama instantánea de los reality shows.  La batalla diaria de los gorditos que pierden mucho peso (o no) frente a las cámaras y por ende, frente a millones de personas.  La desesperación de los padres que solicitan la ayuda de la super nana.  La mujer que opta por parir ocho hijos de una vez.  Los adultos que entran en salvaje competencia unos con otros en escenarios que van desde la jungla hasta la cocina.  Los policías que arrestan gente frente a las cámaras.

La división de los humanos entre actores y espectadores, por supuesto, no es nueva.  El espectáculo lleva mucho tiempo con nosotros.  Pero hay algo en estos shows reality que se me parece más al circo o a la arena romana que al arte teatral.  Los gladiadores romanos, por ejemplo, eran en su mayoría esclavos, víctimas del maltrato, cuya existencia precaria dependía en gran medida de su antagonismo-mataban al otro esclavo para poder sobrevivir.  Y el público aplaudir.  Cualquier parecido con Survivor no me parece coincidencia.

¿Y Boyle? Creo que si hubiera sido más o menos bonita no hubiese generado ni la mitad del entusiasmo – su éxito entre la audiencia primero y los jueces después resulta, precisamente, de su condición de underdog.  Los entrevistados tras su excelente ejecución en ambas ocasiones hablaron de lo “improbable” que resultaba su hermosa voz.  De que desafiaba las expectativas de la audiencia.  La sorpresa de los jueces, y por ende el éxito de Boyle, en su principio, son la misma y el mismo de la mujer barbada del circo – la conjunción inesperada de dos elementos.

El fenómeno del reality show, en suma, contiene una crueldad básica.  Una crueldad que el reconocer a los participantes, suicidas o no, como “voluntarios” no alivia por completo.  Los “voluntarios” están buscando la fama absoluta que la cultura pos moderna nos presenta como deseable, y esa fama redunda en una sobre-exposición que agranda y agrava cada falta, cada arruga, cada mueca, que convierte todo defecto en una tara pública y toda decisión, por pequeña que sea (¿me saco las cejas? ¿me disculpo con el compañero de cuarto?) en el inicio de una cadena de consecuencias que puede desencadenar en la fama, en el ostracismo de la expulsión del show, o en la muerte misma.

Seguiremos hablando de esto. Por lo pronto, celebremos a Boyle y a su hermosa voz.  Celebremos también nuestra privacidad, nuestro anonimato, la relativa inconsecuencia de nuestras acciones cotidianas, y nuestros secretos.  Sospecho que hoy, tal y como en los días del Imperio Romano, se está mejor en las gradas que en la arena. La pregunta es por qué estamos tan empeñados en saltar a probar suerte,  a cucar al león.


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simulacro

pony2De paseo sabatino en un pueblo del oeste, mientras esperaba en una gasolinera, ví pasar un auto que arrastraba un carretón con una carga encantadora: dos caballos pequeños,  de esos que llaman ponies.  Uno (o una) marrón, el otro (otra?) blanco con las crines pintadas de rosado, estas dos miniaturas evidentemente trabajan entreteniendo niños y niñas en fiestas infantiles y otros espacios por el estilo.

Me quedé mirando al caballito blanco de las crines rosadas hasta que desapareció: su imagen se me antojaba levemente perturbadora.  Se me parecía a los famosos caballitos de juguete, mercadeados para varias generaciones de niñas, desde la mía propia (y probablemente antes) hasta la de mi nieta (y probablemente más allá.)  Y he ahí, probablemente, la causa de la leve sensaciónde irrealidad, de disloque, que ver al blanquísimo pony de rosada crin, a quien solo le faltaba un cuerno de plástico debajo de los ojos,  me causaba.

Simulacro, pensé.  Y no me refiero (aunque sí hay una conexión) a los rutinarios ejercicios en donde salimos ordenadamente de un edificio, practicando para un futuro terremoto, o para un tsunami.  Tampoco me refiero a un fingimiento – ese caballito no estaba “fingiendo” ser my little pony – más bien, el concepto mismo de “caballito” es ahora inseparable de la figura mercadeada de hasbro.

Como suele suceder con los simulacros (pulse aquí para leer algo de Jean Baudrillard),  el animalito de plástico no está imitando la realidad, sino de alguna manera reemplazándola con una especie de hiper-realidad que encuentra en el caballito de carne y hueso su imitador, su eco.  Ambos caballitos forman así parte de un sistema de espejos, de signos, que producen y reproducen diferencias de embuste que sirven para multiplicar las posibilidades de venta. Vea aquí, si no me cree, todos los modelos que la combinación de una carta de colores plasmados en crines, pelos y rabos produce.

Los ejemplos eruditos abundan.  Baudrillard, Borges, Eco, han escrito sobre Disneylandia y la pornografía como ejemplos de hiperrealidad que se desconecta del objeto original que pretendió en algún momento representar, y se convierte en verdad en sí misma.  Pero hoy, en la calle, en San Germán, el simulacro era tanto más poderoso – en Disney está demarcado, y uno entra sobre aviso.  El pony ese entró en mi día, como si nada, recordándome a su contraparte de plástico que tal vez en su origen imitaba la abstracción de un pony pero que ahora es imitado por el animal, que a su vez no es un animalito de granja, mucho menos silvestre, sino un artefacto también del mercado de servicios…

Un grito, que de irreal o hiperreal no tenía nada, me sacó de mi ensimismamiento.  “¡Caballo pato!”, decía el gritón.  Suspiro.  Por suerte al caballito de carne y hueso no parece importarle particularmente ni la opinión del gritón ni mi reflexión posmodernuca.  Seguirá su fin de semana paseando nenas, que lo preferirán porque se les parecerá a algún personaje de my little pony, que a su vez surgió, quizás, como plástica respuesta a la fantasía infantil de tener un pony de carne y hueso pero sin pestes y con la crin de colores.  No es error, ni disimulo, ni fingimiento.  Simulacro.

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¿Más huevo que el huevo?

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Rapto

brainNo, el tema de esta entrada no es policiaco, ni bíblico.  Se trata del nuevo libro de Winifred Gallagher, que examina el rol de eso que llamamos atención en la felicidad, la psicopatología, la salud, la productividad y las relaciones afectivas.

Protagonizan el texto gente tan variada como un grupo de psicólogos cognitivos, varios practicantes del budismo, neurólogos y psiquiatras que estudian, cada disciplina a su manera, el tema de la atención; filósofos y científicos muertos cuyos textos y preocupaciones sirven para demostrar que no es un asunto del pasado sino uno cuya importancia desafía la moda y los tiempos; y algunas personas, tal vez menos famosas, que en su cotidianeidad ilustran la idea central del libro: Para vivir una vida lo más plena, llena, saludable y productiva posible es esencial prestar atención al momento presente.

Es uno de esos libros nuevos que dicen muchas cosas viejas…pero que las dicen muy bien, enlazando temas que por sí solos podrían rayar en el cliché de manera suficientemente novedosa como para capturar…er…nuestra atención.  Y los enlaza llevando el mismo tema por vericuetos variados, que van del dato curioso a la síntesis inclusiva y hasta la aplicación práctica: Demostrando, por ejemplo, que tener demasiadas opciones tiende a enfocar nuestra atención en diferencias triviales (alguna vez ha estado días ponderando de qué color comprar el carro o de qué personaje de disney hacer el cumpleaños de un infante?), y que los viejitos suelen reportar más momentos de felicidad que los jóvenes (porque son capaces de gozarse la sonrisa de un bebé o el gorjeo de un pájaro);  Que el runner’s high, el éxtasis de la meditación profunda, y la concentración productiva que redundan en una obra de crochet o en una cirugía de corazón abierto se parecen mucho, fisiológicamente; y que estar absortos en la actividad o contexto presentes (las nubes, la escritura, el ejercicio, o el chocolate) es lo mejor que podemos hacer para mejorar nuestra calidad de vida.

De hecho la idea de estar verdaderamente envuelto en la actividad que nos ocupa aplica hasta para aquellas actividades que suelen ser atacadas precisamente porque afectan negativamente nuestra salud o nuestra calidad de vida.  Me refiero a cosas como ver televisión, comer helado, o leer el correo electrónico.   El problema con estas cosas no es tanto que las hagamos, sino que las hagamos en piloto automático, y por ende en exceso y sin dedicarles esfuerzo mental.  Matamos al tiempo, para aludir a una entrada reciente, no necesariamente por lo que elegimos hacer con él sino con la atención que le dedicamos a sus momentos.

Al leer me siento un poco aludida, porque siempre he estado un tanto orgullosa del hecho de que veo mínima televisión y que cuando lo hago, siempre busco una segunda tarea (doblar ropa o leer un libro).  Tal vez el acercamiento de mi abuelita era mejor.  Tampoco veía mucha tele, pero cuando lo hacía, era de manera intensa, apasionada.  En la novela de las siete de turno, la encontrábamos sentada frente al aparato, con ambos pies en el suelo y el torso ligeramente inclinado hacia al frente, como optimizando una respuesta física en potencia; el ceño fruncido; las manos apretadas; “no” decía, “no, no le abras la puerta, estupida! es malo!”.  La vieja no veía tele, sino que la vivía.  Expresaba a viva voz, y a modo de comentario continuo con bastante carga emocional, su opinión sobre las acciones y cualidades de los personajes.  Y al terminar, se burlaba de sí misma y de “esa porquería de novela”.

Si vamos a ver tele, o usar facebook, o cargar con berry’s o con i-phones, lo hacemos mejor si hacemos una cosa a la vez. Y bien hecha. Absortos. También si vamos a escribir en un blog, o jugar con un niño, o picar lechuga para una ensalada.  Y también, especialmente, si vamos a expandir los horizontes de nuestra mente, y por ende de nuestra capacidad para la plenitud y la felicidad, aprendiendo guitarra, o filosofía, o jardinería, o yoga, o cálculo, o cocina vegetariana, o reglas de puntuación…Nuestro foco, tanto en calidad (en dónde enfocamos) como en cantidad (cuánto enfocamos) no solamente afecta nuestras desiciones cotidianas, sino que al final, muy bien podría definir quiénes somos.  Pongamos, dice Gallagher, el mismo cuidado (o más) en elegir a los objetos de nuestra atención como el que ponemos (¿perdemos?) eligiendo el color, modelo y cantidad de botones de la lavadora; y una vez nosotros, o la vida, los elige, dediquémosle nuestra total atención.

*imagen de: spaceyogasuit.wordpress.com

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La dimensión subestimada

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The logic(s) of water*

water_bottle*Puerto Rico Daily Sun, 8 de mayo, 2009.  Une en una sola narrativa varios temas discutidos antes aquí, en el blog.

A few years ago I was driving through the center of the island with my family, a road-trip style summer vacation. Feeling thirsty, we decided to stop at a colmado. The kids wanted soda, the grown ups water. The owner sold us the former cheerfully, but refused to charge us for the latter. He felt funny, he said, charging money for water. We left his store with some soda cans, chips, a couple of free plastic water bottles, and a conversation topic for the rest of the trip.

The colmado owner’s discomfort with selling water came to mind as I read a recent headline in the Belfast Telegraph (April16th), about the mass suicide of 1500 farmers in the Indian state of Chattisgarh, driven to unbearable debt by insufficient or failed crops. The cycle that drove them to debt and thus their death involved falling water levels, at least partially due to large megaprojects such as dams, which affect the movement and circulation of water, the delicate ecosystems around water sources, and the locations and demographics of the human populations living near them.
The newspaper cites a spokesperson for the Organic Farming Association of India, stating that “farmers’ suicides are increasing due to a vicious circle created by money lenders. They lure farmers to take money but when the crops fail, they are left with no option other than death.” But 1500 dead farmers is a lot of dead people. The equivalent, says blogger Malika Chopra, of the passengers inside four jumbo jets. The sheer number of bodies means that this is not a phenomenon that can be dismissed as the fault of the farmers, or even the lenders. It is the kind of number that necessarily and urgently points to large-scale, structural factors.

Some of these factors may very well be related to lending practices, but not those of individuals. According to Vandana Shiva, a respected Indian scholar-activist and author of numerous books and articles, the benefits of the large dams built in post-colonial India are far outweighed by their ecological and social costs. Most of these dams, like other mega projects, are built with money from loans provided by major financial institutions such as the World Bank. While these loans may be requested to improve the economic health of developing countries, oftentimes lending institutions require a portion of the funds to be used for the kind of infrastructure development that may facilitate additional investments from multinational corporations.

Dams are used to redirect water to corporate owned, large agricultural land holdings. But small farmers also need water. In fact, all living things need water. Over 60% of our human bodies are water. As recently as March, however, water was denied status as a basic human right by the United Nations. Corporations profiting from water sales (especially bottled water) lobbied intensely for this to happen.

These corporations do not share the unease of the colmado owner who would rather give us the liquid in spite of having previously paid for it himself. A plastic water bottle in Puerto Rico costs over one dollar and nearing two in some fast food establishments – much more than the cost of the equivalent amount of gasoline. The processing of the plastic used for packaging the bottled water we purchase entails, in turn, the contamination and waste of a lot more water. And so our desire for the freshest water possible is part of a cycle that renders drinkable water more scarce and its drinker, more privileged. This sort of unsustainability characterizes the production process of most of the goods we consume today.

Incredibly, the environmental crisis precipitated by the production cycles that render water scarce in the first place can be used to sell bottled water. A popular brand in an elegant (and expensive) plastic bottle donates five cents of each bottle sold to humanitarian water programs that bring water to populations with no access to it. Their website is beautiful and makes the viewer thirsty for this particular, “ethical”, drink. The world-wide water crisis is a big part of their marketing and attributed to causes outside of human (and corporate) action such as geography and climate.

The vision that drove the quest for the declaration of water as a human right is one that sees water as outside the realm of the market, thus rendering it sacred, a shared resource of immeasurable value. In contrast, the dominant vision sees water as a commodity to be purchased, sold and priced according not to the logic of need but to the logic of marketing and the maximization of profit. The needs of those without purchasing power are relegated, at best, to the marginal realm of charity (as long as charity can boost sales.)

The dead farmers neither had purchasing power nor were they deemed charity cases. They only had the dignity of their labor and their responsibility towards their families. Ironically, the United Nations recognizes their basic human right to work – but failed to protect their access to the water that would have made their work (and their lives) possible.

[edited to add strip - it was just too perfect.]

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1500

agua gratis

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hojas en la mente, papas en la panza

saladCon frecuencia, he elegido para almorzar un lugar “rápido” por encima de otro de igual “velocidad”, atraída por los vistosos letreros que en brillantes tonos de verde me indican que allí se vende(n) ENSALADA(s), que no es un establecimiento descaradamente limitado al clásico menú de grasa y trans-grasa, emparedados y hamburguesas, pechuga y muslo, papas fritas rizadas y lisas.  Muchas veces, las ensaladas en cuestión aparecen acompañadas de algún humano, o con mayor frecuencia una humana, atractivo/a y saludable, que mastica lechuga y bebe agua con gran alegría.  El anuncio es un imán. Estoy convencida de que, consciente o inconscientemente, funcionan para atraer clientes que de otra manera no estarían comiendo allí.  En dos de estos lugares, cerca de mi empleo, la importancia de estos anuncios “sanos” es evidente en el tamaño, colorido y visibilidad de los mismos.

Reconozco que en un par de ocasiones, he pedido la ensalada. Es bastante mala. Las lechugas tienden a estar mustias, los tomates demasiado fríos, las zanahorias escasas de calidad y en cantidad.  Pero reconozco también que casi nunca pido ensalada. Una vez adentro del local, de hecho, casi nadie parece optar por los elementos “sanos” del menú. ¿Por qué nos comemos el combo con papas, si hay ensalada disponible? Si la ensalada es tan poco popular, ¿a qué se debe la insistencia del mercadeo de este producto en las afueras del establecimiento, y su continua presencia en el menú?

La respuesta puede estar en el rol que juega nuestra peculiar psicología en nuestros patrones de consumo. Investigación reciente en la Universidad de Duke sugiere que los consumidores eligen alternativas menos saludables con mayor, no menor, frecuencia si hay una alternativa sana, como la ensalada, en el menú, y que las consumen en mayor cantidad. En uno de los cuatro estudios, los clientes tenían uno de dos menús: uno con papa asada, papas fritas y nuggets de pollo, y el otro con las tres alternativas y además, una ensalada. Aquellos que estaban expuestos al segundo tipo de menú, por alguna razón, elegían las papas fritas con mayor frecuencia que los primeros. VER algo saludable en el menú está irónicamente asociado a seleccionar alimentos MENOS saludables.

Este efecto curioso se llama “vicarious goal fulfillment“, el logro vicario de una meta. La decisión de comer en un establecimiento con un menú saludable disponible, en otras palabras, parece redundar en una sensación de logro con respecto a la meta de “comer saludablemente”.

Supongo que esto explica la abundancia de letreros con ensaladas coloridas y comelones atléticos en las afueras de los fast foods boricuas. Las lechugas eternamente mustias visibles detrás del mostrador. Y la igualmente eterna expansión de nuestras cinturas.

Enlaces para leer más sobre esto:

en el science daily

en lifehacker

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casual day

sewmachine0062Uno sabe que vienen porque es víspera de viernes, y el o los adolescentes residentes piden “un peso” y vacían armarios y gavetas, buscando esa paradójica combinación de prendas que les permita ser raros sin ser “raros”, ser únicos al tiempo que siguen la pauta de la moda, imitar a otros sin parecer imitadores. Verse originales a la vez que navegan, hábilmente, un delicadísimo enramado de reglas sobre marcas, largos, telas, colores, logos y diseños comunicadas a través de amigos, películas, revistas, anuncios y otros medios. Ser suficientemente iguales unos a otros como para ser “grupo” pero suficientemente distintos como para ser “individuos”.

No son nuevos, los casual day de las escuelas privadas (y algunas públicas) del país.  En casa eran un lío.  Yo crecí con mis abuelos, y allí comprar ropa de moda  no constituía una prioridad – por lo que los días en que la escuela nos “excusaba” del requisito del uniforme constituían un verdadero problema.  En más de una ocasión, mi abuela y yo lo intentamos – mirábamos con ojo crítico y mente abierta el armario, rebuscábamos en las bolsas glad donde llegaban los hand me downs de mi prima, y hasta fuimos de compras -dos o tres veces-a González Padín y a Woolworths’.  Pero aunque parte del problema resultaba de la economía doméstica del hogar y de una cultura de frugalidad que mis abuelos habían heredado de los suyos, también ocurría como consecuencia de mi propia confusión.  Es decir, aún cuando mi abuela, para evitar mi ostracismo, cediera y me llevara de tiendas, yo nunca estaba muy segura de qué comprar.  Carecía de la brújula precisa, de ese mecanismo interno que algunas amigas exhibían al desear, comprar, y combinar, impecablemente, sus prendas.   Recuerdo que un viernes solucioné el asunto recurriendo a un tema monocromático: Blusa verde y bermuda verde, todo cosido, amorosamente, por Nana, mi bisabuela.

Nana vivía en Hyde Park, fumaba Salem, y armaba rompecabezas de miles de piezas, que le tomaban varias semanas.  También acumulaba latas de chicken noodle soup en una alacena, veía películas de vaqueros y cosía a máquina, casi siempre para mí.  Su piso alquilado era oscuro, pero el cuarto donde estaban los rompecabezas, la tele, y la máquina de coser era grande y luminoso.  Allí leíamos, sentaditas en una butaca, los libros condensados de sus  “Selecciones del Reader’s Digest”.

Pero al grano, que me puse a pensar en Nana y olvidé el punto que quería hacer aquí. Luego regreso a  Nana.  El asunto es la lógica del casual. ¿Por qué? ¿Qué significado tiene?  ¿Por qué tenemos que pagar un peso?  ¿Y por qué exactamente constituye un privilegio no tener que usar uniforme?

Creo que estábamos en décimo grado cuando mi mejor amiga y yo decidimos rebelarnos ante el asunto del casual day.  Quisiera decir que fue idea mía, pero fue toda suya y yo me copié: ¡Ir en uniforme!El significado político cabal de ir en uniforme a la escuela el día del casual day no me estaba muy claro en aquel momento, pero la idea era genial -  evidenciábamos una capacidad peculiar de ir contra la corriente, confundíamos a las figuras de autoridad, y nos ahorrábamos (y le ahorrábamos a mi abuela) tanto el infame impuesto del peso como el rollo de tener que buscar que ponernos.

Hoy que estoy más vieja y los casual day ya no me amenazan (aunque aún titubeo ante al armario si tengo que ir a una fiesta formal), escucho a mis hijos pidiendo el peso y me pregunto varias cosas. ¿Cuál es la lógica del pago? La lógica material es clara – la escuela levanta unos chavitos. Pero la cuestión ideológica, la justificación social, se me escapa.  ¿Los chicos están pagando por…qué cosa exactamente? ¿Su derecho a violar las reglas, en una especie de multa a priori por no ponerse el uniforme?  ¿O más bien se trata de una ofrenda, una cuestión cuasi-religiosa, algo así como el derecho que se le paga a Yemayá antes de cruzar un brazo de mar o a la Virgen antes de prender una vela en la catedral?  Tal vez equivale no a una ofrenda, ni a una multa, sino a una taquilla – un boleto de entrada a la pasarela de los y las compañeros y compañeras. Los muchachos se entretienen, la escuela hace unos pesitos, las tiendas siguen vendiendo.

Pienso en Nana de nuevo.  Con los conjuntos monocromáticos, los encajes, y las alforzas que salían de su Singer, me estaba ofreciendo, esa viejita encantadora, nada menos que la solución de Gandhi-la sustentabilidad y dignididad de vestirnos solos.

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mucho ruido y pocas nueces

hotblack_20070610_squirrel2¿Qué hace a un “experto”?  Me refiero a los personajes que adornan los programas radiales y televisivos con su conocimiento acerca de un tema particular.  Especialmente a aquellos que por alguna razón se convierten en visitantes regulares o incluso obtienen su propio espacio para “analizar” en vivo los temas del momento. ¿Qué hace que algunos de ellos tengan más éxito que otros? Tal vez esos tienen más conocimiento sobre el tema de su expertise?

Un ensayo reciente de Sharon Begley, resumiendo los resultados del trabajo del psicólogo Philip Tetlock, de la universidad de Stanford, sugiere que no necesariamente.  Tetlock ha estudiado la precisión de unas 80,000 predicciones realizadas por expertos, televisivos y radiales, mayormente en Norte América.  Sorpresa: Resulta que la habilidad para predecir de los expertos NO parece estar relacionada con tener o no un grado avanzado en el área, mayor acceso a información privilegiada, posturas políticas particulares, o muchos años de experiencia.  No, señor.  Y es curioso, porque esas son justamente las cualidades que las estaciones utilizan para mercadear o anunciar al experto en cuestión.  Pero estadísticamente, la relación más sólida descubierta por Tetlock no fue ninguna de ellas.  El indicador más fuerte de  la probabilidad de que la predicción de un experto  esté correcta es…la fama. El éxito mismo.

Excepto que la relación es negativa. Al revés.  Patas arriba.  Contrario a lo que nos parecería más lógico a primera vista, MIENTRAS MAS FAMOSO SEA EL EXPERTO, MAS PROBABLE ES QUE SE EQUIVOQUE EN SUS PREDICCIONES.

¿Irónico, no?  Una manera de explicarlo es la siguiente. Las mismas características que aumentan la popularidad de un experto son aquellas que hacen que tienda a equivocarse.  Tetlock dice que estos señores y señoras tienden a tener una Gran Idea – es decir, una obsesión particular, típicamente asociada a una postura política concreta e inflexible, y le aplican esa Gran Idea a…er…TODO.  Como el mundo y los humanos son bastante complejos, aplicar la Gran Idea en blanco y negro,  constantemente,  aumenta la probabilidad de error.  Pero también hace que las aseveraciones de los expertos suenen sólidas, claras, y consistentes. Y esa fuerza,  claridad, y consistencia parece gustarle al público.

Creo que el fenómeno no ocurre solamente en el vecino gigante a nuestro norte, donde trabaja Tetlock.  Ayer por la mañana escuché una muestra local en nuestra radio AM. (Ya sé, prometí no escuchar esas cosas, en esta entrada anterior, pero ya ven…no lo pude resistir…)  Escuché, decía, a un “analista” (ese es el nombre que le damos a nuestros “expertos”, en Estados Unidos los llamarían “pundits”) citando estadísticas con mucha convicción.  Los porcentajes que citaba estaban relacionados con una Gran Idea, una obsesión personal suya, que trae con frecuencia (y frecuentemente por los pelos) a su programa.  Y eran números distintos a los de la semana pasada.  Y tan erróneos (porque resulta que esa información, como tantas otras, está mas o menos disponible, si uno busca) como los de la semana pasada.  Se los estaba sacando, como decimos aquí, de la manga.  Pero los repetía, con firmeza, certeza, convicción, pasión, y energía. Y así es que nos gustan nuestros pundits:  Firmes, sólidos, incluso un poco gritones.  Su programa es, por supuesto, muy exitoso.

Abundan los ejemplos en la radio local.  Anécdotas descontextualizadas presentadas como “historia”.  Chismes vociferados como “dato” o evidencia.  Opinión planteada como “hecho” contundente.  Grandes Ideas, explícitas o implícitas,  como manera única de interpretar la realidad.  Ah, y los emplazamientos…..  A cada rato, y frecuentemente a gritos, emplazan figuras públicas a pasar por la estación a responder acusaciones.  O a escuchar al “pueblo” que los llama por teléfono.

Abundan también los ejemplos en la televisión norteamericana.  Por suerte Stewart nos ha resumido, eficaz y jocosamente, algunos errores predictivos, gritos, y emplazamientos de los pundits de allá en este video del Daily Show:

Gracias, Stewart!  [Que sistema el nuestro - tenemos que recurrir a los comediantes para que obtener noticias más confiables que las que podemos esperar de la prensa formal... Pero en fin...]

De vuelta a los pundits, locales o no.  Las cualidades que según el trabajo de Tetlock aumentan el éxito de las predicciones “expertas” son rasgos de personalidad y actitud que tienden a hacerlos menos, no más, populares.  Es decir:  los analistas más certeros hablan… ¡con menos certeza!  Son más cautelosos, cambian de opinion si es necesario, estudian mucho, están más abiertos a análisis alternos y se informan constantemente.  Aunque eso implique reconocer errores o quedarse callado.  Tal vez esos son los “pundits” que necesitamos, en cualquier parte del mundo.  Menos ruido. Más nueces.

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Mi tecato favorito

coins

Suelo darle monedas a los que piden en las luces. Sé que con eso no resuelvo su problema – droga, hambre, el sistema, la desigualdad, el mundo. Así es la cosa, Mafalda, me diría mi inner Miguelito. Imagino que como tantas otras personas que hacen lo mismo, mi ofrenda en el semáforo obedece a una combinación más o menos compleja de razones, algunas más nobles que otras; apaciguar la culpa producida por la propia y relativa abundancia, alguna tendencia a tratar de resolver problemas propios o ajenos de manera rápida…Pero debo confesar que hay otra razón, más poderosa. Y aquí va. Algunos me caen bien.

Y las razones para que me caigan bien no podrían ser más arbitrarias. De hecho no las entiendo muy bien. Hay uno, mi favorito, a quien siempre trato de darle unas monedas y un sandwich, o un café. Tiene un cuerpo pequeño y una sonrisa grande, y algunos días la comparte con el mundo. Otros, esconde los dientes, baja la mirada, y se concentra en el vaso donde caen las monedas. A veces da las gracias. Hay semanas que desaparece, y cuando eso ocurre me asusto un poco. Siempre regresa. Hay otro, también de poca estatura y de gorra, que me cae un poco mal. A ese también le doy monedas – pero sin el mismo entusiasmo. En su caso me mueve claramente la culpa – no la de tener más recursos que él, sino la de que me resulte, incomprensiblemente, antipático.

A saber que misterio rige esas o cualquier otra simpatía o antipatía humanas. Tal vez importe poco.

En varias ocasiones, he escuchado personas reaccionar a la ofrenda en cuestión (la mía,la ajena, o la hipotética) con cierto desprecio. Incluso me han regañado, o han regañado a otros ilusos como yo, frente a mí. “Eso es para comprar droga, no comida, no seas tonta”. O, “si tiene dos buenas piernas, ¡que se vaya a trabajar!”. La crítica siempre refleja alguna variante de esos dos temas: 1) El mendigo no “merece” el dinero porque no es para comer sino para drogarse, o 2) no lo merece porque en lugar de pedir, podría trabajar.

Me ha ocurrido que ando en el auto de alguien que no conozco bien, y por ello acabo evitando bajar la ventanilla para la ofrenda usual – para evitar ese tipo de comentario, o para que el otro no piense que lo hago para que me miren…Presiento que el otro, por su parte, tiene un dilema moral parecido. A veces, tras un silencio, uno de los dos tripulantes del auto dice algo como “yo, si hubiera un servicarro por aquí, le compraría algo de comer..es que no me gusta dar dinero así, eso no lo ayuda, mejor les doy comida.”

(Por cierto, comprar comida para sentirnos más “morales” puede salirnos por la culata-permítanme ilustrar. Esperando por alguien en el Burger King de Rio Piedras, un mendigo me pidió dinero para comprarse un sundae. Yo andaba con un billete de veinte-así que le dije que tendría que esperar el cambio. Para cambiar, tenía que comprar comida. De modo que aproveché, y compré el sundae. Creí que iba a sorprender al hombre favorablemente-pero resultó que no le gustaba el maní.)

Cabe parpadear, y preguntarse: ¿No es la droga, para un adicto que se ha visto reducido a pedir en la luz, algo así como comida? Ojo, que no estoy diciendo que la droga es buena o inofensiva. Tanto la heroína como el crack son males terribles. Lo que digo es que para el adicto desesperado, la experiencia de necesitar la droga no debe ser muy distinta a la de pasar hambre. ¿Es el dinero que recibe en la luz lo que mantiene a un adicto en su adicción? Si nadie le diera nada, ¿saldría corriendo a rehabilitarse, o buscaría, desesperado, otra manera de obtener dinero? ¿Si saliese corriendo a rehabilitarse, encontraría fácilmente el apoyo sistémico que necesita? Escuché hace algún tiempo a Vargas Bidot, cuyo trabajo comunitario sólido lo ha hecho famoso en Puerto Rico, citar estadísticas diciendo que probablemente no: Que los programas disponibles sólo pueden servir a un porcentaje pequeño de los adictos existentes. Y cabe preguntarse también, ¿acaso no es trabajo, caminar bajo el sol por muchas horas al día con un vasito en la mano y tolerando la antipatía del prójimo por unas monedas? Vamos, que no sólo es trabajo, sino que es más trabajo que el que muchos hacen. Pero nada, digamos que no le damos las monedas, ¿saldría corriendo a trabajar? Y si así lo hiciese, ¿conseguiría empleo?

La decisión de dar las monedas, o de no hacerlo, parece cargar con un peso moral desproporcionado al impacto que cualquiera de las dos (dar o no dar) tenga sobre el mundo y sus issues. Hay algo de peculiar en toda la energía concentrada en ese momento previo al bajar la ventanilla, monedas en mano, mirar para otro lado, o gesticular con la cabeza que “no”. Y ese momento contiene más información sobre nuestra moral colectiva y lo que tolera, sobre la manera en que conceptualizamos lo que “merece” y lo que “no merece”, sobre nuestra capacidad de pasar juicios de valor sobre la miseria ajena, y sobre ese individualismo ambivalente nuestro de cada día, que sobre la moral del pidión.

Dejarle chavos al mendigo en la luz no me hace ni mejor ni peor persona. No rescata a nadie, no lo salva de nada. Pero criticarlo, decirle entre dientes que se vaya a trabajar, o enojarse con el iluso que sí le da algo, tampoco salvan ni hacen a nadie mejor persona. Al final, a mí, hoy, unas monedas o un sandwich me sirvieron para robarle una sonrisa a mi tecato favorito. Y creo que yo también le sonreí.

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El abuelito las canta: El tapón

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Dicho por mi abuelito, un humanista de noventa años que pasa sus días tratando de entender mejor el mundo, leyendo mucho y pensando más.

Camino a almorzar, en el tapón usual, y sin irritación, nos comenta: “En este país no hacen falta más carreteras. Hacen falta menos hoyos.”

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porno lite

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A veces siento..no se, un cierto pudor, una especie de incomodidad, mientras espero en la fila del supermercado. Son las revistas. Las faranduleras. Casi siempre, ostentan en (a veces doble) portada un carnaval de semi-desnudez, por lo general pero no siempre femenina. Y esa desnudez no se limita a una cuestión literal de piel – tal vez lo que me molesta es la intimidad forzada con estas personas, que no conozco, pero que me cuentan en grandes letras amarillas las diez cosas que los dejan locos en la cama, o que se acaban de agrandar los senos a DDD, o que su novia les ha perdonado infidelidades múltiples, o que les gusta (o no) ser el que toma la iniciativa, o que prefieren la ropa interior de encaje porque los hace sentir más sensuales, o que ellos o sus parejas son “insaciables”…en fin. Too much information.

Y a veces, mientras examino la lista de nutrientes de la lata de salsa de tomate para intentar evitar enterarme de la opinión que algún artista expresa acerca del color idóneo para un gistro o de los planes eventuales de alguna chica en enanísimo bikini de ser madre, pienso en otras madres, en las abuelitas. Esas que atormentaban o atormentan a mi generación con complicados códigos morales que rigen cosas como los límites de la interacción cotidiana con el sexo opuesto,o el largo apropiado de las faldas… y de los noviazgos.

Pero hoy recuerdo (un momento de esos de ¡ajá!) que todas o casi todas las abuelitas que conozco o conocí ¡leen estas cosas! Y cosas peores. Porque aunque en la fila del super lo que veo con mayor frecuencia son las Veas y Teveguías que constituyen lo que podríamos llamar aquí un “porno lite” de tipo cuasi-noticioso, tengo un recuerdo claro de otro tipo; “novelas” con títulos como Jazmín, Romance, y esos largos segmentos de la autoría de Corín Tellado camuflajeados dentro de un Vanidades. Recuerdo abuelitas en mi vida que me hubieran sacrificado -al estilo de Abraham y Jacob y sin Dios pedírselo- si me hubieran agarrado con una Cosmopolitan en las manos: las mismas abuelitas que leían a Corín y que no se perdían el Show de Iris Chacón.

Se me ocurre, sin embargo, que estoy siendo dura con las abuelitas moralistas lectoras de Vea o de Jazmín. Porque lo cierto es que somos, en general, un pueblo tan conflictuado en nuestra actitud hacia lo sexual como lo son (eran) ellas: Nos escandalizan los embarazos adolescentes pero ponemos a nuestras hijas a perrear en el show televisivo de moda; les recomendamos encarecidamente a los muchachos y muchachas que se abstengan del sexo pero en el talent show (el mismo donde les prohibimos la música “satánica”) los premiamos por bailar reguetón en hoja de parra; queremos que la niñez les dure pero incluímos un segmento de “swimsuit competition” en Miss Puerto Rico Pre-Pre-K…

Al final, ¿será que nos caracteriza la capacidad para contradecirnos? Nos definimos como un estado libre pero asociado, les quitamos y les ponemos escoltas a los ex gobernadores, elegimos líderes republicanos en tiempos de presidente demócrata, salimos a la calle para exigir el IVU pero no queremos impuestos a los minutos de nuestros celulares, pedimos que los políticos atiendan temas trascendentales pero los ponemos a debatir con Daddy Yankee…

Mi pudor puede deberse no tanto a los senos, nalgas y músculos que nos atacan la pupila desde las portadas en el supermercado, sino al exceso de información trivial sobre lo que piensan, dicen y hacen los políticos y los artistas. Too much information..about nothing. Y esa (des)información ocupa mentes y desperdicia horas. Tal vez lo obsceno no es el porno lite sino el mal uso del ancho de banda colectivo.

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Llanuras del pantano

urbanizacion“Santa Urbanización”…fue el pseudónimo que la colega Ivelisse Rivera Bonilla utilizó para designar la urbanización del área metro donde hizo su trabajo de tesis doctoral, Divided City. El nombre se refiere a una de las fórmulas más comunes para nombrar (¿bendecir?) esos espacios – San o Santa seguido del nombre de pila del santo en cuestión.

Esa formula no es la única. Otras igualmente comunes incluyen la palabra compuesta y descriptiva del sitio (por ejemplo, Miramar) o algún nombre propio endilgado al espacio por razones históricas (como es el caso de mi propio hábitat, Mendoza.)Pero esas son urbanizaciones de alguna edad. Entre las más nuevas, veo (cada vez con más frecuencia) una fórmula para nombrar que por alguna razón me inquieta. Una referencia topográfica, que sumada a otra geográfica resulta en una conceptualizacion que suene atractiva para un potencial comprador.

Por ejemplo: Llanuras (topografía) del Mar (geografía.)

Ahora bien, usar esa fórmula obliga a los desarrolladores y/o sus publicistas a decir la verdad, hasta cierto punto. Que sé yo, si una urbanización está en una colina en Camuy, no puede llamarse Llanos del Sur, ¿o sí? De modo que con un poco de maña y esfuerzo, un comprador aguzao puede sacarle informacion comprometedora a la mas poética de las direcciones. Veamos algunos ejemplos:
  • Praderas del Sur – ¿recuerdan a los perros de la pradera, unos animalitos de lo más lindos y sociables que cavan túneles en las llanuras así llamadas? Este nombre sugiere muchas casitas de cemento pegaditas en un espacio plano y bajo el sol candente de los llanos de la región de Ponce, Guánica, o similar.
  • Campo del Mar – Ajá…un campito, cerca de una zona de playa…este nombre sugiere el siguiente proceso: dueños de casas humildes vendieron sus casitas por lo que probablemente sonaba como mucho dinero. Mas adelante, el desarrollador contruye unas casas más deluxe, les pone acceso controlado, y voilá.
  • Campo Escondido – con este nombre, sabemos que estamos en el proverbial middle of nowhere. Destinados para siempre al conmute. A menos que nos espeten un canto de autopista y un peaje. O un mini mall. O ambos.
  • Laderas del Monte- Si en efecto se trata de una ladera, puede que estemos en zona de derrumbes. AKA jarda o jalda.
  • Valle del Oeste (o Valle Hermoso, Valle del Río, Valle del Bosque, o cualquier variación por el estilo) – Casi invariablemente, indica que estamos atrapados en una zona inundable. A no ser que aplanen las colinas circundantes (y se lleven los árboles enredaos en el proceso) para construir alguna otra cosa.
  • Valle EscondidoSonamos, como diría Mafalda. Porque ésta suena a zona inundable… in the middle of nowhere. Hasta que llegue un desarrollador y nos compre la casa barata para contruir alguna cosa tipo Mansiones del Secreto para un segmento demográfico que la use no para vivir sino para descansar. O hasta que la urbe se desparrame en nuestra dirección y ya no estemos escondidos…ni tengamos paz.
Ojo, que los nombres no siempre son así de honestos. Ayer vi unas Estancias de la Sierra…sin una loma cerca. Nada de relieve. Ab-so-lu-ta-men-te plano. Pero me parece que en general, estamos hablando de nombres atractivos para un producto que debería ser difícil de vender en estos tiempos. Un producto caro que casi invariablemente trae consigo una deuda enorme.La fórmula aquí descrita parece cobrar particular relieve ahora – el periódico y el paisaje están repletos de urbanizaciones nuevas. Cosa curiosa, en momentos de crisis económica, cuando las clases medias lo piensan dos veces antes de hacer el “upgrade” a la marquesina doble o los cuatro cuartos y las medias altas evitan la compra de segundas viviendas. (Me limito a mencionar esas dos porque las altas siempre compran,  y para las “bajas” nadie construye.)

En un mundo más lógico, uno esperaría que se le aplicase a la compra de viviendas la recomendación ambientalista que intentamos aplicarle a productos más modestos: Reducir, reusar, reciclar. Que, en otras palabras,nos quedáramos en la casa que estamos, compráramos una casa usada, o construyéramos/remodeláramos en los ahora fantasmales espacios antes ocupados por urbanizaciones que han pasado de moda.

Pero los que toman las decisiones subsidian los “proyectos nuevos”, para que el desarrollador no pierda. Porque proteger la economía del país siempre se traduce, insólitamente, en la protección de banqueros y desarrolladores esmandaos. Nunca se traduce en proteger al ciudadano común que quiere cantar

yo tengo ya la casita, que tanto te prometí, cubierta de margaritas, para ti…

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(wo)man, the scavenger

pig

…ese pobre lechón, que murió de repente, con un tajo en la frente, y otro en el corazón…Lo metieron al horno, lo sacaron caliente, le metieron el diente, a ese pobre lechón…(aguinaldo)

Una tarde de nochebuena, te encuentras en el carro, con la familia, en dirección a la cena familiar en casa de los padres/abuelos/suegros. Estás pensando en la pata de cordero, las trufas, la ensalada, el serrano, el manchego, las olivas, el arroz con gandules frescos, los vegetales del huerto, también frescos, los pasteles, el arroz con dulce…Estás pensando también en posibles resoluciones para romper este año. Alguna cosa vaga, tipo “parar el pico”, “hacer ejercicio”, o algo tal vez más sofisticado, tipo “consumir macronutrientes a razón de 30-30-40” o “correr dos millas diarias”…

No sé porqué estoy escribiendo esto en segunda persona. Mejor seamos honestos y digamos que estaba yo, con mi familia, en la minivan clase mediera, camino a un festín navideño y pensando en estas cosas, cuando mis sentidos me traicionaron. Primero el de la vista, que es el que los primates utilizamos con mayor frecuencia y al que le dedicamos mayor corteza cerebral. Luego….aaahhhhh, el olfato. Lechón.

Mi hijo mayor, mi esposo y yo nos miramos. En silencio. Estábamos a quince minutos del menú original, hecho en casita especialmente para nosotros. Las aletas de la nariz del adolescente residente estaban expandidas. El estómago de mi esposo gruñía. El bebé nos observaba, sorprendido.

Los minutos subsiguientes están envueltos, en mi memoria, en una especie de dulce neblina con aroma de lechón. De alguna manera me encontré dentro de la lechonera. Creo que me colé en alguna de esas masas humanas que pasan por “filas” en este país nuestro. Los clientes gritaban. Algunos llevaban horas esperando y muchos bebían licor para matar el tiempo. Había dos hombres (llamémosles “Pepe” y “Tito”, para propósitos de la narrativa) con delantal tras la puerta de escrín, picando (sin mucha prisa) un lechón. Uno de ellos tenía la boca llena – por cada trozo que ponía en un recipiente para llevar, premiaba su propia e indudablemente valiosa labor con otro. Alguien me empujó y le pegué al escrín con la frente. Lo asumí valientemente, como el apropiado castigo del colao.

Todos mis sentidos estaban en alerta. Con el rabillo de un ojo monitoreaba los movimentos de los borrachitos que nos miraban desde la barra, sin perder de vista, ni por un momento, el lento tráfico de platos de plástico que se daba tras la puerta. Los músculos de mis brazos estaban preparados para agarrar el primer plato (suficientemente grande para compartir y suficientemente pequeño para conservar la dignidad y el decoro) que me pasara por al frente. Calculé, rápidamente, que la estatura de mi vecino de asedio le daba una ventaja clara a mi mano izquierda, y que con la otra mano sacaría el dinero a la vez que giraría sobre mi pie derecho para lograr un solo movimiento perfecto de obtención-compensación-huída…

Una mujer (con ella hacíamos dos orgullosas representantes de dicho género), visiblemente agobiada, se abrió paso entre nosotros y me sacó sin contemplaciones de mi (robado, preciado,merecido) sitio. Le hablaba a Tito. “Mira, ese es el último lechón, ¿sabeh? Y tienes todas estas órdenes aquí todavía…” Blandía un papel con nombres y números y señalaba la barra.

Mi nombre no estaba en el papel, y me sentí un poco culpable. Creo que no fui la única. Tito miró a Pepe, súbitamente indignado: “Deja de comer lechón, carajo.”

Respiré profundo, para llevarme si no el sabor, al menos el aroma del animal que de repente se me antojaba y cuya muerte no le causaba a mi usualmente-no-muy-carnívora persona el menor problema…Regresé al carro con las manos vacías. “Eso está difícil” le dije a mi decepcionada familia. Por el camino, compramos una bolsa de chicharrón que nos costó una levantada de cejas de mi madre, pero no pasó nada. La cena estaba riquísima.

Si me tomo una cerveza y cierro los ojos, creo que casi puedo olerlo otra vez.

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