Mirando con incredulidad lo cotidiano, y buscando humanidad en lo “exótico”.

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sustentabilidad subterránea

dontitoLa sustentabilidad subterránea. Tal vez la había visto antes, en el patio o el balcón de algún pariente, en una mata de malanga cerca de la carretera, o un tiesto de materiales para sofrito en Syracuse, NY.  Pero hoy la ví de cerca, y quizá esta vez mostré mayor interés.  Hablamos mucho de la “economía subterránea”, para referirnos a actividades productivas y de intercambio (especialmente lo segundo) que ocurren fuera del radar y del tributo gubernamentales, pero yo quisiera proponer un término paralelo para algo que podría parecerse, pero es otra cosa.   Porque mira que los académicos hablamos de sustentabilidad…pero hay quienes la practican sin darle ese nombre, como parte normal de la vida, y en pleno desparramamiento urbano y suburbano.

Pero más cuento y menos análisis.  Hoy visité al amigo Don Tito.  Don Tito se llama en realidad Aquilino y creo que casi nadie le dice Don, excepto yo.  Lo llaman Tito.  Vino de la República hermana, disfrazado de susto, de noche, de agua salada, en una yola compartida, hace más de veinticinco años.  Vivió por ahí sin papeles, trabajando en cualquier cosa: cocina, jardín, plomería, tendiendo mesas y lavando platos, pintando casas.  Toda chiripa se le daba bien, y poco a poco se le ordenó la vida, se le legalizó la situación, y se construyó una rutina laboral “haciendo patios”.  Así lo conocí yo.  Fue a cortar la grama en casa un día,  y de paso sembró una palma y un par de matas de guineo.  “Para los nenes”, me dijo.

Pues resulta que frente a la casita de Don Tito hay una carretera, y que en esa carretera y en ese barrio, como en tantos otros barrios playeros en Puerto Rico, iban a construir un “proyecto”, es decir sembrar algún aparato de cemento (la antítesis misma de la sustentabilidad, posiblemente) para el disfrute ocasional de aquellos que poseen segundas viviendas.  Pero tal parece que los dueños enfrentaron problemas para obtener los permisos necesarios, y mientras esperaban (aún esperan), la basura se acumulaba en el terreno, que medirá  una media cuerda.  Se estaba convirtiendo en ese otro fenómeno boricua, el vertedero clandestino.

Cuando yo me aburro, leo y escribo.  Alguno se ríe – después de todo, el trabajo de un académico es mayormente ese, y es gracioso que también pueda ser su distracción.  Pero parece que en eso, Don Tito y yo nos parecemos – porque cuando el hombre quiere “entretenerse”, un vertedero clandestino no es más que un patio en potencia.  O mejor aún, un huerto.  En sus ratos libres, el hombre limpió el basurero, evaluando cada pieza, botando algunas y usando otras.  Alquiló una máquina, preparó el terreno, y lo sembró no de cemento sino de maíz, calabaza, frijol, habichuela negra, plátanos, quimbombó…

Entre los objetos descartados encontró sillas, pailas vacías, y superficies con las cuales fue amueblando el ranchito.   Mientras una multitud dominguera se arremolina en mueblerías y ferreterías para comprar, de paquetón, los objetos que le sirvan para poner lindos la casa y el patio, Don Tito hace belleza, esculpe paisaje, con objetos descartados en una franja de tierra próxima a desarrollarse, a la espera del cemento inexorable.  Es verdad que para apreciar la estética del ranchito y del huerto hay que hacer como cuando se entra a un cuarto oscuro: parpadear, acostumbrar la vista, hacer ajustes, esperar un poco.  Nuestro paladar, borracho de dulces, pasa trabajo para poder apreciar el gusto de una fruta.  Cuando, desde mi auto, intenté ver la siembra que Don Tito, orgulloso, me señalaba, al principio no la ví.

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Pero contaba con mi guía, que me llevó primero a ver el maíz.  Mientras me mostraba la siembra puso dos mazorcas a asar en el mismo fuego de leña donde se cocinaba lentamente una enorme olla de carrucho, “para ahorrar gas”, me dijo.  De ahí pasamos a las abejas.  Sí, Don Tito ‘siembra” abejas, y las consigue justamente en aquellos hogares de donde lo llaman para que las elimine.  Se las lleva con todo y reina, y las va acomodando por ahí, para hacer miel. Las abejas son “basura” para el otro, pero en el rincón de Don Tito no se pierde nada.

abejas

“No se asuste”, me decía, refiriéndose a las abejas dentro de un tronco próximo a nuestro comedor.  Yo sentía mas bien una especie de estupor, pero no se debía a las abejas, sino mas bien a lo lógico, bonito y ordenado que de repente resultaba todo.  Las sillas, las mesas, los escondrijos de las abejas y de las gallinas que estaban poniendo huevos y criando pollos por ahí, las abejas mismas, la leña de la fogata, todo era, antes, “basura”, maleza, plaga, estorbo.

Pedí permiso para tomar estas fotos. Devoré mi mazorca, que estaba lista, y deliciosa.  Me despedí de Don Tito, murmurando una promesa vaga de escribir algo sobre “sustentabilidad”.  “¿Sobre qué?”, me preguntaron sus ojos.  “Sobre su siembra, las abejas, y eso”, me corregí.

carrucho

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hojas en la mente, papas en la panza

saladCon frecuencia, he elegido para almorzar un lugar “rápido” por encima de otro de igual “velocidad”, atraída por los vistosos letreros que en brillantes tonos de verde me indican que allí se vende(n) ENSALADA(s), que no es un establecimiento descaradamente limitado al clásico menú de grasa y trans-grasa, emparedados y hamburguesas, pechuga y muslo, papas fritas rizadas y lisas.  Muchas veces, las ensaladas en cuestión aparecen acompañadas de algún humano, o con mayor frecuencia una humana, atractivo/a y saludable, que mastica lechuga y bebe agua con gran alegría.  El anuncio es un imán. Estoy convencida de que, consciente o inconscientemente, funcionan para atraer clientes que de otra manera no estarían comiendo allí.  En dos de estos lugares, cerca de mi empleo, la importancia de estos anuncios “sanos” es evidente en el tamaño, colorido y visibilidad de los mismos.

Reconozco que en un par de ocasiones, he pedido la ensalada. Es bastante mala. Las lechugas tienden a estar mustias, los tomates demasiado fríos, las zanahorias escasas de calidad y en cantidad.  Pero reconozco también que casi nunca pido ensalada. Una vez adentro del local, de hecho, casi nadie parece optar por los elementos “sanos” del menú. ¿Por qué nos comemos el combo con papas, si hay ensalada disponible? Si la ensalada es tan poco popular, ¿a qué se debe la insistencia del mercadeo de este producto en las afueras del establecimiento, y su continua presencia en el menú?

La respuesta puede estar en el rol que juega nuestra peculiar psicología en nuestros patrones de consumo. Investigación reciente en la Universidad de Duke sugiere que los consumidores eligen alternativas menos saludables con mayor, no menor, frecuencia si hay una alternativa sana, como la ensalada, en el menú, y que las consumen en mayor cantidad. En uno de los cuatro estudios, los clientes tenían uno de dos menús: uno con papa asada, papas fritas y nuggets de pollo, y el otro con las tres alternativas y además, una ensalada. Aquellos que estaban expuestos al segundo tipo de menú, por alguna razón, elegían las papas fritas con mayor frecuencia que los primeros. VER algo saludable en el menú está irónicamente asociado a seleccionar alimentos MENOS saludables.

Este efecto curioso se llama “vicarious goal fulfillment“, el logro vicario de una meta. La decisión de comer en un establecimiento con un menú saludable disponible, en otras palabras, parece redundar en una sensación de logro con respecto a la meta de “comer saludablemente”.

Supongo que esto explica la abundancia de letreros con ensaladas coloridas y comelones atléticos en las afueras de los fast foods boricuas. Las lechugas eternamente mustias visibles detrás del mostrador. Y la igualmente eterna expansión de nuestras cinturas.

Enlaces para leer más sobre esto:

en el science daily

en lifehacker

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