el hábito de maría
Conozco a un niño de trece años que podría, estoy segura, ser científico, o ingeniero, o filósofo. Y que querría serlo. Para ello, tiene que ir a la universidad, por supuesto. A la mejor posible. Pero no sale bien en sus clases, y no salir bien en las clases, cuando ocurre con demasiada frecuencia, tiene un efecto cumulativo que las más de las veces se traduce en un final infeliz.
Mentí, arriba, cuando dije que conocía uno. En realidad conozco muchos y muchas como él. De ojos y mentes brillantes, pero experimentan dificultad para hacer el trabajo de álgebra, o para leer el libro. Se frustran por ello.
Algunos dejan la escuela. Suelen ser pobres. ¿Por qué? No estoy segura. Pero creo que para las clases media y altas existen más mecanismos sociales de protección. Que cuando el hijo del médico, o de la abogada, o del profesor universitario, tiene problemas de lectura en segundo grado, algo se hace, y se hace pronto, y si no funciona, se hace otra cosa.
[En este punto, el lector podría decirme, ofendido, que las dificultades de aprendizaje y la deserción le ocurren a cualquiera, independientemente de su clase social. Y le contestaré que tiene toda la razón, pero que es más probable que le ocurran a los que nacen en desventaja socio-económica. A medida que uno asciende en los indicadores de clase, más raro ("raro" de "improbable", no "raro" de "weird") se torna el problema de aprendizaje que desemboque en fracaso escolar.]
Llevo varios años trabajando con un proyecto que se dedica a entender y atender la desigualdad educativa. A través del tiempo, muchos me han dicho, a modo de consejo y con mucha razón, que parte del problema educativo estriba en que el aprendizaje escolar necesita hacerse mas atractivo, más divertido, y es cierto. Por ello hemos incorporado giras, juegos, y demás.
Pero hoy creo que hay algo más. Algo más simple, y más antiguo, y más importante, y menos de moda, y más difícil de implementar. El hábito de María. Quiero intentar articularlo aquí, con ustedes, en el blog.
Tharp, bailarina, coreógrafa y autora de un librito que se llama The Creative Habit, nos recuerda que para poder componer piezas geniales, el gran Mozart tuvo primero que practicar sus escalas, y tuvo hacerlo habitualmente. ¿Qué quiere decir con ello? Quiere decir que el talento, aún el talento genial, necesita de la destreza para poder manifestarse. Para convertirse en virtuosismo.
Nacemos con talento, pero no con destreza. La destreza hay que practicarla, habitualmente, mucho, hasta que se convierte en parte nuestra y nos permite entonces usar el talento para construir, para crear, la cosa que sea: la nueva receta, el puente, la fórmula química, el argumento legal, la estrategia de negocios, la novela, el plan para la familia, o el país.
La importancia de la práctica es universal, pero resulta tal vez especialmente visible en los casos famosos, o extremos, como bien describe Gladwell en Outliers, cuando nos cuenta de las diez mil horas, aproximadamente, que pasaron talentos famosos como Bill Gates y los integrantes de Los Beatles cultivando, en relativo anonimato, sus destrezas.
Pero de vuelta a los nenes puertorriqueños: ¿Cómo pretender que el jovencito lea y disfrute una novela, si cuando niño no practicó la destreza cotidiana de sonar sílabas y luego palabras y luego oraciones hasta que sonarlas le resultara tan natural, tan automático, que su mente comprendiera el lenguaje directamente, que su cerebro le metiera un bypass a la mecánica de la lectura y fuese directo al significado? ¿Cómo lograr que la muchachita domine el álgebra, o la geometría, si tiene que realizar las operaciones aritméticas más bobas con los deditos, contando para sumar, sumando para multiplicar, porque no se aprendió las tablas? Hay unas cosas que hay que practicar, unas destrezas básicas que son lo que son las escalas para los músicos: Hay que dominarlas, al derecho y al revés, sin pensar, temprano en el juego.
[Se ha indignado de nuevo mi lector. No me diga que si el muchacho no lo aprendió en elemental no lo aprenderá nunca, me regaña. Y le sonrío de nuevo, y le digo que tiene toda la razón, y que por supuesto que estas cosas pueden, y deben remediarse en el grado en que se descubran, aunque ello implique practicar lectura en séptimo grado o repetir obsesivamente las reglas para manejar fracciones en la universidad. Hay que hacer lo que hay que hacer. Esto es un poco como dejar de fumar, para evitar el cáncer, aunque uno lleve décadas fumando. Siempre es mejor no fumar que fumar. Pero es mejor nunca empezar. Y en la educación, lo más efectivo es practicar "las escalas", la lectura básica, las tablas de multiplicar, cuando todavía son niños, y no se enamoran de otros estudiantes, no piensan en cortar clases, quieren complacer a uno, tienen mucho tiempo libre, y (ad)miran al mundo y al maestro con ojos grandes de asombro...]
Para poder optimizar su talento, para crear un mejor país, nuestros niños tienen que ‘practicar sus escalas’. Cosas como lectura, aritmética, puntualidad, esfuerzo. Mucho. Habitualmente. Y cuando pienso en eso, me acuerdo de María.
En nuestro trabajo con jovencitos de escuelas mayaguezanas, los tutores se sorprenden cada semestre, al ver mentes alertas, equipadas, buenas, talentosas, teniendo, consistentemente, los mismos problemas: En clases donde se trataba álgebra o geometría, las dificultades tenían raíces aritméticas, como multiplicar, o manejar fracciones. En las clases (¡todas!) que dependen del lenguaje, se trataba de un problema de comprensión de lectura, de saber sonar la oración pero no procesarla, comprenderla, porque para comprender, la lectura como sonido tiene que ser automática.
María es una maestra, hoy retirada, famosa en su pueblo porque no se le escapaba uno: Le enseñaba a toditos y toditas a leer. Era maestra de primer grado, y esa meta de que todos leyeran era su desafío personal, todos los años. Todos los niños, todos los años. Hoy su hija Olga emula ese ejercicio en su propio salón de clases, en otra materia, en otro pueblo. Y creo que la nieta también va por ahí…
María no se leyó a Tharp, pero me consta que conocía muy bien la importancia delhábito, porque se la aplicaba a sí misma. Se levantaba todos los días a la misma hora, iba al trabajo (casi nunca faltó), y le metía consistencia, talento, destreza, ganas.
Por las noches, en su casa, hacía planes.
Sus planes cambiaban, a través del tiempo, porque María, reconociendo su labor como una profesión creativa y su ejercicio cotidiano como un arte, asistía regularmente a talleres de educación continua. En el fondo, no creo que le hicieran falta esos talleres, estrictamente, en términos de contenido; pero ella les sacaba el jugo, y aplicaba lo aprendido en sus planes.
Esa actividad cotidiana de los planes me dice mucho de su disciplina, de su humildad y de su optimismo. Porque cuando usted cree que se las sabe todas, usted no hace planes. Cuando usted no cree que puede, con sus acciones, transformar estudiantes porque ya llegan a su salón de clase fundamentalmente forjados, destinados a lo que sea, usted no hace planes. Si no hay esperanza, no hay
planificación.
[Mi lector imaginario vuelve a indignarse. Y ésta qué sabe, murmura.]
No mucho, le contesto. Pero soy maestra. En mi caso es tal vez más fácil la cosa, porque mis alumnos suelen ser adultos o estar por ahí, en la víspera de serlo. Pero conozco muy de cerca la tentación de la arrogancia o la desesperanza, de enseñar en la modalidad de “salir del paso”, de no hacer el esfuerzo máximo para transformar mentes y vidas porque asumimos que los estudiantes llegan hechos, forjados, destinados, que el que va a aprender aprende y que el que no, pues no, independientemente de lo que hagamos. Y he sucumbido a esas tentaciones del pensar y del sentir más de una vez.
Y resulta que el país esta en crisis, “crisis” en plural, y que una de las crisis principales es la educativa. Las areas de acción para atender la crisis son, por supuesto, muchas, y a todos los niveles educativos. Pero un espacio humilde, poco mencionado, tiene que ser la práctica habitual e intensificada de destrezas básicas, como aritmética y lectura, en escuela elemental. Porque sin esas dos formas de hábito, el aprendizaje y la creación posteriores, profesionales, ciudadanos, son prácticamente imposibles.
[En este punto se vuelve a ofender mi lector y me cuenta, muy indignado, que su abuelito es analfabeta y que sin embargo es un excelente, inteligente y muy activo ciudadano. Pues felicite a su abuelito de mi parte, le digo. De regreso a la metáfora del cigarrillo: Conozco a un abuelito que fumó por ocho décadas y no le dio cáncer y vivió hasta los cien años. Pero ya que hablamos de su abuelito, y que es un ciudadano activo e inteligente, vaya y léale lo que acabo de escribir: Apuesto a que su abuelito estará de acuerdo conmigo, porque ese abuelito extraordinario sabe que lo es no por no saber leer sino a pesar de ello. Tal vez, con acceso a una educación de calidad, su abuelito hoy podría ser mil cosas, incluyendo gobernador nuestro. Y tal vez, con su abuelito a la cabeza, el país estaría mejor que ahora. Pero no quiero salirme del tema. Mis cariños y respetos a su abuelito.]
Y mis respetos y felicitaciones a todos y todas las maestras y maestros como María. Ojalá se reestructure el sistema de modo que la labor de los maestros sea recompensada con mejores salarios y mayor reconocimiento y oportunidades de desarrollo personal y profesional.
Tenemos que ser más como María. La crisis educativa no es necesariamente culpa nuestra, lo sé. Y no intento culpar a los maestros- ¡hay tantos, tantos problemas en el país que hacen difícil el aprendizaje, y la enseñanza! Pero nos tocó, nos tocó atenderlo, con furia, con rabia, con intensidad, con amor. Todos los días, cultivando el hábito, la destreza, de la inocencia. Dije inocencia, sí, porque se requiere mucho optimismo inocente (que ojo, no es lo mismo que optimismo bobo) para creer que podemos transformar la vida del nene que viene de la comunidad deteriorada, o que vive en el hogar destrozado con adultos ya irremediablemente rotos, y para pensar que podemos transformarlo con las tablas de multiplicar y con la lectura cotidiana….
Pero hay que hacerlo, porque es nuestra mejor esperanza y la mejor oportunidad para que ese nene pueda imaginar, articular, construir un mundo distinto. Y porque a veces, hasta funciona. Tenemos que hacerlo con consistencia y celo. Crear y cultivar el hábito y la rutina de practicar destrezas para el pensar, con el hábito y con la rutina propios del enseñar con ahínco y con cuidado.
Con el hábito de María. Nos va la patria en ello.
Printlos abogados
[A la clase graduanda de la Escuela de Derecho Eugenio María de Hostos, 5 de junio de 2010.]

Agradezco mucho, me honra mucho, la invitación que me ha hecho la clase graduanda Fuego de Justicia para hablarles en su noche de logros.
Pero este tipo de invitaciones siempre trae consigo unas preguntas implícitas, unos temas generales, que uno debe atender. Temas como el significado del grado, o la carrera. Preguntas del tipo “¿Ahora, qué?”
Yo estudié antropología, no derecho, de modo que no se cuán preparada esté para responder esas preguntas. Pero las voy a abordar. Y para hacerlo, les voy a contar un par de cosas, para luego plantearles un argumento. Los cuentos son simples: Tienen que ver conmigo, con mis abuelos, con las polillas, con los libros, y con algunos abogados. El argumento tiene que ver con la lucidez y con la justicia. Podríamos llamarlo fuego y justicia.
Mi primer encuentro con un abogado fue, como tantos otros encuentros importantes en mi vida, a través de un libro. Y mi primer contacto más o menos serio con libros de verdad, de esos libros que no tienen dibujitos, fue en un garaje. Tenía yo unos diez años, y acababa de mudarme a vivir con mis abuelos, que vivían en una casa vieja muy cerca de la Universidad de Puerto Rico en Rio Piedras.
En esa casa, el carro dormía afuera, en la calle. El garaje era para los libros. Y no es que no hubiera libros en otras partes de la casa. De hecho había libros por todas partes. Y libros de todo tipo. Literatura de buena calidad,; literatura de mala, o al menos dudosa, calidad; enciclopedias, revistas, cómics, manuales…Había libros heredados de tíos, hermanos, amigos, desconocidos…Mis abuelos, como otros tantos de su generación, compraban pocas cosas, y botaban menos todavía. Y esa regla se la aplicaban tanto a los tornillos como a los muebles, tanto a la ropa como a los libros.
De más está decir que en casa había polilla. Y mucha. Los libros apolillados , sin embargo, no se botaban: eran desterrados al garaje, y allí mismo había que leerlos, para que no contagiaran a los libros sanos. Allí, entre muebles viejos y herramientas, me sentaba yo, sobre un cajón, a cultivar mi imaginación (y a cultivar, de paso, un asma crónica que me duró unos cuantos años.) Sentada como una polilla gigante y flaca, leía yo en el garaje mis libros, mis libros apestosos a libro viejo, llenos de agujeros, maravillosos libros.
Uno de mis favoritos, tan favorito como Historia de Dos Ciudades, como Los Tres Mosqueteros, y preferido por mucho sobre cualquier cosa que estuviésemos leyendo en la escuela en aquel momento, era un volumen rojo, bastante grueso, publicado en los años cincuenta, que se titulaba Sala de Jurados y que contenía la biografía de un abogado de nombre Samuel Leibowitz. Un abogado judío de padres rumanos, residente de Nueva York. Me gustaba especialmente el capítulo que narraba el caso, el largo drama, de los chicos de Scottsboro- nueve muchachos negros falsamente acusados, y condenados a muerte, por haber violado dos mujeres blancas en Alabama en la década de los 1930. Leibowitz hizo historia, primero porque tomó el caso gratuitamente, luego porque apeló las condenas, luego sacando libres a cuatro de los acusados, reduciendo las sentencias de los otros cinco, y de paso llevando la cosa al Tribunal Supremo no una sino dos veces, destapando la olla de grillos que era el discrimen racial cotidiano del sur, obligando a los jueces, y a los hombres y mujeres de Alabama, a prestarle atención al racismo. ¿Cómo lo hizo? Pues lo hizo con el saber, y con la agilidad de acción que el saber a veces nos permite. Lo hizo conociendo la ley, conociendo el derecho; lo hizo, también, entendiendo la psiquis colectiva, el ethos, de Alabama. Lo hizo, en fin, estudiando, aprendiendo, construyendo y actuando.
Yo tenía diez años, y las cuestiones heroicas me impresionaban mucho…pero los superamigos de las caricaturas que yo veía los sábados por la mañana (individuos de la talla de Superman, Batman,y especialmente la Mujer Maravilla) se quedaban todos cortos al lado de Leibowitz. El caso de Scottsboro cautivó mi imaginación, y hasta cierto punto cautivó también la de la época: Fue de hecho inmortalizado en otro de mis libros favoritos, publicado en los sesenta, y también apolillado: To Kill a Mockingbird. En él una niña, una niña como la que yo era entonces, narraba la historia de su comunidad, una comunidad pequeña, unida, capaz del mayor de los desprendimientos, pero también del peor de los racismos. Su padre (el héroe, el abogado) no solamente era hábil, sino que en su decisión de representar, con toda su energía y toda su destreza, al acusado negro, arriesgando su seguridad personal, representa el espinazo, la capacidad moral, de toda la comunidad. Tal vez de todo el país. Tal vez de toda la especie.
Estos eventos (y los llamo eventos porque no son “meros” libros, simples objetos, sino mas bien momentos de lectura tan forjadores del carácter como cualquier otra experiencia) estos eventos se daban en un momento histórico particular. Los libros habían sido publicados en los cincuenta y sesenta, pero yo los estaba leyendo en mi garaje en los ochenta. Era la década del ascenso de los yuppies y sus valores materialistas, pragmáticos, por encima del idealismo y el antimilitarismo hippie de la década anterior…Era la década de la resaca que le siguió a las muertes en el Cerro Maravilla…Para esa época salió una película, con otro héroe muy especial, que también cautivó mi imaginación, y que también era abogado. La biografía de Gandhi, interpretado por Ben Kingsley. Recuerdo bien que la película comenzaba con Gandhi, entonces un joven abogado, recién graduado y con práctica en SurÁfrica, siendo expulsado de un vagón de tren de primera clase. Él había pagado su boleto, y andaba bien vestido…pero resulta que aún así, los indios, como él, eran considerados muy oscuros de piel para pasar por “blancos” en la SurAfrica de finales del siglo 19 y principios del veinte. Ese momento es descrito, en las biografías de Gandhi el gran hombre, como la Epifanía o revelación que transformó al abogado que era Gandhi joven, en el activista que pasó a la historia. Pero esa descripción no me parece del todo precisa. Es más correcto decir que ese fue el momento en donde en lugar de dedicarse a su práctica, Gandhi comienza a dedicarse a una causa que construye a través de su práctica, con las herramientas que su práctica le provee.
O mejor dicho aún, y más dialéctico, más apropiado para este espacio socrático que ocupamos ahora: Gandhi se desarrolla como abogado toda vez que se desarrolla como activista de los derechos de los indios en SurAfrica-y viceversa; se desarrolla como activista toda vez que se desarrolla como abogado. Son sus años ejerciendo allí, nos dicen sus biógrafos, los que redundan en el Gandhi que conocemos, el Gandhi que logró la independencia de la India conociendo escrupulosamente, y luego desafiando magistralmente, las leyes, sin violencia, y sin corromperse.
Mientras yo admiraba a Leibowitz, y a Gandhi, había otro héroe, también abogado, frente a mis narices, allí mismo, en la apolillada casa. Años más tarde me enteré. Resulta que mi abuelo, mi abuelito, mi viejo, además de haberse doctorado en historia, había estudiado derecho. “¿Por qué?”, le pregunté alguna vez, curiosa ante lo que me parecía una especie de redundancia académica, por no decir una monumental pérdida de tiempo. Y me contestó, sin titubeos, con cierta exasperación, lo que le parecía obvio: “¡Pues para saber! ¡para entender!”.
Al día de hoy, con 92 años, mi abuelo entiende el país, y el mundo, con una lucidez que le vendría muy bien a los que manejan al país, y al mundo.
Pero regresemos al cuento de Gandhi. ¿De qué le sirve a Gandhi el estudio del derecho? Pues le viabilizó, le operacionalizó, nada menos que el ser Gandhi. Lo que no es poca cosa. Existe entre el derecho, la independencia de la India, y la popularización de la ahimsa, la doctrina de la “no violencia”, la misma conexión que existe entre el derecho y el fin de la esclavitud en Estados Unidos, liderada por Lincoln, ese otro abogado. Entender, incluso amar, e incluso amar lo suficiente para estar dispuesto a mejorar, a transformar, el contrato social plasmado en el estado de derecho, es una ruta exquisita hacia la participación ciudadana plena, hacia la actividad con causa y con pasión, y ¿por qué no? Hacia la felicidad.
Debo admitir que mi noción de felicidad no es necesariamente universal, pero ciertamente es compartida, y defendible. Permítanme articularla muy brevemente aquí. Para hacerlo, voy a echar mano del trabajo de un psicólogo húngaro de nombre impronunciable que ha trabajado el tema en las universidades de Claremont y de Chicago, y de una fabulosa escritora boricua que trabaja y escribe en la Universidad de Puerto Rico. El húngaro es Mihaly Csikszentmihalyi, y dice que la felicidad, en términos prácticos, se encuentra en lo que él llama Flow, o la experiencia óptima, y que consiste en la combinación óptima de desafío y destreza. Es pocas palabras: Si usted hace algo muy fácil, y sus herramientas mentales le sobran, se aburre. Si hace algo muy difícil, y no cuenta con las herramientas mentales, se frustra. Pero si usted, con la mayor frecuencia posible, se dedica a hacer cosas que sean suficientemente difíciles para absorber su atención totalmente, de hacer uso intenso de su destreza y conocimiento, es feliz.
La boricua es Ana Lidia Vega. Y dice la Dra. Vega que la felicidad está asociada, en la vida de los que quieren y pueden optar por hacer carreras universitarias, con una especie de hiperconciencia, la hiperconciencia del “ser humano que sabe pensar críticamente por sí mismo y que puede sentir solidariamente por los demás.”
Pensar, críticamente, por sí mismo: sentir, solidariamente, por los demás. Vega nos habla de hiperconciencia, de la lucidez que nos permite entender, para poder actuar, para poder ejercer cambio. Esa capacidad para la acción que la clase graduanda de ustedes, ha articulado como Fuego de Justicia.
Ustedes utilizarán su diploma para diferentes cosas. Taller jurídico ciertamente hay- después de todo, a los tribunales puertorriqueños llegan sobre 300,000 casos al año. Podemos evaluar el producto de su esfuerzo académico a partir del salario que usted gane, del contrato o el ascenso que se lleve, del carro que maneje o el bote que se vaya a comprar. Pero esas cosas, aunque nos permitan vivir y hasta nos den satisfacción, tienen poco que ver con la felicidad, con la experiencia óptima, con pensar y con sentir, a no ser que el salario se lo gane haciendo algo que le fascine (y ojo, no hablo de algo que se le haga cómodo, o que le guste un poco, sino que le fascine), a menos que el carro lo lleve a los lugares en donde usted va a aplicar lo mejor de sí, de su preparación, de sus destrezas, en pos de algo en lo que usted cree, o a menos que usted aprenda a manejar ese bote como todo un lobo de mar y se dedique principalmente a eso. Porque la felicidad es lúcida, la felicidad es intensa. Cito a Ana Lidia Vega de nuevo: “La verdadera cultura tiene que ver con la hiper-conciencia, con ese arrebato natural que viene a alborozarnos el casco para que desafiemos la noción panzona, chancletera y control remoto de la felicidad.” Y eso es cierto de la felicidad en todos sus ámbitos: el trabajo, el amor, la actividad mental, la cocina, el hobbie, o el asueto.
Todo está conectado, en la biografía propia, en la suya, en la mía. Y todo lo que vale la pena hacer es mejor si se hace de manera lúcida, plena.
Otro abogado, puertorriqueño, que también creía en la intensidad y en la lucidez, lo dijo así: “La gloria no se escribe con palabras, se escribe con la vida”.
Yo creo que la “gloria” a la cual se refería Pedro Albizu Campos en esa cita no implica necesariamente la fama, o la tragedia. La lucidez feliz puede ser una cosa bastante cotidiana. Déjenme hacerles un último cuento. Hace algunos años estuve sentada en un tribunal de menores, y presencié varios casos seguidos. Los casos tenían el mismo fiscal, el mismo abogado, y el mismo trabajador social. Fue muy conmovedor ver las cabezas, juntas, de esos tres personajes: el representante del estado, el defensor público, y el trabajador social, los tres conversaban, cuchicheaban, antes de cada caso. Los antropólogos somos terriblemente curiosos, y yo podía escucharlos un poco, desde donde estaba, así que paré oreja. Y descubrí que los tres, en todos los casos que vi ese día, claramente buscaban lograr un escenario que maximizara oportunidad y posibilidades para el menor. El suyo era un heroísmo cotidiano, colaborativo, de rutina, que no dejaba por ello de ser glorioso. Lúcido. Feliz.
Con lo que llegamos al argumento, a la propuesta. Y la propuesta es corta, es simple, y es la siguiente: Los estudios cuya culminación hoy ustedes celebran deben servirles para la lucidez crítica y para la vida plena. Deben servirles “Para pensar críticamente por ustedes mismos y para sentir, solidariamente, con los demás”. Deben servirles para entender el mundo, para elegir sus causas, e incluso, y especialmente en tiempos de crisis, para asumir posiciones. Posiciones que surjan no de la superficialidad o de la ignorancia, sino del conocimiento, y desde la certeza de que el conocimiento es siempre, inevitablemente, gloriosamente, una obra incompleta, en construcción. El estudio del derecho debe permitirles entender mejor los asuntos para atender mejor los asuntos y para, como dijo otro abogado, Franz Kafka, “partir no de lo aceptable, sino de lo justo”. Para vivir plenamente.
Lo que han aprendido en este espacio debe servirles como herramienta para alcanzar esa felicidad que es posible sólo en la luminosa lucidez, la única felicidad capaz de cambiar las cosas, la única actitud equipada para hacer al mundo mejor, para hacer al mundo más justo.
Muchas gracias.
Printla dimensión subestimada

Mi abuelito solía llevarnos, a mi abuela y a mí, a almorzar fuera los domingos a las 11:30. Si nos retrasábamos, y al llegar había fila en el restaurant, el abuelito se indignaba. “Vámonos”, decía, “que yo no tengo tiempo que perder.” Yo sonreía ante la importancia que mi encantador, feliz y retirado viejo le asignaba al tiempo.
Otro ejemplo: Ir al médico. Yo he sabido esperar cinco horas por un pediatra y ocho por un obstetra. Y he escuchado historias peores. En más de una ocasión le he preguntado a una recepcionista por qué no lo hacemos un poco diferente. “¿Qué tal” sugerí, ilusa, “si ustedes me dan una cita, y yo vengo a esa hora, y ustedes me atienden?” Ajá. Aparentemente, en el momento mítico al principio del tiempo, en el génesis del consultorio arquetipal, “hace tieeeeempo…dábamos citas pero entonces la gente no venía. Así que te damos una cita, pero entonces atendemos por orden de llegada.” ¿Orden de llegada? ¿Y entonces? ¿Qué pasó con la “cita”, ese “acuerdo o compromiso entre dos o más personas acerca del lugar, día y hora en que se encontrarán para verse o tratar algún asunto”? Dependiendo del médico, “orden de llegada” implica la tortura sistemática de infantes, mujeres embarazadas, ancianitos, adultos productivos, o todas las anteriores. El tiempo de todos vale lo mismo-casi nada. Todo ese tiempo colectivo es sacrificable en función de la optimización de las ganancias. Porque eso es lo que la espera forzada y sistemática le está comunicando al paciente del médico…o al impaciente de la compañía telefónica. Que su tiempo vale poco, y que vale mucho menos que el del humano o la empresa al otro lado de la línea o del estetoscopio.
¡Son tantos los ejemplos! Largas reuniones innecesarias. El tapón nuestro de cada día. El tránsito por oficinas en busca de documentos fantasmales en lugares desconocidos. La búsqueda de pala o favor para cualquier gestión, por más legítima que la gestión sea. (¿Que vas para el Registro Demográfico? Espérate, que allí trabaja Titi…) Tal vez el valor promedio del tiempo de un ciudadano es un buen indicador de su clase social. La persona extremadamente pobre tiene que armarse de paciencia casi infinita. Se le va la vida en la fila de los cupones, la de desempleo, la de la Reforma, la de pagar el agua, la de pagar la luz…El más pudiente puede pagarle a gestores y asistentes que hagan fila por él.
“El tiempo es oro”, dice el refrán. Y ojo, que lo dice uno de esos refranes que llamamos, no “un” refrán sino “el” refrán. Uno de los importantes, los definitorios, los que nos comunican sabiduría generación tras generación, y todo eso. Sin embargo, no parecería valer mucho, esa coordenada inapreciada. Hasta de “matar” el tiempo hablamos. ¿Por qué alguien habría de querer matar el tiempo? ¡Si se trata del recurso más valioso, más escaso, y más incomprendido! Las tres dimensiones que constituyen el espacio, mal que bien, se regulan, se protegen, se remodelan, se decoran, se compran, se tasan… Al pobre tiempo lo ignoramos, lo gastamos, lo perdemos o peor aún, lo “matamos”.
Perder tiempo tiene muchas consecuencias. La más mentada es probablemente la productividad laboral. Pero hay otras igualmente graves. El tiempo perdido en complicaciones innecesarias es tiempo que ya no podemos usar para crear, estudiar, o embelesarnos mirando un bebé. Para dormir una siestita reparadora, leer un libro, pensar un rato, hablar solo, visitar a un anciano, o a un amigo,o a un anciano amigo. Inventarnos un blog para que nadie lo lea. Inventarnos un blog para que muchos lo lean. Descifrar los contenidos del armario o de la mente de un hijo adolescente. Acariciar al gato, asustar al gato, mirar el techo, aprender mandarín, hornear un flan o ver una película favorita por tercera vez. Recordar un chiste valioso en todos sus detalles. Ver fotos viejas. Leer. Pensar.
El abuelito las canta: El tapón

Camino a almorzar, en el tapón usual, y sin irritación, nos comenta: “En este país no hacen falta más carreteras. Hacen falta menos hoyos.”








































