Mirando con incredulidad lo cotidiano, y buscando humanidad en lo “exótico”.

¿Por dónde parte la soga?

¿Por dónde parte la soga? Por lo más fino.  Y en el caso de las crisis, las externas y las internas, de la Universidad de Puerto Rico, lo “más fino” son las/los estudiantes.

Tome los cambios recientes, a nivel federal, en la elegibilidad de la beca Pell, la beca diseñada para que los estudiantes de escasos recursos económicos puedan estudiar.  El tope es ahora seis años para un grado de bachillerato.   Si en efecto los estudiantes en la UPR tuvieran acceso todos los semestres a los cursos que necesitan para mantenterse al día en su currículo y poder así graduarse en cuatro años, no habría problema.  Pero el caso es que el proceso de matrícula NO es así.  Todos los semestres, los cursos requisito se llenan y miles de estudiantes se quedan en lista de espera.  Todos los semestres, estudiantes que estarían dispuestos a tomar quince o dieciocho créditos se quedan con doce, si tienen suerte.  A veces no llegan a doce, y se tienen que ir, porque necesitan doce para obtener la beca.  De doce en doce, nadie puede graduarse en cuatro años.  Y el encarecimiento de los cursos de verano hace más difícil la alternativa de completar los créditos necesarios de ese modo.

La soga parte por lo más fino.  Y lo más fino, en el caso del tope de seis años de la beca Pell, son los estudiantes que necesitan de la beca para estudiar, esos estudiantes que van, no por elección sino porque no hay espacios suficientes, avanzando en su currículo de doce en doce.

Pero bien dicen que las tragedias no vienen solas.  Al tope de seis años, una crisis externa causada por la legislación federal, se le añaden medidas internas a nivel de sistema y de recinto.  En el sistema, los estudiantes enfrentan una cuota de $800 que aunque muchos insistan en no creerlo, hace que mucha gente se tenga que ir.  Mire el caso de un joven que llamaré Javier.  Buenas notas, estudioso, trabajando part time para ayudarse y mantener a su hijita bebé.  Residente de un caserío cercano a uno de los recintos grandes. Hace algún tiempo se tuvo que ir a trabajar, porque no tenía dinero para pagar la cuota y alguien en la oficina de asistencia económica le negó la prórroga necesaria para poder pagarla a plazos. No es sólo una pérdida (de oportunidad educativa y de movilidad social) para Javier: Es una pérdida (de talento y recurso humano) para el país.

Pero al parecer, al país no le importa que la soga parta por lo más fino, y que lo más fino sean los estudiantes.

A esas dos tragedias se les suma una tercera, completamente autoimpuesta y típica de los colectivos que deciden atender sus desafíos apuntando el dedo acusador y la medida represiva hacia algún chivo expiatorio.  En el recinto de Mayagüez , Colegio, al que amo y al que pertenezco, han pasado por ejemplo medidas recientes para atender el problema de las bajas parciales.  El subtexto de las medidas es claro: las bajas son culpa de los estudiantes, y los estudiantes que se dan de baja deben ser castigados.   De ahora en adelante, ha anunciado el decanato de Asuntos Académicos, si un estudiante se da de baja de un curso, independientemente de su turno pierde la oportunidad de matricularse en el mismo durante los primeros días de matrícula.

Para los colegiales que han pasado por el proceso de matrícula, ya sea como estudiantes o como administradores, las implicaciones de esa regla están claras: Si usted se da de baja de un curso de alta demanda (matemáticas básicas, por ejemplo), a usted se le hará doblemente difícil conseguir ese curso y si lo consigue, será con el profesor que nadie quiere o en el salón dónde la voz del docente no se oye o la pizarra no se ve.

Todo esto en un mundo donde la educación universitaria se vuelve cada vez más crítica para obtener empleos y mover países hacia adelante, y en un país en donde la universidad pública al parecer ha decidido achicarse. Supongo que hemos decidido que nuestros estudiantes más pobres, y sus becas, deben irse a los institutos y universidades privadas.  Que la educación pública se reducirá en alcance y tamaño.  La “reforma universitaria” se hace a punta de tijera y puñal, y con la complicidad de los profesores y empleados que al parecer estamos más dispuestos a dar la batalla por el plan médico y los derechos adquiridos en el convenio que por los miles de estudiantes que se escapan por los agujeros de certificaciones punitivas, incompetencia administrativa, dejadez docente, y reducción de espacios y de ayudas financieras.

Recuerde el número fatídico que la Junta de Síndicos y el pasado presidente De la Torre usaron con tanta frecuencia en los medios: 50,000.  Todos sus cálculos estaban basados en una universidad con 50,000 estudiantes.  Y la universidad, a su llegada, tenía aproximadamente 65,000.  ¿Cuántos se han tenido que ir? No lo sé.  Y al parecer no preguntamos.  El conocimiento es poder, dice el refrán, pero estamos a oscuras.  ¿A dónde se han ido?  Tal vez a su casa.  Tal vez a chiripear en la calle, y digo chiripear, porque trabajo formal sabemos que no hay. Tal vez a una universidad privada, donde pagan más y se gradúan menos.

Si de verdad estuviéramos buscando soluciones, y no chivos expiatorios, a problemas como las bajas, estaríamos mirando como buenos ingenieros (no en balde, pensaría uno, que somos el recinto especializado en las ingenerías) el problema en su conjunto, identificando cursos requisito con alto volumen de bajas, e invirtiendo en esos cursos nuestros mejores profesores, nuestros mejores salones, y nuestras mejores tecnologías para maximizar el impacto de ambos.

En el Colegio, por cierto, hicimos un experimento así.  La combinación de una profesora efectiva, avalúo continuo mediado con tecnología de clickers, y sesiones adicionales de práctica, logró aumentar las buenas notas y reducir significativamente los fracasos y las bajas en un curso de pre-cálculo.  La inversión quedó más que compensada por los ahorros netos de las repeticiones evitadas.  A pesar de sus buenos resultados, aún no se ha implantado de manera más amplia.

Y es que el punto, al parecer, no es solucionar: preferimos buscar el chivo expiatorio, y dejar que la soga parta por lo más fino.  Y lo más fino, señores, son los estudiantes más pobres del país, que necesitan de la beca para estudiar y que mientras más pobres, más probablemente llegan con el tipo de necesidad académica que conduce a una baja en un curso “filtro” típico como las matemáticas.  Los profesores hablan con frecuencia de “aquel estudiante” que se daba de baja de todos los cursos que no le gustaban, irresponsablemente.  Ese estudiante existe, pero NO es la norma.  ¿Cómo es que no hablamos de los casos en dónde dos profesores distintos, con el mismo curso, y los mismos exámenes, obtienen resultados radicalmente distintos en términos de bajas y fracasos?  ¿Cómo es que no identificamos a los profesores exitosos y les damos el apoyo que necesitan para enseñarle a más estudiantes?  Y a los que presiden cursos con excesivas bajas y fracasos, ¿cómo es que no les proveemos desarrollo profesional para hacer un mejor trabajo en el salón de clases, o alternativas de enseñanza lidiando con estudiantes menos vulnerables, o con cursos más avanzados?

Evidentemente preferimos que la soga parta por lo más fino, aunque lo más fino sean los estudiantes.  Los cambios en legislación federal los atacan desde afuera. La cuota los ataca desde la administración central.  Las medidas punitivas y la dejadez de nosotros los empleados los atacan desde sus recintos.  El resultado de tanto ataque al estudiantado más vulnerable no será una mejor universidad, sino un peor país.

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