Melchor Jackson
De un tiempo a esta parte, Puerto Rico parecería haberse llenado de inflables. De hecho hasta la palabra se ha vuelto coloquial, normalita, susceptible de mención sin necesidad de definición. Los inflables son un poco como los billboards, esos carteles enormes que anuncian cosas. Hace diez años, no había casi ninguno, ahora, están por todas partes.
Los puertorriqueños inflamos y acomodamos esos aparatos frente a nuestras casas para conmemorar cosas como Halloween y Pascua…pero especialmente, para conmemorar la Navidad. Santa Closes barrigones, o personajes de Disney (Mickey, Pooh) vestidos como él; Duendes, venados, trineos; Muñecos de nieve; Y, tal vez en una onda más criolla y más tierna, Jesuses recien nacidos junto a sus papás.

Ayer, desde mi auto, ví un inflable de los Tres Reyes Magos. Si lo veo de nuevo, le tomo una foto y la traigo al blog. Estaban juntos, abrazados, alegres, sonrientes, celebratorios y….BLANCOS. Los tres eran blancos.
“¿Y Melchor?”, le pregunté en voz alta a mis amigos imaginarios, un poco indignada. ”¿Dónde está Melchor? ¡Me han blanqueado a Melchor! ¡O me lo han cambiado por un rey blanquito!”
Dice el antropólogo y sociólogo Chuco Quintero que la importancia y la negritud de Melchor radican probablemente en las particularidades de la historia del Caribe Hispanoparlante:
Resulta interesante, continúa Quintero, que en la tradición bíblica el rey negro sea Baltasar (y yo que siempre creí que Baltasar era el más barbudo), pero que en la nuestra sea Melchor, quien es también concebido como el más sabio-en una especie de sincretismo que sirve para aunar, mezclar y armonizar, y que se completa con el uso de caballos en lugar de camellos como modo de transporte para los Reyes Boricuas.
Los amigos imaginarios que pacientemente escuchan la articulación de mis pequeñas indignaciones cotidianas me respondieron que la blancura del Melchor del inflable obedecía probablemente a consideraciones prácticas-tal vez, suspiraron, la homogeneidad del color hacía más simple la fabricación de la cosa. O quizá los/las chinos/as que diseñaron y fabricaron el inflable para vendérselo a Walmart no conocen la tradición caribeña y no saben que para nosotros es importante que uno de los tres queridos personajes sea, por lo menos, marrón. Y que preferiblemente tenga la barba rizada.
La antropóloga Isar Godreau ha descrito en varios trabajos académicos el proceso de blanqueamiento que caracteriza la historia de nuestro país – un blanqueamiento evidente en textos, discursos y prácticas, en el distanciamiento que siempre coloca al elemento negro en “otro” lugar (Loíza, Santo Domigo, África), en la asociación de lo negro con lo ignorante o supersticioso, y en el mismo lenguaje cotidiano, fugitivo, ambiguo, cambiante y evasivo cuando de caracterizaciones “raciales” se trata y en el cual preferimos decir “trigueñito”, “indio”, y “moreno” y cambiamos de término según el contexto y el interlocutor.
Claro que los chinos/as que hicieron los reyes del inflable que provoca esta entrada no sabían nada de eso. Pero la ausencia de color en las caras de esos reyes de plástico me produce un rechazo visceral. En una especie de simbólica cirugía estética que ni siquiera cuenta con las justificaciones médicas (por flojas que fuesen) del atormentado Michael Jackson, le extirpan la negritud a uno de los poquísimos espacios en donde ésta subsiste con alguna dosis de cariño, respeto, y aceptación, sin burla y sin asociaciones macabras.
Me dirá el lector que al final del día, la negritud de Melchor no es sino una concesión un poco boba a la negritud del país, y que peco de romanticona al nostalgiarlo. Y tiene razón. Pero igual, cuando busque yerba para los caballos de los Reyes esta noche con mi hijo de cuatro años, la imagen que tendré en mi cabeza (y en la pantalla de la computadora) será la de un trío lo más oscuro posible. Y será el sabio Melchor el que firme la tarjeta del regalo más deseado.
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Imagen tomada de: News Items Today, dic 2008
todo por la belleza
Hace algunos días hablaba con mis estudiantes acerca de la paradoja de la belleza. La de cualquiera, pero especialmente la femenina. Nos referimos al mito de la belleza, una noción acuñada por Naomi Wolf y que se refiere a la existencia de criterios de belleza poco realistas, reforzados por el mercadeo de cada vez más (y más caras, y más sofisticadas) rutas para alcanzar una belleza…inalcanzable. Decíamos que es la imposibilidad misma de esa belleza lo que la vuelve poderosísima en términos de la mercantilización, porque abre espacios infinitos para la creación de productos que “ayuden” a las pobres mujeres, todas ellas inevitablemente imperfectas, a acercarse a la meta.
Los ejemplos cotidianos del mito de la belleza abundan: Maniquíes insólitamente flacos, y sin rostro, nos espían desde los escaparates; las muestras que reciben las modelos para vestirse son de tamaño “cero”, un tamaño matemáticamente absurdo porque implica no pequeñez sino inexistencia; la alquimia de unguentos milagrosos es una industria millonaria; y en un mundo donde los médicos escasean, las cirugías plásticas cosméticas son la orden del día. La misma lógica mercantil post-industrial que nos atosiga de comida chatarra nos ofrece también el rímel, la faja, el gimnasio y el fataché.
Poco después de la clase, una estudiante me envió un video que a pesar de ser en sí mismo una herramienta de mercadeo de una marca de productos particular, ilustra muy bien lo remoto que resulta este falso ideal de belleza:
El video es útil (gracias a Karla por compartirlo) porque muestra con claridad dos niveles de “falsificación” en esto de vendernos el mito de la belleza. Primero, la modelo es maquillada, peinada, y arreglada hasta parecer otra. Más adelante, su foto es manipulada hasta lograr una representación de la belleza que es todo excepto “natural”.
La modificación de una imagen usando photoshop (o su equivalente) implica la manipulación tanto de la imagen o foto como de las mentes vulnerables de consumidores potenciales. Otro tipo de manipulación, igualmente interesante, lo es el uso y modificación del arsenal médico para corregir “defectos” físicos según la moda. Tratando de alcanzar lo inalcanzable, no solamente nos tostamos y pintamos el pelo y la piel, sino que le metemos cuchillo a párpados, narices, muslos, senos, batatas y panzas, unas veces para agrandar y otras para achicar.
Hace unos días me alertaron sobre la existencia de un producto que bota la bola; Latisse, se llama, y su portavoz Brooke Shields adorna este “post”. Si usted no está contenta con el largo y densidad de sus pestañas, ya no tiene que pasar trabajo usando mascara, sino que puede untarse este líquido, que contiene a saber que químicos, en su párpado y voilá – pestañas gruesas y saludables. Claro que puede enrojecer, irritar u oscurecer su piel, o causarle picor o conjuntivitis, y ni hablar de los efectos secundarios desconocidos en virtud de la premura con la que tenemos que lanzar todo fármaco al mercado, pero no importa. Todo sea por la belleza, y ahora hasta su doctor se apunta en esa gesta.
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Cada cuatro años, las elecciones nos dejan una especie de país fantasma. O cuando menos, un paisaje fantasmal.
Me refiero a los pasquines políticos, los de las caras sonrientes que con quince, tal vez treinta caracteres, proyectan y resumen las siempre buenas intenciones del/a candidato/a. (Fulano de Tal…Un hombre de pueblo! Zutana de Tal…No te arrepentirás!!!] Son una parte tan familiar del paisaje boricua, y sin embargo, mirándolo dos veces, son un fenómeno tan extraño…Hoy los miraba desde la luz roja y una imagen surreal, ciencia-ficticia, insistía en materializarse en mi mentecita cansada: arqueólogos marcianos desenterrando, y preservando cuidadosamente, las imágenes que empapelan nuestros tablones de expresión pública,muros, parques, postes y monumentos, elaborado quién sabe que teorías para explicarlas.
“Que tontería”, me contesto, en el tapón…”Los pasquines no duran miles de años. A lo sumo, unos cuatro…”
Pero, ¿no son acaso cuatro años demasiados años, en la temporalidad (de tiempo, ojo, no de temporal) política del patio? Porque pensándolo bien, estos señores que me sonríen, multiplicados en el muro de la avenida, pertenecen a tres tipos principales, y ninguno de esos tres debería beneficiarse particularmente de esa especie de eco visual que las huestes político-partidistas pegan con grandes brochas de cola en nuestro entorno. Veamos.
Están, en primer lugar, los ganadores. Por ejemplo, en mi hábitat, cientos de rectángulos que, con anacrónico optimismo, me dicen con grandes signos de admiración que la elegante señora con traje y cabellos igualmente claros y planchados “TE AYUDARA!!!!” Supongo que muchos le creyeron, porque ganó. No se a quién ha ayudado todavía. Al pueblo que la eligió (o al que le votó en contra, o al que como yo, se quedó “callao” en casita mirándolo todo por internet) no ha sido. Esos pasquines, con el tiempo, todo lo que logran es insultarme un poco. Los ganadores todavía pasquinados parecerían estar burlándose. “Ilusos”, dicen sus sonrisas….
Luego están los perdedores. Esos resultan menos antipáticos, no porque lo sean, sino porque perdieron. Creo que fue Borges que dijo que había una dignididad particular que estaba fuera del alcance del vencedor. Pues algo así. Estos otros perdieron, así que de alguna manera me resultan menos odiosos. Por un ratito. A medida que recorro la ciudad y se multiplican sus sonrientes caras empiezo a cuestionarme su derecho a estar molestando mi pupila. Especialmente si pertenecen al partido que NUNCA gana. Como que hay algo de descarado en esta idea de que puedo poner mi cara muchas muchas veces en cuanta superficie vertical me encuentre hasta que los ojos de los ciudadanos queden como los de las moscas y las abejitas, sin que me salve al menos la probabilidad de ganar…
Tal vez los peores, sin embargo, son los desconocidos. Esos que están ahí, me sonríen con sus deditos pulgares mirando hacia arriba y yo…no sé quienes son. Tal vez se debe a que no veo suficiente televisión. O a que son irrelevantes.
En todo caso, los pasquines (legalizados en 1972 para facilitar la libertad de expresión, aunque debo admitir que me parece que es muy poco lo que expresan, al menos en términos de información) envejeciendo en los postes del país son como una caricatura mal dibujada, como un eco distorsionado, del fenómeno ese de aferrarse al trono, al poder, que le adjudica el folclor a los políticos. Como si hasta en efigie, quisieran permanecer a toda costa…Tan irrelevantes o incluso problemáticos para el paisaje como la mayoría de ellos lo son para el bienestar del país.
Print“vente-conmigo…”
“Dedicado a Gela y Julián, que le daban a sus clientes el cariño y la esperanza que ningún ‘producto’, por bonito que sea su empaque, puede dar. Y que lo hacían a cambio de una visita o de un racimo de plátanos.”
Creo que tenía unos nueve años las primeras veces que visité una botánica. Era en la plaza del mercado de algún pueblo (tal vez Rio Piedras, o Luquillo), y estaba en un rincón, frente a una esquina en forma de letra “L”, que tenía dos puestos de vegetales y viandas. El diseño de éstos últimos era simple, y muy parecido al de casi todos los puestos de la plaza: Un mostrador de madera lisa, por debajo del cual pasaba el/la vendedor(a) y detrás del cual se exhibían, colgando en ganchos o descansando en tablillas y canastas, los productos. Plátanos, yautías, recao, cebollas, ajos, mazorcas de maíz. No así la botánica, que tenía tres paredes arregladas en forma de biombo o bastidor, y multitud de cajones, canastas y tablillas con frascos (algunos etiquetados, otros no), velas de diversos tamaños, flores, plantas, y figuras del santoral cristiano. El vendedor era también un especialista (por lo general espiritista o santero), de modo que si el cliente no traía una receta de alguna otra parte, se la hacían allí. Los clientes entraban con un papelito (o sencillamente una preocupación) y salían con los brazos llenos: una vela, dos frascos, varias flores, algunas hojas, y tal vez una figurilla, que utilizarían para hacer alguna pócima o baño, en un orden determinado y con algún fin en mente: resolver un problema de salud, atraer a un ser amado, o sencillamente “despojarse”, limpiarse de una racha de mala suerte o de la influencia de algún espíritu oscuro.
Como parte de mis incursiones iniciales en la etnografía como método, visité y observé botánicas diez años más tarde, cuando estaba en la universidad. Al principio me parecía que no habían cambiado mucho. Las que ví en la plaza se parecían mucho, en su estructura física, a las de mi niñez. Había otras, de mayor tamaño, en los “cascos del pueblo” en lugares como Lajas, San Germán y Aguada. Al mirar más de cerca noté, con curiosidad, que las plantas no eran tan frecuentes como antes. De hecho, varias botánicas que visité no tenían flora, punto. Las velas eran las mismas, pero había muchas más – producidas comercialmente en alguna línea de ensamblaje y trayendo incluída la oración impresa en el frasco, tal vez porque los compradores preferían un acercamiento más de tipo “do it yourself” o porque los vendedores ya no conocían las recetas.
Tal vez lo más interesante era que los frascos ya no constituían esa especie de misterio reciclable de antaño. Ahora de plástico, lucían colorines y etiquetas comerciales, con nombres atractivos como “vente-conmigo”, “espanta-males” y “amor-eterno”. Eliminaban la necesidad de la receta (y del espiritista, y de las plantas) porque alegaban incluir todos los ingredientes tradicionales, destilados en una fórmula resumida y empacados de manera atractiva. Más sorprendente aún, y tal vez emulando el comportamiento de otros productos, (esos que te recomiendan comprar juntos el champú, el acondicionador y el unguento, para un mayor efecto), los “despojos” y los “vente-conmigo” eran ahora líneas enteras, completas con aceite, aerosol, líquido para el agua del mapo y velas aromáticas. El elemento humano del proceso folkórico ritual, así como el vegetal, perdían importancia, opacados por el poder del capital y de sus líneas de ensamblaje, que desde Miami surtían al dueño de botánica sin necesidad de conocimiento religioso, contactos con espiritistas y santeros locales, o huerto.
El cliente ya no salía con los brazos llenos de flores, sino llenos de potes.
Hace unos cinco años, en San Germán, ví a un representante de ventas entrar a una botánica con su línea, La Gitana, quien además de los productos básicos como agua para el despojo con mapo y perfume, tenía también para la venta prendas de fantasía, pañuelos, anillos que cambiaban de color, tarot simplificado y caramelos sin azúcar, todo de la misma línea. Pensé entonces que la botánica ya había llegado al colmo de su propia posmodernidad. Que se había mezclado del todo con el mercado contemporáneo.
Olvidé que todavía le faltaba un paso: Desaparecer. He visto recientemente despliegues de góndolas de velas con santos y oraciones en lugares como Pueblo, Walmart y KMart. Y eso me hace pensar que, del mismo modo que la botánica ha dejado atrás al espiritista, al huerto, al conocimiento milenario y al frasco de cristal, la mega tienda amenaza hoy con dejar a la botánica, como a tantos otros negocios pequeños, atrás, vacía e irrelevante en las vidas y travesías cotidianas de los puertorriqueños. Y no porque ya no quieran buscar milagros recurriendo a los personajes secundarios del cristianismo y al optimismo mágico del floclór, sino porque pueden comprarlos más rápido, barato y bonito en alguna megatienda cercana.
Printartefactos: el álbum de bodas
Este “post” inaugura una categoría nueva, la de los “artefactos”. En la antropología cultural, un artefacto es un objeto producto de la acción, la inventiva, la cultura humana. La subdisciplina de la arqueología, de hecho, se basa casi por completo en el estudio de artefactos (vasijas, tumbas) que nos permitan entender culturas en el pasado. Pero el uso de un artefacto para entender un poco mejor al grupo humano que lo produce no se limita a las culturas “muertas”; todos y todas podemos entender mejor nuestro mundo social, ese conjunto de significados y redes sociales que nos limitan y a la vez nos liberan, que nos permiten existir como humanos, mirando los artefactos que ese mundo contiene. Hasta los más cotidianos. Tal vez especialmente los más cotidianos, los que nunca miramos dos veces.
Podríamos empezar con cualquiera. El zafacón. El inodoro. El pilón de machacar ajo. El plato del perro. Pero hoy quiero hablar del álbum de fotografías. Lo tengo en la mente porque una de mis estudiantes trabaja en este momento el tema de la boda puertorriqueña y sus artefactos-el bizcocho, el álbum, el vestido…y en más de una ocasión hemos conversado acerca de la construcción del álbum. Un álbum de boda más o menos típico tiene unas secciones bastante predecibles, que coinciden con momentos igualmente estructurados en el ritual mismo. Algunas fotos de la novia preparándose (mi estudiante dice, y estoy de acuerdo, que estos eventos son novia-céntricos, con la novia como eje y centro) seguidas de otras de “la ceremonia” (la novia entrando al lugar, novios frente a algún tipo de púlpito con un ministro/cura/juez/capitán de barco, intercambio de anillos, “el” beso…)
Otras son del segundo ritual, denominado “recepción”, que aunque definido como espacio de solaz y celebración es tan estructurado como el anterior: brindis, baile, liga, corte de bizcocho, ramo a las solteras, etc. Y en algún punto del album, casi siempre hay una serie bastante larga de fotografías de grupos de diversos tamaños – la pareja sola, la pareja con la familia de él/ella, novia con sus padres, novia con sus suegros, novio con los suyos, novio con suegro, novia con madre, novios con multitudes diversas para que nadie se quede fuera de la foto, y así por el estilo. Y cada vez con más frecuencia, algunas fotos espontáneas. Novia riendo con las amigas, novio bailando con la sobrinita, madre llorando, el tío X borracho, qué se yo.
Una de las cosas interesantes que tiene este particular artefacto es que está diseñado para que el evento que retrata pueda ser recordado. En ello radica su función. Los artesanos que lo producen son expertos en retratar la cosa de la manera que mejor se preste para que el album llene plenamente su propósito. Y ahí es que se pone la cosa interesante, desde el punto de vista de parpadear, de mirar las cosas dos veces, porque tenemos una de esas situaciones de huevo y gallina (¿qué viene primero?) entre manos. El álbum refleja los eventos que ocurren en la boda. La gallina pone el huevo. Pero hasta cierto punto, parecería que las bodas son secuencias para llenar un álbum – de la misma forma en que la gallina es, desde cierto ángulo, un vehículo para que el huevo produzca un huevo…
Me refiero a que en todas las bodas en que he estado, la toma de fotografías no ocurre al margen de los eventos sino que es parte crucial de los mismos. La cosa se acelera o se hace más lenta en función del lente. Avanza, Fulanito, que van a tirar la foto. Espérate, todavía no la abrace, que el fotógrafo está buscando el flash. Esto es cierto hasta para las fotos “espontáneas” – los mejores fotógrafos de boda son aquellos que sutil o no tan sutilmente crean las condiciones para que esas fotos tiernas y/o inesperadas ocurran. Es él o ella, o alguno de sus secuaces (la tía, el suegro) el que se asegura de que el nene de los anillos halándole el pelo a la nena de las flores o el novio que baila con su sobrinita queden plasmados en el libro de recuerdos que es el álbum. También se aseguran de que cualquier evento espontáneo pero desagradable quede excluído: el tío ya muy, muy borracho persigue a una dama de honor, a la novia se le corre el rímel, el niño de los anillos se orina encima. El álbum, en otras palabras, no refleja fielmente lo que ocurre, sino que nos permite ajustar, construir, matizar nuestro recuerdo de lo que ocurre.
Una cosa curiosa es que el énfasis, al planificar una boda o al compartir un álbum, tiende a ser sobre la originalidad, lo que hace al evento y a su álbum distinto de otros. Pero como tantas otras instancias de “individualidad”, el caso es que nos parecemos mucho. Los álbumes son crónicas de una boda, vástagos de las anteriores y receta de las próximas. Son un artefacto de nuestra capacidad humana para construir memorias individuales basadas en conjuntos de ideas culturales compartidas con otros humanos. Ideas que incluyen elementos de tradición, de historia, de idiosincracia y de mercado.
Que quede claro que no estoy criticando bodas o fotos. Yo hice boda, tengo álbum, y me enternece mirarlo de vez en cuando. Me alegra que mi fotógrafo haya sido un poco impertinente y nos haya obligado a tomarnos una foto más, o a sonreír en su dirección, o a soltar el bizcocho o la pareja de baile para una pose adicional. Todos los recuerdos son de una manera u otra construidos, filtrados, según las opciones que los contenidos de la cultura nos proveen. Pero mirado de este modo, el álbum es tanto un producto de la boda como productor de la misma. Los eventos que retrata son los eventos que ocurren…para el álbum, en el orden que los álbumes decretan o recetan. Y esto se debe, en gran medida, al super-artefacto que es la fotografía misma, el arte y la tecnología de preservar un momento particular en el tiempo. Pero ese tema de las fotos y su historia lo dejo para una entrada próxima.
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