un pésame, y un abrazo.

foto: primera hora
Este blog se une al abrazo virtual y al pésame sentido a la autora de Sin Mordazas, Ivonne Acosta Lespier, que hoy postea el aria preferida de Don Juan Manuel García Passalacqua, en su memoria.
Descanse en paz, Don Juan Manuel.
Sin Mordazas: A Juan Manuel, que acaba de mudarse al otro lado de las cosas…
a mi madrastra
Dear Ellen: Some of the best mothers’ day presents are those that kids make for their mothers with their own hands. The ones that are not part of the whole going-to-the-mall-in-a-frenzy thing. I met you when I was fifteen, and so I never got to give you the macaroni necklace, or the construction paper card. This year I wanted to “make” you something. I decided, however, against the macaroni necklace and “made” you this letter instead.
Homenaje a la madrastra:
En términos prácticos, cotidianos, la madre no es un ser particularmente apreciado. Pero el día de la madre su figura, simbólicamente, se agiganta. El día de la madre es el día nacional de la culpa, del consumo, del frenesí de agradecimiento y amor filial, que llena y atapona los asilos, restaurantes, cementerios y especialmente, los centros comerciales.
Y en ese frenesí, al menos en los medios y en el discurso popular, la madrastra es invisible o como mucho, es una especie de “afterthought”, un facsímil más o menos razonable, un personaje cuasi-materno, más parecida a la suegra que a la abuela en la jerarquía de los amores filiales. Tal vez por culpa de los hermanos Grimm y sus manzanas envenenadas, la idea de “madrastra” está más relacionada, semánticamente, con el lado oscuro de la domesticidad familiar que con su lado brillante o tierno.
Pasando balance ahora, en el umbral de mis propios cuarenta, puedo pensar, articular, y especialmente agradecer lo que esa figura, que el día de la madre y los medios excluyen, ha sido en mi vida, y sospecho que en la de muchos, que como yo, crecen y crecieron en las familias mixtas de hoy. Mi madrastra se llama Ellen. Y es maravillosa. Cocina mejor que nadie, y además trabaja, pinta, siembra, pasa tiempo con sus amigos, y se ejercita. Tiene un marido, un huerto, muchos estudiantes, un hijo, una nuera, amigas del alma, cuatro perros y una gata salvaje. Nunca está quieta ni aburrida, a no ser que decida estar quieta o meditar. Su vida es rica, y ella la construye con ahínco y con fruición.
Fue gracias a ella, y casi de inmediato, que conocí el mar. Yo había ido muchas veces a la playa, incluso había estado en botes, pero fue en mi vida post-Ellen que supe de amaneceres en el agua, de garzas y pelícanos volando sobre el canal, de comer pescao, de cayos, de yolas y de pepinos que “hay que tratar con cuidado, porque están vivos.” Me enseñó también que las galletas son mejores si salen de un horno casero y se comen todavía tibias, que la lechuga y el tomate, por sí solos, no constituyen una “ensalada”, y que las neveras (y las vidas) nunca están “llenas”; siempre cabe algo más.
Los aborígenes australianos tienen un “Dreaming”, una forma de interpretar la realidad en donde la vida y los paisajes están marcados por características míticas y a la vez sólidas, que los definen. Una piedra, un agujero, una montaña. Los mismo ocurre con las vidas de los adolescentes: Décadas más tarde, los adultos definimos nuestra trayectoria juvenil por los “landmarks” de las piezas de ropa y los objetos que en cada momento nos definieron. Y en mi caso, casi todas esas tienen algo que ver con Ellen. Fue ella la que me regaló mi primer traje de baño de persona adulta. El mameluco rosado y ochentoso acompañado por tennis Converse altos, también rosados, también ochentosos. Las bandanas. Los zapatos amarillos de goma. El permanente a medias. Las cartas tarot. El cassette de Pat Benatar. Hoy sigue marcando mi “Dreaming”, ahora con cosas como las pequeñas bolsas de lechugas, berenjenas, pimientos, pepinillos, tomates, que ella misma cultiva y que constituyen la mejor y más sana parte de mi alimentación.
Ellen ha “estado allí” tanto o más que cualquier madre. Las graduaciones, los cumpleaños. Es la persona que toda mujer recién parida quiere cerca – en mis dos partos, trajo frutas, cremas y revistas, y cuando visitaba en casa, aprovechaba para limpiar la cocina y dejarme comida. Durmió en una silla incómoda y horrible para acompañarme en el hospital cuando nació mi segundo bebé. Ha sido una abuela maravillosa para mis hijos y ahora lo está siendo para mis propios hijastros.
Y las lecciones. Algunas las he aprendido, algunas todavía las estoy aprendiendo. Me enseñó a traer mi propio aguacate y/o limón al restorán. A ignorar los catarros para que se vayan solos. A barrer como remedio instantáneo para el aburrimiento y la depresión. De hecho, Ellen actúa como si ocuparse, en general, fuese el remedio para casi cualquier mal anímico o existencial-y tiene razón. Me enseñó que en la “madrastitud” y en la vida, a veces es mejor esperar. Que las situaciones, y especialmente las relaciones, no pueden forzarse. Que al final del día, la respuesta más productiva para los problemas que tenemos con otra gente suele ser trabajar con uno mismo, mejorarse uno mismo, crecer uno mismo. Que el “trabajo” no debe ser el único trabajo. Verla sacar tiempo para sembrar me ha inspirado para sacar tiempo para escribir.
Mi madrastra no es un facsímil de madre, ni una madre con signo de menos, ni una suegra plus. Es otra cosa, con los roles y aportaciones que ha negociado a través del tiempo, conmigo y con la vida. Y hoy la pienso, la quiero y la celebro, al margen del frenesí de compras y consumo,porque ha enriquecido mi vida en sus propios términos y en los míos, no en los que dictan los estereotipos y las culpas, y espero que me dure muchos, muchos años. Gracias, Ellen. Un abrazo.
PARPADEANDO cumple su primer año hoy.
Un día como hoy, en el 2008, encontrándome con un inesperado rato de ocio entre manos, abrí un blog en blogspot en la plantilla más simple y fácil de manejar que encontré, presioné el botón que me conminaba a escribir una entrada nueva, la primera, y escribí. En aquella ocasión, en plena Navidad boricua, escribí sobre el tipo de cosa que me pasaba por la mente cada vez que veía un inflable del muñeco de nieve Frosty en un patio ajeno. Para adornar un poco el “post”, envié a mi familia, cámara en mano, a tomarle una foto a un frosty de esos. Así nació “Frosty, el fetiche“, y así nació el concepto de “parpadeando“.
Todo fue muy rápido, y muy emocionante. No importaba si alguien estaba leyendo o no – el acto de escribir en el blog era cualitativamente distinto al de escribir en papel o en un procesador de palabras. Un blog no es un documento-es otra cosa, una cosa más dinámica, una cosa que parece activar formas de cognición y de escritura particulares. Ese mismo día, y en días subsiguientes, exploré otros blogs, otros espacios, en Puerto Rico y otras partes. No menciono mis favoritos por temor de olvidar a alguien importante – pero de esos otros blogueros y blogueras aprendí y aprendo muchísimo, y quiero pensar que hoy formo parte de una comunidad virtual de escritores creativos y que cada día nos afinamos, compartimos y aprendemos.
Al día siguiente me encontré fabricando otro rato de ocio y escribiendo de nuevo, esta vez sobre la Franja de Gaza, donde la Navidad era muy distinta. Luego otro. Y otro. También un par de cuentos, o más bien narrativas sobre cosas que pasaron de verdad, curiosamente (¿o predeciblemente? vinculadas siempre con los temas del blog. El contraste entre nuestros inflables y nuestra comedera de lechón y de pasteles, y la tragedia en Gaza era enorme. ¿Que tenían en común, qué justificaba la presencia de temas tan distintos en el mismo blog? Que a través de la escritura, y del tipo particular de escritura al que un blog nos dá acceso, todos eran susceptibles al ejercicio de la narrativa, de la conexión, de la explicación y de la curiosidad. Y de eso se trató este blog, desde el principio.
¿Cuáles son mis posts favoritos? No estoy segura. La mayor parte de las entradas en Parpadeando son ensayos breves, algunos más narrativos, otros más analíticos. Los temas recurrentes (aquí con tres ejemplos tempranos) parecen ser lo extraño que puede ser lo cotidiano cuando lo miras de cerca, lo prevalente y profundamente inmoral que resultan la desigualdad y la inequidad, y lo cotidiano, familiar, que resulta ser lo exótico cuando lo miramos de cerca.
Los favoritos de muchos lectores, por otra parte, parecen ser los que documentan la locura política del patio. Ejemplos del mes de enero del 2009 incluyen los arranques de creatividad de nuestros legisladores, pasando por la de los jefes de agencia , y culminando con la del gobernador mismo. Escribir esas entradas me ayudó a procesar y reconocer la realidad del país.
También me ayuda a escribir mejor, y a pensar mejor. Seguiré escribiendo aquí, entonces, en el 2010. La idea será la misma – buscar lo familiar en lo extraño, lo cotidiano en lo sorprendente, lo sorprendente o complejo en lo familiar. Como siempre, pueden enviar sus críticas e ideas a rima@parpadeando.net, añadirnos a facebook (busque el botón en la página principal de Parpadeando) o a twitter. Gracias por leer, y Feliz Navidad.
CAPECO Y YO-carta a dos voces para el pueblo de Puerto Rico
La carta que publica CAPECO en los diarios del país es una joya de las relaciones públicas. En lugar de CAPECO, nos pone el familiar sellito de la GULF, como para que nos sintamos un poco cómplices de la cosa-después de todo, ¿quién no ha echado gasolina de esa marca alguna vez? Y en lugar de decirnos cosas, no dice nada – se lo deja todo al entrelíneas, al silencio, al white space. De modo que la transcribo pero añado mis comentarios, en itálica y entre corchetes. Veamos. Dice así la versión que salió el jueves en el Caribbean Business:
“Por décadas, Caribbean Petroleum Corporation ha sido una parte importante de Puerto Rico ofreciendo empleos dignos a familias puertorriqueñas y aportando al quehacer económico y social del país. [Empleos, dicen, mágica palabra en el país del desempleo, en el momento en que tanta gente ha perdido el suyo, en el país que perfeccionó el arte de incentivar para emplear y donde "crear empleos" ha sido parte de las campañas, de todas, incluyendo la última, que redundó en veinte mil botados más...]
Lamentablemente, fuimos afectados [esto NOS ocurrió, nosotros no hicimos nadita para merecerlo, dice aquí] por un incendio de incomparables proporciones [esto de incomparable es para que no nos pongamos a hacer comparaciones, para intentar que veamos el evento como una cosa excepcional, inexplicable, única, irrepetible...Para una lista de comparables, digo, de accidentes de este tipo en varias partes del mundo compilada para CNN, presione aquí] que ha detenido parte de nuestras operaciones.
Agradecemos la paciencia que ha demostrado tanto el pueblo, los clientes y los medios de comunicación al habernos permitido enfocarnos 100% en lo más importante: Proteger la seguridad de cientos de vidas y controlar el siniestro. [Y yo aquí, ilusa ulisa de la cibernia, creyendo que los que protegían y controlaban eran los bomberos y resto del personal gubernamental asociado al manejo de emergencias, y ahora resulta que eran los de capeco, que estaban enfocados. Aunque más abajo le agradece a las agencias, alcaldías, y a "cientos de héroes."]
…..
Como siempre confiamos en que Dios nos continúe ayudando a todos como empresa y como país para sobrepasar esta lamentable situación. [Por si acaso no te agarraron, lector, con lo de los empleos, ahora intentan apelar a un cristianismo que las estadísticas les indican persiste en una proporción importante de la audiencia. Irte en contra de CAPECO, desconfiar de la buena voluntad de la GULF, es desconfiar de Dios mismo, renunciar a esa fe compartida. Y está generalizada, la cosa, porque entre los legisladores haciendo invocaciones antes de legislar locuras, Santini invocando a Papito Dios cada cinco segundos, Fortuño bendiciendo al pueblo antes de dejarlo sin empleo, y ahora CAPECO diciéndome que anda de la mano de dios...¿Qué pasó con la cuestión esa de no tomar el nombre de Dios en vano? ]“
La carta cierra asegurándonos que “contamos con el esfuerzo”, con el “compromiso incansable” y con el “servicio de calidad” de CAPECO. Y yo cierro el blog para dormir el sueño de los intranquilos.
más que una catarsis
El viernes pasado asistí al Foro para los Desplazados en la Escuela de Derecho Hostos de Mayagüez, el tercero de una serie de eventos en la isla, iniciados por Carlos Alá Santiago y el Colegio de Abogados y diseñados para escuchar el testimonio de empleados cesanteados como parte del programa de despidos asociado a la implantación de la Ley 7. Como los dos anteriores, celebrados en San Juan y en Ponce, la mayor parte del tiempo en el foro se le dedicó a las narrativas que los despedidos elaboraban frente a un panel de “testigos del pueblo”, del cual formé parte. Los “testigos” planteábamos alguna que otra pregunta, y cerca del final articulábamos una breve reacción.
Pero el centro y objetivo era la historia. Y digo “la”, en singular, porque los contornos generales de la tragedia de cada una de las personas que allí con tanta entereza se expresaron eran muy parecidos. Todos ellos describieron los rumores iniciales en torno al contenido de unas “listas” en donde aparecían los nombres de aquellos que serían cesanteados. Todos describieron semanas de terrible incertidumbre, y hacían referencia a un 25 de septiembre donde daban las cuatro y media pero nadie se iba, o donde todo el mundo estaba “inquieto, desorientado, triste”. En la mayoría de los casos, la cruel expectativa fue atendida no por los superiores sino por los representantes de uniones obreras que obtuvieron la información de las listas. Las cartas de despido que (eventualmente) recibían los conminaban a visitar oficinas para obtener orientación, a llevar, buscar, traer (más) papeles, a visitar portales de navegación compleja y utilidad dudosa.
Dos de los despedidos (llamémoslos Juan y María) ni siquiera recibieron cartas, propiamente. A Juan le informaron, de una oficina central, que su nombre estaba en la lista. Unos días mas tarde, que había sido un error. Un par de días después, que no había tal error y que sí estaba en las listas. Juan espera la carta que le aclare si está o no está despedido, y mientras tanto teme que al llegar la carta, ésta tenga la fecha de septiembre y su plazo de apelación, de treinta días, esté corriendo desde entonces. María no recibió la carta original: Una fotocopia, “ con la línea de fax todavía marcada” es el documento “oficial” que anuncia su despido y que pone fin al voluminoso expediente, lleno de los logros obtenidos a lo largo de los trece años, once meses y un día que pasó en su empleo.
Casi todos se sentaban a la mesa de los cesanteados acompañados de alguien: un hijo pequeño, una hija adolescente, un esposo, una esposa…Nos miraban a los ojos y nos hacían preguntas difíciles pero terriblemente apropiadas: “¿Y a mí cómo me evaluaron?” “¿Por qué no chequearon los expedientes?” ¿Qué pasará con los servicios?” A escasos días de la decisión del Tribunal Supremo que según Hernández Colón hizo “justicia”, devolviéndole el “derecho adquirido” de las escoltas a los ex-gobernadores, estos padres y madres de familia preguntaban también: “¿Y mis derechos adquiridos?”
El tipo de empleo que realizaban los cesanteados pone en duda la supuesta “ceguera” de un proceso que el gobierno alega realizó con criterios estrictamente de antiguedad. Los testimonios provenían de personas cuyos trabajos representan prioridades excluidas en la agenda de gobierno: servicios a la comunidad, educación y cultura. El proceso desmanteló sus planes de vida pero también la vida y gestión de sus oficinas, y el tipo de servicio que ellas representan.
Antes de ir al foro, alguien me había descrito el asunto como, “más que nada, una catarsis”. Pero ponerle caras, expedientes, biografías, coraje, orgullo y llanto al número mágico de cesanteados calculado por el gobierno y las compañías contratadas para ello, es mucho más que una catarsis. Es un saber mejor y más completo, y una razón para que nos unamos, sin excusas, al reclamo colectivo de un pueblo que sabe que todo esto tiene poco de justo, y mucho de cruel.
pensando en las alianzas…
Esta es una gente de fe. Me refiero a los que hablan de las alianzas público-privadas (whatever that means, porque en esto de explicar la cosa son menos elocuentes) como la salvación de nuestra maltrecha economía. Es fe, lo que delatan – esa cosa ciega que nos hace creer en lo invisible- porque cuando alguien (la prensa, el ciudadano común) pide cuentas de las razones por las cuales se nos presentan estas alianzas como la no-tan-amarga medicina que curará la enfermedad de la recesión, empiezan a gaguear. Eventualmente, entre un balbuceo y otro, todos producen el mismo ejemplo: El Puente Teodoro Moscoso.
Y el puente está bonito, quién dijo que no…Pero al final del día, el caso del Puente no es el mejor ejemplo. No tiene mucha complejidad, el asunto: Una empresa privada construye un canto de carretera, lo adornan con banderas (con su recuadro en marinísimo azul, por cierto), le meten un peaje, y se queda con las ganancias. ¿Que gana el país? Y bueh. Un atajo. ¿Que gana la compañía? Un montón de chavos. ¿Qué se ahorra el gobierno? El mantenimiento de un trecho relativamente corto de carretera. Tan tán. Eso no es una “alianza”, es un negocio redondito.
Para vendernos este tema de la necesidad de las alianzas público privadas,vendría bien algún ejemplo más complejo – porque los servicios públicos son complejos, y hasta ahora parecerían serlo demasiado para las empresas privadas. Las historias de horror son mucho más abundantes que los casos exitosos, aquí y en cualquier parte. Yo no soy economista, pero se me ocurre que esta fe ciega, intensa, que expresan los funcionarios y fanáticos de nuestra actual administración está medio desconectada de la matemática básica del sector privado.
Me explico: Cualquier compañía quiere, por definición, hacer dinero. Si es una compañía grande, donde la gente invierte a través de la compra de acciones, quiere no solamente hacer dinero, sino “crecer” la inversión de sus accionistas, lo que implica hacer cada vez más y más dinero, aumentar el valor de sus acciones, etc. ¿Cómo logra esto? Reduce costos y aumenta ganancias. Esta lógica es problemática para los servicios que tradicionalmente asume el estado. “Cortar costos” y “aumentar ganancias” puede traducirse no en mejores, sino en peores servicios de salud o educación.
Permítanme ilustrar. Ayer visité un espacio que parecería ser el contraejemplo, la antítesis, de una alianza público privada de esas. Se trata del parque acuático de las Cascadas. Ciertamente no era Sea World. Pero nos costó menos de veinte pesos por cabeza; tenían un descuento para los residentes del municipio, para estudiantes, y para “senior citizens”. Estaba limpio – en parte porque tenían un fracatán de gente empleada barriendo y pasando aspiradora todo el tiempo. Toda esa gente empleada, a su vez, se traduce en más chavitos que cada uno puede re-invertir en la economía del país y del pueblo.
¿Qué necesita ese parque ser “exitoso” como operación municipal? Simple – pagarse a sí mismo. Que no cueste. Incluso, si genera suficientes empleos y si atrae turistas a la región (turistas que gastan no solamente allí sino en negocios del área también), puede hasta darse el lujo de perder chavos, y seguir siendo exitoso. Para ser un “éxito” como operación privada necesitaría más ganancias, y necesitaría que esas ganancias aumentaran. Necesitaría botar gente y cortar esquinas. Cobrar más cara la entrada.
Para muchos, la palabra “privatización” ha pasado a significar “eficiencia”, “productividad” y otras cosas deseables. Pero no son sinónimos. Lo que nuestra economía necesita es que la operación de sus agencias sea más eficiente. Volverla privada no garantiza esa eficiencia – de hecho, en la medida en que nuestras cárceles, escuelas, y hospitales se conviertan en operaciones cuyo éxito se defina por la generación de ganancias, nos corremos el riesgo opuesto; el de un peor servicio.
El abuelito las canta: El tapón

Camino a almorzar, en el tapón usual, y sin irritación, nos comenta: “En este país no hacen falta más carreteras. Hacen falta menos hoyos.”
Parpadeando

En este sitio hablo en voz alta, de manera más o menos articulada, usando lo que es tal vez la estrategia más fundamental de la antropología: hacer de lo familiar extraño y de lo extraño familiar.
Pensándolo bien, esa estrategia aparece en otras ciencias sociales, como una mirada cuidadosa a los contenidos del (mal)llamado “sentido común”, un cuestionamiento de lo “normal”, un desnudar de lo “natural”.
Desde la disciplina que sea (antropología, sociología, psicología), y desde la localidad real o metafórica que sea (la cocina, el carro, las profundidades de un archivo o el billboard en la avenida), para esto es el blog. Para mirar dos veces lo ajeno y lo cotidiano, desde el aquí y el ahora. Bienvenidos.








































