Mirando con incredulidad lo cotidiano, y buscando humanidad en lo “exótico”.

cultura y sociedad

atalaya

®The Far Side

Estaba yo en plena domesticidad sabatina, cuando sonó el timbre.  Como mi puerta no tiene una de esas pequeñas claraboyas que permiten ver la imagen, un tanto deformada por el cristal, de la potencial visita, me asomé por la ventana.  La calle estaba llena de ellos, y eran inconfundibles, porque caminaban en parejas, cargaban con unos pequeños maletines negros, y se protegían del sol con grandes sombrillas.  Eran ellos.  Los testigos.   De dos en dos, de puerta en puerta. Mi perra ladraba, con un ladrido que al desconocido que no sabe que, decodificado, quiere decir “sóbame la panza ahora mismo, por favor”, le puede sonar feroz.  Por un momento pensé, pero sin mucha convicción, que tal vez la perra los espantaría.

Los sabatinos Testigos de Jehová  son parte del paisaje de la urbanización boricua.  Incansables, ciertos, consistentes, llegan en sus autos, se estacionan, agarran biblias y sombrillas, y caminan de casa en casa llevando la palabra.  Desde que recuerdo, he visto gente evitando esas visitas.  Las estrategias son muchas.  Una de mis abuelas, por ejemplo, se asomaba a la ventana, con el ceño fruncido, diciendo entre dientes “ahí vienen, ahí vienen…”, y sin abrir (y a veces casi sin esperar el timbre) rugía, con una curiosa mezcla de enojo y satisfacción, “¡somos católicos!”.  Si los testigos insistían, gritaba, más alto aún, “¡no nos interesa!”.  Otra abuela hacía todo lo contrario: Les preparaba jugo de toronja, los sentaba en el balcón, y mientras ellos balanceaban vasos, sombrillas y biblias, la abuela tomaba la batuta de la prédica y les secuestraba el intento de conversión hablándoles de las maravillas del catolicismo.

No sé cuál de las dos abuelas era más temible. Con la segunda, especialmente, solían quedarse un poco desconcertados. Pero siempre regresaban.  Incansables, consistentes, ciertos. Dejaban folletos delgados tras de sí, repletos de consejos para el buen vivir, y, evaluados en sus términos, muy bien escritos.  Oraciones completas, citas bien puestas, mejores que muchos de los productos académicos y cuasi-académicos que me ha tocado leer.  Y sobre todo escribir. De hecho el Atalaya es una de las revistas más leídas, si no la más, y pasa por un riguroso proceso de edición.

El barrio donde viví mientras estudiaba en la Universidad también estaba en el radar de los testigos.  Y mis vecinos estudiantes también tenían sus estrategias.  Uno de ellos, un futuro químico, aseguraba que había logrado espantarlos saliendo al balcón vestido sólo con una toalla  y afirmando que era budista.  Nunca intenté ese método, y tampoco supe nunca si funcionaba por el budismo o por la poca ropa.

Mis métodos siempre fueron bastante más modestos, incluso cobardes.  El más común era simular no estar en casa, escuchando el gentil pero obstinado”¡buenos días!, mintiéndole a los testigos con mi silencio.

En una ocasión, hace años, armada de valor (tal vez un poco cansada de esconderme y callar) decidí abrir la puerta y darles una respuesta amable, honesta e implacable.

Ja.

Ellos:  Buenos días. Yo: Buenos días, ustedes disculpen, pero soy agnóstica. Ellos: ¿Que usted es qué cosa? Yo: Agnóstica. Ellos:  Ah.  [Pausa incómoda]  ¿Como los rosacruces? Yo: [sintiéndome honesta, sí, pero también un poco ridícula, y para nada implacable]: No, no es como los rosacruces. Sencillamente no soy creyente. Ellos: Ah.  [Otra pausa] ¿Atea? Yo: No, tampoco.  Los ateos piensan que dios no existe.  Los agnósticos pensamos que no es posible saber si existe. Ellos: [Aliviados] Ah, pues le traemos buenas noticias.  [Agarran la biblia.] Yo: [Olvidando lo de "amable".  La verdad es que no nos importa mucho, saber si existe.... [Ahora mintiendo descaradamente] Lo siento, se me va a quemar la comida. Tengo que regresar a la cocina.

Después de ese fracaso comunicativo, había regresado a la maniobra cobarde de simular no estar en casa.  Ahora, mientras miraba por la ventana, pensaba que hoy sí tenía una excusa legítima – la comida hervía sobre la estufa.  Pero igual no me creerían. Estarían ya acostumbrados a las mentiras cobardes de los católicos, los agnósticos, los ateos, los cristianos de otras denominaciones,  los vagos, los ocupados, los desentendidos, los budistas,  los…vamos, todos los no-testigos.

Sonó el timbre. Suspiré. Me sequé las manos y abrí.  Eran dos testigas, cuarentonas, tal vez cincuentonas. Una de ellas le sobaba la panza a mi ahora callada perra. La otra me sonreía. Tenía gotitas de sudor en la frente.

Ellas: ¡Buenos días! Yo:  Buenos días. [Suspirando]  Mire, francamente no quiero hablar de dios, ni estoy interesada en la revista.  [Pausa desconcertada] Pero con gusto les puedo ofrecer un poco de agua fría. Ellas: [Se miran].  Pues sí, gracias.

Camino a mi cocina. So far, so good, pienso. Pero usarán el agua para ganar tiempo. En cinco minutos estarán en pleno intento de conversión, y se me va a ir  la amabilidad pa’l…

Tomamos agua las tres. Hacía calor.  Y hablamos. Mucho.  De Mayagüez. De los perros y otras mascotas.  De los hijos, especialmente los adolescentes.  De que las cosas estaban malas. De la emigración.  Busqué más agua. Seguimos hablando. De la geografía de Puerto Rico.  De las características de diferentes pueblos.  De qué hacer, para ejercer la democracia. De qué se puede esperar, y qué no, de las escuelas. De qué se siente ir de puerta en puerta. Se siente como hacer lo que uno piensa que es correcto.  Incansables, ciertos, consistentes. También hubo breves, y sorprendentemente cómodos, silencios.  Agua de vida, dijo una de ellas, al terminarse el segundo vaso.  Me dieron las gracias, les dí las gracias,  y partieron con sus atalayas y sus biblias.

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los abogados

[A la clase graduanda de la Escuela de Derecho Eugenio María de Hostos, 5 de junio de 2010.]

Agradezco mucho, me honra mucho, la invitación que me ha hecho la clase graduanda Fuego de Justicia para hablarles en su noche de logros.

Pero este tipo de invitaciones siempre trae consigo unas preguntas implícitas, unos temas generales, que uno debe atender.  Temas como el significado del grado, o la carrera. Preguntas del tipo “¿Ahora, qué?”

Yo estudié antropología, no derecho, de modo que no se cuán preparada esté para responder esas preguntas.  Pero las voy a abordar. Y para hacerlo, les voy a contar un par de cosas, para luego plantearles un argumento.  Los cuentos son simples:  Tienen que ver conmigo, con mis abuelos, con las polillas, con los libros, y con algunos abogados.  El argumento tiene que ver con la lucidez y con la justicia. Podríamos llamarlo fuego y justicia.

Mi primer encuentro con un abogado fue, como tantos otros encuentros importantes en mi vida, a través de un libro.  Y mi primer contacto más o menos serio con libros de verdad, de esos libros que no tienen dibujitos, fue en un garaje.  Tenía yo unos diez años, y acababa de mudarme a vivir con mis abuelos, que vivían en una casa vieja muy cerca de la Universidad de Puerto Rico en Rio Piedras.

En esa casa, el carro dormía afuera, en la calle.  El garaje era para los libros. Y no es que no hubiera libros en otras partes de la casa. De hecho había libros por todas partes. Y libros de todo tipo. Literatura de buena calidad,; literatura de mala, o al menos dudosa, calidad;  enciclopedias, revistas, cómics, manuales…Había libros heredados de tíos, hermanos, amigos, desconocidos…Mis abuelos, como otros tantos de su generación, compraban pocas cosas, y botaban menos todavía.  Y esa regla se la aplicaban tanto a los tornillos como a los muebles, tanto a la ropa como a los libros.

De más está decir que en casa había polilla. Y mucha.  Los libros apolillados , sin embargo, no se botaban: eran desterrados al garaje, y allí mismo había que leerlos, para que no contagiaran a los libros sanos. Allí, entre muebles viejos y herramientas, me sentaba yo, sobre un cajón, a cultivar mi imaginación (y a cultivar, de paso, un asma crónica que me duró unos cuantos años.) Sentada como una polilla gigante y flaca, leía yo en el garaje mis libros, mis libros apestosos a libro viejo, llenos de agujeros, maravillosos libros.

Uno de mis favoritos, tan favorito como Historia de Dos Ciudades, como Los Tres Mosqueteros,  y preferido por mucho sobre cualquier cosa que estuviésemos leyendo en la escuela en aquel momento, era un volumen rojo, bastante grueso, publicado en los años cincuenta, que se titulaba Sala de Jurados y  que contenía la biografía de un abogado de nombre Samuel Leibowitz. Un abogado judío de padres rumanos, residente de Nueva York.   Me gustaba especialmente el capítulo que narraba el caso, el largo drama, de los chicos de Scottsboro- nueve muchachos negros falsamente acusados, y condenados a muerte, por haber violado dos mujeres blancas en Alabama en la década de los 1930.  Leibowitz hizo historia, primero porque tomó el caso gratuitamente, luego porque apeló las condenas, luego sacando libres a cuatro de los acusados, reduciendo las sentencias de los otros cinco, y de paso llevando la cosa al Tribunal Supremo no una sino dos veces, destapando la olla de grillos que era el discrimen racial cotidiano del sur, obligando a los jueces, y a los hombres y mujeres de Alabama, a prestarle atención al racismo. ¿Cómo lo hizo? Pues lo hizo con el saber, y con la agilidad de acción que el saber a veces nos permite. Lo hizo conociendo la ley, conociendo el derecho; lo hizo, también,  entendiendo la psiquis colectiva, el ethos, de Alabama.  Lo hizo, en fin, estudiando, aprendiendo, construyendo y actuando.

Yo tenía diez años, y las cuestiones heroicas me impresionaban mucho…pero los superamigos de las caricaturas que yo veía los sábados por la mañana (individuos de la talla de Superman, Batman,y especialmente la Mujer Maravilla) se quedaban todos cortos al lado de Leibowitz. El caso de Scottsboro cautivó mi imaginación, y hasta cierto punto cautivó también la de la época: Fue de hecho inmortalizado en otro de mis libros favoritos, publicado en los sesenta, y también apolillado: To Kill a Mockingbird.  En él una niña, una niña como la que yo era entonces, narraba la historia de su comunidad, una comunidad pequeña, unida, capaz del mayor de los desprendimientos, pero también del peor de los racismos. Su padre (el héroe, el abogado) no solamente era hábil, sino que en su decisión de representar, con toda su energía y toda su destreza, al acusado negro, arriesgando su seguridad personal, representa el espinazo, la capacidad moral, de toda la comunidad. Tal vez de todo el país. Tal vez de toda la especie.

Estos eventos (y los llamo eventos porque no son “meros” libros, simples objetos, sino mas bien momentos de lectura tan forjadores del carácter como cualquier otra experiencia) estos eventos se daban en un momento histórico particular.  Los libros habían sido publicados en los cincuenta y sesenta, pero yo los estaba leyendo en mi garaje en los ochenta. Era la década del ascenso de los yuppies y sus valores materialistas, pragmáticos, por encima del idealismo  y el antimilitarismo hippie de la década anterior…Era la década de la resaca que le siguió a las muertes en el Cerro Maravilla…Para esa época salió una película, con otro héroe muy especial, que también cautivó mi imaginación, y que también era abogado.  La biografía de Gandhi, interpretado por Ben Kingsley.  Recuerdo bien que la película comenzaba con Gandhi, entonces un joven abogado, recién graduado y con práctica en SurÁfrica, siendo expulsado de un vagón de tren de primera clase. Él había pagado su boleto, y andaba bien vestido…pero resulta que aún así, los indios, como él, eran considerados muy oscuros de piel para pasar por “blancos” en la SurAfrica de finales del siglo 19 y principios del veinte. Ese momento es descrito, en las biografías de Gandhi el gran hombre, como la Epifanía o revelación que transformó al abogado que era Gandhi joven, en el activista que pasó a la historia.  Pero esa descripción no me parece del todo precisa.  Es más correcto decir que ese fue el momento en donde en lugar de dedicarse a su práctica, Gandhi comienza a dedicarse a una causa que construye a través de su práctica, con las herramientas que su práctica le provee.

O mejor dicho aún, y más dialéctico, más apropiado para este espacio socrático que ocupamos ahora: Gandhi se desarrolla como abogado toda vez que se desarrolla como activista de los derechos de los indios en SurAfrica-y viceversa; se desarrolla como activista toda vez que se desarrolla como abogado.  Son sus años ejerciendo allí, nos dicen sus biógrafos, los que redundan en el Gandhi que conocemos, el Gandhi que logró la independencia de la India conociendo escrupulosamente, y luego desafiando magistralmente,  las leyes, sin violencia, y sin corromperse.

Mientras yo admiraba a Leibowitz, y a Gandhi, había otro héroe, también abogado, frente a mis narices, allí mismo, en la apolillada casa.  Años más tarde me enteré.  Resulta que mi abuelo, mi abuelito, mi viejo, además de haberse doctorado en historia, había estudiado derecho.  “¿Por qué?”, le pregunté alguna vez, curiosa ante lo que me parecía una especie de redundancia académica, por no decir una monumental pérdida de tiempo.  Y me contestó, sin titubeos, con cierta exasperación, lo que le parecía obvio: “¡Pues para saber! ¡para entender!”.

Al día de hoy, con 92 años, mi abuelo entiende el país, y el mundo, con una lucidez que le vendría muy bien a los que manejan al país, y al mundo.

Pero regresemos al cuento de Gandhi. ¿De qué le sirve a Gandhi el estudio del derecho? Pues le viabilizó, le operacionalizó,  nada menos que el ser Gandhi. Lo que no es poca cosa.  Existe entre el derecho, la independencia de la India, y la popularización de la ahimsa, la doctrina de la  “no violencia”, la misma conexión que existe entre el derecho y el fin de la esclavitud en Estados Unidos, liderada por Lincoln, ese otro abogado.  Entender, incluso amar, e incluso amar lo suficiente para estar dispuesto a mejorar, a transformar, el contrato social plasmado en el estado de derecho, es una ruta exquisita hacia la participación ciudadana plena, hacia la actividad con causa y con pasión, y ¿por qué no? Hacia la felicidad.

Debo admitir que mi noción de felicidad no es necesariamente universal, pero ciertamente es compartida, y defendible. Permítanme articularla muy brevemente aquí.  Para hacerlo, voy a echar mano del trabajo de un psicólogo húngaro de nombre impronunciable que ha trabajado el tema en las universidades de Claremont y de Chicago, y de una fabulosa escritora boricua que trabaja y escribe en la Universidad de Puerto Rico.  El húngaro es Mihaly Csikszentmihalyi, y dice que la felicidad, en términos prácticos, se encuentra en lo que él llama Flow, o la experiencia óptima, y que consiste en la combinación óptima de desafío y destreza.  Es pocas palabras: Si usted hace algo muy fácil, y sus herramientas mentales le sobran, se aburre. Si hace algo muy difícil, y no cuenta con las herramientas mentales, se frustra. Pero si usted, con la mayor frecuencia posible, se dedica a hacer cosas que sean suficientemente difíciles para absorber su atención totalmente, de hacer uso intenso de su destreza y conocimiento, es feliz.

La boricua es Ana Lidia Vega.  Y dice la Dra. Vega que la felicidad está asociada, en la vida de los que quieren y pueden optar por hacer carreras universitarias, con una especie de hiperconciencia, la hiperconciencia del “ser humano que sabe pensar críticamente por sí mismo y que puede sentir solidariamente por los demás.”

Pensar, críticamente, por sí mismo: sentir, solidariamente,  por los demás. Vega nos habla de hiperconciencia, de la lucidez que nos permite entender, para poder actuar, para poder ejercer cambio. Esa capacidad para la acción que la clase graduanda de ustedes, ha articulado como Fuego de Justicia.

Ustedes utilizarán su diploma para diferentes cosas. Taller jurídico ciertamente  hay- después de todo, a los tribunales puertorriqueños llegan sobre 300,000 casos al año.  Podemos evaluar el producto de su esfuerzo académico a partir del salario que usted gane, del contrato o el ascenso que se lleve, del carro que maneje o el bote que se vaya a comprar. Pero esas cosas, aunque nos permitan vivir y hasta nos den satisfacción, tienen poco que ver con la felicidad, con la experiencia óptima, con pensar y con sentir, a no ser que el salario se lo gane haciendo algo que le fascine (y ojo, no hablo de algo que se le haga cómodo, o que le guste un poco, sino que le fascine), a menos que el carro lo lleve a los lugares en donde usted va a aplicar lo mejor de sí, de su preparación, de sus destrezas, en pos de algo en lo que usted cree, o a menos que usted aprenda a manejar ese bote como todo un lobo de mar y se dedique principalmente a eso.  Porque la felicidad es lúcida, la felicidad es intensa. Cito a Ana Lidia Vega de nuevo: “La verdadera cultura tiene que ver con la hiper-conciencia, con ese arrebato natural que viene a alborozarnos el casco para que desafiemos la noción panzona, chancletera y control remoto de la felicidad.” Y eso es cierto de la felicidad en todos sus ámbitos: el trabajo, el amor, la actividad mental, la cocina, el hobbie, o el asueto.

Todo está conectado, en la biografía propia, en la suya, en la mía.  Y todo lo que vale la pena hacer es mejor si se hace de manera lúcida, plena.

Otro abogado, puertorriqueño, que también creía en la intensidad y en la lucidez, lo dijo así:  “La gloria no se escribe con palabras, se escribe con la vida”.

Yo creo que la “gloria” a la cual se refería Pedro Albizu Campos en esa cita no implica necesariamente la fama, o la tragedia.  La lucidez feliz puede ser una cosa bastante cotidiana.  Déjenme hacerles un último cuento.  Hace algunos años estuve sentada en un tribunal de menores, y presencié varios casos seguidos. Los casos tenían el mismo fiscal, el mismo abogado, y el mismo trabajador social.  Fue muy conmovedor ver las cabezas, juntas, de esos tres personajes: el representante del estado, el defensor público, y el trabajador social, los tres conversaban, cuchicheaban, antes de cada caso. Los antropólogos somos terriblemente curiosos, y yo podía escucharlos un poco, desde donde estaba, así que paré oreja. Y descubrí que los tres, en todos los casos que vi ese día, claramente buscaban lograr un escenario que maximizara oportunidad y posibilidades para el menor. El suyo era un heroísmo cotidiano, colaborativo, de rutina, que no dejaba por ello de ser glorioso. Lúcido. Feliz.

Con lo que llegamos al argumento, a la propuesta.  Y la propuesta es corta,  es simple, y es la siguiente: Los estudios cuya culminación hoy ustedes celebran deben servirles para la lucidez crítica y para la vida plena.  Deben servirles “Para pensar críticamente por ustedes mismos y para sentir, solidariamente, con los demás”. Deben servirles para entender el mundo, para elegir sus causas, e incluso, y especialmente en tiempos de crisis, para asumir posiciones.  Posiciones que surjan no de la superficialidad o de la ignorancia, sino del conocimiento, y desde la certeza de que el conocimiento es siempre, inevitablemente, gloriosamente, una obra incompleta, en construcción. El estudio del derecho debe permitirles  entender mejor los asuntos para atender mejor los asuntos y para, como dijo otro abogado, Franz Kafka,  “partir no de lo aceptable, sino de lo justo”.   Para vivir plenamente.

Lo que han aprendido en este espacio debe servirles como herramienta para alcanzar esa felicidad que es posible sólo en la luminosa lucidez, la única felicidad capaz de cambiar las cosas, la única actitud equipada para hacer al mundo mejor, para hacer al mundo más justo.

Muchas gracias.

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un ahorro de lujo en la UPR

Conceptualmente, tiene sentido implementar medidas de austeridad en la Universidad de Puerto Rico.  Después de todo, el país está en una crisis económica, y los destinos del país y de su universidad están atados en la más íntima de las relaciones: Sobreviven, triunfan o se hunden al unísono.

Pero en la práctica la cosa cambia un poco.  Porque no todas las medidas son iguales, o afectan a todo el mundo por igual.  Y hay algunas medidas para lidiar con la crisis que atentan contra la identidad misma de la Universidad. Que la distancian del país.

Tomemos por ejemplo aquellas que tienen que ver con el número de estudiantes que la universidad planifica atender.  No se habla, oficialmente, mucho de ello: Pero hay señales, y no son buenas. La Junta de Síndicos ha dicho en repetidas ocasiones que espera recaudar 40 millones del alza en la matrícula que llaman “cuota especial”.  A 800 pesos por cabeza, ese estimado asume 50,000 estudiantes matriculados en el sistema.

Solamente 50,000.  La última vez que la UPR tuvo esa cantidad de estudiantes fue en la década de los setenta.  Ahora atiende alrededor de 65,000: uno de cada tres estudiantes universitarios de la isla.

La distancia que la nueva política de ocupación generaría entre la institución y el país se agrava cuando consideramos el perfil de esos quince mil estudiantes actuales y potenciales que se quedarían sin atender.  Los índices de admisión (IGS) que constituyen el criterio único de admisión a la mayoría de nuestros programas, aumentan, en promedio, según aumenta el ingreso familiar de los estudiantes. Esto quiere decir que aunque hay estudiantes con todo tipo de IGS en todos nuestros sectores sociales, hay una tendencia a que el IGS (y por lo tanto la probabilidad de ser admitido) aumente según aumenta el estatus socioeconómico.  Dicho sesgo no es un reflejo del potencial académico sino de desventajas sistemáticas que afectan más a unos sectores que otros a través del tiempo.

El IGS, por su parte, es en gran medida una función del cupo en determinado programa.  Mientras más popular es un programa de bachillerato, y más gente solicita admisión a él, más alto se vuelve el IGS.  ¿Cuáles son los programas más populares del sistema? Por mencionar algunos: Todas las ingenierías; Biología y Pre-médica; Contabilidad.

Súmele, al bajo estimado de ocupación, las prácticas implementadas en el presente proceso de matrícula, y el cuadro empeora.  Las medidas implementadas en distintos recintos, implican una menor oferta de clases disponibles para matricular.   Para un estudiante que depende de la beca Pell para estudiar, no poder matricular su requisito mínimo de doce créditos constituye más que una barrera: Puede ser el fin de sus estudios en la UPR.

Algunos hablan de una Universidad “más pequeña y ágil”.  Yo creo que parte de la “agilidad” de la universidad pública debe estribar precisamente en su capacidad para atender sectores y geografías diversos.  El problema fiscal en la Universidad no debe, no puede, tratarse como una hoja de cálculo gigante.  La eficiencia no puede darse en un vacío moral.  Las decisiones que tomamos para cortar gastos pueden solucionar un problema matemático de presupuesto-pero agravar los problemas socioeconómicos del país.

Cerrar cupos y secciones para “ahorrar” gastos implica así cerrar oportunidades para muchos futuros ingenieros, médicos y contables en la universidad del país, y sentar las condiciones para un estudiantado menos diverso, más homogéneo socioeconómicamente.

¿Pueden el país, y su Universidad, darse ese lujo?

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la insoportable levedad…

…del ser, se llama una novela de Kundera.  Mi personaje favorito era Tereza. (Bueno, en realidad era la perra, Karenin, pero yo quiero hablar de Tereza.)  Tereza era el personaje “pesado”, en contraste con la “liviana” Sabina.  La dicotomía  pesadez/levedad tiene que ver con la importancia y el significado de acciones y de eventos.  Implica también una profunda diferencia en cuanto a la profundidad y disposición moral de los personajes.

Esa palabra, “levedad”, ha estado en mi mente desde hace varios días. Me empezó a flotar en la cabeza cuando vi las imágenes de legisladores boricuas, alegres,  jineteando camellos en Israel, justo después del salvaje ataque de ese gobierno a la flotilla humanitaria que se dirigía a Gaza.  De vacaciones, decían los rostros de nuestros políticos.  Al cuestionamiento sobre la carga moral de sus acciones, respondieron (confundidos, inocentes, livianos) que todos sus gastos estaban pagos por una organización, Amisrael, y NO por el pueblo de Puerto Rico.  Por lo tanto, no hay problema, no hay significado más allá. Livianito, todo.

Amisrael, por cierto, resultó ser un grupo la mar de interesante. Y más bien pesado. Ha puesto a viajar no solamente a Arango y a Ríos sino también a Nolasco, Burgos, Garriga-Picó…Cuando les preguntan a los legisladores sobre esos viajes, responden con alguna vaguedad relativa al desarrollo de relaciones diplomáticas y comerciales (?!) entre Puerto Rico e Israel.  El líder del movimiento es también líder de la iglesia de La Voz de la Piedra Angular y algunos se refieren a él como “El Ángel Final del Apocalipsis”.  Uf. Hablando de significados y de pesadez.  Pero nuestros legisladores son inmunes a todo eso, y de hecho alegaron desconocer las conexiones entre los “mensajeros de la paz” que les pagaron el viaje y la organización religiosa que pretende construir una iglesia gigantesca en Cayey…Livianitos, todos.

La misma liviandad política que, abiertamente, establece que es necesario aumentar el número de síndicos de la UPR para que la Junta esté “unida”, con “una dirección clara“.  Esto lo dijeron el gobernador del país y la presidenta de la cámara con toda traquilidad.  Es como decir “necesitamos que la junta vote de acuerdo con nuestra agenda así que tenemos que aumentar el número de síndicos para asegurarnos una super mayoría”.  Bajaron la cosa por descargue.  Estuvo firmada esa misma noche.  Al día siguiente teníamos síndicos nuevos, que de hecho ni siquiera se tuvieron que ajustar al reglamento que les exige un montón de papeles (relativos a sus finanzas, comportamiento ético, y demás.) Olvídate de eso, dijo Arango, envalentonado después de su viaje a lo Indiana Jones.

La levedad kunderiana de nuestros políticos se traduce en velocidad y en el uso de un marrón gigante.  Subimos el número, bajamos por descargue, reducimos permisos, nombramos a la carrera, cambiamos de secretario de educación como quien cambia de laundry….En Educación, de hecho, hemos visto la misma tendencia a la liviandad.  Cambiaron los horarios de las escuelas con una carta circular.  Secretario viene, secretario vá.  Ahora, a hablar inglés.  Mañana, a contratar conserjes privados….Todo es rápido, irreflexivo, improvisado.  ¿Violencia doméstica? A firmar el papelito de la promesa de hombre, escrita a la carrera, editada de noche…Botaron la perspectiva de género, que por lo menos exhibía alguna profundidad, y nos la cambiaron por cinco minutos de reflexión, irónico nombre para un ejercicio que se decidió a lo sucusumucu y que todavía, al día de hoy, se limita en la mayoría de los casos a un rezo o a una lectura rápida de Bonifacio.

Eso es lo más interesante: Mientras más pesada, más cargada de significado e importancia para la posteridad, sea la agencia, institución o estructura bajo la lupa de nuestros políticos,  más liviana es la solución.  A la UPR le amenazaron las excenciones con una certificación confusa y mal escrita que ni siquiera atendía el problema financiero que planteaban; para cuadrar el presupuesto hacen cosas como dejar a un museo (el Porta Coeli) con un conserje, un guardia y cero guías; al departamento de Educación (posiblemente la agencia más importante, y más confusa y problemática, del país) le quitan y ponen secretarios y le implantan medidas como la promesa de papel y la reflexión matutina.  El crimen lo atienden pintando paredes de azul y conminando a la “gente buena” a chotear a la “gente mala”.  Y en la legislatura, buscan prevenir futuras huelgas legislando para que el voto sea secreto, individual, descontextualizado, electrónico/por correo….

Es como si todas las decisiones importantes se tomaran “por descargue”. La reflexión ha sido reemplazada por el slogan. El debate por el voto.  La planificación por el marroneo.  Sin pensar, sin discutir, sin análisis, rapidito, pensando solamente en el objetivo inmediato, concebido éste como una cosa simple, leve, leve…Insoportable.

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primavera y democracia, parte cuatro: tristes contrastes.

Otra asamblea estudiantil, esta vez nacional. Nuevamente, como ya es típico de este movimiento, un modelo de orden y democracia participativa. Un cierre apropiado para lo que ha sido lo que podríamos llamar la primavera boricua, una defensa de la educación superior pública madura, democrática,ágil, e innovadora. Un movimiento que gusta del juego (medios, bailes, canciones, improvisación teatral) pero no de la superficialidad.

¿Y mientras los jóvenes celebran, qué hacen los adultos?

Bueno, los adultos que están a cargo de liderar los destinos del país estaban ocupados bajando legislación en esa modalidad de “descargue” que se les ha vuelto tan frecuente.   Mientras la minoría les exigía a grito pelado una discusión sobre la medida, que busca aumentar el número de síndicos de la junta de gobierno de la UPR, la mayoría penepé del senado aprobó el proyecto de ley, de la autoría de Arango, y lo pasó rápidamente a la Cámara.

Suspiremos.  Qué contraste. Porque si algo aprendió el país de este movimiento estudiantil, es la importancia de permitir la discusión y el estudio de los asuntos complejos.  No permitir que los mecanismos democráticos (como el voto) se conviertan en mecanismos para subvertir la democracia (como el voto en ausencia de debate y análisis colectivo.) (Más sobre ese tema en las entradas recientes de ÉFT e Hiram Meléndez Juarbe).

En su afán de NO buscarle las cinco patas al gato, nuestros insignes legisladores dejan al gato sin patas.  Sin bigotes. Sin cabeza.  La legislación se pasa con prisa, con errores, enraizada no en la investigación sólida sino en los prejuicios de sus autores, y de sus lectores.  A veces, la aprueban sólo para descubrir, como le ocurrió recientemente a la senadora Rashke y a la procuradora de las mujeres, que ya existía. Es la mentalidad del quick fix que quiere resolver la cosa rápido, del marroneo que cambia las reglas para lograr el objetivo, del nene que se lleva el bate y la bola cuando pierde.  La mentalidad de la pereza que pretende producir medidas sin estudiar los asuntos, del que piensa que la democracia existe en función de la ley y del orden y no viceversa, y que por ello pasa también legislación para aplicarle a los Tito Kayaks del país el peso de un “delito grave” si con sus protestas detienen la siembra de cemento.

Todo ello evidenciando que al país le hace falta no una universidad más pequeña, como la quisiera ¥grí, sino en todo caso más universidad, más educación, más profundidad.  Que haya más complicación conceptual/intelectual (bienvenida sea, porque el mundo es complicado) y menos complicación burocrática, como la que nos crea la legislatura con las leyes mal hechas apilándose unas encima de las otras, contrariándose, repitiéndose.

Se le quitan a una las ganas de escribir.  Pero imposible irme a dormir sin referirme, esperanzada, una vez más, a los miles de autoras y autores de la primavera boricua, y al deseo, todavía vivo, serio, funcional, de hacer universidad, dentro y fuera de las aulas.

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entre pájaros y escopetas

Cada vez es más evidente que “esta gente”, y me refiero al alegre grupo compuesto por la presidenta de la Junta de Síndicos, el presidente de la Universidad, el gobernador Fortuño, y los fantasmas de todo tipo que les susurran (¿órdenes?¿peticiones?¿ideas?¿sueños?) al oído, que esta gente prefiere la universidad cerrada.  No sé como más llamarlos.  Referirme a ellos como “la administración” mancha la memoria y la acción de aquellos gerentes académicos a quienes les importa(ba) la institución y lo que significa.  Referirme a ellos como “el gobierno” oscurece el hecho de que las fuerzas siniestras que manejan y a las cuales responden están metidas en todas partes y canalizadas a través de muchos cuerpos, incluyendo cuerpos universitarios.  Los llamaré, de momento, “esta gente”.

Pues esta gente no quiere abrir. Le han cogido el gustito a la universidad cerrada.  Insólito, pero cada vez más obvio.  La campaña publicitaria que supuestamente pretende “que los portones se abran” (ahhhh, las metáforas) parece más bien diseñada para antagonizar y culpar al movimiento estudiantil con el que supuestamente están negociando (esta gente prefiere, apropiadamente, el término “dialogar”) y así mantener a la universidad convenientemente cerrada.  Negocian sin ganas, emplazan a sus compañeros de mesa, se van de vacaciones en pleno asunto, pierden la tabla, le chismean a la prensa…

¿Cómo llegamos a un estado de cosas donde la huelga no presiona?¿ A un estado de cosas, decía, en donde LOS QUE MANDAN NO QUIEREN ABRIR?

[Las implicaciones de esto en términos de estrategia han sido discutidas recientemente con lucidez y empatía por la estudiante Mariana Iriarte en su blog. Para leerlas pulse aquí.]

No sé. Algunos alegarán que esta gente siempre fue así, y que sencillamente se les ha estado viendo más la costura últimamente. Que las ideologías, programas de gobierno, corrientes globales históricas, y desórdenes de personalidad de los susodichos hacen de esta incomprensible actitud algo inevitable.  Otros alegarán que leemos demasiado en las acciones de una gente, esa gente, que se ha caracterizado por la arbitrariedad e improvisación en la acción, por la incompetencia en la planificación, por la torpeza en la ejecución. Tal vez son ambas cosas. Tal vez ninguna.

Esta mañana, bajo los efectos de un café bastante bueno, se me antoja imaginar a ESTA GENTE en el diván de un psicólogo/a setentoso, recién iniciado en la ahora popular y populosa progresión de Kubler-Ross. Las famosas etapas de manejo de pena/duelo/crisis.

Etapa 1: Negación.

Los estudiantes están alborotándose, dicen que sospechan de nosotros.  Dicen que se irán a huelga.  Bah.  No creo que lo hagan. Esto pasará.

Etapa 2: Rabia, Ira.

¿Qué se creen esos jóvenes imberbes? ¿Mejor dicho, esos jóvenes peludos? Cómo se atreven a desafiarme a mí, que cuando ellos iban yo venía, a mí, que soy la autoridad? Llámate a la policía, a ver si después de un par de macanazos siguen así de bravos.  No les dejes pasar comida, para que vean, que se dejen de pensar que son el ché…llévate el taser, por si acaso.  Y móntales una campaña de medios que los demonice  bien chévere, a ver si va una turba de graduandos y les abre el portón a la cañona…

Etapa 3: Negociación.

Bueno, está bien, vamos a sentarnos.  A dialogar.  Nos sentamos, hablando, no pretenderán que de hecho cedamos en nada, pero igual nos sentamos todos los días, y discutimos sobre los puntos, los adjetivos, las comas, y si dialogo bastante con ellos tal vez se sientan atendidos y se salgan de los portones…Es más, vamos a llamar al obispo, a ver si quiere sentarse a hablar con ellos también… un poco de religión nunca está de más…

Etapa 4: Depresión.

Bah. No vale la pena. Estos pelús son muy tercos. ¿Y la mayoría silente, donde está? ¿Cuántas asambleas más voy a tener que auspiciar?  No se resignan a “dialogar” solamente, tienen la cara dura de esperar “resultados concretos” y de que se les trate como adultos.  Me voy a deprimir/ ir de vacaciones/ sentar aquí con cara de zombi. ¿Será que esta huelga va a durar para siempre?

Etapa 5: Aceptación.

Bueno, y si dura para siempre, ¿qué? Tal vez sea hasta mejor…No pagamos sueldos ni gastos operacionales, nos ahorramos los chavitos que íbamos a levantar con la malhadada video-lotería esa…Mientras la vegetación se apodera de los recintos, y estos pelús se vayan, agotados, podemos cambiar la universidad por completo!!!! Es grande, es cara, se mete cada atorrante…Cerradita, mientras la repensamos.  Más pequeña, ágil, eficiente.  Tranquilos, muchachos.  Todo saldrá bien. Nueva ley universitaria coming right up…Total, si la semana que viene aprobamos el presupuesto en la legislatura para el 2010-2011.

Hasta ahora los estudiantes han demostrado estar un paso adelante.  No creo que vayan a bailar el baile, como indica Iriarte en su blog.  En cuanto a las escopetas, les recomiendo regresar al diván.  Se me acaba el café. Nos leemos luego.

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coca, cacos, cucos y la universidad

A diario escucho la condena a los estudiantes.  A veces es una condena feroz, como la del ex-gobernador Romero Barceló, que ayer, jadeante, los tildó de “manganzones”, y los acusó de gastarse la beca Pell en alcohol (!), cigarrillos y hasta coca. O la de Rivera Schatz, que para responderle al anterior opta por regresar al discurso del “grupúsculo diminuto” que no tiene “apoyo del pueblo”. A las condenas feroces podría respondérseles, y se les responde, con cosas como que la Pell no daría para la coca aunque la usaran, con que los chavos se usan para libros y comida, y con que los verdaderos manganzones son los ex-políticos que se niegan a limitar su infamia a la memoria histórica de los pueblos e insisten en su propia relevancia. O con que los políticos del presente deberían 1)cumplir con sus promesas de vigilar policías abusadores y 2)aprender a contar bien-porque el “grupúsculo” sigue constituyendo quórum y ratificando la huelga que los propios administradores legitiman convocando una asamblea tras otra, en la búsqueda infructuosa de la mitológica “mayoría silente”.

A veces la condena es mas bien desconcertante, como cuando, viéndolos macaneados, los acusan de haberse buscado el macanazo en cuestión “provocando” la ira (¿del policía? ¿de Dios? ¿de la propiedad privada?) porque se burlaron, o porque se “pasaron de la raya”, o porque “siguen pidiendo”, o porque no protestan “en los lugares y momentos adecuados”, o por sus largos pelos, o por sus “fresquerías”…O porque, como dice la amiga y colega Lissette Rolón en una de las fábulas que construye sobre la huelga, osaron sentarse “en la misma mesa con el gobierno siempre, como co-dueños de un bien público…” La “raya” que los muchachos ofenden al cruzar es casi siempre literal, geográfica, espacial: Hay quienes quisieran ver (o más bien, no ver) a los estudiantes apiñaditos en algún rincón irrelevante, protestando calladamente, sin molestar. Los que así piensan equiparan la democracia con la invisibilidad o la discreción de la disidencia.

A veces la condena es (en comparación con las dos variedades anteriores) casi gentil, acariciadora, como cuando sus colegas y los nuestros conminan a los huelguistas a salirse de los portones, de prisa, por favor, para que otros puedan entrar a dar clase/tomar clase/hacer investigación/graduarse. Aquí el problema no es tanto el reclamo (los universitarios, todos, tendemos a creer en una universidad abierta, colectiva, utilizable, de modo que el reclamo tiene su justicia), sino a quién se le está haciendo ese reclamo: ¿Por qué no le decimos eso mismo a los Síndicos y administradores? ¿Que deroguen la certificación conflictiva, aclaren el asunto del alza fantasmal de matrícula, quiten las sanciones y nos dejen abrir los recintos de una buena vez? ¿Que habiliten las estructuras de diálogo que están secuestradas: los no- convocados senados, la no-convocada junta universitaria? ¿Qué tal pedirles que defiendan al estudiantado que recibe becas, peludos o pelones, dentro o fuera de los portones, de las alocadas acusaciones de Romero?

Una máquina del tiempo, usted y yo somos los clientes, alguien (¿Rodríguez Ema?) sonríe, masculla alguna cosa, nos conecta los cables necesarios, y emergemos del aparato metidos en un anacronismo insólito: Un país en donde nos aplican una “medicina amarga” globalmente desprestigiada en los noventa, en donde se asoma además la cabezota fea, igualmente desprestigiada, de una estrategia política, la de la opresión, el carpeteo y el exceso policíaco, que creíamos superada, donde gobernadores del pasado surgen,  zombies manchados con sangre de maravilla, a insultar a los estudiantes, emisarios de un futuro posible. Donde los abogados de la universidad, inesperadamente, renuncian y en su lugar se instalan nada menos que los de McConell-Valdés, arquitectos del fortuñismo y de las apepé formales e informales.

¿Y qué hacen los muchachos y muchachas de la Universidad con todas esas condenas? La mayoría de ellos las contesta con serenidad, y sigue trabajando.

Rushdie tiene una novela, Shame, en donde un personaje se vuelve peludo (muy peludo) porque carga en sí toda la verguenza (bueno, “shame” es una de esas hermosas palabras que significa varias cosas, entre ellas, verguenza y culpa) de los que no tienen o asumen ninguna.  Tal vez los llamados “pelús” de los portones cargan con la verguenza, con la dignidad, con la responsabilidad, del colectivo. Basta ya de condenas: Hay que dirigir el reclamo universitario hacia donde debe ir.

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hoy, los estudiantes:primavera y democracia, parte tres.

El 29 de abril, los estudiantes del Recinto de Mayagüez se autoconvocaron y llevaron a cabo una de las asambleas mas ordenadas que he visto en mi vida. El orden de la misma era especialmente sorprendente por lo difícil de su decisión final: un paro.  A pesar de la prohibición administrativa de reuniones no autorizadas, a pesar de lo complejo del asunto, a pesar de todo, el debate de ideas imperó.  Hubo turnos, se escuchaban, debatieron, votaron.  Ese día comenzó la ocupación de los portones. Ese día los muchachos y las muchachas, contra todas las predicciones,  le asestaron un golpe al atentado contra la libertad de asociación.

El 3 de mayo, en un referéndum auspiciado por la administración, generaron un voto de huelga. De nuevo, contra toda predicción. Otro golpe, esta vez al machacadísimo concepto de “mayoría silente”, con la cual la administración contaba para seguir ignorando los reclamos de transparencia y accesibilidad.

Hoy, 24 de mayo, lo han logrado de nuevo. Contra toda predicción, contra una batalla campal en los medios, contra la cacofonía de los altavoces que los recibieron en la asamblea conminándolos a decirle NO a la huelga (y a las drogas, como si las dos fueran la misma cosa), contra las amenazas fatulas, contra administradores encubiertos “militando” entre los padres preocupados que se dieron cita a las afueras, contra el calor y la sed producto de nueve horas de espera en la brea caliente de un parking, contra el cateo de la entrada, contra los disparates, la desinformación, y la alarma…Ganaron. Abrumadoramente.

Me cuentan los estudiantes que ellos también dudaron. Que al llegar, escuchar la tumbacocos, ser asediados por padres repartiendo flyers, y escuchar expresiones de repudio a la huelga, pensaron que hasta ahí llegaba la ola de victorias electorales. Les pregunto que pasó, que cambió. Me  cuentan que tal vez fue la sucesión de puntos a favor y puntos en contra, el debate de ideas, el intercambio de posiciones. La antipatía contra el que dijo que en los portones lo que había era “fresquerías”. La simpatía por el que dijo que él también se graduaba, pero que….había que preservar la universidad pública.  Hoy ganaron el colectivismo, la stamina, y la madurez política de unos estudiantes que a todas luces tienen mayor capacidad de negociación que sus interlocutores en la Junta de Síndicos, quienes dan una batalla en la mesa de diálogo, y otra, muy distinta, en los medios.

Otra vez, hoy, la lucidez, la primavera, la democracia. Y yo, aunque con el cansancio y la comedera de uñas lo palabreo todo con torpeza, me siento afortunada de vivirlo de cerca.

A los estudiantes: Mis felicitaciones. Tres veces airosos.

A los síndicos de la UPR: Sus constituyentes (porque no son, no deberían ser vistos como oponentes, sino como universitarios) merecen más respeto. La comunidad universitaria quiere que ustedes negocien, de frente y con verdad.

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ok, hablemos de “ideologías”: huelga y neblina en la upr.

Una de las acusaciones lanzadas con más frecuencia en dirección de los estudiantes que, en todos los recintos de la UPR, ocupan los portones universitarios en lo que se ha convertido en una huelga histórica, es la de “ideológicos”.  Es una acusación que escucho en la radio y leo en el internet todos los días. Por “ideológico”, los que acusan implican que los huelguistas están guiados por una motivación de tipo separatista, y que es esa la “verdadera” agenda.

No voy a “defender” aquí a los estudiantes de esa acusación.  Eso es caer en la lógica del que acusa.  Hoy vengo a plantear las ideologías  que el “otro lado”, el de las autoridades gubernamentales y universitarias, muestra.  De aquellos que se oponen a la huelga y que repudian el comportamiento de los estudiantes por ser “ideológico”, sin prestarle  la atención a la bíblica, enorme, super-ideológica viga en el ojo propio.

Comencemos por la Junta de Síndicos.  Sin entrar en consideraciones históricas sobre su formación, se trata de un organismo que tiene como función velar por los intereses de la universidad pública.  El Reglamento de la Universidad de Puerto Rico y la página de internet de la misma Junta la definen como sigue:

“La Junta de Síndicos es la Junta de Gobierno de la Universidad de Puerto Rico y el Organismo en el cual el Pueblo de Puerto Rico ha delegado la autoridad para dirigir, orientar, reglamentar y gobernar el Sistema Universitario. En el ejercicio de esos poderes, y en representación del interés público, la Junta debe velar porque la Universidad responda a las necesidades de la sociedad puertorriqueña y constituya un elemento esencial en el esfuerzo de darle solución a los problemas con que se confronta nuestro pueblo. La Junta debe estimular el desarrollo de los talentos y recursos de la Universidad para convertir en realidad los valores fundamentales de nuestra sociedad...”[Énfasis mío. Para leer el reglamento pulse aquí]

La Junta es así la fiduciaria, o guardiana, de los intereses del país relativos a las funciones de la universidad. Debe representar el interés público. ¿Cómo ha estado llevando a cabo esa función últimamente? Veamos:

  • Aceptó, sin chistar, la alteración de la base de la fórmula de asignación de presupuesto para la UPR que generó la mayor parte del cacareado déficit. En lugar de tratar de impedir el déficit original, lo acepta como un hecho y le pasa la cuenta, la receta de la “medicina amarga” a la institución que dice proteger.
  • Ante la rebelión estudiantil, se sientan a “negociar”. Como parte de la negociación, proponen eliminar aquellas exenciones por mérito que le sean otorgadas a estudiantes que, por desventaja socioeconómica, cualifiquen para recibir beca Pell.  Es decir, de hecho recomiendan reservar la educación GRATUITA para aquellos que NO tengan necesidad económica.
  • Ante la insistencia estudiantil, expresada democráticamente de distintos modos, incluyendo asambleas sugeridas insistentemente por la propia junta y llevadas a cabo con debate y  con quórum, se ofenden, y aprueban no solamente la presencia policiaca sino el cierre indefinido de la universidad.

En 2008-9 (pulse aquí para el informe)  se otorgaron 22,508 exenciones,  promediando $671, para un total de $15.1M, por lo que el ahorro para la Universidad sería del orden de 67% de $15.1M (proporción de estudiantes de la UPR que recibe beca Pell) o de $10.1M.

Digamos que la propuesta de la Junta le ahorraría a la UPR  diez millones. En repetidas ocasiones, representantes de la administración universitaria han indicado que el cierre acarrea pérdidas equivalentes a un millón diario.  Esto solamente en Rio Piedras y solamente en la Universidad, sin contar los gastos adicionales de, por ejemplo,  policías estatales para “vigilar”  a los muchachos.  ¿De modo que con tal de ahorrarse diez millones anuales, están dispuestos a perder, como mínimo, sesenta? ¿Y por qué la obsesión con esos diez millones, cuando la insuficiencia económica presupuestaria proyectada para el próximo año es de 134 millones, según la OGP? ¿Qué sorpresas nos tendrá la Junta para los otros 124 millones que faltan?

La única explicación para el comportamiento de la Junta es que han claudicado su rol de custodios del patrimonio académico, del capital cultural del país, e incluso de la muy cacareada salud fiscal de la UPR, para convertirse en portavoces de una postura ideológica, tan ideológica, o más, como la de los muchachos que hace un par de días alegremente cambiaban  la bandera pecosa por la monoestrellada.  La ideología de la medicina amarga, del shock and awe, del quitarle fuerzas a la inversión pública.  La ideología del sálvese quien pueda, porque el mundo es del capital y el conocimiento no es una prioridad para el estado.  La ideología que tanto le ha costado a América Latina y al mundo. Como dice Galeano: En momentos como éste, cuando esta Latinoamérica nuestra sufre, con el resto del mundo, las consecuencias nefastas del desplome de la avaricia del capitalismo salvaje, hoy más que nunca, no nos podemos dar el lujo de darle la espalda a nuestros estudiantes.

Por supuesto que los estudiantes huelguistas tienen motivaciones ideológicas.  Representan la creencia en la inversión pública y especialmente en la educación pública, representan la idea de que la universidad accesible es importante para la calidad de vida de los pueblos, representan la esperanza en una existencia en que se pueda obtener calidad de vida no sólo por el tener sino por el saber.

Hace unos días, el analista estadista Ignacio Rivera recordaba las palabras de un militar estadounidense a propósito de Vietnam: Fue necesario destruir la villa para poder salvarla. McNamara diría tal vez que esa destrucción representa, en la neblina que es  generada por la guerra, la pérdida temporera del norte ideológico, de la razón primera. Acá podríamos alegar que la obsesión que la Junta demuestra con el tema de las exenciones (aún a costa de sesenta millones) representa la pérdida temporera del norte de su misión fiduciaria, en la neblina creada por el conflicto actual.

Pero temo que no.  Me temo que más que la pérdida del norte ideológico, que debería ser consistente con la misión de la Junta, lo que estamos presenciando aquí es la revelación de las ideologías que verdaderamente guían las acciones de la alta gerencia académica de hoy.  Son las ideologías que describe Klein en Shock Doctrine, las que han guiado la transformación económica de países tan diversos como Chile y Polonia, las que tienen como único norte la liberalización extrema de los mercados y la destrucción de la inversión pública en asuntos que no generen capital en el corto plazo.  En ese marco de referencia, la universidad privada es la que tiene sentido, y la pública es un lastre, un costo, que hay que abaratar para el estado y encarecer para los individuos. En ese marco de referencia, el estado se reduce en toda inversión social, pero se crece en su rol de administrador de la mano dura.  La Junta no quiere negociar con los huelguistas: quiere domarlos, darles una lección. Por suerte, el país no está de acuerdo.

Si nos vamos a preocupar por las “ideologías” de los actores protagónicos de esta huelga, propongo que nos fijemos para variar en las de la gerencia, y dejemos de momento a un lado las de los “pelús”.

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ibarra, el sol, y nuestra sombra

foto:http://pr.indymedia.org

La saga de Villas del Sol continúa.  Ahora que (por fin!) la burocracia boricua se apresta para permitir el empapelado paso de los permisos de rigor, y así mudar a los vecinos del Villas del Sol a su nuevo espacio, le han asestado un nuevo golpe al Dr. Ibarra, prohibiéndole estar presente en la ceremonia.

¿Cómo así?

Los residentes de Villas del Sol representaban un problema para el gobierno, que a todas luces se disponía a sacarlos de allí.  De hecho en varias ocasiones les quitaron la luz y el agua.  Ibarra donó unos terrenos.  El gobierno puso trabas.  Ibarra insistió, y sectores del país le hicieron eco.  El gobierno alegó que no se podía porque los terrenos había que conservarlos. Ibarra riposta que se pueden permutar y así, voilá, el gobierno logra matar (¿dar vida?) dos pájaros de un tiro: conserva terrenos para el país y le da un hogar a un grupo de necesitados.

No debería ser tan difícil. Pero lo fue. Lo es, según relatan otros que han optado por dedicarle tiempo al cada vez más exótico asunto de ayudar a otros. [Pulse aquí para ver testimonios de Matria, Iniciativa Comunitaria y otros.]

Y digo exótico porque es complicado, y sus complicaciones, más que prácticas, son de carácter ideológico.  Alguna de esas trabas ideológicas son particulares al gobierno de turno – otras, tristemente, parecerían ser más masivas.  Al gobierno de turno (y a pesar de sus referencias ocasionales el “tercer sector”)  le molesta eso de la filantropía, especialmente si la misma es no-religiosa, independiente, apela a vocablos peligrosos como “justicia”, y resuelve cuestiones que le deberían tocar al estado,  desnudándolo como ineficaz.  O peor aún, derrumbando el discurso fatulo del “compassionate conservatism” que de compasivo no tiene nada y que los de acá han heredado de los de allá, usándolo de distracción para hacer poco o nada contra las necesidades reales del pobre y el marginado.

Pero eso más o menos lo sabíamos, y lo esperábamos.  La tendencia a mirar al pobre con pena pero sin intención alguna de ayudar, la convicción gubernamental de que  el pobre (y su familia) se merece su estado actual, la lógica ilógica de rescatar corporaciones grandes pero no gente pequeña, todo eso era evidente.  Pero a mí, lo que me ha estado angustiando últimamente son las expresiones colectivas de fobia al “otro”, enfocadas con especial ira en los pobres – y los extranjeros.

De hecho, y gracias a google, me he enterado hoy de que la fobia al pobre tiene nombre: aporofobia. En nuestro país, como he pensado en voz alta en este espacio, la fobia al pobre parece guardar una fuerte relación con la generación de una identidad colectiva, una “clase media” de leyenda, que el pobre, y sus espacios marcados como “de pobre”, amenazan.

En el caso de Villas del Sol, se añade un tercer elemento, una segunda forma de “otredad”, y el sentimiento que ella genera: la xenofobia.  Los comentarios de una parte del público, la prensa,y funcionarios gubernamentales giraban en torno a la “dominicanidad” de los vecinos de Villas del Sol, y la “mexicanidad” de Ibarra.

Por ejemplo, leamos la respuesta de un lector de la noticia de primera hora de hoy, que de hecho representa una especie de xenofobia “simpática” en el sentido de que alega sentir “pena” por Ibarra:

“Dr. Ibarra siento mucha pena por lo que le pasa, pero antes de hacer esa donacion debio, de haber pensado a quien le estaba donando ese terreno, la mayor parte de esa gente son dominicanos sin papeles en P.R. usted creo un monstruo si queria hacer algo bueno por la patria que lo acogio, debio haber viso quienes eran los residentes, esa gente asi son buscones, por que nadie con tres dedos de frente invade un terreno que no le pertenece. La proxima vez pienselo mejor o vallase a Mexico hacer la obra de caridad.”

Ahí está.  El problema, para este ciudadano o ciudadana, estriba en que 1)los pobres de Villas del Sol no son puertorriqueños e Ibarra tampoco, 2)la supuesta “dominicanidad” de los vecinos los hace ser unos “buscones”, 3)Ibarra debería hacer cosas por los puertorriqueños, que lo han acogido (y eso, que las campañas de turismo aluden constantemente a nuestra hospitalidad) y que si no cae en tiempo “ideológico” con el resto del país debe 4) irse.

El pobre y el extranjero, si se mantienen invisibles, no generan tanta fobia. Es cuando les da por querer hacer cosas que “no les tocan” que generan la manifestación colectiva de la fobia. Cuando a la abuelita del caserío le da por tener antena de satélite, por ejemplo.  Eso nos mata. Gesticulamos, chillamos, armamos lío.  O cuando al médico extranjero le da por llegar, ver el tranque entre los vecinos de Villas del Sol y el estado, y decir “que tal….que tal si en lugar de sacarlos a patadas y abandonarlos a su suerte les damos un terreno? yo tengo un terreno, yo tengo suficiente para vivir más que bien, me parece justo compartir…..”

Uf.  Un individuo que osa decirle al estado, con sus acciones, que no está haciendo su trabajo. Que más aún, parecería insinuar que las nociones de justicia con las cuales el estado opera (nociones como, por ejemplo, de que no era “justo” dejarles el agua conectada, aún en plena epidemia de influenza, porque no la pagaban, y eso lo dijo el gobe con su boca de comer) no son las adecuadas.  Que para colmo, se toma el asunto en sus manos, lidera con el ejemplo, y todo esto….¿de un extranjero? Mucho tardó, el castigo a Ibarra.

La xenofobia y la aporofobia parecerían ser parte de nuestra sombra, como diría el colega Mario Núñez siguiendo a Carlos Jung. Es decir, parte del conjunto de características que son contrarias a la imagen propia, que percibimos como negativas, pero que igual nos definen y generan acciones. Queremos pensarnos generosos, justos, hospitalarios. Puerto Rico lo hace mejor. Pero nuestras fobias nos revelan una historia más compleja.

Bueno, suelto el teclado. Pero no sin antes, desde aquí, y por lo que valga, aplaudir de metafórico pie, sacándome el metafórico sombrero, las acciones de Ibarra y las de todos aquellos y aquellas que día tras día laboran el ingrato ejercicio de hacer lo correcto, no por caridad sino porque es lo justo, lo que hay que hacer.

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Vivian

foto de primerahora.com

En uno de esos maravillosos libritos de la serie ciento en boca, de ediciones huracán, Fernando Picó nos cuenta cómo se multaba diferencialmente a distintos sectores sociales en el Utuado del siglo diecinueve:

Un reglamento proveía para que los jornaleros pagaran un día de prisión por cada cuatro reales de multa…en el caso de los artesanos, un día equivalía a doce reales, y en el de los propietarios, seis pesos…

En el siglo diecinueve, el tiempo del artesano valía más que el del jornalero, y el del propietario, a su vez, mucho más aún.

Y ahora, también.  El periódico Primera Hora reseñó el sábado la muerte de Vivian Rivera, una joven de 23 años, presa en una cárcel de Vega Alta y víctima de una golpiza por parte de otra confinada.  Estuvo en la enfermería de la prisión, agonizando, tres días.  Cuando llegó al Centro Médico “era demasiado tarde”, dice el parte de prensa.  Una condición congénita había complicado y amplificado el efecto de los golpes, y la muchacha no despertó.

Si hubo maltrato o negligencia por parte de la cárcel, no lo sé.  Probablemente es prudente esperar por la autopsia antes de emitir una opinión al respecto.  Lo que sí podemos decir es que el panorama no es, en sus efectos, muy diferente del que describe Picó en la cita, arriba. A esa chica se la llevaron presa, por un año, por posesión de una bolsita de marihuana. El juez dictó sentencia de “un año de cárcel o mil dólares de multa”, y el tiempo de Vivian valía tan poco como el del jornalero de Utuado.  Una vez en prisión, en una ocasión, la “mangaron” fumando marihuana de nuevo y le añadieron ocho meses adicionales a la ya desproporcionada pena.

Una bolsita = mil pesos = un año.  ¿No hay algún mecanismo que proteja al pobre de esa álgebra maligna?  Ochenta pesos al mes.  El dictamen del juez le adjudica un valor de once centavos, a cada hora (encerrada) de Vivian.  Su tiempo vale menos que el del jornalero de Picó.

Compare ese año y ocho meses con el caso reciente de los tres estudiantes que tenían, no una bolsita de marihuana, sino un huerto completo en Condado.  Hidropónico, nada menos.  Les ocuparon, dice la prensa, “112 plantas de marihuana, 16 envases con picadura, 15 bolsas medianas con la droga lista para vender y cuatro envases con cocaína”.

No es que yo piense que los tres agricultores aficionados de Condado deben ir presos – ese no es el punto. Lo que me parece interesante es que aunque las reglas oficiales sean distintas, el TIEMPO del pobre siga valiendo menos.  Para los estudiantes de medicina, 112 plantas y quince bolsas no alcanzan para justificar un día de prisión.  Para Vivian, una bolsita se paga con un año, y un cigarrillo a medias, con ocho meses.

O con la vida.

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tarifas, vagos, indignaciones, y otras vergüenzas de la cotidianeidad

Hace rato que tenía que haber escrito sobre este asunto de las tarifas fijas para los residenciales, o más bien (porque esto otro es lo que verdaderamente me llama la atención y me interesa) sobre la reacción que dicha política ha desatado.  Esa protesta colectiva, a viva voz, una ola de quejas que nunca he visto elevarse, al menos no con esa velocidad, para defender ninguna otra causa.  Ningún político pillo, o vago, o mantenido, ha desatado jamás semejante ira.  Los que por poco nos queman el país con el desastre de CAPECO nunca fueron blanco de una indignación así. El bono a los desarrolladores para que pudieran seguir construyendo (y vendiendo) en un país con sobre veinte mil viviendas vacías nunca fue discutido como “robo” o “parasiteo”.

Cuando decidí que finalmente escribiría sobre este asunto, tampoco escribí. No escribí porque quería producir un texto impresionante, conmovedor, o por lo menos ingenioso.  Tal vez sonoro, con esa sonoridad que con frecuencia exhiben tipazos y tipazas como Pérez Reverte, o Ana Lydia Vega, o Mayra Montero -esa sonoridad que emite el argumento en el volumen preciso, y en la frecuencia exacta, para que éste resuene en las neuronas y el corazón ajenos.  De modo que volví a no escribir.

Finalmente, supongo que hoy, decidí que igual tenía que hacerlo.  Primero, porque me dí cuenta de que no lograría la resonancia esperada (puede leer sobre “resonancia”, ese tan poético fenómeno de la física, aquí), justamente porque esa es la cualidad principal, y más repugnante, de esa indignación colectiva que hoy vengo a criticar.  Me resigno entonces a escribir cualquier cosa: un cruce entre desahogo y memo corporativo, un telegrama febril, una rabieta antipática pero inteligible, un carraspeo lanzado torpemente al mundo de la cibernia.  Que salga cualquier cosa, pensé, pienso; entramos luego y escribimos algo de seguimiento, más bonito, más sosegado, más intelectual.

Así que escribo.  Primero, para describir la cosa que enfrento aquí.  No se trata de la decisión de la tarifa fija – ni siquiera sé si esa decisión,la de otorgarle una tarifa fija de agua y luz a los que viven en residenciales públicos,  es buena, mala o irrelevante.  Probablemente, para ser honestos, en términos estrictamente económicos, es irrelevante. No lo sé.  Francamente, ni viene al caso.  Lo que me trae hoy a la ventanilla de editar una entrada en mi blog es la reacción popular a esa decisión.  Y ésta, señores, ha sido de miedo.  Los comentarios en los periódicos en línea chillan (sí, chillan, en chillonas mayúsculas) cosas acerca de esa “gentusa” (palabra que por cierto, muchos escribieron con ’s’), que “vive del cuento”, y que “no trabajan para vivir del gobierno y de los que pagamos contribuciones.”   Hablan de irse a vivir en un caserío como si de hecho quisieran hacerlo. Hablan de un futuro donde el gobierno les dará internet gratuito también.  Hablan de plasmas, antenas y piscinas en todos esos hogares que, si una no hubiera visto de cerca, tendría que imaginar como fabulosos palacios de cuento, con fuentes cristalinas y luces de discoteca.

Pero la peor parte no fueron los periódicos, no.  Allí de todos modos siempre hay cuatro locos chillones comentando las noticias groseramente, de hecho esta vez han estado quizás hasta más educados que de costumbre.  No, la peor parte fue facebook, espacio en donde me comunico con lectores de esta cosa, con amigos, con familiares, con antiguos compañeros. Allí, me cuenta un lector, José G. (que por cierto ha escrito algo muy bueno sobre este asunto y espero que lo publique en algún lado, pronto), y acabo de verificar con mis ojitos, hay un grupo con casi cuatro mil miembros que se llama “estoy harto de mantener los vagos en PR con mis contribuciones” y que se describe a sí mismo de la siguiente forma:

“Este site es para establecer un final proximo a todos los vagos en Puerto Rico que no trabajan y se la pasan esperando la GUIRA del “MANTENGO” gubernamental, sea cupunes, ayudas, etc, etc, etc. Son todos aquellos que se la pasan perdiendo el tiempo en la casa, jugando juegos electrinicos y esperando el cheque del gobierno con una barriga que parecen nenes de World-Vision. Los magnificos parasitos que nos tienen a Puerto Rico en la bancarrota por estar manteniendolos como peces de agua dulce en estanque.”

¿”Establecer un final próximo”? ¿Qué es eso y cómo proponen lograrlo? ¿Genocidio? No, quisiera pensar que lo que en realidad desean es que todos tengan empleos. Los comentarios que leí hoy (hay páginas y páginas de ellos) dicen cosas como (esto es sin censura, lo copio tal cual, aunque me mate la “z” de “abuzo”)… “sin palabra, indignacion total….. Quien piensa en mi, en la clase media. no lo puedo creer. QUE ABUZO. por Dios agamos algo que yo me apunto, esto no puede seguir, ya no mas.”, y se ensañan con especial furor con las “guimas mantenías” que según ellos se dedican a parir y parir con toda la mala intención de continuar “parasiteando”.  Dice uno” “En especial a las Guimas cuponeras de caserio, no saben mas que paril hijos y no trabajan esperando los cupones, jajajaj…”  Hasta la foto revela odio – una mujer sobrepeso, de espaldas, con algo pegado de la bata en el área del trasero.

Yo pago contribuciones, muchas, fiel, legal y consistentemente.  Y mucha luz, y mucha agua.  Pero con toda franqueza, no creo que el furor que este grupo de facebook tan orgullosamente, y con tanta resonancia, exhibe,  se trate de eso exactamente, no.  Como pagadora de contribuciones, a mí me indignan el estado de las carreteras, el deterioro del sistema público de educación, la ausencia de transportación colectiva, la ineficacia del sistema de salud, la escasez de parques y áreas verdes, en fin, me indigna que mis contribuciones no se traduzcan en una estructura de cosas que podemos llamar el bien común y que se refiere a las cosas que nos benefician a todos: urbes limpias, menos autos, más salud, mejor calidad de vida.

Pero no, no hay un grupo de facebook que inste a Fortuño a garantizarnos ninguna de esas cosas.  Lo que vociferan las voces indignadas es que los pobres tienen la culpa, que nos engañan, que nos explotan.  Y yo quisiera aclarar un par de cosas:

  • Los pobres no nos explotan.  Lo que el estado invierte en mantener a sus ciudadanos más vulnerables es una chavería en comparación con los subsidios que reciben otras entidades, corporaciones, casi todas, que pagan muy pocas contribuciones,  generan muchas ganancias, y definitivamente no viven en un apartamento diminuto con ventanas miami y ruido de tiros en la noche, como viven muchos en nuestros caseríos.
  • La imagen del residente de caserío que ríe sonoras y siniestras carcajadas y se frota las manos porque nosotros, los contribuyentes, le pagamos un estilo de vida que incluye piscina, cable, antena, internet, losa italiana, o lo que sea, es una fantasía, o en el peor de los casos, una excepción. La mayor parte de los residentes del caserío preferirían vivir en otra parte.  Otros quieren vivir ahí, esa es su comunidad, y trabajan duro, con pocos recursos, para mantener sus apartamentos lindos, ordenados, y para bregar con el discrimen cotidiano que su geografía les acarrea.  Muchos de ellos trabajan, muchos otros desean desesperadamente trabajar y no encuentran empleo.
  • Ese punto es crucial: En Puerto Rico, la tasa oficial de desempleo ronda el 15%, la extraoficial el 19%, y esto es sin contar el sub-empleo, el empleo a salario mínimo que no da para vivir, y otros desastres de nuestro panorama laboral.  Gritarle, indignado, al residente de caserío que “se vaya a trabajar” es, en este escenario económico, un absurdo, porque sabemos que no hay trabajo suficiente para todos los puertorriqueños, vivan donde vivan, y porque en el residencial hay mucha gente que sí trabaja – porque en este país, señores, se puede trabajar mucho, duro y bien, y seguir siendo pobre.  De hecho los caseríos, como los arrabales, favelas, y otros espacios, son una de las formas físicas que adquiere el fenómeno moderno (o post-moderno?) del exceso de mano de obra potencial en una economía que “prospera” aumentando ganancias para los accionistas pero que no la prosperidad para la gente.  Los pobres NO tienen al país en bancarrota, como dice el grupo de facebook, es al revés: Los pobres son la evidencia de la bancarrota del país.

Podría seguir.  Parte de mí querría seguir. Pero me dice mi pantalla que voy por las mil trescientas palabras y prometí crear un blog, no un culebrón ni un tratado.  Me gustaría hablar de las nociones ideológicas malsanas que se ocultan detrás de toda esta “indignación” contra el residente de caserío.  Me gustaría hablar de cómo el “odio” contra el “mantenido” pobre tal vez nos distrae del timo del mantenido rico (puede ver algo sobre eso en este post).  Me gustaría hablar de algunas de las personas que conozco, que son de caserío y/o viven en uno, y que no son ni vagos, ni mantenidos, ni parásitos, sino gente buena y trabajadora. Me gustaría explicar que a veces, el internet y la antena son la manera más eficaz de mantener a los nenes lejos del punto (puede leer algo sobre eso aquí) y que algunos padres y madres optan por tener esas cosas, con mucho sacrificio, porque no pueden sencillamente mandar a los nenes a correr bicicleta por ahí.   Me gustaría describir el tiempo que pasé viviendo en un caserío del área metro cuando niña, y decirles a todos esos y esas que en chillonas mayúsculas hoy declaran que se mudarían a un caserío para que “los mantengan” que yo lo dudo mucho, que no les creo, que ellos y ellas no quieren vivir allí ná.  Ni con tarifa fija, ni sin ella.  Sólo quieren descargar su indignación, porque saben que algo anda mal, y el pobre y el dependiente siempre han sido un blanco fácil.

Foto tomada de endi.com, sección dominical del La Revista de hoy.

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Melchor Jackson

michael-jackson-christmas-jumper-smallDe un tiempo a esta parte, Puerto Rico parecería haberse llenado de inflables.  De hecho hasta la palabra se ha vuelto coloquial, normalita, susceptible de mención sin necesidad de definición.  Los inflables son un poco como los billboards, esos carteles enormes que anuncian cosas.  Hace diez años, no había casi ninguno, ahora, están por todas partes.

Los puertorriqueños inflamos y acomodamos esos aparatos frente a nuestras casas para conmemorar cosas como Halloween y Pascua…pero especialmente, para conmemorar la Navidad.  Santa Closes barrigones, o personajes de Disney (Mickey, Pooh) vestidos como él; Duendes, venados, trineos; Muñecos de nieve; Y, tal vez en una onda más criolla y más tierna, Jesuses recien nacidos junto a sus papás.

nacimiento

Ayer, desde mi auto, ví un inflable de los Tres Reyes Magos.  Si lo veo de nuevo, le tomo una foto y la traigo al blog.  Estaban juntos, abrazados, alegres, sonrientes, celebratorios y….BLANCOS.  Los tres eran blancos.

“¿Y Melchor?”, le pregunté en voz alta a mis amigos imaginarios, un poco indignada.  ”¿Dónde está Melchor?  ¡Me han blanqueado a Melchor!  ¡O me lo han cambiado por un rey blanquito!”

Dice el antropólogo y sociólogo Chuco Quintero que la importancia y la negritud de Melchor radican probablemente en las particularidades de la historia del Caribe Hispanoparlante:

“Los sitios donde más se celebran los Reyes Magos son los lugares en los que hubo problemas étnicos relacionados a la colonia, como Cuba, Puerto Rico y la República Dominicana. Son figuras que tratan de apaciguar las tensiones sociales en torno a la diferencia.”

Resulta interesante, continúa Quintero, que en la tradición bíblica el rey negro sea Baltasar (y yo que siempre creí que Baltasar era el más barbudo), pero que en la nuestra sea Melchor, quien es también concebido como el más sabio-en una especie de sincretismo que sirve para aunar, mezclar y armonizar, y que se completa con el uso de caballos en lugar de camellos como modo de transporte para los Reyes Boricuas.

Los amigos imaginarios que pacientemente escuchan la articulación de mis pequeñas indignaciones cotidianas me respondieron que la blancura del Melchor  del inflable obedecía probablemente a consideraciones prácticas-tal vez, suspiraron, la homogeneidad del color hacía más simple la fabricación de la cosa.  O quizá los/las chinos/as que diseñaron y fabricaron el inflable para vendérselo a Walmart no conocen la tradición caribeña y no saben que para nosotros es importante que uno de los tres queridos personajes sea, por lo menos, marrón.  Y que preferiblemente tenga la barba rizada.

La antropóloga Isar Godreau ha descrito en varios trabajos académicos el proceso de blanqueamiento que caracteriza la historia de nuestro país – un blanqueamiento evidente en textos, discursos y prácticas, en el distanciamiento que siempre coloca al elemento negro en “otro” lugar (Loíza, Santo Domigo, África), en la asociación de lo negro con lo ignorante o supersticioso,  y en el mismo lenguaje cotidiano, fugitivo, ambiguo, cambiante y evasivo cuando de caracterizaciones “raciales” se trata y en el cual preferimos decir “trigueñito”, “indio”, y “moreno” y cambiamos de término según el contexto y el interlocutor.

Claro que los chinos/as que hicieron los reyes del inflable que provoca esta entrada no sabían  nada de eso.  Pero la ausencia de color en las caras de esos reyes de plástico me produce un rechazo visceral.  En una especie de simbólica cirugía estética que ni siquiera cuenta con las justificaciones médicas (por flojas que fuesen) del atormentado Michael Jackson, le extirpan la negritud a uno de los poquísimos espacios en donde ésta subsiste con alguna dosis de cariño, respeto, y aceptación, sin burla y sin asociaciones macabras.

Me dirá el lector que al final del día, la negritud de Melchor no es sino una concesión un poco boba a la negritud del país, y que peco de romanticona al nostalgiarlo.  Y tiene razón. Pero igual, cuando busque yerba para los caballos de los Reyes esta noche con mi hijo de cuatro años, la imagen que tendré en mi cabeza (y en la pantalla de la computadora) será la de un trío lo más oscuro posible.  Y será el sabio Melchor el que firme la tarjeta del regalo más deseado.

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Imagen tomada de: News Items Today, dic 2008

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Wilkins duerme desnudo, dije.

perfumeHace algún tiempo leí algo sobre lo cual quise escribir, pero no lo hice entonces.  Creo que estaba muy ocupada, que no tenía tiempo, que no tenía energía…  O que no sabía a ciencia cierta qué decir.  Quería decir ALGO, de seguro, pero ¿qué?

¿Qué decir de la noticia, en noviembre, que nos anuncia alegremente que pronto estaría disponible el perfume basado en el ADN de Michael Jackson?

Es una de esas noticias que simultáneamente importan poco e importan mucho.  Es una noticia basura, realmente. Una enorme tontería. Y a la vez, tremendamente significativa, reveladora.

Creo.

Veamos.  Por un lado, existen noticias como el incendio de CAPECO (o el derrame de la Exxon), la masacre de la Tómbola (o las de Darfur), la cumbre de Copenhagen (o la de Kyoto), Evo gana las elecciones (o Chávez, o Zapatero…) Esas noticias que sin reparos podemos llamar “importantes”, esas que nos sentimos orgullosos de saber o de querer saber porque nos marcan como personas preocupadas, ciudadanos cabales, seres pensantes.

Luego están las que definitivamente son basurita noticiosa, las que nos averguenza un poco seguir: Otra chica más que alega haber sido amante de Tiger Woods, la nueva cirugía plástica de MariPili, un divorcio, una gordura, una adicción….la vida público-privada de los famosos.

Tengo un recuerdo muy claro, clarísimo, de estar de niña parada frente a la caja registradora esperando que mi abuela terminase de pagar nuestra compra. Por alguna razón, los ojos de los niños quedan óptimamente ubicados frente a las Veas, las TeveGuías y los Jazmines de la vida.  De repente me doy vuelta y le anuncio a mi abuela, en esa voz alta que los niños reservan para las noticias más inapropiadas  ”Viejita, aquí dice que Wilkins duerme desnudo.”  Salí, o más bien me sacaron, por el brazo del escandalizado local.  Creo que casi se nos queda la compra allí. Y yo no estaba sino leyendo, inocentemente,  un “titular”. Y aclaro que no había nadie desnudo en la portada.

¿Se llaman “titulares” esas líneas que en portada nos indican quién duerme desnudo, quién se divorcia, o quién se acaba de transferir grasa de un glúteo a una batata-o viceversa?  ¿O solamente los llamamos titulares cuando son “noticias”? No lo sé.  Pero en cuanto me planteé la pregunta, aquí mismo, ahora, en “real time”, abrí la portada de la edición electrónica del Nuevo Día y el “titular” me  notifica que Madonna prefiere comprar zapatos a tener sexo.

Bueno, pero sigamos, que no es de Madonna ni de zapatos (ni de sexo) que se trata esta entrada en el blog.  Les decía que hay un perfume que está basado en el material genético de Michael Jackson, y que eso por alguna razón me produjo deseos de decir algo pero que no estaba muy segura de qué…Creo que es porque se trata de una de esas “noticias”, que contrario a la de CAPECO o la de la Tómbola no nos dice mucho, empíricamente, pero revela mucho, metafóricamente, si se quiere.

Cuando leí lo de Michael y el perfumito que nos permite acceder a una especie de “trocito” de él, recordé que hace mucho leí en alguna parte un relato del tipo novela histórica, espantoso y encantador,  sobre el tránsito del cadáver de San Juan de la Cruz (creo que era San Juan) de una comarca a otra para ser enterrado. Aparentemente el cuerpo comenzó el trayecto entero (con todos sus pelos, sus extremidades, su ropa, su rosario, usted me entiende) y llegó al otro lado un tanto…menoscabado, por llamarlo de alguna manera.  Le faltaban cabellos, uñas, dedos, pedazos de ropa, prendas, cantitos de carne…Y esto no era vandalismo – era un acto de adoración póstuma de sus fieles seguidores.

¿Será que en siglo 16 los santos eran como las celebridades de ahora? ¿Y si Madonna o Ricky Martin se mueren, y da la mala pata que nos dá por transportarlos en burro, lentamente, a través de los Estados Unidos, sin mucha vigilancia, llegarían enteros al otro lado?

Supongo que será la marca del fanático fiel, untarse el perfume ese. Es como arrancarle un pedacito a ese ser que es mortal pero nos supera. Mortal pero no exactamente humano.  Tal vez las celebridades ocupan la zona gris de Hércules, o Aquiles – son casi humanos.  San Juan por la fama de sus milagros, Michael por los milagros de su fama.

Y hablando de perfumes, ¿recuerdan esa escena en la novela “El Perfume”? Si no se la ha leído, hágalo.  Es maravillosa, espectacular, y horrenda.  No la arruino, por si la va a leer-sólo permítame aludir a un momento en donde tras obtener, criminalmente, la esencia perfecta, un hombre que no es capaz de despedir olor o peste alguna se unta el perfume ideal, se acerca a una multitud,  y es tan exitoso su aroma que…no, no choteo. Pero le adelanto que hay mordiscos. Muchos. Cariñosos, inevitables. Todo el mundo quería un cantito del deseado.

¿Se tratará de eso? ¿De tener un pedacito de Michael, de ese pobre ser atormentado? ¿Cuál será la audiencia del producto, el nicho del mercado? ¿Los fanáticos que quieran tener algo del ídolo en sí mismos, los morbosos que quieran ver a qué huele la esencia de un loco genial, los noveleros?

Recuerdo haber leído hace años otra novela.  No recuerdo como se llamaba.  En ella, una mujer enamorada decide comerse a su novio. La novela es bastante escueta en cuanto al asesinato se refiere – casi todas las páginas, si recuerdo bien, describen  la estrategia para preservar y consumir el gran cuerpo, y así preservar y consumar el gran amor.

Me imagino que cuando vea el cartel que me anuncia que la fragancia de Michael está disponible en el counter a mi izquierda, no la compraré. [Creo que tampoco le hubiera arrancado un dedo a San Juan de la Cruz.]  Pero probablemente me daré la vuelta, y con grandes ojos y en voz más alta de los debido miraré a mi esposo y le diré “Mira, mi vida, Michael tiene un perfume después de muerto. Lo hicieron con su ADN.”  Y tal vez mi abuela, desde alguna parte, suspirará y me sabrá incorregible.

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el asesino

asesinoHace un par de días quise escribir sobre Jorge Steven.  Hoy debo escribir sobre el hombre que confesó haberlo matado.

“Debo”, dije, no “quiero”.  Todavía tengo dificultades para mirar su foto en los periódicos, para leer sus alegatos de defensa propia y de lo que algunos llaman “pánico homosexual”.  Tengo dificultades hasta para nombrarlo. Para mí es “el asesino”.

Confieso que me cae mal, que me asusta su visaje, que me provocan desagrado su expresión, su mirada, su frente, su collar, sus manos esposadas…

Y por eso debo escribir. Porque me desagrada.   Todos estamos horrorizados.  Hasta los que emiten expresiones homofóbicas al hablar de la víctima,  como “que hacía ese muchacho allí”, o “se lo estaba buscando, con esa vida”, tienden de inmediato a conceder la monstruosidad del acto de…este otro tipo. Del que mató, decapitó, desmembró, y luego intentó quemar y ocultar a Steven.

Juan Antonio, se llama.

Juan Antonio nos desagrada por la misma razón por la que nos desagradan todos los que cometen actos monstruosos, impensables.  No simples asesinos con móviles ‘vulgares’ (léase, ‘económicos’) , sino aquellos asesinos cuyas acciones se nos antojan distantes de la naturaleza humana más básica, más fundamental.  Los parricidas, los infanticidas, los genocidas.  Pero bien han sugerido los estudiosos de esos fenómenos que además de condenarlos, debemos entenderlos, para poder prevenirlos.  Por más monstruosos que sean estos eventos, si existen y ocurren, es que son, por definición, posibles.

Dicen que Juan Antonio odia a los homosexuales.  Dicen también que él es homosexual; que si miren sus cejas, que qué hacía en esa zona, conocida por la presencia de travestis, que Steven y él se conocían, que por qué quemó el colchón….  Todo esto puede ser importante. Pero los que lo dicen para burlarse de Juan y de su defensa están errados, me parece.  “Acusarlo” de gay no debe ser el ángulo, porque “gay” no debe ser una acusación, sino un hecho reconocido, aceptado, sin tapujos ni falsas “tolerancias”.  No.

Si en efecto Juan Antonio era bisexual o gay, y además odiaba a los homosexuales, entonces la situación es aún más trágica.  ¿Por qué? Porque ilustra el poder asesino no sólo de Juan Antonio sino de la homofobia colectiva, aprendida, respirada desde siempre, que contribuyó a forjar a un asesino, a generar en él odio hacia sí mismo y hacia otros.

Reconocer, entender, estas cosas, ¿excusa a Juan Antonio? ¿Lo justifica ante los ojos de la ley?  No, mil veces no. Que se haga justicia.

Reconocer, entender, estas cosas, ¿es un paso necesario para eliminar, de una vez y por todas, las condiciones sociales que permiten que algo tan monstruoso como esto caiga dentro del rango de las posibilidades de comportamiento humano, que sea posible? Sí, mil veces sí. Que se discuta, se arroje luz, se construya conocimiento valiente.

Para combatir la homofobia, y cualquier otra forma de intolerancia y odio, hay que sacar las fuerzas necesarias para entender las rutas que la convierten en un modo dominante de pensar.

Aunque esto implique mirar un asesino a los ojos, y reconocer al monstruo como humano, y a la monstruosidad como posible.

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Parpadeando AM

  El programa de radio PARPADEANDO es una expresión radial de lo que hace el blog del mismo nombre:  Comentar eventos actuales, noticiosos y cotidianos, en Puerto Rico y fuera de él, prestándole atención a los contenidos del (mal)llamado “sentido común”, cuestionando lo  “normal” y lo “natural”, haciendo de lo familiar extraño y de lo extraño familiar.   Tiene aproximadamente una hora de duración (35 minutos sin anuncios, en su versión de “podcast”) y se divide en cuatro segmentos donde se atienden, cada lunes, 3 temas.
El programa del 9 de noviembre incluyó los siguientes temas:
En los titulares: El Dr. Ibarra le cede 17 cuerdas a los vecinos de Villas del Sol.  Excelentes noticias para la comunidad, que estaba asentada allí desde la década de los noventa pero que recientemente se vio amenazada, con nuevos bríos, por las órdenes de deshaucio de la administración actual. Felicitamos a Ibarra por tener el corazón bien puesto, y aprovechamos su gesto para mirar más a fondo el caso de esta comunidad-y lo que significa.
Entradas sobre el tema en PARPADEANDO, el blog: Dos países bajo el sol, regalo o justicia.
Lejos pero cerca: Dos ataques recientes con armas de fuego, uno en Orlando y otro en Texas.  En Orlando, un hombre entra al lugar de su antiguo empleo, matando una persona e hiriendo cinco más.  En Texas, un hombre mata 12 y hiere a 31 en Fort Hood, una base militar.  Una de las víctimas es puertorriqueña, uno de los victimarios también.  Este segmento enfatizó la importancia de entender cosas como la militarización, la guerra, y el desempleo a la hora de explicar actos que con demasiada frecuencia nos conformamos en tildar de “monstruosos” sin entender.  Si pasó, es por definición posible.
Entradas en PARPADEANDO sobre el tema de la guerra:  Capitalismo del Desastre 1 Río Revuelto.
En la blogosfera: Bloqueros y blogueras en Puerto Rico discuten la reciente directriz, firmada por Fortuño, para eliminar el título de Reserva Natural que la anterior administración le había otorgado, mediante orden ejecutiva, al Corredor Ecológico del Noreste, y en su lugar designarlo como área de Planificación Especial.
Algunos blogs mencionados en la discusión sobre qué son los blogs, y su importancia, a modo de ejemplo:Antrópico, Cargas y Descargas, Poder, Espacio y Ambiente, Poder 5.
Blogs con entradas recientes sobre el Corredor discutidos en el aire: Sin Mordazas, El Mundo de Luis Beltrán.

Parpadeando Image

Escuche el podcast…

 

El programa de radio PARPADEANDO es una expresión radial de lo que hace el blog del mismo nombre:  Comentar eventos actuales, noticiosos y cotidianos, en Puerto Rico y fuera de él, prestándole atención a los contenidos del (mal)llamado “sentido común”, cuestionando lo  “normal” y lo “natural”, haciendo de lo familiar extraño y de lo extraño familiar.  Tiene aproximadamente una hora de duración en su versión en vivo a través de WPRA990 (35 minutos sin anuncios, en su versión de “podcast” ) y se divide en cuatro segmentos donde se atienden, cada lunes, tres temas.

El programa del 9 de noviembre incluyó los siguientes temas:

  • En los titulares: El Dr. Ibarra le cede 17 cuerdas a los vecinos de Villas del Sol.  Excelentes noticias para la comunidad, que estaba asentada allí desde la década de los noventa pero que recientemente se vio amenazada, con nuevos bríos, por las órdenes de deshaucio de la administración actual. Felicitamos a Ibarra por tener el corazón bien puesto, y aprovechamos su gesto para mirar más a fondo el caso de esta comunidad-y lo que significa.  Entradas sobre el tema en PARPADEANDO, el blog: Dos países bajo el sol, Acto de justicia.
  • Lejos pero cerca: Dos ataques recientes con armas de fuego, uno en Orlando y otro en Texas.  En Orlando, un hombre entra al lugar de su antiguo empleo, matando una persona e hiriendo cinco más.  En Texas, un hombre mata 12 y hiere a 31 en Fort Hood, una base militar.  Una de las víctimas es puertorriqueña, uno de los victimarios también.  Este segmento enfatizó la importancia de entender cosas como la militarización, la guerra, y el desempleo a la hora de explicar actos que con demasiada frecuencia nos conformamos en tildar de “monstruosos” sin entender.  Si pasó, es por definición posible.  Entradas en PARPADEANDO sobre el tema de la guerra:  Capitalismo del Desastre 1 y Río Revuelto.
  • En la blogosfera: Bloqueros y blogueras en Puerto Rico discuten la reciente directriz, firmada por Fortuño, para eliminar el título de Reserva Natural que la anterior administración le había otorgado, mediante orden ejecutiva, al Corredor Ecológico del Noreste, y en su lugar designarlo como área de Planificación Especial.  Algunos blogs mencionados en la discusión sobre qué son los blogs, y su importancia, a modo de ejemplo: Antrópico, Cargas y Descargas, Poder, Espacio y Ambiente, Poder 5.  Blogs con entradas recientes sobre el Corredor discutidos en el aire: Sin Mordazas, El Mundo de Luis Beltrán.

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¿Regalo inesperado o acto de justicia?

800px-SunFromCloudsLa comunidad Villas del Sol recibió ayer buenas noticias.  El Dr. Ibarra, presidente del Colegio de Médicos Cirujanos de Puerto Rico, decidió pasarles 17 cuerdas de terreno que posee en Arecibo. La noticia me provoca una tremenda alegría, tanto por la comunidad como por el optimismo que provoca ver el gesto admirable del médico.

También me provoca algún desasosiego.  Primero, porque…lo que se le hace a un individuo con el corazón bien puesto relativamente fácil le resulte tan tremendamente difícil al estado.  Ese estado que debería proteger el bien común, una misión notoriamente difícil para los individuos y por ende depositada en las manos de los gobiernos, no lo hace-lo hacen individuos como Ibarra. Me produce miedo pensar que cosas frágiles como la naturaleza, la vivienda digna, y la salud, no sean protegidas por el estado, sino que dependan de la caridad de personas como el generoso médico.

(Vea por ejemplo las entradas recientes en la blogosfera (pulse aquí y aquí)  sobre la eliminación del título de “Reserva Natural” para el Corredor Ecológico del Noreste.  Vea en otro ejemplo la tranquilidad con la que tanto Santini como Fortuño le trastearon a los vecinos del caño Martín Peña su titularidad, o con la que hicieron caso omiso de los reclamos de acceso a agua potable para la comunidad Villas del Sol en plena epidemia de monga porcina. No, si es que es de miedo.)

Pero me conforta el hecho de que Ibarra no llamó a su gesto uno de “caridad”.  Ni siquiera lo llamó, como hace el Nuevo Día, “regalo”. La noticia de Prensa Asociada que apareció publicada en el Daily Sun cita al benefactor de los vecinos de la villa diciendo que es un acto de “justicia social”.  Ese fraseo me parece tanto más apropiado, y tanto más esperanzador…Ibarra parece estar consciente de que vivimos en una isla con dos países, uno que tiene y otro que no.  Y asume su espacio de privilegio con los ojos y el corazón abiertos.  Ojalá que nuestros gobernantes pudiesen hacer lo mismo.

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la culpa es de la culpa

cohdra_100_8703Un muchacho de diecisiete años, muerto. La muerte de alguien joven siempre es, o debe ser, una noticia especialmente mala. Sí, más que la de alguien mayor. Claro que sí.  La conjunción de muerte y jueventud nos deja con el sabor desagradable del destiempo, de la asincronía, de lo inapropiado, lo incompleto, lo injusto.  Pero si además de muerto, está baleado, con tres agujeros en el pecho y siete en la espalda…

Entonces es aún peor. Peor porque entonces la muerte va más allá del muchacho,  se multiplica.  Algo joven, vivo, lozano, está muerto en la psiquis colectiva de cualquier país donde un evento como este sea un suceso más o menos regular. ¿Quién lo mató? No digo al joven – encontrar a ese culpable le compete a la policía.  Me refiero a lo otro.  ¿Qué  es lo que nos mata la psiquis colectiva?  La respuesta completa es, por supuesto, compleja.  Pero mirando los titulares de hoy y de ayer, creo que tengo unas pistas.  Un pedacito del rompecabezas tristísimo del descalabro general.

Es la culpa.  Porque la culpa, al menos en el imaginario colectivo,  no es un sentimiento, no.  En lugar de ser la sensación individual que propulsa a algunos seres en dirección de la góndola de self help más cercana, la culpa en nuestra islita es como una pelota, simbólica y envenenada, que está siempre en circulación y que nadie cacha, nunca.  Fíjese, por ejemplo, en la reacción del secretario de Educación, que por teléfono y desde su país favorito le ripostó al reportero que le pidió una reacción:

La pregunta es ¿por qué el estudiante está fuera de la escuela en horas de clases, aunque fuera en hora de almuerzo?

Zás.  Le tiraron la bola de la culpa (o la responsabilidad), y rápidamente se la devolvió…al muerto.  Más adelante, tal vez consciente de la ironía anterior, lanza la envenenada pelota en dirección de la dirección escolar:  “Se supone que los directores los mantengan dentro de las escuelas hasta que sea la hora de salida”.

Resulta que esa escuela sale a las once.

Mientras tanto, el país reacciona a la nueva ronda de fracasos en las pruebas puertorriqueñas.  Los niños se nos han colgado otra vez.  Es culpa de los maestros, me dijo una vez un colega.  Es culpa de los niños,  me dijo una vez un maestro.  Es culpa de los padres, me dijo otro.  Es culpa de los maestros, me dijo un padre.  Los líderes sindicales de los maestros le dijeron a los reporteros que es culpa de las pruebas y de los secretarios que las mandaron a hacer mal, a propósito, para que los niños se cuelguen y ellos obtener fondos federales.

Las pruebas posiblemente tienen muchos defectos.  Los maestros y los estudiantes las odian, probablemente con razón. ¿Pero confeccionarlas a propósito para que los alumnos fracasen? Esa pelota sí que tiene veneno.

La literatura de autoayuda tiende a ver la culpa como un sentimiento que envenena el cuerpo del que la siente, y del cual hay que aprender a deshacerse. Tal vez tiene razón.  Pero tal vez, al menos en esto de la educación de nuestros jóvenes, apropiarse de la culpa y convertirla en acción concertada que resuelva lo que a todas luces es una situación desesperada, nos vendría bien…

Y mientras lanzamos la culpa de un actor al otro, el veneno se escurre, cae sobre los muchachos, que dejan de estudiar a razón de uno de cada dos, que se cuelgan no solamente en las pruebas sino en sus clases, tal vez en sus vidas, y que en los espacios de mayor pobreza y necesidad, aprenden cada vez menos.  En el país, mientras tanto, el desempleo crece, la oportunidad se encoge, y el futuro de los estudiantes se vuelve borroso.

Algunos hasta mueren de bala.

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todo por la belleza

brookeHace algunos días hablaba con mis estudiantes acerca de la paradoja de la belleza. La de cualquiera, pero especialmente la femenina.  Nos referimos al mito de la belleza, una noción acuñada por Naomi Wolf y que se refiere a la existencia de criterios de belleza poco realistas, reforzados por el mercadeo de cada vez más (y más caras, y más sofisticadas) rutas para alcanzar una belleza…inalcanzable.  Decíamos que es la imposibilidad misma de esa belleza lo que la vuelve poderosísima en términos de la mercantilización, porque abre espacios infinitos para la creación de productos que “ayuden” a las pobres mujeres, todas ellas inevitablemente  imperfectas, a acercarse a la meta.

Los ejemplos cotidianos del mito de la belleza abundan: Maniquíes insólitamente flacos, y sin rostro, nos espían desde los escaparates; las muestras que reciben las modelos para vestirse son de tamaño “cero”, un tamaño matemáticamente absurdo porque implica no pequeñez sino inexistencia; la alquimia de  unguentos milagrosos es una industria millonaria; y en un mundo donde los médicos escasean, las cirugías plásticas cosméticas son la orden del día.  La misma lógica mercantil post-industrial que nos atosiga de comida chatarra nos ofrece también el rímel,  la faja, el gimnasio y el fataché.

Poco después de la clase, una estudiante me envió un video que a pesar de ser en sí mismo una herramienta de mercadeo de una marca de productos particular, ilustra muy bien lo remoto que resulta este falso ideal de belleza:

El video es útil (gracias a Karla por compartirlo) porque muestra con claridad dos niveles de “falsificación” en esto de vendernos el mito de la belleza.  Primero, la modelo es maquillada, peinada, y arreglada hasta parecer otra.  Más adelante, su foto es manipulada hasta lograr una representación de la belleza que es todo excepto “natural”.

La modificación de una imagen usando photoshop (o su equivalente) implica la manipulación tanto de la imagen o foto como de las mentes vulnerables de consumidores potenciales. Otro tipo de manipulación, igualmente interesante, lo es el uso y modificación del arsenal médico para corregir “defectos” físicos según la moda.  Tratando de alcanzar lo inalcanzable, no solamente nos tostamos y pintamos el pelo y la piel, sino que le metemos cuchillo a párpados, narices, muslos, senos, batatas y panzas, unas veces para agrandar y otras para achicar.

Hace unos días me alertaron sobre la existencia de un producto que bota la bola; Latisse, se llama, y su portavoz Brooke Shields adorna este “post”.  Si usted no está contenta con el largo y densidad de sus pestañas, ya no tiene que pasar trabajo usando mascara, sino que puede untarse este líquido, que contiene a saber que químicos, en su párpado y voilá – pestañas gruesas y saludables.  Claro que puede enrojecer, irritar u oscurecer su piel, o causarle picor o conjuntivitis, y ni hablar de los efectos secundarios desconocidos en virtud de la premura con la que tenemos que lanzar todo fármaco al mercado, pero no importa. Todo sea por la belleza, y ahora hasta su doctor se apunta en esa gesta.

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sustentabilidad subterránea

dontitoLa sustentabilidad subterránea. Tal vez la había visto antes, en el patio o el balcón de algún pariente, en una mata de malanga cerca de la carretera, o un tiesto de materiales para sofrito en Syracuse, NY.  Pero hoy la ví de cerca, y quizá esta vez mostré mayor interés.  Hablamos mucho de la “economía subterránea”, para referirnos a actividades productivas y de intercambio (especialmente lo segundo) que ocurren fuera del radar y del tributo gubernamentales, pero yo quisiera proponer un término paralelo para algo que podría parecerse, pero es otra cosa.   Porque mira que los académicos hablamos de sustentabilidad…pero hay quienes la practican sin darle ese nombre, como parte normal de la vida, y en pleno desparramamiento urbano y suburbano.

Pero más cuento y menos análisis.  Hoy visité al amigo Don Tito.  Don Tito se llama en realidad Aquilino y creo que casi nadie le dice Don, excepto yo.  Lo llaman Tito.  Vino de la República hermana, disfrazado de susto, de noche, de agua salada, en una yola compartida, hace más de veinticinco años.  Vivió por ahí sin papeles, trabajando en cualquier cosa: cocina, jardín, plomería, tendiendo mesas y lavando platos, pintando casas.  Toda chiripa se le daba bien, y poco a poco se le ordenó la vida, se le legalizó la situación, y se construyó una rutina laboral “haciendo patios”.  Así lo conocí yo.  Fue a cortar la grama en casa un día,  y de paso sembró una palma y un par de matas de guineo.  “Para los nenes”, me dijo.

Pues resulta que frente a la casita de Don Tito hay una carretera, y que en esa carretera y en ese barrio, como en tantos otros barrios playeros en Puerto Rico, iban a construir un “proyecto”, es decir sembrar algún aparato de cemento (la antítesis misma de la sustentabilidad, posiblemente) para el disfrute ocasional de aquellos que poseen segundas viviendas.  Pero tal parece que los dueños enfrentaron problemas para obtener los permisos necesarios, y mientras esperaban (aún esperan), la basura se acumulaba en el terreno, que medirá  una media cuerda.  Se estaba convirtiendo en ese otro fenómeno boricua, el vertedero clandestino.

Cuando yo me aburro, leo y escribo.  Alguno se ríe – después de todo, el trabajo de un académico es mayormente ese, y es gracioso que también pueda ser su distracción.  Pero parece que en eso, Don Tito y yo nos parecemos – porque cuando el hombre quiere “entretenerse”, un vertedero clandestino no es más que un patio en potencia.  O mejor aún, un huerto.  En sus ratos libres, el hombre limpió el basurero, evaluando cada pieza, botando algunas y usando otras.  Alquiló una máquina, preparó el terreno, y lo sembró no de cemento sino de maíz, calabaza, frijol, habichuela negra, plátanos, quimbombó…

Entre los objetos descartados encontró sillas, pailas vacías, y superficies con las cuales fue amueblando el ranchito.   Mientras una multitud dominguera se arremolina en mueblerías y ferreterías para comprar, de paquetón, los objetos que le sirvan para poner lindos la casa y el patio, Don Tito hace belleza, esculpe paisaje, con objetos descartados en una franja de tierra próxima a desarrollarse, a la espera del cemento inexorable.  Es verdad que para apreciar la estética del ranchito y del huerto hay que hacer como cuando se entra a un cuarto oscuro: parpadear, acostumbrar la vista, hacer ajustes, esperar un poco.  Nuestro paladar, borracho de dulces, pasa trabajo para poder apreciar el gusto de una fruta.  Cuando, desde mi auto, intenté ver la siembra que Don Tito, orgulloso, me señalaba, al principio no la ví.

tala1

Pero contaba con mi guía, que me llevó primero a ver el maíz.  Mientras me mostraba la siembra puso dos mazorcas a asar en el mismo fuego de leña donde se cocinaba lentamente una enorme olla de carrucho, “para ahorrar gas”, me dijo.  De ahí pasamos a las abejas.  Sí, Don Tito ’siembra” abejas, y las consigue justamente en aquellos hogares de donde lo llaman para que las elimine.  Se las lleva con todo y reina, y las va acomodando por ahí, para hacer miel. Las abejas son “basura” para el otro, pero en el rincón de Don Tito no se pierde nada.

abejas

“No se asuste”, me decía, refiriéndose a las abejas dentro de un tronco próximo a nuestro comedor.  Yo sentía mas bien una especie de estupor, pero no se debía a las abejas, sino mas bien a lo lógico, bonito y ordenado que de repente resultaba todo.  Las sillas, las mesas, los escondrijos de las abejas y de las gallinas que estaban poniendo huevos y criando pollos por ahí, las abejas mismas, la leña de la fogata, todo era, antes, “basura”, maleza, plaga, estorbo.

Pedí permiso para tomar estas fotos. Devoré mi mazorca, que estaba lista, y deliciosa.  Me despedí de Don Tito, murmurando una promesa vaga de escribir algo sobre “sustentabilidad”.  “¿Sobre qué?”, me preguntaron sus ojos.  “Sobre su siembra, las abejas, y eso”, me corregí.

carrucho

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votar, comprar, pensar

Todos y todas lo hemos sentido: ese remordimiento tristón después de comprar algo.  Y con compras de todo tamaño, tan pequeñas como el nuevo sabor de jugo y tan grandes como el carro limón o la casa nueva.  Esa sensación de haberse equivocado, de que la compra no fue una buena idea.

La cosa es que no es por falta de reflexión necesariamente.  Aquí nos lo pensamos bastante antes de comprar – de hecho parecería que lo pensamos constantemente, que todo momento es un “antes de comprar” en potencia.  Especialmente si la compra es relativamente grande.  Pero para efectos de la comparación que queremos elaborar aquí, pongamos que se trata de una compra pequeña. Una lata de sopa, o un tv-dinner.

El estupendo sitio de Food for Real Life nos tiene las fotos-la que aparece en el anuncio, o en la caja, y la que le toman a la comida en la vida real. Veamos al tv-dinner. El anuncio lo proyecta abundante, colorido, crujiente y apetitoso, así:

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Claro que disimulando, nos ponemos a mirar la información de contenido calórico, vitaminas, sodio y demás, pero aceptémoslo: La decisión está tomada al momento de ver la foto. Los numeritos sirven para construir la narrativa con la que justificamos, no decidimos, la compra.

Al llegar a casa, sin embargo, nos encontramos con que tras seguir las instrucciones, lo que nos vamos a comer se ve así:

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¡Ajá!  Buyer’s remorse.  El mercadeo no nos ayuda a razonar, sino que existe para lograr precisamente lo contrario – meterle un by-pass a los procesos lógicos.  Si usted se pusiera a pensar mucho en los contenidos del tv-dinner, tendría que decidir que probablemente sale mejor comprando unos vegetalitos y un pedazo de pollo y cocinando usted mismo.  Pero para eso está la foto, y todo el aparato mercantil del que la foto es parte.

Otro tanto ocurre con los procesos políticos, donde la información fluye (o se esconde) según la misma lógica. Claro que queremos pensar que lo pensamos cuidadosamente, y para esos efectos se producen debates y programas de gobierno. De la misma forma que visitamos tres tiendas, leemos la información nutricional y estudiamos los shoppers antes de comprar algo, para sentir que tomamos una decisión cuidadosa, así también seguimos lo que dicen, hacen o se ponen los candidatos a través de la radio, la tele y los diarios.  Pero al final del día, los debates importan (y contienen) poco, y la imagen importa y contiene mucho. La imagen dice “soy joven y por ende traigo ideas nuevas y cambio real, vota por mí” de la misma forma que la foto de los primaverales fideos con vegetales nos dijo “¡soy bonito y saludable, cómeme!”.  Como el tv-dinner, nos ponemos a buscar información que nos permita justificar nuestra decisión, pero la decisión está tomada, y está basada en la imagen que vemos, los mensajes que contiene, y la manera en que estos resuenan o no con nuestras tendencias ideológicas.

Votamos como compramos: “Pensar”, en el sentido de la reflexión seria, tiene muy poco que ver.

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verde, interrumpido verde…

Trash Caminar o correr en un parque puede ser un poco más ineficiente, en términos del ejercicio, que tomar una clase o hacer un circuito en un gimnasio, pero lo prefiero.  No sé explicar bien por qué, pero hay un beneficio intangible, casi espiritual, cuando hacemos ejercicio al aire libre. Un no se qué, que tal vez tiene que ver con el color verde, con los pájaros, con la comunión entre ser humano y paisaje, con ver parejas de veinte años o y parejas de setenta años caminando juntas, con casi tropezar con algún infante en triciclo.  Es una experiencia de paisaje pero también de comunidad humana, un decir “estamos en esto juntos”, y un goce peculiar.

Esta mañana, mi parque fue también una fuente de tristeza y reflexión.  El parque que visito es un ínfimo pulmoncito verde en la cansada urbe mayagüezana,  con caminos maltrechos y fuentes vacías pero también con árboles verdes y viejitos caminantes.  En el minuto cuarto de mi caminata, casi tropiezo con el intruso.  La intrusa. Una bolsa de basura, tímidamente abierta, mostrando a medias un botín de alimentos descartados, objetos que pudiesen haber sido reciclados, y pedazos indefinibles de plástico. La acompañaba un perro realengo, esperanzado, juguetón, que exploraba delicadamente el contenido con su hocico.

Esta entrada, lector, no es un llamado a la higiene.  Bien sé que, como yo, escuchaste en innumerables ocasiones eslogans alusivos a la importancia de “mantener limpio a Puerto Rico”, fuiste conminado a “pitarle a la basura”, y te dijeron que “no ensucies a Puerto Rico”.  Todos esos son buenos consejos.  Pero creo que mi tristeza no era un asunto de limpieza.

No, se trataba de otra cosa.  Se trata de la mentalidad que permite que la limpieza propia esté de alguna manera predicada sobre ensuciar lo ajeno, lo de todos.  La basura que vi en el parque era la basura que estaba ahí para no estar ensuciando alguna casa, carro o negocio.  Alguien decidió limpiar SU espacio, y como resultado de ello, ensuciar el colectivo.

En Puerto Rico, aún en plena crisis económica, nos caracterizamos por ser una gente bastante limpia y pendiente del ornato-el de la casa, el del carro.  Los boricuas lavamos marquesinas compulsivamente, en un ritual dominical que para muchos es tan religioso como el de cualquier iglesia, y a manguerazo limpio.  Luego, sin apagarla, lavamos el carro porque no somos ningunos puercos.  La marquesina y el carro, así, brillan, pero ¿a costa de qué? A costa del uso excesivo del agua de TODOS.

Es la misma mentalidad que, en una escala muchísimo más destructiva, permite que una corporación produzca más millones para SUS accionistas, externalizando sus costos en el espacio, en el ambiente de TODOS.  O que un país gaste mucha más energía que otros, como es el caso de Estados Unidos.  O que estemos divididos, unos países de otros, en jerarquías que aunque a veces describimos como “desarrollados” vs. “sub-desarrollados”, igual podríamos definir como “productores de mucha basura” vs. “productores de mucha menos basura”.

De modo que en cierto modo, no se trata de limpieza.  De hecho nos vendría bien aprender a ensuciarnos un poco, retener la basura en el carro para no ensuciar la acera o la maleza, barrer la marquesina en lugar de sacar el polvorín a fuerza de cascadas, y botar la basura que en casa producimos ahí mismo, en casa – tras cuidadosamente separar todo aquello que nuestro primitivo pero existente programa de reciclaje nos permita reciclar.  Nos vendría bien controlar nuestra adicción a comprar objetos que se convierten en basura cada vez más rápidamente, y de hecho, ya que estamos en esas, nos vendría bien comer menos – comemos en exceso, con frecuencia utilizando recipientes y cubiertos desechables que se convierten de inmediato en …sí, basura.

No se trata tanto de limpieza como del bien común.

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casa tomada