Universidad para muchos
(publicado en El Nuevo Día electrónico, 3 de mayo de 2013)
Mis colegas y yo hemos estudiado la relación entre educación superior y pobreza en Puerto Rico desde el 2006. A raíz del trabajo comunitario y de la investigación con jóvenes y adultos en espacios económicamente desaventajados, podemos decir hoy que compartimos una meta, un norte académico y moral.
Creemos firmemente en que, por el bien del país y de sus individuos, más jóvenes puertorriqueños, y especialmente aquellos que vienen de los hogares más pobres, deben graduarse de la universidad. Es decir, nos parece urgente lograr que nuestros jóvenes más pobres, 1) estén mejor preparados para la universidad y más expuestos al rigor académico en sus escuelas, 2) soliciten y sean admitidos a la universidad que más les convenga, y 3) se gradúen de la universidad.
La reacción a este mensaje ha sido mixta. Ha habido mucho apoyo, resonancia y entusiasmo, pero también serias dudas, algunas de las cuales quiero atender.
Nos han dicho, por ejemplo: “Ya hay demasiada gente en las universidades y no hay suficiente empleo”. La crisis de empleos es real. Pero resulta dudoso plantear, como respuesta, que la gente se eduque menos o que los universitarios son “demasiados”. El censo indica que solamente cerca del 20% de la población cuenta con un grado de bachillerato, y casi el 34% de la población puertorriqueña mayor de 25 años no tiene un diploma de escuela superior.
Más dudosa todavía es la idea de que reducir la proporción de universitarios es bueno para la economía: el ingreso mediano de un graduado de escuela superior ronda los $11,000, mientras que el de un graduado de bachillerato se acerca a los $46,000. Peor aún: nuestros hallazgos demuestran que mientras más pobre un estudiante, menor es la probabilidad de que solicite, sea admitido y se gradúe de la universidad. Además, esto es especialmente cierto en los programas que ofrecen mayor movilidad social como las ciencias, la medicina y las ingenierías. Cabe preguntarse, cuando hablamos de “universidad para algunos”: ¿a quiénes estamos excluyendo?
Nos dicen también cosas como “aumentar el acceso a la universidad implica debilitar los currículos y devaluar el conocimiento universitario”. Eso no es ni cierto ni deseable. De lo que estamos hablando es de proveer oportunidades reales en las escuelas y universidades. Que los estudiantes aprendan más, no menos.
Dos universidades públicas californianas ilustran bien este concepto. En San Diego, la universidad trabaja directamente con distritos escolares de mucha pobreza, educando y apoyando a estudiantes, maestros y consejeros, y logrando que más estudiantes logren ser admitidos. En Northridge, la universidad invierte recursos humanos y económicos, incluyendo a sus mejores profesores, en cursos y programas remediales para los estudiantes admitidos con mayor necesidad académica, que (allá y acá) tienden a ser también los de mayor necesidad económica.
¿Nuestra realidad? No hay suficientes oportunidades académicas en nuestras escuelas. Casi el 80% de nuestros estudiantes asiste a escuela pública. En mi pueblo, por ejemplo, hay dos escuelas públicas superiores. En una de ellas, no hay currículo preparatorio (mal llamado “avanzado”). En la otra sí lo hay, pero está por lo general disponible solamente para una minoría (menos del 10%) del estudiantado.
Muchos estudiantes deciden, temprano en su vida, que la universidad y el conocimiento no son para ellos, y el País, a veces, parece hacerles eco. “Esos nenes no tienen interés”, es probablemente lo más doloroso (y frecuente) que nos ha tocado escuchar. “No quieren estudiar, no les interesa la universidad”.
Pero, como dicen mis colegas: poder es querer. Si alguien (o su hijo) nace en una circunstancia en la cual la motivación, la expectativa y la preparación para la universidad están presentes, resulta muy difícil que no se convierta en universitario. Lo inverso también es cierto.
Si queremos más “interés”, tenemos que convertir el desarrollo de ese interés y de la preparación académica que debe acompañarlo, en un proyecto de país.
Tal vez es nuestro proyecto más urgente.
Nota: El Centro Universitario para el Acceso ha estado realizando trabajo de investigación y alcance comunitario con esta meta desde el 2007. Este escrito está dedicado a sus investigadores actuales, Lissette Rolón y David González, y a su clase graduanda, que celebrará sus muchos logros el próximo sábado. CUA! CUA! CUA!
Para más información sobre el CUA, o para donar tiempo o recursos, favor de escribir a: centro.acceso@upr.edu, o visitar http://cua.uprm.edu.
a propósito del viernes negro, y del baúl: calabaza
Alguna vez leí una leyenda taína, tal vez apócrifa. Decía que el mundo había nacido de una gran calabaza, rota a consecuencia de la batalla fratricida de dos dioses hermanos, desparramada en baboso semillero para crear los animales, las plantas, los humanos…
La mañana (bueno, eran las once) de jalogüín me sorprendió en el mall. Uno de mis cachorros necesitaba camisas, otro pantalones, otra medias de colores para completar su disfraz para esta noche. Yo, como me pasa siempre en ese espacio, quería muchas cosas y a la vez ninguna, y al final me fui con las manos vacías porque mi salud mental era más importante que lo que fuere que “necesitaba”. Pero mis issues de consumidora ambivalente no vienen al caso, al menos no en este párrafo.
Lo que viene al caso es que el mall estaba lleno de niños y niñas disfrazados y disfrazadas, calabazas plásticas en mano, de tricortrí. Y en cada tienda eran recibidos no por sus vecinos habituales, si es que los tienen, sino por amables empleados de los comercios, bolsas de dulces también en mano. Era temprano, nadie estaba muy cansado todavía, todos sonreían.
Y es que estaban encantadores, los chicos. Especialmente los pequeños, que suelen enternecer bastante. Ví una abejita que no podía tener más de un año, en su coche, la madre a cargo de la calabaza. Un ninja de tres pies, tan amenazante como un peluche. Un iron man que aún no hablaba.
Por alguna razón, sin embargo, el tierno espectáculo me daba una de esas tristezas parpadeantes que suelen preceder un blog de estos. Yo soy muy escéptica cuando escucho alegatos del tipo “todo tiempo pasado fue mejor”, pero igual….igual se me ocurría que sí, que era mejor cuando salíamos por el vecindario, cuando algunos vecinos regalaban dulces y otros no, cuando los “dulces” eran todos distintos, y algunos hechos en casa, cuando algún vecino maceta se llevaba un huevazo en el balcón…
¡No, lector, no me juzgues! No condono el huevazo y hasta creo que (casi) nunca lancé uno. El punto está en la constelación de relaciones sociales que le sirve de marco al carnaval que hemos heredado de nuestro segundo conquistador. Por un lado, el vecindario, que para bien o para mal tiene cierto yo no se qué de gemeinschaft, de comunidad, de mundo pequeño más o menos ajeno (bueno, no seamos inocentes, nunca ajeno pero por lo menos un poco más distante) a la fría, friísima, amoral realidad de los mercados y por otro lado el MALL, representante por excelencia del mercado mismo, espacio en donde vamos a conocer todo lo que nos falta, todo lo que necesariamente nos hace incompletos, todo lo que nos susurra “cómprame, que si me compras, estarás mejor, estarás más feliz…”, una promesa falsa, por demás, porque lo finito del poder adquisitivo, en combinación con lo infinito del deseo por poseer y de las posibilidades de cosas para comprar nos condena, irremediablemente, a la insatisfacción…
Y entonces he ahí la tristeza que me visita mientras le sonrío a la abejita que dulcemente se duerme, ajena a los significados que mi mente inoportunamente pondera. Porque es terriblemente inoportuna, esa tristeza. Me pone en la incómoda posición de juzgar, silenciosamente, al prójimo adulto. Y rechazo el juicio, porque los entiendo. ¿Cómo no entender? ¿Así, como están las cosas, y con el calor que hace, no hace acaso todo el sentido del mundo llevar al nene a hacer su tricortrí a la seguridad y el aire acondicionado del mall? Igualmente razonable es comprar el disfraz, semi-desechable, de plástico o alguna fibra por el estilo en alguna tienda por departamentos, ignorando la voz interior que nos dice algo del chino o de la china o del chinito que seguramente lo cosió, de prisa y mal pagado, o del paisaje extranjero o local en donde se acumulan cientos, millares, millones de disfraces como esos, convertidos en basura casi irremediablemente y casi inmediatamente y contaminando el pobre planeta, pero que es lo único que hace sentido ponerse porque seamos serios, quién tiene tiempo para ponerse a coser? Yo de eso (de no saber coser y de haber comprado un disfraz de esos) soy tan culpable como cualquiera: economía doméstica fue mi única C en la escuela, para la gran verguenza de mi pobre abuela, que en paz descanse, y trabajo fuera de casa, con lo que el asunto de comprar disfraz vs hacerlo ni siquiera es una opción…
Pero igual hay tristeza, e igual opto por contaminarte un poco a tí, lector, con ella. Porque ese mundo de fantasía que es el mall y que crece, nutrido y a la vez mórbido, saludable y putrefacto, de los contenidos babosos de la gran calabaza que es el ciclo implacable de extracción, producción, consumo y desecho, ese mundo, me da tristeza, y compartir esa tristeza con el otro en el gemeinschaft virtual que me provee esta plataforma es, al menos, tan legítimo como una conversación sobre zapatos.
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clase social y acceso a la universidad pública, parte 2:mangós bajitos y violencia estructural

En la primera columna de esta serie el mes pasado, discutí la relación estadística entre clase social y acceso a la Universidad de Puerto Rico, utilizando para ello los datos de mi propio recinto, el RUM. También propuse que achicar la universidad afecta negativamente a los estudiantes pobres de manera desproporcionada. A juzgar por los comentarios dentro y fuera de este foro, creo que el hecho de que mientras más pobre es un estudiante, menor es su probabilidad, en términos generales (porque siempre hay excepciones y excepcionalidades) de solicitar, ser admitido, y graduarse de la UPR, es un asunto que intuitivamente conocemos como cierto.
La pregunta que surgió con mayor frecuencia tiene que ver con los orígenes (y por ende, indirectamente, con las soluciones posibles) de este fenómeno. Es decir: que sabemos que los pobres tienen menor acceso a la UPR. ¿Pero por qué? ¿Cómo pasa eso?
La respuesta cabal, sofisticada, completa, es complicada, y no la conozco del todo. Tiene que ver con los orígenes y consecuencias de la desigualdad socioeconómica aquí y en otras partes. Llevada a sus últimas consecuencias, esta conceptualización implicaría que para poder lidiar con el acceso diferencial a la UPR hay que primero lidiar con la pobreza. Que hay que solucionar los problemas de la pobreza y la desigualdad, para poder así atender el problema educativo.
Ahora bien: yo creo absolutamente en la urgencia de trabajar para reducir la desigualdad socioeconómica en Puerto Rico, y de hecho he hablado y escrito sobre ello anteriormente. Pero me parece que esperar por la erradicación de la pobreza/desigualdad para atender el problema del acceso diferencial a una educación de calidad es desacertado.
De hecho estoy convencida de que trabajar para ampliar el acceso a una educación pública de calidad para los sectores más pobres es una parte integral y urgente del proyecto más amplio de reducir la desigualdad y la pobreza.
Ese es mi contexto: Para trabajar con la pobreza y la desigualdad hay que trabajar con la educación. En la columna de hoy, quisiera atender algunos posibles “mangós bajitos” en ese proyecto.
¿A qué me refiero con “mangós bajitos”? Me refiero a problemas estructurales, visibles. No son necesariamente fáciles de atender, pero sí (contrario al cacareo constante sobre “valores” que favorecen algunos gobernantes) son aprehensibles, conceptualizables. Son visibles como parte del funcionamiento cotidiano de nuestras instituciones educativas (escuela y universidad) y también como momentos o eventos clave en las vidas de aquellxs que por razones que tienen que ver con su extracción de clase, no llegan a la Universidad o no se gradúan de ella. Son segmentos importantes en las rutas que la clase social impone y naturaliza sobre los seres humanos. Más importante aún, son directamente corregibles.
Hoy, en este espacio, quiero que pensemos en los obstáculos estructurales (y los mangós bajitos de sus soluciones) generados por lo que podríamos llamar la tiranía de la geografía y sus implicaciones.
Considere el caso de Juni, nacido y criado en un residencial público del área oeste. Juni era un estudiante de buenas notas en escuela intermedia, y era especialmente bueno con las matemáticas. De hecho, dice, “me encantaba la matemática.” Cuando llegó el momento (en noveno grado) de tomar decisiones sobre la escuela superior, y a partir de la información recibida de sus consejeros escolares, Juni se decidió por un currículo vocacional en electrónica. Terminó la escuela superior, se fue a trabajar a las atuneras, las atuneras cerraron eventualmente y desde entonces, Juni debe ganarse la vida (y mantener a su familia) chiripeando.
Juni es (o era) un mangó bajito. Un jovencito con sus notas y su inclinación académica, en otro entorno, en otra escuela, hubiera recibido consejos y opciones muy distintas. Lector de clase media o clase media alta que lee esto: Piense en un hijo suyo, que a los catorce años tuviese una descripción como la de Juni. Buenas notas, excelente en matemática. ¿Cuál es el paisaje académico, cuáles son las opciones de vida que enfrenta ese niño?
El problema estructural que conformó las (limitadísimas) opciones de Juni es, al menos en parte, un fenómeno geográfico. Su caserío es parte de un bloque que incluye cuatro residenciales (es como un pueblo dentro de otro pueblo) y los niños de todos esos residenciales asisten a la misma escuela intermedia. Llamémosla “A”. Esa escuela intermedia “A”, a su vez, está conectada (en inglés, es un “feeder school”) con una escuela superior particular-llamémosla “B”. El supuesto, la ruta natural, para los estudiantes de esos cuatro residenciales es asistir a la escuela intermedia “A”, y normalmente, los estudiantes de la escuela “A” terminan matriculados en la escuela superior “B.” Y en la escuela superior “B”, todos los programas son vocacionales.
La mayor parte de los programas vocacionales (no todos) conllevan un rigor reducido en los cursos concebidos como “académicos”: es decir, cosas como inglés, español, matemáticas. La mayor parte de los estudiantes en currículos vocacionales (de nuevo, no todos) no tiene acceso fácil a cursos avanzados, toman sólo dos años de matemáticas (saltando, por ejemplo, el curso de álgebra 2, un curso particularmente importante para el éxito en los exámenes de admisión a la universidad y en la universidad misma), y sólo dos años de ciencias.
La geografía de Juni, a sus catorce años, de entrada determinó de manera bastante fija sus posibilidades académicas, independientemente de su talento, potencial, o interés. Y no se trata solamente de los cursos a los cuales tuvo acceso. Hay otras cosas que ocurren de manera automática para los estudiantes en muchas escuelas privadas, o en los currículos más avanzados de las escuelas públicas, cosas que no ocurren para estudiantes como Juni. Recibir una solicitud a la UPR automáticamente, sin pedirla. Recibir una orientación sobre el college board, el examen de admisión a la U. Más sutil, pero no menos importante, recibir el mensaje cotidiano y subliminal que dice “la universidad existe, es una opción real, y si te aplicas, tú eres material universitario.”
Claro que hay maneras de salirse de esa ruta fija. Pero no es fácil, y requiere unas herramientas y un capital cultural particulares. Tome el caso de una mujer a quien llamaré Lisi, y de su hijo, a quien llamaré Luis. A Lisi le pasó lo mismo que a Juni, y terminó en un currículo vocacional de secretarial. Lisi es una mujer excepcional, inteligente, determinada. Cuando su hijo le dijo que quería ser ingeniero, Lisi estaba lista a ir hasta el fin del mundo para lograr que eso ocurriera. Pero al muchacho le tocaba, por geografía, la misma escuela vocacional a la cual asistieron Lisi y Juni. Lisi sabía lo que eso implicaba, así que visitó otra escuela pública del área, una que sí tenía los cursos avanzados a los cuales su hijo necesitaba acceso.
Allí le dijeron que no. “Esa no es la escuela que le toca”, fue la respuesta literal. “No es el destino que le toca”, es la implicación, casi el subtexto. Lisi explicó, pacientemente, que su hijo quería ir a la universidad y que necesitaba acceso al currículo preparatorio, no vocacional. “No le toca”, escuchó, una y otra vez. Enfrentaba la violencia estructural de la inequidad educativa, encarnada en una burocracia sorda e implacable. Lisi perdió la paciencia. Tal vez hasta alzó la voz. Habló de derechos civiles, de justicia, de querellas.
Logró matricular al muchacho. ¿Pero cuántos padres pobres tienen las herramientas, el conocimiento y el valor de Lisi?
Lo más común es que el estudiante se matricule en el currículo y la escuela que “le tocan”. Si llegan a la universidad, entran tomando cursos remediales por falta de preparación. Tiene mayores dificultades en sus cursos introductorios. Mayores dificultades en cursos introductorios se traducen en notas más bajas, y las notas más bajas, a su vez, en turnos de matrícula terribles al semestre siguiente.
Un turno de matrícula malo, en la universidad, se traduce a su vez con frecuencia en las peores clases, los peores horarios, los peores profesores. Más violencia estructural.
Eso le pasó a Sara, criada en otro residencial del área oeste. Nadie le habló de la universidad. El currículo (vocacional-”mercadeo”) en la escuela que “le tocaba” no la preparó bien. De todos modos, esta chica excepcional se enteró de la existencia de la UPR (leyendo el periódico), solicitó y entró. Una vez adentro, sin embargo, tuvo problemas en química y en matemáticas, materias nuevas para ella, que había tomado sólo dos años de ciencias (biología y ciencias terrestres) y dos de matemáticas (álgebra 1 y estadísticas.) Sacó malas notas. Tuvo un mal turno de matrícula el semestre siguiente. Horarios terribles, cursos fuera de su currículo, los peores maestros. Descorazonada, abandonó la universidad.
Sara perdió una oportunidad. Y el país perdió un talento. Un talento que desesperadamente necesita.
Hablamos mucho de la fuga de cerebros, pero hacemos poco por cultivar los cerebros locales. Hablamos mucho de la importancia de que los estudiantes desarrollen “interés” y se preparen, pero muy poco de las múltiples formas en que evitamos el desarrollo del interés y limitamos el acceso a la preparación.
—–
En resumen: Estamos hablando de un problema estructural, visible, corregible: Muchos de nuestros estudiantes de escuela pública son canalizados, por “default”, a escuelas y currículos en donde es menos probable que reciban información sobre la universidad y preparación para la universidad. Esto reduce sus probabilidades de solicitar, ser admitidos y, aún siendo admitidos, graduarse exitosamente de la universidad pública de Puerto Rico.
Estudiantes como Juni, Sara y Luis son mangós bajitos: A pesar de los obstáculos de la pobreza, han logrado ser buenos estudiantes con aspiraciones académicas. El sistema de educación pública, K-16, escuela y universidad, debería ser capaz de darles un mejor servicio. Por ejemplo: En las escuelas, hacer que el currículo preparatorio, los cursos avanzados, las solicitudes a la universidad y la información universitaria estén ampliamente disponibles en todas nuestras escuelas. Que el examen de admission a la Universidad pública sea gratuito y universal. En la universidad, invertir nuestros mejores profesores y recursos universitarios en los cursos introductorios y remediales. Entrenar mejor a los futuros maestros y consejeros. Re-pensar el actual sistema de turnos de matrícula.
Seguiré discutiendo este tema en una próxima columna. Por favor comparta conmigo sus preguntas y comentarios. Gracias por leer.
¿hacia una universidad más “pequeña y ágil”?
Publicado originalmente en 80grados.net, como la primera columna de una serie sobre el acceso a la educación superior pública en Puerto Rico.–Rima Brusi
La Universidad de Puerto Rico está rota, comentaba un conocido analista radial ayer miércoles en la tarde. Rompen el proyecto social más importante y exitoso del país, añadía, tal vez irreparablemente.
Se refería a eventos recientes y conocidos: La editorial de la UPR, ignorando la fila de manuscritos académicos sometidos y aprobados, decide publicar la propuesta política de Ricardo Rosselló; el Recinto de Ciencias Médicas decide ofrecerle una plaza especial, con “perks” y sin competencia, a este mismo joven, cuyo expediente es satisfactorio pero no extraordinario, como si se tratara de un candidato excepcional con propuestas millonarias y laboratorios establecidos; la legislatura le quita, en una mal llamada “permuta”, terrenos agrícolas a la UPR; la administración central y el Recinto de Mayagüez perdieron acceso a fondos presentes, aprobados y futuros de la National Science Foundation, por negligencia repetida (y tal vez corrupción) en el papeleo relativo a las compensaciones de los investigadores y a la relación entre esas compensaciones y el tiempo invertido; la pérdida de inversiones del plan de retiro, a causa de inversiones realizadas por los síndicos de la UPR a pesar de la oposición de la junta de retiro y del asesor financiero del plan. Podría seguir.
Claro que a esas afrentas frescas (“frescas” por lo recientes y por el desparpajo de sus perpetradores) habría que sumarles otras en el pasado no muy lejano: Los abundantes macanazos, golpes, gases y agresiones varias dirigidas al estudiantado que protestaba (y en ocasiones al que no protestaba también, y al que estaba allí parado nomás también, y a los papás y mamás que se metían en el medio, pues también); la designación de espacios limitados (y a veces distantes, cambiantes o invisibles) como las nuevas “zonas de expresión pública”, en detrimento del derecho democrático a la expresión; la ignorada mayúscula que los poderes administrativos le dieron a las propuestas alternativas de estudiantes y profesores para bregar con el problema fiscal de la universidad y reducir o evitar el alza en la matrícula. Podría seguir.
Cuando el atropello es mucho y seguidito, se nos reduce el ancho de banda. El atropello de hoy hace que un poco se nos olvide el de ayer, el atropello visible y descarado hace que se nos pase el estudio del menos obvio. De modo que quiero traer a la mesa otro asunto, otra ruptura, otro síntoma de la desintegración del proyecto social y cultural que es la UPR. Se trata de la cantidad y el perfil de los estudiantes.
En el 2009-2010, había en los once recintos de la UPR un total de 65,669 estudiantes. En el 2011-2012, el total se había reducido a unos 57,000.
¿Quién se queda fuera? No se habla mucho de eso. Pero hay razones para pensar que los que se quedan fuera tienden a ser los estudiantes más pobres.
Permítanme tomar a mi propio recinto (UPR-Mayaguez o RUM) como ejemplo. En el año 2008 entraron al RUM 2560 estudiantes. De estos, el 44% provenía de escuela privada, y el 56% de escuela pública. En el 2012,entraron 1,858 estudiantes, el 50% de ellos de escuela pública.
Pongamos esto en perspectiva: aproximadamente el 80% de los estudiantes de cuarto año de escuela superior en el país asiste a escuela pública. Ocho de cada diez. Pero en nuestro recinto los que vienen de la pública son cinco de cada diez, con una merma adicional de 6%.
Voy a graficar un poco la cosa para que esté más clara:
Cambios en clase entrante UPRM
¿Qué quiere decir esto? Un par de cosas: 1) que el perfil de los admitidos no se parece socioeconómicamente al del país, 2) que el número absoluto de admitidos se ha reducido considerablemente (27%) y 3) que junto con esa reducción, se ha agravado la diferencia entre los estudiantes de cuarto año y la clase entrante en el RUM.
Otro pedacito de evidencia, más micro, más anecdótico, tal vez más emocional: Hace algunos años, mi colega David González y yo comenzamos un trabajo de alcance en los residenciales públicos mayagüezanos, con la meta de aumentar el número de jóvenes en esos espacios que llegan al RUM. El primer año, fueron admitidos e ingresaron a la universidad seis. Al año siguiente, ocho. Al año siguiente, diez. ¿El año pasado? Uno.
Uno. Tome en cuenta que cerca del 12% de los jovencitos en edad universitaria en Mayagüez viven en residenciales públicos. Pero solamente 1 de 1,858 (0.0005%) entró al Recinto de la Universidad pública que le queda, en la mayor parte de dos casos, a una o dos millas de sus casas.
Ahora bien, no es la primera vez que presentamos (el “nosotros” se refiere al conjunto de profesores y estudiantes investigadores que creamos o laboramos en el Centro Universitario para el Acceso del RUM, que hoy lidera la colega Lissette Rolón) datos cualitativos y cuantitativos que demuestran y denuncian la exclusión estructural y simbólica de los sectores más pobres de la oportunidad educativa. Y a través de los años, hemos ido acumulando una lista de preguntas y reacciones frecuentes, que estaré atendiendo aquí y en la entrada que escribiré el mes que viene. Por ejemplo:
Pregunta frecuente #1: Esos datos son de Mayagüez, y Mayagüez es uno de los recintos más selectivos del sistema UPR. ¿Cómo sabemos que ese patrón de admisión desigual es un problema a nivel de sistema?
Respuesta: Hay evidencia que sugiere que ese es el caso, aunque ciertamente el sesgo es más pronunciado en el RUM y la Yupi. Pero sabemos que a nivel de país y a partir de los datos del PUMS 2008 (analizados por el Dr. Walter Díaz y disponibles aquí), la mediana de ingreso familiar de aquellos jóvenes matriculados en algún recinto de la UPR es de $32,379.00; en contraste, la mediana de ingreso de aquellos que están matriculados en una universidad privada es de $25,979.00, y la de los que no están matriculados en la universidad es de $15,600.00. Es decir, que con el aumento en ingreso familiar tiende a aumentar la posibilidad de acceso a la educación universitaria pública.
Hay asimismo varias razones para creer que la reducción en tamaño de la universidad afecta desproporcionadamente a los estudiantes menos acomodados. Sabemos, por ejemplo, que el índice de admisión (IGS) está fuertemente relacionado al ingreso familiar y a la extracción de clase de los estudiantes.1 Es decir, que a mayor ingreso familiar, mayor la probabilidad de que un estudiante sea admitido. Sabemos también que a mayor ingreso familiar es mayor la probabilidad de que un estudiante solicite a la UPR. Y finalmente, sabemos que la reducción de cupos tiene un impacto directo sobre el IGS de un programa: si aumenta el número de solicitantes relativo al cupo del programa, el IGS tiende también a subir.
El achicamiento de la universidad afecta a los más pobres aún siendo admitidos, por razones estructurales: A diferencia de sus contrapartes más acomodados, los estudiantes de escasos recursos dependen de la Beca Pell para pagar sus cursos. Para retener la beca necesitan matricular al menos doce créditos. Sin embargo, la reducción de cursos, lejos de aliviarse con la reducción del número total de estudiantes, parece estar peor que nunca. Si tengo chavos y me tengo que quedar con diez créditos, pues ni modo, los pago y me los quedo. Si no tengo chavos y logro matricular solamente diez créditos, los pierdo todos. Si logro los doce pero el cheque se atrasa y no me dan la prórroga, los pierdo también.
En fin: Que se rompe la universidad de muchos modos, últimamente. Y que uno de esos modos es lastimando, en nombre de la “universidad más pequeña y ágil” de la que hablaba Ygrí Rivera, la capacidad de la institución para atender la desigualdad social e impulsar la educación de los sectores más desaventajados. Reducir los cupos tiene ese efecto. Permitir que los políticos dispongan de las tierras y proyectos comunitarios de la universidad, también.
Al final del día, el ataque a la universidad tiene como telón de fondo otros ataques, otros choques. El más obvio de ellos es el político-partidista y el uso de la universidad como botín eleccionario. Pero hay otros choques ideológicos importantes que atender aquí. Uno de ellos es el de dos visiones de mundo que son no sólo distintas, sino enemigas: aquella donde predomina el falso moralismo, la solución superficial y la creencia en la superioridad moral del más que tiene; y aquella que privilegia la profundidad y que reconoce a la desigualdad como un problema grave y generador de otros problemas.
Para la primera, la UPR es un obstáculo y necesita empequeñecerse, orientarse más hacia las carreras y menos hacia la educación liberal/humanista, servir mayormente a la clase media alta y reclutar talento docente sólo en las filas del partido. Para la segunda, la UPR es un proyecto cultural, su función incluye pero va más allá del diploma y tiene el deber de conectarse con la realidad social del país.
Hay tela para cortar con este asunto. Muchas cosas sin decir, muchas cosas sin estudiar, mucho debate latente. Pero por algún lado hay que empezar.
Me he propuesto mantener estas columnas cerca de las mil doscientas palabras, de modo que dejo el resto para la próxima. En ella espero atender algunas “preguntas frecuentes” adicionales. ¿Tiene una pregunta? Déjemela aquí en los comentarios. Gracias por leer y hasta pronto.
maestro
Publicado previamente en la revista 80grados.
Gregorio sonríe, agarra un trozo de tiza, y escribe algo en la pizarra. Es una ecuación matemática. La explica a un paso calmo pero deliberado. De vez en cuando pausa, hace silencio, mira estudiantes a los ojos. Según va explicando, añade números, dibuja gráficas, y señala símbolos.
Luego lee en voz alta un problema verbal, e invita a los estudiantes a resolverlo utilizando las técnicas que acaba de ilustrar. Los más entusiastas o atrevidos gritan ideas e instrucciones desde sus asientos. Gregorio incorpora sus sugerencias, tanto las correctas como las erróneas, y sigue trabajando en la pizarra. Lenta y colectivamente maestro y estudiantes buscan, y eventualmente encuentran, la solución.
Un segundo problema, luego un tercero. Otros estudiantes van tomando valor. Las voces y consejos se multiplican. Gregorio comienza a invitarlos a pasar al frente, motivando especialmente a los más tímidos. Pronto hay un grupo nutrido de adolescentes pasándose la tiza unos a otros frente a la pizarra. Los demás continúan ofreciendo sugerencias, y en ocasiones bromeando, desde sus asientos. Gregorio se va alejando de la pizarra, y termina sentado con la audiencia.
Probablemente he visto salones de clase más animados y métodos más interesantes, o al menos más exóticos. He visto smart boards, clickers, proyectores. Pero el libreto –bastante tradicional– de Gregorio (algunos lo llaman el yo hago, nosotros hacemos, ustedes hacen) tiene algo especial. Es calmante y a la vez altamente efectivo. Funciona para Gregorio, porque se ajusta bien a sus recursos y a su personalidad. Funciona para sus estudiantes, porque aprenden.
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El miércoles, primero de agosto, escuché en la radio una entrevista que dos periodistas le hacían al secretario de educación de Puerto Rico. Le pedían cifras de deserción escolar en Puerto Rico. El hombre patinaba, gageaba, titubeaba y contestaba que obtener dichas cifras era, de momento, más o menos imposible. Citaba problemas de definición de la cosa, implementación de la cosa, comunicación y operacionalización de la cosa. Claro que este resumen mío no le hace justicia a la conversación circular, a la creciente frustración de los periodistas que aclaraban y refraseaban, inútilmente, sus preguntas, ante la incompetencia administrativa, representada por este señor y por otros burócratas de alto nivel, individuos en puestos cruciales para nuestro bienestar colectivo, destruye día a día las posibilidades educativas de los niños puertorriqueños.
Me pregunto por qué el secretario no hizo referencia a los datos del censo, que nos permiten estimar la proporción de personas en edad escolar que no asiste a la escuela, y sumarla a la de jóvenes de 18 a 24 años sin diploma de escuela superior. O a los datos oficiales del departamento federal sobre la isla, datos que están basados en los que su oficina en Puerto Rico reporta, datos que incluyen cosas como tasas de graduación de escuela superior. Ambos estimados son probablemente conservadores y subestiman la cantidad real de desertores, pero igual hubieran sido mejores que decir que no se sabe nada. ¿Se puede hacer algo, cuando no se sabe nada? ¿Será que este señor no confía en sus propios datos, en los datos que su equipo de trabajo le provee al departamento federal?1 Si es así, ¿qué está haciendo exactamente para mejorar la calidad de los mismos? ¿Será que prefiere ignorarlos, porque son trágicos? ¿O porque los desconoce?
¿Será que en el fondo, no le importa? Digo, porque el servicio público verdadero tiene que estar basado en el conocimiento, tiene que hacerse con los ojos abiertos. Si no sabemos, no podemos servir.
Supongo que fue escuchando esa entrevista que me puse a pensar en Gregorio y su salón de clases, seguramente para consolarme recordando a alguien lidiando de forma competente con la educación en el país. Losgregorios y las gregorias que día a día se las arreglan, en medio de nuestro revolú nacional, para facilitar, ampliar y promover el aprendizaje de nuestros estudiantes.
Pero me parece que aquí, en el salon de Gregorio, hay otra lección. Y es que frente a las abstracciones y platitudes que dominan el discurso sobre educación en Puerto Rico, nos vendría bien afianzar la discusión en lo concreto, lo cotidiano, lo empírico. En la experiencia diaria de los estudiantes, por ejemplo. En los datos que tenemos, y en los que deberíamos tener, y en cómo obtenerlos. En quién regresa y quién no a la escuela. En el contenido y efectividad de las lecciones. En la oferta académica a la que nuestros estudiantes tienen, o no, acceso. En los muchachos, en los directores, en los maestros, en los baños sin papel de inodoro y las escuelas sin datos de registro confiables y las oficinas de consejeros “académicos” empapeladas con propaganda del army y en los maestros sin la preparación y el desarrollo profesional responsable y atinado que necesitan para atender a una población infantil y juvenil más de lamitad de la cual vive en la pobreza y cuyos padres no tienen empleo.
Algún lector podría decirme que esas son las cosas en las que evidentemente uno se fija, que son obviedades. Pero no sé. Las campañas políticas, los seminarios para maestros, las clases de educación no hablan de asegurarse de que todos los baños tengan papel de inodoro, o de la importancia de que haya acceso a cursos avanzados en todas las escuelas superiores públicas de Puerto Rico, o de que sepamos, por fin, cuántos estudiantes han abandonado la escuela y a dónde se han ido. No. Las campañas nos dicen cosas como que “los valores cuentan.” Los seminarios hablan, y en términos bastante abstractos, de cosas como “ética”, y/o suelen ser impartidos por compañías de origen y capacidad dudosa. Los currículos universitarios para maestros en ciernes no atienden, en alguna profundidad y complejidad, el tema de la desigualdad y la pobreza, a pesar de que Puerto Rico es el territorio más desigual del país desarrollado másdesigual del mundo, a pesar de que la mayoría de nuestros estudiantesviven bajo el nivel de pobreza.
“Discutir y debatir ampliamente la definición de deserción escolar”, proponía el flamante secretario de educación en la radio. ¿Cuántas décadas llevamos discutiendo esto? ¿Qué tal ponernos a trabajar? ¿A contar, medir, observar, estudiar, modificar, en lugar de seguir sacando cosas como “valores” de la manga? Nos vendría bien que más administradores a todos los niveles, más consejeros, más maestros y más ciudadanos actuaran y pensaran como Gregorio, no como el secretario.
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Gregorio imparte cursos de matemáticas en una escuela superior en una zona urbana de Puerto Rico. Tres de cada cuatro estudiantes en esa escuela viven en hogares bajo el nivel de pobreza. En el vecindario donde ubica la escuela predominan los edificios de vivienda pública, las casitas dilapidadas y los apartamentos de bajo costo.
El estilo de enseñanza de Gregorio combina tres ingredientes que losestudios revelan como importantes en la enseñanza efectiva: persistencia, altas expectativas, y mejoramiento continuo. Los aplica dentro y fuera del aula. No hace mucho, por ejemplo, notó que uno de sus estudiantes de grado once había obtenido una puntuación particularmente alta en el examen diagnóstico que la escuela utiliza para ubicar estudiantes en el curso de matemáticas de ubicación avanzada (AP.) En su escuela, los únicos estudiantes con acceso a los cursos AP son los seniors, los que están ya en grado doce, pero Gregorio le preguntó al director si podía matricular a este estudiante. La respuesta fue negativa. “Solamente podemos costear un grupo de AP”, dijo el director. “No podemos dejar a un junior entrar, cuando sabemos que hay muchos seniors que se están quedando sin tomar el curso.”
El director estaba genuinamente preocupado por un problema de financiamiento: la escuela no podía pagar maestros que impartieran cursos adicionales de AP. Gregorio no protestó: en el salón y fuera de él, se trata de una de esas personas que evitan la confrontación inmediata. Prefiere una terquedad gentil pero implacable. Se puso a pensar sobre el asunto y en sus posibles soluciones. Como la mayoría de los estudiantes estaban matriculados en una matemática de menor nivel, Gregorio propuso reducir la puntuación requerida en el diagnóstico para entrar al curso de AP. Esto reduciría a su vez la demanda por el curso menos riguroso y Gregorio quedaría no con uno sino con tres grupos de AP. Admitiría a más seniors, y al junior que estaba listo para tomar el curso. Todo ello sin gastos adicionales para la escuela.
La reacción inicial del director fue la predecible. “Es una barbaridad”, dijo. Los colegas maestros de Gregorio se mostraron escépticos. “No pasarán el examen de AP”, dijo una maestra, molesta. “Gregorio les está dando falsas esperanzas a esos muchachos.”
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“Falsas esperanzas”. Es una de esas frases que escucho con frecuencia, cuando de ampliar las oportunidades educativas de los estudiantes más pobres se trata. Cuando hablamos de más universidad para los pobres, por ejemplo, alguien sale siempre acusando a una de inculcar “falsas esperanzas” o de “no ser realista.” Parecería que en nuestro país, la educación de los pobres siempre se tiene que enmarcar en lo “vocacional”, o en lo “especial” para hacer sentido. Nunca en lo “avanzado” o en “la universidad”. Pero volvamos a Gregorio.
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Para Gregorio, el camino estaba claro. “Tendré que repensar, rediseñar la clase”, me dijo. “Pero no me molesta hacerlo, de hecho es algo que hago todo el tiempo… Además, creo que muchos estudiantes son capaces de aprender este material.”
El director se resistió por una semana, pero finalmente autorizó los tres grupos de matemática avanzada, y cruzó los dedos.
No fue fácil, pero Gregorio no se rinde. Cuando notaba que sus estudiantes se rezagaban, les daba lecciones adicionales los sábados. Los veía y practicaba problemas con ellos en la mañana antes de la escuela, durante el almuerzo, y después de la escuela. Siempre estaba dispuesto a ir atrás y reforzar material de grados previos en clase: fracciones, por ejemplo. Exponentes. Álgebra básica. Pero al mismo tiempo comunicaba, consistentemente, expectativas académicas altas.
“En esa clase tenías definitivamente la sensación de que no era una clase que tú sencillamente tomas, o que sencillamente pasas…Ésta era una clase en donde tú aprendes”, me dijo un estudiante unos meses más tarde. “Se respiraba una expectativa de que trabajaras a cierto nivel.”
En lugar de falsas esperanzas, Gregorio le estaba dando a esos estudiantes unas destrezas matemáticas muy reales.
De hecho, casi todos ellos pasaron el examen de AP, algunos con notas muy altas.
Una sonrisa enorme iluminaba el rostro generalmente taciturno de Gregorio cuando me dio la noticia. Lo felicité, y enrojeció.
“Lo hicieron muy bien, los estudiantes” me contestó en voz baja, mirándose el zapato. Luego añadió, un poco más alto: “Yo sabía que ellos sí podían.”
Gracias, maestro.
PrintGobierno desahuciado
Por: Lissette Rolón Collazo
Depto. de Humanidades y Centro Universitario de Acceso (CUA), UPRM
En los últimos tiempos, en Puerto Rico y en buena parte del globo, una se pregunta si las cosas se pueden poner peor y rápidamente se contesta, tristemente, sí, desde luego se pueden poner mucho peor. Entonces, recuerdo una máxima de mi hermana y de tantas mujeres sabias que prefieren anticiparse e imponerse a la desgracia antes que dejarse vencer. Para las personas que viven en residenciales públicos de Puerto Rico esa máxima suele ser el pan nuestro de cada día porque las cosas no mejoran pese a esfuerzos comprometidos y bien intencionados.
De ese nubarrón nos hemos inundado en las últimas semanas. Un reportaje en El Nuevo Día y sus secuelas ha levantado un avispero desenfocado. El aspirante a Director de la Junta de la AEE y el de la AAA amenazaron con cortarle los servicios a los residentes por su morosidad o incumplimiento de pago. Afortunadamente, este gobierno cuenta con un Secretario de la Vivienda con miras más amplias que las de sus colegas y de inmediato solicitó una reunión para establecer un plan. Menos mal que el Gobernador tuvo un instante de lucidez y advirtió que la medida de desalojar a los que no paguen puede causar una crisis social. Qué bueno que asomó la pesadilla aunque fuera por segundos.
El balance es que aquellxs que no nos habíamos enterado, aprendimos que la Ley 69 –Justicia Tarifaria de Utilidades para Residenciales Públicos– aprobada en noviembre de 2009 fue algo más que una medida politiquera. La misma perseguía atajar la morosidad y desarrollar estrategias para conseguir que los residentes cumplieran con un requisito federal de Vivienda Pública: pagar sus servicios de luz y agua. También nos enteramos que, pese a todo, en tres años los residentes deben 12.5 millones a la AAA y 29.9 a la AEE respectivamente. Ante tal iluminación, hubo muchxs que tomaron la piedra porque están cansadxs de ser lxs que pagan, porque cada vez están más estranguladxs por un gobierno incapaz y una crisis económica mundial. La soga, una vez más, partió por lo más débil y las personas que viven en caseríos se convirtieron en el chivo expiatorio de la frustración de otrxs.
Señoras y señores indignadxs con piedra en mano, esas comunidades no son el enemigo ni el problema de esas agencias y mucho menos la causa de esta crisis. Ellas constituyen, desde los avances del plan de desarrollo de Muñoz a mediados de siglo pasado, el área más fina de la soga. Ellas son la memoria de una pobreza que se arrinconó, se pintó y se resguardó en edificaciones de cemento. Ellas nos recuerdan que para que se diera la magia del desarrollismo hubo que fabricar un estado de bienestar social que, no obstante, estuvo quebrado desde sus orígenes. Ellas y lxs que importamos al Norte son el recuerdo de un país colonizado y pobre que aspiró a un pacto entre iguales y terminó siendo un segundón de tercera. Ellas son la memoria y el presente de una pobreza que Puerto Rico no puede mirar a los ojos sin sentir culpa y rubor precisamente porque imaginamos que dejamos de ser pobres hace décadas.
Algún listo podría decirme: ¡pues que se vayan a trabajar! Y yo le contestaría, muchxs lo hacen ya, pero lxs más desbordarían las oficinas de desempleo y dispararían las estadísticas más allá de lo razonable para cualquier agencia crediticia global. En otras palabras, sale más barato asistirlxs que tenerlxs como ciudadanxs activxs en el mercado laboral. Si no me lo creen, pregúntenle a la economista de su preferencia.
Las comunidades de los residenciales públicos son poblaciones complejas en las que hay gente que paga y gente que no, gente que trabaja y gente que no, gente que estudia y gente que no, gente que sueña y gente que hace (o no) muchas otras cosas. Como podría explicarlo cualquier sociólogo o planificador, esas comunidades no son el problema. Si quisiera, hasta el Gobernador podría explicarlo.
El problema está en muchos otros sitios, pero por esta vez quiero apuntar sólo a uno: el propio gobierno. Según el Informe Anual sobre el Estado de la Propiedad Eléctrica de la AEE (Informe número 38, junio de 2011), al final del año fiscal 2011 la AEE tenía sin cobrar $1,184.1 millones, de los cuales $ 409.1 son adeudados por el gobierno. A continuación algunos de los deudores principales:
Autoridad de los Puertos: $55.3 millones
AAA: $49.6 millones
Tren Urbano: $20.8 millones
Autoridad de Edificios Públicos: $18.6 millones
Administración de Servicios Médicos: $13.6 millones
Gobierno central y sus agencias: $54.2 millones
Invito a lxs ciudadanxs indignadxs con las personas de residenciales públicos que redirijan su rabia y justa frustración a las agencias mencionadas y al propio gobierno. Le pregunto a los directivos de la AEE y de la AAA, ¿por qué no desahucian al Gobierno de Puerto Rico? ¿Por qué no nos liberan de su nubarrón de fatalidad y desatino? Quizá nos alumbre una mejor primavera después del colapso.
el PAN nuestro
Por lo general leo y disfruto la columna dominical de Mayra Montero. La de hoy, sin embargo, me inquieta. En ella la autora trata el tema (escabroso e inquietante por demás) de la reacción iracunda de muchos ante la posibilidad de perder el 25% de la asignación del PAN que puede usarse en efectivo, e invertir (o gastar, que los verbos y las moralidades que los verbos arrastran están siempre presentes en toda esta discusión, no lo olvidemos) en pañales, lotería, papel de inodoro, cigarrillos, gasolina…
Tiene probablemente razón, la autora, cuando sugiere que es más deseable aceptar el uso totalmente alimentario de los fondos y aumentar el presupuesto total del programa, que mantener el bendito 25% de cash por el que claman dueños de gasolineras y farmacias varios y perder la posibilidad de participar en el programa a la usanza de los 50 estados de la unión. Tiene también razón, qué tristeza, cuando denuncia el populismo de los políticos del patio y las motivaciones turbias de los que reconocen el dudoso “derecho al cash” del pobre puertorriqueño. Después de todo dice, de nuevo con razón, el programa fue diseñado para alimentos, no para otra cosa.
Lo que a mí me inquieta es un no se qué de subtexto en el lenguaje elegido, en la acusación dirigida al que protesta. “No voy a entrar en la especulación sobre lo que se gastan algunos en lotería electrónica, cigarrillos o alcohol.” dice Montero, pero ya entró, inevitablemente, donde siempre acabamos entrando cuando hablamos del PAN y la pobreza en Puerto Rico. Y añade: “Lo grave aquí es la mentalidad de una buena parte de las 640,000 familias que reciben el PAN, y cuyos niños y jóvenes van creciendo en un mundo vegetativo, persuadidos de que esa tarjetita sirve para comprar comida, sí, pero también para que el padre o la madre los complazcan en algún capricho….Protesta todo el mundo, hasta el dueño de una gasolinera, porque se da por sentado que esa cuarta parte es para gasolina.”
Voy a tratar de explicarme aquí, aunque sé que probablemente levantaré ronchas, que me caerán chinches, que se aparecerán algunos troles, y otros gajes del oficio bloguero. La mentalidad que denuncia Montero (y que denunciamos muchos y muchas cada vez que pasamos frente a un caserío y bufamos “mira pa’llá, todas esas antenas, todos esos carros”) se le atribuye con frecuencia a los pobres del país, pero rara vez se reconoce que no es exclusiva de los pobres. Ni siquiera, francamente, es especialmente más frecuente o dañina en el pobre que en el rico. [De hecho, podríamos argumentar que el capricho del rico, o especialmente del mega-rico, es más dañino porque resulta en daños en escala global, pero esa es otra historia y otro tema.] El “capricho” del niño pobre que ha crecido pensando que “merece” un celular o una caja de chicles no es distinto, moralmente, del capricho del niño de clase media o rico que ha crecido pensando lo mismo. La diferencia estriba en la capacidad adquisitiva de los padres, con lo que la acusación a los beneficiarios del PAN puede convertirse, en este discurso, en una acusación de “parejería”.
Es más: el auto-engaño de ese niño que piensa que merece su juguete no es muy distinto del engaño de un país pobre que piensa que se merece un Nordstrom.
Más preocupante me resulta la aparente dicotomía necesario-innecesario que suele producirse cuando se habla de alimentos-no alimentos en este contexto. Montero dice que el papel toalla es un lujo. Puede ser. Ciertamente que una toallita reusable es mejor para el bolsillo y para el ambiente. ¿Pero y qué tal el papel de inodoro? ¿Debo pensar que eso es un lujo también? ¿Qué tal los pañales? Vayamos más lejos: El celular era un lujo cuando había teléfonos públicos disponibles en la calle. Pero ¿cuándo fue la última vez que usted vio un teléfono público funcional en la calle? Son una reliquia, una antigüedad.
De nuevo, ciertamente que la idea del PAN son los alimentos, y que los políticos de la isla necesitan enfrentar la indignación de la plebe y hacer lo que tienen que hacer. Pero…pero…estudiémonos. Pensémonos. Somos un país con unas desigualdades tremendas, un país en donde el mensaje del paisaje es compra compra compra ten ten ten posee posee posee, donde el consumo es el camino más evidente a la valía y en donde las rutas concretas, legítimas, para tener el dinero que el consumo requiere son pocas, y no alcanzan para todos. Dice Montero que lo grave es la mentalidad de las familias del PAN, pero creo que lo grave es que nos constituimos, desde pequeñitos, en sujetos que se definen por lo que consumen y que para una buena parte de los puertorriqueños, las únicas rutas a ese consumo son el mantengo y la economía informal. Y esa mentalidad, aceptémoslo, es colectiva y la tenemos que trabajar colectivamente. No es algo que hay que “decirles” a los pobres (a quienes, dice Montero, “nadie les ha dicho” que el PAN es para comida) sino que tenemos que decirnos todos a todos, y pronto, porque se nos hunde el país, señores, se nos hunde, y no hay Nordstrom que nos salve.
yerbabuena
Esta mañana, mientras tomaba mi café, miré el jardín, con la intención de regodearme un poco en la dicha cotidiana de su belleza pequeña, marrón tierra y hoja roja, pájaros y ardillas grises, verde que se acaba, menoscabado por un invierno incipiente pero igual, y a su manera, hermoso. El tren del pensamiento (que cosa, no es cierto? el cerebro humano, detenga el tren ese cualquier día, en cualquier momento, y siempre aparecen sorpresas, con un poco de suerte una las agarra y las escribe, o al menos las piensa en algún detalle, pero el tren y su maravilla siguen…) el tren del pensamiento, decía, fluye, se desboca y desemboca, en cuestión de micro segundos, en la imagen inquietante de los estudiantes en la Universidad de California, Davis, sentados, cabizbajos, valientes, rociados con gas pimienta por un guardia cuya caricatura infame le ha dado la vuelta al mundo.

Detuve el tren para examinar la conexión más de cerca. Es bastante clara, y de hecho creo que hasta la leí en alguna columna o comentario, cuando ocurrieron los eventos en Davis. El individuo que agrede a los estudiantes tiene el ademán de un jardinero que rocía malas yerbas en un jardín para proteger alguna otra cosa, que asume como mejor o más valiosa, de la amenaza que plantean la propagación y la raíz.
Estiro un poco la metáfora (ya en ese momento el tren quiere partir, a alguna otra parte, tal vez hacia un café, y hacia otro tema, pero no lo dejo, porque hay que ponerle un poco de orden y disciplina al cerebro) y se me ocurre la pregunta obvia. Si la juventud que protesta es la mala yerba, ¿cuál es la yerba buena, la que el gas pimienta pretende proteger? Un profesor de Davis escribió en el Huffington Post no hace mucho que esos chicos sentados representaban lo mejor de lo mejor, en términos de logro académico y creatividad.
En el espacio de una universidad, las malas yerbas son distintas, que no se eliminan con gas pimienta sino con trabajo arduo y del bueno, y todas ellas nacen de la pereza intelectual: Son cosas como el descuido, la chapucería, el plagio y la indiferencia que aquejan a muchos profesores, empleados y estudiantes.
La disidencia no es una mala yerba.
¿O tal vez sí? Mi hermano menor, que trabajó como jardinero y arborista mientras estudiaba su bachillerato, me contaba de un jardín particular, en una mansión boricua, en donde sus instrucciones incluían una que lo dejaba, cada vez, un poco perplejo: Había que arrancar, una por una, unas pequeñas flores amarillas definidas como “malas”, para dejar crecer a otras flores, también pequeñas y también amarillas. La diferencia entre matojo y flor quedaba así definida no tanto por la naturaleza del uno o de la otra como por el capricho estético del dueño del jardín. Las ideas de “belleza” y “bondad” en ese ámbito botánico están atadas así a las nociones como “valor” y “exclusividad” que rigen el ámbito del consumo y que le permiten a la boutique separarse de la mega tienda, y a ésta última del colmado.
Así devuelto al Puerto Rico mío por la ruta de los jardines y las flores de nuestro propio y criollísimo uno porciento, el tren de mi pensamiento me entrega otra imagen, tan parecida y a la vez tan distinta de la del guardia barrigón que rocía estudiantes en Davis. Es la imagen del guardia musculoso que le grita, y de paso le escupe, a una estudiante asustada. El emblema en su camisa se burla de mí con un “servir y proteger”.

Todos ellos (y ellas) jardineros embrutecidos con órdenes de arrancar, a como de lugar, minúsculas y hermosas flores amarillas. Algunos las llamarán malas yerbas. Otros decimos ‘que vivan los estudiantes.’

Educación, desigualdad, e indiferencia
Michael, Julio, Sara y David tienen varias cosas en común. Los cuatro nacieron y se criaron en residenciales públicos del área oeste. Los cuatro tenían excelentes notas en escuela intermedia. Los cuatro ilustran la relación estrecha que existe entre educación y desigualdad social en Puerto Rico.
La historia de Michael contiene una abuela cariñosa, una madre ausente, y varios muertos: El tío, de un tiro en la cabeza, la tía, de SIDA. Michael se describe a sí mismo en esos años como “un chamaquito sinvergüenza pero de buenas notas.” Dejó la escuela porque vender drogas le tomaba mucho tiempo y no quería “dañar” esas notas. Ahora, a los treinta y tantos y después de pasar varios años en instituciones carcelarias juveniles, vive en el residencial, trabaja como barbero en la economía informal, y teme por el futuro de sus propios hijos.
Supongo que podríamos decir que fue culpa de Michael, de su madre, o del narcotráfico. Pero piénselo un momento; aquí hay también una indiferencia social e institucional fenomenal. Un nene de doce o trece años y buenas notas se nos va de la escuela, se mete en el punto, y no pasa nada. Su partida no es percibida como un escándalo, sino como una cosa natural.
Esa resignación general se refleja hasta en el modo en que recogemos (o mas bien no recogemos) los datos relativos al problema. Las estadísticas de deserción escolar son incompletas y confusas. Algunos estiman que sobre la mitad de los jóvenes que comienza la escuela en Puerto Rico no se gradúa. El Censo del 2010 indica que el 17% de la población entre los 18 y los 24 años no tiene diploma de escuela superior. Considerando que muchos diplomas se obtienen a través de mecanismos no tradicionales, la deserción es con seguridad más alta.
Julio no desertó. Tras graduarse con honores de escuela intermedia, pasó a una superior vocacional porque ahí es donde siempre iban, y siempre van, los nenes de su escuela intermedia. Lo que no sería un problema, si nuestros currículos vocacionales tuvieran el rigor académico suficiente como para no afectar las posibilidades universitarias de los muchachos. Pero la mayoría de los programas vocacionales en el país (no todos) son académicamente más livianos que el currículo regular (que por cierto tampoco tiene, en muchos casos, el rigor adecuado.) De modo que Julio, a pesar de ser muy bueno en matemáticas, tomó sólo dos años de matemáticas “light.” Se graduó con buen promedio y trabajó en las atuneras de Mayagüez. Cuando éstas fueron cerrando, Julio se quedó sin empleo. Al día de hoy, está desempleado y se gana la vida “chiripeando”.
Le pregunté a Julio si alguna vez había considerado la universidad. No, me dijo, no se le había ocurrido. “Nunca nadie me habló nada de eso.” Piénselo un momento: Un nene tiene buenas notas, es excelente en matemáticas, pero no se le prepara, ni se le habla de la universidad. Y ese descuido no es percibido como un escándalo, sino como una cosa natural.
Al entrar a escuela superior, Sara también fue ubicada en un currículo vocacional. Pero ella sí solicitó a la universidad, y fue admitida. Llegó a un recinto de la Universidad de Puerto Rico con muchas ganas, pero poca preparación. Se colgó en matemáticas y en química en su primer año. Fueron las primeras F’s de su vida, y lloró mucho. Yo no soy así, yo soy de buena nota, me explicó.
¿Qué pasó entonces? Pasó que en la universidad logramos descorazonarla, desinflarle las ganas que tenía de educarse. Por sus malas notas, le tocó uno de los últimos turnos de matrícula y no quedaban cursos; para poder completar sus doce créditos mínimos y no perder su beca tomó cursos de concentración que no estaba lista para tomar; se colgó de nuevo; la suspendieron; la perdimos.
La historia de Sara ilustra el fallo de sus escuelas, donde le dieron buenas notas pero no la prepararon. También ilustra la complicidad de la universidad. Es fácil echarle la culpa al “interés” o a la preparación académica de la muchacha o de su familia. Pero las escuelas que no la prepararon, y la universidad que no la pudo retener y cultivar, son todas cómplices. Cómplices de reproducir las condiciones que hacen probable su fracaso, y cómplices de percibir el mismo no como un escándalo, sino como una cosa natural.
Los jóvenes que nacen en la pobreza reciben un paquete de oportunidades muy magro, a todos los niveles. Lo dicen las historias, lo dicen los números. En mi recinto, por ejemplo, la tasa de graduación general es de 56%. La tasa de graduación de los estudiantes de residencial es, en contraste, sólo 36%[1].
A veces logran, de algún modo, hacerlo todo bien. David, por ejemplo, llegó a la universidad. Logró conseguir el apoyo académico necesario para bregar con sus clases. Obtuvo dos empleos a tiempo parcial para mantenerse a sí mismo y a su pequeña familia. Logró hacer todo eso, y sacar buenas notas en uno de los recintos más exigentes del sistema UPR.
Pero también lo perdimos. Cuando la matrícula subió con la nueva cuota, David pidió una prórroga. No se la concedieron, de modo que no pudo pagar, y perdió los créditos que había logrado matricular. Cuando juntó el dinero de la cuota para matricularse tardíamente, ya no quedaban clases, y no pudo conseguir suficientes créditos para conservar su beca.
No sé cuantos estudiantes como David hemos perdido. Sé que no los estamos contando, que no nos estamos planteando su partida como un problema, que no estamos haciendo un esfuerzo particular para retenerlos, y que su ausencia debería ser un escándalo, pero la tratamos como una cosa natural.
Las cuatro historias que resumí arriba nos dicen algo sobre el estado del país y sus problemas. Pero también nos recuerdan que la pasividad de las instituciones educativas reproduce esos problemas. Tenemos mucho que hacer, en las escuelas y universidades puertorriqueñas: Recolectar más y mejores datos; inyectarle un mayor rigor al trabajo escolar; fortalecer apoyos y servicios universitarios.
Sobre todo reconocer, urgentemente, la indiferencia que mostramos como colectivo hacia el destino académico de las poblaciones más desventajadas. Ver que su destino es el nuestro, y que no es inevitable, ni natural.
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Para ver más datos sobre educación y desigualdad en Puerto Rico, puede bajar los Cuadernos de Trabajo del Centro Universitario para el Acceso: 1)Geografía y Desigualdad; 2)Clase Social y Logro Educativo; 3)Student Persistence y 4)College Access and Urban Poverty.
triste, y leyendo
Un hombre decapitado por sus vecinos adolescentes, una mujer ejecutada, unos atletas asesinados, fuerzas policiacas corruptas y desmoralizadas, niños que se le pierden al departamento de la familia para reaparecer en puntos de droga, niños asesinados por sus padres, mujeres asesinadas por sus parejas…Leer las noticias se me hace cada vez más difícil. Los números no han sido, hasta donde sé, analizados formalmente y comparados (con mínima sofisticación) con estadísticas anteriores de crímenes violentos. Pero se sabe, o más bien se nota, o mejor aún, se siente, que van en aumento. Que el magma de putrefacción moral, emocional, afectiva, intelectual, se desborda en lava implacable. Que todas y todos sentimos el calor.
Tengo un libro en mi mesa de noche, aún sin terminar de leer, pero quiero compartirlo con ustedes. Se llama The Spirit Level, y examina las consecuencias de la desigualdad. Los autores, epidemiólogos de profesión, comparan la evidencia estadística en 25 países industrializados y 50 estados norteamericanos, y demuestran, creo que contundentemente, que una amplia gama de males sociales aumenta proporcionalmente con el aumento relativo en la desigualdad. Cada capítulo examina uno. Por ejemplo: A mayor distancia entre los que tienen más y los que tienen menos, mayores los indicadores de enfermedad mental (incluyendo adicción a drogas), menor la expectativa de vida (para toda la población, no solamente los más pobres), peores los indicadores educativos, más los homicidios, más los presos y más las madres adolescentes.
Lo interesante no es tanto lo obvio: que la desigualdad económica afecta a los más pobres. Eso es triste, pero ya se sabe. La contribución particular de este libro, me parece, estriba en que en las sociedades más desiguales, los males sociales ennumerados arriba aumentan…para todo el mundo. Como un “contaminante que se riega” escriben los autores, “la desigualdad tiene efectos directos e indirectos en toda la sociedad.” La teoría que el libro parece sugerir es una que encadena el contraste socioeconómico con valores como la dicotomía dominancia/subordinación, el énfasis en el interés propio, y la distancia y desconfianza entre distintos grupos sociales.
Aunque la cosa es social, está mediada inevitablemente, en ese esquema, por eventos que se dan en los cuerpos individuales. La desigualdad, discuten los autores, tiene efectos sobre la salud hormonal y cardiovascular de los individuos, así como en su desarrollo neural. Ese planteamiento también ha sido articulado, en términos parecidos, por gente como el economista Paul Krugman, que resume los hallazgos médicos en esta columna, y el antropólogo Daniel Lende, que atiende el asunto en su blog sobre neuroantropología.
Y bueh. El libro no está libre de críticas, y ya ha sido clasificado por algunos como de “extrema izquierda” (whatever that means) y denunciado como una teoría fatula para adelantar una “agenda” de gobierno grande. Pero francamente los autores de The Spirit Level me parecen más convincentes y creíbles que sus críticos. Así que me voy a leer. Ya sé que leer no va a salvar al mundo, ni a resolver la situación. Pero es lo que voy a hacer. E intuyo que en este tipo de planteamiento, uno que vincule la desigualdad económica con sus correlatos políticos, sociales, biológicos y mentales, se encuentra alguna parte de la explicación de esa cosa horrenda que parece estar consumiendo, hoy, a mi país.
Printla tragedia del olvido
Hace algunos meses, una noticia trágica apareció en nuestros medios: Una mujer olvidó a su hijito dentro de un automóvil, y el niño murió.
Múltiples voces se alzaron entonces, y se alzan todavía, en contra de la madre. Presa o muerta, la quieren.
Y es que resulta fácil, incluso reconfortante, pensar que nunca, jamás, le podría pasar algo como eso a uno o a una. Es doloroso imaginar la posibilidad, por remota que sea, y para alejarla de nosotros, del ámbito de lo factible, nuestra tendencia suele ser la demonización instántanea de la persona (madre o padre) a quien le ocurre. A tratarlo como un criminal de la peor calaña posible: un infanticida.
Pero contrario a otras tragedias que matan niños y niñas alrededor del mundo, a cosas como el abuso físico, emocional, sexual, a cosas como la negligencia cotidiana que nace del desamor, a cosas como la explotación del vástago propio en pos de algún bien material, contrario a todo eso, el acto de olvidar a un infante en un auto resulta ser algo que sí le puede pasar a cualquiera. A una persona buena, moral, recta, a un padre o madre amantísimo, incluso.
En esta lectura (le advierto que no se trata de una lectura fácil de terminar, al menos no sin esmelenarse, especialmente si uno tiene hijos) del Washington Post se describen con precisión y-porqué no- con la compasión que a veces nace de la narración precisa las historias y perfiles de varias familias que pasaron por esta tragedia. ¿Cómo son? Pues podrían ser…cualquiera. No había un patrón de abuso, de hecho no lo hay en el perfil de casos como estos. No hay un patrón de negligencia. Son padres y madres que aman a sus hijos, personas que probablemente pensaban que a ellos no les podía pasar una cosa como esa.
Lo único que parecen tener en común esos casos es una alteración en la rutina mañanera, acompañada de distracciones en la forma de diligencias, llamadas, o eventos inusuales. En casi todos los casos, el padre que inadvertidamente abandona a su bebé había tenido un cambio en la rutina del día, o no era el que usualmente llevaba al niño, o se detuvo a hacer otra cosa…y es ese acto el que parece interrumpir el proceso mental que nos permite cumplir con nuestras obligaciones cotidianas sin pensarlas mucho.
La combinación fatal que facilita que ocurran cerca de una docena de casos como éstos al año en Estados Unidos parece ser la naturaleza particular de la memoria humana y la manera en que nos deslizamos en piloto automático, junto con las leyes modernas pertinentes al uso de asientos de seguridad y la colocación de air bags en los del pasajero. La estructura del cerebro, la estructura de la rutina mañanera moderna, la estructura del auto y de las leyes de protección. Cámbiale la rutina a un padre bueno y amoroso, y es capaz de olvidar que la luz de sus ojos está dormido en el asiento de atrás.
Del artículo de WP: Los hechos en cada caso son un poco distintos, pero comparten el momento terrible en que el padre o madre se da cuenta de lo que ha hecho, típicamente por una llamada telefónica de su esposo/a…A eso le sigue una carrera frenética al automóvil. Y lo que allí le espera es la peor escena del mundo.”
Un hombre, tras descubrir el cuerpo de su hijo en el auto rodeado de policías, trató de matarse allí mismo, con la pistola de uno de los oficiales en la escena. Algo que que suelen tener en común estos adultos es que, contrario a los criminales irredentos con quienes a veces se les compara explícitamente, sufren el doble peso de la pena y la culpa y desean, con todas sus fuerzas, morir. Traduzco otro pedacito de la lectura del Washington Post (que por cierto mereció un Pulitzer) describiendo el testimonio de una enfermera en el juicio de un padre que olvidó a su hijo en el auto, causándole la muerte:
Cuando la enfermera describió el comportamiento del acusado…lloró. Estaba prácticamente catatónico, recordó, con los ojos apretados, meciéndose hacia atrás y hacia adelante, encerrado en algún tormento privado e inimaginable. No fue hasta que la enfermera se dejó caer a su lado y tomó su mano que el paciente comenzó a abrirse, y dijo entonces que no quería ningún sedante, que no merecía un respiro del dolor, que lo quería sentir todo, y luego, morirse.
Hay dos mujeres, sus manos juntas, mirando el juicio. Son dos madres, cada una de ellas culpables del mismo terrible olvido. Desde entonces reviven su tragedia propia, mantienen vivo el dolor, visitando los juicios de otros como ellas. ¿Cómo perdonarse uno a sí mismo, después de una cosa como esa? Eso es lo que pienso cuando siento la tentación de acusar, de señalar con el dedo al pobre ser que de seguro ya se odia tanto a sí mismo que poco le importa que lo señale yo, o que lo señale nadie…Y es que cada vez que llega uno de estos episodios a las noticias (y llegan, me parece, al menos una vez al año) siento la misma sensación desagradable, una mano siniestra e implacable que me retuerce las entrañas y me hala el corazón hacia abajo y que sólo cede cuando verifico que mis propios hijos, especialmente los pequeños, están cerca, sanos, salvos, vivos. Entonces los abrazo hasta que me piden que por piedad los suelte y los deje comerse el límber o acabar el rompecabezas en paz.
A veces, esa sensación desagradable nos conmina a acusar, para así distanciarnos del horror posible, de la idea horrorosa de que le podría pasar a cualquiera, de que podría pasarme a mí…Y sin embargo, ¿no es precisamente el reconocer que la distracción fatal, particularmente con los horarios,las rutinas y los aparatos característicos de la modernidad, podría ocurrirnos a todas y a todos lo que mejor nos protegería de que, en efecto, no nos ocurra? Esa última oración me quedó fatal, es que este tema me mata, pero permítanme explicarlo otra vez. Si estoy consciente de la posibilidad de olvidar a mi bebé, me vacuno más efectivamente contra esa posibilidad, que si reniego de ella. Si pienso que le puede pasar a cualquiera, hago menos probable que me pase a mí.
No conozco a la mujer que en abril perdió a su hijo y que hoy carga con la doble condena de la pérdida y la culpa. Pero sé que la suya es la peor de las pérdidas, y por lo mismo, la peor de las culpas. Que probablemente no necesita nuestro odio. Y que nosotros sí necesitamos, todas y todos, conocer el alcance de nuestra propia falibilidad, no para justificar la muerte de un niñito, sino, precisamente, para prevenirla.
Printmaternidad
El día de la madre, le dicen. Su origen es incierto-hay quien dice que, al menos en su significado contemporáneo y occidental, fue un invento de Hallmark, y francamente es muy posible. De hecho es hoy día una industria billonaria. Pero supongo que cualquier día es bueno para pensar en la maternidad.
Escribí la palabra “maternidad”, y vinieron de inmediato a mi mente, no mis cinco hijos (dos paridos, tres afiliados) sino el cuadro en “El Túnel” de Sábato. ’Maternidad’, se llamaba el cuadro, y si recuerdo bien, en su primer plano tenía la escena de una madre y su infante, y al fondo, en la ventana, una mujer. Por alguna razón, ese primer plano se me antoja como un cuadro de la época azul de Picasso, así:
Y la ventanita, esa mujer al fondo, podría ser algo como lo que apareció en la portada de una de las muchas ediciones de El Túnel:
La escena en su totalidad puede por supuesto generar múltiples interpretaciones, como todo texto, y algunas de ellas son muy macabras. Pero la que me viene al caso (esa frase, “viene al caso”, tal vez siempre debería estar precedida por un “me”) es la idea de que la maternidad, ese estado o forma de estar que necesariamente se impone, y pasa al primer plano de la vida de una, sirve para atisbar la totalidad del ser, incluso de aquellas instancias que paracerían tener poco, o nada, que ver con tener prole.
Hay tela para cortar, en esa idea, y poco tiempo para cortarla, porque mientras escribo arrimada al counter de la cocina, algunos miembros de mi maravillosa familia me agasajan, se aprestan para hacer cosas chulas como cocinar para la glotona Mima. Es decir yo. Pero esa misma es la cosa. Escribir es inseparable de mi maternidad. No digo que la maternidad es una condición necesaria para la escritura. Lo que alego es que se trata de una cosa tan trágicamente, maravillosamente, arrolladora, que una vez se experimenta está de algún modo presente en todo lo que hacemos.
Y viceversa. Todo lo que hacemos está presente en la maternidad. A ella traemos nuestros talentos y nuestras carencias, nuestros éxitos y nuestros fracasos, nuestro acervo y los de la especie y la cultura. Y desde ella vemos, en la ventanita, todo lo demás que nos compone.
Ello es así desde la práctica cotidiana, que me ubica hoy y ahora frente a la pareja encantadora y tierna que hacen mi esposo y nuestro hijo de cinco años, cocineros ambos de repente. Es así también en la estética peculiar de la memoria, que me presenta, implacable, los cabellos negros y lacios de mi madre, su falda larga de hippie, sus sandalias de cuero, sus uñas y rostro sin pintar, y mi orgullosa e infantil certeza de andar, afortunada, de la mano de la mujer más hermosa del mundo, de estar frente a la belleza misma.
Frente a la madre. No en balde algunos, tantas y tantos, viven fascinados por La Virgen. No es por su virginidad, sino porque encarna esa cosa inmemorial, arquetipal, liberadora y opresiva que es la sensación de haber sido, inevitablemente, gestado.
Así que le doy bypass a Hallmark, y opto por celebrar. Porque celebrar el día es celebrar que somos, todos, gestadas y gestados por unos seres que alguna vez, al menos, fueron (ojo, “fueron”, no “nos parecieron”) los más hermosos del mundo. Y porque las hijas, los hijos, los gestados, al final del día nos gestan, nos permiten nacer o más bien, renacernos, y nos regalan una nueva hermosura.
Printmacondo
Hace algún tiempo, Fortuño se refirió a las protestas en la Universidad de Puerto Rico como “dignas de una república bananera”. Y ahora su compañero de papeleta indica que él “no representa a Macondo“, y que por ende no se prestará a “espectáculos” en la Cámara de representantes de Estados Unidos, donde el Representante Gutiérrez ha estado denunciando algunas cosillas que Pierluisi, en aras del buen gusto y la delicadeza que el cargo de congresista aparentemente le requiere, preferiría no mencionar.
Nos portamos mal, y nos dicen “Macondo” rapidito.
Esto a pesar de de que en la versión criolla (¡y tan criolla!) de la cámara en cuestión tenemos individuos que alegan poseer “facultades” como las que tenían el gitano Melquíades y la vieja Úrsula, el alma del libro y de la casa; tenemos superintendentes de la policía que con la bendición de sus superiores tratan a los ciudadanos que protestan como…bueno, como ciudadanos protestando en una república bananera, arquetipo no tanto de la producción frutera como de la represión laboral.
A pesar también de que la desolación de Macondo y de la blanca casa de los Buendía, es hoy una desolación tan, ay, tan familiar, tan con sabor a desempleo y desesperanza, tan parecida a la desolación de tantos pueblos nuestros hoy, ahora, mientras Pierluisi se enchisma con Gutiérrez y nos recuerda que no hay protesta que valga, que la protesta es ruido y nada más, que así “no funciona la democracia”, y que el tubo que chupa, el gansoducto, vá porque sí, por encima de las protestas ciudadanas y por dentro de la tierra temblorosa (¿de miedo? ¿de ira?).
¿Será que para complacer a este dúo, para NO parecernos a Macondo, para NO ser una república bananera, las señoras tendríamos que ponernos a celebrar el chavito que nos vamos a ahorrar con la vía verde y renunciar a pintar murales en San Juan, los estudiantes tendrían que aceptar la cuota sin chistar y si no pueden estudiar irse a trabajar con Chiky Starr, y Gutiérrez tendría que portarse bien, como el Chuchin, e irse de tour a contarle a la prensa que se “depila completito”?
Si eso es la civilización….
Una se pregunta si esta gente se habrá leído el librito al que tanto insisten en referirnos. Digo, porque a mí, al menos, que me le digan Macondo al país no me lo insulta. Cada vez que nos traen por lo pelos al pueblito en cuestión, para insinuar a saber qué cosa, se tendrían que dar por aludidos, en todo caso, los que pisotean los derechos civiles y ambientales, los que le sacan provecho al caos y a la miseria.
Printimagen y sonido

foto:r.alcaraz, diálogo digital
Estoy lejos. Observo a través del lente de los medios (y de facebook, que se ha convertido en una herramienta muy útil para obtener noticias rápidas, gracias a los amigos que generosamente comparten las noticias) lo que pasa en la universidad.
Es como un sueño. Uno de los malos, claro.
La policía se concentra en los predios de la Yupi. Y no sólo la policía así, a secas. También, tal vez especialmente, la policía a caballo, la policía de negro, y la policía rodeada de escudos gigantes, como soldados romanos, escudos para protegerse de…¿qué?
Pues de ese ejército temible de estudiantes sentados en el suelo practicando, tras entrenarse y anunciarlo públicamente, desobediencia civil. La policía se acerca, para que los sentados puedan sentir el aliento de los caballos, el nerviosismo de los cascos. Los pellizcan con tecnología y técnicas que a saber desde cuando querían usar y para las cuales no encontraban el cuándo, o el quién. Los empujan con escudos, se los llevan cargados, los arrestan. Los persiguen por las calles de la capital. Les compartamentalizan la protesta (con carteles designando zonas específicas para ello), y luego les cambian las coordenadas en pleno asunto. Literalmente, he visto como mueven el cartel de lugar.
[En el recinto donde trabajo, han puesto el cartel lejos, muy lejos, de cualquier edificio universitario. Para que los protestones protesten al son de los coquíes y de los grillos. Pero eso es otra historia.]
Al mirar la escena de lejos, se me ocurre que si yo fuera un alienígena, o al menos un extranjero bastante despistado, de momento me parecería que en la universidad hay un enemigo terrible. La impresión, la imagen, estaría basada en la cantidad y variedad de policías.
Luego está el sonido. Jerarcas policíacos que me aseguran que allí hay “puntos” para desarticular, y que hay que proteger estudiantes que sí desean tomar clases; Administradores universitarios que justifican la locura de la intervención militarona apelando a las acciones violentas de unos misteriosos encapuchados, acciones que al parecer, todo el mundo desaprueba.
Pero el caso es que a la hora de arrestar, no hay encapuchados, casi nunca arrestan a los encapuchados, a menos que sean Tito Kayak, porque a ese siempre lo quieren arrestar, sino que parecen preferir, en eso de los arrestos, a muchachos y muchachas comunes y corrientes, desarmados, capturados mientras hacen cosas tan inofensivas como hablar por megáfonos o repartir papelitos. O sentarse en el suelo.
Entonces, piensa el extranjero o el alienígena, o la bloguera, entonces se trata de otra cosa. Se trata de enviar muchos policías para crear la impresión de que allí, en la Universidad, hay un terrible enemigo del pueblo (porque ¿para eso es la policía, cierto? para proteger al pueblo?), y se hace mucho ruido, se habla en los medios de la gran amenaza que son los estudiantes, para hacer la imagen más creíble…Como en las películas baratas, donde de repente se oscurece la escena, para entrarnos el susto por los ojos, y simultáneamente suena la música siniestra, para entrarlo por los oídos…
Imagen y sonido, para beneficio del ciudadano común con algún interés en hacer democracia más allá del ocasional voto, y que se está quedando esgalillao y bruto tratando de reaccionar al karso, el gasoducto, el corredor, la universidad, el colegio de abogados, el tribunal supremo…
Mientras tanto, en esa curiosa contracción del espacio que el internet y la posmodernidad permiten, tengo el New York Times abierto en otra pantalla y busco entender lo que ocurre al otro lado del mundo, en Egipto, donde las intensas protestas han recibido una reacción sorda y represiva por parte del estado. Y, tal vez porque están las dos pantallas abiertas a la vez, Egipto se siente, de repente, muy cerquita, y suena terriblemente familiar. Un miembro del partido oficialista egipcio confía en que el cansancio les dará la victoria. Otro habla de “ley y orden” para justificar sus acciones. Otros acusan a los protestones de ser pocos, o de ser un sector con intereses ideológicos particulares. Amenazan con arrestos. Mientras tanto, las libertades democráticas son erosionadas en nombre del orden, y las tropas traen el desorden de la represión a la calle.
Los periodistas que escriben el artículo recuerdan la pelea en los setenta de M. Ali contra George Foreman, en donde Foreman daba golpes, golpes, golpes, peleaba solo, y Ali esperaba…hasta que Foreman estaba débil, exhausto. Y entonces Ali lo noqueó.
A todo esto, el presidente de la UPR anuncia, orgulloso feliz, que “el 94%” de los estudiantes se ha matriculado. 51,000 estudiantes. Claro que eso no es el 94% de los estudiantes que estaban matriculados el año pasado, no: es el 94% de los pre-matriculados. De modo que la alegría del presidente me resulta bastante insólita (sí, mi capacidad para sorprenderme todavía, a estas alturas, le puede estar resultando insólita al lector.) Pero es que 51,000 estudiantes es 14,000 estudiantes menos que los que había. La UPR ha perdido aparentemente 14,000 estudiantes. Casi llegan a los 50,000 que la Junta de Síndicos calculaba y quería, no hace mucho. No es que la van a romper-es que ya la están rompiendo. La UPR, según esos números, ha perdido sobre el 20% de sus estudiantes. Eso es una buena noticia ¿para quién? No para mí. No para el país.
Es como un sueño. Uno de los malos, claro.
Printel hábito de maría
Conozco a un niño de trece años que podría, estoy segura, ser científico, o ingeniero, o filósofo. Y que querría serlo. Para ello, tiene que ir a la universidad, por supuesto. A la mejor posible. Pero no sale bien en sus clases, y no salir bien en las clases, cuando ocurre con demasiada frecuencia, tiene un efecto cumulativo que las más de las veces se traduce en un final infeliz.
Mentí, arriba, cuando dije que conocía uno. En realidad conozco muchos y muchas como él. De ojos y mentes brillantes, pero experimentan dificultad para hacer el trabajo de álgebra, o para leer el libro. Se frustran por ello.
Algunos dejan la escuela. Suelen ser pobres. ¿Por qué? No estoy segura. Pero creo que para las clases media y altas existen más mecanismos sociales de protección. Que cuando el hijo del médico, o de la abogada, o del profesor universitario, tiene problemas de lectura en segundo grado, algo se hace, y se hace pronto, y si no funciona, se hace otra cosa.
[En este punto, el lector podría decirme, ofendido, que las dificultades de aprendizaje y la deserción le ocurren a cualquiera, independientemente de su clase social. Y le contestaré que tiene toda la razón, pero que es más probable que le ocurran a los que nacen en desventaja socio-económica. A medida que uno asciende en los indicadores de clase, más raro ("raro" de "improbable", no "raro" de "weird") se torna el problema de aprendizaje que desemboque en fracaso escolar.]
Llevo varios años trabajando con un proyecto que se dedica a entender y atender la desigualdad educativa. A través del tiempo, muchos me han dicho, a modo de consejo y con mucha razón, que parte del problema educativo estriba en que el aprendizaje escolar necesita hacerse mas atractivo, más divertido, y es cierto. Por ello hemos incorporado giras, juegos, y demás.
Pero hoy creo que hay algo más. Algo más simple, y más antiguo, y más importante, y menos de moda, y más difícil de implementar. El hábito de María. Quiero intentar articularlo aquí, con ustedes, en el blog.
Tharp, bailarina, coreógrafa y autora de un librito que se llama The Creative Habit, nos recuerda que para poder componer piezas geniales, el gran Mozart tuvo primero que practicar sus escalas, y tuvo hacerlo habitualmente. ¿Qué quiere decir con ello? Quiere decir que el talento, aún el talento genial, necesita de la destreza para poder manifestarse. Para convertirse en virtuosismo.
Nacemos con talento, pero no con destreza. La destreza hay que practicarla, habitualmente, mucho, hasta que se convierte en parte nuestra y nos permite entonces usar el talento para construir, para crear, la cosa que sea: la nueva receta, el puente, la fórmula química, el argumento legal, la estrategia de negocios, la novela, el plan para la familia, o el país.
La importancia de la práctica es universal, pero resulta tal vez especialmente visible en los casos famosos, o extremos, como bien describe Gladwell en Outliers, cuando nos cuenta de las diez mil horas, aproximadamente, que pasaron talentos famosos como Bill Gates y los integrantes de Los Beatles cultivando, en relativo anonimato, sus destrezas.
Pero de vuelta a los nenes puertorriqueños: ¿Cómo pretender que el jovencito lea y disfrute una novela, si cuando niño no practicó la destreza cotidiana de sonar sílabas y luego palabras y luego oraciones hasta que sonarlas le resultara tan natural, tan automático, que su mente comprendiera el lenguaje directamente, que su cerebro le metiera un bypass a la mecánica de la lectura y fuese directo al significado? ¿Cómo lograr que la muchachita domine el álgebra, o la geometría, si tiene que realizar las operaciones aritméticas más bobas con los deditos, contando para sumar, sumando para multiplicar, porque no se aprendió las tablas? Hay unas cosas que hay que practicar, unas destrezas básicas que son lo que son las escalas para los músicos: Hay que dominarlas, al derecho y al revés, sin pensar, temprano en el juego.
[Se ha indignado de nuevo mi lector. No me diga que si el muchacho no lo aprendió en elemental no lo aprenderá nunca, me regaña. Y le sonrío de nuevo, y le digo que tiene toda la razón, y que por supuesto que estas cosas pueden, y deben remediarse en el grado en que se descubran, aunque ello implique practicar lectura en séptimo grado o repetir obsesivamente las reglas para manejar fracciones en la universidad. Hay que hacer lo que hay que hacer. Esto es un poco como dejar de fumar, para evitar el cáncer, aunque uno lleve décadas fumando. Siempre es mejor no fumar que fumar. Pero es mejor nunca empezar. Y en la educación, lo más efectivo es practicar "las escalas", la lectura básica, las tablas de multiplicar, cuando todavía son niños, y no se enamoran de otros estudiantes, no piensan en cortar clases, quieren complacer a uno, tienen mucho tiempo libre, y (ad)miran al mundo y al maestro con ojos grandes de asombro...]
Para poder optimizar su talento, para crear un mejor país, nuestros niños tienen que ‘practicar sus escalas’. Cosas como lectura, aritmética, puntualidad, esfuerzo. Mucho. Habitualmente. Y cuando pienso en eso, me acuerdo de María.
En nuestro trabajo con jovencitos de escuelas mayaguezanas, los tutores se sorprenden cada semestre, al ver mentes alertas, equipadas, buenas, talentosas, teniendo, consistentemente, los mismos problemas: En clases donde se trataba álgebra o geometría, las dificultades tenían raíces aritméticas, como multiplicar, o manejar fracciones. En las clases (¡todas!) que dependen del lenguaje, se trataba de un problema de comprensión de lectura, de saber sonar la oración pero no procesarla, comprenderla, porque para comprender, la lectura como sonido tiene que ser automática.
María es una maestra, hoy retirada, famosa en su pueblo porque no se le escapaba uno: Le enseñaba a toditos y toditas a leer. Era maestra de primer grado, y esa meta de que todos leyeran era su desafío personal, todos los años. Todos los niños, todos los años. Hoy su hija Olga emula ese ejercicio en su propio salón de clases, en otra materia, en otro pueblo. Y creo que la nieta también va por ahí…
María no se leyó a Tharp, pero me consta que conocía muy bien la importancia delhábito, porque se la aplicaba a sí misma. Se levantaba todos los días a la misma hora, iba al trabajo (casi nunca faltó), y le metía consistencia, talento, destreza, ganas.
Por las noches, en su casa, hacía planes.
Sus planes cambiaban, a través del tiempo, porque María, reconociendo su labor como una profesión creativa y su ejercicio cotidiano como un arte, asistía regularmente a talleres de educación continua. En el fondo, no creo que le hicieran falta esos talleres, estrictamente, en términos de contenido; pero ella les sacaba el jugo, y aplicaba lo aprendido en sus planes.
Esa actividad cotidiana de los planes me dice mucho de su disciplina, de su humildad y de su optimismo. Porque cuando usted cree que se las sabe todas, usted no hace planes. Cuando usted no cree que puede, con sus acciones, transformar estudiantes porque ya llegan a su salón de clase fundamentalmente forjados, destinados a lo que sea, usted no hace planes. Si no hay esperanza, no hay
planificación.
[Mi lector imaginario vuelve a indignarse. Y ésta qué sabe, murmura.]
No mucho, le contesto. Pero soy maestra. En mi caso es tal vez más fácil la cosa, porque mis alumnos suelen ser adultos o estar por ahí, en la víspera de serlo. Pero conozco muy de cerca la tentación de la arrogancia o la desesperanza, de enseñar en la modalidad de “salir del paso”, de no hacer el esfuerzo máximo para transformar mentes y vidas porque asumimos que los estudiantes llegan hechos, forjados, destinados, que el que va a aprender aprende y que el que no, pues no, independientemente de lo que hagamos. Y he sucumbido a esas tentaciones del pensar y del sentir más de una vez.
Y resulta que el país esta en crisis, “crisis” en plural, y que una de las crisis principales es la educativa. Las areas de acción para atender la crisis son, por supuesto, muchas, y a todos los niveles educativos. Pero un espacio humilde, poco mencionado, tiene que ser la práctica habitual e intensificada de destrezas básicas, como aritmética y lectura, en escuela elemental. Porque sin esas dos formas de hábito, el aprendizaje y la creación posteriores, profesionales, ciudadanos, son prácticamente imposibles.
[En este punto se vuelve a ofender mi lector y me cuenta, muy indignado, que su abuelito es analfabeta y que sin embargo es un excelente, inteligente y muy activo ciudadano. Pues felicite a su abuelito de mi parte, le digo. De regreso a la metáfora del cigarrillo: Conozco a un abuelito que fumó por ocho décadas y no le dio cáncer y vivió hasta los cien años. Pero ya que hablamos de su abuelito, y que es un ciudadano activo e inteligente, vaya y léale lo que acabo de escribir: Apuesto a que su abuelito estará de acuerdo conmigo, porque ese abuelito extraordinario sabe que lo es no por no saber leer sino a pesar de ello. Tal vez, con acceso a una educación de calidad, su abuelito hoy podría ser mil cosas, incluyendo gobernador nuestro. Y tal vez, con su abuelito a la cabeza, el país estaría mejor que ahora. Pero no quiero salirme del tema. Mis cariños y respetos a su abuelito.]
Y mis respetos y felicitaciones a todos y todas las maestras y maestros como María. Ojalá se reestructure el sistema de modo que la labor de los maestros sea recompensada con mejores salarios y mayor reconocimiento y oportunidades de desarrollo personal y profesional.
Tenemos que ser más como María. La crisis educativa no es necesariamente culpa nuestra, lo sé. Y no intento culpar a los maestros- ¡hay tantos, tantos problemas en el país que hacen difícil el aprendizaje, y la enseñanza! Pero nos tocó, nos tocó atenderlo, con furia, con rabia, con intensidad, con amor. Todos los días, cultivando el hábito, la destreza, de la inocencia. Dije inocencia, sí, porque se requiere mucho optimismo inocente (que ojo, no es lo mismo que optimismo bobo) para creer que podemos transformar la vida del nene que viene de la comunidad deteriorada, o que vive en el hogar destrozado con adultos ya irremediablemente rotos, y para pensar que podemos transformarlo con las tablas de multiplicar y con la lectura cotidiana….
Pero hay que hacerlo, porque es nuestra mejor esperanza y la mejor oportunidad para que ese nene pueda imaginar, articular, construir un mundo distinto. Y porque a veces, hasta funciona. Tenemos que hacerlo con consistencia y celo. Crear y cultivar el hábito y la rutina de practicar destrezas para el pensar, con el hábito y con la rutina propios del enseñar con ahínco y con cuidado.
Con el hábito de María. Nos va la patria en ello.
Printy aquí, en la oscuridad, un avestruz.
No me gusta la palabra “oscurantismo”. De hecho la oscuridad me evoca todo tipo de adjetivos positivos: Apacible, tranquila, misteriosa.
Pero en estos días, y tal vez por aquello de que nos enseñaron a asociar la oscuridad con el medioevo, es imposible no hablar de oscurantismo.
Los signos están en todas partes: Nuestros líderes políticos cazan gárgolas, por ejemplo. GARGOLAS, esas criaturas más o menos demoníacas que servían como desagües y guardianes de los techos medievales. No pueden cazar chupacabras, o alienígenas, o perseguir al comepantis de Gurabo, como antaño, no. Cazan gárgolas. Y estudiantes universitarios.
También prohíben libros. No los queman públicamente, es cierto, pero los prohíben. Y no me sorprendería que los quemasen también, francamente. Los prohibimos por “obscenos”, porque hablan de sexo. Lenguaje y acción, por cierto, que también le imputan a los estudiantes universitarios.
Exhiben, además, una sospechosa fijación con los colores, las oraciones, y los galeones perdidos bajo el mar. Legislan para ponerle fecha al saludo y a la sonrisa. Y para castigar estudiantes universitarios.
Hablan de desarticular puntos y de castigar al criminal, y mientras tanto mueren más mujeres que nunca a manos de sus parejas reales o wanabí. En un año de asesinatos récord, han decidido meter a la policía a la universidad.
¿A qué? A saber. Hablan de proteger vida y propiedad. Pero toda la violencia reciente de la U parece ocurrir depués, y no antes, de la llegada de la policía pública o privada. Estudiantes perpetrando actos tan criminales como..er…estar en el lugar incorrecto y aferrarse a él, han recibido patadas en los genitales y macanazos en las barrigas. Padres que cometen la barbarie de..er…llevar almuerzo, regresan con la cara rota. Rectores que deberían liderar el intelecto lideran en su lugar el ejercicio del anacronismo insulso, cuando justifican la presencia de la policía en un campus particularmente pacífico con la excusa de que allí “gente de izquierda”, como si la izquierda no fuese la mitad oeste del espectro político, sino una patología criminal particularmente peligrosa.
Aquí lo verdaderamente peligroso es el ensayo del despliegue de fuerza bruta contra la disidencia intelectual. Nos espera otro tanto cuando les recordemos que no estamos del todo de acuerdo con la idea de un gasoducto, o cuando sugiramos que el corredor ecológico necesita sus cuerdas de regreso, por aquello de que nos gusta el verde, y respirar…Ya existe una ley infame, que apodan ley “Tito Kayak”, diseñada para que protestar en una construcción sea un delito grave. Se aprobó, por cierto, a gritos y sin contar. Muy apropiado, muy metafórico, eso de esquivar la aritmética de contar votos para favorecer la percepción subjetiva del volumen y premiar no al que pensó en mayor detalle sino al que chilló más duro.
Los avestruces de carne y hueso no entierran sus cabezas en la arena. Eso es un mito, una metáfora. Pero si un alcalde puede buscar gárgolas y alienígenas sin perder su prefijo de Honorable, entonces yo puedo usar la metáfora del avestruz sin perder el caché, y así lo haré. Todos los días, algún avestruz celebra, inocentemente, la presencia de la policía en la Universidad, por aquello de la ley y el orden, o acusa a los estudiantes de “empezar”, o habla de “dos bandos”, como si se tratase en efecto de dos ejércitos. Y luego entierra la cabeza en la arena del oscurantismo. Le pedimos, por favor, que la saque, mire, y piense. En ello nos va el país.
Printpeligrosa educación

- foto:R.Alcaraz,Diálogo
No sé si pueda decir que es lo peor que ha pasado (¡después de todo, ha pasado tanto y tan rápido!) pero sí que tiene que estar entre lo peor de esta crisis: Figueroa Sancha anuncia en foros diversos su intención de abrir un cuartel en la UPRRP, y su deseo de que se haga lo mismo en cada recinto.
¿Por qué? Porque, nos dice, hay que “desarticular puntos de droga”.
Parecería que la policía no tiene nada que hacer. Que no hay crimen en el país.
Que nos acostumbremos, dice la rectora Guadalupe. Que será una relación armoniosa, dice el superintendente. Que es necesario, dicen el gobernador del país y el presidente de la universidad, en siniestro stereo y con idénticas palabras.
Y eso pone a pensar a uno (y más vale que pensemos mientras se pueda, porque al paso que vamos…) en la cosmología, en la visión de mundo, que la solución del super, del presi, de la rectora y del gobe implica. Al menos en lo que se refiere a los ámbitos de la criminalidad y de la educación, ambos por cierto muy protagónicos en sus mensajes de campaña.
En año de asesinatos récord, usamos una cantidad considerable de efectivos de la policía (esa palabra, “efectivos”, siempre me ha resultado muy curiosa) para ocupar la universidad para “conservar la acreditación”, dice la rectora, y añade que “hay que acostumbrarse a la presencia de la policía”.
¿Crisis en la universidad pública? Meter la policía ha sido la respuesta. Ello a pesar de que todos los incidentes de violencia de esta crisis han ocurrido una vez aparece en escena la policía (pública o privada). ¿Diálogo?¿Negociación? Ni pensarlo. La mano dura contra esos comunistas peludos, nos dicen los que mandan.
El mundo parece que está lleno de peludos comunistas, últimamente, a juzgar por las protestas de universitarios en Londres, Grecia, Irlanda, California…Eso, o tenemos que descartar el discurso ajado de la guerra fría y comenzar a articular más seguido lo que pasa en Puerto Rico como parte de un fenómeno global en donde la educación pública, y las premisas morales que la sostienen, están bajo asedio.
Un estudio de Estudios Técnicos para Fondos Unidos, citado en La Pobreza en Puerto Rico (L.Colón) indica que entre las víctimas de homicidio en Puerto Rico, poco menos de la mitad tenía menos de noveno grado aprobado. ¿Los victimarios? 59% tenía noveno grado o menos. De sobre 1,000 expedientes examinados, solamente 7 tenían bachillerato.
Parecería entonces que tenemos que utilizar la educación para combatir la criminalidad. Pero en lugar de eso, estamos usando a la policía para criminalizar la educación.
fó
Fó, dice la presidenta de la Junta Reglamentadora de Comunicaciones, Sandra Torres, refiriéndose a la última canción de Calle 13. Dice que no le gusta, porque es “completamente obscena y lasciva”.
Y recordé que hace unos días, en mi clase de introducción a la antropología cultural, hablaba con mis estudiantes de la importancia de no temerle a las palabras por lo feas, sino en todo caso, por sus significados y sus usos históricos.
Por supuesto que al leer la noticia de endi.com que cita a la asqueada señora, no me quedó mas remedio que escuchar, inmediatamente, la canción en su totalidad (convenientemente, endi incluye un enlace en la noticia.) Digo, por aquello de que es “completamente obscena y lasciva”, me dio curiosidad ver como ese encantador, talentoso, malhablao rimero del país nuestro encadenaba cientos de malas palabras unas con otras. He escuchado muchas canciones suyas, y todas ellas, por más “sucio” que fuera su lenguaje, contenían una que otra palabra bastante normalita. Así que pensé, se botó el Residente. Ahora sí que sí. Se le fue la mano.
Escucho. Espero las palabras obscenas. Escucho algunas que podrían ofender a la Sra.Torres. Me imagino que frente al desafío de la portavoz de la censura, la mitad del país ha hecho lo mismo, y la canción retumba en miles de hogares, en todos ellos sonando, las palabras terribles, “alcalde”, “país”, “pensar”…
Wait.
Bueno, tal vez es que son las frases, las obscenas: Cosas como “mis letras groseras son más educadas que tu silencio”,”dejar de hablar no combina con gente violenta”, “abuso, por parte del estado”, “conformarse y dejar de existir es como ver a alguien ahogarse y dejarlo morir.”
What?
Ooooooh.
Hay una estrofa donde ofrece rehabilitar, en Cuba, a un alcalde tecato indeterminado. ¿Será alguna de esas? ‘¿Tecato?’ ¿’Cuba’, tal vez?
Pero, ¿quién le dijo tecato primero a quién?
También dice huevos. Y jodido. Pero no creo que sean esas.
Tal vez son todas. El ejercicio mismo de encadenar palabras, groseras o no, para expresar una cosa distinta a la cosa simplona que prefieren los que hoy mandan. Los que presiden sobre este obsceno, obscenísimo orden (porque la obscenidad, con frecuencia, poco tiene que ver con el líbido o con la grosería del reguetón) decía que los que mandan lo hacen sobre un obsceno ritual de destrucción del pensar, del intelecto, del pensar y el intelecto concebidos como propiedad de los pueblos y no de los bolsillos…Que esos que presiden la destrucción del pensar, dicen esos, esos tipos y tipas de los que Serrat decía que “entre ellos y yo hay algo personal”, que pensar sólo sirve si es propiedad privada o estrategia de mercadeo, ellos, dicen que la lucidez es mala, que es grosera, y que es lasciva….Y por eso no les gusta la canción de Calle 13. Por lúcida. Prefieren cosas como “vota o quédate callao”, o mejor aún, “sencillamente quédate callao.”
Aquí los dejo con el rimero lúcido, grosero, encantador.
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Printatalaya

®The Far Side
Estaba yo en plena domesticidad sabatina, cuando sonó el timbre. Como mi puerta no tiene una de esas pequeñas claraboyas que permiten ver la imagen, un tanto deformada por el cristal, de la potencial visita, me asomé por la ventana. La calle estaba llena de ellos, y eran inconfundibles, porque caminaban en parejas, cargaban con unos pequeños maletines negros, y se protegían del sol con grandes sombrillas. Eran ellos. Los testigos. De dos en dos, de puerta en puerta. Mi perra ladraba, con un ladrido que al desconocido que no sabe que, decodificado, quiere decir “sóbame la panza ahora mismo, por favor”, le puede sonar feroz. Por un momento pensé, pero sin mucha convicción, que tal vez la perra los espantaría.
Los sabatinos Testigos de Jehová son parte del paisaje de la urbanización boricua. Incansables, ciertos, consistentes, llegan en sus autos, se estacionan, agarran biblias y sombrillas, y caminan de casa en casa llevando la palabra. Desde que recuerdo, he visto gente evitando esas visitas. Las estrategias son muchas. Una de mis abuelas, por ejemplo, se asomaba a la ventana, con el ceño fruncido, diciendo entre dientes “ahí vienen, ahí vienen…”, y sin abrir (y a veces casi sin esperar el timbre) rugía, con una curiosa mezcla de enojo y satisfacción, “¡somos católicos!”. Si los testigos insistían, gritaba, más alto aún, “¡no nos interesa!”. Otra abuela hacía todo lo contrario: Les preparaba jugo de toronja, los sentaba en el balcón, y mientras ellos balanceaban vasos, sombrillas y biblias, la abuela tomaba la batuta de la prédica y les secuestraba el intento de conversión hablándoles de las maravillas del catolicismo.
No sé cuál de las dos abuelas era más temible. Con la segunda, especialmente, solían quedarse un poco desconcertados. Pero siempre regresaban. Incansables, consistentes, ciertos. Dejaban folletos delgados tras de sí, repletos de consejos para el buen vivir, y, evaluados en sus términos, muy bien escritos. Oraciones completas, citas bien puestas, mejores que muchos de los productos académicos y cuasi-académicos que me ha tocado leer. Y sobre todo escribir. De hecho el Atalaya es una de las revistas más leídas, si no la más, y pasa por un riguroso proceso de edición.
El barrio donde viví mientras estudiaba en la Universidad también estaba en el radar de los testigos. Y mis vecinos estudiantes también tenían sus estrategias. Uno de ellos, un futuro químico, aseguraba que había logrado espantarlos saliendo al balcón vestido sólo con una toalla y afirmando que era budista. Nunca intenté ese método, y tampoco supe nunca si funcionaba por el budismo o por la poca ropa.
Mis métodos siempre fueron bastante más modestos, incluso cobardes. El más común era simular no estar en casa, escuchando el gentil pero obstinado”¡buenos días!, mintiéndole a los testigos con mi silencio.
En una ocasión, hace años, armada de valor (tal vez un poco cansada de esconderme y callar) decidí abrir la puerta y darles una respuesta amable, honesta e implacable.
Ja.
Ellos: Buenos días. Yo: Buenos días, ustedes disculpen, pero soy agnóstica. Ellos: ¿Que usted es qué cosa? Yo: Agnóstica. Ellos: Ah. [Pausa incómoda] ¿Como los rosacruces? Yo: [sintiéndome honesta, sí, pero también un poco ridícula, y para nada implacable]: No, no es como los rosacruces. Sencillamente no soy creyente. Ellos: Ah. [Otra pausa] ¿Atea? Yo: No, tampoco. Los ateos piensan que dios no existe. Los agnósticos pensamos que no es posible saber si existe. Ellos: [Aliviados] Ah, pues le traemos buenas noticias. [Agarran la biblia.] Yo: [Olvidando lo de "amable". La verdad es que no nos importa mucho, saber si existe.... [Ahora mintiendo descaradamente] Lo siento, se me va a quemar la comida. Tengo que regresar a la cocina.
Después de ese fracaso comunicativo, había regresado a la maniobra cobarde de simular no estar en casa. Ahora, mientras miraba por la ventana, pensaba que hoy sí tenía una excusa legítima – la comida hervía sobre la estufa. Pero igual no me creerían. Estarían ya acostumbrados a las mentiras cobardes de los católicos, los agnósticos, los ateos, los cristianos de otras denominaciones, los vagos, los ocupados, los desentendidos, los budistas, los…vamos, todos los no-testigos.
Sonó el timbre. Suspiré. Me sequé las manos y abrí. Eran dos testigas, cuarentonas, tal vez cincuentonas. Una de ellas le sobaba la panza a mi ahora callada perra. La otra me sonreía. Tenía gotitas de sudor en la frente.
Ellas: ¡Buenos días! Yo: Buenos días. [Suspirando] Mire, francamente no quiero hablar de dios, ni estoy interesada en la revista. [Pausa desconcertada] Pero con gusto les puedo ofrecer un poco de agua fría. Ellas: [Se miran]. Pues sí, gracias.
Camino a mi cocina. So far, so good, pienso. Pero usarán el agua para ganar tiempo. En cinco minutos estarán en pleno intento de conversión, y se me va a ir la amabilidad pa’l…
Tomamos agua las tres. Hacía calor. Y hablamos. Mucho. De Mayagüez. De los perros y otras mascotas. De los hijos, especialmente los adolescentes. De que las cosas estaban malas. De la emigración. Busqué más agua. Seguimos hablando. De la geografía de Puerto Rico. De las características de diferentes pueblos. De qué hacer, para ejercer la democracia. De qué se puede esperar, y qué no, de las escuelas. De qué se siente ir de puerta en puerta. Se siente como hacer lo que uno piensa que es correcto. Incansables, ciertos, consistentes. También hubo breves, y sorprendentemente cómodos, silencios. Agua de vida, dijo una de ellas, al terminarse el segundo vaso. Me dieron las gracias, les dí las gracias, y partieron con sus atalayas y sus biblias.
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los abogados
[A la clase graduanda de la Escuela de Derecho Eugenio María de Hostos, 5 de junio de 2010.]

Agradezco mucho, me honra mucho, la invitación que me ha hecho la clase graduanda Fuego de Justicia para hablarles en su noche de logros.
Pero este tipo de invitaciones siempre trae consigo unas preguntas implícitas, unos temas generales, que uno debe atender. Temas como el significado del grado, o la carrera. Preguntas del tipo “¿Ahora, qué?”
Yo estudié antropología, no derecho, de modo que no se cuán preparada esté para responder esas preguntas. Pero las voy a abordar. Y para hacerlo, les voy a contar un par de cosas, para luego plantearles un argumento. Los cuentos son simples: Tienen que ver conmigo, con mis abuelos, con las polillas, con los libros, y con algunos abogados. El argumento tiene que ver con la lucidez y con la justicia. Podríamos llamarlo fuego y justicia.
Mi primer encuentro con un abogado fue, como tantos otros encuentros importantes en mi vida, a través de un libro. Y mi primer contacto más o menos serio con libros de verdad, de esos libros que no tienen dibujitos, fue en un garaje. Tenía yo unos diez años, y acababa de mudarme a vivir con mis abuelos, que vivían en una casa vieja muy cerca de la Universidad de Puerto Rico en Rio Piedras.
En esa casa, el carro dormía afuera, en la calle. El garaje era para los libros. Y no es que no hubiera libros en otras partes de la casa. De hecho había libros por todas partes. Y libros de todo tipo. Literatura de buena calidad,; literatura de mala, o al menos dudosa, calidad; enciclopedias, revistas, cómics, manuales…Había libros heredados de tíos, hermanos, amigos, desconocidos…Mis abuelos, como otros tantos de su generación, compraban pocas cosas, y botaban menos todavía. Y esa regla se la aplicaban tanto a los tornillos como a los muebles, tanto a la ropa como a los libros.
De más está decir que en casa había polilla. Y mucha. Los libros apolillados , sin embargo, no se botaban: eran desterrados al garaje, y allí mismo había que leerlos, para que no contagiaran a los libros sanos. Allí, entre muebles viejos y herramientas, me sentaba yo, sobre un cajón, a cultivar mi imaginación (y a cultivar, de paso, un asma crónica que me duró unos cuantos años.) Sentada como una polilla gigante y flaca, leía yo en el garaje mis libros, mis libros apestosos a libro viejo, llenos de agujeros, maravillosos libros.
Uno de mis favoritos, tan favorito como Historia de Dos Ciudades, como Los Tres Mosqueteros, y preferido por mucho sobre cualquier cosa que estuviésemos leyendo en la escuela en aquel momento, era un volumen rojo, bastante grueso, publicado en los años cincuenta, que se titulaba Sala de Jurados y que contenía la biografía de un abogado de nombre Samuel Leibowitz. Un abogado judío de padres rumanos, residente de Nueva York. Me gustaba especialmente el capítulo que narraba el caso, el largo drama, de los chicos de Scottsboro- nueve muchachos negros falsamente acusados, y condenados a muerte, por haber violado dos mujeres blancas en Alabama en la década de los 1930. Leibowitz hizo historia, primero porque tomó el caso gratuitamente, luego porque apeló las condenas, luego sacando libres a cuatro de los acusados, reduciendo las sentencias de los otros cinco, y de paso llevando la cosa al Tribunal Supremo no una sino dos veces, destapando la olla de grillos que era el discrimen racial cotidiano del sur, obligando a los jueces, y a los hombres y mujeres de Alabama, a prestarle atención al racismo. ¿Cómo lo hizo? Pues lo hizo con el saber, y con la agilidad de acción que el saber a veces nos permite. Lo hizo conociendo la ley, conociendo el derecho; lo hizo, también, entendiendo la psiquis colectiva, el ethos, de Alabama. Lo hizo, en fin, estudiando, aprendiendo, construyendo y actuando.
Yo tenía diez años, y las cuestiones heroicas me impresionaban mucho…pero los superamigos de las caricaturas que yo veía los sábados por la mañana (individuos de la talla de Superman, Batman,y especialmente la Mujer Maravilla) se quedaban todos cortos al lado de Leibowitz. El caso de Scottsboro cautivó mi imaginación, y hasta cierto punto cautivó también la de la época: Fue de hecho inmortalizado en otro de mis libros favoritos, publicado en los sesenta, y también apolillado: To Kill a Mockingbird. En él una niña, una niña como la que yo era entonces, narraba la historia de su comunidad, una comunidad pequeña, unida, capaz del mayor de los desprendimientos, pero también del peor de los racismos. Su padre (el héroe, el abogado) no solamente era hábil, sino que en su decisión de representar, con toda su energía y toda su destreza, al acusado negro, arriesgando su seguridad personal, representa el espinazo, la capacidad moral, de toda la comunidad. Tal vez de todo el país. Tal vez de toda la especie.
Estos eventos (y los llamo eventos porque no son “meros” libros, simples objetos, sino mas bien momentos de lectura tan forjadores del carácter como cualquier otra experiencia) estos eventos se daban en un momento histórico particular. Los libros habían sido publicados en los cincuenta y sesenta, pero yo los estaba leyendo en mi garaje en los ochenta. Era la década del ascenso de los yuppies y sus valores materialistas, pragmáticos, por encima del idealismo y el antimilitarismo hippie de la década anterior…Era la década de la resaca que le siguió a las muertes en el Cerro Maravilla…Para esa época salió una película, con otro héroe muy especial, que también cautivó mi imaginación, y que también era abogado. La biografía de Gandhi, interpretado por Ben Kingsley. Recuerdo bien que la película comenzaba con Gandhi, entonces un joven abogado, recién graduado y con práctica en SurÁfrica, siendo expulsado de un vagón de tren de primera clase. Él había pagado su boleto, y andaba bien vestido…pero resulta que aún así, los indios, como él, eran considerados muy oscuros de piel para pasar por “blancos” en la SurAfrica de finales del siglo 19 y principios del veinte. Ese momento es descrito, en las biografías de Gandhi el gran hombre, como la Epifanía o revelación que transformó al abogado que era Gandhi joven, en el activista que pasó a la historia. Pero esa descripción no me parece del todo precisa. Es más correcto decir que ese fue el momento en donde en lugar de dedicarse a su práctica, Gandhi comienza a dedicarse a una causa que construye a través de su práctica, con las herramientas que su práctica le provee.
O mejor dicho aún, y más dialéctico, más apropiado para este espacio socrático que ocupamos ahora: Gandhi se desarrolla como abogado toda vez que se desarrolla como activista de los derechos de los indios en SurAfrica-y viceversa; se desarrolla como activista toda vez que se desarrolla como abogado. Son sus años ejerciendo allí, nos dicen sus biógrafos, los que redundan en el Gandhi que conocemos, el Gandhi que logró la independencia de la India conociendo escrupulosamente, y luego desafiando magistralmente, las leyes, sin violencia, y sin corromperse.
Mientras yo admiraba a Leibowitz, y a Gandhi, había otro héroe, también abogado, frente a mis narices, allí mismo, en la apolillada casa. Años más tarde me enteré. Resulta que mi abuelo, mi abuelito, mi viejo, además de haberse doctorado en historia, había estudiado derecho. “¿Por qué?”, le pregunté alguna vez, curiosa ante lo que me parecía una especie de redundancia académica, por no decir una monumental pérdida de tiempo. Y me contestó, sin titubeos, con cierta exasperación, lo que le parecía obvio: “¡Pues para saber! ¡para entender!”.
Al día de hoy, con 92 años, mi abuelo entiende el país, y el mundo, con una lucidez que le vendría muy bien a los que manejan al país, y al mundo.
Pero regresemos al cuento de Gandhi. ¿De qué le sirve a Gandhi el estudio del derecho? Pues le viabilizó, le operacionalizó, nada menos que el ser Gandhi. Lo que no es poca cosa. Existe entre el derecho, la independencia de la India, y la popularización de la ahimsa, la doctrina de la “no violencia”, la misma conexión que existe entre el derecho y el fin de la esclavitud en Estados Unidos, liderada por Lincoln, ese otro abogado. Entender, incluso amar, e incluso amar lo suficiente para estar dispuesto a mejorar, a transformar, el contrato social plasmado en el estado de derecho, es una ruta exquisita hacia la participación ciudadana plena, hacia la actividad con causa y con pasión, y ¿por qué no? Hacia la felicidad.
Debo admitir que mi noción de felicidad no es necesariamente universal, pero ciertamente es compartida, y defendible. Permítanme articularla muy brevemente aquí. Para hacerlo, voy a echar mano del trabajo de un psicólogo húngaro de nombre impronunciable que ha trabajado el tema en las universidades de Claremont y de Chicago, y de una fabulosa escritora boricua que trabaja y escribe en la Universidad de Puerto Rico. El húngaro es Mihaly Csikszentmihalyi, y dice que la felicidad, en términos prácticos, se encuentra en lo que él llama Flow, o la experiencia óptima, y que consiste en la combinación óptima de desafío y destreza. Es pocas palabras: Si usted hace algo muy fácil, y sus herramientas mentales le sobran, se aburre. Si hace algo muy difícil, y no cuenta con las herramientas mentales, se frustra. Pero si usted, con la mayor frecuencia posible, se dedica a hacer cosas que sean suficientemente difíciles para absorber su atención totalmente, de hacer uso intenso de su destreza y conocimiento, es feliz.
La boricua es Ana Lidia Vega. Y dice la Dra. Vega que la felicidad está asociada, en la vida de los que quieren y pueden optar por hacer carreras universitarias, con una especie de hiperconciencia, la hiperconciencia del “ser humano que sabe pensar críticamente por sí mismo y que puede sentir solidariamente por los demás.”
Pensar, críticamente, por sí mismo: sentir, solidariamente, por los demás. Vega nos habla de hiperconciencia, de la lucidez que nos permite entender, para poder actuar, para poder ejercer cambio. Esa capacidad para la acción que la clase graduanda de ustedes, ha articulado como Fuego de Justicia.
Ustedes utilizarán su diploma para diferentes cosas. Taller jurídico ciertamente hay- después de todo, a los tribunales puertorriqueños llegan sobre 300,000 casos al año. Podemos evaluar el producto de su esfuerzo académico a partir del salario que usted gane, del contrato o el ascenso que se lleve, del carro que maneje o el bote que se vaya a comprar. Pero esas cosas, aunque nos permitan vivir y hasta nos den satisfacción, tienen poco que ver con la felicidad, con la experiencia óptima, con pensar y con sentir, a no ser que el salario se lo gane haciendo algo que le fascine (y ojo, no hablo de algo que se le haga cómodo, o que le guste un poco, sino que le fascine), a menos que el carro lo lleve a los lugares en donde usted va a aplicar lo mejor de sí, de su preparación, de sus destrezas, en pos de algo en lo que usted cree, o a menos que usted aprenda a manejar ese bote como todo un lobo de mar y se dedique principalmente a eso. Porque la felicidad es lúcida, la felicidad es intensa. Cito a Ana Lidia Vega de nuevo: “La verdadera cultura tiene que ver con la hiper-conciencia, con ese arrebato natural que viene a alborozarnos el casco para que desafiemos la noción panzona, chancletera y control remoto de la felicidad.” Y eso es cierto de la felicidad en todos sus ámbitos: el trabajo, el amor, la actividad mental, la cocina, el hobbie, o el asueto.
Todo está conectado, en la biografía propia, en la suya, en la mía. Y todo lo que vale la pena hacer es mejor si se hace de manera lúcida, plena.
Otro abogado, puertorriqueño, que también creía en la intensidad y en la lucidez, lo dijo así: “La gloria no se escribe con palabras, se escribe con la vida”.
Yo creo que la “gloria” a la cual se refería Pedro Albizu Campos en esa cita no implica necesariamente la fama, o la tragedia. La lucidez feliz puede ser una cosa bastante cotidiana. Déjenme hacerles un último cuento. Hace algunos años estuve sentada en un tribunal de menores, y presencié varios casos seguidos. Los casos tenían el mismo fiscal, el mismo abogado, y el mismo trabajador social. Fue muy conmovedor ver las cabezas, juntas, de esos tres personajes: el representante del estado, el defensor público, y el trabajador social, los tres conversaban, cuchicheaban, antes de cada caso. Los antropólogos somos terriblemente curiosos, y yo podía escucharlos un poco, desde donde estaba, así que paré oreja. Y descubrí que los tres, en todos los casos que vi ese día, claramente buscaban lograr un escenario que maximizara oportunidad y posibilidades para el menor. El suyo era un heroísmo cotidiano, colaborativo, de rutina, que no dejaba por ello de ser glorioso. Lúcido. Feliz.
Con lo que llegamos al argumento, a la propuesta. Y la propuesta es corta, es simple, y es la siguiente: Los estudios cuya culminación hoy ustedes celebran deben servirles para la lucidez crítica y para la vida plena. Deben servirles “Para pensar críticamente por ustedes mismos y para sentir, solidariamente, con los demás”. Deben servirles para entender el mundo, para elegir sus causas, e incluso, y especialmente en tiempos de crisis, para asumir posiciones. Posiciones que surjan no de la superficialidad o de la ignorancia, sino del conocimiento, y desde la certeza de que el conocimiento es siempre, inevitablemente, gloriosamente, una obra incompleta, en construcción. El estudio del derecho debe permitirles entender mejor los asuntos para atender mejor los asuntos y para, como dijo otro abogado, Franz Kafka, “partir no de lo aceptable, sino de lo justo”. Para vivir plenamente.
Lo que han aprendido en este espacio debe servirles como herramienta para alcanzar esa felicidad que es posible sólo en la luminosa lucidez, la única felicidad capaz de cambiar las cosas, la única actitud equipada para hacer al mundo mejor, para hacer al mundo más justo.
Muchas gracias.
Printun ahorro de lujo en la UPR
Conceptualmente, tiene sentido implementar medidas de austeridad en la Universidad de Puerto Rico. Después de todo, el país está en una crisis económica, y los destinos del país y de su universidad están atados en la más íntima de las relaciones: Sobreviven, triunfan o se hunden al unísono.
Pero en la práctica la cosa cambia un poco. Porque no todas las medidas son iguales, o afectan a todo el mundo por igual. Y hay algunas medidas para lidiar con la crisis que atentan contra la identidad misma de la Universidad. Que la distancian del país.
Tomemos por ejemplo aquellas que tienen que ver con el número de estudiantes que la universidad planifica atender. No se habla, oficialmente, mucho de ello: Pero hay señales, y no son buenas. La Junta de Síndicos ha dicho en repetidas ocasiones que espera recaudar 40 millones del alza en la matrícula que llaman “cuota especial”. A 800 pesos por cabeza, ese estimado asume 50,000 estudiantes matriculados en el sistema.
Solamente 50,000. La última vez que la UPR tuvo esa cantidad de estudiantes fue en la década de los setenta. Ahora atiende alrededor de 65,000: uno de cada tres estudiantes universitarios de la isla.
La distancia que la nueva política de ocupación generaría entre la institución y el país se agrava cuando consideramos el perfil de esos quince mil estudiantes actuales y potenciales que se quedarían sin atender. Los índices de admisión (IGS) que constituyen el criterio único de admisión a la mayoría de nuestros programas, aumentan, en promedio, según aumenta el ingreso familiar de los estudiantes. Esto quiere decir que aunque hay estudiantes con todo tipo de IGS en todos nuestros sectores sociales, hay una tendencia a que el IGS (y por lo tanto la probabilidad de ser admitido) aumente según aumenta el estatus socioeconómico. Dicho sesgo no es un reflejo del potencial académico sino de desventajas sistemáticas que afectan más a unos sectores que otros a través del tiempo.
El IGS, por su parte, es en gran medida una función del cupo en determinado programa. Mientras más popular es un programa de bachillerato, y más gente solicita admisión a él, más alto se vuelve el IGS. ¿Cuáles son los programas más populares del sistema? Por mencionar algunos: Todas las ingenierías; Biología y Pre-médica; Contabilidad.
Súmele, al bajo estimado de ocupación, las prácticas implementadas en el presente proceso de matrícula, y el cuadro empeora. Las medidas implementadas en distintos recintos, implican una menor oferta de clases disponibles para matricular. Para un estudiante que depende de la beca Pell para estudiar, no poder matricular su requisito mínimo de doce créditos constituye más que una barrera: Puede ser el fin de sus estudios en la UPR.
Algunos hablan de una Universidad “más pequeña y ágil”. Yo creo que parte de la “agilidad” de la universidad pública debe estribar precisamente en su capacidad para atender sectores y geografías diversos. El problema fiscal en la Universidad no debe, no puede, tratarse como una hoja de cálculo gigante. La eficiencia no puede darse en un vacío moral. Las decisiones que tomamos para cortar gastos pueden solucionar un problema matemático de presupuesto-pero agravar los problemas socioeconómicos del país.
Cerrar cupos y secciones para “ahorrar” gastos implica así cerrar oportunidades para muchos futuros ingenieros, médicos y contables en la universidad del país, y sentar las condiciones para un estudiantado menos diverso, más homogéneo socioeconómicamente.
¿Pueden el país, y su Universidad, darse ese lujo?
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la insoportable levedad…
…del ser, se llama una novela de Kundera. Mi personaje favorito era Tereza. (Bueno, en realidad era la perra, Karenin, pero yo quiero hablar de Tereza.) Tereza era el personaje “pesado”, en contraste con la “liviana” Sabina. La dicotomía pesadez/levedad tiene que ver con la importancia y el significado de acciones y de eventos. Implica también una profunda diferencia en cuanto a la profundidad y disposición moral de los personajes.
Esa palabra, “levedad”, ha estado en mi mente desde hace varios días. Me empezó a flotar en la cabeza cuando vi las imágenes de legisladores boricuas, alegres, jineteando camellos en Israel, justo después del salvaje ataque de ese gobierno a la flotilla humanitaria que se dirigía a Gaza. De vacaciones, decían los rostros de nuestros políticos. Al cuestionamiento sobre la carga moral de sus acciones, respondieron (confundidos, inocentes, livianos) que todos sus gastos estaban pagos por una organización, Amisrael, y NO por el pueblo de Puerto Rico. Por lo tanto, no hay problema, no hay significado más allá. Livianito, todo.
Amisrael, por cierto, resultó ser un grupo la mar de interesante. Y más bien pesado. Ha puesto a viajar no solamente a Arango y a Ríos sino también a Nolasco, Burgos, Garriga-Picó…Cuando les preguntan a los legisladores sobre esos viajes, responden con alguna vaguedad relativa al desarrollo de relaciones diplomáticas y comerciales (?!) entre Puerto Rico e Israel. El líder del movimiento es también líder de la iglesia de La Voz de la Piedra Angular y algunos se refieren a él como “El Ángel Final del Apocalipsis”. Uf. Hablando de significados y de pesadez. Pero nuestros legisladores son inmunes a todo eso, y de hecho alegaron desconocer las conexiones entre los “mensajeros de la paz” que les pagaron el viaje y la organización religiosa que pretende construir una iglesia gigantesca en Cayey…Livianitos, todos.
La misma liviandad política que, abiertamente, establece que es necesario aumentar el número de síndicos de la UPR para que la Junta esté “unida”, con “una dirección clara“. Esto lo dijeron el gobernador del país y la presidenta de la cámara con toda traquilidad. Es como decir “necesitamos que la junta vote de acuerdo con nuestra agenda así que tenemos que aumentar el número de síndicos para asegurarnos una super mayoría”. Bajaron la cosa por descargue. Estuvo firmada esa misma noche. Al día siguiente teníamos síndicos nuevos, que de hecho ni siquiera se tuvieron que ajustar al reglamento que les exige un montón de papeles (relativos a sus finanzas, comportamiento ético, y demás.) Olvídate de eso, dijo Arango, envalentonado después de su viaje a lo Indiana Jones.
La levedad kunderiana de nuestros políticos se traduce en velocidad y en el uso de un marrón gigante. Subimos el número, bajamos por descargue, reducimos permisos, nombramos a la carrera, cambiamos de secretario de educación como quien cambia de laundry….En Educación, de hecho, hemos visto la misma tendencia a la liviandad. Cambiaron los horarios de las escuelas con una carta circular. Secretario viene, secretario vá. Ahora, a hablar inglés. Mañana, a contratar conserjes privados….Todo es rápido, irreflexivo, improvisado. ¿Violencia doméstica? A firmar el papelito de la promesa de hombre, escrita a la carrera, editada de noche…Botaron la perspectiva de género, que por lo menos exhibía alguna profundidad, y nos la cambiaron por cinco minutos de reflexión, irónico nombre para un ejercicio que se decidió a lo sucusumucu y que todavía, al día de hoy, se limita en la mayoría de los casos a un rezo o a una lectura rápida de Bonifacio.
Eso es lo más interesante: Mientras más pesada, más cargada de significado e importancia para la posteridad, sea la agencia, institución o estructura bajo la lupa de nuestros políticos, más liviana es la solución. A la UPR le amenazaron las excenciones con una certificación confusa y mal escrita que ni siquiera atendía el problema financiero que planteaban; para cuadrar el presupuesto hacen cosas como dejar a un museo (el Porta Coeli) con un conserje, un guardia y cero guías; al departamento de Educación (posiblemente la agencia más importante, y más confusa y problemática, del país) le quitan y ponen secretarios y le implantan medidas como la promesa de papel y la reflexión matutina. El crimen lo atienden pintando paredes de azul y conminando a la “gente buena” a chotear a la “gente mala”. Y en la legislatura, buscan prevenir futuras huelgas legislando para que el voto sea secreto, individual, descontextualizado, electrónico/por correo….
Es como si todas las decisiones importantes se tomaran “por descargue”. La reflexión ha sido reemplazada por el slogan. El debate por el voto. La planificación por el marroneo. Sin pensar, sin discutir, sin análisis, rapidito, pensando solamente en el objetivo inmediato, concebido éste como una cosa simple, leve, leve…Insoportable.
Printprimavera y democracia, parte cuatro: tristes contrastes.
Otra asamblea estudiantil, esta vez nacional. Nuevamente, como ya es típico de este movimiento, un modelo de orden y democracia participativa. Un cierre apropiado para lo que ha sido lo que podríamos llamar la primavera boricua, una defensa de la educación superior pública madura, democrática,ágil, e innovadora. Un movimiento que gusta del juego (medios, bailes, canciones, improvisación teatral) pero no de la superficialidad.
¿Y mientras los jóvenes celebran, qué hacen los adultos?
Bueno, los adultos que están a cargo de liderar los destinos del país estaban ocupados bajando legislación en esa modalidad de “descargue” que se les ha vuelto tan frecuente. Mientras la minoría les exigía a grito pelado una discusión sobre la medida, que busca aumentar el número de síndicos de la junta de gobierno de la UPR, la mayoría penepé del senado aprobó el proyecto de ley, de la autoría de Arango, y lo pasó rápidamente a la Cámara.
Suspiremos. Qué contraste. Porque si algo aprendió el país de este movimiento estudiantil, es la importancia de permitir la discusión y el estudio de los asuntos complejos. No permitir que los mecanismos democráticos (como el voto) se conviertan en mecanismos para subvertir la democracia (como el voto en ausencia de debate y análisis colectivo.) (Más sobre ese tema en las entradas recientes de ÉFT e Hiram Meléndez Juarbe).
En su afán de NO buscarle las cinco patas al gato, nuestros insignes legisladores dejan al gato sin patas. Sin bigotes. Sin cabeza. La legislación se pasa con prisa, con errores, enraizada no en la investigación sólida sino en los prejuicios de sus autores, y de sus lectores. A veces, la aprueban sólo para descubrir, como le ocurrió recientemente a la senadora Rashke y a la procuradora de las mujeres, que ya existía. Es la mentalidad del quick fix que quiere resolver la cosa rápido, del marroneo que cambia las reglas para lograr el objetivo, del nene que se lleva el bate y la bola cuando pierde. La mentalidad de la pereza que pretende producir medidas sin estudiar los asuntos, del que piensa que la democracia existe en función de la ley y del orden y no viceversa, y que por ello pasa también legislación para aplicarle a los Tito Kayaks del país el peso de un “delito grave” si con sus protestas detienen la siembra de cemento.
Todo ello evidenciando que al país le hace falta no una universidad más pequeña, como la quisiera ¥grí, sino en todo caso más universidad, más educación, más profundidad. Que haya más complicación conceptual/intelectual (bienvenida sea, porque el mundo es complicado) y menos complicación burocrática, como la que nos crea la legislatura con las leyes mal hechas apilándose unas encima de las otras, contrariándose, repitiéndose.
Se le quitan a una las ganas de escribir. Pero imposible irme a dormir sin referirme, esperanzada, una vez más, a los miles de autoras y autores de la primavera boricua, y al deseo, todavía vivo, serio, funcional, de hacer universidad, dentro y fuera de las aulas.

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Printentre pájaros y escopetas
Cada vez es más evidente que “esta gente”, y me refiero al alegre grupo compuesto por la presidenta de la Junta de Síndicos, el presidente de la Universidad, el gobernador Fortuño, y los fantasmas de todo tipo que les susurran (¿órdenes?¿peticiones?¿ideas?¿sueños?) al oído, que esta gente prefiere la universidad cerrada. No sé como más llamarlos. Referirme a ellos como “la administración” mancha la memoria y la acción de aquellos gerentes académicos a quienes les importa(ba) la institución y lo que significa. Referirme a ellos como “el gobierno” oscurece el hecho de que las fuerzas siniestras que manejan y a las cuales responden están metidas en todas partes y canalizadas a través de muchos cuerpos, incluyendo cuerpos universitarios. Los llamaré, de momento, “esta gente”.
Pues esta gente no quiere abrir. Le han cogido el gustito a la universidad cerrada. Insólito, pero cada vez más obvio. La campaña publicitaria que supuestamente pretende “que los portones se abran” (ahhhh, las metáforas) parece más bien diseñada para antagonizar y culpar al movimiento estudiantil con el que supuestamente están negociando (esta gente prefiere, apropiadamente, el término “dialogar”) y así mantener a la universidad convenientemente cerrada. Negocian sin ganas, emplazan a sus compañeros de mesa, se van de vacaciones en pleno asunto, pierden la tabla, le chismean a la prensa…
¿Cómo llegamos a un estado de cosas donde la huelga no presiona?¿ A un estado de cosas, decía, en donde LOS QUE MANDAN NO QUIEREN ABRIR?
[Las implicaciones de esto en términos de estrategia han sido discutidas recientemente con lucidez y empatía por la estudiante Mariana Iriarte en su blog. Para leerlas pulse aquí.]
No sé. Algunos alegarán que esta gente siempre fue así, y que sencillamente se les ha estado viendo más la costura últimamente. Que las ideologías, programas de gobierno, corrientes globales históricas, y desórdenes de personalidad de los susodichos hacen de esta incomprensible actitud algo inevitable. Otros alegarán que leemos demasiado en las acciones de una gente, esa gente, que se ha caracterizado por la arbitrariedad e improvisación en la acción, por la incompetencia en la planificación, por la torpeza en la ejecución. Tal vez son ambas cosas. Tal vez ninguna.
Esta mañana, bajo los efectos de un café bastante bueno, se me antoja imaginar a ESTA GENTE en el diván de un psicólogo/a setentoso, recién iniciado en la ahora popular y populosa progresión de Kubler-Ross. Las famosas etapas de manejo de pena/duelo/crisis.
Etapa 1: Negación.
Los estudiantes están alborotándose, dicen que sospechan de nosotros. Dicen que se irán a huelga. Bah. No creo que lo hagan. Esto pasará.
Etapa 2: Rabia, Ira.
¿Qué se creen esos jóvenes imberbes? ¿Mejor dicho, esos jóvenes peludos? Cómo se atreven a desafiarme a mí, que cuando ellos iban yo venía, a mí, que soy la autoridad? Llámate a la policía, a ver si después de un par de macanazos siguen así de bravos. No les dejes pasar comida, para que vean, que se dejen de pensar que son el ché…llévate el taser, por si acaso. Y móntales una campaña de medios que los demonice bien chévere, a ver si va una turba de graduandos y les abre el portón a la cañona…
Etapa 3: Negociación.
Bueno, está bien, vamos a sentarnos. A dialogar. Nos sentamos, hablando, no pretenderán que de hecho cedamos en nada, pero igual nos sentamos todos los días, y discutimos sobre los puntos, los adjetivos, las comas, y si dialogo bastante con ellos tal vez se sientan atendidos y se salgan de los portones…Es más, vamos a llamar al obispo, a ver si quiere sentarse a hablar con ellos también… un poco de religión nunca está de más…
Etapa 4: Depresión.
Bah. No vale la pena. Estos pelús son muy tercos. ¿Y la mayoría silente, donde está? ¿Cuántas asambleas más voy a tener que auspiciar? No se resignan a “dialogar” solamente, tienen la cara dura de esperar “resultados concretos” y de que se les trate como adultos. Me voy a deprimir/ ir de vacaciones/ sentar aquí con cara de zombi. ¿Será que esta huelga va a durar para siempre?
Etapa 5: Aceptación.
Bueno, y si dura para siempre, ¿qué? Tal vez sea hasta mejor…No pagamos sueldos ni gastos operacionales, nos ahorramos los chavitos que íbamos a levantar con la malhadada video-lotería esa…Mientras la vegetación se apodera de los recintos, y estos pelús se vayan, agotados, podemos cambiar la universidad por completo!!!! Es grande, es cara, se mete cada atorrante…Cerradita, mientras la repensamos. Más pequeña, ágil, eficiente. Tranquilos, muchachos. Todo saldrá bien. Nueva ley universitaria coming right up…Total, si la semana que viene aprobamos el presupuesto en la legislatura para el 2010-2011.
Hasta ahora los estudiantes han demostrado estar un paso adelante. No creo que vayan a bailar el baile, como indica Iriarte en su blog. En cuanto a las escopetas, les recomiendo regresar al diván. Se me acaba el café. Nos leemos luego.
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