batá*
Carolina, Puerto Rico
O tal vez Levittown
4 de junio, 1979
La noche que mi Teté parió a mi hermanito, yo tenía ocho años y estaba asustada.
Minutos antes de que Teté y André, mi padrastro, abandonaran la fiesta para buscar a la comadrona, los asistentes habían pedido, a gritos, que me levantara de la silla plegadiza de metal que había insistido en ocupar durante toda la noche. Tenían la expectativa, y yo lo sabía, y la compartía, aunque en mi caso no era tanto expectativa como esperanza, de que Changó bajara, de que yo me convirtiera en el caballo de mi santo, como debe ser. En el caballo de mi oricha, del dueño de mi cabeza, de mi papá santo, de mi santo papá. El oricha de la carne y del fuego, el rey de la palma y de todas las pasiones y riquezas terrenales, el enorme negro musculoso con muchas mujeres y algunas esposas, el ingenioso y a veces ingenuo, incluso buenazo Changó, el enemigo eterno de Oggún, legítimo esposo de Ochún y dios de la guerra y del metal. Ochún, la encantadora reina del oro, los ríos y la miel, la patrona de los pescadores cubanos, la gobernante y curandera de las vaginas y los ovarios y las tetas de todas las mujeres del mundo, era mi mamá. No estaba casada con Changó, me había explicado bruscamente mi madrina cuando pregunté. Tal vez pensó que yo estaba juzgando a los orichas, pero se equivocaba. A mí no me molestaba para nada ser bastarda, de hecho ya lo era y no sabía todavía que eso era malo o juzgable, yo sólo quería saber.
Todas las personas tienen un oricha mamá y un papá, pero uno de los dos es el principal, el dueño de la cabeza de la persona, me explicó madrina Carmen en un raro momento de paciencia y articulación de oraciones completas. Tú eres de Changó.
A mí me gustaba Changó, pero me intimidaba la idea de personificarlo, de que mi cuerpito pequeño y flaco se convirtiera en Él, que bailara como él, que hablara como él. Traté, sin embargo, de relajarme. La posesión me traería la aprobación, tan difícil de obtener, de Carmen. Me traería también el respeto de los otros santeros, que a veces me trataban con condescendencia, dudando a viva voz como si mi enanez me hiciese invisible, o sorda; la conveniencia o sabiduría de iniciar una nena tan pequeña, tímida y frágil en los misterios de la santería y en la comunidad.
Carmen había visitado mi trono la noche antes del batá. Yo, nerviosa, intentaba dormir, intentaba controlar los movimientos nerviosos de mis piernas, los golpes pequeños que el dorso de mi mano, hecho almohada, le propinaba a mi mejilla. La boca de mi madrina era una línea recta, sus aretes enormes no se movían, sus cejas finas casi se juntaban en una V amenazante, su mano apretaba mi hombro con fuerza. No te resistas, nena, me dijo. Cuando llegue el momento, no te resistas. Deja que la música te lleve. Sigue el batá.
De modo que traté de relajarme. Con mi trajecito de organdí y mi actitud reverente, podría haber pasado por una niña boricua común y corriente, a punto de hacer su primera comunión. Excepto por mi cabeza calva, redonda y brillante, cubierta con un pañuelo de seda blanca. Excepto por mi esqueleto desnutrido, tan distinto al de las amiguitas de clase media que a veces visitaba cuando iba a ver a mis abuelos paternos. Y excepto por el hecho de que nunca me habían bautizado, y de que no me sabía ni el padrenuestro.
Pero sí sabía las historias de Changó. La más famosa de ellas explica cómo, en la mezcla caribeña sincrética entre el catolicismo español de los amos y la religión yoruba de los esclavos, Changó se convirtió en la Santa Bárbara de las estampitas. Resulta que cuando Changó era humano y príncipe, estaba formalmente casado con Obbá, entre otras, pero se fue a visitar a Ochún, su amante favorita. Estaban descansando desnudos en la cama cuando llegó Oggún, el esposo de Ochún. Oggún siempre estaba de mal humor, pero sospechar la presencia del guapo y principesco rival en la habitación de su esposa lo puso colérico, y comenzó a golpear la puerta con su machete para tumbarla. Ochún, que no estaba en las de volverse víctima de “violencia doméstica”, como le llaman los periódicos de hoy a ese tipo de cosa cuando no la llaman “crimen de pasión”, empujó a Changó, básicamente tirándolo por la ventana. Desnudo, claro. Sus armas y su ropa escondidas en el cuarto de Ochún, Changó se vio obligado a correr desnudo delante de sus súbditos, que no podían contener la risa. La cosa se puso peor cuando Oggún se puso a perseguirlo. Changó se refugió en casa de la fiel Obbá. (Yo le agradecía a Olofin que Obbá no fuera dueña de mi cabeza, pobre Obba. Ni una nena de ocho años quiere una diosa buena (¿apendejada?) y mártir sobre su cabeza. De hecho nunca he conocido a santera alguna que sea hija de Obbá, aunque debe haberlas.) Obbá, bendita enamorada Obbá, no solamente no le cuestionó a Changó su culpable desnudez, sino que al escuchar que lo perseguían le dio su túnica, se cortó y le puso sus trenzas, y lo sentó en su trono de reina consorte. Al llegar Oggún, pensó que Changó era Obbá. Y es esa la figura de Santa Barbara: Changó vestido de mujer para tapar un cuernazo, al fondo un castillo en llamas para recordarnos que estamos mirando no a una mujer blanca, sino al rey africano del fuego, disfrazado, de mujer y de blancura, para engañar a su enemigo divino de Nigeria, a sus enemigos españoles de Cuba.
Por supuesto que me conocía las historias, los patakís. Eran mejores, por mucho, que las novelas de telemundo y los chismes del teveguía. Las leía y escuchaba voraz, insaciable. Internamente, arrogante, se me ocurría a veces que me conocía las historias mejor que los adultos que criticaban mi pequeñez y que ello me convertiría, eventualmente, en una mejor lectora del caracol. Pero no decía nada.
Ahora en el batá, hubiese querido probarles que estaban equivocados, pero en el fondo temía que no lo estuvieran. Sentí miedo, sentí náuseas, sentí unas extrañas ganas de bailar, pero ni la más remota señal de posesión propiamente dicha. Traté de bailar un poco, a ver si pasaba algo, pero cada vez que daba un paso los santeros me miraban, todos a la vez, cientos de ojos posados sobre mi pequeña figura, gritos de ánimo, y me daba pachó y dejaba de bailar.
Miré a Teté. Flaca y débil, más blanca que lo usual, sentada en una silla de metal, con los cabellos sueltos, las puntas llenas de horquetillas, los labios resecos, la barriga inmensa y tan bajita que se veía obligada a abrir las piernas para acomodar la panza, casi colgando, con un brazo debajo para sujetarla, para que no le halara las costillas, para que no le quebrara la espalda. Me pregunté si sentiría náuseas, también. Probablemente sí. Teté tenía náuseas con frecuencia, y ahora que estaba embarazada más aún. Estaba sufriendo, se le notaba, y yo no sabía si era por mi fracaso como caballo o si era porque se sentía enfermita.
Entonces se puso la cosa más tensa, porque David cayó al suelo.
David era mi compañero de iniciación. Para abaratar la iniciación un poco (las iniciaciones son asuntos caros. La mía costó al menos nueve mil dólares, y estamos hablando de 1979) habían juntado dos yawós o iniciandos en una sola ceremonia, en una sola cámara con dos tronos, y habíamos participado de la mayoría de los rituales principales juntos. David tendría unos diecinueve años y un bigote tan finito que yo pensaba que era de embuste. Era artesano. Hacía soperas para santeros, entre otras cosas, las soperas que cada santero guarda en su casa para representar y contener a su panteón personal, por lo general a su oricha y seis más, usualmente incluyendo a Obatalá (sopera blanca), Ochún (sopera amarilla) y Changó (sopera de madera con adornos colorados.) Mis soperas incluían además a Oyá (púrpura), Obbá (rosada), Yemayá (azul) y creo que también a Babalú, ya no recuerdo. Elegguá estaba también en mi trono pero sin sopera, representado por una cabeza con ojitos y boca de caracol, rodeado por las herramientas de los guerreros. Pero Elegguá es otro tema. El caso es que David era algo así como mi hermano de iniciación, aunque yo creo que como tantos otros hermanos mayores, no estaba particularmente contento con el arreglo, y me trataba con distancia y un aire de superioridad que me sacaba por el techo. Su mamá oricha era Ochún.
Después de convulsar y babearse en el suelo un rato, David se levantó y cómo no, ahí estaba Ochún. Todo el mundo lo celebró. Fue un alivio, porque dejaron de mirarme, pero también una desilusión, porque la vara para evaluar la calidad de mi posesión había subido, con tanto show, tanto desmayo y tanto babeo. Miré a David con escepticismo. Era él, no tuve duda. Ahí no había ninguna Ochún, el tipo estaba actuando. Hablaba como David, se movía como él, y cuando fue a besuquear y bailarle a alguien (una movida clásica de la coqueta Ochún) eligió justamente al individuo que le gustaba a David. Qué casualidad, bufé. Por suerte nadie me estaba haciendo caso y nadie me escuchó.
Los batá seguían tocando, dándole a los cueros sin pausa, el sudor corriendo sobre sus cuerpos no en perlas sino en ríos, ríos de veras, ríos de sudor físico nacido de ellos, de sus glándulas y de sus poros, y los envidié un poco, envidié un poco su particular forma de sacerdocio, predicado no tanto sobre la actuación como sobre la destreza, el virtuosismo, la resistencia de tocar por horas sin salirse de ritmo. Tocaban juntos pero cada cual con un ritmo distinto, todos en armonía. Por la tarde, antes de que empezaran las festividades, antes de que se escucharan los chillidos del primer cabro sacrificado, yo me había acercado a los tambores, fascinada. Puse mi manita huesuda sobre mi favorito. Traté de tocar. Algún ritmo obtuve, pero me cansé rápido. Dejé la mano descansar sobre el cuero tenso. El dueño del tambor se acercó a mí, un gigante negro con un cuello enorme, conectado con músculos temblorosos con sus hombros. Puso su mano junto a la mía. No te preocupes, hermanita, me dijo. Eres una nena. Una hembrita. No puedes ser batá, no puedes conocer sus misterios. Pero esta noche, yo voy a tocar en tu honor. Para ti, hermanita. Sus ojos eran oscuros pero rodeados de un blanco blanquísimo, y creo que por un instante, a la manera de las nenas de ocho años que de repente son miradas a los ojos, me enamoré un poquito.
Busqué con los ojos a mi amigo batá. Tenía los suyos cerrados. Me pregunté si estaría decepcionado por mi fracaso. Recordé, un poco esperanzada, que alguien me había explicado que los batá, al tocar, también estaban poseídos, porque ningún humano podría tocar tantas horas, y tan fuerte, y con tanta perfección, sin intervención divina. Mi amigo era caballo de su santo para que yo pudiera serlo para el mío.
Me concentré una vez más. Pero sentí aún menos. Esta vez sí había resistencia: la imitación fatula de David me hacía rechazar, por orgullo, cualquier inclinación al simular, cualquier invitación a dejarme caer al suelo a ver si así pasaba algo. Me quedé parada allí, estoica. Le ofrendé a Changó mi (in)dignidad, y cualquier castigo que de ella surgiera.
Y entonces se acabó. O tal vez empezó. Porque de repente, y sin tanto aspaviento como David, Ochún bajó sobre uno de sus hijos, un profesor universitario con abundante bigote. El catedrático, le decían los demás santeros y santeras. Casi al mismo tiempo, Changó cabalgó a uno de los suyos, un hombre flaco, muy serio, que frecuentaba la casa de mi madrina y a quien mi madrina evidentemente le tenía mucho respeto, porque le sacaba cigarros y vajilla fina, cada vez. Ese señor fue el que me afeitó la cabeza el primer día, y el único que, la primera noche que pasé allí, solita en mi trono, calvita y llorando de miedo y de frío, me llevó una manta gruesa y me dijo que todo estaría bien. Ese señor era ahora mi papá. Y a él sí se lo creí.
A David se le pasó la posesión rapidito que Ochún cabalgó al otro. Se tiró en una silla haciéndose el agotado y madrina Carmen fue a atenderlo con mucha monería y movimiento de manos. Le acarició la frente, lo felicitó.
El verdadero Changó ni la miraba. Fue directamente a donde el otro bigotudo, Ochún, y se abrazaron y besaron cariñosamente. Tanto bigote junto me dio un poco de risa, pero mi madrina me lanzó una mirada afilada de perfil, como un pájaro cabezón, y cerré la boca. Una mujer me sirvió un plato de carne de chivo flotando en caldo grasiento. Recordé los gritos de los chivos esa mañana, recordé el olor a sangre que todos los días bañaba mi habitación, y fui a vomitar. El bol cayó al suelo, la carne y el caldo asqueroso a mis pies.
En el baño, vomité una cosa amarilla, y recordé que ese día no había comido. Me lavé la cara, me acomodé el pañuelo para que no estuviera expuesto ni un pedacito de mi calva, y regresé a la marquesina.
La escena que me encontré era de miedo.
Los batá seguían tocando, furibundos, poseídos, hermosos. Una mujer limpiaba la carne y el caldo que yo había tirado. Ochún estaba de rodillas, gimiendo en lucumí, sus brazos extendidos en dirección a Changó. Changó estaba al lado de madrina Carmen, las manos fibrosas alrededor del cuello de la doña, susurrando acusaciones que yo no podía escuchar, Carmen agarrando las manos del que era su santo y el mío, rogando por su vida.
Todos rogaban. Alguno que otro gritaba, gimiendo, y recordé los chillidos de los chivos.
Changó soltó su presa, su hija. Golpeó el racimo de plátanos que adornaba la pared, y luego tornó su cuerpo en mi dirección. Caminó hacia mí. Yo temblaba. ¿Tal vez me ahorcaría, por mi fracaso?
Pegué la barbilla del cuello, para protegerme del ataque de mi santo, y encorvé la espalda. Pero Changó puso sus manos grandotas bajo mis codos, me levantó hasta llevarme al nivel de sus ojos negros, y me dio un beso en la frente. Luego me tomó en brazos, como si fuese una bebita. Se sentó en una de las sillas y allí me acunó largo rato.
La gente se fue calmando, la conversación se animó, el baile se reanudó, tentativo, y los platos de carne guisada de chivo continuaron circulando, más y más. Papá Changó me dió un caramelo de miel que le trajo Ochún para mí. Mamá Ochún se sentó con nosotros y me dio arroz blanco en la boca, arroz ligerísimamente mojado con caldo de chivo, con una cuchara. Yo estaba a punto de dormirme al calor de mis bigotudos, tiernos y divinos progenitores, a pesar del hambre, a pesar del susto, cuando recordé a mi mamá terrenal, a mi hermanito en su barriga. Me pregunté si Teté, como yo, habría vomitado al ver el plato de chivo guisado. La busqué con la vista.
Pero mi mamá ya había salido. Su silla estaba ahora ocupada por una mujer anónima, vestida de tie dye violeta, comiendo chivo con fruición.
“Fue el batá”, dijo uno de los asistentes. “Aceleran los partos, es una cosa muy fuerte para una mujer preñá.”
Y entonces fue que verdaderamente tuve miedo.
*Publicado previamente en la revista ochenta grados.
Printfantasma
El olor era claro, agudo, perfecta e inevitablemente separable de otros olores en su entorno. Pero a la vez, me resultaba completamente desconocido, no identificable. Químico, pensé, tal vez alguna emisión de una fábrica vecina, y cerré las ventanas del auto. Pero el olor continuaba: de hecho se hizo más intenso. Tenía que venir del propio auto. Está en los ductos de aire acondicionado, de seguro.
Decidida a prevenir nuestro envenenamiento, llevé el auto al mecánico. El aire estaba bien, me dijo. Nada fuera de lo normal.
¿Y cómo era ese olor?, preguntó.
Químico, contesté. No sé, no lo había olido antes.
Se encogió de hombros. Internamente lamenté su evidente incompetencia, su indiferencia de burócrata hacia la salud respiratoria de mi familia.
Al día siguiente, sentí el olor en uno de mis salones de clase. Parece que el aire está contaminado aquí también, pensé, ahora más indignada. Este asunto era un problema general, tal vez hasta una causa.
Pero esa noche, el olor estaba en casa. Y en casa no hay aire acondicionado. ¿Vendría acaso de mí misma, de mi propio cuerpo? Le pregunté a mi familia. No, no olían nada en el aire. No, tampoco en mi piel, ni en mi exhalación. No había tal olor, insistían.
Nadie más podía olerlo. Sólo yo. Era químico, desconocido, y mío.
***
Me puse (por supuesto) a buscar en internet. Mis pinitos de internauta autodidacta comenzaron, un tanto patéticamente, con las palabras clave “un olor que no está”, “un olor que otros no huelen”, “olor químico desconocido.” Al cabo de una hora o dos, me había puesto más sofisticada. Buscaba cosas como “phantosmia” y “alucinación olfatoria”, y a cambio aprendía sobre narices, cerebros y sobre las posibles causas del fenómeno que me aquejaba: actividad epiléptica, un tumor, Parkinsons, un catarro discreto.
Movida por el optimismo y el principio de parsimonia, decidí explorar la hipótesis del catarro, y fui a un médico de familia. La interacción fue parecida a la que tuve con el mecánico. Los ductos respiratorios: bien. Los pulmones: bien. La garganta: bien.
¿Y cómo exactamente es ese olor?
Como… químico.
¿Cómo que “químico”?
Pues químico, a un químico, no sé, nunca lo había olido antes.
…Pues no sé….tendrá que ir al neurólogo.
El buen doctor tenía cara de preocupación, de modo que antes de ir al neurólogo, se me ocurrió la bendita idea de rebuscar las memorias ajenas en busca de información sobre mi abuela materna, que había muerto hacía mucho de cáncer cerebral. Supe que murió a los cuarenta años de un tumor en la cabeza; que uno de los síntomas era un olor que no podía identificar (era huevo podrido, y quemado, creo que dijo alguna vez); y que tenía además el pelo y las uñas muy débiles.
En los días que describo, los días de la génesis de mi olor fantasma, yo también tenía cuarenta años. Mi pelo y mis uñas se habían puesto frágiles a partir de mi último parto, cinco años antes.
El olor a químico se me antojó de pronto un poco como un anuncio de lo infernal, en el sentido clásico de la cosa como el paraje habitado por los muertos. De hecho, dicen que el infierno (en el sentido más cristiano y popular de hogar del diablo) huele a azufre. Pero tal vez ese dicho se lo inventaron cuando los olores “químicos” a los que las narices comunes y corrientes tenían acceso eran pocos y el azufre era más común que otros. ¿Qué tal, pensé, si el infierno sencillamente huele a químico?
Las búsquedas en google se tornaron más enfocadas. “Tumor” y “phantosmia”, “brain cancer” y “olfactory hallucination”. Eventualmente “brain cancer” y “prognosis.” Todo ello mientras me halaba los pelos y me masticaba las uñas, empeorando y confirmando así la debilidad de ambos. A veces lloraba, también.
Y escribía, escribía como una condenada, escribía como quien se rasca una picada, como un perro recién bañado que se sacude o un humano recién parido que llora o un prisionero torturado que confiesa lo que no hizo: Inevitablemente, irreflexivamente, buscando alivio, y porque sí.
Llamé al neurólogo. Amabilísimo y cortés (comportamiento altamente sospechoso e inusual en un especialista) este señor me mandó a hacer un MRI inmediatamente, confirmando así mis peores y más hipocondríacas sospechas. Me hice un calendario mental (viajar a Italia, conversar con mis hijos, ir a la playa) y continué alternando trabajar, escribir, llorar, y arrancar pelos y uñas mientras esperaba los resultados, que tardaron algunos días.
Las noticias del MRI (en contraste con su riqueza visual) eran parcas, pero buenas. No había tumor.
***
El olor siguió allí. Iba y venía, sin avisar. Traté de correlacionar sus llegadas y partidas con alimentos, horarios, eventos, climas, patrones de sueño. Nada.
Todavía me visita, aunque con menos frecuencia.
Sumida en mi pequeña, secreta, rutinaria y boba condena olfatoria, me he preguntado si hay una relación entre ese olor y la escritura. Y al parecer sí. Es posible que haya una relación entre el acto o las ganas de escribir, las alucinaciones de todo tipo, incluyendo olfativas, y la actividad del lóbulo temporal. De hecho es posible que existan relaciones (cuando del cerebro y de los humanos se trata, hablar de “una” relación resulta medio simplón) entre la producción creativa, en general, y esa región entre la sien y la oreja. Que allí ocurren (y/o provocamos) cosas. Eventos. Cambios químicos, físicos o eléctricos masivos como catástrofes o sutiles como brisas y vuelos de mariposa, cambios que pudiesen explicar, o complicar, la aparente relación entre mi olor fantasma y el impulso de ordenar significados a través de las letras.
La neuróloga (y escritora exquisita) Alice Flaherty describe algunas de esas relaciones en The Midnight Disease, la enfermedad de la medianoche. Examina, por ejemplo, la producción creativa masiva y novedosa de Van Gogh, Flaubert, Dostoievski, todos ellos maldecidos con epilepsia temporal. Examina también su propia crisis post-parto, caracterizada tanto por la escritura constante e incontrolable como por voces internas que eran casi-casi alucinaciones. Hipotetiza una relación parecida entre la actividad cerebral y la experiencia mística, y el fenómeno cerebral como el origen del concepto de “musa” creativa.
Y aclaro que no es que me ponga yo en esa categoría, en esas ligas artísticas y estéticas: La mayor parte de los seres que se ponen a escribir a la vez que se les activan voces, visiones y otras formas de alucinación no producen nada demasiado interesante. El elemento común es más bien el volumen de la cosa, y el producto más común es más parecido a un diario o una colección de videos caseros que a una sinfonía. Pero creo que ustedes me entienden cuando digo que tengo que escribir para entender, o que sencillamente tengo que escribir.
Un olor claro pero desconocido, que visita con frecuencia pero sin aviso, que puede o no guardar alguna relación con las otras cosas, tontas o profundas, que me definen. Tal vez soy afortunada. Tres neuronas a la izquierda y quizá estaría escuchando voces o viendo criaturas fantásticas dentro de mi sandwich. En la jerarquía de los sentidos, el olor no es demasiado importante, y quizá por eso mismo resulta más aceptable, en términos psicosociales, oler una peste que otros no huelen que ver seres u objetos que otros no ven, o escuchar voces que otros no escuchan.
Pero de algún modo es un goce, un alivio, reconocer la existencia de conexión y de misterio. Porque el fantasmal olor que me visita es un misterio, y como tal me sirve como recordatorio de lo misterioso que es el mundo, empezando por mi propio cuerpo y mis sentidos. Me sirve para no tomarme demasiado en serio lo que creo ver, tocar, oler, saber, conocer, pensar. Y a la vez para recordar que a veces, incluso sin querer, incluso en las áreas más triviales, más ridículas, nuestro cuerpo nos permite, nos impulsa y nos obliga a crear y recrear lo innombrable, lo inefable, lo que no existe.
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Publicado previamente en la revista 80grados.
Printprimavera y democracia, parte 5
Llueve en Arlington, Virginia, el espacio donde mi familia se ha exiliado. My commute cotidiano se complica, o más bien se moja, y me veo obligada a caminar una milla bajo las gotas. Sonrío con expresión boba, y sonrío más cuando imagino a los indignados peatones que miran mi sonrisa boba y posiblemente piensan “qué le pasa a esa boba”, porque descubro la fuente de mi bobería y aparente pasividad frente a la lluvia. Y es que tal vez porque la lluvia pone ñoña a la gente, o porque esta lluvia en particular me recuerda otras lluvias igualmente particulares, estoy recordando a las muchachas y muchachos que hace unos meses, en la primavera del 2010, tomaron los portones de la Universidad de Puerto Rico.
Todavía eran sospechas, las que guiaban las mentes de los “revoltosos” que cerraron la universidad. Aún no habían subido la matrícula, por ejemplo, aunque había rumores de que ello ocurriría. En aquel momento, los/las estudiantes protestaban por la certificación que separaba las ayudas de “mérito”, como la matrícula de honor o las becas de atletas, de las de “necesidad”, como la beca Pell. Protestaban también el silencio de la administración frente a sus reclamos justos realizados a través de los canales adecuados. Protestaban la falta de transparencia y la mala fé. Protestaban acampando frente (detrás) de los portones de cada recinto.
De vez en cuando, por aquello de mantener la causa a la vista y la gente ocupada, convocaban a una marcha, de mayor o menor envergadura. Una de las marchas (tan básica, tan simple) envolvía salir de cada portón hasta llegar al principal, y allí dar unas vueltitas. Allí nos encontramos las/los estudiantes y las/los otros – profesoras, profesores, empleados/as, gente de por ahí…No éramos muchos. Después de todo se trataba de Mayagüez, no de Rio Piedras, y no había prensa ni gentío.
Pero el caso es (téngame paciencia, lector amable, que el caso, que el punto, viene, es que mi cerebro funciona así, poquito a poco, y va cogiendo impulso) el caso es que caminábamos, los profesores, los obreros, y los estudiantes, y que de repente, llegando a la meta, al portón de la Vita, al espacio en donde daríamos las consabidas vueltitas, comenzó a llover.
Llovía como llueve en Mayagüez, como llueve en Puerto Rico: como si se fuera a acabar el mundo, excepto que es todos los días y que el mundo, mal que bien, sigue ahí, más o menos igual, cuando el sol sale y lo seca.
Y en ese momento, en ese instante donde la lluvia comenzaba, se definió una diferencia generacional: Las estudiantes titubearon solamente un instante, que invirtieron en mirar el cielo, y sonreir, y luego comenzaron a dar las vueltas acordadas, excepto que en lugar de caminar, bailaban. Muchachos de cabellos largos, chicas de cabellos cortos, algunos con lentes, otros con pañuelos, tatuados, severos, saltarines, torpes…Los estudiantes bailaban.
Y en ese mismo momento, los más viejos titubeamos unos cuantos instantes y luego nos replegamos. El contingente obrero se refugió bajo un par de sombrillas compartidas, y los profesores nos dispersamos. Yo acabé protegiendo mi computadora con mi cuerpo, metida en el carro de un colega, mirando de lejos (tan cerca, tan lejos) a los estudiantes que bailaban.
Ese es el recuerdo que me sobrecoge mientras camino bajo la lluvia desde mi trabajo hasta mi casa. Alguien dijo una vez (quisiera recordar dónde leí esto, si alguien sabe dígalo) que la verdadera diferencia entre la tragedia y la comedia no es que la tragedia es triste, y que la comedia es feliz, sino que la tragedia siempre trata con unas emociones y eventos individuales con un desenlace inevitable, y la comedia trata con unas emociones y eventos sociales con desenlaces sorprendentes. La tragedia es individual, la comedia es social. La diferencia no estriba en la profundidad o superficialidad de un género sobre el otro, sino en la óptica de la cosa.
La universidad y la felicidad, escribió Ana Lydia Vega hace unas décadas.
Miro el cielo, y sonrío. No se trataba de sufrir, la huelga creativa del 2010, sino de sonreír y actuar. Aún bajo la lluvia. Aún bajo la lluvia. Especialmente bajo la lluvia.
help is on the way
Estoy haciendo la fila del recetario en la farmacia, en Arlington, Virginia, territorio CVS – hay al parecer dos farmacias únicas en el mundo, o en nuestro canto del mundo, que se repiten cada tanto en el paisaje – y hago el segundo turno en la línea. La farmacéutica que me ha tocado en suerte hoy me cae bien, le sonrío, me sonríe. Es negra, usa espejuelos, tiene el pelo muy corto y de color cobre, usa aretes, una pelotita dorada en cada oreja. Me ha atendido anteriormente, y me he fijado en sus movimientos, pausados pero eficientes, con el ritmo certero del que conoce y probablemente aprecia su rutina de trabajo, en la boca un saludo, en una mano el teclado, en la otra la receta que le entrega la clienta frente a mí. También negra, muy gruesa, de pelo largo, trenzado y recogido en un pañuelo, en pantalón turquesa a media pierna y sandalias verdes (tendrá frío, me pregunto, no, me contesto, y me pongo a pensar en los dulces que podría comprar y que no compraré porque el grosor de mi compañera de fila me recuerda que tengo que parar el pico, comer menos, que a mi edad la voracidad no es un estilo de vida sostenible), esta clienta conversa en voz baja con la farmacéutica, no las escucho bien pero el tono sugiere preguntas y consejos sobre marcas, genéricos, condiciones y deducibles varios.
Es mi turno, saludo, entrego papelitos, me despido. Antes de salir agarro un chocolate (ya al parecer olvidada, o al menos superada, mi conversación interna sobre la amenaza del sobrepeso) y me acerco a las máquinas que han reemplazado a las cajeras y cajeros humanos que alguna vez solían ejercer la función de cobrar en el establecimiento. La clienta gruesa que me precedió en la fila del recetario hace lo mismo aquí, excepto que esta vez su interacción resulta, a todas luces, más problemática. Tiene un six pack de cervezas sobre la máquina, que en femenina y robótica voz le indica que necesita mostrarle su identificación a un humano, para que autorice la compra de alcohol. Help is on the way, dice la robot. Molesta, la clienta llama al único cajero humano disponible, un hombre negro, joven, que revolotea de caja en caja como abejita polinizadora de flor en flor, y que se desplaza lentamente hacia el reclamo, atendiendo a otra clienta con un dilema similar en el proceso.
Mi compañera de fila ya no está molesta: está iracunda. Sube la voz. Shit, what the hell. You know I’m older than eighteen. Just slide the damn card. El cajero decide ignorarla, hacerla esperar un poco más. Shit! Repite la mujer. Tendrá unos veinticinco, tal vez treinta años, pienso. Está golpeando el suelo con su pie izquierdo. El muslo enorme tiembla dentro del pantalón turquesa. El cajero se le acerca y le pide la identificación, en voz baja. Ella le grita Shit, otra vez, y riposta, You know I’m older than eighteen, you’ve seen me here before. El cajero levanta una ceja, se aleja, atiende a otro cliente. La desesperación de la mujer es ahora total. Otra clienta, cuarentona tal vez, de cabellos negros, piel blanca y acento latino, le dice No need to use that language, y ahora sí que se arma la otra, y yo me asusto, pensando que voy a tener que ver una pelea, y a la vez me entristezco mientras ellas se acercan, se miran, se gritan, se empujan, la farmacéutica amable sale de la nada y las separa, su mano en la espalda de una y en la mano de otra, susurrando suavemente, como quien acurruca a un niño cansado, shhhhh, it’s ok, it’s ok, y se me ocurre que me cae mejor aún, y se me ocurre también que ella sabe cosas que nosotros no sabemos, cosas sobre la mujer gritona, enfermedades y condiciones tras los nombres de las medicinas despachadas y que desde ahí, desde ese ángulo, sale como un rito, una ofrenda, su compasión.
La mujer de los “Shits” se aleja, gritando Shit, Shit todavía, escoltada por la farmacéutica, que mantiene su mano en el hombro torturado por la tira de un brasiere que no alcanza a contener la adiposidad de su dueña. La otra, la del regaño, saca el celular y llama a alguien, para contarle la historia, que comienza en español con “acá, en la farmacia, una pinche negra…” Yo termino de pagar mi chocolate y salgo al mundo, territorio CVS. El sol, amarillo, amable, me recibe con sus brazos tibios de luz. Lo saludo en voz baja, hola sol. Una señora que espera el autobús me escucha hablar con nadie y me mira, levemente alarmada. Tal vez piensa que estoy loca. Le sonrío, me sonríe, y sigo mi camino bajo el sol.
fantasma
El olor era claro, agudo, perfecta e inevitablemente separable de otros olores en su entorno. Pero a la vez, me resultaba completamente desconocido, no identificable. Químico, pensé, tal vez alguna emisión de una fábrica vecina, y cerré las ventanas del auto. Pero el olor continuaba: de hecho se hizo más intenso. Tenía que venir del propio auto. Está en los ductos de aire acondicionado, de seguro.
Decidida a prevenir nuestro envenenamiento, llevé el auto al mecánico. El aire estaba bien, me dijo. Nada fuera de lo normal.
¿Y cómo era ese olor?, preguntó.
Químico, contesté. No sé, no lo había olido antes.
Se encogió de hombros. Internamente lamenté su evidente incompetencia, su indiferencia de burócrata hacia la salud respiratoria de mi familia.
Al día siguiente, sentí el olor en uno de mis salones de clase. Parece que el aire está contaminado aquí también, pensé, ahora más indignada. Este asunto era un problema general, tal vez hasta una causa.
Pero esa noche, el olor estaba en casa. Y en casa no hay aire acondicionado. ¿Vendría acaso de mí misma, de mi propio cuerpo? Le pregunté a mi familia. No, no olían nada en el aire. No, tampoco en mi piel, ni en mi exhalación. No había tal olor, insistían.
Nadie más podía olerlo. Sólo yo. Era químico, desconocido, y mío.
***
Me puse (por supuesto) a buscar en internet. Mis pinitos de internauta autodidacta comenzaron, un tanto patéticamente, con las palabras clave “un olor que no está”, “un olor que otros no huelen”, “olor químico desconocido.” Al cabo de una hora o dos, me había puesto más sofisticada. Buscaba cosas como “phantosmia” y “alucinación olfatoria”, y a cambio aprendía sobre narices, cerebros y sobre las posibles causas del fenómeno que me aquejaba: actividad epiléptica, un tumor, Parkinsons, un catarro discreto.
Movida por el optimismo y el principio de parsimonia, decidí explorar la hipótesis del catarro, y fui a un médico de familia. La interacción fue parecida a la que tuve con el mecánico. Los ductos respiratorios: bien. Los pulmones: bien. La garganta: bien.
¿Y cómo exactamente es ese olor?
Como… químico.
¿Cómo que “químico”?
Pues químico, a un químico, no sé, nunca lo había olido antes.
…Pues no sé….tendrá que ir al neurólogo.
El buen doctor tenía cara de preocupación, de modo que antes de ir al neurólogo, se me ocurrió la bendita idea de rebuscar las memorias ajenas en busca de información sobre mi abuela materna, que había muerto hacía mucho de cáncer cerebral. Supe que murió a los cuarenta años de un tumor en la cabeza; que uno de los síntomas era un olor que no podía identificar (era huevo podrido, y quemado, creo que dijo alguna vez); y que tenía además el pelo y las uñas muy débiles.
En los días que describo, los días de la génesis de mi olor fantasma, yo también tenía cuarenta años. Mi pelo y mis uñas se habían puesto frágiles a partir de mi último parto, cinco años antes.
El olor a químico se me antojó de pronto un poco como un anuncio de lo infernal, en el sentido clásico de la cosa como el paraje habitado por los muertos. De hecho, dicen que el infierno (en el sentido más cristiano y popular de hogar del diablo) huele a azufre. Pero tal vez ese dicho se lo inventaron cuando los olores “químicos” a los que las narices comunes y corrientes tenían acceso eran pocos y el azufre era más común que otros. ¿Qué tal, pensé, si el infierno sencillamente huele a químico?
Las búsquedas en google se tornaron más enfocadas. “Tumor” y “phantosmia”, “brain cancer” y “olfactory hallucination”. Eventualmente “brain cancer” y “prognosis.” Todo ello mientras me halaba los pelos y me masticaba las uñas, empeorando y confirmando así la debilidad de ambos. A veces lloraba, también.
Y escribía, escribía como una condenada, escribía como quien se rasca una picada, como un perro recién bañado que se sacude o un humano recién parido que llora o un prisionero torturado que confiesa lo que no hizo: Inevitablemente, irreflexivamente, buscando alivio, y porque sí.
Llamé al neurólogo. Amabilísimo y cortés (comportamiento altamente sospechoso e inusual en un especialista) este señor me mandó a hacer un MRI inmediatamente, confirmando así mis peores y más hipocondríacas sospechas. Me hice un calendario mental (viajar a Italia, conversar con mis hijos, ir a la playa) y continué alternando trabajar, escribir, llorar, y arrancar pelos y uñas mientras esperaba los resultados, que tardaron algunos días.
Las noticias del MRI (en contraste con su riqueza visual) eran parcas, pero buenas. No había tumor.
***
El olor siguió allí. Iba y venía, sin avisar. Traté de correlacionar sus llegadas y partidas con alimentos, horarios, eventos, climas, patrones de sueño. Nada.
Todavía me visita, aunque con menos frecuencia.
Sumida en mi pequeña, secreta, rutinaria y boba condena olfatoria, me he preguntado si hay una relación entre ese olor y la escritura. Y al parecer sí. Es posible que haya una relación entre el acto o las ganas de escribir, las alucinaciones de todo tipo, incluyendo olfativas, y la actividad del lóbulo temporal. De hecho es posible que existan relaciones (cuando del cerebro y de los humanos se trata, hablar de “una” relación resulta medio simplón) entre la producción creativa, en general, y esa región entre la sien y la oreja. Que allí ocurren (y/o provocamos) cosas. Eventos. Cambios químicos, físicos o eléctricos masivos como catástrofes o sutiles como brisas y vuelos de mariposa, cambios que pudiesen explicar, o complicar, la aparente relación entre mi olor fantasma y el impulso de ordenar significados a través de las letras.
La neuróloga (y escritora exquisita) Alice Flaherty describe algunas de esas relaciones en The Midnight Disease, la enfermedad de la medianoche. Examina, por ejemplo, la producción creativa masiva y novedosa de Van Gogh, Flaubert, Dostoievski, todos ellos maldecidos con epilepsia temporal. Examina también su propia crisis post-parto, caracterizada tanto por la escritura constante e incontrolable como por voces internas que eran casi-casi alucinaciones. Hipotetiza una relación parecida entre la actividad cerebral y la experiencia mística, y el fenómeno cerebral como el origen del concepto de “musa” creativa.
Y aclaro que no es que me ponga yo en esa categoría, en esas ligas artísticas y estéticas: La mayor parte de los seres que se ponen a escribir a la vez que se les activan voces, visiones y otras formas de alucinación no producen nada demasiado interesante. El elemento común es más bien el volumen de la cosa, y el producto más común es más parecido a un diario o una colección de videos caseros que a una sinfonía. Pero creo que ustedes me entienden cuando digo que tengo que escribir para entender, o que sencillamente tengo que escribir.
Un olor claro pero desconocido, que visita con frecuencia pero sin aviso, que puede o no guardar alguna relación con las otras cosas, tontas o profundas, que me definen. Tal vez soy afortunada. Tres neuronas a la izquierda y quizá estaría escuchando voces o viendo criaturas fantásticas dentro de mi sandwich. En la jerarquía de los sentidos, el olor no es demasiado importante, y quizá por eso mismo resulta más aceptable, en términos psicosociales, oler una peste que otros no huelen que ver seres u objetos que otros no ven, o escuchar voces que otros no escuchan.
Pero de algún modo es un goce, un alivio, reconocer la existencia de conexión y de misterio. Porque el fantasmal olor que me visita es un misterio, y como tal me sirve como recordatorio de lo misterioso que es el mundo, empezando por mi propio cuerpo y mis sentidos. Me sirve para no tomarme demasiado en serio lo que creo ver, tocar, oler, saber, conocer, pensar. Y a la vez para recordar que a veces, incluso sin querer, incluso en las áreas más triviales, más ridículas, nuestro cuerpo nos permite, nos impulsa y nos obliga a crear y recrear lo innombrable, lo inefable, lo que no existe.
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Publicado previamente en la revista 80grados.
Printsincronía
Desde que el mundo es mundo, y con esto quiero decir desde que los humanos lo empezaron a interpretar para sí, más allá de cualquier realidad física que haya podido tener antes, y más allá, desde que el mundo es “mundo”, nuestro, interpretable, hemos estado hallando (sin necesariamente andar buscando) sincronías entre los estados de ánimo (el propio, el colectivo) y los fenómenos de la naturaleza. Las religiones animistas le atribuían personalidad y motivación a cosas como la lluvia, o el temporal. Pero lo mismo, a otro nivel, hacemos todos.
Tal vez sea más fácil, y mejor, decir que anoche hubo una luna enorme, blanca, redonda y triste, y que no pude si no pensar en las mujeres (¡tantas!) asesinadas. Como me pasó hace algún tiempo con la lluvia y sus pantanos. Como imagino que le estará ocurriendo a muchas y muchos con el terremoto en Japón y con los terremotitos del patio.
No es un pensamiento mágico, propiamente, en el sentido de que una le atribuye alguna conexión física a estos eventos. Pero la conexión emocional, estética, linguística, está ahí, y con ella construimos significado, todos los días.
Tras muchos años viviendo las dos estaciones, seca y mojada, del trópico, hoy experimento el cambio de estación del país templado. Lo que implica días fríos, sí, y lluvia, y viento, pero también la oportunidad extraña de sentir que el corazón da un vuelco pequeñito al ver un narciso amarillo, o un pensamiento, florecer. Especialmente si ando caminando de la mano de mi hijo menor, y planta e hijo se funden en la temporalidad curiosa del cerebro humano, y por un instante siento algo que solamente puede ser descrito como felicidad.
En D.C., la prototípica flor de primavera es el cherry blossom japonés. Es hermosa. Pero no puede escapárseme la ironía de un florecer japonés acá, mientras allá en Japón la gente teme, desespera, muere.
Me pregunto si el asesino de Karen, y de sus dos hijitos, vio la luna anoche. Me pregunto si la vio Figueroa Sancha, quien ha desplegado una arrogancia espectacular, arrestando estudiantes y criticándolos en los medios, quien exhorta cada tanto a la ciudadanía a “cooperar”, quien dice, increíblemente, que esto de los asesinatos en subida en el contexto del narco mundo es una especie de buena señal, a quien no le preocupa la epidemia de crímenes de corte machista, y a quien se le escapa más, cada día, el/la que mató al pequeño Lorenzo. Me pregunto si es posible, para algunos, preservar la sensación de que uno se las sabe o se las puede todas, después de ver una luna como esa.
Tal vez hay que mirar el afuera para reconectar con el adentro, y viceversa. Tal vez, para amar y cambiar el país, tendríamos que detenernos a mirarlo.
Pero el caso es que anoche fue la luna. Redonda, hermosa y triste. Y por unas horas, sentí que el tiempo unía lo que la distancia separó.
Printjicotea
Su edad no me molestaba, pero sí me resultaba inconveniente. Tendría yo unos veinte años, tal vez menos, y en mi prisa por conseguir un santero que viviera en el area oeste y que estuviese dispuesto a hablar conmigo y a ser grabado, no conté con que se cansaría durante las sesiones largas. Tampoco conté con el olor de su casita, ese olor indefinible que tienen las casas de los viejos, aún cuando están muy limpias. Ni con su curiosa insistencia de que lo visitara más a menudo.
No sabía que sus manos temblarían al matar un pollo. No se suponía que temblaran; después de todo, Don Julián había sacrificado cientos, tal vez miles, de pollos, gallos, guineas, cabritos. Y no se suponía que yo tuviera que ayudar.
La santería es una religión caribeña, el producto de la mezcla sincrética de panteones, mitologías y folclór del catolicismo de los españoles y la religión yoruba de los esclavos que venían del África occidental. Prima hermana del candomblé brasilero, la santería nació en Cuba bajo el dominio español y se expandió a Puerto Rico, Miami, Venezuela y Nueva Jersey durante la segunda mitad del siglo veinte.
Tan interesada estaba yo en conocer la historia y los ritos de la santería, que temo haberme perdido los de Julián.
El día de los pollos y las manos temblorosas, yo me había sentado con mi grabadora y mi lista de preguntas, silenciosamente esperando obtener más información sobre cosmología y ritual, silenciosamente sabiendo que Julián se distraería, que hablaría de otra cosa. Y así fue. Hoy le había dado por hablar de animalitos. En particular, estuvo un rato explicándome a mí, incipiente, impaciente antropóloga, que era más fácil cuidar tortugas que palomas. Usaba los nombres africanos de ambas, pero he olvidado el de las palomas. A las tortugas las llamaba jicoteas. Las palomas, decía, siempre se están ensuciando, sobre todo si son blancas, blancas, para Obatalá: Se cagan encima, ensucian la jaula, se ensucian hasta sus propias plumas, y al santo no le gustan las plumas sucias. Pero las jicoteas, sonreía, se esconden ahí, en la tierra, no molestan a nadie. La jicotea se esconde y espera.
Mi grabadora de baterías seguía apagada, a la espera de información de verdad.
Además, añadió de repente, mientras caminaba, pensativo, sobre el lodo endurecido del patio, a las jicoteas no hay que matarlas, ¿sabías eso? Nada más las pones en el agua, un día o dos, y esa es el agua que usas para hacer el omiero.
El omiero es una poción común, e importante. Encendí la grabadora. Yo ya conocía algunos ingredientes-pescao, agua de río, aceite de palma. Ahora podía añadirle agua de jicotea. Los ingredientes y sus proporciones le eran conocidos solamente a los santeros, no a los creyentes en la santería sino a aquellos que han sido ordenados formalmente como sacerdotes en la religión. Yo estaba a punto de obtener lo que en la botánica llamarían una “receta”.
O tal vez no. En lugar de hablarme del omiero, don Julián se puso a contarme algo sobre uno de sus clientes. Alguien que vino a que le echaran el caracol, y Julián lo mandó al médico a chequearse la sangre, salvándole la vida. Luego se quedó mirando mi carro, hundido y despintado en el área de la puerta del conductor. Se preocupó. Los carros y la gente joven, suspiró. ¿Estaba yo manejando con cuidado? ¿Obedecía los límites de velocidad? ¿Bebía?
Yo también suspiré, mientras apagaba la grabadora. Sí, sí, no, le contesté, obediente.
Se puso a escribir algo en un pedacito de papel. Me leyó los ingredientes en voz alta-cuatro ohíos, o pollitos, dulces, y un coco seco. Lo consigues todo en la plaza, añadió, mientras me daba un empujoncito. Yo tengo lo demás acá. Lo demás, pregunté. Sí, las otras cosas que voy a usar. Vamos a proteger tu carro, para que no tengas más accidentes. Para eso no hay nada mejor que los ohíos. Ochosi te va a cuidar.
Se ponía buena la cosa. Aparentemente estaba a punto de ver un ritual de cerca, un ritual de verdad. Un sacrificio ritual, nada menos. El tema de estudio de todos mis compañeros se me antojó de pronto aburrido, soso. El mío era infinitamente mejor. Me fui a la plaza del mercado contenta, a buscar los pollos, el coco, los dulces. Regresé de prisa. Tan de prisa que por poco choco al entrar al vecindario de Julián. Menos mal que Ochosi va a estar pendiente, sonreí.
Cuando entré lo ví inclinado sobre la pileta, preparando el cuchillo. Tenía cerca un plato con algunas yerbas y un frasquito con un líquido opaco. Omiero, me dijo, y yo me acordé de las tortugas y calladamente esperé que el procedimiento no envolviera la ingestión del omiero.
Rompió el coco contra el borde de la pileta, y seleccionó cuatro pedazos. El coco es un método de adivinación rápida, mucho menos complejo que el caracol, o que el opelé. El coco contesta preguntas directas, con un no definitivo, un sí definitivo, o tres tipos de quizás. ¿Estaba yo en peligro de tener un accidente de carro? Quizás, muy quizás, nos dijo el coco.
Creo que fue en ese momento que supe que íbamos a matar a los pollitos. Por supuesto que ya lo sabía cuando fui a comprarlos. Pero no fue hasta que completamos el asunto del coco que de verdad supe. Titubeé un poco.
Mi santero no pareció darse cuenta. Estaba ocupado, desplumando un poco los cuellitos, preparando la cosa. Le temblaban un poco las manos. Estaba viejito, estaba frágil, tenía diabetes y presión alta, no veía bien, y le temblaban las manos.
Cuando era joven, Julián tocaba la trompeta. Se enamoró, se casó, siguió tocando. Era músico de orquesta, católico y masón. Lo de santero vino mucho más tarde, y era una historia complicada, que escuché a retazos, nerviosa, en parte porque lo ponía triste y en parte porque no la entendía bien y tampoco me atrevía a preguntar mucho sobre cosas personales, biográficas. Fue una casualidad, decía, para luego añadir que no hay casualidades. Estuvo muchos días, demasiados, parado frente a la Casa Blanca, en D.C. Le habían matado al hijo en la guerra. Fue la indiferencia, me explicaba. El egoísmo del gran edificio blanco y de los pastos verdes y de los turistas, rodeándolos a él y a su pena, sin reconocerlos. Tal vez en parte por su piel marrón y por estar mascullando en español, lo cierto es que fue “removido” (ese verbo que reservamos para los tumores, las verrugas y los desobedientes) por la policía y metido en una celda donde pudiese lamentarse con mayor privacidad. Lo rescató una santera, a quien no conocía, y un año después era un yawó, sacerdote santero recién iniciado en los misterios de Obatalá, el santo de la pureza, la paz y la compasión.
Sus manos temblaban tanto ahora que me pidió que yo agarrara el pollo. Tenía una sonrisa triste. Tu dijiste que querías aprender de esto, así que ahora, a aprender. Agarra el ohío. Eres mi asistente.
Sostuve el cuerpito pequeño en mi mano semiabierta. Estaba tibio y se movía, suave, vulnerable, como esas mariposas nocturnas que se esconden del alba en un rincón visible de la cocina o del baño.
Sólo habían parido un hijo, así que se quedaron solos. La esposa se inició también, hija ella de Yemayá, Yemayá la madre, Yemayá del mar. Cada uno tenía un cuartito para las cosas del santo: El altar con las soperas, los libros, una alfombra para echar el caracol, elegguá y sus guerreros en una esquina. Un espacio para meditar, estar, y recibir clientes. Ella casi nunca hablaba, pero sí sonreía, y sus ojos se volvían aún más pequeños y negros cuando lo hacía.
El cuchillo entró en el cuello del ohío. Yo había leído sobre cuchillo. La palabra se refiere al objeto, a la acción, y al ritual de iniciación necesario para poder sacrificar animales para el santo. El santero con cuchillo mata rápido, con el menor dolor posible para el animal. Julián lo hizo así. Sus manos temblaban, sin embargo, y yo resulté ser una asistente torpe, de modo que el resultado, aunque rápido, fue bastante más sangriento de lo necesario. Julián cogió un poco de sangre, la mezcló con omiero y con algunas plumas, y le untó el mejunje a una de las gomas de mi auto.
Tres veces más. Tres pollos. Tres gomas.
Nunca supo, cabalmente, cómo había muerto el hijo. Sólo le dijeron que había muerto. La escena clásica, tipo película, los militares con malas noticias y ademán severo en la puerta, con el color criollo adicional de la familia extendida, los vecinos, las gallinas. La biografía que nunca perseguí estaba llena de agujeros. Creo que llegó al continente para bregar con el papeleo de la muerte, que la esposa se quedó atrás, todavía en shock, y que él de algún modo terminó frente a la Casa Blanca. No sé si fueron días o semanas. Sí me contó que le salió y creció barba, mientras esperaba. Que había gente que le llevaba comida. Tal vez me dijo más, pero no recuerdo. Sus divagaciones de abuelito rebotaban contra la grabadora apagada y me hacían sentir vagamente culpable, por no visitarlo más.
Nos sentamos. Estaba visiblemente agotado. La esposa nos trajo limonada. Yo me fui a lavar las manos en la pileta, y los pedazos de coco que habíamos dejado allí se sonrojaron.
Al volverme lo ví, de nuevo en el lodo del patio, limonada en mano. Señalaba el suelo con el dedo. Mira, sonrió. La jicotea. Con sus dedos, aún temblorosos, acariciaba la patita gris.
chencha patria
Tengo esta historia en la cabeza desde hace un par de meses. De hecho la pensé como historia en real time, mientras los micro eventos aquí descritos ocurrían. Pero sin tiempo, sin ganas, no la escribí hasta hoy. ¿Por qué hoy? Tal vez porque pensaba en las tasas de desempleo en crecimiento, en la proliferación de “colleges” y “universidades” privadas que andan por ahí reclutando estudiantes y becas pell, y especialmente en el misterioso anuncio gubernamental que nos conmina a alegrarnos porque aunque la categoría de los bonos puertorriqueños sigue igual (bbb-), la “perspectiva” de los bonistas ha mejorado porque el gobierno ha recortado “gasto”…pensando en todo eso, recordé a la pelirroja protagonista de esta historia, y lloré un poquito.
Esperando por el médico me dieron las doce. Y mi hijo menor, que tiene un reloj interno afinadísimo para las cuestiones alimentarias, me anunció que tenía hambre. Suspiré. El cafetín del edificio (uno de los prototípicos edificios de oficinas médicas del país) estaría lleno, porque en eso de tener un estómago que gruñe predeciblemente a mediodía, mi hijo es muy boricua.
Debo hacer un paréntesis para aclarar eso de “cafetín”, antes de que el amable lector me denuncie a servicios sociales por andar alcoholizando a mi hijo de cinco años a mediodía. “Cafetín” tiene dos significados en el vernáculo nuestro: se trata de un negocio pequeño, tipo 1)barra, activa principalmente durante la tarde/noche y despachando cervezas, canecas, y música de vellonera para “machos en pena”, como dirían vega y lugo filipi o 2)cafetería menor, ubicada en o cerca de un espacio de trabajo (oficinas, fábricas) en donde haya muchos empleados que a las doce anden en busca de un pincho, un sandwich, o un arroz con habichuelas y “mixtura”.
Claro que llevé a mi hijo a un cafetín del segundo tipo. Pero los dos tipos de cafetín, aclaro, me resultan encantadores, al menos conceptualmente. Ambos ejemplifican esa cosa que es simultáneamente cultura y economía, entrepeneurship folclórico, sincretismo de pulpería criolla y fast food gringo….Pero mejor cierro el paréntesis antropológico del cafetín, porque si no me detengo, no les cuento de Chencha.
Chencha la Roja, la llamó mi voz interior, que evidentemente no estaba en su mejor momento. Chencha porque no sé su nombre, y Roja porque su cabello estaba teñido de ese rojo-marrón que no existe en la naturaleza pero sí en las tres cuartas partes de las cabezas femeninas boricuas, desde las más famosas, tipo Jeniffer López, hasta las menos, tipo….
Bueno, tipo Chencha la Roja.
Chencha tiene los codos sobre el mostrador, las mejillas en las palmas, la edad indefinible de las mujeres puertoriqueñas que ya cumplieron cuarenta pero aún no llegan al senior citizenship, los brazos regordetes, el delantal limpio. Limpio porque no hay clientes.
El cafetín de Chencha está vacío.
Bueno, casi vacío. Hay dos empleados en la cocina, limpiando sin prisas, y un muchacho sentado frente al counter, tomando café.
Chencha se anima un poco al vernos llegar. Llama a Pepe, que procede a atendernos. (No, tampoco sé cómo se llama Pepe. Y soy muy tímida para andar preguntando los nombres de los futuros protagonistas del bló, de modo que tendremos que conformarnos con Chencha y Pepe, de momento. Y con Pipo, que ya mismo entra en acción.) Pepe, decía, nos toma la orden de bocadillo y fruit punch, y se va a prepararla. Le pago, pregunto. No, horita, me responde Chencha con una sonrisa. Después de que coma, no hay prisas.
Y descubro, allí y entonces, que me cae irremediable e inexplicablemente bien. Por roja, por gordita, por sonreír, por ser la dueña de un cafetín vacío, porque no tiene clientes, porque no tiene clientes porque la gente no tiene trabajo, porque como ella hay tantas, y porque ella es mi país.
Pipo termina el café y pide “un vasito de agua”. De la pluma, pregunta Pepe, y añade que son cinco chavos por el vaso con hielo. Chencha lo interrumpe, Dale el jodío vaso al muchacho. Mira en mi dirección, con la finísima ceja levantada en señal de alarma. Yo sonrío. Ella también, y comienza a interrogar a Pipo sobre “la universidad”. Yo paro oreja.
Pipo bebe agua y cuenta que se graduó del “instituto” hace tres meses, pero que no encuentra trabajo. Qué estudiaste, pregunta Chencha, y le sirve más agua. Masaje. La Roja suspira. Ay, mijo. Pipo sigue bebiendo agua. Mi muy averiguada voz interior me pregunta si el líquido le sirve para matar el hambre, o el tiempo. YTal vez son la misma cosa. O mas bien, tiene hambre porque tiene tiempo. Me pregunto si la beca le cubrió el certificado de masaje completo, o si se habrá tenido que endeudar.
En el televisor hay una novela, muda. No hace falta el sonido para saber que una mujer malvada le está mintiendo a la protagonista. O para saber que todo saldrá bien, al final.
Chencha mira la puerta, y parece evaluar la posibilidad de clientela. Su cara se contrae en uno de esos gestos que hacemos cuando tomamos una decisión importante. Pues dame un masaje, dice. ¿Te atreves?
Pipo, austero, asiente con la cabeza, se soba las manos, se estira. La Roja le da la vuelta al counter, permitiéndome conocer su estatura, que no llega a los cinco pies, y se encarama en una silla. Pipo examina el cuello y la espalda de su inesperada clienta, y comienza.
Ambos se concentran por unos minutos. Yo observo, con el rabillo del ojo. La cosa va en serio. Pipo está fajao, Chencha se relaja y sonríe. Cuando abre los ojos veo que los tiene brillantes, llenos de lágrimas.
Yo también sonrío. Y también lagrimeo.
La Roja se ríe, ahora en voz alta, entre mocos, y le dice al masajista desempleado: Muchacho, esto está bien bueno, tú sigue ahí, y si mi marido llega y dice algo, le das un masaje a él también.
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Printcasi ganadores
Esta historia no es mía, pero pudiera serlo. Es una de esas historias que se narran mejor en primera persona. También es una de esas historias que podrían marcar la vida de cualquiera que como yo, y como su verdadero protagonista, haya crecido (“coming of age”, le llaman en el difícil) en el Puerto Rico de los setenta y de los ochenta, de los Kakukómicos, de Cuca Gómez, de Iris Chacón y Juno Faría, de Juanma y Wiwi, de Lucecita, Chucho, Lissette, Pacheco, las Cabbage Patch, Llena tu Cabeza de Rock, el umbral de MTV, Maravilla, Romero y el qué derrota, Cuchín y la vampirita, Michael Jackson, Prince, los aretes emplumados…
Perdón. Creo que me adelanté un poco y me metí de lleno en los ochenta y en la adolescencia de…llamémosle Junior. Junito. Y démosle hacia atrás. Hacia La Pandilla. El Show del Mediodía. Cepillín. Pacheco.
Y el Tío Nobel. El verdadero inventor de los aeróbicos, sólo que él los llamaba ejercicios musicales y los hacía con chaqueta y sombrero de marino. El capitán de un barco imaginario, el custodio, casi siempre, de los mejores muñequitos. El amigo de los niños.
¿O tal vez no? Un chisme triste recorría mi escuela elemental. Decía que en verdad, en verdad, Tío Nobel odiaba a los niños. Que en las pausas del programa le gritaba, o peor aún, que ignoraba a su infantil audiencia. Que Pacheco y Sandra tenían peores muñequitos pero que eran mucho más simpáticos, incluso cariñosos. Al show de Sandra sí fui en una ocasión, y en efecto, era una señora muy encantadora.
Pero me he distraído de nuevo. Regreso a la historia que podría ser la mía. Comencemos por el medio, por el punto culminante, que encuentra a Junior (¿Junito?), a mediados de los setenta, a sus cinco años, flaquito, tímido, alerta, metido en un largo tubo, esperando. Afuera, la infantil audiencia grita, las cámaras graban, tío Nobel se impacienta. Porque Junior espera, y espera porque está ganando la carrera, pero en realidad quiere perder. Bueno, no perder, porque en El Show del tío Nobel nadie pierde. No. Junior quiere ser un CASI-GANADOR.
¿Por qué? El premio para el ganador es una pista de hot wheels (o una muñeca, si la ganadora resulta ser nena), un hombre nuclear oversized (o una barbie), o algo por el estilo. Muy atractivo, claro está. Para el casi-ganador, por otra parte, hay…Una lata de Quick. Rico, espeso, chocolosal. Galletas. Cereales varios. Juguetitos de plástico – no grandes ni caros, como los destinados al ganador, pero sí muchos. Una lonchera. Lápices. Una taquilla de niño para un circo próximo. En fin. La mesa del casi ganador es todo lo que Junior, a sus cinco años, a sus cuarenta libras, quisiera que fuesen su vida, su cena cotidiana, su alacena, su nevera, su casa. Los premios del casi-ganador eran un poco la metáfora o versión infantil y setentosa de la promesa, clase-mediera, manos- a- la- obr(era), del upward mobility y el american dream-versión criolla. Los adultos creían en la refinería, en la urbanización, en el colegio privado pagado a costa de muchas privaciones: los niños creíamos en el Tío Nobel y en el casi-ganador.
Así que Junior cuenta los segundos, sopesa la intensidad del griterío, y logra su objetivo. Calcula el tiempo justo para salir después de su sorprendido contrincante pero antes de la pausa comercial. Se convierte en el casi-ganador y por ende en el dueño de los objetos (¡tantos!) deseados. Sus compañeritos lo reciben con algarabía. La directora del Colegio, generalmente irritada con Junior por la deuda crónica de sus padres con la escuela, casi sonreía, con su enorme boca pintada, su enorme pelo setentosamente inflado, sus manos con largas uñas naranja.
Junior, en el quinto cielo de la abundancia que viene, calculaba la optimización de su felicidad, dividiéndola en dosis:Hoy, las galletas de queso. Con Quick. Si hay leche. Mañana, el panky. Con Quick. Si hay leche. Hasta que las garras color naranja comenzaron, suavemente, a repartir los panky en la guagua. Los lápices. El cereal. Los juguetitos. Hay que compartir, hay que ser justos, decía la boca roja. Lo peor fue el Quick, rico, espeso, chocolosal, tan cerca y tan lejos de su experiencia cotidiana como el anuncio donde el conejo inevitablemente se entristece, porque se acaba.
Le dejaron la taquilla para el circo, un primer contacto con ese extraño “compartir” y esa “justicia” para las cuales el ganador tenía inmunidad diplomática (en virtud de la integridad anatómica del hombre nuclear), y la chispa de una duda en ciernes, tímida, setentosa, casi-ganadora y tristona. La taquilla se rompió por el camino, pero ya no importaba. Los cupones vendrían, y-tal vez- habría leche.
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Mi abuelito solía llevarnos, a mi abuela y a mí, a almorzar fuera los domingos a las 11:30. Si nos retrasábamos, y al llegar había fila en el restaurant, el abuelito se indignaba. “Vámonos”, decía, “que yo no tengo tiempo que perder.” Yo sonreía ante la importancia que mi encantador, feliz y retirado viejo le asignaba al tiempo.
Otro ejemplo: Ir al médico. Yo he sabido esperar cinco horas por un pediatra y ocho por un obstetra. Y he escuchado historias peores. En más de una ocasión le he preguntado a una recepcionista por qué no lo hacemos un poco diferente. “¿Qué tal” sugerí, ilusa, “si ustedes me dan una cita, y yo vengo a esa hora, y ustedes me atienden?” Ajá. Aparentemente, en el momento mítico al principio del tiempo, en el génesis del consultorio arquetipal, “hace tieeeeempo…dábamos citas pero entonces la gente no venía. Así que te damos una cita, pero entonces atendemos por orden de llegada.” ¿Orden de llegada? ¿Y entonces? ¿Qué pasó con la “cita”, ese “acuerdo o compromiso entre dos o más personas acerca del lugar, día y hora en que se encontrarán para verse o tratar algún asunto”? Dependiendo del médico, “orden de llegada” implica la tortura sistemática de infantes, mujeres embarazadas, ancianitos, adultos productivos, o todas las anteriores. El tiempo de todos vale lo mismo-casi nada. Todo ese tiempo colectivo es sacrificable en función de la optimización de las ganancias. Porque eso es lo que la espera forzada y sistemática le está comunicando al paciente del médico…o al impaciente de la compañía telefónica. Que su tiempo vale poco, y que vale mucho menos que el del humano o la empresa al otro lado de la línea o del estetoscopio.
¡Son tantos los ejemplos! Largas reuniones innecesarias. El tapón nuestro de cada día. El tránsito por oficinas en busca de documentos fantasmales en lugares desconocidos. La búsqueda de pala o favor para cualquier gestión, por más legítima que la gestión sea. (¿Que vas para el Registro Demográfico? Espérate, que allí trabaja Titi…) Tal vez el valor promedio del tiempo de un ciudadano es un buen indicador de su clase social. La persona extremadamente pobre tiene que armarse de paciencia casi infinita. Se le va la vida en la fila de los cupones, la de desempleo, la de la Reforma, la de pagar el agua, la de pagar la luz…El más pudiente puede pagarle a gestores y asistentes que hagan fila por él.
“El tiempo es oro”, dice el refrán. Y ojo, que lo dice uno de esos refranes que llamamos, no “un” refrán sino “el” refrán. Uno de los importantes, los definitorios, los que nos comunican sabiduría generación tras generación, y todo eso. Sin embargo, no parecería valer mucho, esa coordenada inapreciada. Hasta de “matar” el tiempo hablamos. ¿Por qué alguien habría de querer matar el tiempo? ¡Si se trata del recurso más valioso, más escaso, y más incomprendido! Las tres dimensiones que constituyen el espacio, mal que bien, se regulan, se protegen, se remodelan, se decoran, se compran, se tasan… Al pobre tiempo lo ignoramos, lo gastamos, lo perdemos o peor aún, lo “matamos”.
Perder tiempo tiene muchas consecuencias. La más mentada es probablemente la productividad laboral. Pero hay otras igualmente graves. El tiempo perdido en complicaciones innecesarias es tiempo que ya no podemos usar para crear, estudiar, o embelesarnos mirando un bebé. Para dormir una siestita reparadora, leer un libro, pensar un rato, hablar solo, visitar a un anciano, o a un amigo,o a un anciano amigo. Inventarnos un blog para que nadie lo lea. Inventarnos un blog para que muchos lo lean. Descifrar los contenidos del armario o de la mente de un hijo adolescente. Acariciar al gato, asustar al gato, mirar el techo, aprender mandarín, hornear un flan o ver una película favorita por tercera vez. Recordar un chiste valioso en todos sus detalles. Ver fotos viejas. Leer. Pensar.
diamonds are forever
I added a new tag today: ‘Stuff’. The meaning of ‘stuff’ will go beyond the usual one, especially in our version of Spanish, of ‘things’; as in the Story of Stuff, an excellent video I‘ve referenced here before, the word can have a subtext of ‘clutter’ or ‘excess’. I expect we will be talking about ‘stuff’ often. Today it will be in a (mostly true) short story about the unintended consequences of kids’ stuff, about daily life in the parallel universe of Puerto Rican rural spaces, about poverty, and about how sometimes we can be (innocently) disruptive.
Muslin. From Persia, I said, holding up an old, polyester, off-white piece of cloth.
The audience was appreciative, but quiet. Still not very impressed, I thought.
My new neighbors fascinated me. They had blond hair. In a sea of dark-haired, brown-eyed people much like myself, their hair color was enough to make them interesting. But there were other things. Their huge, antique looking -old things seemed to me so filled with mystery and beauty- house on the top of a hill. Their horses, goats and roosters. Their mother, Paca – she was especially beautiful to me, what with her brusque manner, her thin, angular, muscular body, her black mane, her strong features, and what seemed to be a multitude of blonde children at her command.
My imagination was dominated by Arabian Nights those days. It was my only book, so I read it all day long. My new neighbors, who couldn’t read much, mistook it for a bible. I told them it was the Book of the Dead, found by my (real) dad during an archeological dig.
Technically, I was their new neighbor, not the other way around. I had arrived with my mother, stepfather and baby brother a few weeks before. The setting was a rural Caribbean community-far from the suburban comfort of my grandparents’ house. Our house was small, built in haste next to an equally small stream. We had no running water – so the stream was useful. We had no phone, either – and Mom did not want one. My father’s family was looking for me – to rescue me from the “craziness” of a lifestyle of “poverty by choice” my mother was “condemning” me to. I did not go to school either, probably for the same reason.
Not that I knew or understood any of this at the time. I was lost in Arabian Nights, lost in reading and then lost again in imagining, lost in recreating the scenes and the ambiance with the help of a few props: play-doh to make small humans, their animals, their jewelry; assorted cardboard pieces for make-believe palaces, mosques and gardens; and the occasional sanitary napkin – I stole those from Mom, because they were soft and provided perfect beds for play-doh royalty.
And tiny semi-precious stones. About five of them. Baba, one of our hippie friends, gave those to me between puffs of sweet smelling smoke. To play with, he said. That term, “semi-precious”, stuck in my head for days. Eventually my efficient eight-year old mind got rid of the “semi” part. Didn’t seem that important. I mean, what kind of word is “semi” anyway?
I took them out of a tin box I referred to as a “silver chest”. This one is a ruby, I said. This one, an emerald. These three are different types of sapphire-I grouped all colors I couldn’t associate with a known gem under the “sapphire” category.
And this one is a diamond. Very special. They can cut anything and they last forever.
I had their attention now. Two of them played with me every day – a boy twin and a girl twin, my age. The others were older, except for a baby that Paca carried around on her hip. Mom had told me that the baby was not Paca’s but her daughter’s, but I didn’t believe her. Paca was young, angry, and beautiful. Grandmothers were old, fat, kind, and had short, puffy hair.
The twins did not seem very convinced. A real diamond?
Of course. I am saving it for a ring. An Arabian ring.
They left without saying goodbye. But that was the way they always left. Without goodbye, and giggling in code to each other.
Mom’s voice brought me out of my Arabian Nights trance the next day. Paca was standing next to her, outside our door, a twin’s hand in each of hers. A switch tucked in her armpit.
They took turns receiving the blows. Danced a startled dance with each one. Kind of like the movement horses do when agitated or when they are trying to get rid of their rider. They did not cry with tears, but rather squeaked with what I could have mistaken for delight had they not been so evidently in pain.
I didn’t try to stop it. Nothing could have stopped Paca. She looked more beautiful than ever, a formidable Persian queen, punishing her slaves, whipping her horses, bringing chaos and freedom and smallness and disobedience to their knees, at her feet…
She had no shoes. I had not noticed that before. None of them had shoes on.
Mom was crying without sobbing. Just the wet face. My face felt wet too.
Una (no)resolución y un cuento

Also, he added while we walked on the mud, you never have to kill tortoises, did you know that? You just place them in water, and use that water as the main ingredient for omiero.
Este año, quiero vivir en el presente. Quiero estar. Sencillamente estar.
Claro que es medio oximorónico el ejercicio de planificar para estar…el punto de vivir cada instante es precisamente dejar las fijaciones culposas (con el pasado) y las exculpatorias (con el futuro) para favorecer el estar aquí, pendiente del interlocutor y escuchando lo que nos dice, del amigo y lo que siente, de la sensación que produce el agua espumosa cuando lavamos los platos y de los sonidos de carros, pájaros e insectos alrededor. De la sonrisa o el dolor de un desconocido. De nuestra propia hambre o saciedad. Sencillamente estar.
Aquí va el cuento. Allí, en ese momento, no estuve.
Jicotea
His old age inconvenienced me. I was twenty, and in my haste to do an interview series with what seemed to be the only willing santero in town, I had not counted on his getting tired during long sessions. Or his house smelling with that faint odor that old people’s homes have even when they’re very clean. Or his insistence that I visit more often.
Or his hands trembling when he tried to kill a chicken. They were not supposed to tremble, and I was not supposed to help.
Santería is a Caribbean religion, the product of a syncretic mixture of Spanish Catholic and ancient African Yoruba mythologies, social structures and religious practices. A close relative of Brazilian Candomblé, Santería was born in Cuba among Nigerian slaves under Spanish rule, and brought to Puerto Rico, Miami and New York by Cuban migrants after Castro’s revolution. Seventeen years ago, I was so eager to get that story, I missed this story.
On that particular day, I sat down with my tape recorder and my list of questions, quietly hoping we would get down to the business of studying his religion, and quietly knowing we would get side-tracked. We did. Today, it was a zoological thing. The relative ease of caring for tortoises, jicoteas, as opposed to doves – you see, jicoteas just bury themselves in the back yard’s mud, never bother anyone. Doves, on the other hand, constantly soil their cages, their food, and their own beautiful white feathers.
I kept the recorder off, saving the tapes for the real information.
Also, he added while we walked on the mud, you never have to kill tortoises, did you know that? You just place them in water, and use that water as the main ingredient for omiero.
Omiero is a common and important potion. Out with the recorder. I knew some of the ingredients – fish, river water, palm oil and, after today, tortoise water, but the exact ingredients and their proportion was something only an ordained santero would know. I was about to get a recipe.
Not today. No more talk of omiero. Instead, I listened to some story about a client who came for a divination procedure and was sent to the doctor instead. Then he looked at my car. It had a dent from a small accident the week before. He was worried – was I driving safely? Did I follow the speed limits? Did I drink?
Yes, yes and no, I said, putting the recorder away with a sigh.
He scribbled some things on a little piece of paper and sent me off to purchase four ohíos, or very young chickens, some candy, and a dry coconut. He had the rest of the stuff he needed there, he said. Need for what? To clean and protect your car. No more accidents. Ohíos are best for that. Ochosi will protect you when you drive.
I went to the market. Apparently I was going to see something first hand. I was getting an A, for sure. Everybody else’s topic seemed suddenly boring. Not me. Ritual sacrifice, that was my story. Santería.
I came back quickly. So quickly I almost hit a car entering the neighborhood where my santero lived. Good thing I was going to get protection, I smiled.
He had the knife ready when I came back. The knife, some herbs, a jar containing an opaque liquid-omiero, he said, and I remembered the tortoises and hoped I wouldn’t have to drink any of the stuff as part of the procedure.
He broke the coconut against the sink’s rim, expertly, in four pieces. The coconut is a quick divination method – it can answer simple questions with a definite yes, a definite no, or a less definite maybe. Was I in danger? Maybe.
That’s when I realized the ohíos were about to get killed. I mean, of course I knew they were. But that’s when I really, really knew. You know, how you eat chicken or beef all the time and of course you know you are and then you read about the horrors of industrial chicken and cattle farming and then you really know you are? Something like that.
He started plucking the small feathers on one of the ohío’s tiny necks. His hands were trembling. He was old, and he was frail, and he had diabetes and high blood pressure and trouble with his eyesight and his hands trembled.
When he was younger, he had been in an orchestra, played the trumpet, fallen in love with his wife and married her. He had been ordained into Santería by chance, after their only son had been killed in Vietnam, because of a stint in jail for standing too long in front of the White House. It wasn’t about the war, he told me. It was more about the indifference. The selfishness of it all. The big building and the business-as-usual atmosphere and the people and the tourists wrapping themselves around his grief. Dark-skinned and Spanish speaking, he had been removed from the sidewalk by the police and sent to jail to grieve in a less public manner. He was rescued by a santera –nothing happens by chance, he said- and ordained a year after, son of Obatalá -the oricha of purity, peace, and compassion.
His hands trembled so much now he asked me to hold the chicken for him. He said, with a smile, you said you wanted to learn so now come and learn. You will be my assistant.
I held the small body. It was warm, and it moved softly. My hands felt as if they were holding a very large butterfly, or more like a very large, warm moth. In Spanish, there is only one word for both – moth and butterfly. Mariposa. There is also only one word for both turtles and tortoises. Tortuga. My santero always used the Yoruba word – jicotea.
They did not have any other children. His wife was ordained after he had come back- now daughter to Yemayá, Yemayá the mother, Yemayá the sea. They each had a separate room for religious use –each containing an altar, a collection of ritual objects, some books, a rug. A personal space for meditation and meeting with clients. She never talked. She would smile, though – every time I looked at her, she smiled and her eyes seemed very small and very dark when she did. She had long, gray hair.
The knife went in. I had read about cuchillo–ritual killing, which requires a separate initiation- and knew his technique was good. The hands trembled, though, and this made the process much messier than it should have been. Blood was everywhere. I also knew I wasn’t supposed to touch the blade. I didn’t want to anyway. We took some blood, mixed with omiero and feathers, to one of my car tires.
Three more times. Three more tires.
He never knew exactly how his son had died. He just knew he was dead – the classic scene, the visit by military men, standing at your door with the bad news, somewhat disrupted by the presence of an extended family, neighbors, and some farm animals. There was a biographical mess afterwards-death can be so messy- he had to leave to the States to deal with some bureaucracy, left the wife behind in shock, ended up standing in front of the White House for several days, or several weeks, he didn’t remember. His beard grew, he said. People would bring him food. I don’t remember the story well either. It was one of those things he told me between pieces of good information for my tapes. One of those things that then made me feel guilty about not visiting more often or without the tape recorder. One of those grandfatherly, non-exotic things.
We sat down. He was exhausted. His wife brought lemonade. I washed my bloody hands in the back yard sink and the discarded pieces of coconut looked pink for a few seconds.
When I came back, he was in the yard again. He pointed to the ground. Look, he smiled. The jicotea. He caressed the small back leg before it disappeared into the ground.
Print(wo)man, the scavenger

Una tarde de nochebuena, te encuentras en el carro, con la familia, en dirección a la cena familiar en casa de los padres/abuelos/suegros. Estás pensando en la pata de cordero, las trufas, la ensalada, el serrano, el manchego, las olivas, el arroz con gandules frescos, los vegetales del huerto, también frescos, los pasteles, el arroz con dulce…Estás pensando también en posibles resoluciones para romper este año. Alguna cosa vaga, tipo “parar el pico”, “hacer ejercicio”, o algo tal vez más sofisticado, tipo “consumir macronutrientes a razón de 30-30-40” o “correr dos millas diarias”…
No sé porqué estoy escribiendo esto en segunda persona. Mejor seamos honestos y digamos que estaba yo, con mi familia, en la minivan clase mediera, camino a un festín navideño y pensando en estas cosas, cuando mis sentidos me traicionaron. Primero el de la vista, que es el que los primates utilizamos con mayor frecuencia y al que le dedicamos mayor corteza cerebral. Luego….aaahhhhh, el olfato. Lechón.
Mi hijo mayor, mi esposo y yo nos miramos. En silencio. Estábamos a quince minutos del menú original, hecho en casita especialmente para nosotros. Las aletas de la nariz del adolescente residente estaban expandidas. El estómago de mi esposo gruñía. El bebé nos observaba, sorprendido.
Los minutos subsiguientes están envueltos, en mi memoria, en una especie de dulce neblina con aroma de lechón. De alguna manera me encontré dentro de la lechonera. Creo que me colé en alguna de esas masas humanas que pasan por “filas” en este país nuestro. Los clientes gritaban. Algunos llevaban horas esperando y muchos bebían licor para matar el tiempo. Había dos hombres (llamémosles “Pepe” y “Tito”, para propósitos de la narrativa) con delantal tras la puerta de escrín, picando (sin mucha prisa) un lechón. Uno de ellos tenía la boca llena – por cada trozo que ponía en un recipiente para llevar, premiaba su propia e indudablemente valiosa labor con otro. Alguien me empujó y le pegué al escrín con la frente. Lo asumí valientemente, como el apropiado castigo del colao.
Todos mis sentidos estaban en alerta. Con el rabillo de un ojo monitoreaba los movimentos de los borrachitos que nos miraban desde la barra, sin perder de vista, ni por un momento, el lento tráfico de platos de plástico que se daba tras la puerta. Los músculos de mis brazos estaban preparados para agarrar el primer plato (suficientemente grande para compartir y suficientemente pequeño para conservar la dignidad y el decoro) que me pasara por al frente. Calculé, rápidamente, que la estatura de mi vecino de asedio le daba una ventaja clara a mi mano izquierda, y que con la otra mano sacaría el dinero a la vez que giraría sobre mi pie derecho para lograr un solo movimiento perfecto de obtención-compensación-huída…
Una mujer (con ella hacíamos dos orgullosas representantes de dicho género), visiblemente agobiada, se abrió paso entre nosotros y me sacó sin contemplaciones de mi (robado, preciado,merecido) sitio. Le hablaba a Tito. “Mira, ese es el último lechón, ¿sabeh? Y tienes todas estas órdenes aquí todavía…” Blandía un papel con nombres y números y señalaba la barra.
Mi nombre no estaba en el papel, y me sentí un poco culpable. Creo que no fui la única. Tito miró a Pepe, súbitamente indignado: “Deja de comer lechón, carajo.”
Respiré profundo, para llevarme si no el sabor, al menos el aroma del animal que de repente se me antojaba y cuya muerte no le causaba a mi usualmente-no-muy-carnívora persona el menor problema…Regresé al carro con las manos vacías. “Eso está difícil” le dije a mi decepcionada familia. Por el camino, compramos una bolsa de chicharrón que nos costó una levantada de cejas de mi madre, pero no pasó nada. La cena estaba riquísima.
Si me tomo una cerveza y cierro los ojos, creo que casi puedo olerlo otra vez.
Frosty the fetish

Por supuesto, alguien podría decirme, sorprendido ante mi sorpresa …Es Navidad. Por eso hay tanto Frosty.
Pero..¿por qué Frosty? ¿Qué tiene Frosty que no tenga, que sé yo, alguno de los tres reyes magos, la virgen, un burro er…sabanero, un par de maracas, o cualquier otra cosa suficientemente colorida y “navideña”? Frosty es un muñeco de nieve. Mejor dicho, representa un muñeco hecho con ese material, ausente en nuestra isla a partir de Fela y antes de ella. Nieve, señores. Su mito y canción no son particularmente conocidos o queridos en Puerto Rico, donde en esta época tendemos a cantar sobre otras cosas (la parranda inagotable, la comida y bebida, el lechón ajusticiado, las figuras del nacimiento, más comida y bebida…para refrescar su memoria de las letras, puede ir a este archivo…)
Ojo, que nadie confunda este post con una crítica nacionalista, con una cuestión anti americana o anti navidad (por el momento.) No, mi issue es con la familiar figura de Frosty. ¿Por qué Frosty? Me parece que Frosty aparece en nuestros patios con más frecuencia que el mismísimo Santa Claus, que tendría de hecho más sentido decorativo – no solamente es más relevante, para bien o para mal y a pesar de Díaz Alfaro, en la experiencia infantil de la Navidad puertorriqueña, sino que está, por definición, de visita, porque es un individuo pesado pero, también por definición, móvil, gracias a sus prodigiosos venados.
Frosty es un muñeco de nieve que se derretiría si le diera por visitarnos y no es particularmente relevante en nuestra cultura navideña, dominada por otros símbolos. Su única ventaja es que, producido en masa en grandes fábricas chinas, se consigue barato en las mega tiendas.
He ahí mi issue con Frosty. Es un artefacto particularmente arbitrario del frenesí de consumo que rige nuestra actividad navideña post Peyo Mercé. Su producción comparte con otros tantos objetos inútiles los precios relativamente bajos que resultan del desplazamiento del costo de producción hacia el ambiente y la salud de los obreros que los fabrican. Frosty es una metáfora apropiada de una cara bastante fea de la globalización, una que afecta a nuestra gente más que casi cualquier otra: el consumo patológico, capaz de comprar cualquier cosa y de adoptar generosamente la moda y el ícono ajenos, siempre y cuando se consiga barato en Walmart o Sams. El desplazamiento de otros hábitos y tradiciones (asociadas a la religión, el folclore, o ambas) de nuestras mentes y patios, sustituídos por una cosa más barata, más brillante y más grande.
Si no me dan de beber, lloro, como dice la canción.










































