chupacabras
Caminaba el otro día por DC, buscando almuerzo, cuando la vi: una guaguita de frituras, pintada de verde y decorada con una especie de horripilante iguana, negra, gigantesca. Me froté los ojos al leer el nombre: El CHUPACABRAS, decía.
El chupacabras en Washington, D.C., señores.
Hace tiempo que he querido escribir sobre el chupacabras, y también sobre su cazador, Chemo Soto, alcalde de Canóvanas. Chemo, que además de cazador de chupacabras se ha auto proclamado experto local sobre este tipo de criatura legendaria (un bestiario que incluye al alien de Lajas, la gárgola de Guánica, el vampiro de Moca y la pantera de San Juan), describe al monstruo de la siguiente forma:
“…una especie de animal de dos patas que tiene aspecto de hombre de la cintura para abajo y arriba es de piel escamosa, con una cresta llena de púas. La lengua del “monstruo” es bien larga y es a través de ella que se chupa la sangre de los animales. Según el Alcalde, el chupacabras mata a los animales machos por el cuello y a las hembras “las coge por la parte trasera del ano, y les hace un boquete bien bestial”.
El toque de gracia, para mí, es que la bestia “huela a azufre.” Cuando los cazadores llegan, siempre casi a tiempo, siempre tarde, sólo quedan las víctimas y la peste a azufre. Cualquier parecido con el diablo no es coincidencia.
Y bueno, con la obsesión, a veces enfermiza, que tenemos los antropólogos con eso de los significados, me quedo por supuesto distraída después del sorprendente encuentro con la guagua esa. No es la primera vez que atisbo la dimensión internacional del chupacabras: he visto camisetas del chupacabras en lugares como la ciudad de México y Orlando, Florida. Y me pregunto, ¿qué rayos significa el aparato que tan insistentemente, y tan exitosamente, atrapa la imaginación colectiva? ¿Y qué significan, en ese esquema, Chemo y su gesta?
En el trabajo clásico de Taussig, The devil and commodity fetichism, el símbolo del diablo se nos describe como una imagen que le permite al campesinado suramericano articular sus issues con el capitalismo, sus modos, y sus consecuencias. Los campesinos que, a través de un trato con el diablo, acceden a la riqueza producto del mercado capitalista, se condenan a sí mismos y al colectivo. Más recientemente, en Landscapes of Devils, Gastón Gordillo describe los modos en que las contradicciones en la vida y memoria histórica de los Toba, indígenas colonizados por el ejército argentino y evangelizados por anglicanos ingleses, adquieren vida en figuras de diablos o diablillos, figuras míticas que traen muerte y enfermedad en el cañaveral pero proveen alimento y sanación en el monte.
Entonces, ¿con qué significados cargará nuestro chupacabras? ¿Será acaso un símbolo de nuestras propias, tal vez destructivas, contradicciones? Nótese que la criatura se dedica a atacar animalitos, y especialmente animalitos de origen agrícola, como cabras, gallinas y caballos. Nótese también que, según Chemo, se ensaña de manera especialmente grotesca con las hembras. ¿Será su reaparición casualidad en momentos en que el país vive niveles de violencia inusitados, en que se desborda la violencia del narcotráfico en calles y travesías ciudadanas cotidianas, en que la población debe temerle a los policías, y en que mueren más mujeres (y niñas) que nunca a manos de la violencia machista, hombres a quiénes, dicen los vecinos, “se les metió el diablo por dentro”?
Y si el chupacabras es una manera folklórica, boricua, de articular y conversar con el espectro de la violencia, con la sombra de un país que se mata y mastica a sí mismo, qué representan entonces el alcalde Chemo y su gesta de cazar la criatura? Este es el hombre que de algún modo “sabe” cómo luce y cómo se comporta la bestia. El héroe dudoso en persecución de una criatura dudosa, a través de una gesta igualmente dudosa, cargada de otros simbolismos, como uniformes de camuflaje y escopetas para tranquilizar elefantes.
Tal vez, como tantas otras combinaciones de cazadores y cazados (el policía medio corrupto persiguiendo al villano, el batman medio malito de la cabeza persiguiendo al más loco, y ciertamente más malvado, guasón), Chemo y el chupacabras son de un pájaro las dos alas, de una moneda las dos caras. A través de toda esta discusión, no hay que olvidar que el experto en chupacabras y otras especies, contrario a la bestia que persigue, existe de una manera material, real, y que ha ganado elecciones y está a cargo de un presupuesto municipal. Ni que tanto él como miembros de su familia cercana se han vinculado, en el récord policial y en el folklórico, con el narcotráfico y el llamado “bajo mundo.” Entonces hay que pensar que tal vez, las dos caras de nuestra propia leyenda lo son la violencia grotesca, bestial, nocturna encarnada en el chupacabras; y la corrupción e impunidad grotescas, violentas, y descaradamente diurnas de la clase política que se pone a cazar chupacabras mientras la peste a azufre arropa el ánimo y los destinos del país.
oasis
Estoy en San Diego. Disfruto de unas horas de asueto, y camino. Es una ciudad que me es extraña, y a la vez familiar. De algún modo me recuerda a mi país. Por ejemplo, cuando le pregunté a la recepcionista de mi hotel dónde quedaba la tienda de libros, me dijo “cinco minutos”. Mientras camino en la dirección que me indicó, veinte minutos más tarde, me doy cuenta de que su estimado, como los de mi tierra, están basados en el uso de un auto. El minuto veinticinco me sorprende subiendo una cuesta. Larga. Disimulo (no se por qué, porque nadie me mira), pero muy en el fondo, tengo la lengua por fuera y me acuso por no haber llamado a un taxi.
Veo el oasis, el Barnes and Noble en la distancia. Y me regocijo. No exagero – el corazón me dio un vuelco. Un vuelco curioso y tímido, porque hace unos años yo odiaba a Barnes and Noble. Y a Borders. La llegada de cualquiera de las dos representaba la extinción de la(s) librería(s) del pueblo. Cuando crecía, niña de/en Rio Piedras, pasé largas horas en una librería pequeña y llena de polvo, atendida por una pareja de ancianos (¿serían ancianos? Los niños suelen atribuir “vejez” con ligereza) refunfuñones y encantadores, que me dejaron leer allí, muchas horas, sin que jamás les comprase algo a cambio. Allí leí, por ejemplo, en asmático arrebato, “Aura” y “Gringo Viejo.” Y comics de Ásterix y de Mafalda.
Por primera vez en este recorrido, me pasan por el lado dos peatones más. Uno de ellos es delgado y alto, el otro es bajo y grueso. Eso de “grueso” lo acabo de editar. La primera palabra que usé fue “gordito”. Uno de ellos es gordito, y ambos llevan la vestimenta verde del quirófano, cubierta por una bata blanca. En sus cuellos, estetoscopios.
Con el B&N de norte, me acerco a un edificio. Es un hospital. Tiene un gran letrero, anunciando una clínica especial para pacientes cardiacos y otra para partos.
Y entonces pienso, con la certeza de las revelaciones bobas: Era un cardiólogo gordito.
Lo pienso, lector amable (antes de que me juzgues) con ternura. La idea del cardiólogo gordito es una metáfora inesperada. Un cardiólogo gordito es como una maestra con un hijo que no quiere o no puede aprender a leer. Un policía cleptómano. Un psicólogo deprimido. ¿Una antropóloga etnocéntrica?
Ayer, haciendo trabajo de campo etnográfico en una universidad que ha logrado mejorar las tasas de graduación de sus estudiantes latinos, estuve persiguiendo a una familia que me pareció “latina” durante varios minutos, insistente, esperando alguna oportunidad para entablar conversación. Pronto descubrí que no eran “latinos”. Hablaban un idioma que me resulta desconocido, pero que reconocí como Pashto, tal vez. O árabe. ¿Ordu? A saber. El caso es que no eran latinos. Que eran lo que llaman acá “middle eastern”.
Y que yo soy un cardiólogo gordito.
Viajar es desubicarse, repensarse. Yo creo que no es casualidad que en los aeropuertos vendan tantas revistas de tipo “Eat Well”, “Prevention”, “Shape”, y “Vegetarian Times”. O que vendan calendarios y agendas. Viajar es reinventarse, definirse. Es, en algunos casos, reconocerse como privilegiada, porque cruzar fronteras con facilidad ciertamente no es un derecho universal.
Viajar, en mí y ahora, es también necesariamente pensar en el país propio, lejano y triste. Es recordar que no hace mucho, unos inquilinos mentirosos y malintencionados me robaron los muebles y se fueron de mi casa sin pagar renta, luz o agua, dejando tras de sí deuda y desorden. Y recordar, también, que eso no es nada: Que hace poco a un colega lo atacaron a plena luz del día para robarle su mochila. Y que eso no es nada: Que hace poco una mujer, otra mujer más, murió a manos de su compañero. Que un hombre que veía la tele en la sala de su casa fue asesinado cerca de su familia.
Que el cielo, en mi última visita, estaba tan gris como los ánimos.
Leo un rato, tomo café, disfruto ambos. De regreso, pondero llamar a un taxi, pero decido caminar de nuevo. Me detengo a cenar en un restorán. La entrada luce ordinaria, pero en la parte de atrás, donde me siento, hay un pequeño lago artificial. Siento paz, me tomo un vino, como ensalada, tomo estas notas.
Veo un pato. No, son dos. Son lindos y grises.
Con “pato” me refiero al ave, por supuesto. Si usted pensó que me refería a un hombre homosexual, se equivocó. Pero es natural que lo piense. La homofobia es una forma horrible de pensar, pero también es una forma dominante de pensar, y como me dijo una amiga en una ocasión, nos aqueja a todos. La mejor manera de vacunarnos no es pensarnos inmunes a ella sino reconocernos humanos, manipulables, prejuiciados bregando con los prejuicios en lugar de perfectos y perfectas sin prejuicios.
Al salir del restorán, veo una pareja que recién llega. Ambos sonríen. Ella cojea. Cojea mucho, visiblemente. No a la manera del que cojea porque se recupera de un accidente sino a la manera violenta y vertical del que ha cojeado y cojeará toda la vida. Tiene lentejuelas pequeñas en su blusa, el pelo suelto, y sonríe. Él tiene espejuelos y bigote, y toma su mano. No a la manera del que toma la mano de una inválida, sino a la manera del que toma la mano de la mujer que ama. Y también sonríe.
Yo los miro con una felicidad tristona. Se aceleran mis pasos, tal vez tratando de llegar al escritorio y a la computadora antes de olvidar sus sonrisas. Llego y escribo:
Soy un cardiólogo gordito. Printmi tecato favorito y otras crónicas
PARPADEANDO tiene ya tres años. Y durante esos tres años ha tenido lectoras y lectores maravillosos que sacan tiempo y energías para leer, comentar, y ayudarme a pensar y refinar estampas, narrativas, ideas y textos. Gracias por la atención, el comentario, y la buena compañía.
Es cierto que he estado escribiendo menos en este espacio. En parte se debe a que he tenido que concentrar esfuerzos en levantar otro blog, Cerrando Brechas, que trata asuntos de educación exclusivamente.
Pero no dejaremos de parpadear. :) Vamos a seguir observando, describiendo, y en general explorando la vida cotidiana de este país nuestro. Algunos asumen el “decir” como una cosa de algún modo antónima con el “actuar”. Es una dicotomía de embuste: Yo creo que el decir es una forma de actuar que se vuelve tanto más importante cuando la democracia, y las culturas que la nutren y sostienen, están frágiles o bajo asedio. Si el decir es limitado y llano, también lo será la acción.
Los medios sociales, incluyendo los blogs, tienen un rol importante que cumplir en posibilitar y democratizar ese decir.
Un saludo cordial,
Rima
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Estaré presentando el libro Mi Tecato Favorito y otras Crónicas de la Cotidianidad la semana que viene, en Mayagüez y Rio Piedras. Ojalá pueda saludarlos/as allí personalmente:
Mayagüez: martes 23 de agosto, 10:30AM. UPR-RUM, CH 121. Presenta: Manuel Valdés Pizinni.
Rio Piedras: miércoles 24 de agosto, 7:00PM. Librería La Tertulia. Presentan: Marcos Pérez, Mabel Rodríguez Centeno.
Printescribir y enseñar

(Writing to change the world: Mensaje de bienvenida a maestros y maestras K-12 participantes del Mayawest Writing Project.)
A mí me gustan mucho los paisajes esos que llaman “naturales”. ¿A quién no? Las montañas, el mar, el bosque, la playa, el río, son parte de la fantasía cotidiana de nosotros los cyborgs posmodernos. (Cyborgs al fin, sin embargo, cuando finalmente los tenemos de frente en todo su esplendor azul o verde tendemos a pasar más tiempo sacándole fotos con el celular o dándole un “update” al facebook, algo tipo “en la playa!!!! al fin!!!!”, que admirándolos, pero nada. I digress.)
Decía que me gustan los paisajes naturales, y los disfruto, pero hay otros paisajes, de mucho artificio, que son los que realmente me quitan el aliento. Son los paisajes que salen de la mano humana, imaginados por humanos, construidos por humanos, y admirados, generación tras generación, por humanos. Me refiero a las grandes catedrales, por ejemplo, o a las pirámides. Esos monumentos inmensos, generalmente con algun fin religioso, y construidos con tecnologías mucho menos sofisticadas que las actuales. Esas catedrales que nos sumen en una emoción que es contradictoria sólo en apariencia, en esa certeza simultánea de la grandeza del colectivo y de la pequeñez propia. Al verlos, al tocarlos, al estar en ellos, nos regodeamos en una humildad que surge de la conciencia de la inmensidad, del potencial, de la enormidad y el impacto que para bien y para mal ha tenido la gestión humana en el planeta.
Creo que algo así me ocurre, nos ocurre, con la palabra escrita. Mucho más que con la hablada, aunque la escribamos para hablarse. Escribir es regodearse en el uso de unos materiales, las palabras, que son ideas y que a la vez nos permiten construir otras ideas, unos materiales que ni usted ni yo inventamos sino que han sido creados y refinados y destruidos y reinventados y maltratados y resucitados por generaciones y generaciones. Escribir implica mucho más que hablar. Escribir es componer. Es editar. Es refinar. Es, al menos en potencia, fracasar y levantarse en cada línea, en cada párrafo. Escribir es la brega cotidiana con una realidad que tiene que articularse para poder entenderse, o manejarse. Escribir es regodearse en la grandeza humana y en la pequeñez propia.
Tal vez es por esa reverencia implícita en el acto de componer con la palabra escrita, que William Maxwell escribió que “”Writing should be done on your knees.”
Y escribir cambia el mundo.
De hecho, en muchos sentidos, escribir hace al mundo. La historia, por ejemplo, no es sino el récord escrito que les permite a las naciones y a los pueblos imaginarse a sí mismos y seguir haciendo historia. Escribir puede ser un diálogo con el presente pero es a veces un diálogo, inimaginado, incierto, con el futuro. Cuando Anita Frank escribía en la intimidad de su escondite no pensó que sus palabras se convertirían en la crónica más leída de un Holocausto que ella ni siquiera llega a describir. ¿Por qué? Porque Ana nos habla, nos enternece, y se nos plantea en el ahora no como una persona muerta sino como una interlocutora que vivió y que sintió. “Silence remains, inescapably, a form of speech”, dijo, o mas bien escribió, Susan Sontag, y es ese silencio en el repentino final del diario de Ana el que mejor nos comunica la tragedia de la interrupción de una vida en ciernes. De tantas vidas.
Escribir nos permite entender el mundo, darle la vuelta, interpretarlo. El escritor es metío, averigüao, e irreverente. Charles Baxter escribió que “If you’re a good writer, these days, you pay attention to the way that people don’t pay attention.” La propia Susan Sontag, por ejemplo, se hizo famosa por interpretar, magistralmente, su propia cultura como un texto inmenso, repleto de metáforas que nos sirven para imaginarnos a nosotros mismos-y a los otros. En particular, describe cómo enfermedades tales como tuberculosis, cáncer y SIDA son fenómenos tanto de la salud y de la medicina como del discurso y del simbolismo cotidiano, metáforas de cosas como sensibilidad, pasión y moral.
Escribir crea el mundo. Dice Susan Sontag: The truth is always something that is told, not something that is known. If there were no speaking or writing, there would be no truth about anything. There would only be what is.
No sé, sin embargo, si uno al final del día escribe para cambiar el mundo, o para crearlo. Seamos honestos. Uno escribe, tal vez, porque no hay de otra, porque uno es así. Robert Hass dice, en una cita muy citada, que “escribir es un infierno. No escribir es también un infierno. El único estado tolerable es justo después de haber escrito. “It’s hell writing and it’s hell not writing. The only tolerable state is having just written.” A mí esa cita me encanta. Aunque no estoy del todo de acuerdo. Para mí escribir es una fuente de trascendencia. No por el producto, necesariamente, sino por el proceso. Les cuento un poco del mío: Tengo una idea. La apunto por ahí para escribir después. En algún momento decido sentarme a escribir y no lo hago. Lavo los platos. Aclaro que detesto fregar, de modo que si lavo los platos para no escribir estamos en pleno denial. Me siento de nuevo a no-escribir. Me paro, baño el perro, me siento, corrijo exámenes. Me rindo. Visito la nevera, o la cafetería, dependiendo del hábitat. Como. Mas bien me harto. Tomo café. Temblando, regreso a no-escribir.
Y bueno, para preferir bañar al perro o consumir comida en nuestra cafetería uno tiene que estar bastante resistente a escribir, ¿cierto?
Esto quizás se debe a que, como escribe Brandon Dorn “The author’s task is to synchronize thoughts, images, raw creative material in a meaningful way, a task as difficult and frantic and joyful as herding cats.”
Pero en algún momento, pasa algo. Pasa que estoy escribiendo, y que me olvido de la comida, del perro, de los platos, de los exámenes. Me olvido de mí. Soy un río, un suspiro, un fenómeno, una cosa que me supera, una cosa que se llama humanidad, y que escribe. Y en ese momento, soy muy, muy feliz.
Creo que los que escribirmos estamos un poco adictos, de la mejor manera posible, a esos momentos. Y no estoy de acuerdo con Hass. No son momentos o estados meramente “tolerables”. Son felices, intensos, vivos.
Así que uno es escritor gracias al infierno de escribir o de no escribir, al cielo de estar escribiendo. Uno escribe para la felicidad y para el denial, para uno mismo y para otros, para trascender el “uno” y reafirmar la humanidad del “muchos”. Uno escribe a pesar de la frustración de no estar escribiendo porque ella es un pre-requisito para la intensidad de sí estar escribiendo. Uno escribe para cambiar el mundo, criticarlo, construirlo.
Y esas son, curiosamente,las mismas recompensas de la docencia. ¿Por qué uno se convierte en maestro? Creo que es gracias al infierno de enseñar y de no enseñar, y gracias al cielo de estar, de repente, en la felicidad total de la lección que fluye. Uno es maestro por la felicidad y por el denial, para uno mismo y para otros, para trascender el uno y reafirmar la humanidad del “muchos”. Uno enseña a pesar de la frustración de no estar transmitiendo el conocimiento porque sabe que esa frustración es pre-requisito para la intensidad del momento pedagógico. Uno enseña para cambiar el mundo, criticarlo, construirlo.
Estos talleres celebran la doble y feliz agonía de ser maestro y de ser escritor, de ser un escritor que enseña y un maestro que escribe.
Ambas vocaciones, la escritura y el magisterio, son tan poderosas que verlas juntas me hace pensar, un poco, en una de esas grandes catedrales.
Bienvenidos.
Printprimavera y democracia, parte dos.
En “Ensayo sobre la Lucidez”, que no es un ensayo sino una novela, uno de mis autores favoritos describe un proceso electoral. Un proceso ficticio, pero a la vez real de una manera que lo “real” no llega a ser (como suele suceder con los buenos mitos). En la historia-mito de Saramago, y bajo la lluvia inclemente, los habitantes de una Ciudad (ninguna, todas, cualquiera) votan como nunca, votan más que nunca y votan todos…en blanco. Así comienza la novela.
La votación de hoy en el recinto tuvo también algo de novelesco. Una premisa conflictiva: la pregunta y el proceso elegidos parecían inclinar la balanza en una dirección particular, una que favorecía al status quo. Un periodo de suspenso: esperando por los votos, y su cuenta, mientras (como en la novela de Saramago) llovía. Otras tramas y actores paralelos: estudiantes, empleados, profesores, que hacían democracia de otros modos antes, durante y después de la votación. Y una “mayoría silente” que muchos actores vocales alegaban conocer pero que al final del día, nos sorprendió a todos.
La frase “mayoría silente” ha estado en muchas bocas protagónicas últimamente. Administradores universitarios, profesores, estudiantes, políticos. Asumir la existencia de una mayoría silente que no se manifiesta pero que piensa de manera alineada con el poder de turno ha sido una estrategia discursiva utilizada durante mucho tiempo. Nixon decía que había una mayoría silente que quería la guerra de Vietnam, y contrastaba esa gran masa silenciosa con el (según él) menor, peludo y gritón grupo de opositores a la guerra. Cuarenta años más tarde, Fortuño, Rodríguez Ema, Figueroa Sancha y otros nos indican que los estudiantes que hablan de huelga en la UPR son un “grupúsculo” diminuto, siempre los mismos, peludos y gritones. En el mensaje de presupuesto los llamaban el “minúsculo grupo que protesta” y lo contrastaban con la “inmensísima mayoría que quiere que las clases continúen”.
Tal vez todos creíamos en la mayoría silente. Cuando supe que habría un referéndum con una pregunta tan simplona como “quiere usted huelga, sí o no”, pensé que la “mayoría silente” reaccionaría diciendo que no. Después de todo, así, en términos absolutos, nadie quiere “huelga”. Las personas optan por la huelga como recurso porque quieren otra cosa, no como un fin en sí misma.
Pero resulta que más de la mitad de los votos fueron de SI a la huelga. La cacareada “mayoría silente” resultó no existir. A pesar de que la democracia, en su sentido más amplio, no estaba demasiado presente en el diseño del proceso, los estudiantes individuales participantes re-definieron las reglas del juego, convirtieron este voto en parte de otra cosa más amplia, más compleja, más democrática, más universitaria.
En la novela de Saramago, las autoridades optan por la mano dura como respuesta al voto en blanco, que interpretan como terriblemente subversivo. Los resultados de esa mano dura, por supuesto, son desastrosos para la democracia (para la vida) en la Ciudad. Y eso es cierto en la novela-y en la historia. Que en la UPR impere el diálogo, el uso del espacio universitario como plataforma para una conversación nacional, la creatividad y el raciocinio.
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hoy, los estudiantes: primavera y democracia
Desde rectoría, y articuladas en un lenguaje algo confuso, habían llegado dos comunicaciones diseñadas para “disuadir”, “desautorizar” y “prohibir” la asamblea estudiantil auto-convocada para hoy. De hecho, la insistencia de la carta original de que las asambleas fuesen “previamente aprobadas por el Consejo General de Estudiantes y que el uso de facilidades para la mismas hayan sido coordinados a través del Decano de Administración…” sugería que era precisamente esa auto-convocatoria la que provocaba la ansiedad administrativa. Para subrayar la urgencia de la comunicación y despertar los miedos ancestrales asociados a “perder el semestre”, la administración añadió otras medidas: enmendaron el calendario académico, sometieron un recurso legal contra la presencia estudiantil en los portones, emplazaron estudiantes participantes del paro reciente, utilizaron vocablos como “catastrófico” en conferencia de prensa.
¿Y los estudiantes?
En lo que fue probablemente uno de los procesos mejor organizados, más ordenados y respetuosos que he visto en mucho tiempo, los estudiantes
- se autoconvocaron en asamblea recaudando las firmas estipuladas por el reglamento
- prepararon una agenda que fue aprobada al principio de la misma
- manejaron la asamblea a través de una mesa que de entrada se declaró no como “presidencial” sino como “moderadora”, e hizo un trabajo de moderación EXCELENTE
- mantuvieron abiertas mesas de registro para constatar asistencia
- siguieron cuidadosamente el sistema parlamentario, estableciendo turnos a favor y en contra de cada moción
- se escucharon unos a otros, dialogaron, tuvieron diferencias, las airearon, votaron
- se portaron “bien” aún cuando se portaban “mal”. Hasta los abucheos eran emitidos en un volumen razonable.
Tras aprobar el voto de paro, muchos marcharon, una columna multitudinaria que ondeaba una bandera blanca, roja, azul, hacia los portones. Atrás nos quedamos algunos profes, aturdidos, felices, no necesariamente por el contenido exacto de la decisión, sino más bien por el proceso. En contundente antídoto contra las versiones bobaliconas de “democracia” que hemos visto últimamente (con la especial notoriedad del mensaje de presupuesto del gobernador el lunes, donde insta a los estudiantes a “apretarse el cinturón” y habla de la “minoría” que protesta), los estudiantes del RUM, hoy, nos dieron cátedra.
[Los estaría llamando "garrapatitas", Fortuño, cuando les dijo el lunes que la educación superior pública era un "privilegio"?]
Dice Giroux que una democracia sustantiva no puede existir sin una ciudadanía educada. La educación pública en general, y la educación post secundaria en particular, constituyen así nuestra mejor esperanza de democracia verdadera. El lunes el gobernador acusaba a los estudiantes de algo así como de “parasitearle” una educación al país, a los contribuyentes. Pero resulta que el país que queremos necesita de un concepto de democracia que vaya más allá del derecho de comprar cosas en un mall y de votar cada cuatro años. “Emptied of any substantial content” dice Giroux, la democracia sufre cuando los individuos no pueden traducir el sufrimiento personal en la preocupación y visión colectivas. La democracia requiere comunicarse, participar, y pensar. ¿Y si la universidad no pudiera hacer esas cosas, quién?
steven
Tenía diecinueve años, y lo mataron. Lo mataron porque “no era una mujer”. Lo mataron con saña y con violencia. Eso es lo único que importa.
No me malentienda: Soy la primera que reafirma, siempre, el valor de la historia. La historia en detalle y con contexto, densa como la bautizó Geertz cuando dijo que la descripción debería incluir no sólo el comportamiento sino todos los significados y referentes posibles de ese comportamiento, conectados entre sí por una especie de bellísima tela de araña, o de humanidad que construimos, que nos da vida, que nos atrapa.
La antropóloga en mí preferiría querer explorar esa tela de araña en sus personajes, en sus matices, en sus narrativas. Querría sentir alguna simpatía, si no por el individuo que mató a Steven, sí al menos por su historia. Quisiera pensarlo víctima también, de alguna cosa. La cárcel, tal vez, como él sugiere.
Pero no puedo. No puedo ni recordar el nombre del asesino. El nombre de su víctima, Steven, se me quedó en la mente enseguida, en cuanto leí la primera noticia, acompañado en mis circuitos neuronales por la imagen que de él ví en el periódico. Una criatura.
Me dicen que Steven, justo antes de su muerte, se prostituía. Me lo dicen como si eso fuese a inspirarme algún rechazo. Imagino que lo hacía por el dinero, tal vez por la caricia, quizás por ambas. Todo lo que me ocasiona esa otra historia, esa especie de acusación póstuma, es una ternura implacable.
Lo mataron con saña y con violencia. Lo mataron porque “no era una mujer”. Aquí, a mí, y ahora, eso es lo único que importa.
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picada de ojos, caños y cañones edition(2): cañones
La entrada anterior trataba sobre la confrontación implícita en la controversia sobre la mejor manera de manejar los terrenos del caño Martín Peña: el concepto del bien común vs. el del potencial del capital. En esta entrada comento otra noticia reciente: La implementación de un programa “piloto” para que el JrROTC se establezca regularmente en las escuelas de Puerto Rico. [Presione aquí para la noticia del Nuevo Día, acá para la versión del Ñame].
Cañones
Resumo la cuestión: El Reserve Officer Training Corps, un brazo de la reserva del ejército norteamericano que suele operar dentro de las universidades para reclutar y entrenar oficiales, tiene una versión “Junior” para los menores de edad, que (con menor frecuencia que su contraparte más adulta) opera dentro o cerca de algunas escuelas superiores en Estados Unidos. Tanto la versión regular como la Junior ofrecen electivas, entrenamiento físico y ‘asesoría académica’ para el estudiante, dentro del marco de una carrera militar.
En más de una ocasión alguien me ha dicho, al escuchar que me opongo a la presencia de estas instituciones militares dentro de las educativas, cosas como “¿pero por qué? ¡si eso le dá [disciplina, algo que hacer, educación física, liderato, etc.] a los muchachos! ¿cómo vas a estar en contra de eso?”. Tanto para aquellos que apoyan al ROTC en las escuelas y universidades, como a los que rechazamos esa presencia, las razones para favorecer u oponerse resultan auto-evidentes, transparentes, obvias. Permítanme subrayar algunas de las mías aquí:
- Para mí hay algo profundamente perturbador, incluso repugnante, en el sesgo de clase social en cuanto a la presencia militar en los espacios educativos. Con excepción de las poquísimas escuelas militares privadas, lo militar protagoniza las discusiones sobre la adultez y el futuro de los estudiantes solamente en aquellas escuelas en donde hay una proporción relativamente alta de estudiantes por debajo del nivel de pobreza. En los colegios y escuelas privadas, es la Universidad la que protagoniza las discusiones sobre el futuro de los estudiantes.
- El hablar del Jr Rotc como herramienta para prevenir la deserción me parece falaz. Es posible que, como una señora encantadora me dijo una vez, en efecto el ejército le haya servido a muchos jóvenes para aprender una disciplina que les haya sido útil para enderezar su vida. Pero de ahí a designarlos como solución aprobada por el estado para la deserción…uf. El término “conflicto de interés” se queda corto. El estado jamás permitiría, por ejemplo, que el Partido Independentista montara clubes de ambientalismo en las escuelas para educar a los jóvenes sobre el ambiente, o que los Populares estuviesen a cargo de la iniciativa de Ética, o que los Penepés tuvieran clases de Empresarismo 101…o que la iglesia adventista diera la clase de salud. Y está bien que no lo permitan – las iglesias, los partidos, el ejército, son instituciones férreamente ideológicas que tienen un interés en el reclutamiento de nuevos miembros que supera cualesquiera buenas intenciones que sus miembros puedan tener para con la juventud.
- Y hablando de iglesias, hace solamente algunas semanas se distribuía en todas las escuelas una carta circular que obliga a los estudiantes a “reflexionar” por cinco minutos, y que hasta recomendaba el texto de ocho de los diez mandamientos para enfocar la “reflexión”. Con el ejército allí adentro, ¿que demonios vamos a hacer con el “no matarás”?
Aquí la confrontación es entre educación (algo que asociamos con la vida, que amplía perspectivas e incita a la reflexión no-violenta)y militarismo (todo lo contrario.) Nuestro sistema educativo está en crisis. Militarizarlo no es la respuesta. Es una estrategia desleal de reclutamiento que aprovecha la crisis en nuestra educación, y en nuestra economía, para pescar soldados.
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foto de armyandnavystore.com
Printpicada de ojos, caños y cañones edition, parte 1.
Hoy quiero escribir dos entradas, sobre dos noticias que han estado en el aire en estos días. Más bien, se trata de dos escenarios distintos pero de alguna manera homólogos, y en cada uno de ellos se enfrentan dos conjuntos dispares de intenciones, creencias, ideologías. Dos esencias distintas.
I: Caños
En una entrada reciente mencioné el caso del caño Martín Peña, blanco de un proyecto de ley que los residentes esperan que el gobernador vete. El proyecto pretende quitarle las tierras del caño al Fideicomiso de la Tierra, establecido con arduo esfuerzo y con el consenso de las comunidades para proteger el espacio colectivo de la potencial especulación privada y a la vez obtener títulos de propiedad y derechos de uso para los vecinos, en su mayoría de escasos recursos económicos. La creación del Fideicomiso permitía la rehabilitación de los terrenos y la seguridad de hogar de sus habitantes, sin caer en la trampa de proveer títulos individuales que redundarían, inevitablemente, en la re-venta eventual y en la transformación drástica de ese paisaje…en otra cosa.
Hay un contraste curioso entre el Puerto Rico que aparece semanalmente en la secciones de los diarios nacionales que tratan el tema de la vivienda (con nombres como Estilo, o Construcción), y las residencias en donde de hecho vive la mayoría. Los datos del censo nos permiten estimar que cerca de un 10% de la población del país vive en residenciales públicos. Calcular el porcentaje de aquellos que viven en la ruralía pobre, en las comunidades especiales, en las zonas más deprimidas de los cascos urbanos, y en los espacios marginales que cada pueblo contiene, es más complicado, pero me atrevo a decir que una cantidad considerable, que la mayoría, de la población del país se parece muy poco a las imágenes que el segmento de bienes raíces semanal del periódico de record ostenta. La mediana de ingreso familiar en Puerto Rico en el 2006 era de menos de 18K. ¿Cuántos puertorriqueños pueden realmente adquirir, o incluso soñar con algún día adquirir, las abundantes viviendas de playa, mansiones de medio millón de dólares en adelante, y apartamentos de lujo que adornan las páginas del diario y que ocupan el ancho de banda de nuestra visión económica?
Se trata de la propiedad colectiva, del bien común, del concepto de rehabilitación comunitaria, enfrentándose en una lucha bastante desigual a los intereses del capital. Gente de carne y hueso que se enfrenta a la abstracción de la posibilidad, de la inversión, de la especulación. No sé, a ciencia cierta, a qué pueblo están representando los legisladores que presentan el proyecto para quitarle el caño al fideicomiso. A la mayoría de los puertorriqueños no es.
En cuanto al veto del ejecutivo que los residentes desean…suspiro. Aunque suenen y se escriban igual, una cosa es “esperar” (como en el inglés, ‘hope’) y otra muy distinta es ‘esperar’ (como el inglés ‘expect’.) Fortuño hace algunos meses celebraba la privatización de los títulos de la Comunidad La Perla. No puedo evitar pensar que tal vez imaginaba ya la re venta de los terrenos, y a los (pocos) condómines de lujo disfrutando de la vista. And so I hope.
Para leer más:
Sobre el caño Martín Peña- É. Fontanez. Puede además leer otras entradas sobre el tema (y ver la foto de arriba en su contexto original) en su blog, Poder, Espacio y Ambiente.
Próximo: picada de ojos, caños y cañones edition, parte 2: cañones.
PrintSe solicitan ideas: El misterio del conejo.
Unlike Santa and the Three Kings, as a child I had no problem believing in the Easter Bunny. I remember having and expressing lots of doubts when it came to the good guys of Xmas. How exactly did they carry all those presents? Did the camels fly, or did they use a helicopter? Didn’t the reindeer get tired? Wouldn’t Santa and the camels develop digestive difficulties, from all those cookies and grass? Why couldn’t we just leave the grass in a pile, with no shoebox? For that matter, why couldn’t the camels just visit the yard and help themselves? And how about the reindeer, why didn’t we leave them grass too? Why did the kings bring brand name plastic toys instead of the famous smelly stuff they brought baby Jesus? What did I have to do to get them all to stop bringing clothes, once and for all? And so forth. The adults in the family gave it up with the Xmas characters and started signing with their own names before I turned eight.
Not so with the Easter Bunny, and his lesser-known relative, the mighty mouse that constitutes the local equivalent of the American tooth fairy. They always made perfect sense. I had no trouble believing that after losing a tooth, and as long as I didn’t yank it out myself, the tooth should be placed under my pillow, to be replaced with some cash by my good friend El Ratón. I cannot remember any arguments coming out of my mouth regarding the logic of a rabbit’s yearly visit, either. Of course El Conejo would come, hide eggs, money and candy, and leave before morning. I could have asked if he carried a (mutant) hen with him, to help with all the egg-laying. I could have inquired after his mode of transportation, his qualifications, or his motives. [BTW, for a funny take on the motives question, see El Ñame's old post on the Rabbit's crisis.]
Are kids more accepting of the Easter Bunny, as a concept? Is it truly less complicated to make them believe in this fantastic creature than it is to make them fall for the equally false Xmas characters? I believe it is…but please feel welcome to prove me wrong.
Assuming the conclusion above is true, we need to get to the bottom if this. Why is The Rabbit “easier” on children’s intellect? I have some ideas – but would love to hear yours. Please leave them in the comments. En inglés o en español.
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